Se despertó en un suelo mugriento y húmedo inmersa en la
oscuridad. Intentó levantarse pero le resultó del todo imposible puesto que en
sus muñecas colgaban unas pesadas cadenas que la mantenían sujeta a la pared.
Sentía como le habían desgarrado parte de la piel de sus
muñecas y sintió un dolor lacerante en la mejilla, pensó que probablemente
alguien la había golpeado brutalmente.
Intentó cambiar de posición y mover las piernas, se sintió
magullada por todas partes y probablemente tendría el cuerpo lleno de moratones.
¿Cómo había ido a parar a aquél lugar? ¿Por qué la mantenían
presa?.
Memoria en blanco con apenas pequeños fogonazos de luz, se
vio así misma en un prado y después notó un golpe y se sumió en una profunda
oscuridad.
No hubo de esperar mucho para poder ver a su carcelero. Se
inclinó ante ella y depositó a sus pies una bandeja con comida y un poco de
agua. Tenía aspecto robusto, vestía con una túnica negra con capucha que le
llegaba a cubrir gran parte de la cara.
Le desató las manos y la ayudó a incorporarse para que
pudiese comer. La prisionera no lo pensó dos veces y se abalanzó sobre la comida
y el agua mirando de reojo al tipo de la túnica que la observaba con una sonrisa
en los labios.
La chica se limpió con el revés de la mano y miró ceñudamente
a su carcelero y le comenzó a suplicar:
Por favor, buen hombre, dejadme libre, mi pobre
familia estará muy preocupada y yo no he hecho nada malo…..
- ¡Cállate, sucia¡- bramó el hombre, lo que hizo que la chica
se encogiese aún más en el suelo.
Sin pronunciar una sola palabra más el hombre le volvió a
poner los grilletes en las muñecas, se aseguró de que las cadenas estaban bien
sujetas a la pared y salió de la celda cerrando la puerta tras de sí.
Inmediatamente la muchacha se recostó en el mugriento suelo y se quedó sumida en
un extraño trance.
En mitad del sueño notó unas manos que la toqueteaban por
todo su cuerpo y que acto seguido la izaban del suelo y la cargaban a la
espalda. Tan agotada como estaba no pudo luchar por zafarse.
Cuando pudo abrir los ojos se encontró desnuda tumbada en una
especie de bañera de la que rezumaba calor y olor a lavanda que le inundaba los
sentidos. Aparecieron tres mujeres vestidas con las mismas túnicas negras con la
que había visto a su carcelero, estas empezaron a restregarle con jabón por todo
el cuerpo para quitarla la mugre que había adquirido en su encierro, le lavaron
el cabello, le frotaron bien los pies, las piernas, se detuvieron en sus senos y
los recorrieron con sus manos, se adentraron en su sexo y se lo tocaron sin
pudor. Intentó tapar su desnudez ante ellas pero el golpe que recibió en la
mejilla la hizo desistir de continuar en su empeño y las dejó hacer a su antojo.
Cuando se dieron por satisfechas con su limpieza la secaron
concienzudamente y le pasaron por la cabeza una túnica igual que las suyas pero
de color blanco.
La mujer más mayor la observó con detenimiento atenta a
cualquier detalle y declaró a las demás que ya estaba lista para la ofrenda.
Perdón, señora. ¿a qué ofrenda os referís?, ¿puedo
irme?- les preguntó la joven.
Eres una impertinente por hacer preguntas pero te
contestaré. Has tenido el honor de ser elegida como ofrenda en el ritual
de esta noche y debes aceptarlo como tal sin tener congoja.- le explicó
la anciana.
Lo siento pero no sé a qué os referís, yo no he
pedido esto, creo que es un error…- fue silenciada con otro golpe en la
cara. Las lágrimas pugnaron por salir de sus ojos y solamente una lo
consiguió y rodó por su magullada mejilla.
No osó hacer más preguntas y se mostró dócil con aquellas
misteriosas mujeres. La obligaron a sentarse en una silla mientras que ellas
preparaban en el fuego algún tipo de brebaje; cogieron un puñado de semillas y
las echaron en un puchero junto con bayas, hierbas y un líquido que parecía
pegajoso.
Enseguida empezaron a entonar unos cánticos en honor a lo que
ellos llamaban la Diosa Madre: "Acoge la ofrenda que esta noche de luna llena te
ofrecemos, oh Madre. Nosotros que te tratamos sin piedad, te moldeamos y
destruimos cada día, perdónanos y expía nuestros pecados por medio de esta
ofrenda. Madre Tierra, escucha a tus hijos…..".
Cuando acabaron con su faena se acercaron a ella y la
sujetaron las piernas y brazos, le obligaron a abrir la boca y beber ese extraño
brebaje que le cayó ardiendo por la garganta dejándole un sabor amargo en la
boca. En seguida, se sintió mareada, confusa, se le doblaba la visión.
Aporrearon a la puerta y entraron unos hombres encapuchados
en la habitación, se acercaron a la mujer más mayor y esta les dijo que ya se
podía dar paso al ritual puesto que la ofrenda estaba lista.
La auparon de la silla y sujetándola por los brazos la
llevaron al exterior de aquél edificio que apenas llegó a vislumbrar puesto que
parecía que estaba ebria efecto del brebaje. Anduvieron durante un rato y
llegaron a una explanada en la que había varias piedras verticales formando un
círculo y en cuyo interior reposaba otra piedra horizontal.
La guiaron hasta ella, la despojaron de su nívea túnica y le
ataron a esa piedra con los brazos en cruz y las piernas abiertas quedando
expuesto a la vista de todos su sexo.
Se acercaron a ella varios encapuchados a los que podía más o
menos vislumbrar gracias a la luz que proyectaba sobre ellos la luna llena que
gobernaba esa noche el cielo.
En un determinado momento el cántico cesó y todos se
despojaron de sus túnicas y para asombro y terror de la chica iban desnudos bajo
ellas. La muchacha al comprender lo que iba a pasar a continuación intentó
zafarse de sus ligaduras pero su cuerpo estaba tan adormecido que no tenia
fuerzas para ello y lo único que lograba era clavarse cada vez más las cuerdas
en su piel.
El primero de ellos se le acercó con una sonrisa lobuna
pintada en la cara, le lamió las mejillas, la besó en la boca, le manoseó sus
pequeños pechos y con su miembro erecto la penetró privándola así de aquél
tesoro custodiado. La chica grita y cálidas lágrimas cubren sus sonrosadas
mejillas mientras que el individuo con un gemido ahogado le inunda su sexo con
su semilla.
Y como si de una invitación se tratase otro hombre ocupó el
puesto tras el primero, le toqueteó su frágil cuerpecito y la embistió duramente
sin tener ninguna consideración., él también llegó al clímax y como su
predecesor se retiró de ella y otro ocupó su lugar. Y le siguió otro y después
otro.
Cuando el último hombre hubo acabado la chica estaba
exhausta, dolorida y en un estado un tanto lamentable. La despojaron de sus
ataduras y le cubrieron con una túnica esta vez de color negro.
Haciendo acopio del último vestigio de dignidad que le
quedaba siguió de pie y caminando a todos los participantes en ese ritual hasta
la casa que pudo comprobar que no era un simple casa sino que más bien se
trataba de una especie de monasterio ya que tenía un campanario.
Una vez allí la metieron en la misma celda. No pudo dormir en
toda la noche pensando en lo que había sucedido en ese prado y lo que la habían
obligado a hacer, se ahogaba de pena, ira y rabia y sentía que de tanto llorar
se quedaría sin lágrimas para toda su vida.
El amanecer se filtró a través de los barrotes de la celda
pero ella no quería ver un nuevo día, estaba muerta por dentro, la oscuridad que
siempre había tenido dentro de ella la había consumido esta vez para siempre, ya
no quedaba nada de la muchacha alegre que era, ya no volvería a corretear por el
prado, ya no volvería a ver a su familia………
La puerta de la celda se abrió pero ella ni siquiera se
molestó en mirar en esa dirección ni en ponerse de pie, se quedó inmóvil en la
postura fetal con la que había pasado la noche.
Una mano fría la recorrió la espalda y la notó familiar, al
final optó por volverse y se quedó helada al contemplar la cara de sus padres
tras las capuchas de las túnicas negras.
Hija mía-empezó a decir su madre- Ahora ya formas
parte de nuestra comunidad.
Un grito desgarrador salió de la garganta de la muchacha
mientras sus padres la miraban sin comprender con un febril brillo de fanatismo
en su mirada.