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TODORELATOS » RELATOS » SABORES INCESTUOSOS (6: CAPíTULO FINAL)
[ La salud no tiene precio, y el que la arriesga es un necio. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 01-Ago-08 « Anterior | Siguiente » en Gays (6373 de 6573)

Sabores incestuosos (6: Capítulo Final)

paterbond007
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Filial Gay.- En el lugar más insospechado reencontré a mi padre, y, con él, su sabor incestuoso. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

SABORES INCESTUOSOS-6 (CAPITULO FINAL)

El ver aquellos cojoncillos semipelones, la pija dura y de punta violeta, el cuerpo ardiente apretándose contra el mío...Abrí la boca y la llené con sus genitales en pleno. Los mantuve durante unos segundos en el tibio albergue, saboreando los licores de aquella, sino eterna, por lo menos presente juventud. Mi nariz, justo a la altura de su ojete, inhalaba el perfume del orificio anal. Mil sueños poblaron mi mente. Mil recuerdos en los que mis papilas gustativas se recreaban hasta el éxtasis. Había encontrado el sabor que buscaba. Y lo había encontrado, justamente, en el lindo trasero de aquel muchachito al que ya consideraba como algo mío.

Mi lengua, sin pedir permiso al cerebro, ya estaba escarbando en el hoyito de Riky. Buscaba la fuente, buscaba el inicio, buscaba el lugar del que procedía aquél perfume, aquel sabor que me estaba volviendo loco. Y, entonces, debido a las cosquillas que mi lengua le hacía en la puerta secreta, el muchachito, sin poder contenerse, apretó el esfínter, y una gota traslúcida asomó por el precioso agujero. Una gota, pensé en mi locura, que debía ser del mismo líquido que segregan las abejas reinas, y con el que mantienen en su poder, además de alimentarlas, a toda su prole de obreras. Y, al catar, al saborear, al disfrutar al máximo de aquel presente que me hacía, de aquella jalea real digna de dioses, supe que mi búsqueda estaba llegando a su fin.

Pasaron los meses. Desde aquella primera noche, la única que pude pasar con Ricky, lo había visto en contadas ocasiones. Ambos aprovechábamos cualquier excusa para pasar unos minutos juntos, fuese donde fuese. Soñaba con su boca, con sus manos masturbando mi pija, con sus ojos, plenos de picardía, mirándome arrobados cuando me corría sobre su rostro. Pero mi pasión, mi verdadera obsesión, era su culito. Mi mayor anhelo era colocarme tras del chico, mientras él se sujetaba los pantalones del uniforme medio bajados por las rodillas, y hundir mi nariz y todo mi rostro entre sus nalgas lampiñas. Me transmutaba en oso hormiguero que escarba con la lengua buscando su alimento. Y siempre encontraba la gota, el preciado líquido que destilaba aquel ojete tan divino.

No se me ocurría pensar de donde procedía aquella maravilla. No me quitaba el sueño elucubrar porqué extraño milagro, aquél cuerpecillo que titubeaba ante la adolescencia, producía el néctar que enloquecía mis sentidos. Unos días le notaba el olor con muchísima más intensidad que otros. Incluso, a veces, el juguillo que podía extraer del esfinter era muy abundante, y otras, por el contrario, casi no salía ni gota. Fenómenos extraños. Maravillas de la Naturaleza. Eso pensaba yo.

Por las noches, papá, los sueños te devolvían a mí.

Volvía a verme llorando de miedo, saliendo de mi habitación, sujetando el osito que fue mi compañero durante tantos años, sin querer pensar en el monstruo que había visto en la tele, pero que aparecía ante mí constantemente. Cada mueble, cada objeto, se transformaba en un ser terrible acechando entre las sombras mientras, pasito a paso, me acercaba a vuestra alcoba. Mocos y lágrimas llenando mi cara. Quedé ante la puerta, sin atreverme a llamaros. No tenía ánimos para moverme, ni siquiera para balbucir vuestro nombre. Por suerte, papá, tú te levantaste al baño, y me viste acurrucado, temblando de miedo y frio.

Me cobijé en tus brazos, me abracé a ti como el náufrago a su tabla de salvación. Y tú me llevaste en volandas, como en una nube, hasta vuestro lecho. Mamá apenas se dio cuenta, dormida profundamente.

Abracé a mi osito con la misma fuerza que tú me abrazaste a mí. Los vellos de tu pecho rozaban mi espalda, justo en el sitio en que la chaqueta del pijama se me había subido. Más abajo, entre tus piernas, mi trasero se empotraba buscando tu dureza. Tu respiración se volvió más y más agitada. Tus labios reposaron sobre mi cuello, mientras, con mucho cuidado, bajabas mi pantalón hasta las corvas.

Cubriste mi boca con tu manaza, pero no hubiese hecho ninguna falta hacerlo. Te estaba esperando, te estaba deseando...

Me llenaste completamente con tu esperma. Quedaste aletargado, con el miembro morcillón todavía en mi interior. Entonces, de buenas a primeras, mamá despertó y te dijo con voz ronca:

- Ricardo, he tenido un sueño erótico y estoy muy caliente. ¡Fóllame!

- Pero...(te excusaste) ¡el nene está aquí, en medio de los dos!

- No te preocupes (mamá me miró un instante) ¿no ves que está muy dormido? ¡Pasa por encima de él y métemela hasta el fondo!

No podías decirle que acababas de descargar en mí, ni tampoco podías negarte para no levantar sospechas. Así que, para excitar tu propio morbo, mientras te colocabas entre sus muslos abiertos, extendiste una mano hacia mí e introdujiste dos de tus dedos dentro de mi ojete. Lógicamente los sacaste chorreando de tu propio semen. Te llevaste los dedos a la boca, notando el sabor de ambos, y pronto te llegó la resurrección de la carne. Pudiste cumplir con mamá, y ella no se enteró de lo que acababa de ocurrir junto a ella.

Despertaba de estos sueños con la sensación de que te tenía muy cerca, papá. Y con un ansia de ser penetrado que me hacía deambular por los pasillos, buscando algún profesor, algún empleado de la limpieza, algún alumno de los mayores que quisiera aplacar el fuego que me ardía en el trasero.

Llegó la primavera, y , con ella, los jardines estallaron de hermosura.

¿Cómo podía ser aquéllo? Si, cuando llegamos, a principios de invierno, aquellos jardines estaban hechos una lástima, totalmente abandonados, perdidos, llenos de hierbajos...

Estaba apoyado en el quicio de la ventana de mi dormitorio pensando en este segundo misterio, cuando, de improviso, vi una silueta abandonar el edificio e internarse en una zona alejada del hermoso jardín. No hubiese tenido la menor importancia el descubrimiento, puesto que era muy lógico que algún profesor, o incluso algún alumno, tuviese el capricho de pasear entre los bellos arriates de flores, si no fuese porque, la silueta, correspondía, sin lugar a dudas, a Ricky.

Bajé las escaleras en cuatro brincos. Corrí en la dirección por la que había desaparecido mi pequeño amante. Echando el bofe doblé un recodo, y , allí, bajo los árboles, vi la casita.

Era pequeña y estaba recién pintada. Se notaba que unas manos mañosas habían trabajado de lo lindo para recuperar algo de su prestancia anterior. Los rosales trepaban por la fachada, teniendo como fondo el verde brillante de una yedra recién brotada. Junto a la puerta, perfectamente organizadas, media docena de herramientas lucían perfectamente aceitadas. Lógicamente, aquello no podía ser nada más que la casa del jardinero.

Rodeé la casa buscando un lugar por el que mirar el interior. Las ventanas de la planta baja estaban cerradas a cal y canto, sin embargo, en el piso de arriba, un ventanuco permanecía abierto. Miré a mi alrededor buscando algo sobre lo que encaramarme. Bajo un árbol, una escalera parecía que me estaba aguardando. La arrastré hasta la pared y la apoyé con mucho cuidado. No quería estropear la pintura...ni que me oyesen quienes estuvieran allí.

Las nalgas de Ricky subían y bajaban suavemente. Su ojete engullía, sin aparente esfuerzo, la más hermosa verga que jamás había visto. O, por lo menos, así me lo pareció en aquellos momentos. El hombre estaba tumbado en la cama, de forma que sus pies reposaban en el suelo, mientras que, desde los muslos hacia arriba, el resto del cuerpo descansaba sobre la colcha. A horcajadas sobre su vientre, el muchachito seguía subiendo y bajando, cada vez con más rapidez, siguiendo el ritmo que marcaban las manazas del jardinero apoyadas en sus caderas. Desde mi atalaya, los huevazos del hombre parecían enormes, repletos de un esperma que, si el muchachito no se detenía, pronto desbordaría por la punta de la polla.

- ¡Así, nene, así...! ¡No te detengas!

Aquella voz erizó mi piel.

- ¿Así, Papi, asiiií? - la vocecilla de Ricky, con su dulce acento canario, rezumaba el gusto que estaba sintiendo en su interior.

- ¡¡Siiiiií!! ¡Abre bien el hoyito, hijo mío, que papá te lo va a llenar todoooooooooooo!!

La polla salió del ojete justamente en el momento en que la lefa desbordaba a borbotones. Grumos espesos que se deslizaron por el falo, goteando por los testículos antes de que el hombre volviese a embutir todo su nabo en el abierto ojete del chaval.

Una vaharada de perfume llegó hasta mis narices. Era el olor tan característico que tenía siempre Ricky, y que, ahora lo comprendía, procedía la fuente erecta de aquel hombre.

Mi amante me ponía los cuernos con el jardinero. Con el único varón adulto que había escapado de mis deseos sexuales en aquel internado, pero que estaba satisfaciendo de una forma absoluta al putito de mi amante. Un gemido salió de mi garganta sin poderlo evitar. Ricky se volvió de inmedato, intentando localizar el sonido. Sus ojos se abrieron como platos al verme encaramado allí, asomando la cara por el ventanuco. Pero no fueron sus ojos lo que hicieron que me marease, los que me hicieron retroceder a mi infancia, sino los del hombre que lo estaba follando. Su mirada directa sobre mi rostro, el rictus de placer de sus labios -idéntico al que yo veía reflejado en la pantalla de televisión cuando me follaba por las noches- fue lo último que vi antes de caer hacia atrás.

- Parece que ya despierta, Papi.

- Si, nene, aparta, déjale que le llegue el aire y que respire.

- ¿Pppppapá? - mi voz sonó rota, con un sollozo que llevaba enquistado muchos años en mi garganta, y que ahora pudo salir, reventar, hacerse añicos, mientras las lágrimas me impedían ver el rostro del jardinero, del hombre del cabello rubio que se follaba a Ricky en el tren, del mismo que me regaló los mejores años de mi vida...Mi padre.

- Si, hijo, Eduardo, soy yo, tu padre.

- Pero...¿cómo puede ser? Yo...no entiendo nada.

Lo entendí mientras me acunaba entre sus brazos. Me contó su historia, a grandes rasgos, desde que mamá lo apartó de mí. En realidad mamá tenía la mosca tras de la oreja, pero no porque supiese que él se permitía ciertos juegos sexuales conmigo, sino porque sospechaba, con razón, que su marido, Ricardo, mi padre, tenía ciertos secretos que le ocultaba a ella. Esos secretos eran una mujer tinerfeña...y el hijo que había tenido con ella, durante un viaje de trabajo que tuvo que hacer a las Islas Canarias cuando yo era pequeño. El pequeño Ricky había nacido cuando yo contaba cuatro años, y papá se las apañaba para llevar adelante a sus dos familias. Pasaron unos años en equilibro constante entre sus dos mundos. Al ser expulsado de nuestro hogar, papá pudo rehacer su vida con la madre de Ricky y con el pequeño, que contaba entonces tres años .

La madre de Ricky nunca llegó a saber -o no se dio por enterada- de los juegos a los que su esposo acostumbró al pequeño. Después, la buena mujer murió de repente, dejándoles solos. Padre e hijo gozaron de una libertad absoluta para disfrutarse el uno del otro, cosa que hicieron durante largos años, y , por lo acababa de constatar yo mismo, todavía hacían.

Las cosas iban encajando en mi mente. Lo de que mamá hubiese elegido aquel internado para “protegerme”, sin saber que en el mismo lugar iba a trabajar su “ex” como jardinero, a cambio de que su segundo hijo recibiese una educación selecta, fue una simple casualidad. Nadie sabía que se iba a producir aquel encuentro. Y, desde luego, nadie de nosotros le iba a ir con el cuento a mamá.

Han pasado varios años más. Ya soy mayor de edad. Mamá ya no tiene potestad sobre mí, y yo, lógicamente, he elegido vivir contigo, papá.

Desde aquella tarde, en la caseta del jardinero, mi vida experimentó un cambio radical. Desaparecieron mis ansiedades, mis búsquedas, mis obsesiones. Todo se evaporó, puesto que lo había encontrado. Te había encontrado, Papá. Tu sabor lo tenía al alcance de mi mano, de mi boca, de todo mi ser.

Volvimos a recrear los juegos de antaño, aunque ahora con un jugador más.

Ricky mira la TV, a cuatro patas sobre la alfombra de papá. Tras terminar mi café, me desnudo lentamente. La verga, dura, golpea sobre mi estómago. Me arrodillo tras mi hermano, pasando la lengua por su ojete con sabor a papi. No tardo mucho en penetrarle, mientras él recula suavemente, intentando que mi carne lo llene totalmente. Dejo caer mi cuerpo sobre su espalda, rozando mis tetillas (en las que ya luce algo de vello) contra sus paletillas huesudas. Mis nalgas están elevadas, esperando. Papá apaga su cigarro. Se acerca, se arrodilla tras de mí. Besa mi columna vertebral.

Las manos de papá son grandes. Las manos de papá me enloquecen. Las manos de papá tocan mi carne y yo me derrito. Como siempre. Igual que aquellas madrugadas insomnes, en las que Tom y Jerry correteaban por la pantalla, y papá me enculaba suavemente, sin hacerme ningún daño, haciendo que me acostumbrase a su enorme grosor. Y lo noto llegar. Lo noto apoyar su gran bellota en mi ojete. Y empujar. Y mi culo abriéndose como una flor. Y mi verga empujando con fuerza el cuerpo dócil y cálido de mi hermano. Y los tres unidos en una sola carne. Por fin.

Y antes de dormir, antes de caer vencido por el sueño y los orgasmos, mi cuerpo se desliza entre tus muslos, papá, y mi boca se abre para recibir tu glande. Ese glande con sabor a mí mismo y a Ricky. A tus hijos. Y chupo, lamo, mamo...Y me premias con unas gotas de ese licor que me enloquece, que me turba, que me hace feliz sobre todas las cosas. Porque tiene tu esencia, tu sabor. El sabor del incesto. El sabor, el perfume que compartimos los tres.

Pero...¿cuántos hombres, muchachos, jóvenes, viejos...compartirán estas mismas fantasías?

TodoRelatos.com © paterbond007

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