SABORES
INCESTUOSOS-6 (CAPITULO FINAL)
El ver aquellos cojoncillos semipelones, la pija dura y de
punta violeta, el cuerpo ardiente apretándose contra el mío...Abrí la boca y la
llené con sus genitales en pleno. Los mantuve durante unos segundos en el tibio
albergue, saboreando los licores de aquella, sino eterna, por lo menos presente
juventud. Mi nariz, justo a la altura de su ojete, inhalaba el perfume del
orificio anal. Mil sueños poblaron mi mente. Mil recuerdos en los que mis
papilas gustativas se recreaban hasta el éxtasis. Había encontrado el sabor que
buscaba. Y lo había encontrado, justamente, en el lindo trasero de aquel
muchachito al que ya consideraba como algo mío.
Mi lengua, sin pedir permiso al cerebro, ya estaba escarbando
en el hoyito de Riky. Buscaba la fuente, buscaba el inicio, buscaba el lugar del
que procedía aquél perfume, aquel sabor que me estaba volviendo loco. Y,
entonces, debido a las cosquillas que mi lengua le hacía en la puerta secreta,
el muchachito, sin poder contenerse, apretó el esfínter, y una gota traslúcida
asomó por el precioso agujero. Una gota, pensé en mi locura, que debía ser del
mismo líquido que segregan las abejas reinas, y con el que mantienen en su
poder, además de alimentarlas, a toda su prole de obreras. Y, al catar, al
saborear, al disfrutar al máximo de aquel presente que me hacía, de aquella
jalea real digna de dioses, supe que mi búsqueda estaba llegando a su fin.
Pasaron los meses. Desde aquella primera noche, la única que
pude pasar con Ricky, lo había visto en contadas ocasiones. Ambos aprovechábamos
cualquier excusa para pasar unos minutos juntos, fuese donde fuese. Soñaba con
su boca, con sus manos masturbando mi pija, con sus ojos, plenos de picardía,
mirándome arrobados cuando me corría sobre su rostro. Pero mi pasión, mi
verdadera obsesión, era su culito. Mi mayor anhelo era colocarme tras del chico,
mientras él se sujetaba los pantalones del uniforme medio bajados por las
rodillas, y hundir mi nariz y todo mi rostro entre sus nalgas lampiñas. Me
transmutaba en oso hormiguero que escarba con la lengua buscando su alimento. Y
siempre encontraba la gota, el preciado líquido que destilaba aquel ojete tan
divino.
No se me ocurría pensar de donde procedía aquella maravilla.
No me quitaba el sueño elucubrar porqué extraño milagro, aquél cuerpecillo que
titubeaba ante la adolescencia, producía el néctar que enloquecía mis sentidos.
Unos días le notaba el olor con muchísima más intensidad que otros. Incluso, a
veces, el juguillo que podía extraer del esfinter era muy abundante, y otras,
por el contrario, casi no salía ni gota. Fenómenos extraños. Maravillas de la
Naturaleza. Eso pensaba yo.
Por las noches, papá, los sueños te devolvían a mí.
Volvía a verme llorando de miedo, saliendo de mi habitación,
sujetando el osito que fue mi compañero durante tantos años, sin querer pensar
en el monstruo que había visto en la tele, pero que aparecía ante mí
constantemente. Cada mueble, cada objeto, se transformaba en un ser terrible
acechando entre las sombras mientras, pasito a paso, me acercaba a vuestra
alcoba. Mocos y lágrimas llenando mi cara. Quedé ante la puerta, sin atreverme a
llamaros. No tenía ánimos para moverme, ni siquiera para balbucir vuestro
nombre. Por suerte, papá, tú te levantaste al baño, y me viste acurrucado,
temblando de miedo y frio.
Me cobijé en tus brazos, me abracé a ti como el náufrago a su
tabla de salvación. Y tú me llevaste en volandas, como en una nube, hasta
vuestro lecho. Mamá apenas se dio cuenta, dormida profundamente.
Abracé a mi osito con la misma fuerza que tú me abrazaste a
mí. Los vellos de tu pecho rozaban mi espalda, justo en el sitio en que la
chaqueta del pijama se me había subido. Más abajo, entre tus piernas, mi trasero
se empotraba buscando tu dureza. Tu respiración se volvió más y más agitada. Tus
labios reposaron sobre mi cuello, mientras, con mucho cuidado, bajabas mi
pantalón hasta las corvas.
Cubriste mi boca con tu manaza, pero no hubiese hecho ninguna
falta hacerlo. Te estaba esperando, te estaba deseando...
Me llenaste completamente con tu esperma. Quedaste
aletargado, con el miembro morcillón todavía en mi interior. Entonces, de buenas
a primeras, mamá despertó y te dijo con voz ronca:
- Ricardo, he tenido un sueño erótico y estoy muy
caliente. ¡Fóllame!
- Pero...(te excusaste) ¡el nene está aquí, en medio
de los dos!
- No te preocupes (mamá me miró un instante) ¿no ves
que está muy dormido? ¡Pasa por encima de él y métemela hasta el fondo!
No podías decirle que acababas de descargar en mí, ni tampoco
podías negarte para no levantar sospechas. Así que, para excitar tu propio
morbo, mientras te colocabas entre sus muslos abiertos, extendiste una mano
hacia mí e introdujiste dos de tus dedos dentro de mi ojete. Lógicamente los
sacaste chorreando de tu propio semen. Te llevaste los dedos a la boca, notando
el sabor de ambos, y pronto te llegó la resurrección de la carne. Pudiste
cumplir con mamá, y ella no se enteró de lo que acababa de ocurrir junto a ella.
Despertaba de estos sueños con la sensación de que te tenía
muy cerca, papá. Y con un ansia de ser penetrado que me hacía deambular por los
pasillos, buscando algún profesor, algún empleado de la limpieza, algún alumno
de los mayores que quisiera aplacar el fuego que me ardía en el trasero.
Llegó la primavera, y , con ella, los jardines estallaron de
hermosura.
¿Cómo podía ser aquéllo? Si, cuando llegamos, a principios de
invierno, aquellos jardines estaban hechos una lástima, totalmente abandonados,
perdidos, llenos de hierbajos...
Estaba apoyado en el quicio de la ventana de mi dormitorio
pensando en este segundo misterio, cuando, de improviso, vi una silueta
abandonar el edificio e internarse en una zona alejada del hermoso jardín. No
hubiese tenido la menor importancia el descubrimiento, puesto que era muy lógico
que algún profesor, o incluso algún alumno, tuviese el capricho de pasear entre
los bellos arriates de flores, si no fuese porque, la silueta, correspondía, sin
lugar a dudas, a Ricky.
Bajé las escaleras en cuatro brincos. Corrí en la dirección
por la que había desaparecido mi pequeño amante. Echando el bofe doblé un
recodo, y , allí, bajo los árboles, vi la casita.
Era pequeña y estaba recién pintada. Se notaba que unas manos
mañosas habían trabajado de lo lindo para recuperar algo de su prestancia
anterior. Los rosales trepaban por la fachada, teniendo como fondo el verde
brillante de una yedra recién brotada. Junto a la puerta, perfectamente
organizadas, media docena de herramientas lucían perfectamente aceitadas.
Lógicamente, aquello no podía ser nada más que la casa del jardinero.
Rodeé la casa buscando un lugar por el que mirar el interior.
Las ventanas de la planta baja estaban cerradas a cal y canto, sin embargo, en
el piso de arriba, un ventanuco permanecía abierto. Miré a mi alrededor buscando
algo sobre lo que encaramarme. Bajo un árbol, una escalera parecía que me estaba
aguardando. La arrastré hasta la pared y la apoyé con mucho cuidado. No quería
estropear la pintura...ni que me oyesen quienes estuvieran allí.
Las nalgas de Ricky subían y bajaban suavemente. Su ojete
engullía, sin aparente esfuerzo, la más hermosa verga que jamás había visto. O,
por lo menos, así me lo pareció en aquellos momentos. El hombre estaba tumbado
en la cama, de forma que sus pies reposaban en el suelo, mientras que, desde los
muslos hacia arriba, el resto del cuerpo descansaba sobre la colcha. A
horcajadas sobre su vientre, el muchachito seguía subiendo y bajando, cada vez
con más rapidez, siguiendo el ritmo que marcaban las manazas del jardinero
apoyadas en sus caderas. Desde mi atalaya, los huevazos del hombre parecían
enormes, repletos de un esperma que, si el muchachito no se detenía, pronto
desbordaría por la punta de la polla.
- ¡Así, nene, así...! ¡No te detengas!
Aquella voz erizó mi piel.
- ¿Así, Papi, asiiií? - la vocecilla de Ricky, con su
dulce acento canario, rezumaba el gusto que estaba sintiendo en su interior.
- ¡¡Siiiiií!! ¡Abre bien el hoyito, hijo mío, que papá te
lo va a llenar todoooooooooooo!!
La polla salió del ojete justamente en el momento en que la
lefa desbordaba a borbotones. Grumos espesos que se deslizaron por el falo,
goteando por los testículos antes de que el hombre volviese a embutir todo su
nabo en el abierto ojete del chaval.
Una vaharada de perfume llegó hasta mis narices. Era el olor
tan característico que tenía siempre Ricky, y que, ahora lo comprendía, procedía
la fuente erecta de aquel hombre.
Mi amante me ponía los cuernos con el jardinero. Con el único
varón adulto que había escapado de mis deseos sexuales en aquel internado, pero
que estaba satisfaciendo de una forma absoluta al putito de mi amante. Un gemido
salió de mi garganta sin poderlo evitar. Ricky se volvió de inmedato, intentando
localizar el sonido. Sus ojos se abrieron como platos al verme encaramado allí,
asomando la cara por el ventanuco. Pero no fueron sus ojos lo que hicieron que
me marease, los que me hicieron retroceder a mi infancia, sino los del hombre
que lo estaba follando. Su mirada directa sobre mi rostro, el rictus de placer
de sus labios -idéntico al que yo veía reflejado en la pantalla de televisión
cuando me follaba por las noches- fue lo último que vi antes de caer hacia
atrás.
- Parece que ya despierta, Papi.
- Si, nene, aparta, déjale que le llegue el aire y
que respire.
- ¿Pppppapá? - mi voz sonó rota, con un sollozo que
llevaba enquistado muchos años en mi garganta, y que ahora pudo salir, reventar,
hacerse añicos, mientras las lágrimas me impedían ver el rostro del jardinero,
del hombre del cabello rubio que se follaba a Ricky en el tren, del mismo que me
regaló los mejores años de mi vida...Mi padre.
- Si, hijo, Eduardo, soy yo, tu padre.
- Pero...¿cómo puede ser? Yo...no entiendo nada.
Lo entendí mientras me acunaba entre sus brazos. Me contó su
historia, a grandes rasgos, desde que mamá lo apartó de mí. En realidad mamá
tenía la mosca tras de la oreja, pero no porque supiese que él se permitía
ciertos juegos sexuales conmigo, sino porque sospechaba, con razón, que su
marido, Ricardo, mi padre, tenía ciertos secretos que le ocultaba a ella. Esos
secretos eran una mujer tinerfeña...y el hijo que había tenido con ella, durante
un viaje de trabajo que tuvo que hacer a las Islas Canarias cuando yo era
pequeño. El pequeño Ricky había nacido cuando yo contaba cuatro años, y papá se
las apañaba para llevar adelante a sus dos familias. Pasaron unos años en
equilibro constante entre sus dos mundos. Al ser expulsado de nuestro hogar,
papá pudo rehacer su vida con la madre de Ricky y con el pequeño, que contaba
entonces tres años .
La madre de Ricky nunca llegó a saber -o no se dio por
enterada- de los juegos a los que su esposo acostumbró al pequeño. Después, la
buena mujer murió de repente, dejándoles solos. Padre e hijo gozaron de una
libertad absoluta para disfrutarse el uno del otro, cosa que hicieron durante
largos años, y , por lo acababa de constatar yo mismo, todavía hacían.
Las cosas iban encajando en mi mente. Lo de que mamá hubiese
elegido aquel internado para “protegerme”, sin saber que en el mismo lugar iba a
trabajar su “ex” como jardinero, a cambio de que su segundo hijo recibiese una
educación selecta, fue una simple casualidad. Nadie sabía que se iba a producir
aquel encuentro. Y, desde luego, nadie de nosotros le iba a ir con el cuento a
mamá.
Han pasado varios años más. Ya soy mayor de edad. Mamá ya no
tiene potestad sobre mí, y yo, lógicamente, he elegido vivir contigo, papá.
Desde aquella tarde, en la caseta del jardinero, mi vida
experimentó un cambio radical. Desaparecieron mis ansiedades, mis búsquedas, mis
obsesiones. Todo se evaporó, puesto que lo había encontrado. Te había
encontrado, Papá. Tu sabor lo tenía al alcance de mi mano, de mi boca, de todo
mi ser.
Volvimos a recrear los juegos de antaño, aunque ahora con un
jugador más.
Ricky mira la TV, a cuatro patas sobre la alfombra de papá.
Tras terminar mi café, me desnudo lentamente. La verga, dura, golpea sobre mi
estómago. Me arrodillo tras mi hermano, pasando la lengua por su ojete con sabor
a papi. No tardo mucho en penetrarle, mientras él recula suavemente, intentando
que mi carne lo llene totalmente. Dejo caer mi cuerpo sobre su espalda, rozando
mis tetillas (en las que ya luce algo de vello) contra sus paletillas huesudas.
Mis nalgas están elevadas, esperando. Papá apaga su cigarro. Se acerca, se
arrodilla tras de mí. Besa mi columna vertebral.
Las manos de papá son grandes. Las manos de papá me
enloquecen. Las manos de papá tocan mi carne y yo me derrito. Como siempre.
Igual que aquellas madrugadas insomnes, en las que Tom y Jerry correteaban por
la pantalla, y papá me enculaba suavemente, sin hacerme ningún daño, haciendo
que me acostumbrase a su enorme grosor. Y lo noto llegar. Lo noto apoyar su gran
bellota en mi ojete. Y empujar. Y mi culo abriéndose como una flor. Y mi verga
empujando con fuerza el cuerpo dócil y cálido de mi hermano. Y los tres unidos
en una sola carne. Por fin.
Y antes de dormir, antes de caer vencido por el sueño y los
orgasmos, mi cuerpo se desliza entre tus muslos, papá, y mi boca se abre para
recibir tu glande. Ese glande con sabor a mí mismo y a Ricky. A tus hijos. Y
chupo, lamo, mamo...Y me premias con unas gotas de ese licor que me enloquece,
que me turba, que me hace feliz sobre todas las cosas. Porque tiene tu esencia,
tu sabor. El sabor del incesto. El sabor, el perfume que compartimos los tres.
Pero...¿cuántos hombres, muchachos, jóvenes,
viejos...compartirán estas mismas fantasías?