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TODORELATOS » RELATOS » SABORES INCESTUOSOS (5)
[ A la mujer casta, Dios le basta. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 31-Jul-08 « Anterior | Siguiente » en Gays (6370 de 6573)

Sabores incestuosos (5)

paterbond007
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Filial Gay.- La decisión de mamá de internarme en un colegio, motivó el reencuentro del sabor que buscaba desde mi infancia. Y, justamente, procedía del líquido que emanaba de la parte más íntima del cuerpo de aquel chico. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

SABORES INCESTUOSOS -5º

- ¡Eduardo, hijo, levanta ya! -la voz de mamá resonó, desagradable, en mi habitación. Todo había sido un sueño. Un sueño que se repitió, junto con otros, durante muchísimos años.

- ¿Mamá, ya has vuelto? -la verdad es que no había mucha alegría en mi voz. Durante un instante temí que el abuelo todavía estuviese metido dentro de mí, enganchado como los perros cuando están en celo; pero, por suerte, ya no estaba. Solamente quedaba yo en la cama. Y, por cierto, con unas inmensas ganas de ir corriendo al baño.

Me levanté a trompicones, temiendo no llegar a sentarme en la taza. Notaba mis intestinos totalmente llenos, pero ahora no era debido a la carne de mi abuelastro, sino a la descarga (o descargas) de semen que se habían ido acumulando a través de la noche en mi interior. Vacié las tripas con gran escándalo. Notaba salir los churritones de esperma como si estuviese defecando grumos de leche merengada. Finalmente acabé, me dí una buena ducha...y me resigné a escuchar el veredicto de lo que Mamá había decidido para mi futuro.

Y yo sabía, de antemano, que tú no estarías en ese futuro, papá. O...¿puede que sí?.

El veredicto de mamá fue inapelable: estaría recluido en un internado durante los años que faltaban hasta mi mayoría de edad. No podía fiarse de que su nene estuviese bajo el mismo techo que Daniel, mi hermanastro, desde que nos había pillado haciendo cosas “muy feas” en nuestra habitación. ¡Y eso que la pobre Mamá no sabía de la Misa la mitad!.

El último tramo del viaje hasta el internado fue en una especie de tren antediluviano, que avanzaba trabajosamente entre montañas y precipicios, soltando chorros de vapor como si, en cualquier momento, fuese a soltar su último suspiro. Mamá dormitaba a mi lado, y Marco, mi padrastro, sentado frente a mí, también echaba un sueñecito, aunque de cuando en cuando abría un ojo para mirar mi rostro cabreado. El no estaba de acuerdo con Mamá, pero, al fin y al cabo, no tenía arte ni parte en mi educación, así que no osaba enfrentarse a la fiera de su esposa.

Hacía calor. A pesar de que llevaba puestos unos pantalones cortos, sin interiores, y una camiseta sin mangas, no podía aguantar la temperatura pegajosa de dentro del compartimento en el que estábamos los tres solos. Descalcé uno de mis pies, y, mirando de reojo a mamá, lo apoyé en el asiento de enfrente, justo entre los muslos abiertos de mi padrastro. De momento no se dio por enterado. O se había dormido profundamente, o, lo más probable, es que estuviese esperando mi próximo movimiento.

Apreté la planta del pie contra el paquete de Marco. El aguantó sin rechistar. El notar que su polla pasaba de fláccida a morcillona, hizo que la mía comenzase a endurecerse. Mi padrastro estaba observándome a través de sus pestañas entrecerradas. Abrí todo lo que pude los muslos, para que disfrutase de la visión de mi verga asomando por la corta pernera de mis pantalones. A la vez, comencé a rozar su bulto pasando el pie desde los dedos hasta el talón. El rostro de mi padrastro comenzó a chorrear sudor. Seguí con mis movimientos masturbatorios sobre su entrepierna, hasta el punto de que, de improviso, sin poder aguantar más, sujetó mi pie con una mano y me hizo que me sentase correctamente. Temí haberme pasado de la raya, pero en realidad lo que quería Marco era ponerse de pie, seguramente para no terminar eyaculando si yo seguía con mis tocamientos pedestres. Colocado ante mí, con las piernas abiertas para equilibrar el peso y no caer con los vaivenes del tren, mi padrastro elevó los brazos para colocar bien una parte del equipaje que estaba en una especie de estantería sobre mi cabeza. Su paquete quedaba a la altura de mi rostro. La verga se notaba totalmente hinchada bajo la suave tela de sus jeans. Con los movimientos que hacía con los brazos levantados, la camiseta se le habìa subido hasta arriba del ombligo, por lo que su abdomen, ligeramente abombado, dejaba ver la mata de vello que bajaba hasta perderse bajo la cinturilla del pantalón.

La tentación de echarle mano, de palpar aquella maravilla, era muy fuerte. Pero el basilisco de Mamá me imponía mucho. Sin embargo, en ese momento, el tren dio un largo pitido y se introdujo en un túnel. A la vez, como si algún diosecillo de la lujuria se pusiese de mi parte, la poca luz que tenía el compartimento hizo un guiño y se apagó del todo, dejándonos en la más absoluta oscuridad.

No se cual de los dos se dio más prisa. Cuando me tiré, hambriento, hacia la entrepierna de mi padrastro, él ya se había abierto la bragueta y me esperaba con su polla en ristre. Una descarga de adrenalina me puso los pelos de punta. Estaba allí, a dos palmos de Mamá, engullendo el pollón de su marido hasta las anginas, sujetando sus nalgas musculosas para atraerlo hacia mí y no perder ni un milímetro de su virilidad. Chupé con unas ganas inmensas. Seguramente sería, durante mucho tiempo, la última vez que podría tener una verga a mi disposición, y tal pensamiento me hacía enloquecer de deseo.

Notaba, por los movimientos de su pelvis, que Marco estaba muy cerca de eyacular. Entonces, el tren dio otro largo pitido y comenzó a hacerse la claridad. Salimos del túnel. Mi padrastro se las arregló, no se cómo, para aparecer de nuevo sentado frente a mí, con un periódico cubriendo su regazo.

Mamá despertó de su duermevela. Quizá había soñado conmigo, o que un súbito arrebato de lástima por mí la hizo sentirse culpable, el caso es que tomó mi cabeza y la apretó contra sus pechos, casi ahogándome. Tanto me apretaba que tuve que levantarme ligeramente del asiento, quedando con una rodilla apoyada en el borde y el trasero elevado.

Otro largo pitido del tren y nueva oscuridad engulléndolo todo. Breves segundos después, sin que Mamá me soltase ni dejase de besuquearme la cabeza, las manos de Marco intentaron bajarme el pantalón corto. Con las prisas, la correa que los sujetaba quedó atorada, por lo que mi padrastro, desesperado, buscó otra forma de eliminar obstáculos entre su carne y la mía. Con los dedos engarfiados rebuscó en la costura del pantalón hasta que encontró un pequeño descosido. Haciendo presión, logró ensanchar el agujero hasta el punto de que su dedo pronto pudo introducirse dentro de mi otro agujero, el más íntimo, el más caliente, el más receptivo.

Fue una de las folladas más morbosas de las que he tenido en toda mi vida. Mamá abrazando a su nenito, y mi padrastro dándome caña con su gran verga ensartada a través del pantalón roto. Dos minutos como mucho, pero que disfruté como si fuesen horas.

Alargando, como pude, uno de mis brazos, llegué a poner la mano entre el cuerpo de Marco y yo, notando que, sin lugar a dudas, la pija de mi padrastro la llevaba metida hasta los huevos.

Y, entonces, se oyó la voz de mamá a través de la oscuridad:

- Marco! ¿Se la has metido TODA al nene?

Un silencio espantoso durante décimas de segundo. La polla, hinchada al máximo, ya había comenzado a palpitar preparándose para la monumental corrida. Mi padrastro, con las uñas clavadas en mi cintura, se repuso lo suficiente para articular:

- ¡Ejem! ¿Co...cómo dices, querida?

- ¡Qué bobo eres, grandullón! ¡ Que si le has metido toda la ropa a Eduardo en la maleta! Yo no he podido revisarla, y no me gustaría que le faltase de nada durante estos meses que estará tan lejos de nosotros – y, sin esperar respuesta, se contestó a sí misma- ¡Bueno, de todas formas ahora ya no hay solución! Espero que si algo le faltase, se lo proporcionen los del Internado, porque...¡para la pasta que nos va a costar!.

Y Marco, con un hondo suspiro, dio tres embestidas más contra mis nalgas, y así pudo dejarme el culo encharcado de esperma antes de que el tren, como si fuese nuestro compinche, lanzase otro pitido para avisar de que el túnel acababa.

- Mamá.

- Dime, querido.

- Necesito cambiarme de ropa antes de que lleguemos. No quiero que me vean con pantalones cortos, y , además, éstos se me han descosido un poco.

Bamboleándome por el pasillo llegué hasta un extremo del vagón. Con la ropa que llevaba en la mano intentaba ocultar la parte trasera de mi cuerpo, porque era demasiado evidente el agujero que perforaba la tela, así como los espesos goterones de líquido sospechoso que la empapaban.

Empujé la puerta del W.C. , y se abrió unos centímetros. Alguien se ocupó de cerrarla de inmediato, mientras una voz, desde dentro, decía:

- ¡Ocupado! .

- ¡Perdón! - atiné a balbucir. Porque, durante las décimas de segundo en que la puerta había dejado entrever su interior, no me cupo la menor duda de que alguien estaba enculando a un jovencito de cabello moreno y sonrisa arrobada.

Fingiendo que miraba por la ventanilla, esperé a que terminasen de hacer “lo que fuese”. A los pocos minutos oí que se abría la puerta, pero no quise mirar directamente. Atisbé por el rabillo del ojo y ví pasar junto a mí a un hombre de complexión fuerte, cabello rubio ligeramente canoso, acompañado de un chaval adolescente, bastante más joven que yo, que iba todavía abrochándose los pantalones.

Al pasar a mi lado el muchacho, noté una sensación de “dejá-vu” muy intensa. En aquellos momentos no supe la razón, pero más tarde llegué a la conclusión de que, aquella sensación tan placentera, tan fuera de lo corriente, había sido producida por el olor que emanaba de su cuerpo.

El Internado seguramente habría conocido tiempos mejores. Era un caserón con ínfulas de castillo, bastante deteriorado en el exterior pero aceptablemente cómodo en su interior. Lo mejor, sin lugar a duda, que tenía la propiedad , eran unos grandes jardines que, por desgracia, lucían tristemente abandonados.

Desde que llegamos al Colegio todo sucedió con rapidez. Primero nos atendieron a nosotros, puesto que Mamá, como siempre, tenía “muchísima prisa”. Besos, unos cuantos arrumacos, y les vi alejarse por el sendero que conducía a la estación de tren. Cuando se perdieron de mi vista, justo a la que iba a tomar mi maleta para buscar donde ubicarme, vislumbré unas figuras que paseaban por los jardines. Al acercarse, vi que eran dos hombres acompañados de un jovencito. El mismo chaval que había visto en el baño del tren. Y, sin lugar a dudas, por el pelo reconocí en uno de los adultos al hombre que, si la intuición no me engañaba, había estado disfrutando de sus favores. Mientras hablaban, el hombre rubio se inclinó para darle un beso en la frente al chavalín, y el otro hombre, señalando hacia el edificio, le dijo unas palabras. El nene, obediente, tomó su pequeña maleta y se encaminó hacia las escaleras de entrada.

- ¿Cómo te llamas, chaval? - la pregunta la hice más por romper el silencio que por curiosidad.

- ¿Quién...yo?

- ¡Hombre, no voy a ser yo! -no empezábamos nada bien. Sin embargo, el chico, con una sonrisa resplandeciente, todo dientes, contestó:

- ¡Riky!

- ¿Riky? ¿Qué nombre es ése? ¿Como Riky Martin?

- No, no! - risas ingenuas- ¡Yo no me apellido Martin, sino...!

- Déjalo, nene. No me importa un carajo tu apellido.

¿Porqué estaba yo tan cabreado? ¿Acaso hubiese preferido que el chico, en lugar de estar tan risueño, estuviese lloroso porque lo habían dejado, solo, en aquel lugar apartado de la mano de Dios? ¿Podría ser que yo quería hacerme el machito, el adulto, el que consuela...para poder abrazar, y oler, aquel cuerpo casi pre-púber que despertaba en mí aquellas sensaciones tan raras?.

De todas formas, aquella misma noche, tuve la oportunidad de conseguir ser el escudero, el macho, el hombre fuerte que protege al hermoso y débil.

Provisionalmente nos ubicaron en el mismo dormitorio a Riky y a mí. En el ala del edificio destinada a los mayores, habían dos camas libres. En total éramos seis los alumnos. Los otros cuatro eran perros viejos, de ésos que ya han pasado por todos los estadios y creen que, llegado su momento, pueden hacer lo que se les antoje con los recién llegados.

La verdad es que alguno de ellos estaba bastante bien. Casi con dieciocho años, la voz recia, barbas rasposas...Nos rodearon en cuanto el tutor nos dejó solos. Pensé que no me vendría mal un poco de acción antes de acabar el día. Realmente, Marco sí que se había desahogado conmigo, pero yo había quedado “in albis”. Las cuatro vergas aparecieron cimbreantes, asomando por la bragueta de los pijamas. El culo comenzó a latirme, y una gustosa erección alegró mi bajo vientre.

- ¿Dejamos al pequeñajo para postre, o nos lo comemos de aperitivo?

Aquella frase me hizo volver en mí. No sé porqué razón, había pensado que yo, por ser el mayor de los dos nuevos, sería el receptor de las atenciones enculatorias, o las que fuesen, de aquellos calentorros, y que al muchachito le dejarían en paz. Había comenzado a ponerme de rodillas, abriendo la boca para recibir la primera verga, pero me levanté de un salto, empuñé un bate de beisbol abandonado en un rincón, y levantándolo sobre mi cabeza dije con voz seca :

- ¡Al primero que toque a “mi” chico le abro la cabeza con este bate! - y echándome mano al paquete chuleé - ¡¡Por mis cojones!!.

Quiero creer que fue mi amenaza de machorro lo que los hizo de cambiar de parecer, pero en realidad fue la llegada del tutor que, alertado por el ruido y las voces, asomó la jeta para ver lo que ocurría. Sin hacer ningún comentario, nos hizo tomar a Riky y a mí nuestros equipajes para sacarnos de aquella cueva de lujuria. Gentilmente nos ofreció su propio habitáculo y se marchó para dormir él en la alcoba con los cuatro calentones. Antes de cerrarnos la puerta, nos dijo:

- Supongo que no tendréis inconveniente en compartir la única cama.

No obtuvo respuesta, ni tampoco la esperaba.

De agradecidos es ser bien nacidos. Así dice el refrán, y así se comportó Riky aquella noche.

Tenerle a mi lado, totalmente desnudo, emanando aquel perfume que sublevaba mi líbido, no fue un suplicio para mí. No lo fue porque, de inmediato, se colocó entre mis muslos y comenzó a practicarme la mejor mamada que me habían hecho jamás. Tan sumamente bien me la chupaba, que me dio cargo de conciencia el no intentar responderle de alguna forma. Con un par de movimientos le hice colocarse sobre mí, justamente con los muslos abiertos a ambos lados de mi torso, con su sexo medianito y sonrosado colgando sobre mi rostro, y con su boca engullendo sabiamente mi verga durísima.

El ver aquellos cojoncillos semipelones, la pija dura y de punta violeta, el cuerpo ardiente apretándose contra el mío...Abrí la boca y la llené con sus genitales en pleno. Los mantuve durante unos segundos en el tibio albergue, saboreando los licores de aquella, sino eterna, por lo menos presente juventud. Mi nariz, justo a la altura de su ojete, inhalaba el perfume del orificio anal. Mil sueños poblaron mi mente. Mil recuerdos en los que mis papilas gustativas se recreaban hasta el éxtasis. Había encontrado el sabor que buscaba. Y lo había encontrado, justamente, en el lindo trasero de aquel muchachito al que ya consideraba como algo mío.

Mi lengua, sin pedir permiso al cerebro, ya estaba escarbando en el hoyito de Riky. Buscaba la fuente, buscaba el inicio, buscaba el lugar del que procedía aquél perfume, aquel sabor que me estaba volviendo loco. Y, entonces, debido a las cosquillas que mi lengua le hacía en la puerta secreta, el muchachito, sin poder contenerse, apretó el esfínter, y una gota traslúcida asomó por el precioso agujero. Una gota, pensé en mi locura, que debía ser del mismo líquido que segregan las abejas reinas, y con el que mantienen en su poder, además de alimentarlas, a toda su prole de obreras. Y, al catar, al saborear, al disfrutar al máximo de aquel presente que me hacía, de aquella jalea real digna de dioses, supe que mi búsqueda estaba llegando a su fin.

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