SABORES
INCESTUOSOS -5º
- ¡Eduardo, hijo, levanta ya! -la voz de mamá resonó,
desagradable, en mi habitación. Todo había sido un sueño. Un sueño que se
repitió, junto con otros, durante muchísimos años.
- ¿Mamá, ya has vuelto? -la verdad es que no había
mucha alegría en mi voz. Durante un instante temí que el abuelo todavía
estuviese metido dentro de mí, enganchado como los perros cuando están en celo;
pero, por suerte, ya no estaba. Solamente quedaba yo en la cama. Y, por cierto,
con unas inmensas ganas de ir corriendo al baño.
Me levanté a trompicones, temiendo no llegar a sentarme en la
taza. Notaba mis intestinos totalmente llenos, pero ahora no era debido a la
carne de mi abuelastro, sino a la descarga (o descargas) de semen que se habían
ido acumulando a través de la noche en mi interior. Vacié las tripas con gran
escándalo. Notaba salir los churritones de esperma como si estuviese defecando
grumos de leche merengada. Finalmente acabé, me dí una buena ducha...y me
resigné a escuchar el veredicto de lo que Mamá había decidido para mi futuro.
Y yo sabía, de antemano, que tú no estarías en ese futuro,
papá. O...¿puede que sí?.
El veredicto de mamá fue inapelable: estaría recluido en un
internado durante los años que faltaban hasta mi mayoría de edad. No podía
fiarse de que su nene estuviese bajo el mismo techo que Daniel, mi hermanastro,
desde que nos había pillado haciendo cosas “muy feas” en nuestra habitación. ¡Y
eso que la pobre Mamá no sabía de la Misa la mitad!.
El último tramo del viaje hasta el internado fue en una
especie de tren antediluviano, que avanzaba trabajosamente entre montañas y
precipicios, soltando chorros de vapor como si, en cualquier momento, fuese a
soltar su último suspiro. Mamá dormitaba a mi lado, y Marco, mi padrastro,
sentado frente a mí, también echaba un sueñecito, aunque de cuando en cuando
abría un ojo para mirar mi rostro cabreado. El no estaba de acuerdo con Mamá,
pero, al fin y al cabo, no tenía arte ni parte en mi educación, así que no osaba
enfrentarse a la fiera de su esposa.
Hacía calor. A pesar de que llevaba puestos unos pantalones
cortos, sin interiores, y una camiseta sin mangas, no podía aguantar la
temperatura pegajosa de dentro del compartimento en el que estábamos los tres
solos. Descalcé uno de mis pies, y, mirando de reojo a mamá, lo apoyé en el
asiento de enfrente, justo entre los muslos abiertos de mi padrastro. De momento
no se dio por enterado. O se había dormido profundamente, o, lo más probable, es
que estuviese esperando mi próximo movimiento.
Apreté la planta del pie contra el paquete de Marco. El
aguantó sin rechistar. El notar que su polla pasaba de fláccida a morcillona,
hizo que la mía comenzase a endurecerse. Mi padrastro estaba observándome a
través de sus pestañas entrecerradas. Abrí todo lo que pude los muslos, para que
disfrutase de la visión de mi verga asomando por la corta pernera de mis
pantalones. A la vez, comencé a rozar su bulto pasando el pie desde los dedos
hasta el talón. El rostro de mi padrastro comenzó a chorrear sudor. Seguí con
mis movimientos masturbatorios sobre su entrepierna, hasta el punto de que, de
improviso, sin poder aguantar más, sujetó mi pie con una mano y me hizo que me
sentase correctamente. Temí haberme pasado de la raya, pero en realidad lo que
quería Marco era ponerse de pie, seguramente para no terminar eyaculando si yo
seguía con mis tocamientos pedestres. Colocado ante mí, con las piernas abiertas
para equilibrar el peso y no caer con los vaivenes del tren, mi padrastro elevó
los brazos para colocar bien una parte del equipaje que estaba en una especie de
estantería sobre mi cabeza. Su paquete quedaba a la altura de mi rostro. La
verga se notaba totalmente hinchada bajo la suave tela de sus jeans. Con los
movimientos que hacía con los brazos levantados, la camiseta se le habìa subido
hasta arriba del ombligo, por lo que su abdomen, ligeramente abombado, dejaba
ver la mata de vello que bajaba hasta perderse bajo la cinturilla del pantalón.
La tentación de echarle mano, de palpar aquella maravilla,
era muy fuerte. Pero el basilisco de Mamá me imponía mucho. Sin embargo, en ese
momento, el tren dio un largo pitido y se introdujo en un túnel. A la vez, como
si algún diosecillo de la lujuria se pusiese de mi parte, la poca luz que tenía
el compartimento hizo un guiño y se apagó del todo, dejándonos en la más
absoluta oscuridad.
No se cual de los dos se dio más prisa. Cuando me tiré,
hambriento, hacia la entrepierna de mi padrastro, él ya se había abierto la
bragueta y me esperaba con su polla en ristre. Una descarga de adrenalina me
puso los pelos de punta. Estaba allí, a dos palmos de Mamá, engullendo el pollón
de su marido hasta las anginas, sujetando sus nalgas musculosas para atraerlo
hacia mí y no perder ni un milímetro de su virilidad. Chupé con unas ganas
inmensas. Seguramente sería, durante mucho tiempo, la última vez que podría
tener una verga a mi disposición, y tal pensamiento me hacía enloquecer de
deseo.
Notaba, por los movimientos de su pelvis, que Marco estaba
muy cerca de eyacular. Entonces, el tren dio otro largo pitido y comenzó a
hacerse la claridad. Salimos del túnel. Mi padrastro se las arregló, no se cómo,
para aparecer de nuevo sentado frente a mí, con un periódico cubriendo su
regazo.
Mamá despertó de su duermevela. Quizá había soñado conmigo, o
que un súbito arrebato de lástima por mí la hizo sentirse culpable, el caso es
que tomó mi cabeza y la apretó contra sus pechos, casi ahogándome. Tanto me
apretaba que tuve que levantarme ligeramente del asiento, quedando con una
rodilla apoyada en el borde y el trasero elevado.
Otro largo pitido del tren y nueva oscuridad engulléndolo
todo. Breves segundos después, sin que Mamá me soltase ni dejase de besuquearme
la cabeza, las manos de Marco intentaron bajarme el pantalón corto. Con las
prisas, la correa que los sujetaba quedó atorada, por lo que mi padrastro,
desesperado, buscó otra forma de eliminar obstáculos entre su carne y la mía.
Con los dedos engarfiados rebuscó en la costura del pantalón hasta que encontró
un pequeño descosido. Haciendo presión, logró ensanchar el agujero hasta el
punto de que su dedo pronto pudo introducirse dentro de mi otro agujero, el más
íntimo, el más caliente, el más receptivo.
Fue una de las folladas más morbosas de las que he tenido en
toda mi vida. Mamá abrazando a su nenito, y mi padrastro dándome caña con su
gran verga ensartada a través del pantalón roto. Dos minutos como mucho, pero
que disfruté como si fuesen horas.
Alargando, como pude, uno de mis brazos, llegué a poner la
mano entre el cuerpo de Marco y yo, notando que, sin lugar a dudas, la pija de
mi padrastro la llevaba metida hasta los huevos.
Y, entonces, se oyó la voz de mamá a través de la oscuridad:
- Marco! ¿Se la has metido TODA al nene?
Un silencio espantoso durante décimas de segundo. La polla,
hinchada al máximo, ya había comenzado a palpitar preparándose para la
monumental corrida. Mi padrastro, con las uñas clavadas en mi cintura, se repuso
lo suficiente para articular:
- ¡Ejem! ¿Co...cómo dices, querida?
- ¡Qué bobo eres, grandullón! ¡ Que si le has metido
toda la ropa a Eduardo en la maleta! Yo no he podido revisarla, y no me gustaría
que le faltase de nada durante estos meses que estará tan lejos de nosotros – y,
sin esperar respuesta, se contestó a sí misma- ¡Bueno, de todas formas ahora ya
no hay solución! Espero que si algo le faltase, se lo proporcionen los del
Internado, porque...¡para la pasta que nos va a costar!.
Y Marco, con un hondo suspiro, dio tres embestidas más contra
mis nalgas, y así pudo dejarme el culo encharcado de esperma antes de que el
tren, como si fuese nuestro compinche, lanzase otro pitido para avisar de que el
túnel acababa.
- Mamá.
- Dime, querido.
- Necesito cambiarme de ropa antes de que lleguemos.
No quiero que me vean con pantalones cortos, y , además, éstos se me han
descosido un poco.
Bamboleándome por el pasillo llegué hasta un extremo del
vagón. Con la ropa que llevaba en la mano intentaba ocultar la parte trasera de
mi cuerpo, porque era demasiado evidente el agujero que perforaba la tela, así
como los espesos goterones de líquido sospechoso que la empapaban.
Empujé la puerta del W.C. , y se abrió unos centímetros.
Alguien se ocupó de cerrarla de inmediato, mientras una voz, desde dentro,
decía:
- ¡Ocupado! .
- ¡Perdón! - atiné a balbucir. Porque, durante las
décimas de segundo en que la puerta había dejado entrever su interior, no me
cupo la menor duda de que alguien estaba enculando a un jovencito de cabello
moreno y sonrisa arrobada.
Fingiendo que miraba por la ventanilla, esperé a que
terminasen de hacer “lo que fuese”. A los pocos minutos oí que se abría la
puerta, pero no quise mirar directamente. Atisbé por el rabillo del ojo y ví
pasar junto a mí a un hombre de complexión fuerte, cabello rubio ligeramente
canoso, acompañado de un chaval adolescente, bastante más joven que yo, que iba
todavía abrochándose los pantalones.
Al pasar a mi lado el muchacho, noté una sensación de
“dejá-vu” muy intensa. En aquellos momentos no supe la razón, pero más tarde
llegué a la conclusión de que, aquella sensación tan placentera, tan fuera de lo
corriente, había sido producida por el olor que emanaba de su cuerpo.
El Internado seguramente habría conocido tiempos mejores. Era
un caserón con ínfulas de castillo, bastante deteriorado en el exterior pero
aceptablemente cómodo en su interior. Lo mejor, sin lugar a duda, que tenía la
propiedad , eran unos grandes jardines que, por desgracia, lucían tristemente
abandonados.
Desde que llegamos al Colegio todo sucedió con rapidez.
Primero nos atendieron a nosotros, puesto que Mamá, como siempre, tenía
“muchísima prisa”. Besos, unos cuantos arrumacos, y les vi alejarse por el
sendero que conducía a la estación de tren. Cuando se perdieron de mi vista,
justo a la que iba a tomar mi maleta para buscar donde ubicarme, vislumbré unas
figuras que paseaban por los jardines. Al acercarse, vi que eran dos hombres
acompañados de un jovencito. El mismo chaval que había visto en el baño del
tren. Y, sin lugar a dudas, por el pelo reconocí en uno de los adultos al hombre
que, si la intuición no me engañaba, había estado disfrutando de sus favores.
Mientras hablaban, el hombre rubio se inclinó para darle un beso en la frente al
chavalín, y el otro hombre, señalando hacia el edificio, le dijo unas palabras.
El nene, obediente, tomó su pequeña maleta y se encaminó hacia las escaleras de
entrada.
- ¿Cómo te llamas, chaval? - la pregunta la hice más
por romper el silencio que por curiosidad.
- ¿Quién...yo?
- ¡Hombre, no voy a ser yo! -no empezábamos nada
bien. Sin embargo, el chico, con una sonrisa resplandeciente, todo dientes,
contestó:
- ¡Riky!
- ¿Riky? ¿Qué nombre es ése? ¿Como Riky Martin?
- No, no! - risas ingenuas- ¡Yo no me apellido
Martin, sino...!
- Déjalo, nene. No me importa un carajo tu apellido.
¿Porqué estaba yo tan cabreado? ¿Acaso hubiese preferido que
el chico, en lugar de estar tan risueño, estuviese lloroso porque lo habían
dejado, solo, en aquel lugar apartado de la mano de Dios? ¿Podría ser que yo
quería hacerme el machito, el adulto, el que consuela...para poder abrazar, y
oler, aquel cuerpo casi pre-púber que despertaba en mí aquellas sensaciones tan
raras?.
De todas formas, aquella misma noche, tuve la oportunidad de
conseguir ser el escudero, el macho, el hombre fuerte que protege al hermoso y
débil.
Provisionalmente nos ubicaron en el mismo dormitorio a Riky y
a mí. En el ala del edificio destinada a los mayores, habían dos camas libres.
En total éramos seis los alumnos. Los otros cuatro eran perros viejos, de ésos
que ya han pasado por todos los estadios y creen que, llegado su momento, pueden
hacer lo que se les antoje con los recién llegados.
La verdad es que alguno de ellos estaba bastante bien. Casi
con dieciocho años, la voz recia, barbas rasposas...Nos rodearon en cuanto el
tutor nos dejó solos. Pensé que no me vendría mal un poco de acción antes de
acabar el día. Realmente, Marco sí que se había desahogado conmigo, pero yo
había quedado “in albis”. Las cuatro vergas aparecieron cimbreantes, asomando
por la bragueta de los pijamas. El culo comenzó a latirme, y una gustosa
erección alegró mi bajo vientre.
- ¿Dejamos al pequeñajo para postre, o nos lo comemos
de aperitivo?
Aquella frase me hizo volver en mí. No sé porqué razón, había
pensado que yo, por ser el mayor de los dos nuevos, sería el receptor de las
atenciones enculatorias, o las que fuesen, de aquellos calentorros, y que al
muchachito le dejarían en paz. Había comenzado a ponerme de rodillas, abriendo
la boca para recibir la primera verga, pero me levanté de un salto, empuñé un
bate de beisbol abandonado en un rincón, y levantándolo sobre mi cabeza dije con
voz seca :
- ¡Al primero que toque a “mi” chico le abro la
cabeza con este bate! - y echándome mano al paquete chuleé - ¡¡Por mis
cojones!!.
Quiero creer que fue mi amenaza de machorro lo que los hizo
de cambiar de parecer, pero en realidad fue la llegada del tutor que, alertado
por el ruido y las voces, asomó la jeta para ver lo que ocurría. Sin hacer
ningún comentario, nos hizo tomar a Riky y a mí nuestros equipajes para sacarnos
de aquella cueva de lujuria. Gentilmente nos ofreció su propio habitáculo y se
marchó para dormir él en la alcoba con los cuatro calentones. Antes de cerrarnos
la puerta, nos dijo:
- Supongo que no tendréis inconveniente en compartir
la única cama.
No obtuvo respuesta, ni tampoco la esperaba.
De agradecidos es ser bien nacidos. Así dice el refrán, y así
se comportó Riky aquella noche.
Tenerle a mi lado, totalmente desnudo, emanando aquel perfume
que sublevaba mi líbido, no fue un suplicio para mí. No lo fue porque, de
inmediato, se colocó entre mis muslos y comenzó a practicarme la mejor mamada
que me habían hecho jamás. Tan sumamente bien me la chupaba, que me dio cargo de
conciencia el no intentar responderle de alguna forma. Con un par de movimientos
le hice colocarse sobre mí, justamente con los muslos abiertos a ambos lados de
mi torso, con su sexo medianito y sonrosado colgando sobre mi rostro, y con su
boca engullendo sabiamente mi verga durísima.
El ver aquellos cojoncillos semipelones, la pija dura y de
punta violeta, el cuerpo ardiente apretándose contra el mío...Abrí la boca y la
llené con sus genitales en pleno. Los mantuve durante unos segundos en el tibio
albergue, saboreando los licores de aquella, sino eterna, por lo menos presente
juventud. Mi nariz, justo a la altura de su ojete, inhalaba el perfume del
orificio anal. Mil sueños poblaron mi mente. Mil recuerdos en los que mis
papilas gustativas se recreaban hasta el éxtasis. Había encontrado el sabor que
buscaba. Y lo había encontrado, justamente, en el lindo trasero de aquel
muchachito al que ya consideraba como algo mío.
Mi lengua, sin pedir permiso al cerebro, ya estaba escarbando
en el hoyito de Riky. Buscaba la fuente, buscaba el inicio, buscaba el lugar del
que procedía aquél perfume, aquel sabor que me estaba volviendo loco. Y,
entonces, debido a las cosquillas que mi lengua le hacía en la puerta secreta,
el muchachito, sin poder contenerse, apretó el esfínter, y una gota traslúcida
asomó por el precioso agujero. Una gota, pensé en mi locura, que debía ser del
mismo líquido que segregan las abejas reinas, y con el que mantienen en su
poder, además de alimentarlas, a toda su prole de obreras. Y, al catar, al
saborear, al disfrutar al máximo de aquel presente que me hacía, de aquella
jalea real digna de dioses, supe que mi búsqueda estaba llegando a su fin.