Sara es una de mis mejores amigas. Nosotras dos, junto con
Clara, formamos un grupo inseparable. Nos conocemos desde pequeñas. Empezamos el
colegio juntas y mantuvimos nuestra amistad a lo largo de los años, incluso
cuando cada una estudió una carrera distinta. Por supuesto que dada nuestra
profunda amistad lo compartíamos todo, salvo los chicos. Aunque casi, porque
entre nosotras no había secretos, así que todas lo sabíamos todo de los novios o
los rolletes de las demás.
En este sentido, hacía ya tiempo que Sara había conocido a
Fernando. Lo conoció una noche en un bar mientras tomábamos una copa. Él y sus
amigos nos entraron a nosotras tres, aunque la única historia que prosperó fue
la suya. Lo cual es lógico, ya que Fernando era un chico imponente, alto,
moreno, de ojos verdes, cuerpo musculoso de anchas espaldas y culo pequeño,
prieto y respingón. Además, era un tío realmente simpático y divertido. De ese
tipo de gente que, sin pretenderlo, siempre se convierten en el centro de
atención por su magnetismo personal. Sin embargo, sus amigos eran todo lo
contrario. Sinceramente, no entiendo qué hacía un tío como ese con unos
individuos como aquellos. Al revés lo entendía, porque supongo que muchas chicas
se acercarían a hablar con Fernando y quizás ellos esperaban pescar alguna
migaja.
El caso es que hacía ya varios meses de aquello. Desde
entonces salíamos juntos los cuatro, puesto que Clara y yo aún seguíamos
"solteras". Debo confesar que, a medida que le iba conociendo más, mi atracción
inicial por Fernando fue en aumento. Incluso comencé a sentir un poco de celos
de mi amiga Sara. Sobre todo las noches en que Fernando se iba con sus amigos y
tocaba noche de chicas. Entonces Sara se dedicaba a coquetear con todos los tíos
que podía, según ella para no oxidarse y perder la práctica, por si acaso. En
realidad lo que hacía era ir calentándolos a todos, metiéndoles mano sin
disimulo y dejando que se la metiesen a ella, pero sin llegar a nada más,
simplemente disfrutando de ver cómo sus paquetes se hinchaban bajo los
pantalones.
Este jueguecito, que de vez en cuando habíamos practicado
incluso las tres a la vez, y que siempre nos había parecido muy divertido, ahora
me producía cierta repulsión. No podía creerme que Sara fuera capaz de hacerle
aquello a un tío como Fernando. Aunque casi era peor cuando se dedicaba a
contarnos sus intimidades. No paraba de decirnos lo increíble que era su chico
en la cama. Nos confesó que, hasta que conoció a Fernando, siempre había dudado
de que las mujeres pudieran ser realmente multiorgásmicas. Pero al parecer ahora
no tenía ningún tipo de dudas. Nos hablaba de lo enorme que tenía la polla, de
cómo la llenaba por completo cuando la follaba, y de la fuerza con la que lo
hacía. Según ella, él la penetraba poco a poco, lentamente al principio, pero
cuando lograba metérsela hasta el fondo empezaba a bombear con fuerza, cada vez
más, haciéndola gritar de placer y correrse una y otra vez, sintiendo cómo su
polla la partía por la mitad y llenaba por completo todo su coño. Incluso nos
contó que un día fueron a su casa los vecinos de al lado a pedirle que por favor
no hicieran tanto ruido, que molestaban a sus hijos pequeños. Pero que ella no
podía evitar chillar como una loca y que las embestidas de él eran tan brutales
que la cama golpeaba una y otra vez la pared, y que incluso aunque la separasen
antes de empezar, siempre acaba moviéndose por los empujones y apoyándose de
nuevo contra la pared, golpeándola.
Cada vez que le oía contar sus experiencias no podía evitar
sentir una punzada de celos, aunque también notaba cómo me humedecía imaginando
a Fernando haciéndole aquellas cosas. A mí nunca me habían follado como nos
contaba Sara ni tampoco había visto nunca una polla tan enorme como la que ella
describía. Decidí que sin duda ella exageraba mucho a propósito para darnos más
envidia de la que ya nos daba el ver a su novio casi cada día. No obstante, a
veces acababa tan excitada después de oír sus historias que acababa ligándome al
primer tío que se acercaba y follándomelo en donde pillase para aliviar mi
calentura. Llegué a probar sitios en los que nunca imaginé que acabaría echando
un polvo, como los baños de hombres de los bares, detrás del seto de algún
parque, escondidos entre dos coches en plena calle, en la penumbra de un portal
o colándonos en un garaje privado.
Supongo que todos esos sitios deben excitar mucho a los tíos.
Además, aunque me esté mal el decirlo, yo estoy bastante buena. Soy alta,
delgada, tengo las tetas más bien grandes y una boca ancha de labios gruesos a
la que le gusta lamer una buena polla. Todo esto, unido a mi calentura, debería
hacer que los tíos a los que me follaba estuvieran a mil. Pero ni aún así
conseguía que me follaran como Sara decía que se lo hacía Fernando a ella. Por
supuesto que conseguí varios buenos polvos, pero ninguno como los que ella
describía. Tampoco conseguí ninguna polla como aquella. Las hubo más pequeñas y
más grandes, más delgadas y más gruesas, pero ninguna que me hiciera sentir tan
llena.
Aproveché estas experiencias para disfrutar de las pollas más
grandes, y especialmente de las más gruesas. Las pequeñas las despachaba rápido.
Siempre empezaba mis encuentros con una buena mamada, puesto que es algo que me
encanta y se me da muy bien. Si al agacharme y sacar fuera la polla del chico en
cuestión descubría que ésta no era lo bastante grande, le hacía una buena mamada
hasta el final dejando que se corriera en mi cara o en mi boca. Generalmente
esto a los tíos les gustaba mucho y se iban muy agradecidos por la mamada. En
cambio, si la polla tenía un buen tamaño la lamía y succionaba hasta notar cómo
ardía en mi boca y empezaba a palpitar. Entonces, justo antes de que el chico se
corriese, la sacaba para dejarle descansar unos segundos, mientras me sacaba las
braguitas para que me follara.
Así fueron pasando los días, entre las historias de Sara
sobre lo maravilloso que era su novio follando y mis mamadas y mis polvos de
consolación. Hasta que un día, estando sentados todos en una terraza, Clara
soltó:
¡Vaya tío bueno¡
Todos nos giramos para verlo. El chico estaba bastante bien,
aunque no era mi tipo, pero encajaba perfectamente con lo que gustaba a Clara.
Era alto, rubio, ojos claros, pelo largo, vestido de una forma muy elegante.
Parecía recién salido de un club de campo. Sin pensar, le dije:
Pues ve a por él y fóllatelo
Los tres se giraron a mirarme. Entonces me di cuenta de que
mis recientes aventuras me estaban empezando a afectar. Estaba convirtiéndome en
lo que los tíos definirían como una guarra. Fue Fernando quien rompió el
silencio y yo se lo agradecí con una mirada aliviada:
Le conozco, tiene novia.
¿Y qué? – Respondió Sara
Hombre, pues que entonces no querrá nada con Clara.
¿Y por qué no?
Pues porque no está bien. Si estás con una persona
debes serle fiel. Es un tema de amor y de respeto.
No sé yo si estoy muy de acuerdo con eso – prosiguió
Sara –. En cualquier caso, ahora está solo. Lo mismo ya no está con la
novia.
Que te digo yo que sí. No somos lo que se dice
amigos, pero le conozco y sé que tiene novia y que van en serio.
Pues entonces, la única opción es violarle.
Todos nos quedamos atónitos. Sara lo había dicho con total
naturalidad, pero sin que sonara en absoluto a broma.
Lo dices de coña, ¿verdad? – Le dije
Sí, claro, tonta. ¿Qué te habías creído? Aunque no te
negaré que la idea de violar a un tío me da cierto morbo.
¡Pero si a un tío no se le puede violar! – Exclamó
Fernando.
En ese momento empezó un acalorado debate sobre si se puede o
no violar a un tío. Fernando mantenía que no, que en una situación de violación
el tío estaría tan acojonado y tan poco "en situación" que sería imposible que
consiguiera una erección. Nosotras, en cambio, afirmábamos que era muy fácil
poner cachondo a un tío. Y que son todos tan simples que ante la idea de un
polvo, aunque fuera forzado, se empalmarían sin problema. Con unas pocas
caricias o un par de lametones en la polla ésta cogería la dureza suficiente
como para metérsela en el coño. Y una vez dentro ya seguro que no salía hasta el
final.
Curiosamente, fueron Sara y Fernando quienes más se
enfrascaron en la discusión. Clara y yo prácticamente sólo hacíamos que
corroborar las opiniones de Sara y, de vez en cuando, ampliarlas o matizarlas.
Al final no se llegó a nada, puesto que ambos siguieron
manteniendo su postura. Pero tanto oír hablar a Fernando de lametones, caricias,
polvos y demás me puso a mil. Así que me busqué un tío para aliviar tanta
calentura. Esta vez elegí bien, puesto que además de estar bastante bien el
muchacho tenía una buena polla. Se la comí con ansia, devorándola más que
chupándola, sin darme cuenta de que iba a estallar en mi boca. Fue él quien me
apartó diciéndome que parase o se iba a acabar la fiesta demasiado pronto.
Echamos un polvo sensacional en su coche y luego fuimos a su casa. Allí
estuvimos follando sin parar toda la noche, hasta caer agotados. Realmente fue
la mejor noche de sexo de toda mi vida. Al día siguiente nos despedimos, me dio
su número y quedamos en volver a vernos, aunque no tenía muy claro que fuera a
ser así. El chico estaba muy bien y follaba de maravilla, pero yo a quien quería
tirarme era a Fernando.
Así pasaron los días y yo no llamé a aquél chico ni volví a
verle. La siguiente vez que quedamos las tres tocó noche de chicas, porque
Fernando se iba a una despedida de soltero con sus amigos. Para nuestra
sorpresa, Sara sacó de nuevo el tema de la violación. Nos dijo que había seguido
discutiendo del tema con Fernando en varias ocasiones, y que le había llegado a
molestar mucho la cerrazón de él sobre la imposibilidad de ser violado. Hasta
tal punto, nos confesó, que deseaba que algún día le violaran para que viese
cómo sí que es posible.
¿Y por qué no le violamos nosotras mismas? – Pregunté
¿Cómo dices? Estás de coña, ¿no? Que es mi novio.
Pues por eso, para que lo hagan unas desconocidas
mejor lo hacemos nosotras. Se trata de darle una buena lección a ese
gallito.
¿Pero de verdad lo dices en serio? Si es imposible.
Nos reconocería en seguida y no sería violación.
Les comenté a mis amigas con más detalle la idea que me
acababa de venir a la mente, añadiendo detalles a medida que se me iban
ocurriendo. En definitiva, se trataba de abordarle y llevarle a algún sitio
oscuro y apartado, a poder ser privado. Entre todas decidimos que una furgoneta
sería un buen lugar. Para evitar que nos reconociese usaríamos pasamontañas y
gafas de sol y llevaríamos pañuelos atados en la boca para amortiguar nuestra
voz. Usaríamos ropas anchas para que no pudiera reconocer tampoco nuestros
cuerpos. Sólo nos quitaríamos la ropa cuando él estuviese bien atado y con los
ojos vendados. Mantendríamos en todo momento el pañuelo en la boca para evitar
ser reconocidas por la voz, salvo en caso de que necesitásemos usar la boca para
algo, es decir, para hacerle una mamada.
Una vez decididos los detalles, el plan quedó cerrado con dos
salvedades. La primera era que sólo le abordaríamos Clara y yo. Sara iría con él
para evitar sospechas. Sería mucha casualidad que le violasen justo tres
mujeres. Además, dado que él era un hombre muy corpulento, iba a ser imposible
reducirle. Por lo que decidimos que utilizaríamos a Sara como señuelo,
amenazándole con matarla si no colaboraba.
La segunda salvedad la impuso Sara y era que sólo ella podría
follárselo. Como ya dije al principio, nosotras tres lo compartíamos todo, salvo
los chicos. La idea era que, una vez atado y amordazado en la parte trasera de
la furgoneta, le haríamos creer que habíamos dejado a Sara fuera y moveríamos la
furgoneta a un lugar apartado donde consumaríamos la violación. De este modo,
Fernando creería que quien le violaba era una de las dos asaltantes mientras su
novia corría a buscar ayuda.
Cuando estuvimos todas de acuerdo y quedó decidida la fecha y
el lugar nos fuimos a casa a prepararlo todo para el gran día. Yo fui la
encargada de alquilar la furgoneta y Clara compró los pasamontañas. Sara trató
de evitar desde entonces el tema de la violación en sus conversaciones con
Fernando, para que él pensase que era algo ya zanjado.
Finalmente llegó el día. Como de costumbre, quedamos los
cuatro para salir a tomar algo. Al cabo de un rato Sara le propuso a Fernando
irse a otro sitio ellos dos solos. Todo según lo previsto y tal y como era
habitual. Ese era el momento en que ellos se iban a casa de Sara y nosotras dos
nos lo montábamos por nuestra cuenta. Pero ese día Sara trató de ralentizar lo
máximo posible el trayecto hasta su casa, deteniéndose de vez en cuando a
contemplar la luna, un parque, o simplemente a besarse con Fernando. Mientras,
Clara y yo fuimos corriendo hasta casa de Sara. Fuimos a un lateral donde
teníamos aparcada la furgoneta, nos subimos y nos cambiamos de ropa. Cogimos
unos cuchillos grandes que teníamos preparados y salimos de nuevo a la calle, a
esperar a que llegara la parejita.
No hubo que esperar demasiado. En seguida aparecieron. Iban
abrazados y riéndose. No pude evitar un nuevo ataque celos. Cogí con fuerza el
cuchillo y me preparé. Cuando llegaron al portal Sara abrazó a Fernando y empezó
a besarle. En ese momento salimos nosotras de nuestro escondite en la calle
lateral y nos acercamos corriendo hasta ellos dos. Clara empujó a Fernando hacia
un lado y le puso su cuchillo en el pecho, mientras yo hacía lo mismo con Sara,
aunque en mi caso apreté el cuchillo contra su cuello.
¡Quietos! – Grité yo
¿Qué es esto? ¿Qué queréis? – Preguntó Fernando
A ti, guapito de cara. Te oímos hablar el otro día
con tu novia sobre violar a un tío. Decías que era imposible, ¿verdad?
Pues hoy vas a comprobar si lo es o no.
Esto es una broma, ¿no?
¿Te parece a ti una broma?
¡Hijas de puta!
Fernando intentó sacarse de encima a Clara y prácticamente lo
consiguió sin ningún esfuerzo. Pero yo apreté más el cuchillo contra la garganta
de Sara y le ordené calmarse y obedecer o le cortaba el cuello. Eso provocó que
se quedara quieto, con los ojos como platos mirando cómo la hoja de mi cuchillo
se clavaba en el cuello de Sara. Clara aprovechó y le vendó los ojos. Apoyando
su cuchillo en la espalda de Fernando le indicó que caminara. Él echó a andar,
diciendo que haría lo que le pidiéramos, pero que por favor no le hiciéramos
nada a Sara. A ella se le dibujó una sonrisa triunfal en la cara y me guiñó un
ojo. En ese momento la odié con todas mis fuerzas, aunque me obligué a mí misma
a quitarle el cuchillo del cuello y seguimos a Clara y Fernando hasta la
furgoneta.
Una vez dentro le hicimos tumbarse y le amordazamos. Le
atamos las muñecas y los tobillos con unas cuerdas que previamente habíamos
sujetado firmemente a la furgoneta. Cuando estuvimos seguras de que no se podría
mover, Clara se puso al volante y yo bajé con Sara por la parte de atrás. Grité
con fuerza suficiente como para que Fernando lo oyera: "Ahora tú te quedas aquí,
zorra, que nosotras le vamos a enseñar a tu chico una lección de humildad". Y
rodeando el vehículo me subí en la parte delantera, seguido de Sara. Así,
sentadas las tres delante, condujimos la furgoneta hasta un descampado en las
afueras. Estaba oscuro y no se veía un alma. Parecía un sitio perfecto.
Sara y yo bajamos de la cabina y entramos en la parte trasera
haciendo el mayor ruido posible, de manera que Fernando viera que éramos dos.
Clara seguía en la cabina en silencio, sin hacer ruido, pero observando toda la
escena.
Bien, hemos llegado. Empieza la fiesta, guapito.
Desnudémosle.
Usando los cuchillos empezamos a rasgarle la ropa. Sara se
ocupó de la parte superior y me dejó a mí la inferior. No sé si lo hizo a
propósito, pero eso me iba a permitir comprobar de una vez por todas la
veracidad de sus historias. Lentamente fui cortando los vaqueros de Fernando.
Una pierna primero y luego la otra, hasta llegar a la entrepierna. De un tajo
uní ambos cortes y le arranqué el pantalón. El bulto de sus calzoncillos era
enorme y me quedé observándolo con la boca abierta. Pude ver la misma expresión
en los ojos de Clara. Sara nos miraba divertida, con mirada triunfante, y gritó:
Joder, está bien dotado el cabrón, ¿eh?
Llevé mi mano al bulto pero Sara me la apartó rápidamente.
Una expresión de enfado se dibujó en su cara mientras negaba con la cabeza y se
apuntaba con el dedo al pecho, recordándome que Fernando era suyo y sólo lo iba
a disfrutar ella. Terminó de arrancarle la ropa de la parte superior y se giró,
montada sobre el vientre de Fernando. Agarró su polla por encima de los
calzoncillos y comenzó a acariciarla y estrujarla. Metió la mano por debajo de
la tela y la silueta de sus dedos se mezcló con la de la polla de Fernando. Su
mano empezó a deslizarse arriba y abajo por todo aquel bulto, que no obstante no
crecía demasiado. Aún así, Sara aumentó el ritmo de sus caricias hasta lograr
una mínima erección. Esto provocó que el capullo de Fernando asomara por debajo
del elástico de sus calzoncillos.
Sara acercó su lengua hasta él y empezó a lamerlo. Luego lo
envolvió entre sus labios y comenzó a chupárselo. La polla de Fernando iba
creciendo poco a poco y endureciéndose. Sara continuó con su mamada. Iba
descubriendo cada vez una porción mayor de aquella polla, hasta que finalmente
se la metió entera en la boca. Desde mi posición tenía una visión perfecta de la
escena, puesto que la cabeza de Sara estaba a escasos centímetros de donde me
encontraba yo. Vi cómo sacaba los huevos de debajo de los calzoncillos, como
para demostrarme que el resto de la polla estaba dentro de su boca. Entonces se
la sacó y la sujetó con dos dedos por la base, asegurándose de que estuviera
bien tiesa.
No pude evitar soltar una exclamación de asombro. Realmente
era enorme. Sin duda, aquella era la polla más grande que había visto nunca. Era
larguísima y de un ancho considerable. No tipo lata de Coca-Cola, sino más bien
botella de Fanta (son las comparaciones que usamos mis amigas y yo, pero espero
que os sirvan para haceros una idea). Sara la sujetaba triunfal mientras nos
miraba a Clara y a mí, apartando el cuerpo para que desde la cabina también
pudiera verse bien su trofeo. La acarició lentamente con la mano, recorriéndola
por completo y disfrutando con nuestras caras de asombro y envidia.
Se entretuvo en acariciarla un buen rato, lamiéndola de vez
en cuando recorriéndola con la punta de la lengua desde la base hasta el
capullo. No dejaba de mirarme mientras lo hacía, la muy hija de puta. En esos
momentos la odiaba. La odiaba a muerte. Me moría de ganas por tocar aquella
polla, por devorarla. Y ella lo sabía. Estaba dando una lección a su novio, pero
también lo hacía con Clara y, especialmente, conmigo.
A pesar de todo, aquél espectáculo me estaba poniendo
cachondísima. No pude evitar llevarme una mano a la entrepierna y empezar a
acariciarme por debajo del pantalón del chándal y las braguitas. Sara se dio
cuenta y sonrió triunfal. Entonces se dio la vuelta y se sentó sobre la cara de
Fernando.
Ahora, guapito de cara, vas a darme gusto tú a mí. A
ver cómo usas esa lengua.
Ahora eran los ojos de Clara los que estaban fijos en la
polla de Fernando. Al moverse Sara y quitarse de en medio tenía por fin una
visión perfecta de aquella verga. Cruzamos una mirada de admiración y deseo.
Pude ver un brillo extraño en los ojos de Clara y supuse que ella también debía
de estar acariciándose en la cabina. Era una pena estar tan alejadas, porque en
aquel momento estaba tan caliente que necesitaba calmarme como fuera. Lo primero
que me vino a la mente al ver la carita de ángel de Clara, con sus ojos azules,
su melena rubia y su piel blanca, fue introducir mis dedos entre sus braguitas y
que ella hiciera lo mismo con las mías. Ambas debimos pensar lo mismo porque
nuestras miradas volvieron a cruzarse y vi cómo Clara se relamía y se mordía el
labio mientras me miraba fijamente.
Mientras tanto, Sara seguía sentada sobre la cara de su
novio. Al parecer él ya debía de haber empezado a usar su lengua, porque ella
movía las caderas rítmicamente mientras le agarraba la cabeza con las manos. Sus
gemidos eran cada vez más fuertes. Su culo, redondo y perfecto, se movía en
círculos frente a mí, apoyado sobre el pecho musculoso y completamente depilado
de Fernando. Mis caricias en mi coño eran cada vez más intensas. Me estaba
volviendo loca de placer.
Entonces surgió la guarra que llevo dentro. Decidí que
aquello era demasiada provocación. Tenía ante mí a mi amiga Clara, con el placer
reflejado en la cara, disfrutando en silencio. Un poco más cerca el culo
perfecto de Sara, moviéndose rítmicamente al ritmo de las lamidas de su novio y
de sus propios gemidos. Y, finalmente, el cuerpo desnudo del hombre al que
deseaba, con su enorme verga completamente tiesa a escasos centímetros de mí.
Sin dudarlo, agarré aquella polla con la mano apuntándola al
techo de la furgoneta. Llevé mi cabeza hasta su capullo y comencé a lamerlo con
la punta en pequeños círculos. Con la mano iba acariciando el tronco arriba y
abajo. Introduje el capullo por completo en mi boca y empecé a succionarlo y a
lamerlo. Fui descendiendo poco a poco, ayudándome con la lengua para ir
introduciendo toda aquella barra de carne en mi boca, hasta llegar a tocar su
vientre con la punta de la nariz. Entonces retrocedí mientras seguía lamiendo y
salivando toda la superficie.
Al llegar de nuevo arriba la saqué de mi boca y la acaricié
con la mano. Comprobé si Sara me había visto, y parecía claro que no. Seguía
gimiendo y restregando el coño por la cara de Fernando. Clara, en cambio, me
miraba con cara de asombro. Le guiñé un ojo y ella me devolvió una sonrisa.
Ahora notaba un ligero movimiento en su hombro, por lo que supuse que había
aumentado el ritmo de sus caricias. Eso me estimuló aún más y me abalancé sobre
la polla que estaba acariciando. La devoré con ansia. Subía y bajaba la cabeza
con rapidez aprisionando el tronco con mis labios y lamiéndolo con la lengua,
mientras con la mano iba recorriendo la parte que quedaba fuera de mi boca.
Estuve así un rato y luego volví a sacarla de mi boca.
Observé de nuevo a Sara. Seguía disfrutando de la lengua de su novio, ajena a lo
que estaba haciendo yo allí abajo. Clara tenía los ojos vidriosos. Sin duda
estaba al borde del orgasmo, si no lo estaba teniendo ya. Seguro que la zorra de
Sara pensaba que se estaba corriendo viéndola a ella disfrutar. Imaginé su cara
de satisfacción. Eso me dio alas de nuevo.
Si había llegado hasta allí no iba a parar en ese momento.
Era mi oportunidad y quería aprovecharla. Me arrodillé sobre la polla de
Fernando con el culo levantado. Agarré aquella polla enorme con una mano y la
apunté hacia la entrada de mi coño. Cuando noté el contacto del capullo con mis
labios vaginales empecé a bajar, clavándome su verga lentamente. Fui
descendiendo despacio pero sin retroceder. La sensación era increíble. Aquella
polla nunca se acababa. Estaba llenándome por completo y aún podía seguir
bajando un poco más. Tuve que ahogar varios gemidos mientras seguía clavándome
en aquella estaca.
Finalmente logré metérmela entera dentro. Me quedé parada un
rato, disfrutando de la sensación de lleno que tenía en mi interior. Sara estaba
sentada como a medio metro mío gritando abiertamente de placer. Yo tuve que
mitigar mis gritos tapándome la boca con ambas manos. Por un instante cruzó por
mi mente la idea de darle un golpecito en el hombro para que se girara y me
viera allí, justo detrás suyo, follándome a su novio. Pensé que no podría decir
nada para no delatarse. Pero, por si acaso, decidí no hacerlo y seguir
disfrutando de la sensación de estar empalada por la polla de Fernando.
Apoyé mis manos en el suelo y empecé a moverme lentamente.
Realizaba movimientos circulares con las caderas mientras sacaba unos
centímetros la polla de mi interior. Luego la volvía a introducir por completo.
El placer era tremendo. Detuve los movimientos circulares y me dediqué a
levantar y bajar mis caderas para follarme a Fernando, sacando y metiendo su
verga de mi coño todo lo rápido que podía permitirme sin alertar a Sara. Tenía
que morderme los labios para no soltar verdaderos alaridos de placer.
Al poco, tanta excitación terminó dando sus frutos. Noté cómo
unos espasmos recorrían mi cuerpo mientras el placer se apoderaba de cada célula
de mi cuerpo. Un hormigueo me subió desde la ingle hasta la cabeza obligándome a
cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás. Con un último esfuerzo logré
mantener la boca cerrada y ocultar mi orgasmo, que fue descomunal.
Cuando pude recuperarme me saqué la polla de Fernando de
dentro y volví a mi sitio entre sus piernas. Volví a colocarme el pantalón del
chándal y miré a Clara. Sonreía abiertamente y se estaba lamiendo un dedo, que
introducía en su boca y lo chupaba como si fuera una polla. Debía estar
saboreando su propio placer. Sara, en cambio, seguía a lo suyo. Aquella chica
era insaciable.
De pronto caí en la cuenta de que si ella volvía a chuparle
la polla a Fernando podría notar el sabor de mis flujos. Así que rápidamente
volví a agarrársela y empecé a chupársela. Efectivamente, notaba mi propia
humedad impregnada en su verga. La lamí con dedicación, recorriendo cada
centímetro con mi lengua. Chupaba con fuerza y la recorría para comprobar si aún
seguía sabiendo a mí.
Tan centrada estaba en mi tarea que no me di cuenta de cómo
la polla de Fernando empezaba a temblar. Sus huevos se comprimieron aún más
contra su base y empezaron a palpitar. Fernando se encogió cuando el semen
empezó a subir desde sus testículos, recorriendo todo el tronco de su verga
hasta llegar a su capullo. Fue entonces, cuando vi ensancharse el capullo y
abrirse el agujero, cuando comprendí que se estaba corriendo por mis lametones.
Rápidamente me metí su capullo en la boca cubriéndolo con los
labios y succionando con fuerza. Un primer chorro de semen brotó con fuerza
proyectándose contra el fondo mi garganta, atragantándome. Traté de tragar todo
lo que pude mientras un nuevo chorro se esparcía por mi paladar. Luego vinieron
varios chorros de menor intensidad que dispararon leche por toda mi boca. Un
sabor salado se impregnó en mi lengua mientras recorría mi boca con ella
recogiendo leche y llevándola hasta mi garganta para tragarla. Luego me centré
en limpiar su capullo. Lo recorrí también con la lengua, notándolo suave y casi
esponjoso. Cuando estuvo todo bien limpio recorrí de nuevo todo el tronco de su
polla para recoger y tragar las últimas gotas de aquella corrida. No quería
dejar ni rastro.
Al acabar me saqué la polla de la boca y besé el capullo.
Luego la deposité con cuidado en su vientre y observé cómo iba encogiéndose.
Clara se relamía y me miraba con deseo.
Al rato Sara por fin pareció correrse, porque empezó a
chillar y a tirar del pelo de Fernando mientras apretaba el culo contra su cara.
Echó la cabeza atrás y aulló.
Sí, cabrón, así. ¿Ves como si quieres puedes? Debes
tener a tu novia muy contenta. Pero aún no acabó la fiesta. Ahora
veremos si se puede o no violar a un tío de verdad.
Se giró y vio la polla fláccida. Había perdido casi toda su
dureza.
¿Pero esto qué es? ¿No te ha gustado la fiesta? Pues
tranquilo, que yo te animo de nuevo para que disfrutes de la traca
final.
La agarró y empezó a chupársela salvajemente. Sin duda tenía
prisa por follarse a su novio delante de nosotras y quería ponérsela tiesa
cuanto antes. Sus caricias y lametones acabaron surtiendo efecto y al cabo de
poco tiempo Fernando tenía la verga lista otra vez. Sara nos miró de nuevo
triunfal y se sentó sobre él. Volvió la cabeza para mirarme y sonreírme con
malicia mientras se clavaba la polla de su novio hasta el fondo. Apoyó las manos
en el pecho de él y empezó a cabalgarle.
Después de un rato largo y de varios orgasmos de Sara,
Fernando debió correrse. Sara se dejó caer sobre su pecho con la polla aún
dentro de ella mientras suspiraba y decía "por fin".
Cuando todo hubo acabado y estuvimos todas recuperadas y
vestidas llevamos a Fernando al mismo sitio donde le "secuestramos". Es decir, a
casa de Sara. Ella se había vuelto a cambiar durante el viaje y subió a su casa
mientras nosotras dos le desatábamos a él y, dándole una manta, le dejamos salir
de la furgoneta alejándonos rápidamente.
Clara y yo no comentamos nada. La llevé hasta su casa y nos
despedimos con un beso en los labios y una sonrisa. Luego conduje hasta la mía.
Pero cuando iba a entrar decidí que aquella no era una noche para estar sola.
Acababa de hacer realidad mi sueño de follarme al hombre que deseaba. Pero me
faltaba algo. Me lo había follado yo a él, pero no había podido comprobar la
fuerza y el vigor de sus embestidas, como relataba Sara. Miré en la agenda de mi
móvil y busqué un teléfono.
Hola, soy yo.
Vaya, qué sorpresa. Pensé que ya no me llamarías.
Quiero que me folles. Y que lo hagas con fuerza,
porque yo te voy a hacer a ti lo mismo.