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TODORELATOS » RELATOS » UNA FAMILIA ENFERMA
[ A quien con mierda trasiega, algún olor se le pega. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 26-Jul-08 « Anterior | Siguiente » en Amor filial (6398 de 6526)

Una familia enferma

amionda
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Si una hija se encapricha de su padre, el papá está perdido. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

NOTA PRELIMINAR

Con la venia de NK135 y con el alta médica del doctor HombreFX, que en su día la declaró como «bastante enferma», salvo ahora del naufragio esta segunda serie, en primera instancia bautizada como «El pirulí de papá» y mucho más ligera que el culebrón de Quini. Nacida a propósito para figurar en TodoRelatos, la devuelvo al lugar que nunca debió abandonar.

Dado que, a estas alturas, advierto que aún queda quien piensa que todas las historias que aparecen en TR son reales y tacha a algunas de «fantasiosas y nada creíbles», quede constancia que, en mi caso, no es sino fruto de mi calenturienta imaginación, por lo que no me he preocupado ni poco ni mucho de calibrar el grado de credibilidad que los hechos narrados puedan encerrar.

Todo es, en efecto, pura fantasía, que lo único que persigue es distraer a sus potenciales lectores.

Un cordial saludo a todos, y que lo disfruten.

Chema

CAPÍTULO I

Aunque su madre no era gran cosa, hay que admitir que, por uno de esos milagros de la genética, Carol nació con el estigma de la belleza. Y, por si eso fuera poco, desde bien pequeñita se destacó por una simpatía y un desparpajo que dejaban maravillados a cuantos la conocían. Sencillamente, era toda una ricura de niña y un auténtico encanto, se la mirase como se la mirase.

Sebastián, su padre, hombre bondadoso y cordial donde los hubiera, se sintió tan orgulloso de "su obra" que de punto y hora decidió no tener más descendencia, convencido de que el caso de Carol no podría nunca volver a repetirse. Carmela, su esposa y madre de la criatura, mujer por demás atolondrada y pusilánime, no puso objeción alguna a la resolución adoptada por su cónyuge; en realidad, careció siempre de juicio propio y no iba a hacer precisamente alarde de él en aquella cuestión.

Subyugado por tan celestial vástago, Sebastián fue el padrazo más padrazo de todos los padrazos habidos y por haber. Salvo darle el pecho, cosa que no estaba a su alcance, él se cuidó de dispensar todas las demás atenciones a su hija. Era natural, pues, que Carol fuese adquiriendo por su padre un amor que rayaba en la devoción.

Los años fueron pasando, la hermosura de Carol se fue afianzando y completando con los nuevos atributos que conllevaba el transcurrir del tiempo y aunque para Sebastián ella seguía siendo su niña, la niña cada vez lo era menos y acabó dejando de serlo por completo para convertirse en una hembra de esas que, una vez que se ven, ya no se olvidan.

Siendo objetivos, hay que señalar también que Sebastián era un tipo bastante apuesto, que se preocupaba de mantenerse en forma y que, sin ser lo que se dice un metrosexual, gustaba de cuidar su apariencia sin excesiva afectación, pero con notable estilo. Y tampoco podemos omitir, si hemos de ser sinceros, que entre sus diversas gracias sobresalían aquellos rotundos veinte centímetros de verga que tanto habían contribuido a que Carmela lo tuviera en tan alta estima, dejándose llevar siempre por él y dando por bueno cuanto él acordara, cuidándose muy mucho de contrariarle en nada; y es que, aunque timorata y sosota, imbécil no era y sabía valorar en su justa medida aquel pedazo de falo, que ahuyentaba todas sus penas una noche sí y la otra también.

Mas se daba la circunstancia de que Carol tampoco tenía nada de tonta y, pese a que el bien avenido matrimonio procuraba llevar con máxima discreción sus relaciones más íntimas y se abstenían de toda manifestación a su presencia, ella sabía perfectamente lo que ocurría cada noche en el lecho nupcial e incluso llegó en más de una ocasión a tratar de reproducirlo mentalmente, notando cómo su sangre le hervía y su virginal rajita se humedecía. En otras palabras, Carol sentía deseos de ser partícipe en aquel banquete que, de momento, sólo a su madre le estaba permitido. Y es que aun no teniendo práctica ninguna, la muchacha había adquirido ya suficiente teoría para conocer lo más esencial de los secretos de alcoba.

Irremisiblemente, Carol comenzó a masturbarse en sus noches solitarias y alcanzó sus primeros orgasmos evocando siempre la figura de su padre, lo cual en principio le provocó cierto desasosiego; por supuesto, ello no fue óbice para que siguiera dándole a los deditos, cada vez con más énfasis y frecuencia, no ya solo frotando sino también hundiéndolos en su divino tesoro hasta el tope de su virginidad.

Huelga decir que no eran aspirantes los que le faltaban a Carol para colaborar en la superación de ese tope; pero, aparte del lógico temor y de no haber hallado a nadie que le hiciera verdaderamente tilín, la creciente adoración que sentía por su padre eclipsaba a todos los demás varones del planeta y cada vez estaba más convencida de que su himen era demasiado valioso para ponerlo al alcance de cualquiera.

El problema estribaba en que su padre parecía seguir considerándola una niña a todos los efectos y así continuaba tratándola. De hecho, en lo único que había experimentado algún cambio respecto a sus relaciones con ella consistía en una mayor reserva a la hora de ducharse o hacer uso del servicio: antes no se preocupaba de cerrar la puerta del cuarto de baño ni de que ella pudiera sorprenderle desnudo y ahora la cerraba a cal y canto cada vez que entraba en él.

Carol había tenido ocasión de ver más de una vez aquella sorprendente cosa que pendía entre las piernas de su padre y hasta, llevada por su infantil curiosidad, llegó a tenerla entre sus manos en un par de ocasiones mientras acribillaba a su progenitor con preguntas que quedaban en su mayoría sin respuesta. Por no saber, Carol no sabía entonces que aquella cosa, en determinadas circunstancias, sufría una transformación radical en su apariencia, pasando de fláccido colgajo a sólido bastión de la virilidad. Nunca había visto la segunda versión y, ahora que poseía cierta noción de tal metamorfosis y de las causas que la desencadenaban, trataba de imaginarse cómo sería la polla de su padre en plena erección y, más aún, se sentía tentada de ser ella misma quien se la propiciara. Pero todo ello no pasaba de ser meras fantasías que no creía pudieran llegar nunca a ser realidad, ya que no se veía con valor para proponérselo ni esperaba que su padre le facilitara las cosas lo más mínimo.

Más el azar, que todo lo enreda, quiso que una mañana Sebastián no tomase la precaución de cerrar la puerta del cuarto de baño, bien sea porque le apremiaba vaciar la vejiga o porque consideraba que aún Carol estaría durmiendo. Y Carol no sólo no estaba durmiendo, sino que sintió igual necesidad y acudió rauda a satisfacerla, encontrándose de sopetón con el inesperado espectáculo: Sebastián tenía uno de esos soberbios empalmes mañaneros y sus veinte centímetros lucían a pleno fulgor.

Fue algo fugaz, pues Sebastián, lanzando un reniego por lo bajo, se apresuró a girarse lo suficiente para que su escandaloso cipote quedara oculto a los ojos de su niña; pero la niña ya había visto lo que tenía que ver y aunque también se retiró pidiendo excusas, la sorprendente imagen quedó grabada en su cerebro. A partir de ese momento, Carol se propuso que semejante portento debía ser suyo y empezó a estudiar la estrategia a seguir.

No tenía la muchacha mayor experiencia en el campo de la persuasión, mas el instinto femenino es muy sabio y no tardó en hallar el camino de hacer valer sus armas de mujer. El procedimiento era bien simple: emplear la ingenuidad infantil que se le suponía para poner de manifiesto que ya había dejado de ser una niña.

Todas las noches se producía un momento más que propicio para llevar a cabo su estrategia. Si Carmela era consumidora habitual de telebasura, Sebastián sentía una franca repugnancia hacia tales tipos de programas y, antes que tener que soportarlos, prefería irse a la cama y allí esperar, leyendo algún libro o cualquier revista o periódico, a que su esposa acudiera. Carol, a quien tampoco llamaba en exceso la atención la programación televisiva, consideró que ella podía ser un buen instrumento para hacer más llevadera la espera a su querido padre. Y empezó a tomar por costumbre irse con él a la cama a darle compañía en tanto Carmela devoraba el bodrio de turno, iniciativa que Sebastián recibió con gran agrado dada la auténtica pasión que sentía por su hija y teniendo en cuenta que ésta, en principio, no se apartó un ápice de las normas de conducta habituales, a sabiendas que las prisas no harían sino poner en peligro el éxito de su empresa.

Así, las primeras noches acudió completamente vestida y se limitaba a contar a su padre las pequeñas incidencias del día, pidiéndole consejos sobre tal o cual cosa casi siempre relacionada con sus estudios, intercalando de vez en vez alguna que otra anécdota real o inventada. Ni qué decir tiene que Sebastián gozaba de lo lindo con aquellos deliciosos momentos que compartía con su niña y acabó acostumbrándose pronto a ellos, de forma que si ella alguna noche no acudía era él quien la reclamaba. El buen hombre no sabía que, de esta manera, Carol veía cumplida la primera fase del plan que se había trazado.

El siguiente paso consistió en irse aligerando paulatinamente de ropa, dejando cada vez más en evidencia sus irrefutables atributos de mujer ya bien formada, y empezar a tocar temas más acordes con la finalidad que perseguía, todo ello con una naturalidad e inocencia que en modo alguno podía despertar sospechas.

—Oye, papá: ¿no te parece que mi teta izquierda es más grande que la derecha?

A fin de que el interrogado pudiera emitir un más atinado y fundamentado veredicto, Carol no dudo en mostrarle acto seguido los objetos sometidos a consulta. Sebastián, pillado de sorpresa, se quedó por momentos un poco parado; pero rápidamente reaccionó, pues al fin y al cabo se trataba de su propia hija y no tenía nada de particular que recurriera a él para plantearle algo que tal vez le preocupaba. Se encajó, pues, las gafas, para apreciar mejor cualquier posible diferencia y, luego de un pormenorizado examen, llegó a la conclusión de que las tetas de Carol no sólo se desarrollaban a igual ritmo, sino que se desarrollaban a un ritmo y con unos contornos que ya quisieran muchas.

—Cariño —dictaminó al tiempo que volvía a desprenderse de sus lentes—, tus pechos son tan perfectos, y tan idénticos el uno al otro, que constituyen un verdadero dechado de simetría.

—Pues yo tengo la impresión de que el izquierdo es algo más grande. Y hasta me noto un bultito que no tengo en el derecho.

El rostro de Sebastián pasó a denotar una súbita preocupación.

—¿Cómo que te notas un bultito? ¿Dónde?

Carol se oprimió el seno sospechoso y palpó con las yemas de los dedos unos instantes.

—Aquí —dijo, marcando un lugar próximo a la rosada areola.

—A ver, a ver... —Sebastián volvió a calarse las gafas y empezó a palpar suavemente la región señalada.

—Tienes que apretar un poco más fuerte —le indicó Carol.

El honorable padre, que por elemental pudor nunca había explorado zonas tan delicadas de forma tan directa, apenas se atrevió a aumentar la presión y hubo de ser la propia Carol quien, sujetándole la mano, le obligara a estrechar el cerco a la búsqueda del inquietante bulto.

Aquello acabó convirtiéndose en un amplio y completo sobeo, sin que se pusiese de manifiesto ninguna otra dureza que no fuera la del erecto pezón. Sebastián, cada vez más azogado, acabó retirando la mano como si se abrasara.

—¡Anda, chiquilla! No tienes bulto ninguno. Sólo son aprensiones tuyas.

—¿Has visto, papá, que cosa tan curiosa? —cambió Carol radicalmente de tema—. El pezón se me ha puesto tieso como cuando tengo mucho frío.

—Eso es natural, hijita. Los pezones son eréctiles y se ponen así cuando son estimulados.

—¿Como tu pene?

Sebastián se quedó de una pieza ante semejante pregunta; sin embargo, Carol la había formulado de una forma tan cándida que no había lugar a alarma.

—¿Por qué sabes que mi pene es eréctil?

—Porque siempre te lo había visto encogido y la otra mañana lo tenías completamente rígido.

—Pues sí, tienes razón. El pene también es un órgano eréctil.

—¿Y también se pone así cuando es estimulado?

Por aquella noche, el sufrido Sebastián se salvó de tener que hacer más aclaraciones gracias a la providencial llegada de su señora esposa. Carmela se sorprendió un poco al ver a su hija con las tetas al aire, pero no hizo comentario alguno al respecto. Tampoco lo hizo cuando, una vez ausente Carol, observó cómo la verga de su marido estaba ya lista para la batalla sin necesidad de precalentamiento alguno.

Aquello, como ya sospechara Sebastián, sólo fue una tregua. Carol, a la noche siguiente, retomó la conversación en el punto en que la habían dejado.

—Si yo te lo acaricio, ¿tu pene se pone tieso como mis pezones?

—Posiblemente, sí.

—¿Me dejas probar?

El bueno de Sebastián no supo qué contestar. Negarse podría resultar contraproducente, pues ello podría incitar a Carol a pensar cosas raras y formarse una idea equivocada de la cuestión; por otra parte, dejar que su hija le acariciara sin más, le pondría en una difícil tesitura, pues seguro que ello provocaría nuevas y más comprometidas preguntas.

Porque ello estaba más acorde con sus pretensiones, Carol interpretó el silencio de su padre como una señal de aquiescencia y, metiendo su mano por debajo de la sábana, fue palpando hasta dar con su objetivo. La primera toma de contacto se produjo por encima del pantalón del pijama, aunque tan débil barrera no fue suficiente para contrarrestar los efectos del torpe pero excitante toqueteo, con lo que la verga de Sebastián, que nada entendía de parentescos, comenzó al punto un imparable proceso de elevación y envaramiento.

—Bueno, cariño —trató de zafarse Sebastián—, ya vale.

—¿No te gusta? —se aferró Carol con más ahínco a la creciente masa.

—No es cuestión de gusto, sino... —Sebastián se calló, no sabiendo qué explicación dar.

—¡Ya sé cuál es el problema!

—¿Cuál?

—Prefieres que te lo acaricie con la boca.

—¡Pero, hija, cómo se te ocurre tal disparate!

—¿No es cierto que a los hombres os gusta que os lo chupen?

—¿Dónde has aprendido tú esas cosas?

—Lo he oído por ahí.

Como Carol no había dejado de incordiar con su díscola mano, la polla de Sebastián se había convertido ya en el soberbio pollón que en realidad era.

—Pues sí es cierto que nos gusta que nos la chupen —acabó reconociendo—; pero no es correcto que una hija se la chupe a su padre.

—¿Por qué? ¿Qué diferencia hay entre una hija y una esposa?

—¡La sangre, hija, la sangre! —replicó Sebastián, a falta de mejor argumento, esforzándose en disimular su excitación.

—¿Qué pasa con la sangre? ¿Sangrarás si te la chupo?

—No es eso, cariño. Lo que quiero decirte es que por tus venas y por las mías corre la misma sangre.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Si siempre había bendecido la simplicidad de su hija, ahora Sebastián la maldecía por ser la causante del aprieto en que se veía. No podía decir que aquello le disgustaba, porque su verga, a punto de reventar, le delataba. ¿Cómo podría explicar convincentemente que aquello no estaba bien? Porque Carol no era tonta y no se iba a dejar convencer con historias de Reyes Magos. Y ahora que, por primera vez en su vida, intentaba buscar una excusa razonable, llegaba a la conclusión de que el tema del incesto era como un dogma de fe; que lo consideraba como algo denigrante porque así se lo habían inculcado desde pequeñito, aunque nunca le hubieran aclarado el porqué. Además, en este caso concreto, ni siquiera se trataba de follar, sino de una simple felación.

—Está bien —claudicó. Y, para ganar un tiempo que le permitiera hallar alguna explicación mínimamente aceptable, argumentó—. Lo probaremos en un momento más adecuado, pues tu madre debe de estar al venir; y convendrás conmigo en que no estaría nada bien que nos viera a ti y a mí haciendo... lo que tú propones.

Carol encontró adecuada la excusa y no insistió más en el asunto; pero el periodo de reflexión que Sebastián buscaba con ansiedad expiró mucho antes de lo previsto. A la tarde del siguiente día, Carmela no tuvo mejor ocurrencia que irse a la peluquería y eso implicaba que iba a permanecer ausente durante al menos dos o tres horas. Y, tal y como el hombre se temía, Carol entendió enseguida que había llegado el "momento más adecuado" y volvió a la carga sin andarse por las ramas y poniéndose para la ocasión el vestido más corto y escotado que tenía, sin ninguna otra cosa debajo.

—Ahora sí que puedo chupártela tranquilamente —abordó a su padre, que se había arrellanado en su sillón preferido, dispuesto a echar un vistazo a la prensa del día.

Sebastián intentó hacerse el sueco, pero Carol no le dio la menor opción.

—¿Te la sacas tú o te la saco yo? —insistió la joven, puesta ya de rodillas entre las piernas de su progenitor.

—Pero, ¿por qué ese empeño en chupármela, hija mía? Si lo más probable es que ni siquiera te guste.

—Si te gusta a ti, me gustará a mí.

Y el pobre y probo Sebastián, el mismo que siempre había mirado a su hija de la misma forma que se mira a algo sagrado, viendo aquella preciosidad de cara y el no menos turbador paisaje que las firmes tetas de su hijita ofrecían por el generoso escote, ya no supo muy bien qué pensar ni mucho menos qué decir. Visto objetivamente, resultaba innegable que Carol era todo un bombón y, llegados a tal situación, la cuestión de los lazos sanguíneos y demás prejuicios cada vez parecían menos importantes.

En vista de que él no se decidía, Carol atacó decididamente la bragueta, liberó los cuatro o cinco botones que la cerraban y batalló con los calzoncillos hasta lograr que asomara al exterior el ilustre vecino que allí se alojaba, que ya para entonces presentaba un más que envidiable aspecto.

—¡Caramba, papá! —exclamó Carol contemplando el saludable aparato—. Tu pene está gordo y duro sin necesidad de estimularlo.

—¿Te parece poco estímulo tu presencia? —dijo el interpelado, que ya ni sabía lo que decía.

—¿Quieres decir que sólo con verme ya se te pone así?

—Con esa vestimenta que llevas puesta...

—¿Puedo empezar ya? —pidió Carol la venia.

—¿Para qué quieres empezar? —intentó resistirse Sebastián, aun deseando en el fondo que la función no se suspendiese—. Como ves, ya no es necesario.

Pero Carol no reparó en argumentos y se lanzó de lleno a su tarea. Abarcando con la diestra el portentoso tallo, inclinó lo justo la cabeza y empezó a rozar con sus labios el enrojecido bálano, que pasó a tomar una coloración casi purpúrea.

—¿Cómo te gusta más que te lo haga? —inquirió Carol.

—Hazlo como mejor te plazca —trató de excusarse Sebastián, que en vano intentaba fingir que su atención estaba centrada en el periódico.

—Nunca he chupado ningún pene. Supongo que no será como chupar un pirulí o un caramelo.

—Da igual, hija. Chupar es chupar y lo mismo da que sea o no un pirulí.

—Pero es que yo quiero hacerlo de la forma que más te guste.

—De cualquier forma que lo hagas, puedes estar segura que me gustará.

Viendo que su padre no estaba dispuesto a sacarla de dudas, Carol consideró que lo mejor sería dejarse guiar por su intuición y esa intuición la llevó a tragar todo el tramo de tranca que le permitió su cavidad bucal hasta sentir como chocaba contra sus fauces. A partir de ahí comenzó a lamer y chupetear, metiendo y sacando el admirable instrumento y no tardando en descubrir que había cierta zona en el envés del prepucio que hacía que su padre se estremeciera cada vez que pasaba por ella la lengua. A pesar de que las dimensiones del objeto eran ya tan considerables que apenas si podía abarcar la mitad con su boca, Carol apreció, con una mezcla de asombro y orgullo, que aquello no paraba de crecer y engordar; incluso su contorno iba cambiando por momentos y cada vez se hacían más notorias unas gruesas venas, que parecían querer reventar la fina piel que las recubría.

Animada por lo que juzgaba eran pruebas de que lo estaba haciendo bien, siguió aplicando el mismo procedimiento con mayor entereza si cabe, pugnando, a cada nuevo intento, por introducir más y más cantidad de carne en su boca, sobreponiéndose a las arcadas que le llegaban a producir cuando la sentía completamente tupida, con la gruesa punta presionando sobre sus amígdalas.

Sebastián no dejaba de rebullirse en el asiento, y el periódico que aún sustentaba en sus manos amenazaba con convertirse en un revoltijo de papel. Los problemas de conciencia que hubiera podido albergar, se habían disipado hacía rato, en la misma medida que aumentaba el placer que la mamada le deparaba. Ya no pensaba ni por asomo que no era sino su propia hija quien se estaba encargando de aquel trabajo. De siempre se ha dicho que picha dura no cree en Dios y la de Sebastián se había tornado poco menos que diamantina. Así las cosas, hecho un manojo de nervios y sacudido por estremecimientos cada vez más vívidos y prolongados, lo único que veía ante sí era a una hembra que estaba para comérsela cruda.

Carol, que ya veía próximo el desenlace, aceleró aún más sus movimientos y, al mismo tiempo que sus labios y su lengua seguían yendo y viniendo a lo ancho y largo del inmenso falo, allá donde unos y otra no alcanzaban puso en ejercicio su mano, improvisando una especie de masturbofelación o felamasturbación que arrancó verdaderos aullidos de la garganta del homenajeado.

Sebastián aguantó hasta lo inaguantable; pero el límite de lo inaguantable fue también superado y su tremenda verga explotó y lanzó auténticas balas de semen contra las profundidades de la boca de Carol, que ingirió todo lo que le llegaba a la garganta sin tan siquiera tener tiempo de degustarlo; pues, viendo los devastadores resultados que con ello provocaba, ella seguía mamando y succionando del gigantesco pedúnculo como si le hubiera entrado el mal del movimiento continuo.

—¡Por favor, basta ya! —tuvo que clamar su padre, que con el encendimiento se había comido casi media hoja del rotativo, reducido ya a una bola de papel.

Pero Carol siguió con lo suyo en tanto el monolito mantuvo su rocoso aspecto, no cesando en su impulso hasta que la roca devino a arenisca.

—Querida hija —dijo Sebastián muy serio cuando ya la aludida se había puesto en pie—: esto se merece una adecuada recompensa.

—¿Lo he hecho bien?

—Ni tu santa madre lo ha hecho nunca tan bien.

No cabiendo en sí de gozo, Carol se sentó sobre su desvencijado padre y pasó los brazos en torno a su cuello, apretándose contra su pecho.

—¿Cuál va a ser mi recompensa? —preguntó zalamera.

—Hoy ya no nos queda tiempo —consultó Sebastián su reloj—, porque tu madre regresará de un momento a otro; pero, a la primera ocasión que se nos presente, recibirás el premio que tan brillantemente te has ganado.

Y mientras la ocasión se presenta, hagamos un alto en el camino y dejemos para un próximo capítulo la ceremonia de entrega de tan merecido galardón; porque eso, como suele decirse en estos casos, es ya otra historia.

CAPÍTULO II

Sin habernos visto nunca en circunstancias ni iguales ni aun parecidas, es fácil comprender el tremendo debate que se forjó en el interior de Sebastián una vez pasada la calentura del momento. «Sólo ha sido una simple mamada», se decía, tratando de llevar algo de tranquilidad a su atormentada conciencia; pero resultaba inútil, pues bien sabía que ni aquello había sido una mamada tan simple ni, lo que era peor aún, la cosa habría de terminar ahí. Porque, si grande era el remordimiento, más grande era el deseo, por muy vergonzoso que pudiera resultar el admitirlo. Tras lo ocurrido, Carol ya había dejado de ser a sus ojos la Carol de siempre, para adquirir todo el encanto de la fruta prohibida. «Soy un desalmado —se recriminaba a sí mismo—. ¿Cómo he podido caer tan bajo?». Pero el verdadero problema no consistía en lo bajo que había caído, sino en que, pese a todos sus escrúpulos, estaba convencido de que caería más bajo todavía: una vez sumido en el abismo, a saber dónde estaba el fondo. Lo hecho, hecho estaba y no admitía vuelta atrás; lo grave era lo que quedaba por hacer...

Pero he aquí que todo lo que preocupaba y martirizaba a Sebastián, constituía por el contrario la felicidad de Carol. Lo que para él significaba hundirse en la tiniebla, para ella representaba un avance hacia la luz. La felación, según ella, sólo había sido el paso inicial; la constatación de que su padre era vulnerable y, de paso, la confirmación de que con él podía aspirar a todo. El imaginario muro que se interponía entre ellos, ya había sido dinamitado. Ahora no quedaba sino esperar a que las ocasiones propicias se presentasen, para que aquella relación, apenas iniciada, se acabase de consolidar.

Para que Carmela nada sospechase de lo que a sus espaldas se tejía, ninguna cosa mejor que seguir manteniendo los mismos hábitos de siempre. Carol siguió, pues, acudiendo cada noche a la puntual cita con su padre, aunque ya eran otros bien distintos los temas de conversación y de nada servía que Sebastián tratase de guardar las formas.

—¿Te arrepientes de lo que hicimos? —le preguntó Carol una noche en la que su padre se mostraba especialmente repulgoso.

—Creo que no debí permitirlo, pero no me arrepiento —se sinceró el hombre.

—¿Me quedaré sin recompensa?

—Si tú renunciaras a ella...

—No quiero renunciar.

—En tal caso, me veré obligado a cumplir lo prometido.

—¿En qué consiste la recompensa?

—Lo sabrás a su debido momento.

—¿Es lo que yo me pienso?

—Puede que sí y puede que no.

Carol tenía la precaución de no apurar nunca hasta el límite los dictados de su curiosidad. Aunque cada día iba ganando en atrevimiento, no dudaba en recuperar su acostumbrada mesura cuando la situación comenzaba a mostrarse en exceso violenta. En unos cuantos días había aprendido a conocer a su padre mucho más que en los años precedentes y sabía de la lucha interna que estaba librando en su afán de conciliar sus creencias de siempre con sus impulsos de ahora. Pero también ella andaba enzarzada en su propia pelea, aunque en su caso los antagonistas fueran otros bien distintos. En ella competían su instintivo deseo de vivir todas las experiencias que debieran de conducirle a sentirse plenamente mujer y el siempre latente temor de avanzar con más premura de la debida. Pretendía no aparecer ante su padre como una hembra ávida de sexo, pero tal avidez existía; y mucho más ahora que el primer paso ya estaba dado. Congeniar ingenuidad y osadía no era empresa simple.

El gran obstáculo, Carmela, tampoco facilitaba las cosas. Mujer hogareña, sus ausencias de casa eran por lo general tan espaciadas como breves. Mas, cuando se quiere y se busca con interés, todo problema tiene solución, y aquél no iba a ser la excepción que confirmara la regla.

—Mira, mamá, lo que anuncian en el periódico —dijo Carol sin poner demasiado énfasis—: un curso de peluquería para señoras. Lo patrocina el Ayuntamiento y es gratuito.

Y Carmela, que siempre había sentido gran debilidad por aquella profesión, al momento tomó el periódico y leyó a fondo todos los pormenores de la convocatoria.

—Parece interesante —comentó. Y, dirigiéndose a su marido, le sondeó—: ¿Tú qué opinas?

Sebastián leyó también por encima las condiciones del curso y concluyó:

—Creo que es una buena oportunidad, si te apetece.

A Carmela le apetecía y no se habló más del asunto. Y así fue como, de lunes a viernes, de seis a ocho de la tarde, Carol se encontró con el campo despejado para abordar con mayor intensidad su tarea.

Carol tuvo la santa paciencia de aguantar dos días a ver si su padre se dignaba tomar la iniciativa y procedía motu proprio a darle la prometida recompensa y Sebastián, por su parte, dándole mil vueltas al tema, no acababa de encontrar el modo de encarar el asunto de forma adecuada.

Pero al tercer día, Carol ya no se lo pensó más. Volvió a colocarse su provocativo vestidito sin nada más debajo y se fue a la búsqueda del autor de sus días, quien se había recluido en el dormitorio y, echado en pijama sobre la cama, rumiaba a solas su tragedia mientras simulaba estar absorto leyendo el primer volumen de las obras completas de un clásico, cuyo nombre no viene al caso.

—Vengo a por mi premio —se plantó Carol ante su padre, cruzada de brazos y con expresión contrariada.

Sebastián meneó nerviosamente el labio superior y miró de reojo a aquel monumento de mujer en que se había convertido su hija, quien en actitud taciturna esperaba pronta respuesta a su legítima demanda.

—¿Tu premio? —pretendió hacerse el remolón, al tiempo que cerraba el libro que no leía y lo depositaba sobre la mesita de noche—. Ah, sí, tu premio... ¿Y en qué crees que consiste tu premio?

—No lo sé; pero supongo que, sea lo que sea, se tratará de algo agradable.

—¿Como qué?

Carol puso una vez más la directa y se arrojó encima de su padre, dejando su turbadora boca a un centímetro escaso de la de él.

—No te burles de mí, papá —murmuró con aquel tono de voz que solía utilizar cuando quería salirse con la suya—. Nadie mejor que tú sabe lo que puede gustarme más.

Y, dicho esto, comenzó a frotar su nariz contra la de él, embriagándole de paso con el fresco aroma de su aliento y de su joven cuerpo. Sebastián, que cuando quiso darse cuenta se vio a sí mismo estrechamente abrazado a su hija, notó pronto los grandes cambios que se estaban experimentando en aquella relación paterno-filial. Muchas veces había abrazado a su hija, pero esta vez todo era distinto. No sólo era la propia provocación de Carol, su total ofrecimiento como mujer. También, por su parte, entraban ahora en acción nuevos mecanismos y sentimientos contrapuestos a los que siempre había albergado, que aún seguían beligerando entre sí, aunque ya se vislumbraba el claro vencedor. Ni su verga, que nunca se había alterado al contacto de lo que hasta entonces considerara carne de su carne, podía ya mantener la calma y se enervaba ante la proximidad del virginal regazo que, voluntaria o involuntariamente, no cesaba de hostigarle.

Sebastián se sabía en el filo de la navaja, hundido de lleno en esa situación de desespero en que se halla el boxeador que está siendo vapuleado por su adversario y sólo aspira a mantenerse en pie para evitar el ignominioso KO. Las lides entre cuerpo y alma, entre corazón y cerebro, son siempre penosas y provocan una sensación de angustia costosa de superar.

Carol no lo estaba pasando mejor, pero en su favor jugaba el factor determinación. Ella sabía lo que quería y estaba dispuesta a todo con tal de conseguirlo. Su único inconveniente era la inseguridad, fruto de su inexperiencia: cuantas veces pensó en aquel momento que ahora estaba viviendo, dio por sentado que sería su padre y no ella quien marcaría la pauta a seguir; sin embargo, la realidad estaba siendo totalmente opuesta a la imaginada.

Tal vez un beso en la boca podía ser el detonante, pero ella nunca había dado a nadie aquella clase de besos y no tenía ni la menor idea de cómo hacerlo. Mucho había oído hablar de las excelencias de un beso "profundo" y deducía que no podía consistir en un simple roce de labios...

—Enséñame a besar, papá —casi suplicó, terminando de salvar la escasa distancia que las separaba y uniendo su boca a la de él.

Aquel simple contacto hizo que a Sebastián le recorriera una especie de escalofrío por todo el espinazo, desde el occipucio hasta la curcusilla, y que su polla alcanzara casi el máximo nivel de su apogeo, pidiendo a gritos ser destrabada de la prenda que la mantenía prisionera. Sentía cómo el cuerpo de Carol ardía entre sus brazos bajo la fina tela del vestido que cada vez la cubría menos, subido como lo tenía casi hasta la cintura. En gesto más reflejo que voluntario, las manos de él se deslizaron por la suave curva de la cintura hasta alcanzar las prominencias de unas nalgas prietas y macizas, pletóricas de juventud.

Primero con indecisión, Sebastián comenzó a acariciar con el ápice de su lengua aquellos labios que se apretaban a los suyos. Todavía bullían en él los últimos resquicios del inevitable pudor de padre, creído más para instruir y asesorar a una hija en prácticas bien distintas a aquellas que se le reclamaban. Pero cada vez cobraba mayor importancia el deseo y, como si de repente todo el universo se desintegrara y todos los credos y tabúes desaparecieran, Sebastián se dejó ya llevar por aquel torbellino de pasiones que le anegaba y dio libre salida a los más primitivos instintos. Besó aquella fresca boca con la fiereza del león y apretó entre sus manos los sólidos glúteos con la templanza del tigre ya seguro de su presa. La descomunal verga acabó encontrando por sí sola la puerta de salida entre la botonadura que le impedía el paso y escapó de la cárcel de tela que la oprimía para tocar a la puerta de aquella otra celda de palpitantes y humedecidos bordes que esperaba afanosa la entrada de su primer huésped.

—Hagamos bien las cosas —dispuso Sebastián, con la respiración aún entrecortada a causa del prolongado ósculo—. Quitémonos la ropa.

Carol tuvo que hacer poco esfuerzo para quedarse desnuda. Su padre, en parte por la agitación y en parte por el mayor número de prendas que llevaba encima, tardó algo más.

—Supongo que eres virgen, ¿verdad? —inquirió mientras se calaba un condón de tamaño XL.

—¿Acaso lo dudas? —replicó Carol haciendo un mohín de ofendida.

—Por supuesto que no; pero nunca está de más preguntar, para asegurarse... Y, siendo así, te prevengo que, al ser la primera vez, es posible que la experiencia no te resulte tan grata... De todas formas —añadió al tiempo que terminaba de ajustar el preservativo a su generoso atributo—, trataré por todos los medios de que la cosa se desarrolle de la mejor manera posible.

Había pasado mucho tiempo desde que Sebastián viera a su hija en completa desnudez por última vez, y de aquí que no dejara de sorprenderle el desarrollo integral experimentado por aquel cuerpo que tantos y tantos ratos había tenido en su brazos. Entre los muchos e interesantes cambios a resaltar, hubo algo que le llamó muy particularmente la atención: el coñito que se disponía a desvirgar. Aunque se había hecho mayor como todo lo demás, conservaba la misma tonalidad rosada e idénticas formas de siempre; y al tenerlo completamente rasurado, su aspecto general no podía resultarle más familiar.

No lo pudo remediar: viendo el tamaño de su tranca y cotejando sus dimensiones con aquella vulva aún sin mancillar, cuyos apretados labios parecían sellados a cal y canto, sintió temor y preocupación. En momento tan supremo, el instinto paternal le iba y le venía como el brusco oleaje de un mar en tempestad, aunque el palo mayor se mantenía firme en su sitio.

Algo le tembló la mano cuando la posó sobre aquel entrañable coño. Se hallaba ligeramente humedecido, pero no lo suficiente para dar cabida al soberbio visitante que aguardaba fuera. Con el dedo índice comenzó a hurgar en la natural hendidura y con la yema del pulgar buscó el resalte clitoriano, que apenas abultaba lo que una mosca.

Carol, que había quedado tumbada boca arriba una vez desnuda, observó expectante las maniobras de que era objeto. Abrió y flexionó las piernas para facilitar la labor y Sebastián no pudo sustraerse por más tiempo a la tentación. Para no desmerecer del resto de su persona, el chocho de Carol era el más lindo que jamás contemplaran sus ojos. Dejando a un lado todo sentimentalismo paternal y centrándose en su condición de hombre, encajó su cabeza entre los muslos de ensueño que la flanqueaban y bebió con fruición de aquella fuente divina en la que ninguna otra boca antes había saciado su sed.

Carol alucinaba, y al asombro inicial sucedió un placer, de la misma naturaleza pero en nada parecido al que se autoprovocaba en sus solitarios pasatiempos, que se fue extendiendo por todo su cuerpo hasta hacerla estremecer. Cerró los ojos y emprendió el vuelo más maravilloso de su vida. A cada sensación de gozo, cuando le parecía que era imposible que pudiera haber algo más grande, seguía otra que la superaba o que, aun siendo igual, se unía a la anterior y la hacía más intensa. No era ya sólo la lengua de su padre la que estaba haciendo estragos en el centro de su feminidad, sino que también sus dedos, abriéndose camino en el conducto vaginal, le transmitían impresiones nunca experimentadas.

Carol se sentía como inmersa en un universo irreal que, si no lo era, nada tenía que envidiar a cualquier paraíso prometido. Abrió los ojos de par en par y pellizcó sus erguidos pezones para cerciorarse de que aquello estaba sucediendo verdaderamente y no era un simple sueño. Hasta sus senos le parecían más crecidos y duros y, allá donde posaba sus manos, advertía cómo cada palmo de piel había adquirido tal receptividad, que cada mínimo roce se convertía en sacudidas de placer inenarrable. Tanta delectación llegó a hacerla dudar de si no estaría en un estado de orgasmo sostenido o se trataba del dulce preludio de una dicha aún más fuerte, que no sabía si podría resistir.

Sebastián, hombre experimentado en la materia y consciente de los devastadores efectos que estaba produciendo en su hija, manejaba a su antojo cuantos resortes tenía a su disposición para proporcionarle una experiencia inolvidable y, de paso, preparar el terreno para que fuera lo menos penoso posible el definitivo ataque a reducto tan frágil. Hubiera querido disponer de todo el tiempo del mundo para hacerla gozar hasta los límites del goce antes de someterla al difícil trago de su desfloración. Seguía preocupándole la desproporción entre su pene y la vasija que había de albergarlo, que presentaba, además, los inconvenientes propios de todo cuanto está por estrenar. Y aquella misma circunstancia, que no dejaba de ser un atractivo añadido, también suponía una dificultad adicional. Aquello suponía para él algo muy especial, pues no es vano se trataba de su adorada hija, condición que no podía olvidar por mucho que lo pretendiera. Mas como era de todo punto inútil retrasar el acontecimiento, pues no por demorarlo más iba a alterarse el resultado, Sebastián, que llevaba largo rato manteniendo a Carol en el umbral del orgasmo, se incorporó, tomó posiciones y se dispuso a abordar el paso más complicado.

La pujanza de su verga no sólo no había cedido ni un milímetro sino que, antes bien, se había superado a sí misma, de forma que tal vez fue un acierto el haberse colocado el preservativo con tanta antelación, pues posiblemente ahora, tal y como estaba el panorama, hubiera sido una tarea más ardua.

—Ha llegado el momento, cariño —dijo—. Procura relajarte al máximo.

Carol no llegó a captar muy bien la premisa; pero tampoco le hacía falta, pues ya hacía rato que, más que relajada, estaba desmadejada por completo, merced a las sabias artes del maestro que la estaba introduciendo en el cosmos del sexo total, expresión ésta que ella misma acuñara para diferenciar la relación en pareja de las prácticas individuales.

Sebastián no repitió su prevención. Mientras que con el pulgar de su mano izquierda continuaba frotando el ya mucho más notorio clítoris de la joven, con la diestra tomó su falo y guió la punta hasta colocarla en la misma puerta del sagrado túnel que se disponía a profanar, iniciando una lenta y costosa penetración que Carol parecía encajar sin problemas aparentes. De hecho, ella seguía con los ojos cerrados y amasando sus tetas, emitiendo de vez en vez unos ligeros sonidos de difusa interpretación. Parecía estar, y de hecho lo estaba, en otra órbita.

Resultaría providencial que el condón constriñera y redujera el perímetro natural del abultado glande que Sebastián gastaba, pues ello facilitó en gran medida el comienzo de la incursión en el territorio a conquistar. La lubricación, mejorada por la cantidad que de su propia saliva había ido dejando por todas partes, era perfecta y el avance se producía con menos trabas de las previstas una vez salvada la resistencia inicial. Las paredes de la inmaculada vagina se ensanchaban o estrechaban sin mayores problemas, para adaptarse al perfil del invasor.

Y llegó el momento decisivo en que la tranquila progresión encontró la sutil y pertinaz barrera que separaba lo sacro de lo profano, el cancerbero que con formas de elástico cortinaje prevenía el sancta sanctorum de la castidad. Sebastián tragó saliva e hizo un par de intentos, poniendo a prueba la resistencia del obstáculo, cuya contrastada solidez no le dio alas precisamente a su euforia. Recordó que con Carmela no se había andado con tantos miramientos; pero ahora discurrían otros tiempos y se trataba de su propia hija, a la que quería causar el menor daño posible.

Carol, mientras tanto, arrullada por la continua acción del pulgar paterno, seguía sumida en su particular mundo de ensueño y fantasía. Los recios temblores que asolaban su cuerpo, premonitorios de un éxtasis que cada vez se aproximaba más y más, la mantenían en una especie de estado catártico en el que no quedaba sitio para otra cosa que no fuera el puro deleite. Y así siguió hasta que una fuerte punzada en su zona más íntima la devolvió bruscamente al mundo terrenal y todo el placer se trocó de improviso en lacerante dolor.

Lo primero que vio al abrir los ojos fue el exangüe rostro de su padre, que la miraba con honda preocupación. Entonces tomó conciencia de lo ocurrido y, sobreponiéndose a toda tribulación, se esforzó en esbozar una tranquilizadora sonrisa.

—¿Ya no soy virgen?

—Me temo que no, cariño —respondió Sebastián, aún no recuperado del susto y con la práctica totalidad de su verga sepultada ya en las entrañas de Carol.

Y terminó de proporcionar a su hija el orgasmo tan largamente acariciado, para a renglón seguido tomar debida posesión del territorio recién ocupado y culminar el más sacrificado, y en consecuencia el más satisfactorio, de cuantos polvos había echado en su vida. Luego la pasión dio paso a la ternura y Sebastián prodigó a su hija todo tipo de besos y caricias, explosión de afecto sin igual en el que quedaron reflejados indistintamente el padre y el hombre.

—¿Cómo te sientes, mi cielo? ¿Aún te duele?

—¿Dolerme? ¿Sabes cómo me he sentido?

—¿Cómo?

—Si es verdad que la gloria existe, yo he estado en ella.

Y para reafirmar aquella nueva relación establecida, padre e hija se fundieron en un ardoroso beso, en el que Carol puso de manifiesto sus primeros y prometedores avances.

—¿Cuándo repetiremos esto? —quiso saber ella.

—Esto ya es irrepetible. La próxima vez todo será mucho mejor.

—¿Será mañana?

—Podría ser mañana.

Y con un último beso, Carol recuperó su vestido y abandonó el dormitorio paterno, antes que la aprendiza de peluquera regresara y pudiera sorprenderles.

Mientras Sebastián purgaba sus últimos remordimientos en alguna otra parte de la casa, Carol, bien tranquila la conciencia y sereno el ánimo, permaneció recluida en su cuarto hasta la hora de la cena, haciendo su personal y más que positivo balance de cuanto había sucedido. Aún le parecía sentir su sexo tupido y el ligero escozor en nada empalidecía los hermosos momentos vividos.

La aventura no había hecho sino comenzar.

CAPÍTULO III

Es curioso comprobar cómo los mismos hechos o situaciones pueden influir de formas tan distintas en las personas que en ellos intervienen. Me refiero a aquellos casos en que se supone que los actores han tenido una participación similar, pues es obvio que, en una infracción de tráfico por ejemplo, las perspectivas del infractor y del agente que denuncia la trasgresión son muy diferentes.

Después de desvirgar a su hija, y casi desde el mismo momento en que ésta le dejó a solas en su alcoba, Sebastián empezó a sentirse francamente mal. Pese a tratarse de un hecho que ya esperaba se produjese, una vez consumado volvió a sentir esa agitación que siempre queda después de realizar una acción que uno estima vituperable y que nada tiene que ver con el arrepentimiento. Porque si de algo se arrepentía Sebastián era, precisamente, de no arrepentirse. Habiendo sido hombre de fe, después pasó a serlo de orden y justicia; pero, al igual que pasara con la fe, acabó dejando de creer también en el orden y la justicia y se limitó a ser "hombre de principios", ateo de convicción y agnóstico de conveniencia, forjándose su propia filosofía de la vida. Creía haber encontrado el debido equilibrio y alcanzado un grado de felicidad más que aceptable, dentro de lo que cabe esperar en el fugaz paso por este mundo; y ahora, de antuvión, el equilibrio empezaba a desmoronarse y la felicidad cambiaba de manos. En otro tiempo habría dicho que había sucumbido a una tentación diabólica o a la debilidad de la carne; pero estos manidos argumentos ya no le merecían mayor credibilidad y, un tanto determinista en sus ideas, sólo en la fatalidad veía la justificación de lo acontecido y de cuanto pudiera acontecer en lo sucesivo.

Las divagaciones de Carol discurrían por derroteros bien dispares. Mas dada al pragmatismo por natural talante, para ella lo esencial de la vida era disfrutar y, por mucho que la medicina y otras ciencias se empeñaran en afirmar lo contrario, su opinión era que lo que se recibe con gusto nunca puede hacer daño. Huía por sistema de tópicos y etiquetas y, si no era conforme a su particular parecer, le traía al cabo de la calle lo que los demás dijeran, por muy doctos que fuesen y por muy bien fundados que estuviesen sus argumentos. Una de sus frases favoritas, para zanjar cualquier discusión, era la de: «Me parece muy bien lo que tú dices, pero a mi no me convence»; y dejaba al discutidor de turno con la palabra en la boca.

Para Carol, su único faro y guía había sido siempre su padre, a quien consideraba poco menos que el ser más perfecto de la naturaleza. Convencida que de él nunca podría aprender nada malo, sus consejos los recibía casi como órdenes; y si él apuntaba que algo era blanco, que nadie viniera a decirle que era negro.

Si era una chica aplicada en los estudios y se esforzaba para obtener las calificaciones más altas, no lo hacía sino porque sabía que ello era motivo de orgullo y satisfacción para su padre; y una palabra de aliento o felicitación provinente de él, valía para ella más que todas las matrículas de honor.

Con tal mentalidad y disposición, hasta casi resultaba lógico que, viendo en su padre al mejor de los maestros en todas las artes y ciencias, también le eligiera a él para que fuese su instructor particular en cuestión tan espinosa como era la educación sexual y todo lo de ella derivado, no ya sólo en su aspecto teórico sino también en el práctico. Lo realmente extraño sería que hubiese tardado tanto en decidirse; pero, entre otras muchas cosas, Carol había heredado de su progenitor el don de la prudencia; y, conociendo las ideas de éste al respecto, consideró preferible ir paso a paso y tal vez aún estaría en ascuas de no haberse producido aquel fortuito encuentro en el cuarto de baño y el consiguiente desvelamiento.

Desde que empezó a sentir el prurito del sexo, allá por los catorce años, Carol llegó a la conclusión de que la tan traída y llevada virginidad no era más que un estorbo del que había que liberarse cuanto antes. A los quince tuvo sus primeros escarceos con chicos de su edad y fue entonces cuando descubrió que, por encima de todos ellos, siempre planeaba la figura paterna, ejerciendo sobre ella un influjo al que no podía sustraerse y ante el que los demás perdían todo interés y aliciente. Fue ello lo que la llevó a decidir que no sería sino su padre quien pusiera fin a su pureza y fue desde entonces que comenzaron a asaltarle aquellas calenturas nocturnas, que aplacaba como buenamente podía a base de dedos.

Ahora que lo peor había pasado, su único pesar consistía en no haber estado más participativa durante el acto de su desfloración. Su padre la había hecho gozar como nunca creyera que pudiera gozarse y, egoístamente, ella se había limitado a disfrutar de su propio placer sin preocuparse de más. Si bien era cierto que, desde el preciso instante en que su padre comenzó a agasajar su entrepierna, dejó de ser ella misma y perdió la noción de todo, ello no la excusaba de tan parca respuesta, pues bien antes o bien después, ocasión tuvo de mostrarse más cariñosa. Aunque no existía ninguna razón para pensar que su padre pudiera estar decepcionado con ella, se prometió que enmendaría el yerro al día siguiente, y así tranquilizado su espíritu y disipado todo sentimiento de culpabilidad, se dejó envolver por los dulces brazos de Morfeo.

No le fue tan fácil a Sebastián conciliar el sueño aquella noche. Por vez primera en muchos años hubo de recurrir al socorrido pretexto de la jaqueca, generalmente atribuido a las mujeres, para no cumplir con su esposa. Después de la lucha entablada con su hija, no le quedaban ni fuerzas ni ganas para afrontar un nuevo combate. Fue una de las noches más negras de su vida y ya comenzaba a despuntar el alba cuando consiguió quedarse dormido, apenas una hora antes de que ese gallo mecánico llamado despertador emitiera su irritante canto de chicharra.

Pese a que el nuevo día fue esplendente, Sebastián no veía sino densos nubarrones por todas partes y, para encubrir la verdadera causa de su pesadumbre, alargó la supuesta migraña hasta el mismo momento en que Carmela marchó a su correspondiente clase de peluquería. Y esta vez no fue a refugiarse a su alcoba como hiciera la víspera, sino que reclamó la presencia de su hija al instante.

Aunque estaba hecho un mar de dudas y todas sus deliberaciones sólo habían servido para aumentar su incertidumbre, el hombre estaba casi dispuesto a cortar por lo sano las incestuosas relaciones y así pensaba exponérselo a Carol; pero cuando, contra todo pronóstico, la joven acudió a su presencia sin más vestimenta que una sucinta braguita, todas las palabras que tenía preparadas quedaron atrapadas en su boca sin llegar a traspasar jamás la frontera de sus labios.

La cosa, en verdad, no era para menos. Carol al desnudo eclipsaba a cuantas divinidades han quedado esculpidas a lo largo de los siglos por los cinceles más diestros y superaba a todos los cánones de belleza establecidos o por establecer. La imaginación no da para idear tanta hermosura y tal perfección de formas como las que Carol acrisolaba en su persona y ni los más exaltados epítetos bastarían para describirlas. Que cada lector componga su prototipo de mujer ideal, en la seguridad de que se quedará corto, y así todos saldremos airosos del trance.

Así, pues, a nadie debe extrañar que una súbita mudez se adueñara del honorable padre y que, recuperado el habla, su discurso cambiara por completo. Para entonces ya Carol se había sentado en su regazo y le había propinado un abrazo y un beso que le dejaron anonadado.

—¿Te desapareció el dolor de cabeza? —le interrogó con una sonrisa que desvelaba su complicidad en la treta.

Muy a su pesar, Sebastián sonrió también.

—Tú eres mi dolor de cabeza —se atrevió a bromear, mientras la envolvía con sus brazos y la atraía hacia sí—. Siempre lo fuiste, pero ahora más que nunca.

—¿Y cómo podríamos solucionar eso?

—¡Ojalá y yo lo supiera! Mientras más vueltas le doy al asunto, más enredado lo veo todo.

—¿Estás molesto conmigo por mi comportamiento de ayer?

—¿A qué viene esa pregunta? ¿Por qué habría de estar molesto?

—Anoche, antes de dormirme, me pasé todo el rato pensando en lo ocurrido y creo que no estuve a la altura de las circunstancias.

—Tonterías tuyas. Si alguien pecó de torpe, ese fui yo sin duda. Era tu primera vez y debí actuar con mayor tacto.

—¿Quieres tomarme el pelo? Para mí fue algo inolvidable, de principio a fin.

—También lo fue para mí, cariño, también para mí.

Sebastián había empezado a acariciar con su mano los desnudos muslos de su hija y, por unos instantes, aquel gesto volvió a retrotraerle a su condición de padre. ¡Cuántas veces y cuántas horas la había tenido así, en su regazo, haciéndole aquellas mismas caricias, sólo alentadas por ese acendrado amor que brota directamente del corazón sin embotar los sentidos! Tal vez fueron aquellos recuerdos los que le llevaron a intentar besar la tersa mejilla que ahora reposaba sobre su hombro; pero la mejilla se giró y, en su lugar, encontró unos húmedos y tibios labios que se adosaron a los suyos besándolos con inusitado fervor, al tiempo que unos brazos se enroscaban a su cuello, y empujaban su cabeza para que aquel contacto fuera más intenso y profundo.

Desafiando a su propia torpeza y deseando asimilar cuanto antes las lecciones que aún le quedaban por aprender, Carol introdujo su lengua en la boca paterna y luego, no sabiendo ya qué hacer, dejó que fuera él el encargado de guiarla y el beso, apenas llama vacilante en principio, fue cobrando fuerza hasta convertirse en hoguera.

De nuevo todos los recuerdos del pasado se batieron en retirada y la mano de Sebastián se abrió paso entre los muslos que antes acariciara con ternura y aferró aquellos otros labios tan tiernos que la diminuta braguita no podía disimular. Y Carol empezó a notar entre sus nalgas una presión cada vez mayor que, inevitablemente, la incitó a soñar.

—Vámonos a la cama, papá.

Más que la petición verbal, fue la súplica que vio en los ojos de su hija la que desarboló ya por completo a Sebastián. Si siempre la mirada de Carol había destacado por su expresividad, ahora era un libro abierto que parecía comunicar derechamente con esas regiones difusas del alma donde nacen los sentimientos. La tomó en brazos, como en los viejos tiempos, y así la transportó hasta el dormitorio, depositándola sobre la cama con el mismo mimo que a un bebé.

Carol se echó a un lado para dejar hueco a su padre.

—¿No te desnudas? —inquirió al ver que él hacía intención de tumbarse vestido.

Sebastián rectificó sobre la marcha y satisfizo la solicitud de su hija, mientras ella se deshacía también de su única prenda.

Padre e hija centraron su atención en similares objetivos: él en aquella abultada vulva, esplendente cual flor de doble pétalo, y ella en el formidable falo que proseguía en pleno proceso de expansión, próximo ya a su cenit.

Tan pronto estuvo a su alcance, las manos de Carol acudieron al erecto pináculo, como esas mariposillas que acuden atraídas por un foco de luz, y mientras una hacía presa en él, envolviéndolo y recorriéndolo en toda su longitud, la otra se aventuraba en aquella especie de burjaca, de tacto a la vez suave y rugoso, y palpaba el buen par de huevos a los que servía de alojamiento, jugueteando entre divertida y cachonda con su curiosa movilidad. Sabiendo de la extrema sensibilidad que caracterizaba a aquellos escurridizos bultos, procuraba ser comedida en sus impulsos y acariciarlos con bastante menos vigor del que hubiera deseado. Y mientras, al compás de su otra mano, la agradecida verga de Sebastián terminaba de alcanzar su expresión más extrema, no pudiendo contener su curiosidad, Carol se retorció adoptando una postura propia de contorsionista hasta alcanzar con su boca aquellas dos factorías de vida, lamiendo y engullendo una y repitiendo a continuación la misma operación con la otra.

Sebastián, que a ser posible no gustaba de permanecer como mero espectador en situaciones como la presente, obligó a su hija a rectificar su forzada posición y, sujetándola al fin por ambos muslos, levantándolos en volandas, hizo girar todo su cuerpo hasta que éstos quedaron colocados cada uno a un lado de la cabeza de él y el sonrosado y lampiño chochito casi rozándole la nariz.

Viendo la que se avecinaba, y temerosa de quedarse otra vez tan patidifusa y alelada como la víspera, antes de que la lengua de Sebastián comenzara a hacer de las suyas, Carol tomó la delantera; y, olvidándose de los testículos, se embuchó una buena porción de polla, sometiéndola a un concienzudo masaje bucal, al tiempo que con la mano hacía lo propio con el sobrante.

En tales circunstancias, acosado de tal forma en su parte más débil, a Sebastián no le fue posible alcanzar el alto grado de concentración que consiguiera en la ocasión anterior. Su comida de coño no llegó a ser tan completa y efectiva, sin que por ello Carol dejara de experimentar de nuevo las más plácidas sensaciones, que actuaron esta vez como un revulsivo que la llevaba a intensificar la sublimidad de su mamada, elevando progresivamente el nivel de verga ingerida.

Como es bien sabido, una mente distraída adormece los sentidos y sólo así se puede explicar que padre e hija alargaran tanto rato aquella reciprocidad de caricias sin que ninguno de ellos sucumbiera, a pesar de la calidad del producto que los dos recibían. Y, puesto que la bondad no está reñida con el amor propio y las cosas empezaban a pintar bastos, Sebastián hizo acopio de experiencia y centró toda su actividad en el timón de aquella barcaza que tenía entre sus labios, chupando, lamiendo, mordisqueando y recurriendo a todo tipo de mañas hasta conseguir que la embarcación perdiera por completo el control y naufragara.

Tal fue la tormenta que se desencadenó en todo el cuerpo de Carol, que hubo un momento en que pareció incluso perder el conocimiento. Todos sus músculos se vinieron abajo y sus huesos parecieron reducirse a mantequilla. Cuesta trabajo creerlo, pero es evidente que un exceso de placer puede tornarse en tormento y es posible que sea el fenómeno inverso la verdadera razón del masoquismo. La pobre Carol, que no esperaba reacción semejante, quedó reducida durante algunos minutos a la condición de guiñapo sin siquiera darse cuenta cabal de qué era lo que había sucedido realmente. Se sintió alzada en vilo, volteada, y cuando recuperó parte de su discernimiento, ya no vio ante sí el preciado pirulí sino el rostro risueño de un Sebastián satisfecho y pleno de felicidad.

—Creías que ibas a poder conmigo, ¿eh, ladronzuela?

Y Carol, que no se había planteado la cuestión como un acto comparativo de fuerzas o resistencias, no supo qué contestar; aunque, pasado el temporal anonadamiento y sintiendo cómo el miembro paterno, más soberbio que nunca, bullía en las inmediaciones de su sexo, sí tuvo claro al momento que lo que procedía era dar cuanto antes refugio al desamparado. Y ya se disponía a provocar el acoplamiento cuando Sebastián la disuadió chasqueando varias veces la lengua.

—¿No olvidas ninguna cosa? —inquirió él en tono de adivinanza.

—¿El condón? —reparó Carol al instante.

—Efectivamente, señorita: el condón. Es necesario eludir todos los riesgos... y también me parece que va a ser necesario que compremos una nueva caja a espaldas de tu madre, pues de lo contrario no va a ser posible justificar el gasto.

Como en esta ocasión Sebastián estaba debajo de Carol y ésta era la que gozaba de mayor movilidad, ella fue la que se encargó de proveerse de la obligada defensa y, ya de paso, aprovechó la coyuntura para seguir enriqueciendo su experiencia, procediendo a su colocación en el cada vez más fatuo mástil.

Hay cosas que el entendimiento capta por sí mismo automáticamente sin necesidad de explicaciones previas. Y Carol captó enseguida que su posición de hoy era más relevante y ventajosa que la de ayer; que, estando ella encima, dispondría de toda la iniciativa que le faltó la vez anterior. No sabía cuál de los dos sistemas sería mejor, por lo que todo consistía en probar. El que su padre admitiera dócilmente aquel cambio de roles le pareció buen augurio, y sin más tardanza elevó el trasero, enfiló el encapuchado en la entrada de su vagina y lo fue absorbiendo poco a poco hasta hacerlo desaparecer sin mayor dificultad en su engañoso conducto, que debía de ser mucho mayor de lo aparente o haberse agigantado para dar cabida a tanto alimento.

No tuvo la mayor relevancia el hecho de que fuera la primera vez que Carol se disponía a realizar aquella práctica. Todo resultaba tan elemental, que no precisó asesoramiento alguno. Todo el misterio del follar se reduce a un meter y sacar o, lo que es lo mismo, según el punto de vista desde el que se contemple, en admitir y repeler. Lo importante es que ambos sexos se froten íntimamente e igual da que sea uno u otro el que esté en movimiento, aunque nada impida que también pueda ser compartido. Olvidémonos del tantra y demás técnicas foráneas, que al menos en España sigue imperando lo tradicional y eso de follar en absoluta quietud choca frontalmente con el carácter latino, que gusta más de la acción.

Carol, principianta al fin y al cabo, se mostró algo torpona; pero allí estaba el experto para suplir las deficiencias. Primero colocó una mano en cada nalga de la alumna y guió sus subidas y bajadas; después sujetó firmemente sus caderas y le mostró que también un suave deslizamiento hacia atrás y hacia delante podía también provocar el mismo efecto, con la ventaja añadida de que su clítoris recibía una mayor influencia, que se traducía en un traspaso más equilibrado de placeres.

Dado que Sebastián parecía gozar igual de todas formas, Carol terminó abundando más en la horizontalidad que en la verticalidad y tanto abusó de la primera que su segundo orgasmo de la tarde no se hizo esperar. Siendo ideal la posición, el padre, que ya hemos dicho no gustaba de la ociosidad, visto que la niña no necesitaba de ayudas y ya sabía menearse por su cuenta a las mil maravillas, ocupó sus manos en aquellas tetas que hasta entonces había tenido un tanto olvidadas, trato de disfavor que no merecían en absoluto y que su propietaria supo agradecer haciendo más rápidos y amplios sus recorridos, creando un clima ante el que no cabían esperanzas de sobrevivir.

Los dos cuerpos empezaron a vibrar al unísono, como el incómodo viento que precede a las borrascas. El vaivén de Carol, que ya intuía el nuevo turbión, perdió toda su armonía y se fue haciendo descompasado; y Sebastián, dándose por vencido igualmente, apretó con fuerza entre sus brazos a su hija, y asumió para sí el control de los últimos coletazos, atacando inmisericorde con su ariete la popa de una Carol del todo desarbolada y superada por los acontecimientos. Había alcanzado por tercera vez la gloria, una gloria bastante más agitada que la tarde anterior, pero tanto o más gratificante por la mayor pasión puesta en juego. Las bruscas sacudidas de su padre, cuando al fin se derramó dentro de ella, terminaron de certificar su éxito.

Ambos quedaron por igual temblorosos y sudorosos, abrazados el uno al otro como náufragos perdidos en las turbulencias de un enfurecido océano que poco a poco fue recobrando la calma.

No hubo tiempo para recrearse. Carol tuvo que poner pies en polvorosa, porque el inconfundible ruido de un llavín introduciéndose en una cerradura le indicó que su madre estaba a punto de entrar en casa. En su apresuramiento se olvidó de las bragas y hubo de volver a toda prisa sobre sus pasos para recogerlas.

Más crudo lo tuvo Sebastián, que había de desembarazarse del condón y vestirse de nuevo para borrar toda evidencia. Pero en las situaciones más comprometidas, una idea luminosa puede salvar el conflicto. El cercano cuarto de baño fue la solución y una buena ducha la excusa perfecta.

—¡Hola, querido, ya estoy en casa! —sonó la atiplada voz de Carmela, pregonando su saludo de costumbre.

—¡Ya termino, mi cielo! ¡Me estoy duchando!

—¿Y la nenita?

—En su cuarto, estudiando.

—Como debe ser.

Y, efectivamente, cuando Carmela irrumpió en el cuarto de Carol, ésta ya se había colocado el primer vestido que encontró a mano y se afanaba en encontrar solución a un problema matemático que parecía insoluble.

CAPÍTULO IV

Jugar al gato y el ratón es siempre aventurado y no se puede estar nunca seguro de que el gato no acabará atrapando al ratón, que es lo más predecible. Tal era el juego que Sebastián había emprendido y tan consciente era de ello que los problemas de conciencia pasaron a muy segundo plano. Toda preocupación deja de serlo cuando surge otra mayor; y la reacción de Carmela, si llegara a descubrir lo que en casa sucedía mientras ella se adiestraba en el arte de la peluquería, podía ser tan catastrófica que, a su lado, las cuestiones morales eran simple bagatela.

Por suerte para él, gozaba de buena salud y podía contentar a su esposa; pero era inútil negar que los polvos con Carol tenían mucho mejor sabor, pues, sin que ello quiera significar que fuera un despojo humano, la verdad es que Carmela, comparada con su hija, dejaba bastante que desear. Buena mujer sí que era; pero, en la cama, a la hora de la jodienda, no es la bondad lo que prima ni virtud que se valore ni mucho ni poco.

Pese a todo, jamás se le había pasado por la cabeza a Sebastián serle infiel a su mujer, más que nada por esa unívoca ley de la reciprocidad que el sabio vulgo ha sintetizado en sentencias tales como: «No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti», y otras parecidas siempre presentes en cualquier refranero que se precie. Pero el caso de Carol era muy especial porque, entre otras razones, la misma Carol era ya de por sí muy especial. Y, ciertamente, Sebastián, además de haber sido pillado por sorpresa, no estaba preparado para sustraerse a casos tan especiales, pues tampoco nunca se le había ocurrido pensar que pudiera suceder lo que estaba sucediendo.

En definitiva, Sebastián se veía cogido por todas partes. Hombre metódico por antonomasia, como corresponde a todo buen funcionario, asistía ahora impotente al derrumbe de su orden establecido. Claro que soluciones había, pero ninguna deseable. La más lógica pasaba por volver a la situación anterior, pero tras lo ya probado y lo que aún quedaba por probar, renunciar a sus tardes con Carol lo rechazaba de antemano. Bastante trabajera había tenido con sus prejuicios para ahora, una vez superados, tirar por la borda lo logrado. Y renunciar a su Carmela después de llevar con ella más de media vida juntos le resultaba impensable.

Cuando no se sabe qué hacer, puede que lo mejor sea no hacer nada. Así pareció al menos entenderlo Sebastián y a tal conclusión llegó después de meditarlo sesudamente durante el largo fin de semana en que Carol hubo de mantenerse a distancia. Lo malo es que Sebastián no estaba acostumbrado al fingimiento y su vida empezaba a convertirse en una continua farsa, no ya solo en presencia de su esposa, sino también en su lugar de trabajo, donde se las veía y deseaba a fin de aparentar que era el mismo de siempre. Y, también por supuesto, ante su propia hija, a la que no quería transmitir sus temores y preocupaciones.

Tal vez más de uno se estará preguntando qué es lo que Carol pensaba de todo esto, ¿no es así? Pues, a decir verdad, no se preguntaba nada en particular y, por el contrario, vivía más feliz que todas las cosas. Sin ser una chica casquivana y despreocupada, para ella la nueva situación creada estaba resultando tan fantástica que, salvo el llevadero escozor que sentía entre las piernas, consecuencia de la desacostumbrada matraca a que estaba siendo sometida, por lo demás no veía sino motivos de felicidad. Intuía que su padre se hallaba un poco descentrado, pero como no lo dejaba traslucir y todo parecía indicar que él lo estaba disfrutando tanto como ella, pues miel sobre hojuelas. La probabilidad de que Carmela pudiera algún día sorprenderles en plena acción, ni se lo planteaba. Confiaba en sus ágiles piernas para huir a toda prisa cuando el caso lo requiera, y lo daba por prácticamente imposible.

Como ser humano que era, habrá que suponerse que no todo eran virtudes en Carol y que algún defecto tendría; sin embargo, en el tema que nos ocupa, no se le advertía ninguno apreciable. Poseía un carácter tan adaptable, que se amoldaba a cualquier situación con pasmosa facilidad. Ni sus normas de conducta, ni las relaciones con su madre, habían experimentado el más insignificante cambio. Carmela, pues, si es que algo raro notaba en su marido, no llegaba a asociarlo ni remotamente con su hija, que seguía siendo el primor de siempre. El propio Sebastián, comparándolo con su interior comezón, era el primero en sorprenderse; y al tiempo le servía de invalorable bálsamo por lo mucho que facilitaba la costosa tarea de mantener oculta una realidad que podría labrar su desgracia.

Lo cierto es que no existía ningún misterio en todo ello: Carol era así sencillamente y no precisaba simular nada, con lo que su proceder no podía resultar más convincente a los ojos de cualquiera. Tomaba lo bueno cuando lo tenía a su alcance, y con la misma naturalidad lo dejaba pasar cuando las circunstancias no eran las adecuadas. El pirulí de papá era su gran objetivo, pero no su obsesión.

Así que, si Sebastián pasó el fin de semana añorando el coñito de su hija, ésta se tomó la obligada tregua con toda la tranquilidad del mundo, pensando más positivamente en que el lunes no tardaría mucho en llegar y, con él, nuevas experiencias que sumar a las ya vividas.

Y el lunes, evidentemente, llegó y Carmela marchó a su correspondiente clase de peluquería, dejando de nuevo el campo despejado a los furtivos amantes, que de inmediato salieron de sus respectivas madrigueras y corrieron el uno al encuentro del otro, desnuda ya ella y cubierto él con sólo un albornoz que ni siquiera se había molestado en cerrar y que mostraba ya un cipote más que alterado a costa de la simple imaginación de su portador.

—¡Santo Dios! —exclamó él, abrazando a su hija como si llevaran una eternidad sin verse—. ¡Qué largo se me ha hecho el dichoso fin de semana!

—¿Crees que a mí se me ha hecho corto?

Y habiendo aprendido ambos que cualquier pérdida de tiempo era irrecuperable, y en cierto modo hasta peligrosa, marcharon sin pausa al dormitorio conyugal y pasaron directamente al grano sin más dilación.

El grano, en este caso, fue el que Carol tomó con su boca nada más tumbarse ambos en la cama. Durante los dos días de descanso, en un ejercicio de autodidacta, Carol había ideado nuevas diabluras que ahora empezó a poner en práctica para atisbar sus resultados y darles o no la aprobación definitiva. Sabedora ya de las especiales connotaciones que concurrían en ese repliegue llamado frenillo, fue a él a quien dedicó sus primeros requiebros, poniendo tanto empeño en ello que Sebastián, entre resoplidos y juramentos, no tardó en solicitar clemencia para evitar que la cosa terminara casi antes de empezar. Correrse más de una vez en una misma sesión era algo que el hombre, aun deseándolo, quería esquivar a toda costa, receloso de que luego no pudiera dispensar a Carmela el trato debido y acostumbrado.

Exultante tras aquel éxito inicial, Carol pasó a desarrollar otra de sus ocurrencias y asiendo firmemente con una mano el soberano vergajo de forma que sirviera a manera de tope, convirtió su boca en una especie de ordeñadora mecánica, centrando todo su poder de succión en el glande, que progresivamente pasó de rojo a violáceo, para terminar adquiriendo un color medio negruzco.

—¿Qué nuevos experimentos son estos? —quiso saber Sebastián.

—Como tú no me dices nada —se explico Carol—, quiero probar por mi cuenta a ver qué es lo que más te gusta.

—Si no te he dicho nada es porque estoy muy conforme con lo recibido hasta ahora y no deseo otra cosa. Como sigas así me vas a dejar el cacharro irreconocible y marcado de por vida.

Sebastián consideró que ya había servido bastante de cobaya y que era llegado el momento de montar la oportuna contraofensiva. Liberándose del estorbo que representaba el felpudo albornoz, se revolvió como un zagal de quince años y colocó a su hija en la debida pose para tener a su alcance la añorada almejita; y, puesto que la cosa iba de experimentos, mientras lamía, sorbía y mordisqueaba en la forma tradicional tan deliciosa golosina, decidió abordar dactilarmente los dos orificios de Carol.

Aunque estaba abierta y dispuesta a cuanto pudiera presentarse, la muchacha no pudo evitar un respingo al notar cómo era atacado su ano e instintivamente contrajo el esfínter para impedir aquella invasión.

—Por ahí no es, papá —dijo, pensando que se trataba de un error.

—Por supuesto que sí es por ahí.

—No creo que me guste.

—Eso mismo dijo tu madre la primera vez y a la segunda cambió de opinión.

—Si tú lo dices...

—Ya verás si tengo razón o no.

Carol se relajó y permitió sin resistencia que el dedo prosiguiera su incursión; pero, viéndose asaltada por tan diversos frentes, no le fue posible determinar los efectos del novedoso método. Acuciado su clítoris por los lengüetazos de Sebastián y acribillada su vagina por al menos dos dedos, lo que ocurría por su agujero más extremo le pasaba inadvertido por más que tratara de concentrarse en lo que con él sucedía. Al menos estaba segura de que no se trataba de nada desagradable, pues no disminuía en absoluto las placenteras sensaciones que percibía de las otras partes. Y, al poco rato, ya estaba de nuevo tan sumida en ese estado de total postración, a la espera del orgasmo que se veía venir, que no le era posible diferenciar entre lo real y lo ilusorio.

Como entre sueños, a Carol le pareció que el dedo que obturaba su culo dejó de entrar y salir para pasar a realizar un movimiento circular, como si pretendiera ensanchar el angosto conducto. Aquello no era nada excitante, pero de sobras tenía con lo que ya recibía por otros lados y acabó reventando como esas presas que, ante una gran avalancha de agua, son incapaces de contener la presión a que se ven sometidas.

Después de dos días de ayuna filial y consiguiente empacho conyugal, el bueno de Sebastián estaba rabioso por meter su rabo en aquella otra caldera, puesta ahora en ebullición. Y, como la cosa seguía de primicias, hizo colocar a Carol a cuatro patas y él se situó tras ella, dispuesto a engatillarla por la popa sin mayores miramientos.

—¿Qué vas a hacer, papá? —preguntó una Carol más que recelosa—. ¿Me vas a dar por el culo?

—Aún no lo tienes preparado. ¿Acaso quieres que lo haga?

—No; pero como no te has puesto el condón...

—Gracias, cariño, por recordármelo.

Reparado el desliz y asegurado el aislamiento, Sebastián reemprendió la labor momentáneamente interrumpida. Desde aquella nueva perspectiva, la concha de Carol lucía hasta casi más sugerente. Esto, al menos, es lo que opinó Sebastián al contemplar aquellos rebosantes labios sobresaliendo entre los cuartos traseros como parte de una sabrosa hamburguesa empotrada, a falta tan solo de ser aderezada con una buena longaniza como la que él se disponía a dispensarle.

Cuando Carol empezó a advertir cómo el grueso tronco se iba abriendo paso, tuvo la impresión de que iba a ser desvirgada por segunda vez y cerró los ojos y apretó los dientes como preparándose para revivir la misma punzada de la primera. La inédita postura que su padre había forzado le pareció, cuando menos, sorprendente y un tanto animalesca, pero prefirió guardarse su opinión hasta ver cómo acababa la cosa. Y entendiendo que nada le quedaba que hacer ante tales circunstancias, se dejó llevar sin poder evitar la impresión de que en tales momentos no era más que un objeto que estaba siendo utilizado.

Se tranquilizó al comprobar que el falo paterno se introdujo en ella sin causar el menor daño y su forma de pensar fue cambiando cuando le empezaron a sobrevenir las primeras gratas sensaciones. Aquel insistente bombeo, en ritmo a la vez sostenido y creciente, acabó sacándola de sus casillas.

Primero fue como un cosquilleo, que luego pasó a sofoco y acabó degenerando en incontrolada calentura. Cuando quiso darse cuenta, Carol se sorprendió a sí misma jadeando como un can, como correspondía a la postura adoptada, presa de una debilidad que aumentaba por segundos a medida que más arreciaban los enviones que por detrás le llegaban, acompañados de vez en vez por alguna que otra palmadita en cualquiera de sus nalgas. Lo que poco antes le pareciera increíble, ahora le resultaba evidente: aquella variante también la hacía gozar de lo lindo y la estaba impregnando de nuevas impresiones.

No menos gozaba Sebastián observando cómo su garrota aparecía y desaparecía de su vista, azuzando sin cesar el por momentos más encharcado agujero, y cómo sus pelotas rebotaban a cada nueva avanzada contra la rolliza carne de la entrepierna acosada. También Carol percibía aquellos choques y hasta el seco chasquido que producían le resultaba enervante. Ya el mero hecho de imaginar a su padre tan entregado, pues verlo no le era posible, suponía para ella una dosis suplementaria de placer.

Y es que, en verdad, Sebastián era todo un ciclón desatado inmune a la fatiga y al desaliento. Sudaba ya por todos los poros de su cuerpo, pero seguía incansable el endiablado ritmo que se había impuesto sin dar cabida al abatimiento. Si vislumbraba algún síntoma de fatiga, volvía a recrearse la vista con las ampulosas ancas de la jaca que montaba y eso bastaba para infundirle nuevas energías.

Carol ya veía hasta lucecitas de color y sentía cada vez más lejano aquel continuo martilleo sobre el fondo de su vagina. Hacía rato que las fuerzas la abandonaron y sus brazos se habían negado a seguir cumpliendo la función de hipotéticas patas delanteras en aquella postura perruna inicialmente adoptada. Ahora su cabeza se hundía en la almohada y se removía a cada embestida como si estuviera desprendida del resto de su cuerpo. Tan perdida estaba que ya no sabía si deliraba o realmente le estaba pasando todo aquello. Creía, porque segura no estaba de nada, que ya debía de haberse corrido al menos un par de veces; era difícil aventurarlo porque, en todo caso, cada orgasmo sólo suponía un ínfimo punto de inflexión en aquel general sopor que la invadía. En algunos momentos hubiera querido enarbolar la bandera de la rendición o suplicar una tregua, pero nuevos ramalazos de placer la hacían desistir.

Sebastián, convertido en coloso, se mostraba cada vez más enardecido y proseguía afanoso el asedio sin darse ni dar respiro. Tampoco él sabía de dónde sacaba tanta energía y tanto aguante, pero lo cierto es que allí estaba aún entero y sin visos de terminar a corto plazo. Era como si su polla se hubiese acostumbrado a aquel movimiento y pudiera mantenerlo indefinidamente.

Hasta que llegó un momento en que Carol terminó rebelándose y, deshaciéndose de las manos que asían férreamente su cintura, se revolvió sobre sí misma, tomó la indomable verga de su padre, la despojó de su envoltura de goma y empezó a propiciarle un nuevo y casi desesperado masaje bucal, incidiendo muy especialmente en el frenillo, hasta lograr doblegarla y hacer que vertiera hasta la última gota del contenido que tan tenazmente retenía.

Fue un alivio para ambos, pero sobre todo para Carol, que ya volvía a notar el olvidado escocimiento.

—Eres insuperable, papá —le elogió, mientras seguía jugueteando con el recio tronco que aún se resistía a menguar.

—Nunca me había pasado nada igual. Supongo que todo el secreto radica en que eres la criatura más maravillosa del mundo.

—Tú sí que eres el padre más maravilloso del mundo.

—Con hijitas como tú, eso no tiene el menor mérito.

Apurando los últimos minutos de que aún disponían antes que Carmela hiciera su aparición, Carol aventuró una última pregunta:

—¿Mañana me lo harás por el otro sitio?

—¿Crees estar preparada?

—No lo sé; pero, después de lo de hoy, siento curiosidad y me gustaría probar a ver qué tal.

—Está bien. Dispondré lo necesario y mañana probaremos —y cuando ya Carol se disponía a retirarse, Sebastián añadió—: Te prevengo que al principio resulta también doloroso.

—Da igual. ¿Qué importa un poco de dolor si va seguido de tanto placer?

—Pues no se hable más. Mañana toca enculada.

Con amplia sonrisa en la boca y considerable quemazón entre las piernas, Carol se retiró a su cuarto, se vistió y abrió un libro cualquiera por cualquier página y se puso a pensar en cómo sería lo que le aguardaba al día siguiente.

CAPÍTULO V

Después de la exhibición de poderío ante su hija, el transformado Sebastián, desligado ya de todas sus dudas en cuanto a lo poco o mucho que de reprobable pudieran tener aquellas relaciones, adquirió tal confianza en sí mismo y en sus facultades que, para terminar de arreglar del todo la situación, hasta consideró la posibilidad de hacer partícipe a Carmela de cuanto acontecía bajo aquel techo. Que, tras la intensa sesión con Carol, aquella misma noche se sintiera con fuerzas más que suficientes para obsequiar a su esposa con otro repaso de parecido calibre, hasta el punto que ésta, lejos de sospechar el doble desgaste, confesase sin reparos que jamás lo había pasado tan bien en la cama, insuflaron en el ánimo de Sebastián unos aires de superdotado que le llevaron a creerse capaz de comerse el mundo entero.

Como Carol tampoco se cortaba a la hora de ensalzar ante él el enorme vigor que derrochaba en cada actuación y lo admirada que de ello estaba, el bueno de Sebastián no cabía en sí de orgullo y se sentía como gallo en su gallinero. Había pasado, en sólo cuestión de días, del abatimiento más profundo a la euforia más desatada. Y como no hay cosa más necia que un hombre que se las da de garañón, a punto estuvo en varias ocasiones de ponerse en evidencia delante de sus compañeros de trabajo, revelando cuestiones que a nadie interesaban y que nada hubieran beneficiado al crédito de que gozaba. Al final, por suerte, la prudencia y el buen sentido se impusieron y tan sólo los más avispados creyeron colegir que Sebastián había encontrado algún ligue extramatrimonial, cosa que distaba mucho de estar mal vista en el entorno.

—¿No te habrás liado con Pamela? —intentó sonsacarle alguno, en referencia a la más apetitosa secretaria que se movía por aquellos pasillos y oficinas.

Y Sebastián se pavoneaba no diciendo que sí, pero tampoco afirmando que no y dejando la cuestión en suspenso, para que cada cual pensara lo que quisiera. Y ya es sabido que cuando a los pensamientos se les da alas en estos asuntos, todos conducen normalmente a la situación tenida por más envidiable y la tal Raquel, ajena a semejante embrollo, acabó por ser declarada oficialmente la amante de Sebastián aquella mañana.

Cuando alguien está contento y feliz, le resulta poco menos que imposible dejar de evidenciar su alborozo; y cuando la suerte está de cara, todo parece confabularse para que las cosas discurran del mejor modo. Sebastián no llegó aquel día a casa contento, sino exultante. No se privó de dar a Carol un más que cariñoso beso en la boca, aun a presencia de Carmela, a quien tampoco excusó del mismo regalo. Ambas se arrogaron por su cuenta ser la causa de tan desmedida exaltación y se sintieron por igual honradas. Y como la alegría es contagiosa, sobre todo la de los seres queridos, y veía a su esposo tan lanzado, Carmela apuntó la posibilidad de no asistir aquella tarde a su consabida clase y dedicar aquellas horas a actividades más gratas. La proposición, por supuesto, contó de punto y hora con la total desaprobación tanto de Carol como de Sebastián; la primera se limito a regruñir un poco para que no se evidenciaran los verdaderos motivos de su oposición, pero Sebastián fue mucho más convincente y, entre guiños y carantoñas, hizo ver a Carmela la necesidad de estar "bien descansado" para, por la noche, actuar con todas las garantías.

—¿Qué más da adelantar la fiesta? —objetó Carmela, aún bajo los efectos de lo vivido la noche anterior.

—Una tarde —aseveró Sebastián muy serio—, no puede suplantar el particular encanto de la noche.

Aunque Carmela opinaba que el verdadero encanto no residía en la hora del día sino en la opulencia que su marido atesoraba entre las piernas, dio por válido el razonamiento y aceptó el aplazamiento propuesto por él. Y sin demasiado entusiasmo, marchó a la clase de marras.

No bien se había cerrado la puerta de la calle, cuando Carol estaba ya colgada del cuello de su padre, repartiendo besos a diestro y siniestro por todo su rostro.

—¿Lo tienes todo preparado para mi primera enculada? —preguntó con ansiedad.

—¿Acaso tu padre ha faltado alguna vez a su palabra?

—Por supuesto que no.

—Pues vete aligerando de ropa, que yo voy a hacer otro tanto.

Poco más de un minuto fue suficiente para que Carol, ya desnuda, volviera a reunirse con su padre en el dormitorio.

—¿Qué es eso, papá? —preguntó sorprendida, fijando su atención en el extraño adminículo que él sostenía en una mano.

—Para lo que vamos a hacer —explicó él ceremoniosamente—, la higiene resulta fundamental. Mi amigo, el doctor Sergio Mango, reconocido especialista en estos temas, me asesoró en su día de los pasos a seguir para que el coito anal resulte placentero. El recto, como bien sabes, es conducto por el que circulan los materiales de deshecho que nuestro organismo rechaza. Lo primero que hay que hacer, pues, es limpiarlo convenientemente para eliminar cualquier residuo y la solución es practicar un enema o irrigación, que consiste en inyectar agua a presión directamente en el ano y que es para lo que sirve este aparatito, aunque su aplicación médica obedezca a otros fines que no vienen al caso. Así que, andando para el cuarto de baño.

Siendo la primera vez, Sebastián se encargó en persona de administrarle una abundante lavativa a su hija que le dejó el culo como una patena. No le resultó a Carol precisamente agradable, pero el fin bien justificaba los medios y de sobras sabía que aún le esperaban momentos peores.

Padre e hija se trasladaron de nuevo al dormitorio y mientras que Carol, presa de algún que otro retorcijón de tripas, se tumbaba en la cama, Sebastián tomaba asiento en un borde y cogía de un cajón de la mesita contigua un tubo de vaselina.

—Ahora —explicó manteniendo aquel tono docto—, vamos a lubricar y dilatar adecuadamente el agujerito para que la penetración sea más suave. Debes estar lo más relajada posible, sobre todo cuando llegue el momento de la verdad. Vamos, ponte en planta.

En principio, Carol se colocó de costado; pero, a instancias del profesor, terminó con la misma postura del día anterior, es decir, a cuatro patas. Pese a que lo intentaba, la expectación propia del momento impedía que alcanzara el grado de relajamiento que se le requería. Notó con cierta complacencia el frescor de la untuosa sustancia que su padre fue vertiendo copiosamente en su ano; la cosa, sin ser dolorosa, ya fue menos satisfactoria cuando el dedo paterno empezó a hurgarle cada vez más hondo, traspasando sin dificultad el escollo del esfínter; y empezó a resultarle poco o nada apetecible cuando, en lugar de uno, fueron dos los dedos que taponaron lo que siempre había sido natural puerta de salida, ahora reconvertida en puerta de entrada.

—¿Falta mucho para que esté preparada?

—Si hemos de hacer las cosas bien, démosle tiempo al tiempo.

—Es que así, sin hacer nada, me aburro.

Sebastián captó la indirecta y, como una ocupación no estaba reñida con la otra, se tumbó en la cama de manera que, teniendo igual de accesible el ano de su hija, ésta podía a la vez matar el tedio entreteniéndose con la pirindola de él, que a la sazón se hallaba en plena actitud de contric