EN LA PLAYA
El sol hace arder la arena, y tú avanzas dando pequeños
brincos, intentando no apoyar las plantas de los pies demasiado tiempo sobre el
suelo abrasador antes de dar el siguiente paso.
Acabas de terminar una noche de guardia, una larguísima noche
que te ha dejado para el arrastre. Tienes ganas de tumbarte bajo la sombrilla,
desnudarte lo más rápido posible y dejar que la brisa del mar acaricie tu
piel...
Has elegido una zona apartada, discreta. No quieres tener que
compartir tu soledad con nadie. Los párpados te pesan. Te has embadurnado de
crema protectora, porque sabes que -cuando caes dormido-igual te quedas horas
expuesto al sol, incapaz de seguir la sombra cambiante de la sombrilla
multicolor. Ante ti, justo antes de caer dormido profundamente, pasa un
adolescente, larguirucho y guapete, que te recuerda a tí mismo a su edad.
Y sueñas. Otra vez estás en clase de Filosofía, cachondo a
tope, mirando sin pestañear los muslos del Profe. Don Emilio, que te tiene
enchochado, que te tiene continuamente con la verga al palo hasta el extremo de
que ni siquiera puedes sentarte bien en el pupitre.
Tiene la santa costumbre de sentarse de medio lado sobre la
primera mesa de la fila, justo la tuya, mientras explica -con esa voz que
tienes grabada a fuego en tu alma-la lección del día. Le deseas. Harías lo que
fuese porque te follase allí mismo, en mitad de la clase, bajo la mirada de tus
compañeros. Te recreas en el pensamiento mientras tus ojos recorren la tela de
su pantalón de corte clásico. El abultamiento de su bragueta es una tentación
que hace que te hormigueen las palmas de las manos y la base de la polla. Tus
testículos de quinceañero sufren espasmos debido a la actividad del esperma que
bulle en su interior. Tienes ganas de llorar, de gritar, de lanzarte a mordiscos
sobre esos muslos, esa ingle, ese paquete que guarda el tesoro del cual nunca
serás dueño...
Despiertas sobresaltado por un sollozo . Un sollozo que ha
escapado de tu propia garganta. No sabes siquiera donde estás. Muy cerca de tí
escuchas unas voces. Riñas de mujer, chillidos de niños...Han plantado una
sombrilla a escasos metros de la tuya. Sobre una mesita de camping han extendido
un mantelito de cuadros rojos y blancos, amontonando en su superficie un montón
de viandas caseras: tortilla de patatas, pollo rebozado y frito, conejo con
tomate, queso y embutidos...Una señora mayor, de abundantes carnes que rebosan
de un anticuado bañador negro, está terminando de preparar una ensalada que
adoba con un generoso chorreón de aceite de oliva. Hasta ti llega el olor
peculiar de los huevos duros.
Tomas la decisión de levantar el campo y marcharte lo más
lejos de allí. No soportas a estas familias domingueras.
Necesitas una ducha antes de volver a ponerte la ropa. Por
suerte hay una rústica pasarela que lleva directamente hasta los vestuarios. El
sol pica sobre tu espalda. Agradeces la sombra y el fresco rumor de las duchas.
Entras deslumbrado por la luz exterior, así que no te das cuenta de quienes
están dentro hasta que casi topas con ellos.
El quinceañero que viste hace rato, el que motivó tus sueños
recordatorios, está con los ojos cerrados, apoyado contra la húmeda pared de una
cabina. El agua cae formando saetas líquidas que se clavan en su carne
adolescente. Carne morena que contrasta con el pelo decolorado, casi blanco, por
el sol estival. El ruido de la ducha ha impedido que te oyesen entrar.
Acuclillado entre los muslos del adolescente, un niño tres o cuatro años menor
que él le está haciendo una mamada. Su cabello también es muy rubio y su piel
igual de morena. Por los movimientos que hace entre sus piernas, adivinas que se
está masturbando mientras practica la felación. El mayor apoya sus manos sobre
la cabeza del otro, indicándole el ritmo que tiene que seguir. Te quedas rígido,
incapaz de hacer un solo movimiento. Un fogonazo recorre tu vientre. Estás
tentado de sacar tu verga, y, allí mismo, ante ellos, hacerte una soberana paja.
- ¡ David, Rafael...¿estáis ahí?! - la voz te
sobresalta. Retiras inmediatamente la mano que tenías metida dentro del bañador,
y experimentas un sofoco como si te hubiesen pillado en falta.
Te vuelves hacia la puerta. Instintivamente, sin saber
porqué, te cruzas en el camino del recién llegado, haciendo causa común con los
dos chavalitos e intentando ayudarles para que no sean pillados infraganti.
- ¡Hola, buenas! -y tu voz te suena tan idiota como
todas las voces cuando no se sabe qué decir.
- Hola...¿ha visto por aquí a dos muchachos...?
No le contestas. Te has quedado boquiabierto cuando has visto
quién es. Tienes que mirarte en el espejo que hay sobre un mugriento lavabo, ver
que tienes el rostro de un hombre de treinta y dos años, con bigote y barba
negros, ojos claros y con un cierto aire eslavo que te proporciona un atractivo
especial, para darte cuenta de que el tiempo SI que ha pasado. Pero...¿entonces?
¿Quién es este hombre, este señor de cincuenta y tantos años, de aspecto fuerte
y rozando el sobrepeso pero sin llegar a él, con el pelo canoso y muy corto,
ojos claros, vestido con ropa de corte clásico, y que sostiene en una mano un
maletín y en la otra un sombrero?
- ¡Oiga! ¿Le ocurre algo? -su voz suena un tanto
preocupada.
- ¡No puede ser! ¡Usted no puede ser...Don Emilio!
- ¿Cómo dice? ¿Don Emilio? ¡Pues sí, me llamo Emilio!
¿Cómo lo sabe? Y...¿quién es usted?
No puedes contestarle porque has caído redondo al suelo.
...
- ¡Eso es que ha tomado demasiado sol!
- ¡Niños, ¿habéis traído el vaso con agua?
- Ha ido David a por ella, Papá.
- Vale,vale. Ponte aquí y no dejes que levante la
cabeza. ¡Y límpiate la boca, Rafael, que todavía la llevas sucia de la leche
del desayuno!
- ¡Mira, Papá, ya abre los ojos!
- ¿Cómo está, señor?
- Bbbién, gracias. ¿Don Emilio? ¡No puede ser usted
Don Emilio!
- Bueno, realmente nadie me llama Don Emilio, sino
Emilio a secas. Así llamaban a mi padre, pero, ahora...¡nos llaman de tú, y
gracias!
- ¿Su padre? Entonces...el profesor de Filosofía que
conocía yo...no es usted?
- ¡Acabáramos! ¡Filosofía! ¡Pues claro que era mi
padre! Yo soy profesor de Religión.
No te has marchado. Incluso has aceptado un trozo de
bocadillo que te han ofrecido los vecinos de sombrilla. No todos los días se
topaba la familia con un ex-alumno del abuelito, así que había que agasajarle de
alguna forma.
Eres incapaz de quitarle la vista de encima a Emilio. Es
clavadito a su padre. Y te han vuelto todos los deseos impuros que tenías por
él, por aquél Don Emilio de tu adolescencia.
Estás disfrutando con la visión que siempre soñaste. El
hombre de tus sueños medio en pelotas, a pocos metros de tí, tumbado, casi
ofrecido sobre una toalla...
Le miras con hambre. Lo haces con tanta intensidad, con tanta
insistencia, que termina dándose cuenta. Y parece que se molesta, porque se pone
de pie y camina hacia el agua mientras dice:
- ¿Vienes, David?-la voz suena un tanto ronca.
- ¡Si Papá! -el adolescente se levanta de un salto y
corre tras las huellas del adulto.
- ¡Yo también voy!-protesta el más pequeño, pero la
mujer lo toma del brazo y lo obliga a permanecer sentado a su lado.
- ¡Tú aquí ...quieto! ¡Todavía no te ha hecho la
digestión!
- ¡Pero...!
- ¡A callar! ¡Haber comido más deprisa! ¡Lento, que
eres un lento!
- ¡Jopeeeeeé!
Te levantas y avanzas hacia el agua. Casi temes que la señora
te impida a ti, también, marcharte , porque has intuido un “algo” especial en la
forma en que la mujer ha querido preservar la intimidad de padre e hijo.
Emilio y David se han metido bastante hondo. Según te acercas
observas que están medio abrazados, con los brazos del hijo rodeando el cuello
del padre, con sus muslos circundando las caderas paternas.
Notas un escalofrío. La verga te está latiendo aprisionada
bajo el bañador. Has tenido que dejar las gafas en la toalla, así que no ves
demasiado claramente. Sin embargo...jurarías que el chaval lleva su bañador
colocado alrededor del cuello.
La pareja ríe por lo bajo. De cuando en cuando juntan sus
rostros. Les saludas unos metros antes de llegar. No te das cuenta si te han
contestado, o, siquiera, si se han percatado que estás por allí. Ahora parece
que se están dejando mecer por las olas. El cuerpo del muchacho tiene un extraño
vaivén, cadencioso, hacia arriba y hacia abajo.
Tomas aire y te sumerges. Avanzas bajo el agua, siguiendo la
pista de la blancura de las piernas de Emilio. Apoyas las palmas de las manos en
el fondo, y te ayudas de los dedos para quedar anclado a la arena, a poquísima
distancia de los dos nadadores.
El adulto lleva puesto el bañador, pero se ha sacado por uno
de los camales el grueso miembro y los bamboleantes testículos. La verga no la
puedes ver en su totalidad, porque la tiene metida entre las nalgas de su hijo,
y aparece y desaparece según es el ritmo de la penetración. Sin darte cuenta has
revuelto el fondo con tus dedos, y una nube de arena oscurece tu visión. Sales a
la superficie. Estás muy, muy caliente.
Cruzas una mirada de inteligencia con el adulto. Sabe que los
has descubierto. Y parece que le gusta, porque arrecia las acometidas contra el
cuerpo de su hijo. El chaval gime y se aferra al cuerpo velludo de su amante
padre.
Darías varios años de tu vida por estar en el lugar del
muchacho. Bajas tu bañador hasta las corvas, y te agarras el largo miembro,
comenzando a masturbarte bajo el agua. Mantienes la mirada fija en los ojos del
hombre. Debes destilar tan intensidad de deseo, que apartando a su hijo le dice:
- Dile a Rafael que ya puede venir a jugar contigo.
- Vale papá -el muchacho obedece, pero te envía una
mirada de rencoroso desafío antes de ponerse a nadar hacia la orilla.
No hace falte que crucéis ninguna palabra. Emilio, tu Don
Emilio, se sumerge bajo el agua unos instantes y aparece con su bañador en la
mano. Tú haces lo mismo. Os acercáis el uno al otro con las miradas tan
enredadas como algas marinas.
Nunca habías besado a nadie como estás besando a este hombre.
Nunca has dejado que tus manos digan tanto al tocar una piel ajena. Los años han
volado con la brisa del mar, y vuelves a tener quince años. Dejas que tu boca
resbale por su barbilla, por su garganta...Comes sus pezones forzándote por no
morderlos, por no dejarles la marca que tus dientes quisieran plasmar en su
carne. La verga se vislumbra como una gruesa anguila saliendo entre sus muslos.
Y tienes que atraparla. Hoy si. La boca se te llena de agua con sabor a salitre,
pero la polla de tu amado la tienes a buen recaudo en la cueva de tu garganta.
Unas manos te alzan. Unos dedos buscan por tu espalda, se
deslizan entre tus nalgas y se hunden dentro de tu cuerpo. Te crispas de placer
anticipado. Te transmutas en lapa, y quedas pegado al cuerpo de tu profesor, del
que es idéntico a tu profesor. Trepas sobre él, te encaras tú mismo la verga en
la puerta del ano...
- ¡¡Por fiiiiiiínnnnn!! - tu quejido de gusto es tan
intenso, que no reconoces tu propia voz, esa voz que no te gusta pero que hoy
te suena distinta.
Ahora no eres persona. Eres pez, eres animal marino
enganchado en el anzuelo de un pescador viril.
No sabes si el tiempo que transcurre son minutos u horas.
Solo sabes que es el tiempo en que has sido más feliz de toda tu vida. Por fin
has cumplido tu anhelo, tu deseo más enquistado, lo que te quitaba el sueño en
tus años adolescentes...y bastante tiempo después.
Todavía queda algo por disfrutar. Emilio saca su verga de tu
interior. Sabe, intuye, que tú también eres macho, que tú también quieres ser
parte activa en este acto de amor. Aprovecha el empuje de una ola para elevarse,
para tomar tu polla y , flotando flotando, tragarla con su ano hasta la misma
raíz.
Es tal el placer psíquico que experimentas, que estás a punto
de correrte en el mismo instante en que te notas aprisionado dentro de su
intestino. Sus dedos retuercen tus pezones. Te has quedado embobado, y no queda
mucho tiempo para entreactos.
Comienzas a follarlo con parsimonia, avanzando en rapidez y
en intensidad mientras os besáis largamente. Borrosamente ves como se acercan
nadando dos siluetas. Arrecias la enculada, buscando, claramente, el poder
eyacular antes de que lleguen los chavales.
- ¡No, espera, no te corras todavía! -su voz es
imperiosa, y , a la vez, sugerente de mil vicios inconfesables.
- Como tú digas, pero...
Emilio saca tu miembro de su interior. Con el rostro
iluminado por una sonrisa se encara con sus hijos que llegan nadando a toda
marcha.
- Nenes...¡haced lo que os enseñé!
- Pero...¿a este señor también, papá?
- ¡Claro que sí, Rafael! ¿No sabes que es nuestro
invitado? ¡Fue alumno del abuelito!
- ¡Pues me lo pido para mí! -y su carcajada de
triunfo brinca sobre las olas.
Nadie sabrá nunca lo que está ocurriendo entre los cuatro
nadadores. Jamás habías experimentado, ni volverás a tener la ocasión, la
sensación de ser mamado, succionado, casi deglutido, por una boca como la del
pequeño Rafael. Es tal el gusto que te da, tan intensos los gemidos de placer
que salen de tu boca, que el adolescente David quiere demostrar que también él
sabe la técnica aprendida de papá. Y si uno te la ha mamado bien, el otro te la
chupa mejor. Es tanto el gusto acumulado en tan breves instantes, que pierdes la
noción del tiempo y de las cosas que hacéis.
Luego quizá recuerdes que tu polla visitó tres culos
distintos, y que entre tus nalgas anidaron tres anguilas de tamaños diversos.
Pero ahora no estás para nada, excepto para lanzar un ronco gemido intermitente
desde lo más profundo de tu garganta.
En el momento álgido, cuando vuestros cuerpos ya no pueden
más, os abrazáis como gemelos en el vientre materno, nadando en el líquido
amniótico, y tomando cada cual la verga ajena, la succionáis hasta el límite de
recibir en vuestra garganta la deliciosa fuente de la vida.
Has quedado contento, muy contento, por haber decidido pasar,
tras una noche de cansada guardia, un feliz día de playa.