SABORES INCESTUOSOS
(4)
La enculada que me estaba proporcionando mi hermanastro era
muy placentera. El orificio de mi ano ya se había adaptado a su grosor, y el
vaivén me enloquecía. Cada vez que la sacaba de mi reducto anal, mi culito, como
si tuviese vida propia, salía hacia atrás, buscando el contacto de la barra de
carne. Mientras, mi manos se ocupaban de acariciar mi propio cipote, a la vez
que, alternándose, apretaban los testículos rebosantes de leche de mi padrastro.
El olor de su pubis me embriagaba. Cada vez que pensaba lo
mucho que había sufrido, lo mucho que lo había deseado antes de aquella
noche...La idea de perderlo, ahora que lo había encontrado, me dejaba un vacío
en el estómago. En el estómago...y en el culo.
- ¡¿Porqué, coño, me has sacado la polla del culo,
Daniel?!
Mi protesta murió apenas había nacido, porque, en ese mismo
instante, mi esfínter pareció desgarrarse al dejar pasar, a duras penas, la
inmensidad de vergajo que, sin decir ni pío, estaba empotrando el abuelo dentro
de mí.
El hombre mayor que me estaba enculando no podía ser el mismo
abuelo que, hacía poco más de una hora, estaba cenando junto a su hijo y a su
nieto, charlando con toda la seriedad que imponen en sus conversaciones las
personas mayores, conservadoras, rectas, poseedoras de todos los valores y que
abominan de toda clase de vicios. Pero allí lo tenía, pegado a mi espalda,
apretando sus vellos canosos contra mi piel, mordiendo mi cuello y resollando
como un animal en celo junto a mi oreja.
- ¡Cabroooooónnn, que rico que estaaaaás!- y la
lengua, caliente, jugosa, se introducía en mi oido, queriendo emular la
penetración salvaje que su enorme falo practicaba en mi intestino.
- ¡AAAayyyy, ayyyyyy, ayyyyyyyy! -protestaba yo,
sintiendo que mi ano se desgarraba, que mi recto no daba más de sí, mientras
pensaba en el extraño efecto que los somníferos habían hecho en un abuelito tan
seriote. Y, el caso, es que yo mismo, que también había bebido una porción del
café con leche con “somníferos”, estaba totalmente despierto, y, más aún, con
una excitación sexual que jamás había sentido.
En un arrebato de pasión, el abuelo sacó su verga de mi
interior (pese a mis protestas), y, dándome la vuelta, me abrazó contra su
pecho. Mi boca buscó la suya, quedando pegados en un beso de tornillo que casi
me asfixió. El hombre maduro buscó la parte de atrás de mis muslos, y con una
breve palmada en la nalga, me indicó que trepase sobre su cuerpo. Así lo hice,
resbalándome en el sudor que chorreaba por todos sus poros. Sujetándome de ambos
cachetes de mis nalgas, las abrió todo lo posible para ir dejándome caer,
lentamente, sobre la punta de su nabo. Quedé ensartado hasta sus huevos. Como si
estuviese jugando con su nieto a una especie de “¡arre caballito!”, trotó un
poco por la alcoba, haciendo que mi cuerpo subiese y bajase por la colosal
cucaña de su chorra. La sensación era terriblemente dolorosa y, a la vez,
placentera. Como si me matasen y me devolviesen a la vida repetidas veces.
Cuando estaba casi agotado, el abuelo se acercó hasta la
cama, fue inclinándome más y más hasta que mi espalda quedó sobre el colchón,
mis muslos abrazando su cuerpo y su verga metida hasta lo imposible en mi
interior.
Tumbado sobre mí, despatarrado mientras me follaba, el abuelo
quedó expuesto a las miradas lúbricas de su hijo Marco y su nieto Daniel. Muy
pronto estuvieron ambos comiéndole el culo al hombre, alternando los lengüetazos
en el oscuro reducto que fue abriéndose más y más, dilatándose como una negra
orquídea , una planta carnívora hambrienta de carne de macho.
Marco creyó llegado su turno. Ante él, su padre me follaba, a
la vez que tenía el trasero ofrecido para ser inmolado. Daniel mamó profusamente
el vergajo de su padre, ensalivándolo hasta que quedó chorreante y preparado
para la introducción. Sin soltar la polla paterna, el chico quiso ejercer de
mamporrero en el acto histórico de que su padre penetrase a su abuelo. Tras
lanzar un último salivazo en el esfínter dilatado, Daniel restregó el glande de
Marco por el oscuro orificio, hasta que la carne comenzó a desaparecer en el
interior del ano. Un peso extra vino a sumarse al del abuelo que me estaba
follando. No se si fue dolor o placer lo que sintió el penetrante penetrado,
pero el caso es que me dio un mordisco en los labios que me los hizo sangrar
profusamente.
- ¡Ufff! - resoplaba Marco al notar el culo de su
padre aprisionando su verga.
- ¡¡Uffff!! - volvía a resoplar el abuelo, notando su
retaguardia repleta y arreciando en sus empujones dentro de mi cuerpo.
- ¡¡¡Ufffffffff!!! - me atreví a resoplar yo, medio
ahogado por el peso de ambos hombres, y sintiendo mi culito taladrado hasta la
exageración.
Parecía imposible que la escena se pudiese cargar de más
morbo, de más lujuria; pero Daniel opinaba lo contrario. El muchacho se acercó a
mi boca para comerme la lengua, para besarme los labios, para intercambiar su
cálida saliva con la mía. Luego, enarbolando su vergajo, lo introdujo en mi
cavidad bucal, haciendo que lo chupase con delectación. Seguidamente pasó el
testigo a su abuelo. El hombre maduro cazó al vuelo la polla de su nieto, la
atrajo hacia su boca y la mamó como un cochinillo la teta de su madre. El viejo,
a la par que chupaba la verga de Daniel, desde el extremo del glande hasta la
base, seguía embutiéndome su propio nabo dentro de mi culo, sin cejar en el
empeño de partirme en dos. Por último, el chico repitió la operación mamatoria
con Marco, su padre, que le dejó el pollón chorreante de saliva y precum.
Colocándose el último de la fila, mi hermanastro enfiló hacia
el ano de su padre, clavándole su miembro en menos tiempo que cuesta decir
“Amén”. Y no fue “Amén” lo que dijo Marco, sino:
- ¡¡Agggggggg, Daniel, cabrón, qué
doloooorrrrrr....maaaaas gustosssooooo!
El montón de carne, el monstruo de cuatro cabezas, paró
durante un instante sus movimientos. Luego, a la voz de ¡Ya!, como si de una
carnal galera se tratase, todos comenzaron a moverse otra vez. Era como si tres
inmensos remos se introdujesen en la profundidad de las aguas, removiesen,
avanzasen, y volviesen a introducirse una y otra vez. Tres remos-pollas
hincándose en el cuerpo del que tenían delante. Daniel sodomizando a su padre,
que a su vez enculaba al abuelo, y éste clavaba su nudoso vergajo, con un glande
achampiñonado, en mi super-dilatado culito.
Y, entonces...
- ¡¡¡Yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!
Como espuma que brinca sobre las olas, así brotó el esperma
de nuestros cuatro penes. Abuelo, hijo, nieto...y yo. Cuatro falos, cuatro
fuentes, cuatro mástiles erectos elevándose de la nave del placer. Caimos
abrazados, exhaustos, con las piernas temblando debido al potente orgasmo
cuadruplicado.
Aquella noche, aprovechando los últimos efectos de la viagra
(¡tonto de mí, que la había confundido con somníferos), el abuelo quiso dormir
abrazado a mí, pegado a mi cuerpo como una lapa, pellizcando mi pezón y
resoplando en mi oreja. Su pecho, su vientre, sus muslos, todo él cubierto de un
tupido vello parecido al de un jabalí, se rozaban contra mi piel lampiña, suave,
haciendo que mi excitación no decreciese. El vergajo de mi abuelastro,
convenientemente lubricado con mi propia saliva, me ensartaba hasta sus bolas,
haciendo que notase mi intestino totalmente lleno. Cada vez que, por la razón
que fuese, la polla se deslizaba fuera de mí, me apresuraba a colocarla en
posición de entrada, y, presionando ligeramente hacia atrás, volvía a ubicarla
en mis profundidades anales.
Así estuvimos toda la noche. Una noche deliciosa, única, para
recordar toda mi vida.
Y ya de madrugada, cuando la luna comenzó a difuminarse en el
cielo para dejarle sitio a los primeros rayos de sol, me dormí.
Y soñé contigo, papá. Soñé cuando era chiquito y tú me
bañabas siendo instrucciones de mamá (¡pobre mamá, tonta de mamá!), y yo jugaba
con tu polla bajo tu sonrisa complaciente. Admiraba aquél trozo de carne que
parecía mirarme con su ojo ciego, y lo agarraba, lo apretaba, lo agitaba como si
quisiese escuchar el sonido de un sonajero. Y tú aguantabas, y
aguantabas...hasta que no podías más, y me apartabas diciéndome palabras que yo
no comprendía...
Mis sueños daban saltos. Eran como imágenes en color sepia
que, de repente, se ponían en movimiento. Y yo te veía entrar en mi habitación,
vestido solamente con el pantalón de tu pijama. Domingo por la mañana. Mamá
preparando zumos de naranja en la cocina, y tú venías a jugar conmigo, a
despertarme con tus cosquillas, con tus caricias tan...paternales. Te tumbabas
junto a mí, con un muslo descansando sobre mi cuerpo. Inmediatamente notaba la
dureza de tu “cosa” aplastada contra mí. Estabas como un burro, y yo quedaba
quieto, quieto, gozando de esa extraña sensación que me producía estar contigo.
Y tú te restregabas contra mí de cintura para abajo, oculto bajo la sábana,
mientras tu parte superior estaba decentemente alejada de mí.
Desperté con sensación de vacío en mi interior. El abuelo
había eyaculado, en sueños, y su verga se había deslizado fuera de mí cuerpo. Se
la apreté entre mis dedos, busqué los últimos vestigios de su vigor hasta que
volvió a endurecerse. Apenas me la introduje de nuevo, seguí con mi sueño.
Ahora estamos en vacaciones. No recuerdo la edad justa, pero
es por la época en que mi estancia en los hoteles todavía os sale gratis. Una
semana en Tenerife. El Teide gigante, las nieves en su rostro, el fuego en su
interior...Vamos en una excursión en guagua. Voy sentado sobre tus muslos, papá.
Quieres que mire el exterior, el paisaje tan extraño, tan bello. Tengo que
olvidar mi mareo. El vehículo va atestado de gente. Con tus manazas sostienes mi
cintura. Yo busco una postura cómoda para mis nalgas, y me remeneo encima de tí,
directamente sobre tu paquete. La guagua brinca en cada bache. Mi cuerpo se
eleva unos milímetros y vuelve a caer sobre tu entrepierna. Una y otra vez. Tu
verga está durísima. Ahora casi has perdido la cabeza. Estás tan caliente que no
reparas en la gente que nos acompaña. Restregas tu bajo vientre contra mi culo.
Pienso si no tuviste la idea de sacarte la polla, delante de todos, y clavármela
allí mismo. Me siento feliz al notarte así. El mareo ya pasó. Tengo todos mis
sentidos ubicados en el agujero de mi culo. Justo donde noto la punta de tu
verga, rozándome a través de las telas de los pantalones. Un roce que se hace
más y más intenso, igual que el apretón salvaje con que atenazas mis caderas con
tus dedos casi blancos por el esfuerzo que haces. Y finges que quieres decirme
algo, e inclinas el rostro sobre mi cuello. Pero solo quieres lamerme. Necesitas
saborear el sudor que brota de mi piel, mordisquear el lóbulo de mi oreja. Y,
allá abajo, en mis nalgas, noto la pegajosa humedad que se está extendiendo
rápidamente. Has eyaculado sin poder contenerte. Justo en el momento que
llegamos a la cima. Ya bajan todos los demás y nosotros quedamos inmóviles,
incapaces de movernos. Hasta que mamá abre la portezuela que está a mi lado,
extiende los brazos maternales y me dice sonriendo:
- Nene, Eduardo, ven con mamá – y ante el poco caso
que le hago, nos mira con cierto gesto de sospecha.
- ¡Eduardo, hijo, levanta ya! -la voz de mamá resonó,
desagradable, en mi habitación. Todo era un sueño. Un sueño que se repitió,
junto con otros, durante muchísimos años.
- ¿Mamá, ya has vuelto? -la verdad es que no había
mucha alegría en mi voz. Durante un instante temí que el abuelo todavía
estuviese metido dentro de mí, enganchado como los perros cuando están en celo;
pero, por suerte, ya no estaba. Solamente quedaba yo en la cama. Y, por cierto,
con unas inmensas ganas de ir corriendo al baño.
Me levanté a trompicones, temiendo no llegar a sentarme en la
taza. Notaba mis intestinos totalmente llenos, pero ahora no era debido a la
polla de mi abuelastro, sino a la descarga (o descargas) de semen que se habían
ido acumulando a través de la noche en mi interior. Vacié las tripas con gran
escándalo. Notaba salir los churritones de esperma como si estuviese defecando
grumos lechosos. Finalmente acabé, me dí una buena ducha...y me resigné a
escuchar el veredicto de lo que Mamá había decidido para mi futuro.
Y yo sabía, de antemano, que tú no estarías en ese futuro,
papá. O...¿puede que sí?.