Cuando notó mi cuerpo tensionarse, señal inequívoca del
orgasmo que estaba a punto de sobrevenirme, paró repentinamente su mano,
manteniendo un dedo presionando mi clítoris, haciendo que mi orgasmo se
disipase, empecé a mover mis caderas, de arriba a abajo, intentando frotarme con
su dedo, me sentía frustrada y muy caliente, nunca había sentido tal necesidad
de correrme, pero estaba claro que no me iba a dejar, me iba a hacer sufrir.
Cuando notó mi movimiento apartó la mano y me dio un azote con la mano bien
abierta, una especie de escalofrío recorrió todo mi cuerpo, por una parte me
cortó el orgasmo, por otra parte me dolió, hasta entonces no fui consciente de
lo largo y duro que se me iba a hacer el día y de lo bien y lo mal que lo iba a
pasar.
Me quitó el pañuelo de los ojos y apretándome con las dos manos el cuello me
dijo:
- Que zorra eres, con que estabas buscando correrte sin mi permiso, no?
- Lo siento Señor - dije asfixiándome - no sé que me pasó, estoy muy excitada y
no pude controlarme.
Se acercó a mi oído diciéndome:
- Me encanta que seas tan puta y caliente, pero este atrevimiento tuyo no va a
quedar sin su merecido castigo.
- No Señor por favor - dije mientras removía en la cama e intentaba coger aire
sin mucho éxito - le suplico que se apiade de mí y sea compasivo, no volverá a
suceder, se lo prometo.
- No - dijo duramente - si te dejo pasar este atrevimiento, habrá una siguiente
vez y tienes que aprender que no puedes hacer lo que te venga en gana, tengo que
castigarte.
- Por favor, por favor - dije sollozando.
Sin decir más nada se levantó, yo no dejaba de sollozar, temiendo lo que me
fuera a hacer, al momento se acercó y me colocó unos auriculares, me asusté
cuando empezó a sonar una música muy fuerte, parecían cantos gregorianos, era
una música que atormentaba y si eso era lo que iba buscando, lo consiguió.
A pesar de estar privada de la vista y del oído, incluso del tacto, mi
excitación en ningún momento disminuyó, no hizo otra cosa que aumentar.
Noté como sus manos se apoderaban de mis tetas y las amasaba bruscamente, mi
pezón se endureció tanto que hasta me dolía y en ese momento noté algo
presionando, me había colocado una pinza, sabía que no las soportaba en los
pezones, en el resto del cuerpo sí, pero no ahí, me dolía mucho, luego me puso
otra en el otro pezón.
Ya había dejado de sollozar, ahora lloraba, lloraba de dolor, chillaba,
suplicaba que me las quitara, pero no lo hizo, siguió colocándome pinzas en el
pecho y luego se dedicó a poner más en mi coño, éstas no me dolían tanto, pero
las de los pezones me torturaban, hacían que me retorciera de dolor.
Me quitó el auricular de una oreja y me dijo
- Te duele?
- Si Señor, me duele muchísimo, no lo soporto, por favor quítemelas - dije
llorando esmorecida.
- Jajajaja, no te las pienso quitar zorra, tienes que aprender que no estás aquí
para tu placer, sino para el mío.
- Lo siento, lo siento, perdóneme por favor.
Me colocó el auricular y fue como si desconectara del mundo, ahora solo
estábamos la música, el dolor y yo, después de agitarme en la cama, me di cuenta
de que era inútil, no me las iba a quitar, me lo había ganado, a pesar de
todo ese pensamiento me volvió a excitar, pero no hizo que el dolor disminuyera,
así que respiré hondo e intenté calmarme, me quedé quieta, controlando la
respiración, concentrándome en la música, que aunque no me gustaba, era lo único
que tenía para distraerme.
No sé cuánto tiempo pasé así, ni siquiera sabía si estaba en la habitación,
igual había salido, pero conociéndolo, seguro que estaba allí, observándome,
mirando como poco a poco iba aceptando el castigo hasta llegar a calmarme.
Después de un buen rato, ya había aceptado el dolor y había conseguido relajarme
del todo, estaba totalmente quieta, cansada.
Noté que pasaba una mano por encima de todas las pinzas, moviéndolas, eso me
abstrajo de donde estaba, otra vez volvía el dolor, pero lo aguanté, hasta que
empezó a quitarlas una a una, las abría lentamente, era doloroso el volver del
flujo sanguíneo, quería encogerme, pero no podía, seguía atada.
Por suerte el huevo que aún seguía dentro de mi coño se volvía a poner en
marcha, intenté concentrarme en él, pero no tuve mucho éxito, cada pinza que me
quitaba me dolía más que la anterior.
Cuando me las quitó todas me desató y yo me encogí del dolor, noté que se
levantó y salió de la habitación, me trajo agua, nuevamente en el platito,
pero esta vez
me puso en su regazo y me dió de beber.
Realmente estaba seca, de tanto llorar, chillar y revolverme