Crónicas de Nihilistán (X)
9. Cosas de mujeres
Es sabido que las mujeres son más detallistas que los
hombres. Y más propensas abordar temas íntimos, y confiarse algunos secretillos.
El tema de los esclavos no es la excepción.
Los hombres, en su mayoría, suelen conformarse con que su
esclavo los sirva y obedezca, sin fijarse en mayores detalles.
Para las mujeres, en cambio, se trata de un tema muy
delicado, en el que los pequeños secretos y los valiosos consejos se
multiplican.
En Nihilistán, ninguna reunión de mujeres está completa si no
se ha abordado el tema de los esclavos.
...................
Era jueves, y la señorita Raddith cumplía veintiún años.
El tío Milhan decidió aprovechar la estadía de su querida
sobrina, para organizarle una pequeña fiesta. Nada demasiado complicado, una
celebración sencilla, para los más allegados.
Vinieron los padres de Raddith: su padre Posthat y su madre
Handrah. Y sus hermanos: el irascible Joghat, y Khutsy, la menor de la familia.
También las señoritas Lornah y Mylkah, dos de las amigas más
íntimas de la señorita Raddith. Y Klosoj, prometido de Mylkah.
Y la señora Jashirah, tía-abuela de Raddith. La elegante
mujer, ya anciana pero muy jovial, no podía faltar. Siempre había tenido una
especial debilidad por su sobrina-nieta.
Y, claro está, el novio de la agasajada, el apuesto Kuryan.
Entre los hermosos presentes que Raddith recibió ese día,
había un par de fustas, obsequio clásico entre gente de la nobleza.
El regalo del tío Milhan era, por cierto, el esclavo
Manchudo.
El pobre esclavo estaba junto a la mesa de los regalos, de
rodillas, con la cabeza gacha, exhibido como un regalo más. Incluso, le habían
colocado una bonita cinta de seda roja en el cuello, atada en un moño, a modo de
adorno...
La señora Handrah, la señorita Khutsy y la señora Jashirah se
detuvieron un instante frente a la mesa, para admirar los bellos obsequios. La
madre, la hermana menor y la tía abuela de Raddith, finalmente le echaron una
mirada al esclavo.
—¿Verdad que este esclavo no le conviene a mi hija? —comentó
la señora Handrah, arrugando la nariz— Es demasiado bobo. Basta observarlo...
—Todos lo son —dijo la señora Jashirah—. Deja a tu hija que
se dé el gusto. Siempre podrá cambiarlo por otro mejor...
—Yo también quiero elegir pronto a mi esclavo —dijo la
señorita Khutsy.
—Tienes 17 años, no te apresures, aún eres muy joven —le dijo
sabiamente su tía-abuela.
A partir de ese día, para todas las finalidades prácticas, la
señorita Raddith ya era la dueña de Manchudo.
Más adelante, un abogado se encargaría de poner en orden los
papeles, de modo que constara que el esclavo apodado "Manchudo" —hasta ahora
propiedad del señor Milhan Argutra Zhitran de Yobehey Jubartha— era a partir de
ahora propiedad legal de la señorita Raddith Leithad Zhitran de Yobehey
Jubartha.
Después de la cena, el brindis, los buenos augurios para la
agasajada, los bailes, etc... los concurrentes comenzaron a dispersarse por
grupos, como suele ocurrrir.
De a poco, las mujeres de la familia fueron confluyendo en
algún lugar de la casa donde estar a solas, en un ambiente de intimidad
femenina.
En la alcoba de la señorita Raddith, Lornah y Mykah se
probaban prendas del guardarropas, por puro gusto de hacerlo. Las tres amigas
reían y bromeaban.
Al poco rato apareció Khutsy, la hermana menor de Raddith. Y
luego la tía-abuela Jashirah. Y la señora Handrah, madre de Raddith. Y Nuriah,
prima de Raddith, hija del tío Milhan.
Algunas aprovecharon para quitarse los zapatos y estar más a
gusto, como suelen hacer las mujeres. O despojarse de alguna otra prenda, todo
en aras de una mayor comodidad. Sin contar que las dos amigas de Raddith aún
estaban a medio vestir.
En poco tiempo, todas las mujeres conversaban animadamente,
mientras degustaban distintas bebidas y bocadillos. Algunas sentadas en algún
sillón, otras echadas indolentemente sobre la amplia cama. La mitad de ellas, un
tanto desvestidas.
Como solía ocurrir en esa clase de reuniones femeninas, la
conversación se iba encaminando hacia el tema de los esclavos.
De pronto, alguien golpeó a la puerta.
—¡Quién es..? —dijeron casi a coro las mujeres.
—¿Se puede entrar, señoritas...? —dijeron dos voces del otro
lado.
—Son Khuryan y Klosoj...—le dijo Mylkah a Raddith.
Se trataba, efectivamente, de los novios de ambas muchachas.
—¡Noooo, ni se les ocurra...! —les gritó Mylkah—. ¡Nos
estamos probando ropa!
Se oyeron risitas masculinas del otro lado.
—Abran, es sólo un segundo...
—¡Vuelvan más tarde! —gritaron varias voces femeninas.
Porque todas las muchachas de la nobleza nihilistana sabían
mostrarse pudorosas ante los hombres, como correspondía a señoras bien educadas.
—Caramba, cuántas vueltas tienen las mujeres... —se oyó del
otro lado de la puerta. Y se hizo el silencio.
Todas las mujeres rieron, y continuaron en lo suyo, alegres y
algo desvestidas.
La presencia de los esclavos, por supuesto, no contaba para
nada. Para las mujeres nihilistanas, los esclavos no son hombres, son esclavos.
Manchudo, el bonito regalo del tío Milhan, estaba de pie en
el rincón de siempre, sosteniendo una bandeja, procurando ocupar el menor
espacio posible, como se lo imponía la señorita Raddith.
En el otro extremo de la habitación, sentada en el más
acogedor de los sillones, estaba la señora Jashirah. La tía-abuela de Raddith
degustaba una copa de frutas en almíbar.
Algo rolliza a sus 69 años, era evidente que debió ser una
hermosa mujer en su juventud.
Postrado a sus pies, como había pasado toda su vida, había un
hombre ya mayor, hecho un ovillo, con la frente apoyada en el suelo. Así era
como la señora Jashirah gustaba de tener a su esclavo.
Las dos amigas de Raddith, Lornah y Mylkah, ambas echadas en
la cama, miraban al esclavo, y cuchicheaban entre ellas.
—Se llama Felpudo —les dijo la venerable señora, sonriendo—.
Lo tengo desde que cumplí 19 años.
En efecto, el tal "Felpudo" parecía de la misma edad que su
dueña.
Madame Jashirah pasó a comentar algunos detalles, mientras
distraídamente apoyaba un pie sobre la cabeza de Felpudo, como para ratificar el
apodo del infeliz.
Como muchos esclavos, Felpudo había nacido esclavo. El
desdichado jamás había conocido vestimenta alguna, a excepción del collar y los
grilletes. Hasta donde su memoria alcanzaba, siempre había estado descalzo y
desnudo.
La sensación de usar ropa o calzado le era totalmente
desconocida. Sólo pudo imaginar, si alguna vez lo intentó, cómo sería estar
vestido, o usar zapatos, como los amos.
Le había sido colocado el collar a los seis años, y los
grilletes a los diez. Y jamás se los había quitado desde entonces.
Había nacido desnudo, y vivido toda su vida desnudo, como un
perro o un caballo. Y cuando llegara su hora, sería enterrado desnudo, con sólo
su collar y sus grilletes, como correspondía a un esclavo.
En efecto, cuando un noble nihilistano moría, era sepultado
con gran ceremonial, vestido con sus mejores galas, como correspondía a su
rango, incluyendo su fusta favorita.
Por igual razón, cuando un esclavo moría, se lo enterraba en
un simple hoyo en la tierra, desnudo como había vivido, con su collar y sus
grilletes.
Según las creencias nihilistanas, si el esclavo había
obtenido la aprobación del amo, si había sido un buen esclavo, éste lo llevaría
con él al Paraíso. Allí, claro está, continuaría siendo su esclavo.
Hoy por hoy, ese momento se veía lejano, tanto para el ama
como para su esclavo. La señora Jashirah era una mujer de aspecto saludable,
jovial y parlanchina.
—Debes educar a tu esclavo, como se educa a un perro, con
alternancia de premio y castigo —dijo la venerable mujer, bajando la mirada
hacia su esclavo—. Felpudo, ponte de pie.
—Si, Madam —dijo el esclavo.
En Nihilistán, cada mujer de la nobleza elegía la forma como
el esclavo debía dirigirse a ella.
Dueña, Señora, Ama, Madam, Mistress, incluso Alteza o
Magnificencia, eran algunos de los apelativos más comunes.
El tal Felpudo se quedó esperando de pie, con la mirada
clavada en el piso.
—Cuando ha cometido alguna falta, lo castigas —dijo la
elegante tía-abuela de Raddith— Observa...
La señora Jashirah miró en derredor y tomó una de las fustas
que estaban sobre la cama. No faltaban fustas en la habitación, aquí y allá,
como en todo lugar en el que hubiera mujeres de la clase alta.
La señora hizo vibrar el instrumento en el aire un par de
veces, con una gracia y una elegancia insuperables, propias de una auténtica
dama de la nobleza.
Khutsy, también echada sobre la cama, junto a su hermana
Raddith y las demás muchachas, miró a su tía-abuela con auténtica admiración.
¡¡¡Chasss!!!, se oyó de pronto en la habitación.
A continuación, el esclavo Felpudo estaba dando cortos
saltitos, tomándose una de las nalgas con sus dos manos.
—¡Ay, ay, ay! —decía el infeliz.
Y de inmediato, en cuanto pudo articular palabra, agregó
entre sollozos:
—Gracias, Madam...
—Es importante que el esclavo se muestre agradecido —comentó
la señora Jashirah—. Debe saber que lo castigas por su bien, para que sea un
mejor esclavo.
La elegante mujer estiró su pie derecho.
—Quítame el zapato, esclavo.
—Sí, Madam.
El pobre esclavo, aún sollozando por el terrible fustazo
recibido, se arrodilló ante su ama, y le quitó el elegante calzado.
—En cambio, cuando ha hecho algo meritorio, lo premias.
Dicho esto, la venerable señora derramó un poquito de su copa
de almíbar sobre los dedos de su pie desnudo.
—Desde el primer día le he tenido vedados los dulces de
cualquier tipo —señaló la señora—. Salvo, cuando ha hecho algo meritorio. Por
esa razón, un poco de jalea o de alguna bebida dulce es un manjar para él, todo
un premio.
La señora miró hacia abajo, hacia el esclavo.
—Lame, esclavo.
—Sí, Madam.
Justo es decir que, aun a su edad, los pies de la señora
Jashirah se veían bonitos. En sus años jóvenes debieron de ser espectaculares...
Ahora el infeliz lamía el pie de su dueña y señora, como lo
había hecho durante toda su vida. El esclavo pasaba su lengua con auténtica
fruición.
—Ésta es la única manera como le he permitido saborear algo
dulce —dijo la señora Jashirah—. Siempre ha sido así, no conoce otra manera...
Felpudo continuaba lamiendo los dedos del pie de su ama, uno
por uno. Su lengua se movía con la habilidad adquirida a lo largo de toda una
vida, repasando cada dedo y cada espacio entre los dedos. El esclavo continuó en
esa faena, hasta dejar los pies de su ama sin el menor rastro de almíbar.
—Ponme el zapato, esclavo.
—Sí, Madam —contestó el esclavo, apresurándose a obedecer.
Las dos amigas de Raddith desviaron ahora su atención hacia
otro esclavo, que permanecía de rodillas al borde de la cama, con la cabeza
abatida.
La señorita Nuriah, hija del tío Milhan, era de cara redonda
como su adinerado padre. Aún soltera a sus 26 años, a la prima de Raddith le
gustaba tener de esa manera a su esclavo.
Lornah y Mylkah miraban al esclavo, otra vez cuchicheando
entre ellas.
Al infeliz se lo veía algo obeso, con la piel llamativamente
suave, como si estuviera... como si lo hubieran...
—Sí, lo hice castrar —comentó con toda naturalidad la
señorita Nuriah.
Fue un comentario como cualquier otro. No era extraño que
algunas mujeres optaran por hacer castrar a su esclavo. Los mismos veterinarios
que se ocupaban de emascular gatos y toros, se ocupaban normalmente de emascular
esclavos, una tarea rutinaria.
La práctica era muy frecuente en el caso de esclavos algo
ariscos. Un esclavo de señora no realizaba labores pesadas, por lo cual la
castración era una buena solución. La castración lo hacía más sumiso y dócil,
muy apropiado para ser el esclavo de una dama.
—¿Para qué conservarle los genitales? No los necesitaba...
—observó la joven, con mucho sentido común.
En efecto, el esclavo sólo exhibía un pequeño miembro, que
además de perder toda funcionalidad, había ido decreciendo en tamaño. Sin vello
y sin testículos, un pene pequeño e inútil era todo lo que al infeliz le había
quedado entre las piernas.
—Hay un principio muy importante en el caso de los esclavos
—comentó la muchacha, muy convencida—. Lo que no se necesita, mejor quitarlo.
—Es cierto —intervino la señora Handrah, desde su sillón—.
Siempre se lo digo a mis hijas...
La madre de Raddith tenía un pie descalzo apoyado sobre la
cabeza de su esclavo, que permanecía hecho un ovillo, con la frente apoyada en
el piso.
— Torpe, ponte de pie.
"Torpe", tal el nombre que la señora Handrah le había puesto,
obedeció de inmediato, aunque sin responder. Lo cual suponía una intolerable
falta de respeto hacia su ama.
La señora Handrah pareció no dar importancia a tamaña
insolencia. El esclavo sólo se quedó allí, de pie, con la cabeza gacha,
esperando una orden.
La mujer tomó una fusta que había por alli y...
¡¡¡Chasss!!!
—¡¡¡Aaaoooggg... ooooaaáhhh... aaaggg, ooohhh, oooggg...!!!
Torpe saltaba aparatosamente, aferrando con ambas manos su
nalga izquierda, llenando el aire de gemidos inarticulados. No eran ayes, sino
sonidos guturales incomprensibles.
—Le hice cortar la lengua —dijo la señora Handrah con
satisfacción— Tenía una voz horrible, francamente exasperante...
El esclavo, en efecto, sólo podía emitir sonidos
ininteligibles.
—A fin de cuentas, un esclavo no necesita hablar —concluyó la
madre de Raddith—. Sólo debe asentir y obedecer...
—Es verdad, señora Handrah —dijo Mylkah, una de las amigas de
Raddith.
La señorita Mylkah estaba echada sobre la cama, aún a medio
vestir.
Bonita, de piel mate, y cabellos y ojos renegridos, Mylkah
era alegre y despreocupada. Tal vez demasiado...
La joven miró a su esclavo. Al igual que Raddith, a la
señorita Mylkah le gustaba que su esclavo permaneciera en un rincón, con la
cabeza gacha y los pies muy juntos, completamente inmóvil.
—Puerco, ven aquí.
—Sí, Magnificencia —dijo el pobre esclavo.
"Puerco" era el más llamativo de los esclavos en esa
habitación.
Su dueña le había hecho tatuar dos círculos rojos en las
mejillas, lo que le daba una apariencia muy pintoresca. La señorita Mylkah lo
había visto en otro esclavo y le había parecido gracioso...
También llevaba unos grandes aros en las orejas, y dos más
pequeños en los pezones.
Pero lo más llamativo era lo que Puerco llevaba en la
espalda, colgando del collar.
—Date vuelta —le ordenó la señorita Mylkah, incorporándose a
medias sobre la cama.
—Sí, Magnificencia...
En la espalda, enganchada al collar, Puerco llevaba una
fusta.
La señorita Mylkah descolgó el instrumento y lo apuntó hacia
el trasero del infeliz.
¡¡¡Chasss!!!
—¡¡¡Ayyy, aaayyy, ayyy...!!! —gritaba el desdichado, haciendo
que los aros de sus orejas y pezones saltaran hacia arriba y hacia abajo.
La señorita Mylkah volvió a colocar la fusta en su lugar.
—Vuelve al rincón.
—Sí, Magnificencia... —balbuceó el pobre eslcavo.
Mientras éste se volvía al rincón, con el instrumento de
castigo colgado en la espalda, la alegre joven comentó:
—Soy tan distraída, que más de una vez me he olvidado la
fusta. De este modo, me aseguro de tenerla siempre a mano, ja, ja...
Lornah, la otra amiga de Raddith, estaba echada sobre la
cama, tan a medio vestir como Mylkah.
Lornah era de cabello rojizo y piel rosada. Al igual que
Raddith y la señora Jashirah, tenía un aire de nobleza y distinción que emanaba
de toda su persona.
—Todos creen que un fustazo en la nalga es un buen castigo
—comenzó a decir la joven—. Pero los hay mejores...
La muchacha tomó su fusta de caña y miró hacia uno de los
rincones.
—Mugriento, ven aquí.
—Sí, Ama...
"Mugriento" comenzó a acercarse, con el temor pintado en el
rostro, sabiendo que no le esperaba nada bueno.
La joven comenzó su demostración propinando dos furibundos
fustazos en el trasero del tal Mugriento.
El infeliz esclavo repitió la pantomima de todos los demás,
tomándose la parte lastimada y dando cómicos saltitos, con sus escasos veinte
centímetros de cadena.
—En posición de castigo, esclavo —ordenó de inmediato la
señorita Lornah.
—Sí, Ama —dijo el desdichado comenzando a lloriquear.
El esclavo, bien amaestrado, se posicionó dando la espalada a
su dueña, puso las dos manos sobre la cabeza, separó bien las piernas hasta
donde se lo permitió la cadena, y se inclinó hacia adelante.
—¿Ven? —dijo la joven separando con la punta de la fusta los
glúteos del esclavo.
La señorita Lornah introdujo la punta de la fusta en el ano,
un par de centímetros, y la movió hacia los lados, y luego hacia arriba y hacia
abajo. El ano del esclavo se abría con facilidad. Era claro que allí los tejidos
estaban muy dilatados.
La señorita Lornah se incorporó y quedó sentada al borde de
la cama.
La joven asió con fuerza la fusta, apoyó la punta en el
orificio del infeliz y... ¡yuuuummmm!... de un golpe la introdujo quince
centímetros.
Y con toda naturalidad, comenzó a mover la fusta hacia atrás
y hacia adelante. Yum... yum... yum... yum...
Inclinado hacia adelante, el desdichado Mugriento soportaba
con total docilidad y resignación tanto maltrato, manteniendo ambas manos sobre
la cabeza. Por la facilidad con que la fusta entraba y salía, parecía ser ésta
una práctica frecuente.
De a poco, la joven comenzó a acelerar los movimientos. Yum,
yum, yum, yum, yum...
La fusta entraba y salía de ano del esclavo, a ritmo cada vez
más frenético.
El esclavo empezó a lloriquear y a temblequear, al tiempo que
arqueaba los pies, apretaba los dedos, y sus piernas empezaban a doblarse hacia
adentro.
Ya la fusta entraba y salía a tal velocidad que la vista no
podía seguir el movimiento.
¡Yumyumyumyumyum...!
El infeliz lloraba sin parar, desesperado, temblando de pies
a cabeza, juntando las rodillas patéticamente, crispando los dedos de los pies,
aguantando como podía.
Su rostro se contraía en una mueca, mientras de su boca salía
una especie de jadeo:
—¡Aiah... aiah... aiah... aiah...!
La señorita Lornah, mientras continuaba metiendo y sacando la
fusta con auténtico frenesí, estaba más que contenta. Tenía captada la atención
de todo el auditorio. Hasta la señora Jashirah la miraba con cierta
admiración...
Al cabo de diez interminables minutos de castigo, la señorita
Lornah se dio por satisfecha, y retiró la fusta del maltratado orificio del
esclavo. Ya para entonces, el desdichado lloraba a mares, sin poder parar.
—Gracias, Ama —alcanzó a balbucear Mugriento, con la cara
arrasada de lágrimas.
El infeliz apenas se podía tener en pie.
—Date vuelta y limpia la fusta —ordenó impertérrita la joven.
—Sí, Ama— dijo el esclavo, dándose vuelta y abriendo la boca.
La señorita Lornah introdujo la punta de la fusta en la boca
del esclavo, y éste comenzó a chupar y lamer. Pasó su lengua una y otra vez,
hasta dejar el instrumento perfectamente limpio.
—Vuelve a tu rincón, esclavo.
—Sí, Ama —dijo el pobre esclavo, que apenas podía caminar.
La señorita Khutsy estaba fascinada.
Khutsy, la única que aún no tenía un esclavo, se sentía un
tanto miserable. Pero era la que más atención ponía a todo cuanto se decía.
Mentalmente tomó debida nota de lo último que acababa de presenciar.
Las mujeres continuaron otro rato más, intercambiando
consejos y experiencias respecto del manejo de los esclavos.
Al cabo de media hora, la conversación había decaído un
tanto. Finalmente, la prima Nuryah sugirió jugar a los naipes.
La "canastilla" era un juego muy popular en Nihilistán, entre
las damas de todas las edades.
—Excelente idea, juntemos las dos mesitas —dijo la señora
Handrah, la madre de Raddith—. Con la silla, los dos sillones y el borde de la
cama, podremos sentarnos y jugar todas.
Del dicho al hecho, las mujeres tomaron sus fustas y
comenzaron a hacer trabajar a los esclavos.
Durante los diez minutos siguientes se oyeron muchos ¡¡¡Chasss!!!,
y muchos ¡¡¡Aaay...!!!, mientras las mujeres azuzaban a sus esclavos a fustazo
limpio, para que se dieran prisa.
Por fin quedó todo dispuesto.
—Amontonemos a los esclavos en un rincón, para que no
molesten —dijo la venerable señora Jashirah.
La señorita Raddith y sus dos amigas se encargaron de ello.
Los esclavos fueron llevados al rincón que ocupaba Manchudo,
donde a fuerza de fustazos los seis esclavos tuvieron que apretujarse a más no
poder. Los infelices quedaron tan amontonados en el espacio de unas pocas
baldosas, que casi estaban uno encima del otro.
Las tres muchachas completaron la faena descargando sus
fustas contra los pocos pies descalzos que aún sobresalían un poco del perímetro
trazado.
—¡Y pobre del que saque un dedo de allí —dijo la señorita
Mylkah a los esclavos, que asustados y desnudos, sollozaban, gemían y se
amontonaban, intentando ocupar el menor espacio posible.
"Sí, Ama...", "Sí, Señora...", "Sí, Magnificencia..." Eran
las frases que provenían, quejumbrosas, de aquel amontonamiento de cuerpos,
cabezas, brazos, piernas y pies.
El pobre Manchudo, en algún lugar de esa masa de carne
humana, había visto su rincón sorpresivamente invadido.
Solucionado este problema, las siete mujeres se sentaron
cómodamente a jugar "canastilla".
Mientras estudiaba las cartas que le habían tocado en suerte,
Khutsy tenía una parte de su mente aún repasando los últimos acontecimientos.
Aunque no había podido participar demasiado de la
conversación, la hermana menor de Raddith estaba entusiasmada. Siempre que
asistía a esta clase de reuniones, lo escuchaba todo sin perder detalle. Algún
día, también ella tendría su propio esclavo.
Y hoy había aprendido mucho...
(Continuará)