Lo cierto es que estoy un poco descentrada. De otro modo no
se explica que, totalmente desnuda, me haya dirigido a la primera puerta que he
visto con intención de darme una ducha y limpiarme el semen que cubre buena
parte de mi cuerpo. Súbitamente, me doy cuenta de que es la primera vez que
estoy en aquella casa, no tengo ni idea de dónde está el baño ni de a dónde debo
dirigirme. Pero no es problema, ya está Pelayo a mi lado, diligente y
educadísimo "por aquí señorita, tenga la amabilidad de seguirme".
Así que le sigo por un pasillo lujosamente decorado hasta que
llegamos a un baño enorme, que me recuerda los anuncios de la Preysler para
Porcelanosa. "Aquí tiene todo lo necesario, si necesita algo más no tiene más
que pedirlo". Es curioso este hombre. Habitualmente, cuando un tipo paga por
acostarse contigo se cree con derecho a todo, como si no sólo hubiera pagado por
sexo, sino también por el derecho a humillarte, a demostrarte continuamente que
está por encima de ti. Sin embargo, Pelayo me sigue tratando con exquisita
corrección, como si yo fuera una "señorita decente". El hecho de que esté
desnuda ante él mientras mi cuerpo conserva las huellas de las corridas de siete
adolescentes no parece menoscabar la opinión que le merezco.
El tío podría resultar encantador, pero hay algo que me pone
nerviosa. En efecto, me he metido en la ducha, he cogido el gel y el champú para
el pelo, intento retardar el momento de empezar a ducharme pero, por más que me
demore, Pelayo sigue allí, parado como una estatua. No dice nada, pero al fin
comprendo lo que quiere: mirar.
Quizá parezca absurdo después de lo que acabo de hacer, pero
ducharme delante de aquel hombre me pone nerviosa. Si quisiera acostarse conmigo
sería más fácil, ha pagado de sobra, y no es un hombre desagradable en absoluto.
Pero no me toca, se limita a mirarme, y eso me hace sentir una extraña desazón,
como si mi cuerpo no me perteneciera. Al fin, Pelayo carraspea y, como
avergonzado, me pregunta "perdone señorita... verá es que... me gustaría mucho,
si a usted no le molesta... es que mi mujer era muy severa y... desde luego no
tiene su belleza... ¿le importaría que la mirase mientras se ducha?" Jo,
probablemente el pobre diablo no está mucho más espabilado que su hijo. Bueno,
con lo que me ha pagado, creo que tiene derecho, al fin y al cabo lleva viéndome
desnuda más de dos horas. Así que procedo a ducharme frente a él, primero de
espaldas, dejando que su mirada recorra mi espalda y mis nalgas a la par que el
jabón resbala por mi cuerpo. Luego, lentamente, me giro y ofrezco una vista
frontal a aquel voyeur cincuentón. Tengo los ojos cerrados mientras me enjabono
el pelo, los pechos, el vientre...
Tras un buen rato, Pelayo empieza a hablar de nuevo, noto que
quiere proponerme algo, pero parece nuevamente remiso ¿será tanta educación y
tanta timidez una simple fachada? He terminado de ducharme, y mientras salgo de
la bañera cojo la toalla que mi anfitrión me ofrece y me envuelvo con ella,
sintiéndome un poquito más cómoda ante la eminente negociación.
"Verá señorita, yo... ejem... había pensado... quizá a usted
le interesase... en fin, yo estoy dispuesto a pagarle como se merece..." ¿Qué
narices estará pasando ahora por su calenturienta mente? Estos modositos son los
que piden luego las cosas más extrañas, empiezo a temer su talante refinado que
esconde un ser demasiado imaginativo y morboso. No me extrañaría que quisiera
montárselo conmigo delante de los chicos, aunque tiene pinta de ser de los que
sólo les gusta mirar. Estoy un poco mosca, pero como intuyo que mi cuenta
corriente puede crecer mucho esta noche, le sonrío para animarle a continuar.
"El caso es que, sabe usted, la mayoría de los chicos que hay
en la sala son vírgenes... y estamos celebrando el cumpleaños de mi hijo... el
caso es que... si usted no tiene inconveniente..." Uyuyuy. Esto son palabras
mayores. El tío pretende que se lo haga a... ¡SIETE! En una sola sesión. Me
pregunto a mí misma si soy capaz de hacer algo semejante ¿podría seguir diciendo
que no soy una puta después de eso? Siete chicos de un golpe, mientras el papá
mira. Me parece muy fuerte, esa no es mi manera habitual de proceder, selectiva
y calculada. Claro que, sabiendo de la generosidad de Pelayo con el dinero,
quizá debería oír su oferta antes de decidir.
Y no hace falte que yo pregunte, el hombre sigue hablando,
realmente es difícil pararle una vez que empieza "Yo había pensado... bueno...
si usted quisiera... estoy dispuesto a pagarle 30.000 € en efectivo... y le
garantizo que será usted tratada con todo respeto señorita..." Puff, ¡30.000 €
en una noche, cinco millones de pesetas! Tengo que reconocer que debo ser algo
puta, porque cuando oigo la cifra ya no me parece que cepillarse siete tíos de
un tirón sea algo tan descabellado. Pero habrá que definir bien mis
"obligaciones", porque yo cosas raras o violentas, ni hablar. Enseguida Pelayo
me tranquiliza "por supuesto señorita, yo asumo la responsabilidad... todo se
hará como usted decida... ¿quién mejor que usted para enseñar a los chicos?...
usted pone los límites... verá cuando se lo diga, van a estar locos de contentos
con su colaboración".
Lo curioso del caso es que, oyéndole hablar, casi me convence
de que soy una profesora, una especie de "asistente". El tío es tan educado,
parece haber tan poca malicia en su forma de hablar, que por un momento me
olvido de lo que realmente estoy haciendo: prostituirme, lisa y llanamente. Me
ha dejado un momento a solas en el baño, ha ido corriendo como un chiquillo a
darles a los muchachos las "buenas noticias". Bueno, la decisión está tomada,
soy un puta, pero un puta rica, mi caché es mejor que el de las famosas de la
tele. Espero que Pelayo vuelva a acordarse de mí en el futuro, pagando así, soy
suya cada vez que me requiera.
Cuando vuelvo al salón, el silencio se puede cortar. Los
chicos están mudos, ansiosos por empezar. Curiosamente, están todos totalmente
vestidos otra vez, lo que me hacer sentir un poco incómoda, hubiera sido mejor
estar todos en pelotas. Además, eso de ser la única chica para tantos hombres me
da un poco de miedo, nunca he hecho nada parecido, ¿podrá mi chuminito
satisfacer a todos esos adolescentes? La experiencia me dice que eyaculan
rápido, pero también que quizá no se conformen con un polvo por barba, a esa
edad, se recuperan en un santiamén y, por la pinta que tienen algunos, seguro
que no han catado hembra, al menos no una como yo. Y es que está mal que yo lo
diga, pero una chica en su madurez, 26 añitos, guapa, sofisticada, culta, es un
manjar exquisito con el que apenas pueden soñar estos jovenzuelos inexpertos.
Temo que va a ser difícil dejarles saciados.
Bueno, vamos a empezar, Samuel es el homenajeado, y a él le
corresponde el primer turno, va a "estrenar" mi conejito, al menos por lo que se
refiere a esta noche. Está sentado otra vez en su silla, mientras los demás nos
rodean. Respiro hondo, el corazón me palpita muy rápido, las piernas me flaquean
cuando me quito la toalla y vuelvo a aparecer en "ropa de faena". Le pido a
Samuel que se desnude de cintura para abajo, y el chico obedece con la mirada
fija en el suelo, colorado mientras sus amigos se ríen y se frotan las manos; me
miran con lascivia y asombro, no podían imaginar semejante regalo, soy la
maestra de educación sexual más adorable que nunca ha habido.
Me acerco a Samuel, me arrodillo y cojo su miembro con una
mano, acariciándolo con calma. Este chico es un caso, otra vez está lánguido y
flojo, veo que tendré que recurrir al plan B de nuevo ¿no será que este chico es
muy listo?, parece que le gusta mucho que se la chupen Y es que, al contacto con
mis labios, su pene gana fuerza rápidamente, curioso el crío, menos mal que sus
amigos no han requerido mi plan auxiliar, porque habría terminado con la boca
desencajada.
Cuando juzgo que el pene tiene la rigidez apropiada, detengo
la mamada, si Samuel vuelve a correrse en mi boca va a ser el cuento de nunca
acabar. Me levanto y me dispongo a acoplarme con el chaval, que permanece
sentado en la silla, desnudo de cintura para abajo, la minga tiesa como un poste
de la luz. Todos nos miran con los ojos como platos mientras me coloco encima de
él, cojo su miembro con una mano y apunto hacia mi propio sexo. Con la otra
mano, abro los labios de mi vagina y me sitúo en posición. Poco a poco, voy
bajando sobre aquella verga virgen y potente. Tengo que hacerlo despacio, porque
entre el stress de la situación y que el chico no me gusta mucho, mi vagina no
está demasiado húmeda, y no quiero hacerme daño, me queda demasiado trabajo por
delante.
Despacio pero sin pausa, voy sentándome encima de Samuel,
cuya cara es un poema. Ahora estoy segura, el chico es virgen, por primera vez
su pene se adentra en el adorable sexo de una chica y, a juzgar por su
expresión, le gusta, y mucho. Alguien a suspirado en la sala al ver que la verga
de Samuel se enterraba en mi sexo, no sé quién ha sido, pero a juzgar por las
caras babeantes de los chicos, podría ser cualquiera.
El pene del muchacho ha entrado por completo en mi cueva del
tesoro, estoy subida sobre él, controlando el movimiento. El chico tiene los
ojos cerrados, parece que no puede ni moverse, soy yo la que empieza a
balancearse despacio, arriba, abajo... Noto que, si voy demasiado aprisa, el
chaval se va a correr en un suspiro. Es el hijo de mi mecenas, quiero tenerle
contento así que, de repente, me quedo parada encima de él, con su pene dentro
de mi vagina. La noto palpitar, caliente, enorme, si me muevo un ápice se corre
seguro. Entonces decido hablarle, al fin y al cabo soy su profesora, quiero que
el chico disfrute un poco más antes de irse entre mis piernas "¿qué tal, es como
te esperabas?" Sorprendido, Samuel abre los ojos y me mira, apenas puede
contestar "es... es..." Sobran las palabras, sé que le estoy haciendo feliz.
Decido empezar a moverme otra vez, porque temo que se corra incluso si me quedo
quieta, y quiero que, al menos el hijo de Pelayo, quede encandilado conmigo.
Mientras cabalgo sobre su hijo, Pelayo me mira serio y
respetuoso, pero adivino que está tan excitado o más que el resto de los chicos.
Por mi parte, no experimento ningún placer, estoy ejerciendo de profesora, de
educadora de aquel chiquillo inexperto, pero al menos mi vagina está ahora más
lubricada y no me resulta molesto deslizar aquella verga en su interior.
Cada vez más dura e inquieta, la polla de Samuel se arquea
dentro de mí, noto que llega el momento, el chico se tensa, su boca suelta un
gemido, el pene cobra vida propia en mi interior, y al fin noto el chorro de
semen caliente que se expande dentro de mí. Sigo moviéndome unos segundos hasta
que el muchacho termina por completo de eyacular, poco a poco noto que su pene
pierde dureza, finalmente me detengo: Samuel está inane, el primero de mis
chicos ha quedado satisfecho.
El silencio es mayor ahora si cabe. Me levanto y dejo a
Samuel es la silla, parece medio muerto. Tengo que cubrir mi sexo con una mano,
porque está chorreando semen, debería ir a lavarme de nuevo. Pelayo se hace
cargo y me permiten ir al lavabo, que no es cuestión de que el chaval que siga
se encuentre los restos del anterior.
Cuando vuelvo, me encuentro al chico de la minga curvada, el
que parece un putero, esperándome sonriente. Él y el gordito son los más
atrevidos, probablemente ellos no son vírgenes. Con su picha en forma de gancho,
está ya totalmente desnudo, esperando su turno. Los otros le jalean, la
excitación sube por momentos, se mueren por ser objeto de mis atenciones.
Con este no hace falta plan B ni porras. La tiene dura como
una piedra, es cuestión de subirme encima y empezar. Pero algo raro sucede. Es
una picha muy extraña, ya lo he dicho. Coge curva hacia abajo, y muy
pronunciada, por un momento incluso he temido que me hiciera daño, pero luego he
visto que mis temores eran infundados. El caso es que, según entraba, he notado
que, debido a su curva, aquel pene presiona dentro de mi vagina en sitios
diferentes a los acostumbrados, y la sensación no es desagradable. Ni mucho
menos quiere esto decir que esté excitada, realmente estoy trabajando, y lo
único que quiero es hacerlo bien, dejar contento al patrón. Pero sí es cierto
que aquel chaval feo tiene una herramienta muy extraña, tengo que hacer
esfuerzos para recordar dónde estoy y lo que estoy haciendo, no es cuestión de
ponerme a gemir como una loca aquí en medio (soy muy ruidosa, pero eso hay que
pagarlo aparte). El chico se mueve feliz debajo de mí, parece furioso por
terminar rápido, a esta edad no saben disfrutar del sexo y confunden velocidad
con placer. En fin, peor para él, disfrutará menos tiempo de mi cálido sexo. Y
es que, en apenas cinco minutos, se ha corrido con furia, los ojos en blanco y
sus manos arañándome las nalgas. No sé el motivo, pero me alegro especialmente
de hacer cumplido con éste, ese pene curvado me ponía un poquito nerviosa, quizá
se movía demasiado cerca de mi clítoris con los vaivenes.
Bueno, pues van dos, sólo me quedan cinco, voy a lavarme
rápidamente y vuelvo. Me quedan el guaperas sosito, ése al que dan ganas de
hacérselo gratis; "el pulga", el pequeñajo con la minga increíblemente grande;
otros dos que apenas distingo, me resultan muy impersonales; y finalmente el
gordito, que con su cara sonriente parece relamerse cada vez que me mira. Creo
que han sorteado turno, y que, por este orden, los dos chicos insulsos, el
guaperas, el pulga y el gordito me están esperando. Probablemente el gordo se ha
ofrecido voluntario para ser el último. Parece de biorritmos lentos, y su mirada
indica que ya empieza a conocer el placer de esperar, de tomar las cosas con
calma.
A mí me da igual, me voy a pasar a todos por la piedra y, de
momento, mi conejito no se resiente, sin estar excitada, sí está lo
suficientemente lubricado como para hacer fácil el trabajo, al fin y al cabo,
son chavales jóvenes, no es tan desagradable, y los 30.000 € bien merecen que
les trate con un poco de pasión, no como ésas que se cortan las uñas mientras se
follan a un tío.
El siguiente está ya entre mis piernas, y mientras me
balanceo sobre él hago un cálculo de los orgasmos que voy a proporcionar esa
noche. Siete pajas primero, siete polvos después, y eso contando con que Pelayo
no se apunte al final. Madre mía, voy a batir mi record de largo, catorce
corridas de tíos en unas pocas horas, soy una campeona.
La verdad es que a este casi ni le he sentido irse. Ha sido
visto y no visto. Pobres chicos, están más necesitados de lo que creía. Un poco
de vaivén con un conejito cálido y acogedor y se diluyen como azucarillos. Esto
va a ser pan comido.
Porque el siguiente es más de lo mismo. Sin darme cuenta, en
apenas 45 minutos, me he cepillado a cuatro chavales, y los cuatro han salido
con una cara de felicidad inmensa. Pelayo no pierde detalle. El guarrillo mira
con los ojos como platos, sólo le falta aplaudir cada vez que me levanto, el
sexo chorreando semen, y dejo un muchacho derrumbado y feliz sobre la silla.
Me quedan sólo tres, el guaperas, el picha grande canijo y el
gordito.
No quiero confiarme, pero creo que esto está controlado.
Mientras me subo encima del guaperas, empiezo a pensar en lo que podría hacer
con tanto dinero. Pagar deudas, un cursillo entero de ballet, cambiar el
coche... ¡ojalá a Pelayo se le ocurran nuevas aventuras!
Pero de repente, sin darme cuenta, algo ha cambiado. No sé si
es por haberme relajado, por el vaivén continuo o qué, pero noto que mi sexo
está cada vez más húmedo. La verdad es que el chico de ahora es sosito y joven,
pero guapo, muy guapo. Mientras cabalgo sobre él, veo su hermoso rostro y siento
ganas de besarle. Me contengo, quiero que Pelayo me vea como una profesional en
la que se puede confiar, así que me concentro en mi trabajo. Arriba, abajo,
arriba, abajo. El problema es que ya no controlo tanto el movimiento. A veces me
paro porque temo empezar a jadear en cualquier momento. El chico me mira
sorprendido porque no entiende lo que me pasa. Hasta ahora, yo era una especie
de muñeca articulada deliciosamente real. Me subía sobre ellos, les permitía
penetrarme, empezaba a moverme hasta exprimir sus penes duros y jóvenes y me
bajaba como si tal cosa.
Pero ahora es diferente. Estoy empezando a notarme muy
excitada y, por alguna extraña razón, eso me da vergüenza. Ni yo misma me lo
explico, después del show que estoy montando, ¿qué importancia puede tener si me
corro o no? ¿a quién hace daño que yo goce con mi trabajo? Pero de algún modo,
es involucrarme demasiado, perder el control de la situación. Si consigo llegar
al orgasmo con aquellos jovenzuelos, ¿dónde estará el límite? ¿habrá algo que me
pida Pelayo y yo no haga, sabiendo que además lo pagará generosamente? Creo que
lo que pasa es que empiezo a tener miedo de mí misma.
Lo malo es que ahora estoy siendo poco profesional. Queriendo
evitar mi propio orgasmo, estoy entorpeciendo el del guaperas. Dos o tres veces
el chico estaba a punto, pero yo me detenido y el pobre me ha mirado con
sorpresa. Tampoco es que el chaval lo esté pasando mal, ni mucho menos. Noto que
su pene palpita contra las rosadas paredes de mi vagina amenazando explotar, lo
cierto es que incluso debía agradecer que prolongue su placer. Pero es hora de
pasar al siguiente, aún me quedan otros dos, y empiezo a notar sudores
sospechosos.
Al fin, el guaperas se corre con un gemido salvaje, los
parones le han ido llevando a cotas cada vez mayores de placer, y cuando termina
lo hace de un modo bestial, su cara está congestionada, parece incapaz de mover
un músculo. ¿Y yo? Yo lo he pasado realmente "mal". He tenido que recurrir a
toda mi fuerza de concentración para no dejarme llevar con él. Cuando su pene ha
sufrido los espasmos del orgasmo, las paredes de mi vagina se han contraído
involuntariamente, he tenido que luchar para no abandonarme al placer. Con los
ojos cerrados y mordiéndome el labio con fuerza, he conseguido mantenerme seria
mientras el semen me inundaba. El problema es que, cuando he abierto los ojos,
he visto que Pelayo me miraba fijamente. Eso no me ha tranquilizado.
Pero sólo quedan dos, el de la minga grande y el gordito.
Esta vez he tardado un poco más en lavarme, he dicho a Pelayo que necesitaba un
descanso, y él lo ha entendido "por supuesto señorita, faltaba más, usted marca
las reglas, usted..." Le he dejado con la palabra en la boca y me he encerrado
en el baño. En realidad, estoy haciendo tiempo para que me baje la calentura,
quiero ser eficiente y profesional, de verdad que hago todo lo posible para que
los chicos disfruten conmigo, que Pelayo quede contento y me vuelva a llamar
pero, no sé si por pudor o miedo a mí misma, no quiero excitarme demasiado con
este trabajo.
Todo controlado, pienso, y vuelvo a la sala. Jo, la minga del
pequeñajo es realmente increíble, abulta más que él. Parece un trozo de carne
autónomo, que no tuviera nada que ver con el dueño y, además, ¿está siempre
empalmado? Porque cuando he llegado ya estaba tiesa y firme, esperándome.
Procedo a situarme y, poco a poco, me meto aquella picha
gigante hasta el fondo. La diferencia es que, al principio, con los primeros
chicos, iba poco a poco porque no estaba demasiado húmeda. Ahora, a pesar de
haber hecho tiempo en el baño, sí lo estoy. Ahora voy poco a poco porque aquel
mozalbete de apenas diecisiete años gasta una herramienta que parece que me abre
en canal. Es increíble, le ves la cara de crío, el pecho enjuto, las costillas
marcadas una a una, y te parece imposible que lo que te está penetrando hasta
llegarte a la garganta sea el pene de ese chavalín.
Pero es suyo, sin duda, me ha llenado por completo y, a mi
pesar, cada vez que me muevo no puedo evitar estremecerme. Es como tener un
consolador gigante dentro de ti, empezar a moverte alrededor de él y pretender
no excitarte. Afortunadamente, los chicos ahora no están callados, jalean al
"pulga", le dicen que me dé duro, "enséñale lo que vales". Y a fe que me está
enseñando. La profesora está sorprendida por la aplicación del alumno, y en dos
o tres ocasiones se me han escapado gemidos que espero que hayan pasado
desapercibidos.
Tener esa minga dentro y no disfrutarla es un pecado, pero yo
sigo terca, he decidido no correrme esta noche bajo ningún concepto y estoy
dispuesta a lograrlo. Así que, mientras resbalo sobre aquel pene inmenso que me
taladra sin remedio, intento pensar en cosas absurdas, la declaración de renta,
la visita al dentista... a medias consigo mi objetivo, parece que estoy más
tranquila pero, cuando el chico eyacula por fin, un pequeño orgasmo me
sobreviene por sorpresa.
Arqueo la espalda, exhalo un gemido, mi clítoris se
estremece, reprimo el deseo de tocarme el sexo... el chico se ha aliviado a
conciencia, me ha puesto perdida, tiene un cañón de alto calibre por pene. A
pesar de mi autocontrol, yo misma he sentido placer, aunque creo que he
mantenido la compostura. Espero que todos estuvieran atentos al pulga y mi
propio orgasmo haya pasado desapercibido.
Mientras me lavo, pienso que parece increíble que una mujer
de bandera como yo haya podido estar tan excitada con un chiquillo enjuto y
subdesarrollado como el "pulga", si bien su aparato no tenía nada de
subdesarrollado.
Venga, vamos a por el gordito y hemos terminado. Ya me está
esperando, desnudo de cintura para abajo. Primera contrariedad, el gordito es de
carga lenta, y su pene no está ni mucho menos dispuesto para la penetración.
Querría terminar cuanto antes, pero no me queda más remedio que empezar a
masajeársela con la mano. Me parece que éste tiene espolones, porque con una
sonrisa que de tímida no tiene nada, me pide "¿por favor, podrías hacer como con
Samuel?"
Chupársela al gordi, en mi estado de nervios, no es lo más
apropiado pero, ¿qué puedo hacer? Pelayo no quita ojo, y después de lo que ha
pagado, cualquiera dice nada. Así que me meto el pene del chaval en la boca y
empiezo a mamársela, despacio y con delicadeza. ¿Por qué les gusta tanto a los
tíos que se la chupen? Se le ha puesto como una roca en un segundo, ¡Joder con
los niños! Me va a desencajar la mandíbula.
Mientras estoy succionándole, pienso que, si le llevo lejos
con la boca, se correrá en un instante entre mis piernas, con lo que todo habrá
terminado, habré realizado mi trabajo con eficacia y solvencia, sin perder la
compostura. Así que me esmero en la felación, se la hago a conciencia, con
cariño. Pero el gordito es un hueso duro de roer, llevo ya un buen rato
chupándosela y sigue mirándome con la misma expresión del principio, sonriéndome
satisfecho pero lejos todavía de abandonarse al placer.
No me lo explico, con el tiempo que su minga lleva en mi
boca, tíos con muchos más años de experiencia se han corrido si remedio. Sin
embargo él ahí sigue, la picha dura y tiesa pero ni asomo de que vaya a correrse.
A mí ya me duele la mandíbula, no sé si seguir chupándosela o subirme sobre él.
Alzo los ojos y le miro, el me vuelve a sonreír, y como si tal cosa me dice "lo
haces de cine, de verdad". Vuelve la cara a sus amigos y se descojonan todos,
mientras yo sigo allí, chupa que te chupa.
Puff, intento ahora que la minga entre más hondo, a ver si
así... me está tocando ya la campanilla, me dan arcadas. La mantengo un rato
allí. Subo la mirada como puedo, y el desaliento vuelve a alcanzarme: este tío
aguanta como un profesional, ¿será actor porno cuando sale del colegio? Y el
caso es que la tiene como una piedra, no es que pierda consistencia ni nada por
el estilo, sencillamente el tío aguanta como un campeón. Los amigos ya empiezan
a hacer bromas "Joder con el Luismi, le vas a desencajar la boca".
Estoy harta ya de chupársela, y él con su cara tan feliz.
Finalmente, decido que esto hay que terminarlo. Me la saco de la boca, y le meto
el pene en el conejito más sexy, húmedo y cálido del mundo, a ver si el tío
también es capaz de resistirse a esto. Despacio, empiezo a moverme en círculos
sobre la polla del gordito. Pone cara de felicidad, mira sonriente a todas
partes, pero mantiene el control ¡será cabronazo este gordo!
Cada vez con mayor violencia, cabalgo sobre él cual amazona
perseguida por la muerte. Subo y bajo, su pene entra y sale con furia mientras
él permanece absolutamente quieto, siempre con expresión de felicidad y reposo
en su rostro. Lo malo es que tanto movimiento hace que mi propio sexo empiece de
nuevo a perder la compostura. Esto ya es una tortura, no la tiene tan grande
como el "pulga" pero es como el conejito Duracell, dura y dura y dura.
Además, con toda la calma del mundo, me ha cogido los pechos
con las manos y ha empezado a masajearlos. Es el primero que ha hecho eso, a los
demás, por timidez o inexperiencia no se les ha ocurrido hacerlo, pese a tener
dos hermosísimos senos al alcance de la mano. Ya he dicho que estoy orgullosa de
mis tetas, y es que además son mi debilidad, me encanta que me las toquen.
Ahora, excitada como estoy y con su pene vibrando en mi
interior, el sentir las gordezuelas manos de Luismi acariciar mi pecho,
pellizcar mis pezones, jugar con ellos, hace que empiece a retorcerme si
remedio. Ya no me muevo para que él se corra, ahora necesito liberar mi propia
tensión. Tensión que crece cuando, sin previo aviso, las manos del gordito ciñen
mis redondas nalgas y su boca empieza a chupar mis senos. Su lengua recorre mis
pezones, sus labios aspiran primero mi pecho izquierdo, más tarde el derecho.
Para mi desgracia, el silencio llena ahora la sala. Los
chicos no pierden detalle de cómo su amigo Luismi me folla como dios manda.
Porque, mientras yo había sido la que marcaba el orden hasta ese momento y ellos
peleles que se dejaban hacer, ahora es el chico el que me está transportando al
cielo. Yo apenas me muevo, mientras sus manos pellizcan mi culo, su boca besa
mis pechos y su pene me taladra con pasión y sabiduría.
Este de virgen tiene lo que yo de monja, y ahora es inútil
intentar resistirse. Inútil y absurdo, porque mis jadeos y respingos hacen
evidente hasta para el más inexperto lo que tanto había intentado ocultar: estoy
disfrutando de mi propio orgasmo mientras termino con el trabajo.
Así, tras una cabalgada interminable, aquel insólito chico al
fin se corre dentro de mí, y su corrida es semejante a la que tuvo cuando se la
meneé al principio de la noche: dulce, suave y tranquila. Pero no por ello menos
placentera para mí, me estremezco toda cuando recibo su leche caliente, me
aprieto contra él, obligándole a chupar mis senos con más fuerza; salto, brinco
y grito, sí, grito, y un prolongado ooooooh de satisfacción me acompaña mientras
me derrumbo sobre el último de los siete chicos.
He terminado mi trabajo, me levanto con dificultad, ahora me
siento cansada. Los chicos me miran como a una diosa que puede transportarles al
cielo, Pelayo tiene la boca abierta. De repente, mientras busco la toalla con la
mirada, alguien ha empezado a aplaudir. Pronto, los ocho hombres están batiendo
palmas dirigidas a mí, mientras yo permanezco quieta en medio del círculo con
que me rodean, desnuda y chorreando semen.
Curiosamente, me siento bien ahora, a gusto entre "mis
niños". Me siento casi como una madre que tuviera que enseñar a sus pequeños a
disfrutar de la vida. Casi lamento que todo haya terminado, ahora que empezaba a
ponerse interesante. Pero, como siempre, Pelayo tiene algo que decir.
Entre varios chicos, han acercado un sillón y me han hecho
sentarme allí, todavía en pelotas. Protesto, voy a dejar la preciosa tapicería
pringosa, pero ellos no hacen caso y, una vez que estoy cómodamente instalada,
empezamos una amigable charla.
Como siempre, Pelayo lleva la voz cantante "ha sido
maravilloso... es usted la mejor señorita (sigue tratándome como si fuera una
actriz, no una puta)... quizá, si usted quisiera..."
AHÍ. Ahí está, lo que estaba esperando. Esto no ha terminado
todavía, sabía yo que Pelayo no podía jugar un papel tan secundario hasta el
final. Pero algo dentro de mí me empuja a escucharle, y desde luego no soy una
puta, porque ahora no pienso ni por un momento en el dinero. Sólo quiero
divertirme, y por eso presto atención a la perorata de mi anfitrión "tal vez...
a lo mejor... hasta ahora, usted ha hecho maravillas con los chicos, pero...
discúlpeme si la ofendo... todo ha sido muy convencional, de uno en uno...
podría... podría hacer algo con ellos todos juntos, o al menos, varios a la vez?
Tengo que pensarlo, es algo muy nuevo para mí ¿me apetece
tener sexo con ocho hombres a la vez? Desde luego, si lo hago no sería por
dinero, me considero ya excelentemente pagada.