"Pase pase, señorita, le estábamos esperando". Este hombre me
mata. Es tan educado y cortés conmigo, que me hace sentir como una reina: parece
que soy la doctora, la profesora de su hijo o algo similar, y no la stripper que
viene a mostrar su cuerpo a unos adolescentes con las hormonas disparadas.
Mientras sigue con su charla infinita, Pelayo me conduce a
una pequeña habitación donde puedo cambiarme. Yo estoy un poco mosca, lo de los
6.000 € es demasiado bonito para creerlo pero, como adivinando mi pensamiento,
el elegante hombrecillo (me ha recibido con un batín como los de las películas y
fumando en pipa) me entrega el dinero en un sobre cerrado incluso antes de
prestar mis servicios. Luego, me deja a solas en la habitación "tómese su tiempo
señorita, nosotros la esperamos lo que haga falta".
Con incredulidad, abro el sobre y cuento el dinero. Ahí
están, 6.000 € contantes y sonantes. Es alucinante mi suerte, parece mentira que
un millón de pesetas ocupe tan poco espacio. Rápidamente, lo guardo en el último
rincón de mi maletita y procedo a cambiarme de ropa. Estoy dispuesta a dar lo
mejor de mí misma, a un tío con semejante billetera hay que cuidarlo, quizá
vuelva a contratarme o le hable de mí a sus amigos.
Por eso, con especial cuidado he preparado esta función. Ayer
llamé a Paco, mi asistente personal, y me depiló todo el cuerpo sin omitir
ningún pequeño rincón. El único pelo que luzco es el de la cabeza, que me he
engominado y pegado al cráneo, lo que me da un look sumamente incitante. Mi
hermana me ha ayudado a maquillarme, con unos labios rojos y unas sombras
agresivas en los pómulos y los ojos. He cogido también un vestido nuevo, de
bailarina, para hacer un numerito diferente de los que ofrezco en el cabaret:
estoy realmente deseosa de impresionar a Pelayo.
Me quito por tanto la ropa de calle y procedo a ponerme la
"ropa de faena". He decidido vestirme como lo que en realidad soy, una bailarina
de ballet. Eso da mucho morbo a los tíos. Llevo calentadores rosas en los
tobillos, un tutú también rosa, braguitas blancas, sostén blanco, y un mínimo
tanquita rosa debajo de las braguitas. Cuando termino, me observo en el espejo y
pienso que estoy de muerte: en efecto, la combinación de mi mirada dura y el
pelo engominado con lo angelical de mi atuendo destila puro morbo, estoy segura
de que voy a tener éxito esta noche.
Pero antes de salir, llamo a Pelayo, tengo que pedir su ayuda
para la puesta en escena. Le pido que coloque en la pared una barra que he
traído para simular las barras de entrenamientos de las bailarinas
profesionales. Luego le digo que cuando entre en el salón me indique quién es su
hijo, quiero hacerle sentir especial el día de su 18 cumpleaños. Cuando todo
queda claro, dejo que Pelayo me preceda y que coloque la barra sujeta a la pared
con los pequeños soportes que le he proporcionado. Veo que él también se ha
preocupado de crear "ambiente", porque ha dispuesto una pequeña cortina que
separa un improvisado escenario del resto de la sala, donde, a juzgar por el
ruido de murmullos nerviosos, un pequeño grupo de chavales espera ansioso mi
aparición. Lo cierto es que, a pesar de mi experiencia, no deja de ser un
momento algo duro para mí, no en vano, voy a despelotarme en una casa extraña
delante de un grupo de hombres que sólo tendrán en mente una cosa: follarme como
colofón a una noche embriagadora. Siempre pasa lo mismo en este tipo de fiestas,
alguno propone echar un polvo conmigo y todos se animan. Siempre, o casi
siempre, declino la propuesta y me voy pitando, pero en alguna ocasión se ponen
especialmente pesados y una o dos veces he llegado a asustarme un poco. Hoy, la
presencia de Pelayo y su distinguido porte parecen ser garantía de que todo irá
bien para mí. Por tanto, me acerco a la barra, me coloco en la posición típica
de las bailarinas, de puntillas junto a la barra, con un brazo colocado por
encima de la cabeza y la mirada fija en el infinito, y le pido a Pelayo que
encienda la música, se siente junto a los demás y abra la cortinilla.
Por fin, aparezco ante los muchachos. Ya ha empezado a sonar
la música pero, antes de empezar a moverme, miro de reojo para quién estoy
actuando. Es un grupo reducido, creo que son siete chavales de entre 17 y 20
años. Quizá parezca extraño lo que voy a decir, pero yo, que estoy acostumbrada
a desnudarme cada fin de semana ante 100 personas, experimento un instante de
pudor ahora. En el cabaret, el público está casi a oscuras, yo apenas les
distingo, y son tantos que la cosa parece más impersonal. Aquí, por contra, la
luz del salón es muy fuerte (menuda araña tiene el amigo Pelayo), y los rostros
de mis admiradores son perfectamente distinguibles. Sé que podré ver en ellos
cada mueca de deseo, cada tic nervioso... Además, he decidido hacer a Samuel un
numerito que no olvide fácilmente, algo que pueda abrirme puertas en el futuro.
Estoy dispuesta a darlo todo, pero noto un pequeño gusanillo recorriendo mis
tripas cuando empiezo a moverme.
Y es que, al son del "Lago de los cines" he empezado a danzar
sobre el escenario. Quiero que todo sea muy fino, muy elegante, para que Pelayo
quede satisfecho de mí. Por un momento, me parece que las caras de los chicos
expresan desconsuelo "¿a que el carca del padre de Samuel, en lugar de a una
stripper ha contratado a una bailarina profesional?" Me río para mis adentros al
adivinar el terrible pensamiento que cruza la mente de los muchachos.
Pero su abatimiento dura poco. Según voy dando vueltas sobre
mí misma, he ido agachándome hasta quedar semisentada en el suelo. Con un rápido
tirón, mis calentadores han salido disparados y, cuando me levanto de nuevo, mis
largas piernas están totalmente desnudas, pues he empezado descalza mi
actuación. Suerte que ni una pizca de celulitis afea mi cuerpo, porque con la
brillante luz bajo la que trabajo es imposible esconder nada.
Los chicos carraspean con nerviosismo, están deseosos de más,
pero van a tener que esperar. Yo estoy decidida a ejecutar mi baile hasta el
final, si estuvieran en el Teatro Real no verían una interpretación mejor que la
mía.
Tras unos giros y unos saltos, mi ligero vestido presenta una
estratégica desgarradura en un costado (6.000 € merecen destrozar un vestido
viejo). Con aire trágico y concentrado, doy un pequeño tirón y mi hermoso
sujetador de encaje blanco hace su aparición. Lo cierto es que mis púdicas
braguitas de bailarina son visibles desde el inicio, por lo que, aparte del
ligero tutú de gasa transparente que me adorna, estoy ya en ropa interior. De
soslayo veo las caras de los presentes. Pelayo está serio, como admirando una
obra de arte perfecta. Desde luego este hombre da dignidad con su presencia a
cualquier cosa. Los chicos están casi saltando en sus sillas, se mueven
inquietos, se dan codazos, me miran con lujuria y pasión en sus rostros
aniñados. Por primera vez, tras un giro, consigo fijarme en Samuel. Está sentado
en una silla un poco adelantada a las de los demás. Es un adolescente alto y muy
delgado, como su padre. Probablemente sea guapo dentro de unos años, pero ahora,
su barba incipiente y sus espinillas en pleno apogeo no le hacen precisamente
atractivo. Parece muy serio, es el que menos parlotea de sus amigos, quizá
sospecha que voy a prestarle atención especial y eso le asusta, desde luego no
tiene pinta de muy espabilado.
Y es que ha llegado la hora de pasar a la acción. Empiezo a
ver caras de impaciencia entre mi público, mucho bailecito, mucho ambientito
pero lo que ellos quieren es ver carne, mi carne. Apuesto a que muchos de ellos
van a ver por primera vez una mujer desnuda. Incluso Pelayo, por la pinta que
tiene, creo que no las ve muy a menudo. De hecho, aquí está, supuestamente para
velar porque la cosa no se desmadre, pero es obvio que el asunto no le disgusta,
más bien al contrario.
En fin, que entre giro y giro, me arranco lo que queda de
tutú y, en ropa interior, me acerco a Samuel y me siento en sus rodillas, al
tiempo que le paso los brazos por el cuello y, tras darle un pequeño mordisquito
en la oreja, le susurro "desabróchame el sujetador". Ahora corroboro mi primera
impresión, el chico no es nada espabilado. Sus manos son torpes, está muy
nervioso, suda copiosamente y parece encogido con una mujer semidesnuda subida a
horcajadas sobre él. Quizá la presencia de su padre le cohibe, el caso es que
tarda una eternidad en acertar con el cierre del sostén, y mira que he escogido
uno especialmente sencillo.
Cuando al fin noto que ha conseguido su objetivo, sentada
todavía sobre Samuel, retiro la espalda hacia atrás y retiro el sujetador con
cuidado, lanzándolo hacia atrás. Los ojos de Samuel se abren como platos. Tiene
dos redondos pechos a treinta centímetros de su cara, y los mira sin aliento,
como si no pudiera creerlo. El resto de los chicos está mudo y petrificado.
Ahora lo confirmo, son seis, aparte de Samuel y su padre, y en sus rostros
marcados por el acné adivino que darían cualquier cosa por ocupar el lugar del
homenajeado.
Vuelvo a acercar mi torso a Samuel, meto su cabeza entre mis
pechos. Él se deja hacer, pero no mueve un músculo. Me produce ternura su
inocencia, no trata de besarme los senos, no aspira mi olor, no se atreve a
hacer nada, simplemente sigue dócilmente mi juego. Está más colorado que un
tomate cuando me levanto y, dándole la espalda, empiezo a bailar ante él al
tiempo que deslizo mis braguitas hacia abajo, poco a poco. Cuando la rajita del
culete empieza a hacerse visible, las mandíbulas de los muchachos empiezan a
descolgarse. Como acostumbro, llevo un brevísimo tanga debajo de las bragas,
pero mis redondas nalgas están ahora al alcance de la vista de todos,
especialmente de la de Samuel, que en su privilegiada posición podría palmearme
el trasero si quisiese. Yo lo estoy esperando, es lo habitual en estos casos,
pero el chaval está como paralizado.
Para darle un respiro (parece al borde del infarto) me retiro
de él y me acerco bailando a su padre que, muy serio, con su perilla y su pipa,
parece que está en la ópera y no en un numerito de strip tease. Pero a mí no me
engaña, apuesto a que bajo sus pantalones el bulto es cada vez más consistente.
Repito sobre sus rodillas la operación que hice con el hijo, meto su cabeza
entre mis pechos, obligándole suavemente con mis manos sobre su nuca.
Vamos ya al final. Vuelvo a Samuel y, sentándome sobre él
pero esta vez dándole la espalda. Le tomo las manos y las coloco sobre mis
nalgas. Las tiene húmedas por el sudor y los nervios. Sus dedos me ciñen la
carne con respeto, como si temiera excederse. Volviéndome hacia él, le pido que
desate las cintitas que sujetan el breve tanguita. Los amigos no pueden ya
contener su excitación "!Vamos, quítaselo!" Con mano temblorosa, Samuel tira de
la cinta. El tanga está ya suelto, aunque aún cubre mi sexo. En cuanto me
levante, caerá al suelo y apareceré totalmente desnuda ante los ocho excitados
hombres. Es una situación que, por más veces que repita, me produce siempre una
mezcla de miedo y placer. Miedo a encontrarme expuesta e indefensa ante hombres
a los que estoy provocando. Placer de ser su fuente de inspiración, de saber
que, al menos en ese momento, todos ellos me consideran la mujer más atractiva
del planeta.
Por fin, me levanto. El tanga cae entre los pies de Samuel.
Bailando, me doy la vuelta y ofrezco a los chavales la visión completa de mi
sexo desnudo y depilado. No se esperaban este detalle, sus caras muestran
asombro y ardor a partes iguales. Samuel apenas traga saliva, mientras bailo
ante él veo que sus miradas se concentran en mi vagina, perfectamente visible
desde donde él está. Pero no es suficiente, quiero quedar bien con mi generoso
amigo y ya he dicho que estoy dispuesta a que Samuel tenga la experiencia de su
vida. Tras bailar a su alrededor totalmente desnuda por un tiempo mayor del que
es habitual en estos casos, me siento en el suelo ante él, sonriéndole con la
más lujuriosa de mis miradas. Entonces, lentamente, le obsequio con mi "firma
personal": abro mis piernas totalmente, en 180 grados, y le ofrezco la más
completa e íntima vista posible de mi encantador agujerito.
Ahora Samuel no respira. Realmente, todos están en silencio,
paralizados. Entonces, algo extraño sucede. Ha debido de estropeárseme el
aparato de música, sabía que andaba medio fastidiado, ahora con los 6.000 € ya
no tengo excusa, habrá que jubilarlo. El caso es que el silencio es total en la
sala y, no sé por qué, pero continúo quieta, frente a Samuel, totalmente desnuda
y abierta todo lo que me dan las piernas (que es mucho), mostrando mi sexo
depilado al muchacho como si fuese una lección de anatomía.
Al fin, Pelayo carraspea y yo vuelvo a la realidad. Me
levanto y, ante las miradas lascivas de todos, le deseo al muchacho "feliz
cumpleaños". Colorado como un tomate me responde con un hilo de voz "gra...
gracias". Es hora de retirarme, ya recogeré luego la ropa diseminada por el
salón. Mientras salgo hacia mi habitación, noto las miradas de todos sobre mí, y
me gusta. Pienso que es el fin de la noche, nunca habré ganado tanto dinero con
tan poco esfuerzo, pero me equivoco. Estoy todavía desnuda cuando oigo dos
toques en la puerta. "Adelante" digo mientras me cubro con mi albornoz. Ante mí
está Pelayo, casi tan colorado como su hijo y con su verborrea habitual: que si
ha sido estupendo, que soy una profesional maravillosa, que todo muy fino y
elegante, y que no quiere ofenderme, que nada más lejos de la su intención, pero
que quiere que su hijo se haga un hombre y ha pensado, en fin, que una señorita
tan guapa y elegante, que sabe lo que hace y además es tan sexy... Resumiendo,
que no quiere llamarme puta, pero quiere saber si yo estaría dispuesta a
desvirgar a su hijo.
Ya he dicho que a veces "prolongo" mi actuación un poco más
allá de lo habitual. Este caso podría interesarme, de hecho me interesa más
cuando Pelayo me ofrece otros 6.000 € por hacer el amor con Samuel. El chico no
es atractivo, es casi un niño para mí, pero tampoco es feo, y desde luego no es
horrible la idea de hacerle un favor a un jovenzuelo como él. Encima, el sueldo
es desorbitado, voy a salir en una noche con el sueldo de seis meses. Pienso un
rato, me hago la interesante, y le contesto a mi mecenas: por una vez, como una
favor especial... y no se vaya a pensar que yo esto lo hago con cualquiera...
que no vaya diciendo por ahí... Pero vamos, que sí, que me lo cepillo, que su
hijo no olvidará esa noche en siglos.
Pero ahora viene la mayor sorpresa de la noche. Cuando le
pido a Pelayo que le diga a Samuel que le espero en la habitación, mi elegante
anfitrión carraspea, tose, y con la mirada fija en el suelo, me hace una
proposición increíble, "es que... había pensado... sabe usted señorita... los
amigos se ríen de él porque saben que es virgen... y quiza... no sé... quizá a
usted no le importase hacer el trabajo en la sala, delante de todos".
Acabáramos, ya decía yo que este tío era un guarro, a pesar
de su pinta de mosquita muerta. El tío quiere mirar, quiere ver cómo me cepillo
a su hijo, y se ha buscado una excusa absurda. Me pregunto incluso si Samuel es
su hijo realmente, o todo es simplemente un montaje de un millonario excéntrico.
Por un momento me asusto pero, si hubieran querido hacerme algo ya me habían
podido dar un buen susto antes, y el precio es tentador, nunca lo he hecho con
público, va a ser como el numerito porno del cabaret donde trabajo, pero
decididamente el dinero me viene de rechupete. Así que le digo a Pelayo que sí,
que me esperen en la sala, que el show apenas ha comenzado, pero que primero
quiero ver el dinero. "Por supuesto señorita, y muchas gracias, es usted una
gran profesional".
Vuelvo por tanto a la sala, cubierta tan sólo con mi
albornoz. La luz es excesiva, la pareja de actores porno que trabaja en mi
cabaret actúa con una luz tenue que "disimula" un poco las cosas. Esto va a ser
como una operación en vivo, por un momento estoy tentada de renunciar, ya he
ganado mucho más de lo normal en una sola noche. Pero todos somos débiles si hay
dinero de por medio, al menos yo.
Ahora la silla de Samuel está en el centro de la sala,
mientras los demás se han puesto frente a él, como en un escenario, deseosos de
no perder detalle. El chico parece realmente nervioso y anhelante al tiempo,
quizá sí es realmente el hijo de Pelayo y todo es más inocente de lo que pienso.
Ahora no es él el único nervioso. Despacio, me acerco a él y me quito el
albornoz, otra vez estoy totalmente desnuda en una habitación con ocho hombres
mirándome. Cepillarme al muchacho en una habitación a solas habría sido
sencillo, rutinario, incluso tal vez yo misma habría disfrutado haciéndolo, pero
esto es diferente, me siento cohibida y un poco asustada. Pero sé que tengo un
cliente potencial para ocasiones futuras, más me vale quedar bien hoy, si este
tío me llama cada vez que tenga ganas de dar picante a su respetable vida, me
hago de oro sin demasiado esfuerzo. Por tanto, respiro hondo y me acerco a
Samuel, al fin y al cabo, voy a cepillarme a un chaval en su apogeo sexual, no a
un carcamal con arrugas hasta en las pestañas.
Pero en algo me he equivocado. Porque ya me he arrodillado
ante el muchacho, desnuda y nerviosa, ya he abierto la cremallera de su pantalón
y he sacado su miembro, ya lo estoy acariciando con mano experta... pero aquel
pene joven que pretendidamente estaba en su apogeo permanece lánguido y
aburrido. Miro a Samuel y encuentro explicación al enigma: no es que yo no le
guste, el chico está nervioso y asustado, la ideita de su padre no es lo más
apropiado para estos casos, esto va a ser más difícil de lo que había pensado.
Tras un rato masajeando la polla de Samuel sin resultados,
soy consciente de que es necesario pasar al plan B. Suspirando, porque no es
algo que me entusiasme con desconocidos, abro la boca e introduzco el flácido
pene en ella. Una risita nerviosa recorre la sala, el resto de chicos está
mirando todo con atención, creo que cada uno de ellos está sintiendo que es su
propio pene el que se adentra en mi boca húmeda y caliente. Y desde luego el
plan B está funcionando. Bajo el efecto de mis caricias, el aparato de Samuel
está ganando poco a poco en consistencia.
Primero he empezado por acariciar su glande con la lengua,
despacio, en círculos. Luego, han sido mis labios los que han besado el glande
con suavidad, casi con ternura. Poco a poco he ido introduciendo todo aquel pene
con lentitud. Mi boca sube y baja sobre la verga de Samuel con dedicación, cada
vez está más tiesa, es evidente que el chico está satisfecho con mi trabajo.
Noto que sus manos se crispan en la silla, su cuerpo se tensa. Pelayo nos mira
aparentemente serio, sin perder su dignidad, como si fuera el tío más formal del
mundo, pero desde luego ya no me engaña, es un voyeur de campeonato... un voyeur
que paga excelentemente.
Con este pensamiento en mi mente me aplico con mayor
generosidad al muchacho... por 6.000 €, bien se merece que le haga la primera
mamada de su vida, y que sea una mamada como dios manda. Durante un rato, mi
boca sube y baja por su miembro, tensándolo, hinchándolo hasta que casi puedo
notar el relieve de sus venas dentro de mí. Luego, intento clavarme literalmente
aquel estilete en mi garganta, y durante unos segundos permanezco quieta,
sintiendo palpitar en mi boca aquel pene joven y virgen.
Los muchachos se remueven inquietos, matarían por estar en el
lugar de su amigo. Subiendo los ojos, veo la cara congestionada de Samuel. Sus
ojos están entrecerrados, noto que está próximo al orgasmo. Giro la mirada y me
encuentro con la de Pelayo. Tengo que tomar una decisión. Los 6.000 € eran por
desvirgar al muchacho. Si dejo que su pene repose un poco más dentro de mi boca
va a eyacular, incluso ahora, sin moverme un ápice, noto que está a punto de
caramelo. Interrogo a Pelayo con la mirada y, aunque no estoy segura, creo que
el amante padre quiere que su hijo experimente lo que es correrse en la boca de
una hermosa joven. No es un mal despertar al sexo, supongo.
Entonces, vuelvo a deslizar mis labios sobre la polla de
Samuel, que empieza a retorcerse como si le faltara el aliento. Sus amigos casi
brincan en la silla, apenas pueden dar crédito a lo que está sucediendo ante sus
ojos. Mi cálida boca acoge la verga de su compañero y no se retira, aguanta
firme el empuje del miembro viril, que estalla dentro de mí con furia y
violencia. Es un verdadero río de semen lo que fluye dentro de mi boca,
inundando mi garganta y desbordando por la comisura de los labios. El niño iba
cargadito, pienso mientras trago parte de su leche y el resto mancha mi barbilla
y cuelga casi hasta mis pechos.
Al fin, separo la cara de la verga de Samuel. Todos están
absortos, como alelados. Miro a Pelayo, creo haberme hecho merecedora de los
6.000 €, desde luego su hijo tiene una sonrisa que parece corroborarlo. Muy
educado y serio, Pelayo me ofrece una servilletita para que me limpie los restos
del semen de su hijo. No sé muy bien qué hacer, allí estoy, desnuda delante de
todos, limpiándome con la servilletita. ¿Debo retirarme? ¿va a pedirme algo más
Pelayo?
Eso parece porque, educadamente, vuelve a empezar una de sus
interminables frases: ha sido increíble, su hijo no podía tener mejor maestra,
soy una verdadera profesional, está encantado conmigo... pero, técnicamente, su
hijo sigue siendo virgen. Tiene razón y, al precio que me ha pagado, asumo que
el extra está incluido. Le digo que no se preocupe, ya estoy lanzada, en cuanto
Samuel se recupere un poco, le desvirgo allí mismo delante de todos.
Estupendo, todo estupendo pero, me dice sonrojándose, quizá
no me importaría, ya de puestos, él me pagaría generosamente, quizá otros 6.000
€, nada del otro mundo, pero los chicos están muy excitados... y mientras
esperan... Vamos, que quizá yo podría hacerles unas pajillas hasta que llegue la
hora de follarme a Samuel.
Con esto sí que no contaba. Ya he dicho que ni mucho menos me
considero una puta. Una cosa es hacer un trabajito extra bien pagado de vez en
cuando. Lo de hoy ha sido una excepción, una mamada en toda regla en público.
Pero ahora me propone hacer seis pajas mientras el otro chaval se recupera. No
sé qué pensar, pero desde luego los chicos están sin respiración, esperando mi
resolución como si la vida les fuese en ello. Puff, otros 6.000 €, a este ritmo
me retiro hoy. Lo pienso durante un rato, bueno, qué narices, son unas mísera
pajas, serán las mejor pagadas de la historia, muchas veces lo he hecho gratis a
amigos en horas bajas que ni siquiera me gustaban.
En fin, que accedo, y según lo digo los chicos se pelean por
ser los primeros en recibir mis atenciones. Apenas he terminado de decir "de
acuerdo" cuando dos de ellos han adelantado sus sillas y se han puesto en
paralelo, con sus pantalones en los tobillos, esperando que yo empiece a
trabajar sus pollas.
Pues aquí estoy, de rodillas entre ellos, desnuda, con un
pene en mi mano izquierda y otro a la derecha. Son dos chavales de alrededor de
18 años, aunque parecen mayores que Samuel, sobre todo el de la derecha,
gordito, que me mira sin rubor con una sonrisa anchísima en su rostro. Sus
miembros están como estacas mientras yo subo arriba y abajo mis manos al
unísono.
Sus compañeros les jalean, parece que incluso apuestan por
saber cuál terminará antes entre mis sabias manos. Es una situación extraña, es
la primera vez que satisfago a dos hombres a la vez, y hay otros cuatro
esperando, el trabajo se me acumula. Pero no por mucho tiempo. El chico de mi
izquierda se ha corrido enseguida, estaba ya muy excitado nada más empezar. El
semen ha salido como el surtidor de una fuente y, al caer, me ha manchado el
pelo y la mejilla. El público ha lanzado vítores al ver el chorro a propulsión,
riéndose y saltando excitado. A mi derecha, el chaval gordito parece más
experto. Creo que está intentado retrasar el orgasmo, quiere disfrutar por más
tiempo de esa ¿inesperada? paja. Pero tampoco su explosión se hace esperar, la
visión de mis pechos desnudos es un poderoso afrodisíaco, y ha tenido un orgasmo
largo y tranquilo, el semen no ha salido disparado, pero ha llenado mi mano, que
está ahora pringosa y llena de su leche.
Algo que no parece importar a sus compañeros, porque ya tengo
otros dos muchachos sentados en la silla. A la izquierda, uno con una pinta de
crío increíble, pero con una polla sencillamente gigante. Los demás se ríen y
animan al portento "a por ella, vamos pulga, demuestra lo que vales". El chico
de la derecha es serio, muy guapo, casi apetece meneársela gratis, aunque su
picha tiene unas dimensiones muchos más convencionales.
Pues sigo con mi labor, arriba, abajo, arriba, abajo. Ambos
penes están duros, erguidos ante mí como serpientes prontas a escupir su carga
blanquecina. Samuel y Pelayo miran como hipnotizados, el hijo sabe lo que le
espera y lo saborea de antemano, el padre está disfrutando un espectáculo que
lleva añorando quizá toda su vida.
Sin previo aviso, sorprendiéndome, "pulga" empieza a soltar
su carga. Es increíble lo que tiene dentro ese chiquillo, me ha puesto perdida.
Mi pecho izquierdo, mi brazo, hasta mi ombligo tiene restos de semen,
afortunadamente el chorro ha salido para abajo. Pero el ver mi cuerpo lleno de
semen ha excitado sobremanera a los chicos, y ha dado ideas al muchacho de mi
derecha. En efecto, cuando siente que llega el momento, se pone en pie y, como
estoy arrodillada en el suelo, su pene queda a la altura de mi cara. Con
suavidad, me sujeta la cabeza mientras sigo manipulando su sexo, es la primera
vez que uno de ellos se atreve a tocarme. Me sorprende y me asusta un poco, pero
sigo con mi trabajo y, un momento después, el semen del chaval sale a
borbotones, yendo a chocar contra mi ojo derecho. Los demás jalean como si
hubiese metido un gol, mi cara está llena de leche viscosa y caliente, el
segundo turno de muchachos me ha dejado pringada como no lo había estado nunca
en la vida.
Pero no tengo respiro, los últimos dos chavales ya están,
minga en ristre, preparados para recibir su ración. El de la izquierda tiene un
pene muy raro, describe una curva hacia abajo como no había visto nunca antes,
tiene forma de gancho, los otros se ríen de él, pero no parece importarle, tiene
una pinta de putero fina. El otro es más modosito, no me llama especialmente la
atención.
Sigo con mi doble masturbación sin prisa pero sin pausa. Los
dos muchachos se retuercen entre mis manos con la mente en blanco, parece que
estoy terminando con mi trabajo, hago un cálculo sencillo, me voy a ir con
18.000 € por poco más de dos horas de trabajo, no está mal.
Cuando el chico de la picha ganchuda está a punto de
terminar, me pide entre gemidos "échatelo en las tetas, por favor". Mira que son
guarros, pienso, pero es tarde para andar con remilgos, quiero tener a Pelayo
contento. Mientras sigo meneándosela, acerco mi torso al pene del muchacho y,
cuando empieza a escupir, su leche se derrama sobre mis hermosos senos, jamás
semejante alfeñique habría soñado con correrse sobre unas tetas como las mías.
Lo malo es que ha dado ideas a su compañero, que se levanta al presentir el
orgasmo y se las apaña para vaciarse sobre mi pelo, exhalando un suspiro que
pone de manifiesto el placer que le recorre.
He terminado, he hecho la mamada a Samuel y seis pajas a sus
compañeros. Tengo restos de semen en el pelo, el ojo y la mejilla derechos, los
pechos, el estómago. Jo, para ser Pelayo un finolis y mi espectáculo una cosa de
buen gusto, la noche ha terminado saliéndose un poco de madre. Pero súbitamente
recuerdo que mi "actuación" aún no ha terminado. Samuel sigue siendo virgen.
Me quedo mirando al chico y a su padre, que apenas pueden
contener su excitación. Es evidente que el homenajeado está dispuesto para un
nuevo combate. "Disculpa –le digo- pero creo que voy a darme una ducha y
enseguida vuelvo contigo".
Mientras me retiro, la cara de Samuel refleja una impaciencia
infinita, no es extraño, está esperando que me duche, vuelva y me lo folle
delante de sus amigos.