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TODORELATOS » RELATOS » LA STRIPPER, EL ADOLESCENTE Y SU FIESTA (2)
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 TODORELATOS.COM Fecha: 22 de Noviembre, 2008.
Fecha: 21-Jul-08 « Anterior | Siguiente » en Orgías (1893 de 1939)

La stripper, el adolescente y su fiesta (2)

casimiro11
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Empieza la fiesta de cumpleaños de nuestro inexperto adolescente. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

"Pase pase, señorita, le estábamos esperando". Este hombre me mata. Es tan educado y cortés conmigo, que me hace sentir como una reina: parece que soy la doctora, la profesora de su hijo o algo similar, y no la stripper que viene a mostrar su cuerpo a unos adolescentes con las hormonas disparadas.

Mientras sigue con su charla infinita, Pelayo me conduce a una pequeña habitación donde puedo cambiarme. Yo estoy un poco mosca, lo de los 6.000 € es demasiado bonito para creerlo pero, como adivinando mi pensamiento, el elegante hombrecillo (me ha recibido con un batín como los de las películas y fumando en pipa) me entrega el dinero en un sobre cerrado incluso antes de prestar mis servicios. Luego, me deja a solas en la habitación "tómese su tiempo señorita, nosotros la esperamos lo que haga falta".

Con incredulidad, abro el sobre y cuento el dinero. Ahí están, 6.000 € contantes y sonantes. Es alucinante mi suerte, parece mentira que un millón de pesetas ocupe tan poco espacio. Rápidamente, lo guardo en el último rincón de mi maletita y procedo a cambiarme de ropa. Estoy dispuesta a dar lo mejor de mí misma, a un tío con semejante billetera hay que cuidarlo, quizá vuelva a contratarme o le hable de mí a sus amigos.

Por eso, con especial cuidado he preparado esta función. Ayer llamé a Paco, mi asistente personal, y me depiló todo el cuerpo sin omitir ningún pequeño rincón. El único pelo que luzco es el de la cabeza, que me he engominado y pegado al cráneo, lo que me da un look sumamente incitante. Mi hermana me ha ayudado a maquillarme, con unos labios rojos y unas sombras agresivas en los pómulos y los ojos. He cogido también un vestido nuevo, de bailarina, para hacer un numerito diferente de los que ofrezco en el cabaret: estoy realmente deseosa de impresionar a Pelayo.

Me quito por tanto la ropa de calle y procedo a ponerme la "ropa de faena". He decidido vestirme como lo que en realidad soy, una bailarina de ballet. Eso da mucho morbo a los tíos. Llevo calentadores rosas en los tobillos, un tutú también rosa, braguitas blancas, sostén blanco, y un mínimo tanquita rosa debajo de las braguitas. Cuando termino, me observo en el espejo y pienso que estoy de muerte: en efecto, la combinación de mi mirada dura y el pelo engominado con lo angelical de mi atuendo destila puro morbo, estoy segura de que voy a tener éxito esta noche.

Pero antes de salir, llamo a Pelayo, tengo que pedir su ayuda para la puesta en escena. Le pido que coloque en la pared una barra que he traído para simular las barras de entrenamientos de las bailarinas profesionales. Luego le digo que cuando entre en el salón me indique quién es su hijo, quiero hacerle sentir especial el día de su 18 cumpleaños. Cuando todo queda claro, dejo que Pelayo me preceda y que coloque la barra sujeta a la pared con los pequeños soportes que le he proporcionado. Veo que él también se ha preocupado de crear "ambiente", porque ha dispuesto una pequeña cortina que separa un improvisado escenario del resto de la sala, donde, a juzgar por el ruido de murmullos nerviosos, un pequeño grupo de chavales espera ansioso mi aparición. Lo cierto es que, a pesar de mi experiencia, no deja de ser un momento algo duro para mí, no en vano, voy a despelotarme en una casa extraña delante de un grupo de hombres que sólo tendrán en mente una cosa: follarme como colofón a una noche embriagadora. Siempre pasa lo mismo en este tipo de fiestas, alguno propone echar un polvo conmigo y todos se animan. Siempre, o casi siempre, declino la propuesta y me voy pitando, pero en alguna ocasión se ponen especialmente pesados y una o dos veces he llegado a asustarme un poco. Hoy, la presencia de Pelayo y su distinguido porte parecen ser garantía de que todo irá bien para mí. Por tanto, me acerco a la barra, me coloco en la posición típica de las bailarinas, de puntillas junto a la barra, con un brazo colocado por encima de la cabeza y la mirada fija en el infinito, y le pido a Pelayo que encienda la música, se siente junto a los demás y abra la cortinilla.

Por fin, aparezco ante los muchachos. Ya ha empezado a sonar la música pero, antes de empezar a moverme, miro de reojo para quién estoy actuando. Es un grupo reducido, creo que son siete chavales de entre 17 y 20 años. Quizá parezca extraño lo que voy a decir, pero yo, que estoy acostumbrada a desnudarme cada fin de semana ante 100 personas, experimento un instante de pudor ahora. En el cabaret, el público está casi a oscuras, yo apenas les distingo, y son tantos que la cosa parece más impersonal. Aquí, por contra, la luz del salón es muy fuerte (menuda araña tiene el amigo Pelayo), y los rostros de mis admiradores son perfectamente distinguibles. Sé que podré ver en ellos cada mueca de deseo, cada tic nervioso... Además, he decidido hacer a Samuel un numerito que no olvide fácilmente, algo que pueda abrirme puertas en el futuro. Estoy dispuesta a darlo todo, pero noto un pequeño gusanillo recorriendo mis tripas cuando empiezo a moverme.

Y es que, al son del "Lago de los cines" he empezado a danzar sobre el escenario. Quiero que todo sea muy fino, muy elegante, para que Pelayo quede satisfecho de mí. Por un momento, me parece que las caras de los chicos expresan desconsuelo "¿a que el carca del padre de Samuel, en lugar de a una stripper ha contratado a una bailarina profesional?" Me río para mis adentros al adivinar el terrible pensamiento que cruza la mente de los muchachos.

Pero su abatimiento dura poco. Según voy dando vueltas sobre mí misma, he ido agachándome hasta quedar semisentada en el suelo. Con un rápido tirón, mis calentadores han salido disparados y, cuando me levanto de nuevo, mis largas piernas están totalmente desnudas, pues he empezado descalza mi actuación. Suerte que ni una pizca de celulitis afea mi cuerpo, porque con la brillante luz bajo la que trabajo es imposible esconder nada.

Los chicos carraspean con nerviosismo, están deseosos de más, pero van a tener que esperar. Yo estoy decidida a ejecutar mi baile hasta el final, si estuvieran en el Teatro Real no verían una interpretación mejor que la mía.

Tras unos giros y unos saltos, mi ligero vestido presenta una estratégica desgarradura en un costado (6.000 € merecen destrozar un vestido viejo). Con aire trágico y concentrado, doy un pequeño tirón y mi hermoso sujetador de encaje blanco hace su aparición. Lo cierto es que mis púdicas braguitas de bailarina son visibles desde el inicio, por lo que, aparte del ligero tutú de gasa transparente que me adorna, estoy ya en ropa interior. De soslayo veo las caras de los presentes. Pelayo está serio, como admirando una obra de arte perfecta. Desde luego este hombre da dignidad con su presencia a cualquier cosa. Los chicos están casi saltando en sus sillas, se mueven inquietos, se dan codazos, me miran con lujuria y pasión en sus rostros aniñados. Por primera vez, tras un giro, consigo fijarme en Samuel. Está sentado en una silla un poco adelantada a las de los demás. Es un adolescente alto y muy delgado, como su padre. Probablemente sea guapo dentro de unos años, pero ahora, su barba incipiente y sus espinillas en pleno apogeo no le hacen precisamente atractivo. Parece muy serio, es el que menos parlotea de sus amigos, quizá sospecha que voy a prestarle atención especial y eso le asusta, desde luego no tiene pinta de muy espabilado.

Y es que ha llegado la hora de pasar a la acción. Empiezo a ver caras de impaciencia entre mi público, mucho bailecito, mucho ambientito pero lo que ellos quieren es ver carne, mi carne. Apuesto a que muchos de ellos van a ver por primera vez una mujer desnuda. Incluso Pelayo, por la pinta que tiene, creo que no las ve muy a menudo. De hecho, aquí está, supuestamente para velar porque la cosa no se desmadre, pero es obvio que el asunto no le disgusta, más bien al contrario.

En fin, que entre giro y giro, me arranco lo que queda de tutú y, en ropa interior, me acerco a Samuel y me siento en sus rodillas, al tiempo que le paso los brazos por el cuello y, tras darle un pequeño mordisquito en la oreja, le susurro "desabróchame el sujetador". Ahora corroboro mi primera impresión, el chico no es nada espabilado. Sus manos son torpes, está muy nervioso, suda copiosamente y parece encogido con una mujer semidesnuda subida a horcajadas sobre él. Quizá la presencia de su padre le cohibe, el caso es que tarda una eternidad en acertar con el cierre del sostén, y mira que he escogido uno especialmente sencillo.

Cuando al fin noto que ha conseguido su objetivo, sentada todavía sobre Samuel, retiro la espalda hacia atrás y retiro el sujetador con cuidado, lanzándolo hacia atrás. Los ojos de Samuel se abren como platos. Tiene dos redondos pechos a treinta centímetros de su cara, y los mira sin aliento, como si no pudiera creerlo. El resto de los chicos está mudo y petrificado. Ahora lo confirmo, son seis, aparte de Samuel y su padre, y en sus rostros marcados por el acné adivino que darían cualquier cosa por ocupar el lugar del homenajeado.

Vuelvo a acercar mi torso a Samuel, meto su cabeza entre mis pechos. Él se deja hacer, pero no mueve un músculo. Me produce ternura su inocencia, no trata de besarme los senos, no aspira mi olor, no se atreve a hacer nada, simplemente sigue dócilmente mi juego. Está más colorado que un tomate cuando me levanto y, dándole la espalda, empiezo a bailar ante él al tiempo que deslizo mis braguitas hacia abajo, poco a poco. Cuando la rajita del culete empieza a hacerse visible, las mandíbulas de los muchachos empiezan a descolgarse. Como acostumbro, llevo un brevísimo tanga debajo de las bragas, pero mis redondas nalgas están ahora al alcance de la vista de todos, especialmente de la de Samuel, que en su privilegiada posición podría palmearme el trasero si quisiese. Yo lo estoy esperando, es lo habitual en estos casos, pero el chaval está como paralizado.

Para darle un respiro (parece al borde del infarto) me retiro de él y me acerco bailando a su padre que, muy serio, con su perilla y su pipa, parece que está en la ópera y no en un numerito de strip tease. Pero a mí no me engaña, apuesto a que bajo sus pantalones el bulto es cada vez más consistente. Repito sobre sus rodillas la operación que hice con el hijo, meto su cabeza entre mis pechos, obligándole suavemente con mis manos sobre su nuca.

Vamos ya al final. Vuelvo a Samuel y, sentándome sobre él pero esta vez dándole la espalda. Le tomo las manos y las coloco sobre mis nalgas. Las tiene húmedas por el sudor y los nervios. Sus dedos me ciñen la carne con respeto, como si temiera excederse. Volviéndome hacia él, le pido que desate las cintitas que sujetan el breve tanguita. Los amigos no pueden ya contener su excitación "!Vamos, quítaselo!" Con mano temblorosa, Samuel tira de la cinta. El tanga está ya suelto, aunque aún cubre mi sexo. En cuanto me levante, caerá al suelo y apareceré totalmente desnuda ante los ocho excitados hombres. Es una situación que, por más veces que repita, me produce siempre una mezcla de miedo y placer. Miedo a encontrarme expuesta e indefensa ante hombres a los que estoy provocando. Placer de ser su fuente de inspiración, de saber que, al menos en ese momento, todos ellos me consideran la mujer más atractiva del planeta.

Por fin, me levanto. El tanga cae entre los pies de Samuel. Bailando, me doy la vuelta y ofrezco a los chavales la visión completa de mi sexo desnudo y depilado. No se esperaban este detalle, sus caras muestran asombro y ardor a partes iguales. Samuel apenas traga saliva, mientras bailo ante él veo que sus miradas se concentran en mi vagina, perfectamente visible desde donde él está. Pero no es suficiente, quiero quedar bien con mi generoso amigo y ya he dicho que estoy dispuesta a que Samuel tenga la experiencia de su vida. Tras bailar a su alrededor totalmente desnuda por un tiempo mayor del que es habitual en estos casos, me siento en el suelo ante él, sonriéndole con la más lujuriosa de mis miradas. Entonces, lentamente, le obsequio con mi "firma personal": abro mis piernas totalmente, en 180 grados, y le ofrezco la más completa e íntima vista posible de mi encantador agujerito.

Ahora Samuel no respira. Realmente, todos están en silencio, paralizados. Entonces, algo extraño sucede. Ha debido de estropeárseme el aparato de música, sabía que andaba medio fastidiado, ahora con los 6.000 € ya no tengo excusa, habrá que jubilarlo. El caso es que el silencio es total en la sala y, no sé por qué, pero continúo quieta, frente a Samuel, totalmente desnuda y abierta todo lo que me dan las piernas (que es mucho), mostrando mi sexo depilado al muchacho como si fuese una lección de anatomía.

Al fin, Pelayo carraspea y yo vuelvo a la realidad. Me levanto y, ante las miradas lascivas de todos, le deseo al muchacho "feliz cumpleaños". Colorado como un tomate me responde con un hilo de voz "gra... gracias". Es hora de retirarme, ya recogeré luego la ropa diseminada por el salón. Mientras salgo hacia mi habitación, noto las miradas de todos sobre mí, y me gusta. Pienso que es el fin de la noche, nunca habré ganado tanto dinero con tan poco esfuerzo, pero me equivoco. Estoy todavía desnuda cuando oigo dos toques en la puerta. "Adelante" digo mientras me cubro con mi albornoz. Ante mí está Pelayo, casi tan colorado como su hijo y con su verborrea habitual: que si ha sido estupendo, que soy una profesional maravillosa, que todo muy fino y elegante, y que no quiere ofenderme, que nada más lejos de la su intención, pero que quiere que su hijo se haga un hombre y ha pensado, en fin, que una señorita tan guapa y elegante, que sabe lo que hace y además es tan sexy... Resumiendo, que no quiere llamarme puta, pero quiere saber si yo estaría dispuesta a desvirgar a su hijo.

Ya he dicho que a veces "prolongo" mi actuación un poco más allá de lo habitual. Este caso podría interesarme, de hecho me interesa más cuando Pelayo me ofrece otros 6.000 € por hacer el amor con Samuel. El chico no es atractivo, es casi un niño para mí, pero tampoco es feo, y desde luego no es horrible la idea de hacerle un favor a un jovenzuelo como él. Encima, el sueldo es desorbitado, voy a salir en una noche con el sueldo de seis meses. Pienso un rato, me hago la interesante, y le contesto a mi mecenas: por una vez, como una favor especial... y no se vaya a pensar que yo esto lo hago con cualquiera... que no vaya diciendo por ahí... Pero vamos, que sí, que me lo cepillo, que su hijo no olvidará esa noche en siglos.

Pero ahora viene la mayor sorpresa de la noche. Cuando le pido a Pelayo que le diga a Samuel que le espero en la habitación, mi elegante anfitrión carraspea, tose, y con la mirada fija en el suelo, me hace una proposición increíble, "es que... había pensado... sabe usted señorita... los amigos se ríen de él porque saben que es virgen... y quiza... no sé... quizá a usted no le importase hacer el trabajo en la sala, delante de todos".

Acabáramos, ya decía yo que este tío era un guarro, a pesar de su pinta de mosquita muerta. El tío quiere mirar, quiere ver cómo me cepillo a su hijo, y se ha buscado una excusa absurda. Me pregunto incluso si Samuel es su hijo realmente, o todo es simplemente un montaje de un millonario excéntrico. Por un momento me asusto pero, si hubieran querido hacerme algo ya me habían podido dar un buen susto antes, y el precio es tentador, nunca lo he hecho con público, va a ser como el numerito porno del cabaret donde trabajo, pero decididamente el dinero me viene de rechupete. Así que le digo a Pelayo que sí, que me esperen en la sala, que el show apenas ha comenzado, pero que primero quiero ver el dinero. "Por supuesto señorita, y muchas gracias, es usted una gran profesional".

Vuelvo por tanto a la sala, cubierta tan sólo con mi albornoz. La luz es excesiva, la pareja de actores porno que trabaja en mi cabaret actúa con una luz tenue que "disimula" un poco las cosas. Esto va a ser como una operación en vivo, por un momento estoy tentada de renunciar, ya he ganado mucho más de lo normal en una sola noche. Pero todos somos débiles si hay dinero de por medio, al menos yo.

Ahora la silla de Samuel está en el centro de la sala, mientras los demás se han puesto frente a él, como en un escenario, deseosos de no perder detalle. El chico parece realmente nervioso y anhelante al tiempo, quizá sí es realmente el hijo de Pelayo y todo es más inocente de lo que pienso. Ahora no es él el único nervioso. Despacio, me acerco a él y me quito el albornoz, otra vez estoy totalmente desnuda en una habitación con ocho hombres mirándome. Cepillarme al muchacho en una habitación a solas habría sido sencillo, rutinario, incluso tal vez yo misma habría disfrutado haciéndolo, pero esto es diferente, me siento cohibida y un poco asustada. Pero sé que tengo un cliente potencial para ocasiones futuras, más me vale quedar bien hoy, si este tío me llama cada vez que tenga ganas de dar picante a su respetable vida, me hago de oro sin demasiado esfuerzo. Por tanto, respiro hondo y me acerco a Samuel, al fin y al cabo, voy a cepillarme a un chaval en su apogeo sexual, no a un carcamal con arrugas hasta en las pestañas.

Pero en algo me he equivocado. Porque ya me he arrodillado ante el muchacho, desnuda y nerviosa, ya he abierto la cremallera de su pantalón y he sacado su miembro, ya lo estoy acariciando con mano experta... pero aquel pene joven que pretendidamente estaba en su apogeo permanece lánguido y aburrido. Miro a Samuel y encuentro explicación al enigma: no es que yo no le guste, el chico está nervioso y asustado, la ideita de su padre no es lo más apropiado para estos casos, esto va a ser más difícil de lo que había pensado.

Tras un rato masajeando la polla de Samuel sin resultados, soy consciente de que es necesario pasar al plan B. Suspirando, porque no es algo que me entusiasme con desconocidos, abro la boca e introduzco el flácido pene en ella. Una risita nerviosa recorre la sala, el resto de chicos está mirando todo con atención, creo que cada uno de ellos está sintiendo que es su propio pene el que se adentra en mi boca húmeda y caliente. Y desde luego el plan B está funcionando. Bajo el efecto de mis caricias, el aparato de Samuel está ganando poco a poco en consistencia.

Primero he empezado por acariciar su glande con la lengua, despacio, en círculos. Luego, han sido mis labios los que han besado el glande con suavidad, casi con ternura. Poco a poco he ido introduciendo todo aquel pene con lentitud. Mi boca sube y baja sobre la verga de Samuel con dedicación, cada vez está más tiesa, es evidente que el chico está satisfecho con mi trabajo. Noto que sus manos se crispan en la silla, su cuerpo se tensa. Pelayo nos mira aparentemente serio, sin perder su dignidad, como si fuera el tío más formal del mundo, pero desde luego ya no me engaña, es un voyeur de campeonato... un voyeur que paga excelentemente.

Con este pensamiento en mi mente me aplico con mayor generosidad al muchacho... por 6.000 €, bien se merece que le haga la primera mamada de su vida, y que sea una mamada como dios manda. Durante un rato, mi boca sube y baja por su miembro, tensándolo, hinchándolo hasta que casi puedo notar el relieve de sus venas dentro de mí. Luego, intento clavarme literalmente aquel estilete en mi garganta, y durante unos segundos permanezco quieta, sintiendo palpitar en mi boca aquel pene joven y virgen.

Los muchachos se remueven inquietos, matarían por estar en el lugar de su amigo. Subiendo los ojos, veo la cara congestionada de Samuel. Sus ojos están entrecerrados, noto que está próximo al orgasmo. Giro la mirada y me encuentro con la de Pelayo. Tengo que tomar una decisión. Los 6.000 € eran por desvirgar al muchacho. Si dejo que su pene repose un poco más dentro de mi boca va a eyacular, incluso ahora, sin moverme un ápice, noto que está a punto de caramelo. Interrogo a Pelayo con la mirada y, aunque no estoy segura, creo que el amante padre quiere que su hijo experimente lo que es correrse en la boca de una hermosa joven. No es un mal despertar al sexo, supongo.

Entonces, vuelvo a deslizar mis labios sobre la polla de Samuel, que empieza a retorcerse como si le faltara el aliento. Sus amigos casi brincan en la silla, apenas pueden dar crédito a lo que está sucediendo ante sus ojos. Mi cálida boca acoge la verga de su compañero y no se retira, aguanta firme el empuje del miembro viril, que estalla dentro de mí con furia y violencia. Es un verdadero río de semen lo que fluye dentro de mi boca, inundando mi garganta y desbordando por la comisura de los labios. El niño iba cargadito, pienso mientras trago parte de su leche y el resto mancha mi barbilla y cuelga casi hasta mis pechos.

Al fin, separo la cara de la verga de Samuel. Todos están absortos, como alelados. Miro a Pelayo, creo haberme hecho merecedora de los 6.000 €, desde luego su hijo tiene una sonrisa que parece corroborarlo. Muy educado y serio, Pelayo me ofrece una servilletita para que me limpie los restos del semen de su hijo. No sé muy bien qué hacer, allí estoy, desnuda delante de todos, limpiándome con la servilletita. ¿Debo retirarme? ¿va a pedirme algo más Pelayo?

Eso parece porque, educadamente, vuelve a empezar una de sus interminables frases: ha sido increíble, su hijo no podía tener mejor maestra, soy una verdadera profesional, está encantado conmigo... pero, técnicamente, su hijo sigue siendo virgen. Tiene razón y, al precio que me ha pagado, asumo que el extra está incluido. Le digo que no se preocupe, ya estoy lanzada, en cuanto Samuel se recupere un poco, le desvirgo allí mismo delante de todos.

Estupendo, todo estupendo pero, me dice sonrojándose, quizá no me importaría, ya de puestos, él me pagaría generosamente, quizá otros 6.000 €, nada del otro mundo, pero los chicos están muy excitados... y mientras esperan... Vamos, que quizá yo podría hacerles unas pajillas hasta que llegue la hora de follarme a Samuel.

Con esto sí que no contaba. Ya he dicho que ni mucho menos me considero una puta. Una cosa es hacer un trabajito extra bien pagado de vez en cuando. Lo de hoy ha sido una excepción, una mamada en toda regla en público. Pero ahora me propone hacer seis pajas mientras el otro chaval se recupera. No sé qué pensar, pero desde luego los chicos están sin respiración, esperando mi resolución como si la vida les fuese en ello. Puff, otros 6.000 €, a este ritmo me retiro hoy. Lo pienso durante un rato, bueno, qué narices, son unas mísera pajas, serán las mejor pagadas de la historia, muchas veces lo he hecho gratis a amigos en horas bajas que ni siquiera me gustaban.

En fin, que accedo, y según lo digo los chicos se pelean por ser los primeros en recibir mis atenciones. Apenas he terminado de decir "de acuerdo" cuando dos de ellos han adelantado sus sillas y se han puesto en paralelo, con sus pantalones en los tobillos, esperando que yo empiece a trabajar sus pollas.

Pues aquí estoy, de rodillas entre ellos, desnuda, con un pene en mi mano izquierda y otro a la derecha. Son dos chavales de alrededor de 18 años, aunque parecen mayores que Samuel, sobre todo el de la derecha, gordito, que me mira sin rubor con una sonrisa anchísima en su rostro. Sus miembros están como estacas mientras yo subo arriba y abajo mis manos al unísono.

Sus compañeros les jalean, parece que incluso apuestan por saber cuál terminará antes entre mis sabias manos. Es una situación extraña, es la primera vez que satisfago a dos hombres a la vez, y hay otros cuatro esperando, el trabajo se me acumula. Pero no por mucho tiempo. El chico de mi izquierda se ha corrido enseguida, estaba ya muy excitado nada más empezar. El semen ha salido como el surtidor de una fuente y, al caer, me ha manchado el pelo y la mejilla. El público ha lanzado vítores al ver el chorro a propulsión, riéndose y saltando excitado. A mi derecha, el chaval gordito parece más experto. Creo que está intentado retrasar el orgasmo, quiere disfrutar por más tiempo de esa ¿inesperada? paja. Pero tampoco su explosión se hace esperar, la visión de mis pechos desnudos es un poderoso afrodisíaco, y ha tenido un orgasmo largo y tranquilo, el semen no ha salido disparado, pero ha llenado mi mano, que está ahora pringosa y llena de su leche.

Algo que no parece importar a sus compañeros, porque ya tengo otros dos muchachos sentados en la silla. A la izquierda, uno con una pinta de crío increíble, pero con una polla sencillamente gigante. Los demás se ríen y animan al portento "a por ella, vamos pulga, demuestra lo que vales". El chico de la derecha es serio, muy guapo, casi apetece meneársela gratis, aunque su picha tiene unas dimensiones muchos más convencionales.

Pues sigo con mi labor, arriba, abajo, arriba, abajo. Ambos penes están duros, erguidos ante mí como serpientes prontas a escupir su carga blanquecina. Samuel y Pelayo miran como hipnotizados, el hijo sabe lo que le espera y lo saborea de antemano, el padre está disfrutando un espectáculo que lleva añorando quizá toda su vida.

Sin previo aviso, sorprendiéndome, "pulga" empieza a soltar su carga. Es increíble lo que tiene dentro ese chiquillo, me ha puesto perdida. Mi pecho izquierdo, mi brazo, hasta mi ombligo tiene restos de semen, afortunadamente el chorro ha salido para abajo. Pero el ver mi cuerpo lleno de semen ha excitado sobremanera a los chicos, y ha dado ideas al muchacho de mi derecha. En efecto, cuando siente que llega el momento, se pone en pie y, como estoy arrodillada en el suelo, su pene queda a la altura de mi cara. Con suavidad, me sujeta la cabeza mientras sigo manipulando su sexo, es la primera vez que uno de ellos se atreve a tocarme. Me sorprende y me asusta un poco, pero sigo con mi trabajo y, un momento después, el semen del chaval sale a borbotones, yendo a chocar contra mi ojo derecho. Los demás jalean como si hubiese metido un gol, mi cara está llena de leche viscosa y caliente, el segundo turno de muchachos me ha dejado pringada como no lo había estado nunca en la vida.

Pero no tengo respiro, los últimos dos chavales ya están, minga en ristre, preparados para recibir su ración. El de la izquierda tiene un pene muy raro, describe una curva hacia abajo como no había visto nunca antes, tiene forma de gancho, los otros se ríen de él, pero no parece importarle, tiene una pinta de putero fina. El otro es más modosito, no me llama especialmente la atención.

Sigo con mi doble masturbación sin prisa pero sin pausa. Los dos muchachos se retuercen entre mis manos con la mente en blanco, parece que estoy terminando con mi trabajo, hago un cálculo sencillo, me voy a ir con 18.000 € por poco más de dos horas de trabajo, no está mal.

Cuando el chico de la picha ganchuda está a punto de terminar, me pide entre gemidos "échatelo en las tetas, por favor". Mira que son guarros, pienso, pero es tarde para andar con remilgos, quiero tener a Pelayo contento. Mientras sigo meneándosela, acerco mi torso al pene del muchacho y, cuando empieza a escupir, su leche se derrama sobre mis hermosos senos, jamás semejante alfeñique habría soñado con correrse sobre unas tetas como las mías. Lo malo es que ha dado ideas a su compañero, que se levanta al presentir el orgasmo y se las apaña para vaciarse sobre mi pelo, exhalando un suspiro que pone de manifiesto el placer que le recorre.

He terminado, he hecho la mamada a Samuel y seis pajas a sus compañeros. Tengo restos de semen en el pelo, el ojo y la mejilla derechos, los pechos, el estómago. Jo, para ser Pelayo un finolis y mi espectáculo una cosa de buen gusto, la noche ha terminado saliéndose un poco de madre. Pero súbitamente recuerdo que mi "actuación" aún no ha terminado. Samuel sigue siendo virgen.

Me quedo mirando al chico y a su padre, que apenas pueden contener su excitación. Es evidente que el homenajeado está dispuesto para un nuevo combate. "Disculpa –le digo- pero creo que voy a darme una ducha y enseguida vuelvo contigo".

Mientras me retiro, la cara de Samuel refleja una impaciencia infinita, no es extraño, está esperando que me duche, vuelva y me lo folle delante de sus amigos.

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