VII
Ella entra, con su terso vestido negro. No mira de frente,
sino al suelo, esta arrebolada. No lleva nada en las manos. Es la tercera vez
que entra en la habitación. La primera cruzo sonriente el brillante embaldosado,
con sus pasos firmes y alegres de primera hora. El estaba aun en la cama, la
habitación aun oscura. Dejo la bandeja sobre la cómoda y fue hasta la ventana.
De un golpe, casi con violencia, descorrió las opacas cortinas. Un momento quedo
mirando a través de la cristalera el frondoso jardín y se retiro con los mismos
pasos decididos.
¿Habría olvidado lo que le dijo Él ayer?
Ocurrió después de un castigo rutinario, ¿Por qué fue
castigada?, ¿una arruga en el vestido?, ¿torcida la cinta del delantal", ¿un
punto en la media? Ya no lo recuerda.
Él no fue cruel, solo justo. Uso la palmeta. Ella se coloco,
según el ritual, apoyada la frente en el asiento del gran sillón malva, rectas
las piernas, alta la entrada a su alma. Antes de comenzar: "Cuidas el altar
donde oficio el sacramento de la obediencia como te he enseñado", "Si, señor,
según me ha enseñado, me lavo dos veces al día con agua tibia y jabón suave",
"seco ligeramente con una sabana fina",
"dejo que el aire acabe de secarme antes de ponerme las
bragas limpias".
La voz sonó ahogada por el sillón, pero segura de actuar
correctamente.
Él quedo satisfecho con su contestación y mas aun con su
aspecto. Comenzó la cuenta de diez palmetazos. PLAST, "uno, señor, gracias,
señor", PLAST, "dos señor, gracias, señor"….
En el quinto Él noto la sombra oscura. ¿Quizás no lo había
notado antes?, ¿o ayer sus escrupulos eran mayores".
"Abre las piernas". Lo insólito de la orden y su brusquedad
la anonadaron. Sin plantearse el motivo las abrió. Quedo inmóvil, esperando lo
inesperado. "Tendré que purificarte mejor". Rendida, incapaz de comprender.
"Mañana, después del desayuno". "Vuelve sin bragas". "Rasurare tu pubis para que
puedas cuidarle como la entrada de tu alma". "Si, señor". El castigo quedo
interrumpido.
Hoy no hubo motivo para ningún castigo. Al menos Él no la
hizo notar ningún fallo.
Al retirar la bandeja del desayuno, "recuerda la tarea de
hoy", "haz tus abluciones y vuelve, sin las bragas, no te olvides".
Ella vuelve en diez minutos, entra, con su terso vestido
negro. No mira de frente, sino al suelo, esta arrebolada.
El gran sillón malva, esta frente a la cristalera, en la
mesita, a su izquierda, pulcramente alineadas, las navajas, el jabón, la brocha,
la tijera y la vacia. De la falleba de la gran puerta de cristales cuelga el
suavizador de cuero.
"Acércate", Ahora sus pasos no son firmes, llega junto a Él,
delante del sillón. "Levántate el vestido". Se turba, nunca lo había hecho
frente a el, siempre de espaldas. Titubea. "¡Obedece!". Con las dos manos sube
el borde del vestido. Siente su pubis descubierto. Ahora, sin verla, ella es
consciente de la mancha oscura del vello. "Súbele mas". Con dificultad le sube
hasta las caderas. Se siente ridículamente desnuda. Sus manos siguen aferradas
al borde del vestido.
"Siéntate aquí", señala el sillón, "sube las piernas a los
brazos del sillón". Se siente avergonzada y expuesta. Cierra los ojos cuando el
se inclina sobre su sexo…