La noche era muy fría y ventosa. Carlos Bejarano, más
conocido como "Carlitos" por todos en la redacción del diario "Últimas
noticias", caminaba por las desiertas calles de Lima, mascando su rabia. Con
apenas 24 años, pensaba si no se había equivocado de profesión: desde hacía dos
años trabajaba con verdaderos "pesos pesados" de la prensa amarillista nacional,
y los únicos encargos periodísticos que recibía eran hacer reportajes estúpidos
que nadie quería hacer, como el que tenía entre manos: averiguar todo lo que se
pudiese sobre una pelea entre campesinos, en un pueblo a las afueras de Lima.
"Acá dice que un japonés es acusado por todo el pueblo de
hacer brujerías con sus animales" -leyó el jefe de prensa, a la vez que le
entregaba la nota enviada por un periódico amigo-, "fueron todos a quemarle su
casa y él se defendió con una espada samurai: puedes sacar una nota bien
"sazonada" con eso". Los otros reporteros recibían encargos como entrevistar a
políticos en la clandestinidad, peligrosas investigaciones sobre corrupción en
el gobierno militar, e incluso, pícaras entrevistas con sesión de fotos a alguna
vedette, y a él le daban esa ridiculez.
Las risas de todos los reporteros casi hicieron venirse abajo
las vetustas paredes del viejo edificio dónde estaba el periódico. "¡Acábalos
tigre! – le dijo a la vez que soltaba un fuerte manotazo en la espalda el
reportero de policiales. "Y de paso tráenos fruta, jajajaja" –agregó
burlonamente un veterano reportero de pelo canoso. Carlitos no dejaba de pensar
en renunciar mientras se dirigía a su pensión en el centro de Lima. La fría
noche hizo que se abrigase mientras pasaba por un retén militar; era el año 1973
y con los militares en el poder, la ciudad parecía asediada. Su salvoconducto le
permitió una vez más seguir su camino. "¡Cualquier reportero del mundo mataría
por trabajar acá ahora y yo tengo que investigar tonterías!" – pensaba -,
"bueno, al menos por un día, me alejaré de este clima del asco".
El aire cálido del valle costeño le dio de lleno en la cara
cuando descendió del destartalado ómnibus. El pueblo era como cualquiera del
llamado "Sur chico"; casas de adobe, calles de tierra y uno que otro campesino
montado en burro atravesándolas. Según sus notas, el japonés del lío ese era un
hombre ya entrado en años, venido de su país al acabar la Segunda Guerra. Al
preguntar a los lugareños por el domicilio de Nakatoshi Oda recibió todo tipo de
respuestas: "….ese viejo miserable le mató tres corderos a mi cuñado"-, le dijo
uno. "Tiene pacto con el diablo"-, agregó el cura. "Seguridad del Estado debería
llevárselo" -, declaró un Guardia Civil. Una rara mezcla de odio y miedo se
notaba en todas las declaraciones recogidas. Un apodo más bien, era usado por
todos: "el japonés loco".
Tras recabar el testimonio del comisario, Carlitos se dirigió
al otro lado del pueblo, donde se hallaba la casa del nipón. La autoridad
policial le aclaró en algo el panorama: Oda, era un taxidermista -la parecer uno
muy bueno, casi genial-, al cual el pueblo veía por eso con recelo. La pérdida
de animales en el pueblo, seguro robados por delincuentes, le fueron achacados
por todos a Oda, azuzados por algún envidioso. Pensando en que el reportaje no
valía para nada el tiempo invertido, Carlitos Bejarano se detuvo viendo sus
apuntes frente a la casa de Oda. Era muy fácil dar con ella: era la más grande y
bien cuidada, comparándola con las demás.
La puerta apenas se abrió después de que tocase un buen rato.
Un canoso y nervioso oriental apenas se dejó ver a través de la puerta: "¡ya
dije todo a detective!..." –dijo en un muy pasable español-, "¡váyase!".
Carlitos había decidido hacer bien su trabajo, así que usó algunos artilugios
aprendidos en el diario; mintiendo descaradamente, le dijo a Oda que estaba
escribiendo un libro sobre extranjeros exitosos viviendo en el Perú. "Colonia
japonesa no quererme" –replicó el japonés-, "¡no participaré!". Bejarano
continuó diciendo que no venía de parte de la colonia de residentes japoneses;
dijo que venía por encargo del gobierno, dada su fama de experto taxidermista.
Nakatoshi Oda mordió el anzuelo: Carlitos sabía lo
respetuosos que son los nipones con respecto a la autoridad. La puerta de la
casa se abrió para él, aunque la mirada inexpresiva de Oda no cambió un ápice.
Ya sentados en la sala, el reportero vió sorprendido su trabajo: sentado frente
a una diminuta mesa, con una taza de té en las manos, Carlitos no podía dejar de
extasiarse con lo que veía: decenas de animales de todos los tipos lo rodeaban.
Jaguares selváticos, venados, aves de todo tipo y un oso de anteojos,
perfectamente disecados, le parecían observar,…. parecía que esos animales
estuviesen vivos.
Su anfitrión gradualmente le comenzó a hablar de su arte, del
tiempo que llevaba viviendo en el pueblo, y también de lo sucedido hacía unos
días con los lugareños. Se notaba que el nipón no había recibido una visita en
años, ya que se esforzaba por mantener interesado a su joven entrevistador. Oda
veía complacido cómo el joven ese tan simpático llenaba su libreta con cada
palabra que él decía. Al pasar las horas, el té verde dejó paso a unos
excelentes piscos y macerados de frutas que se producían en el valle. Carlitos
comenzó a tener mayor interés en aquel viejo solitario cuando le comenzó a
contarle que había peleado en la guerra, en el Ejército Imperial japonés.
Los ojos del joven comenzaron a abrirse al escuchar las
historias que salían de los labios arrugados de Oda. Su lápiz volaba por el
papel al escribir datos tras datos que le parecían dignos de tomarse en cuenta.
La noche avanzaba, los animales disecados de la sala lanzaban tenebrosas sombras
que se alzaban por las paredes hacia el techo de la sala, iluminada apenas por
la luz de una trémula lámpara de querosene. Carlitos no tenía miedo; se reía por
efectos del alcohol, de las hilarantes y picarescas anécdotas de Oda en un
burdel chino durante la guerra. Carlitos la estaba pasando de lo mejor, pero
tuvo que despedirse de Oda al ver que ya era tarde y que no encontraría forma de
volver a Lima.
Mientras regresaba por la carretera, el joven pensaba en si
estaba bien o no haber seguido con la farsa: había prometido volver el próximo
fin de semana para continuar el "reportaje" a su nuevo amigo. Pensó en que tal
vez hacía bien al amenizar los últimos días de un pobre viejo solitario. Él
también era un solitario, y había disfrutado la velada y las bebidas; además,
regresaba a casa con un espléndido regalo: Oda lo había convencido de aceptar un
precioso bonsái.
A partir de ahí, todos los domingos, por tres meses meses,
Carlitos Bejarano visitó a Oda, iniciando sus tertulias al mediodía, y
acabándolas muy tarde en la noche. El japonés nunca supo del motivo que trajo a
Bejarano a su casa: la nota fue tan aburrida que jamás se publicó en "Últimas
noticias". El reportero no dijo a nadie dónde iba, por lo que en el diario
pensaban que tendría algún amorío o algo así: siempre llegaba los lunes a la
redacción con unas tremendas resacas. Las tertulias entre el periodista y el
japonés comenzaron a cambiar cuando Oda comenzó a tener más confianza en el
muchacho.
En una de ellas, le reveló su gran secreto: Oda sirvió en una
unidad especial del ejército nipón en China. A Carlitos nada le decían los
nombres "Operación Maruta", "Escuadrón 731", "Fortaleza Zhongma", "Unidad
Wakamatsu" o la ciudad de Harbin,… nadie sabía nada de eso en 1973, pero en vez
de aterrarse, Carlitos quedó hipnotizado por sus revelaciones: hablaba de
experimentos secretos en personas, horrendas disecciones sin anestesia y un
inmenso cúmulo de horrores sin fin. Sus colegas en el diario "Últimas noticias"
se jactaban de sus conversaciones con asesinos convictos, pero lo relatado por
el viejo,… era demasiado. El joven periodista quedó fascinado y por nada del
mundo impidió que aquel viejo borracho le contara todo.
Oda, bajo los efectos del alcohol, pasaba de cantar viejas
canciones guerreras japonesas a pormenorizar los crímenes de los que fue
partícipe, para luego, de pronto, echarse a llorar como un niño, recordando a
sus camaradas muertos en combate. Le dijo que, así como a muchos, él fue
indultado por los norteamericanos tras la guerra, los cuales le daban una jugosa
pensión por los secretos de los experimentos que les reveló. Si vivía en un
pueblito perdido en sudamérica, era por que prefirió alejarse de miradas
acusadoras. Las libretas de Carlitos se llenaban ahora de datos caóticos casi
increíbles. Tras esa delirante noche, pensó que tal vez había dado con el
reportaje de su vida.
Al domingo siguiente, Carlitos llegó de nuevo a la casa del
japonés. Estaba algo desilusionado por que no logró conseguir traer consigo una
grabadora del diario, pero se contentaba que un colega le había prestado su
cámara fotográfica. No sabía si le serviría de algo, pero le pareció buena idea.
Como de costumbre, empezaron a vaciar metódicamente botella tras botella de
licor, mientras Oda revelaba más y más su increíble y tenebroso pasado. Al
anochecer, ya totalmente ebrio, comenzó a sollozar, mientras recordaba a su
único amor, su esposa: Oei. El joven quedó extrañado; siempre había pensado que
su viejo amigo estaba solo en este mundo. "Era joven y hermosa" – dijo Oda-, "la
hice venir desde Japón y aquí nos casamos. Yo era muy feliz".
Temiendo ser indiscreto, Carlitos le preguntó por ella.
"Murió hace 20 años"- le respondió enjuagándose las lágrimas-, "enfermedad
desconocida. Murió muy joven". Cambiando de tema inexplicablemente, el japonés
le soltó una frase intrigante: "mis jefes, durante la guerra, eran monstruos:
sólo querían matar. Yo distinto: yo quería acabar con la muerte". Tras una
pausa, retomó de nuevo sus historias de guerra. Casi a la medianoche, el anciano
volteó hacia el joven periodista, lo miró con ojos perdidos y le dijo: "¿quieres
conocer a mi Oei?". Pensando en que le mostraría algunas fotografías, Carlitos
asintió. Se extrañó cuando el viejo oriental se levantó de su asiento y le dijo
gravemente: "Ven conmigo".
Siguiendo al japonés que se tambaleaba por efectos del
alcohol, Carlitos Bejarano fue tras de él, hasta el fondo de la casa. Frente a
una pared, el viejo le miró sonriente, mientras tocaba con sus dedos una
supuesta mancha en la pared. Ante los ojos sorprendidos del joven, la pared se
deslizó silenciosamente, dejando a la vista una puerta secreta. Ambos personajes
comenzaron a descender por unos escalones que se perdían en la oscuridad. No
tardaron mucho para llegar al final de la escalera: Carlitos supuso que se
hallaban bastante abajo del nivel de la calle. Una tenue luz al frente le
indicaba que al frente suyo había una habitación.
Al atravesar el umbral, el periodista quedó helado frente a
lo que tenía ante sus ojos: en una habitación muy estrecha, con las paredes
llenas de instrumentos de metal que no pudo identificar, se hallaba Oda,
mirándole, de pie junto a una mesa de piedra. Sobre la mesa, yacía un cuerpo.
Era el cuerpo de una mujer; estaba desnuda y era realmente hermosa. Su piel
pálida, muy pálida, demostraba que era un cuerpo sin vida,… pero su apariencia
en general era la de estar perfectamente conservada. Carlitos miró a Oda
buscando una respuesta.
"Es el trabajo de toda mi vida" -, le dijo, para luego
acariciar el cabello negro azabache del cuerpo, mientras susurraba algunas
frases en japonés-, "el proceso está casi terminado: muy pronto lograré que
tenga temperatura normal y su piel tendrá otra vez su color original. Mi Oei
estará conmigo por siempre". Carlitos seguía paralizado del asombro: si era
cierto que ese cadáver tenía 20 años sin sufrir cambios, aquel viejo había hecho
un descubrimiento fabuloso. Oda continuó sorprendiéndolo: "ven, toca…."- le
pidió mientras tomaba un brazo del cuerpo-, "toca: no hay rigidez. Las
articulaciones se mueven". El reportero tomó el brazo y continuó
sorprendiéndose: se sentía y se movía igual como el brazo de cualquier persona
viva. Cualquiera que la viese, pensaría que sólo estaba dormida.
De pronto, el viejo se descompuso y comenzó a llorar, cayendo
de rodillas, tomando la mano de su esposa muerta, hablando en japonés. Carlitos
aprovechó esa dolorosa escena: Oda no lo miraba, así que sacó la cámara que
llevaba. Tomó tres fotos. Si aquello era cierto, necesitaría pruebas. Miró al
pobre viejo borracho que lloraba amargamente: definitivamente era un genio, pero
también el infeliz estaba totalmente loco. Lo alzó del suelo, tratando de
calmarlo. Ayudándolo a subir las escaleras, dejaron aquella habitación, subiendo
los dos muy trabajosamente.
Ya de nuevo en la sala, Oda comenzó a hablar: "tardé muchos
años en lograrlo". Al periodista le faltaba cabeza para preguntarle; "…pero,
¿cómo es posible?....". El nipón le respondió sin dejar de mirar la mesa de
madera frente a él: "….parte química, parte alquimia,.... nazis nos dieron
libros que obtuvieron de países invadidos; los leí todos". A Carlitos le comenzó
a dar vueltas la cabeza cuando el nipón le comenzó a explicar una intragable
mezcolanza de fórmulas químicas, gases, recetas de pociones alquímicas extraídas
de textos medievales y descubrimientos judíos y chinos acerca de "Golems" y la
"píldora de la inmortalidad".
Oda era muy precios al describir todo eso, a pesar de su
embriaguez,… pero Carlitos lamentablemente había sido un pésimo estudiante de
química en el colegio, y no entendió nada. Oda tardó dos horas en explicarle su
proceso secreto, para finalizar diciendo: "lo que hacían antepasados hoy le
dicen magia: yo le digo ciencia….". El joven reportero se quedó un rato pensando
hasta que finalmente le preguntó el por qué de decía todo eso. "….Estoy viejo y
moriré pronto, Carlos-san…." –le respondió Oda-, "necesito que, cuando yo morir,
uses mi fórmula conmigo: no quiero dejar sola a mi Oei….". Cuando Carlitos salió
de la casa, ya había amanecido. Volvería el domingo siguiente: Oda le había
hecho jurar que lo haría. Ese día, su procedimiento estaría totalmente completo
y le daría al reportero por escrito su fórmula. Carlitos no fue a trabajar ese
lunes al diario.
Una vez llegado el domingo, Carlitos Bejarano se bajó
rápidamente del bus en la plaza del pueblo. Estaba impaciente para acudir a su
cita. El barullo al otro extremo de la plaza llamó su atención. Los lugareños se
arremolinaban lanzando todo tipo de exclamaciones, mientras las mujeres
lloraban. Instintivamente, como buen reportero, corrió hacia el lugar. El joven
llegó a tiempo para ver cómo recién cubrían el cráneo destrozado con periódicos:
era Oda. Había salido temprano a comprar pescado al mercado cuando un conductor
ebrio lo atropelló. Tenía el cráneo destrozado. Su muerte había sido
instantánea.
En sus pocos años de periodista ya había visto varios
cadáveres, pero ver a quien ya consideraba su amigo, fue demasiado, comenzó a
caminar por la plaza en estado de shock. No podía quitarse de las retinas la
cara de Oda muerto, sus ojos crispados, su boca abierta, como una grotesca
mueca. Conforme se recuperaba, Carlitos recordó lo que lo había llevado al
pueblo ese día: el secreto de Oda. Al acercarse de nuevo al cuerpo, vio cómo los
policías revisaban los bolsillos del atropellado mientras levantaban el cadáver.
Un policía trató de abrir y leer su libreta de notas, pero le fue imposible:
estaba totalmente empapadas en sangre.
Carlitos vio con desazón cómo las fórmulas químicas anotadas
en tinta china se borraban por el contacto con la sangre y por la grosera
manipulación del ignorante policía; se habían perdido para siempre. Mientras
miraba cómo cargaban el cuerpo en una camioneta, el periodista recordó el otro
secreto de Oda. Comenzó a correr hacia su casa: debía llegar antes que los
policías descubrieran el cuerpo de Oei. Sin saber que haría, Carlitos Bejarano
entró como una tromba a la casa. Abrió la puerta secreta y descendió a toda
velocidad los escalones. Apenas tomó aire al estar frente al cuerpo de Oei. Miró
por todos lados: todo el piso estaba lleno de papeles rotos escritos en japonés.
El único vestigio del trabajo del japonés era el cuerpo
desnudo e intacto de su amada, frente a él. En eso pensaba cuando se percató de
su frente: adosada a ella, el cadáver tenía un disco de arcilla, en el cual
estaban escritos algunos caracteres en algo que parecía ser hebreo. Carlitos se
acercó para ver las letras con más detenimiento. En ese momento el joven quedó
paralizado por el horror: los ojos de la muerta comenzaros a entreabrirse
lentamente, dejando ver un horroroso resplandor verdoso que salía de ellos. El
joven comenzó a gritar paralizado del pánico sin poder dejar de ver también cómo
la boca también se abría enormemente, soltando en la habitación esa luz verdosa
y un vaho espeso y nauseabundo, mientras que de la garganta de ese ser se dejaba
oír un grotesco y profundo lamento de ultratumba: "¡OOOO…..DDDAAAAAAA..!!!!!".
Apenas vió que ese ser comenzaba a incorporarse de la mesa de
piedra, el joven no aguantó más y salió disparado de aquel lugar de pesadilla,
gritando sin parar. Sin detenerse, tiró al suelo todo lo que se le puso en el
camino hacia la calle. Con una fuerza sobrehumana, Carlitos destrozó la puerta
de madera, para correr por las calles del pueblo sin dejar de gritar. Al ver
pasar por la plaza al joven enloquecido, botando espuma por la boca y sin parar
de gritar, los lugareños que comentaban el desdichado final de Oda sólo se
encogieron en hombros: de seguro el "japonés loco" había contagiado con su
locura al pobre jovencito ese -, pensaron,...