DOS MÁS UNO
Estaba caliente, muy, muy caliente. Y no tenía para menos.
Vestir traje y corbata, a las cuatro de la tarde y en pleno
verano, me estaba...asfixiando. Notaba el sudor correteando en pequeños regueros
por la espalda, por las axilas, por el vello del pecho, empapando la camisa y
consiguiendo que maldijese, en mi interior, el capricho del Nene. Ese Nene de 26
añitos que buscaba, desesperadamente, el cariño de un Papi, y que todos los
días enviaba mensajes a mi apartado de la página del Bear para “conocernos en
persona”.
Poco a poco me había ido confesando que le gustaban los
hombres maduros, canosos, con barba, y que, si tenían el plus añadido de ir
trajeados...se volvía loco. Yo, tras valorar si me apetecía lo suficiente el
quedar con el yogurín, le había contestado que haría lo posible por satisfacer
ese deseo, y, como soy hombre de palabra, aquí estaba ahora sudando la gota
gorda mientras esperaba , también, a Giorgio, el tercero en discordia.
Giorgio era el otro. Algo más joven que yo (rondaba los 51),
y apasionado por todo lo que oliese a italiano. De ahí que su “Jorge” hispano lo
hubiese traducido, para su nick en el club de osos, en ese “Giorgio” que me
despistó al principio. Me tiró los tejos y me acusó de que solamente me gustasen
los jóvenes. Le dije que no era del todo correcto en esa apreciación, y que yo
buscaba, ante todo, la amistad con las personas. Luego...ya se vería.
Jorge no resultó tan lanzado como el Giorgio del Bear. Cuando
conectamos a través del msn, nos caímos bien de inmediato, pero el se mostró tal
y como era: una persona que, como todos, tenía sus temores, sus neuras. Estaba
nadando en un mar de dudas. Como yo, hacía muy poco tiempo que se había “soltado
el pelo”, queriendo probar, antes de que fuese demasiado tarde, las mieles (o
las hieles) del sexo con otros hombres. Sus experiencias se resumían a viejos
encuentros casi olvidados, y un par de revolcones más recientes. Siempre como
pasivo. Siempre con miedo. Siempre con complejo de culpa.
Al ser hombres casados, no disponíamos de mucho tiempo libre
(por razones obvias), así que habíamos estado barajando fechas, lugares de
encuentro..., sin que nunca llegasen a cuajar las citas. Hasta que se me ocurrió
la idea: le hablé del Nene. Jorge no puso ningún impedimento a que nos
conociésemos los tres a la vez. El chaval, una vez descrito someramente el
aspecto físico de Jorge, tampoco puso ninguna pega. Finalmente encontré una
habitación que alquilaban en un sitio discreto. Y quedamos allí.
Cuando vi aparecer a Jorge, con camisa y pantalones negros,
gafas de sol, barba completamente blanca. Tan elegante, tan...”chic”, con ese
estilo de ragazzo italiano que ya peina canas, quedé gratamente sorprendido.
Nos habíamos visto un par de veces con la cam. Debo reconocer
que, en su caso, verle a través de la pantalla no le hacía justicia. Ahora, en
persona, era un hombre sexy, de sonrisa simpática, radiante.
Bien. Ahora solo faltaba que Nene y Jorge hiciesen buenas
migas. No las tenía todas conmigo, porque Jorge me confesó que estaba muy
nervioso (yo también, aunque no lo aparentaba), y que había estado a punto de
dar la vuelta a mitad del camino.
Le dije que no pasaba nada. Que se relajase. Que si, una vez
estábamos juntos los tres, no quería quedarse, pues que se marchase
tranquilamente. Me dijo que tenía miedo de que no se le pusiese dura, etc.,
etc...
El chico tardaba. Jorge y yo esperábamos en el portal del
edificio donde habíamos alquilado la habitación. Entre risas nerviosas, mirando
el reloj continuamente, charlamos un rato. Finalmente recibí un mensaje del
Nene: llegaba en cinco minutos.
Sequé una vez más el sudor que perlaba mi frente. Ajusté por
enésima vez el nudo de la corbata...
- ¡Hola, soy Nene!.
Mmmmmm!. En un primer vistazo, el nenito estaba muy bien.
¡Pero que muy bien!
- ¡Hola, mucho gusto! Yo soy Pater, y este es mi
amigo Jorge.
Pocos segundos después ya estábamos en el ascensor. Besé
ligeramente los labios de cada uno y palpé sus paquetes. El de Jorge estaba muy
bien, pero el del chico...prometía ser de categoría extra.
Me tranquilizó el ver que ambos se habían incrustado el uno
en el otro, en un morreo que a duras penas dejaron cuando paró el armatoste.
¡Vaya con Jorgito y sus nervios!.
El dueño del piso, y su perro, nos esperaban impacientes. Los
dos eran muy simpáticos. Al perro tuvimos que hacerlo salir casi a la fuerza de
la habitación, donde se había colado en cuanto entramos. Por fin quedamos solos.
Respiré hondo y me preparé para ser objeto de las atenciones
fetichistas de Nene. Todavía recordaba sus promesas de que me comería vivo,
comenzando por el rabo, en cuanto me viese con el traje puesto. Jorge también me
había dicho que quería sumarse al festín de bienvenida, así que me las prometía
muy felices, siendo el oscuro objeto del deseo de aquellos dos machos.
Desabroché mi bragueta, lentamente, mientras me volvía hacia ellos.
¿Ellos? ¿Dónde estaban ellos? Esperándome a mi, no, desde
luego.
Realmente si que estaban comiendo, y mucho; pero no a mí,
sino uno al otro y otro al uno. Les faltaban manos para tocarse, besarse,
arrancarse la ropa mutuamente...Y, yo, muerto de calor, mirándolos con cara de
gilipollas.
Me desnudé a trompicones (quizá con algo de rabia, todo hay
que decirlo, mezclada con una pizca de desilusión). Ya en pelotas, subí a la
cama y miré por donde podía colarme para pillar cacho. Los huevazos del Nene se
veían suculentos. Los toqué como quien aprecia la buena fruta colgando del
árbol. Su nabo, glorioso nabo, ya estaba restregándose contra el orificio anal
de Jorge. Más de veinte centímetros de gruesa, ardiente, durísima carne, que no
dudé en apartar de la zona en la que estaba ubicándose, para tomarla con mis
labios y engullir lo más dentro que pude.
Al sentir mis avances, la pareja (porque se habían
transformado en pareja, sin lugar a dudas) debieron de recordar que estábamos
allí para hacer un trío, y, abriéndome los brazos, me ofrecieron ser partícipe
de sus goces carnales.
A partir de ese momento ya fue mejor la cosa. Ambos se
turnaron para mamarme y mimarme, y yo, alternaba mis besos con el que dejaba
mi falo por un instante. Jorge, dejando de lado su faceta de pasivo, se lanzó a
encular al chaval (siempre con el preceptivo condón), que comenzó a gemir de una
forma que me partió el alma. Mi amigo maduro ponía unas caras que eran para
fotografiarlas y enmarcarlas. Hacía tales aspavientos de gusto, que casi llegué
a creer que el culito de nuestro joven amante debía tener música, por lo menos.
Tras la primera enculada, descansamos breves segundos.
Admiramos al alimón el cuerpo desmadejado del chico. Debía medir alrededor de
1,83, y su peso no excedería los 74 Kgs. Cabello rubio oscuro y muy rizado, que
se transformaba en barbita apenas insinuada en un rostro anguloso, de nariz
aquilina, ojos verdes de espesas pestañas, boca pequeña...El torso, amplio y sin
un átomo de grasa. Los abdominales resaltaban muy remarcados en un estómago
hundido, con el ombligo formando un delicioso botón que no me resistía a lamer
de vez en cuando. Desde allí, en una hilera de pelitos rubiancos, se llegaba
hasta el pubis de espesos rizos dorados.
Jorge se colocó en la posición receptora, levantando los
muslos y dejando el ojo de su culo a disposición de nuestro Cristo particular.
No pude resistir la tentación de ejercer como asistente, y tomando la polla (más
bien pollón) del chaval, la coloqué en posición , casi sintiéndome como los
empleados que dirigen las vergas de los sementales hacia el sexo de las yeguas.
El lubricante Durex brillaba en los frunces del ano de Jorge. El cipote juvenil
comenzó la intentona de entrar, muy lentamente, en aquel túnel oscuro y que,
aparentemente, no podría albergar semejante cantidad de carne. Pero si que podía
¡vaya si podía!.
- ¡¡Aggggggggggg!! - Jorge se quejó, al principio,
como si le estuviesen partiendo en dos.
- ¿Me detengo? -propuso, muy preocupado, el hermoso
Nene.
- ¡Nooo! ¡¡Nooooo!! ¡Sigue, no te pareeesss! -y,
mientras decía ésto, Jorge, como si temiese que dejasen su culo huérfano de
polla, sujetó al chaval por las caderas.
- Vale -dijo escuetamente el mozo, y dio otro empujón
hacia el interior de mi amigo.
- ¡¡Uffffffffffffff!! ¿Está toda? -y la pregunta me
sonó un tanto ambigua. Realmente no entendí si temía que quedase más por meter,
o todo lo contrario.
- Casi – le informé yo, asomándome por entre los
muslos de Nene y mirando la porción que faltaba por entrar.
- ¡Por diooossssss, y que lleno me notoooo!
- No me extraña. Tienes más carne dentro que un
cocido madrileño.
Se hizo el silencio. Nene no soltaba prenda. Seguía a lo
suyo, terminando de meter lo que quedaba y volviéndolo a sacar cuidadosamente.
Otra vez dentro, otra vez fuera. Cada vez más rápido.
Los estuve mirando unos segundos. Barajé la opción de
presentarle mi cipote al chico, para que me lo mamase mientras se follaba a
Jorge, o , siguiendo un capricho repentino, sumarme al acto por la parte de
atrás. Decidí esto último.
No fue difícil, dada la postura, endilgarle mi polla a Nene.
Fue un momento muy “hot”, como dicen en otras latitudes, y simplemente el
recordarlo hace que resucite mi carne.
Ahora ,el que gimió, algo dolorido, fue el chaval. Sobre todo
cuando notó mi ciruelo metido hasta la raíz. Atenacé las escuálidas caderas y me
serví de ellas para afianzarme en el acto de sacar y meter, meter y sacar, mi
carne dentro de su carne. La funda perfecta para mi cuchillo. Durante unos
instantes llevamos mal el compás, pero pronto, como si fuésemos soldados
siguiendo el paso en un desfile, nos acoplamos perfectamente. Empujaba el Nene,
empujaba yo. Reculaba él, reculaba yo...
Jorge, allá abajo, debió de notar que el chico estaba más
excitado desde que su culo también estaba lleno, y relajó su esfínter para poder
albergar, cómodamente, los milímetros de engrosamiento de la verga juvenil.
Disfruté muchísimo acariciando la espalda de Nene. Pasé mis
dedos por los huesecillos de su columna, acaricié sus enjutas nalgas, su piel
blanca (casi lechosa), sus vellos rubios dosificados en la proporción adecuada.
Sobre sus hombros, junto a mi cara, estaban apoyados los pies
de Jorge. Besé la planta del pié derecho (que yo tenía a mi izquierda) y
prolongué la caricia con unos lametones en el dedo pulgar. El Nene arreció en
sus empujones contra el culo de mi amigo, hasta que se corrió silenciosamente en
su interior. Nos apartamos y él, sonriendo tímidamente, dijo :
- Me he corrido “un poco”.
¿Un poco? ¡Si el condón estaba lleno hasta la mitad!
Nos tumbamos un rato para hacer un kit-kat. Me puse apoyado
contra mi hombro izquierdo, y así Nene pasaba su brazo sobre mi pecho,
acariciando los vellos y mis tetillas, mientras Jorge, detrás del chico,
utilizaba su tiempo en pegarse contra su cuerpo, en lamerle el lóbulo de la
oreja y en musitarle palabras quedas...que me dieron algo de celos.
Busqué, tras de mí, la polla semidura del chavalote, y me
entretuve en acariciarla durante largo rato. De cuando en cuando, necesitando el
calor de un padre, Nene me apretaba contra su pecho, me besaba el cuello y gemía
palabras ininteligibles. La verdad es que, durante aquellos minutos, lo pasé
bomba. Aquello no era la reunión de tres hombres para, simplemente, follarse
unos a otros. Era...algo más. Tres seres humanos, con sus propias carencias, que
intentábamos buscar en los otros una pizca de lo que faltaba en nuestras vidas.
Y nos lo regalábamos, a manos, llenas, unos a los otros.
Jorge, restregándose lascivamente contra la parte posterior
de Nene, quería otra vez guerra. El chico se colocó panza arriba, con los
muslos levantados y su cabeza reposando sobre mi pecho. Me sentía materno y
paterno, besando la boca de aquel casi niño, de mirada hambrienta de cariño,
hermoso ante mis ojos, mientras enredaba mis dedos entre el rizado cabello que
colgaba sobre su frente.
Mi amigo penetró a Nene. Un doble gemido se escuchó en el
silencio de la habitación. El chico comenzó a masturbarse. Yo deslizaba mis
manos desde sus labios hasta su pubis. Lamí el pequeño pezón. El muchacho casi
lloriqueaba, supongo que de gusto y dolor, y yo intentaba calmarle haciendo
ruidos con la boca, como quien trata de dormir a un bebé.
La excitación de los dos copulantes fue en aumento. Jorge
estaba en las puertas de la Gloria. Decía palabras inconexas, de las que pude
entender algo relativo a que de ser solo pasivo, de ahora en adelante, nada de
nada.
De improviso, entre grandes espasmos, el nabo de Nene soltó
chorros intermitentes de esperma. Quedaron brillando sobre su ancho, sobre su
fibrado pecho. Coloqué la palma de mi mano sobre el semen y comencé a
restregarlo por el cuerpo del chaval, como una Pietá ungiendo a su hijo. Le dejé
con los ojos cerrados, exhausto, con la polla destilando los últimos goterones,
ya morcillona.
Jorge arreciaba en su follada. Me levanté con rapidez y me
coloqué a sus espaldas. Quería repetir la hazaña de follar al follador; pero no
pude. La carne es débil. Apurando los últimos segundos, restregando mi glande
contra su ano, me masturbé frenéticamente, consiguiendo escupir mi esperma entre
sus nalgas, justo en el momento en que él, con un largo suspiro, se corría en lo
más profundo de las entrañas juveniles. Con condón, claro.
Empapados en sudor caímos como fardos sobre la cama. Hacía un
calor del carajo. Entonces vimos, con estupor, que la habitación disponía de
aire acondicionado. Nos reímos de nosotros mismos por no habernos dado cuenta
antes. Fuimos quedando relajados, conversando, acariciando nuestros cuerpos y
nuestras mentes, haciéndonos promesas de próximos encuentros mientras nos
besábamos por turnos.
No. No había estado mal la tarde. Seguramente no volveríamos
a coincidir los tres, puesto que a Nene le iban a destinar muy pronto a otra
ciudad en su trabajo, pero Jorge y yo deseábamos repetir la experiencia.
Nos había gustado, y mucho, lo de los tríos.