SABORES
INCESTUOSOS (3)
Quedé paralizado ante la puerta de la alcoba de mis padres.
Dentro se oía ruido de voces, muy quedas, como suaves quejidos que me hicieron
sospechar que mamá ya había vuelto del viaje improvisado en busca...¿de qué?
¿Dónde habría ido mamá cuando me pilló fornicando con mi hermanastro Daniel?
¿Qué castigo se le había pasado por la mente, como para salir al día siguiente
con rumbo desconocido, sin despedirse de mí y con el mismo fulgor en su mirada
que, años atrás, también le descubrí mientras tu, papá, me penetrabas delante
de la TV y ella gritaba, gritaba, y gritaba como una loca?
De sopetón se me pasaron las náuseas por el mucho esperma que
había tragado aquella misma tarde. Total, para nada, puesto que en ninguno de
aquellos licores seminales había detectado el sabor que buscaba con tanto
anhelo. Tu sabor, papá.
Con el corazón golpeando mis costillas, me atreví a acercar
el ojo hasta la cerradura de la puerta.
Durante los primeros instantes apenas vi nada. La alcoba
estaba en semi penumbra, alumbrada por la difusa claridad que dejaban traspasar
los visillos del amplio ventanal. Sin embargo, al primer golpe de vista si que
pude observar que había dos personas, desnudas, sobre el lecho matrimonial. Y,
desde luego, mamá no era ninguna de ellas. Hablaban entre susurros,
intercalando gemidos que, supuse, eran de placer. Los testículos del que estaba
encima eran gordos y pendulones, y, sin lugar a dudas, pertenecían a mi
padrastro Marco. Los había tenido muy cerca de mi rostro durante un par de
veces, así que me resultaban familiares. Poco a poco fui distinguiendo algunos
detalles más, por ejemplo el ojo fruncido de su culo, o la verga dura y venosa
que enfilaba lo que , si la vista no me engañaba, era el ano de otro hombre.
Aparté la mirada sorprendido. Mi padrastro, Marco...¿enculando a un muchacho? ¡Y
yo con tanta vergüenza porque se la había mamado mientras estaba medio dormido!
Además, si la vista no me engañaba, aquél culo pertenecía a Daniel ¡su propio
hijo!.
La verga entraba profundamente, como un cuchillo en su vaina,
como si aquél ano, aquél recto, hubiesen sido fabricados, ex-profeso, para
albergar el pene paterno.
- ¡Si, papi, siiií! - la voz de Daniel, ronca de
gusto, me llegó a través de la puerta de la alcoba - ¡Muy dentro, por favor, no
pares, no pareees!
- ¡No te preocupes, putito de papá, que hoy tendrás
ración doble!
Entre frase y frase, como música de fondo, se oía el chapoteo
de la carne restallando contra la carne. Sin apartar el ojo de la cerradura,
desabotoné la bragueta de mis jeans. A duras penas pude sacar la polla y los
testículos de su encierro. La verga me quemaba en la palma de la mano. Solté un
chorrito de saliva que cayó directo hasta la cabeza de mi glande, embadurnándolo
y dejándolo perfecto para comenzar a masturbarme.
Dentro, Marco penetraba a su hijo dejando caer todo su peso
contra la espalda del muchacho. El frotamiento de los cuerpos se hizo más y más
intenso, la enculada más profunda, los jadeos más fuertes. Yo tenía unas ganas
inmensas de participar en aquel abrazo, en aquella cópula de dos seres de la
misma sangre. Yo, papá, te añoraba con una intensidad que hizo brotar las
lágrimas de mis ojos, y , a la par, con una sensación de morbosidad, de
rijosidad tan absoluta, que en el mismo momento que padre e hijo eyacularon, mi
esperma se estrelló contra la puerta de la alcoba.
- ¿Qué haces, niño? -
El vozarrón sonó tras de mí, dejándome paralizado. Volví la
cabeza lentamente, sin soltar todavía mi polla erecta, y me encontré con las
piernas de un hombre plantado junto a mí. Subí la mirada con temor. Al llegar al
rostro tuve que cerrar los ojos y volverlos a abrir, porque no podía creerme lo
que veía: ¡aquél hombre era...Marco!
¡Imposible! Marco estaba en aquellos mismos instantes dentro
de la alcoba, metiendo su gordo cipote, hasta las pelotas, dentro del culo de su
hijo Daniel.
- ¿M...mmarco? - me atreví a musitar- Ppppero..¡si
estás ahí dentro!- y al decir ésto señalé con la barbilla hacia la puerta de la
alcoba.
El hombre me lanzó una mirada como si yo estuviese
desvariando. Luego una chispa de comprensión hizo que su sonrisa se hiciese más
risueña al contestarme.
- ¿Marco? ¡No, chico, no! ¡Yo soy Mario! ¡Su padre!
¿Su padre? ¿El padre de Marco? Pero...¡si era clavadito a mi
padrastro! Bueno, fijándome mejor...Eran parecidísimos, desde luego, pero Mario
era mucho más canoso, y las arrugas propias de la edad se notaban en la frente,
en torno a los ojos...en mil detalles que no me había dado cuenta en el primer
vistazo.
Me levanté ocultando mis vergüenzas dentro del pantalón.
Limpié someramente la palma de la mano derecha y se la ofrecí al hombre maduro
mientras le decía:
- Pues...¡mucho gusto, señor, yo soy Eduardo, el
hijastro de Marco!
- ¡Vaya! -su mirada me recorrió de arriba abajo,
apreciativa, mientras se le escapaba decir: Entonces...tú eres el nene al que su
padre...
Dejó la frase inconclusa. Por lo visto lo de que tú, papá, me
follabas desde mi más tierna edad, era un secreto a voces. O, por lo menos, en
el ámbito de la familia de Marco. Mamá se lo habría confesado a su esposo
actual, y éste, lógicamente, lo comentaría con su padre.
En otras circunstancias me hubiese sentido muy avergonzado.
Pero, en aquellos momentos, cuando hacía apenas unos instantes, con mis propios
ojos, había visto a mi padrastro fornicar con su propio hijo, pues...ya no le
daba tanta importancia al tema. Sin embargo, bajé la mirada ante la ojeada
inquisitiva que me lanzaba el abuelo de Daniel. El hombre no sabría nada de los
tejemanejes sexuales de su hijo con su nieto, y, a buen seguro, quedaría
horrorizado si se enteraba.
Este pensamiento me hizo darme cuenta del peligro que corrían
Marco y Daniel, revolcándose en la cama apenas unos metros detrás de aquella
puerta, con un abuelo que, a no dudar, desataría las furias del Averno si se
llegase a enterar.
Sin esperar a que el hombre maduro volviese a preguntarme que
es lo que estaba espiando a través del ojo de la cerradura, sonreí de oreja a
oreja y me abracé a su cuello mientras decía efusivamente:
- ¡Abuelo!
- ¿Abuelo? - el hombre dudó unos instantes, incapaz
de decirse entre apartarme de un empujón o responder a mi abrazo. Por suerte
eligió esto último.
- Bien...pues sí. En cierta forma puede decirse que
soy tu abuelo- y con sus brazos de oso me apretó contra él. Al instante, un
aroma a tabaco, a sudor, a virilidad, llegó hasta mi olfato. Sus manazas se
demoraron más de lo preciso apretando mis nalgas, con lo que su paquete se
incrustó seductoramente contra mi bragueta. Un chispazo de lujuria brilló en sus
ojos durante un breve segundo, pero se apagó inmediatamente, mientras me
apartaba de su cuerpo con un suspiro de impotencia.
- ¿Entramos tu equipaje, abuelito?- mi mente buscaba
enloquecida algún pretexto para apartarle de la peligrosa cercanía de la puerta.
Mi oído, atento a cualquier ruido procedente de la alcoba,
detectó que se habían detenido los sonidos propios del folleteo. Seguramente,
alertados por mi voz, Marcos y Daniel se habían percatado de la presencia del
abuelo. Seguí al hombre hasta la salida, mientras con el rabillo del ojo
percibía que se abría la puerta del dormitorio y salía sigilosamente una figura
desnuda: Daniel, con los muslos todavía chorreantes del esperma inoculado en su
ano por su padre.
Más tarde, aprovechando mientras el abuelo se bañaba, estuve
intercambiando impresiones con mi padrastro y su hijo. Me dieron las gracias por
mi habilidad para evitar que el abuelo montase una escena. Realmente era una
incongruencia -dijo Marco- que su padre se enfadase porque él hiciese con
Daniel...lo mismo que, durante muchísimo tiempo, habían estado haciendo padre e
hijo, o sea, Mario y Marco. Pero, desde hacía unos años, justamente desde que su
potencia sexual había comenzado a declinar, el abuelo Mario se había vuelto más
estricto, más...moralista, hasta el punto de que rompió la relación incestuosa
que tanto placer les había dado a ambos. Y, lo peor, es que le había dejado muy
claro a Marco, que no toleraría que él llevase a Daniel por los mismos senderos
que ambos habían caminado durante largos años. Una hipocresía egoísta, tan
grande como la copa de un pino; pero el abuelo era...el abuelo.
Yo les confesé la excitación que había sentido al verles
juntos. Lo que me gustaría participar en una de sus “sesiones familiares”,
sobre todo porque mamá estaría al caer, y seguro que su castigo consistiría, por
lo menos, en apartarme de ellos dos. Tanto Marco como Daniel me miraron con
cariño...a la vez que se manoseaban las braguetas. Pero, estando el abuelo,
sería muy difícil. Si le parecía mal que lo hiciesen padre e hijo...¿cómo iba a
consentir, estando despierto, que yo también participase?
La palabra “despierto” le dio a Marco una idea.¡Naturalmente!
Por una noche no pasaría nada en que el abuelo estuviese dormido, muy dormido. Y
él tenía la solución: somníferos.
- ¡Bueno, caballeretes! -los tres dimos un brinco,
asustados por el vozarrón del abuelo que salía, con un pijama a rayas, del
cuarto de baño- ¿Cuándo se cena en esta casa?
- Ahora mismo, papá -dijo Marco- Id a la cocina que
la mesa ya está puesta.
Por lo bajo, entre susurros, me dijo al oído:
- En la alcoba, dentro de mi mesilla de noche, tengo
un frasco con somníferos. Toma uno y se lo echas en el café con leche que se
toma después de cenar. Encárgate tú. Las píldoras son azulitas.
-
- O.K. - contesté sintiéndome muy importante.
El dormitorio apestaba a esperma y a sudor. Tuve una súbita
erección al recordar el cuerpo desmadejado de Daniel, en aquella misma cama,
recibiendo los embates de la polla paterna. Excitado, pensando en que al cabo de
un rato tendría a padre e hijo para satisfacerme a mí, quedé absorto durante
unos segundos. Me imaginaba docenas de posturas en la que los tres disfrutábamos
al máximo.
Me entraron unas ganas locas de masturbarme, pero me contuve
al recordar lo que tenía que hacer. Revolví dentro del cajón indicado por Marco.
No vi ningún frasco. Sin embargo, bajo un pañuelo, había unas cuantas pastillas
azules encapsuladas en plástico transparente. Pensando que dos siempre es mejor
que una, tomé un par. La marca de los somníferos estaba impresa en letra muy
pequeña: “Viagra”.
Un rato después, rogué para que el abuelo no se diese cuenta
del sabor raro de su café con leche. El hombre se lo tomó con mucha parsimonia,
levantado ya para irse a la cama. Desde mi lugar, sentado en un taburete de la
cocina, admiré la gruesa verga oscura que se entreveía por la abertura de la
bragueta del pijama. Aquel monstruo, cuando tuviese vida, debía de haber sido
terrible. Si, terrible...mente apetecible.
- ¡Toma un poco de café con leche, Eduardo, que tú
seguro que todavía necesitas crecer, y yo no! - la oferta, de sopetón, me dejó
un poco sin saber lo que hacer, así que, sin pensarlo, bebí un largo sorbo de la
taza que me ofrecía Mario.
Cuando el abuelo se acostó, tardé unos minutos en entrar en
la habitación. No me hacía mucha gracia compartir la cama con un hombre mayor,
sobre todo si ese hombre no podría ofrecerme nada de diversión. Suspiré,
esperando que la doble ración de somníferos actuase rápidamente. Y rogué para
que no me hiciesen efecto a mi también, porque si no, todos mis planes se irían
al traste.
Al poco rato oí los pasos quedos de Daniel bajando de la
buhardilla. El abuelo resoplaba junto a mí. Me levanté sigilosamente y salí de
mi alcoba, dejando la puerta entornada.
En los pocos segundos que tardé en llegar al dormitorio de
Marco, ya se habían enzarzado otra vez, padre e hijo, en un nuevo combate
sexual. Daniel estaba saboreando la parte trasera de su padre, dándole pequeños
y rápidos lametones, mientras mi padrastro se pajeaba tranquilamente.
Me lancé sobre ellos como si me tirase a una piscina. Mi boca
se fundió en un beso profundo con los labios de mi padrastro, mientras, a la
vez, tomaba con mi mano la dura verga de Daniel, atrayéndolo hacia mí.
Estaba caliente, supercaliente, quemándome. Sueño, desde
luego, no tenía. Ninguno. Pero la pija la sentía durísima, y los labios del culo
batiéndome palmas, boqueándome como un pez fuera del agua.
La polla de mi padrastro me esperaba latiendo, cimbreándose
como una caña azotada por el viento. Y como si fuese una caña de azúcar la
chupé, la tragué, la deglutí. Saboreé sus jugos, sus líquidos, sus esencias a
hombre macho. No era tu sabor, papá, pero debo admitir que lo disfruté
muchísimo.
Mi cabeza subía y bajaba entre los muslos de Marco. Mi
culito, en pompa, necesitaba algo más que las caricias que me estaba dando
Daniel, y así se lo dije, sacando apenas unos segundos el glande de su padre de
mi boca.
- ¡Déjate de mariconadas, hermanito, y méteme la
polla de una vez!
- ¡A sus órdenes, mi sargento! -la voz de mi
hermanastro estaba entreverada de risas y deseo. Con sus fuertes manos abrió los
cachetes de mis nalgas, apoyó la punta de la verga en mi orificio, y en tres
empujones me la metió hasta los huevos.
- ¡¡Cabrooooooón!! ¡Qué doloooooorrrr! - y , a
continuación -¡Uffffff, qué gustoooo!
Ya nadie abrió el pico en un buen rato. Los embates que me
daba Daniel, hacían que la polla de su padre entrase más profundamente dentro de
mi garganta. Si todavía me quedaban anginas de cuando era pequeño, aquella noche
desaparecieron completamente.
La enculada que me estaba proporcionando mi hermanastro era
muy placentera. El orificio de mi ano ya se había adaptado a su grosor, y el
vaivén me enloquecía. Cada vez que la sacaba de mi reducto anal, mi culito, como
si tuviese vida propia, salía hacia atrás, buscando el contacto de la barra de
carne. Mientras, mi manos se ocupaban de acariciar mi propio cipote, a la vez
que, alternándose, apretaban los testículos rebosantes de leche de mi padrastro.
El olor de su pubis me embriagaba. Cada vez que pensaba lo
mucho que había sufrido, lo mucho que lo había deseado antes de aquella
noche...La idea de perderlo, ahora que lo había encontrado, me dejaba un vacío
en el estómago. En el estómago...y en el culo.
- ¡¿Porqué, coño, me has sacado la polla del culo,
Daniel?!
Mi protesta murió apenas había nacido, porque, en ese mismo
instante, mi esfínter pareció desgarrarse al dejar pasar, a duras penas, la
inmensidad de vergajo que, sin decir ni pío, estaba empotrando el abuelo dentro
de mí.