Infidelidad compartida
Mi nombre es Pedro y la verdad no sé cuando fue que
caí en la infidelidad, ya que mi esposa es muy bella, siempre se ha cuidado y a
sus 30 años, puedo
decir que tiene un cuerpo escultural, 100 – 66 – 108. Yo por mi cuenta, a mis 31
años, puedo decir que soy un tipo común, no muy agraciado por la naturaleza,
pero uno desarrolla habilidades para contrarrestar los defectos, así fue como
puse en práctica el famoso dicho de "choro mata carita", para conquistar
a Lucia, mi esposa.
Unos amigos míos o mejor dicho, una amiga mía, su
ahora esposo y mi esposa y yo, hemos congeniado muy bien y ya tenemos más de 12
años de amistad, a tal grado que nuestros hijos los llaman tíos y viceversa. Era
una amistad real, de esas que realizan actividades juntos, salen a pasear, a
comer, pasan juntos algunas fiestas, todo sin envidias, ni rencores, sin maldad
alguna; es por eso que me sorprende que esté envuelto en este tipo de aventuras.
Mi amiga, porque así fue como empezó todo esto, se
llama Betty es de mi edad, la conocí en mi época de preparatoria, una belleza
como pocas veces puedes encontrar: morena, delgada, buenas tetas, pequeñas y
respingonas con sus pezones apuntando al cielo, pero sobre todo sus caderas y
nalgas, que desde que la conocí siempre quise acariciar y sobar. En la
preparatoria, ella y yo nos hicimos buenos amigos, de los mejores, ni siquiera
con mis entonces novias hablaba tanto como con ella, nunca le oculte detalle
alguno, tal vez por eso nuestra relación se extendió a lo largo de los años.
Como desde el principio fuimos amigos, toda posibilidad con ella de poder tener
algo más se esfumó, y se convirtió en un sueño platónico, pero no niego que
algunas veces me le llegué a insinuar, pero como ya les dije, la amistad pudo
más que otra cosa.
Cuando ambos nos casamos con nuestras respectivas
parejas, no dudamos nunca en continuar viéndonos, incluso sin estar ellos
presentes, pues ya muchas veces lo habíamos hecho, claro está que con el permiso
de ellos. Yo creo que ellos son en parte culpables de que nosotros cayéramos en
el juego de la infidelidad, pues los cuatro nos tenemos plena confianza, tanta
que no existía la vergüenza a la hora de preguntarnos nuestras dudas o cualquier
cosa. Y fue por esa confianza de hablar sin tapujos lo que me llevo un día a la
casa de Betty y Miguel un día después del trabajo, mientras que él no estaba,
pues ella me había pedido que pasara por ahí pues tenía una duda que quería ver
si yo se la podía resolver y de lo cual su marido no se podía enterar. Cuando
llegué, no alcancé ni a tocar la puerta, pues ya me estaba esperando; a penas
entré, me atendió como siempre, pero ese día había algo distinto en sus modos,
no lo sé aún que fue, pero ese día deje de verla como mi amiga, casi hermana. No
vestía nada especial, ni seductor, eran las fachas que cualquier mujer usa en
casa para estar cómoda; un pantalón corto de mezclilla sin cinto, lo que me
permitía verle el elástico de sus calzones, que eran de puro encaje por lo que
hasta ese momento pude apreciar. Llevaba una camiseta holgada de color gris, con
el dibujo de unos corazones a la altura del pecho, andaba como quién dice
mata pasiones.
Yo me había acostumbrado a verla así, pues con
tantos años de conocernos en muchas ocasiones la había podido ver, incluso en
ropa interior. Me había llamado para hacerme una pregunta sumamente importante y
que no se atrevía a hacérsela directamente a Miguel, pues tenía miedo de lo que
opinaría, pues siempre se había comportado recatadamente.
-
¿Crees que soy hermosa?
-
¿A qué te refieres? – no entendía su pregunta, pues para
mí era la más hermosa, claro después de mi esposa e hija.
-
A eso, es que últimamente, Miguel no me ha hecho nada.
-
Pero no decías que estaba muy ocupado con su trabajo.
-
Si, pero aún así llega a veces temprano a casa y trato de
sugerirle las cosas o de mostrarme obvia para que él me haga… - ni siquiera
podía pronunciar la palabra sexo.
-
Pues no sé si sea el indicado para esto, Beatriz, pero si
puedo te ayudaré. Te puedo decir qué es lo que yo hago cuando estoy en casa,
si eso te ayuda. Pero me gustaría que también hablaras con Lucia para que
ella te diera unos cuantos consejitos de mujer.
-
Si, pero es que me da pena con ella, a penas si la
conozco, a ti te tengo más confianza. Tú ayúdame, haré lo que me pidas para
poder hacer que Miguel se fije más en mí.
-
De acuerdo, pero que te parece si lo dejamos para mañana
más temprano, voy a ir a dejar a Lucia a casa de su mamá y me vengo para acá
después.
Así quedamos y yo me fui para la casa pensando en
todo lo que podía hacer para que mi mejor amiga la que pensé que nunca podría
ser mía, ahora hasta pudiera ser que se me entregara voluntariamente. Me iba
imaginando de antemano como hacer que tanto Betty como Lucia, podrían también
compartir mi cama, al mismo tiempo y sin que ninguna se enojara, el problema
estaría en que mi compadre no se enterara de lo que hacía con su mujer mientras
se encontraba en el trabajo. Con todo esto, llegué a mi casa bien caliente, lo
que mi esposa disfruto.
Apenas si se durmió nuestra hija, me abalancé sobre
mi mujer para quitarle toda la ropa sin el menor grado de delicadeza, parecía
desesperado, como si tuviera años de no ver a una mujer, pero el hecho es que
estaba a reventar y no quería dejar pasar esta oportunidad. Al principio, trato
de oponer algo de resistencia y me calme un poco porque me dijo que la lastimaba
al tratar de sacarle la blusa; ella al ver que no pararía hasta hacerla mía, se
dejó hacer y se calentó más rápido que un comal, porque ni tarda ni perezosa,
buscó mi pene para llevarlo a su boca y darle una muy buena mamada hasta
dejármelo a punto de ebullición, así de pie como estábamos. La levanté y la puse
de espaldas a mí, para desabrocharle el sostén y bajarle el pantalón junto con
su pantaleta que ya estaba mojada; y comenzar a besarle las nalgas redondas y
firmes que tiene, sin perder la oportunidad de darle unas cuantas palmadas para
que su excitación subiera aún más, ella quería sentarse en mi pene, pero no la
dejaba, cada que quería dejarse caer sobre él, la agarraba de su trasero y la
levantaba, para seguir chupando sus cachetes y su ojete, que aunque no lo acepte
totalmente, sé que le gusta que le toque su ano.
Cuando logró sentarse en mi verga, cambié mi
táctica y me puse a manosearle sus pechos que se sentían duros al igual que sus
pezones, mientras ella se retorcía para sentir mi dureza entre sus piernas
permitiéndome sentir la calentura de su vagina. Sabía que pronto llegaría a su
orgasmo, así que aplique toda mi habilidad para que fuera uno devastador; al
tiempo que se movía y se frotaba mi pene en su vagina, baje una de mis manos a
su clítoris y con el simple roce se vino con un grito y de su interior salió una
enorme cantidad de jugos. Seguí con el masaje a su clítoris de manera suave,
porque me lo pedía mientras dejaba caer todo su peso sobre mí; la fui acomodando
conforme se echaba para atrás, de manera que quedara con las nalgas al aire y
poder ensartarla de esa forma. Como seguía con el manoseo, no se dio cuenta
hasta que sintió mi verga dura a la entrada de su cueva, lista para perforarla y
dejársela llena de leche como tanto le gusta.
Por lo mojada que estaba se la mandé guardar de un
solo empujón hasta el fondo, llegando a sentir la entrada de su útero, a lo que
ella respondió con un largo quejido de gozo, de manera la tuve un rato, sin
sacársela y haciendo círculos en su interior, ella gozaba y se acomodaba sola,
buscando la mejor posición, hasta que le llegó el segundo orgasmo y al estar en
primera fila lo pude sentir mejor que muchos otros. Ahí fue cuando comencé con
el mete y saca, primero lento para que continuara disfrutando de su orgasmo y no
cortárselo, y a la vez, esperando que ella misma me pidiera lo que yo tanto
esperaba, que le diera más, más rápido, más fuerte, más adentro. No nos
importaba el ruido que pudiéramos hacer, pues había mandado que pusieran paredes
anti – ruidos, para poder desenfrenarnos a gusto y sin temor de molestar a
nadie. La vista era la mejor que cualquiera pudiera desear, frente a mí tenía un
espejo y podía ver con me estaba cogiendo a mi mujer, mientras ella veía por
otro espejo que teníamos al lado, como mi pene se perdía entre sus nalgas; desde
arriba, yo veía mi verga entrar y salir de su vagina al separarle sus cachetes,
al igual que podía ver y tocar su ano, con lo cual le saqué otro orgasmo tan
fuerte que parecía estarse orinando.
En ese momento, sentí que me iba a correr, pues
sentir sus jugos calientes chocar contra mis testículos me hicieron ver
estrellas y justo en ese momento atravesó por mi cabeza la imagen de que era a
Betty a la que me estaba cogiendo y hasta se me fue la fuerza en las piernas.
Después de eso, mi mujer y yo nos dormimos, pero en
mi mente estaba la idea de que era el momento para poder hacer mía a Betty, era
todo o nada, y al día siguiente empezaría con sus clases de sexo.