ACLARACIONES
Las aventuras de Quini nacieron en su día con un objetivo
bien preciso: adjudicarse el millón de accesos/lecturas. No sólo ha conseguido
su propósito sino que, inesperadamente, sirvió para que en torno a ellas se
montaran algunos revuelos, propiciados por alguno o algunos señores que
parecieron ver con malos ojos que la serie prosperara felizmente y que, en
definitiva, sirvieron para darle aún más auge al invento, provocando el efecto
opuesto al que perseguían tales señores.
Para alcanzar la meta, era evidente que había de recurrir a
una de las categorías que más lectores acapara en TR, como es la de "Amor
filial", por el especial morbo que encierra este tipo de relaciones. Los
resultados, obviamente, me han dado la razón.
Pese a que, en su día, recibí bastantes peticiones para que
convirtiera la serie en novela, no me pareció oportuno hacerlo porque resultaba
excesivamente larga, no quería renunciar al millón de accesos obtenidos y no me
parecía procedente mantener publicado dos veces lo mismo. Así, pues, me olvidé
del tema, de la serie y de Amionda.
Tres factores han sido los que, ahora, me han hecho cambiar
de opinión:
Primero: Con la lógica satisfacción, observo que, pese a los
dos años transcurridos desde que di por terminada la serie en cuestión, el
número de accesos sigue creciendo a diario.
Segundo: Advertí que, por cuestiones de censura que espero
haber solventado incrementando la edad del personaje, que originalmente era de
catorce años, se me amputaron dos de los treinta y cinco capítulos, dejando la
serie incompleta y un poco cojitranca.
Tercero: Mi buen amigo Caronte ha acabado de convencerme al
lanzar el que posiblemente sea el megarrelato más mega de toda la web, venciendo
mi reticencia a publicar un escrito de tan larga extensión.
Esperando satisfacer a los que en su día no safistice y
facilitar a posibles nuevos lectores el seguimiento de las andanzas de Quini,
aquí presento esta refundición con la esperanza de que sea respetada ya por la
censura en su totalidad.
He procurado hacer la revisión oportuna, eliminando aquellas
partes que hacían alusión a comentarios hoy inexistentes, pero es posible que
alguno se haya escapado a tal revisión. Pido disculpas si así fuere, y espero
que ello no afecte demasiado a la trama general.
Un cordial saludo y que lo disfruten,
Chema (Amionda)
CAPÍTULO I
Quisiera empezar por presentarme y hacer una rápida reseña de
mi familia, así como explicar, sin alargarme demasiado para no cansar al lector,
algunas de nuestras peculiaridades.
Mi nombre es Joaquín, aunque todo el mundo se empeñó en
llamarme Quinito y, a partir de los diez u once años, simplemente Quini. En mi
caso, podría decirse que ello era debido a que no se me confundiera con mi
padre, también llamado Joaquín; pero no era así: se trataba de una costumbre, de
la que el único que se salvaba era precisamente mi padre. Mi madre era Brigi en
lugar de Brígida (que no tiene nada que ver con frígida) y mis hermanas pasaban
por ser Viki (de Victoria), Dori (de Doraida), Barbi (de Bárbara) y Cati (de
Catalina). Estas dos últimas son gemelas.
Mi madre nos tuvo a todos de corrido. Quiero decir que no
bien había acabado de parir cuando ya estaba de nuevo embarazada. Y no es que mi
padre fuera del Opus Dei ni nada de eso, sino que se le había metido entre ceja
y ceja que quería un hijo varón y hasta que no nací yo no se quedó conforme. El
siguiente paso, una vez alcanzado el objetivo, fue someter a mi madre a una
ligadura de trompas, pues su feracidad era encomiable y mi padre no era
partidario del coitus interruptus ni se fiaba, tratándose de mi madre, de los
condones. Con las demás pendejas que se tiraba por ahí, ya no tenía tantos
miramientos.
Así, pues, queda claro que entre mi hermana Viki, la mayor, y
yo sólo mediaban tres años de diferencia; Dori, que fue la segunda, era dos años
mayor que yo; y las gemelas sólo me aventajaban en un año. Y, ya metidos en
edades, terminaré añadiendo que mi madre me parió a mí a los veintitrés años y
que mi padre tenía casi tres años más que ella.
Si ya de niño sentía una verdadera admiración por mi padre,
hoy no puedo por menos que afirmar que era un tipo extraordinario en todos los
sentidos. Era una de esas personas de las que ahora se dice que tienen
"carisma". Estoy convencido de que, si le hubiera dado por meterse en política,
habría llegado sin duda a ser presidente de la Nación; pero era demasiado
honesto para dedicarse a esas cosas y prefirió ganarse la vida, y de paso
facilitarnos la nuestra, trabajando como un modesto empleado de banca.
Mi padre no era hipócrita en absoluto; sin embargo, su forma
de ser en casa era completamente distinta a su forma de ser fuera de ella. Y es
que su filosofía de la vida, la que nos inculcó a los demás, poco o nada tenía
que ver con los usos y costumbres sancionados por la sociedad. Su máxima
fundamental era: "el ser humano ha de ser libre de hacer todo lo que le
apetezca, siempre que no infiera daño alguno a los demás". Y este principio,
aparentemente tan simple e inocente, llevado a sus últimas consecuencias podía
producir, y de hecho los produjo en nuestro ámbito, los resultados más
sorprendentes.
Concretándome al campo que en verdad interesa, diré que en mi
casa nunca se cerraba ninguna otra puerta que no fuera la de la calle y el
pasearnos desnudos los unos delante de los otros, cuando era llegado el caso,
resultaba de lo más natural del mundo. «Desnudos nacemos —sentenciaba mi padre—
y no tenemos porqué avergonzarnos de nuestra desnudez».
La cosa no quedaba ahí. Más de una vez, primero siendo crío y
después no siéndolo tanto, irrumpí en el dormitorio de mis padres cuando ambos
estaban de pleno entregados a desatar sus pasiones. Lejos de inmutarse, ellos
seguían con lo suyo, y hasta que no terminaban lo que estaban haciendo no
pasaban a prestarme la debida atención. Y lo mismo que ocurría conmigo, también
ocurría con cualquiera de mis hermanas.
Por supuesto, mi padre no se cansaba de repetirnos una y otra
vez que una cosa era nuestra vida familiar y otra bien distinta la vida social,
que se regía por normas estúpidas que no había más remedio que acatar porque así
lo habían dispuesto los necios que gobernaban el país. Por eso mismo, siempre
terminaba aconsejándonos que no dijéramos nada a nadie de nuestras particulares
costumbres y que, fuera de casa, nos limitáramos a seguir las reglas
establecidas y a hacer y decir lo mismo que hacían y decían los demás. «Lo que
cada cual hace en su casa no le importa a nadie más», solía concluir.
Ya tendré tiempo y ocasión de referir más cosas de mi padre;
pero ahora lo que quiero contaros es lo que sucedió el día en que cumplí los
dieciséis años. Ya Viki, con una sonrisa de pícara, me había anunciado a primera
hora de la mañana que en esta ocasión iba a recibir un regalo de cumpleaños muy
especial y, por más que lo intenté, no fui capaz de sonsacarle nada más. Tuve la
impresión de que todo el mundo sabía cuál era ese regalo, menos yo; pero ni
siquiera a Barbi, la más inocente de todas, conseguí persuadirla para que me
diera alguna pista.
Salvo que cayera en festivo, en cuyo caso lo hacíamos con
ocasión del almuerzo, los cumpleaños siempre se celebraban durante la cena, pues
era entonces cuando mi padre disponía de tiempo suficiente para participar
tranquilamente en el mismo. En general consistía en una cena (o almuerzo)
especial, rematada a los postres con la clásica tarta y sus correspondientes
velitas, procediendo a continuación a la entrega de regalos.
Aquel año, "como premio a mi buen rendimiento escolar", mi
padre me obsequió al fin con la tan ansiada armónica de cambio "Honner" y mis
hermanas se justificaron con las cuatro bagatelas de siempre. Lo importante,
como se suele decir en estos casos, era el detalle y no el valor material del
mismo.
Sólo faltaba, pues, el regalo de mi madre y, por más que
miré, no vi que llevara ningún paquetito encima. Lo que sí advertí entonces es
que se había puesto más guapa que de costumbre, maquillándose como si fuera a
salir a alguna parte y luciendo un vestido de lo más llamativo.
Aunque no lo he dicho antes por no adelantar acontecimientos,
debo señalar que siempre he podido presumir de tener la madre y las hermanas más
guapas que uno pueda imaginar. A sus treinta y siete años, nadie diría que mi
madre había traído al mundo cinco hijos viendo la perfecta silueta que
conservaba. Sus pechos no habían sido nunca excesivos (de hecho, Viki casi los
tenía ya más grandes que ella) y eso hacía que se mantuvieran firmes como en sus
mejores tiempos. Aquella noche debía de haberse puesto uno de esos sujetadores
que tienden a juntar y realzar el busto y el típico "canalillo" se le marcaba de
una forma realmente sugestiva a través del generoso escote.
—Falta tu regalo, mamá —dije, viendo que no hacía ademán de
entregarme nada.
Por la forma en que me sonrió, entendí de inmediato que había
llegado el momento de la gran sorpresa que me anunciara Viki, aunque aún no
tenía ni la menor idea de en qué podía consistir la misma.
—Tendrás que acompañarme a la alcoba para recibir mi regalo
—me respondió, poniéndose en pie y enfilando el pasillo.
Comido por la curiosidad, yo eché a andar tras de ella y al
poco pude oír los pasos de mi padre detrás de mí. Mis hermanas, entre risitas y
murmullos, se quedaron en el comedor apurando los últimos vestigios de la tarta.
Dentro ya de la alcoba, mi madre se dio media vuelta y se
colocó frente a mí. Mi padre, con gesto risueño, se quedó de momento en la
puerta sin llegar a entrar en la estancia.
—¡Aquí me tienes! —exclamó mi madre, tomando mis manos y
llevándolas a sus aquella noche más henchidos pechos—. ¡Mi regalo soy yo misma!
Por supuesto que entendí perfectamente lo que quería decirme,
pero me resistía a creerlo. Veía cómo me ofrecía su boca para que la besara,
pero no me atrevía.
—Vamos, Quini —oí que decía la voz de mi padre a mi espalda.
Y sentí cómo se acercaba hasta mí y me ponía una mano en el hombro—. Ya no eres
ningún niño y, para ser hombre, lo único que te falta es perder tu virginidad.
¿Y quién mejor que tu madre para ayudarte a ello?
—Pero, papá... —acerté a balbucir en medio del creciente
desasosiego que me poseía.
—No hay ningún pero que oponer —me interrumpió—. Por mucho
que los farsantes de ahí fuera aseguren lo contrario y lo consideren una
aberración, no hay nada de malo ni de perverso en que una madre y un hijo se
unan sexualmente. Ante todo, se trata de un hombre y una mujer unidos por unos
lazos que sólo pueden contribuir a hacer más gozosa la unión. ¿Concibes que
pueda existir en el mundo una mujer que te ame tanto como tu propia madre y
desee con mayor ansia hacerte el más feliz de los mortales?
No tenía nada que objetar ni hubiera podido hacerlo aunque
hubiera tenido algo. En vista de que yo no me decidía, mi madre había sellado
finalmente mi boca con la suya y su lengua recorrió mis labios de comisura a
comisura antes de adentrarse en mi cavidad bucal, al tiempo que sus manos
seguían oprimiendo las mías contra sus senos, cuya calidez y morbidez yo notaba
con intensidad creciente.
Casi sin darme cuenta, al calor de aquellas caricias, mi
cuerpo empezó a revolucionarse y mi verga fue estirándose hasta formar un
sobresaliente bulto en mi pantalón.
Fue mi padre quien, situándose ahora detrás de ella, fue
desnudando poco a poco a mi madre y después, con algo más de dificultad, empezó
a hacer conmigo otro tanto. Finalmente, se desnudó él también. Su verga, no
mucho mayor que la mía, parecía estar ya en pleno esplendor.
Ni corta ni perezosa, mi madre se puso en cuclillas y, al
mismo tiempo que chupaba la mía, sobaba con una mano la polla de mi padre.
—¿Te gusta? —me preguntó.
—Me encanta —contesté con voz temblorosa.
A pesar de mi azoramiento, mi herramienta funcionaba a la
perfección. Nunca me la había sentido tan tiesa y poderosa. Y la forma en que mi
madre la lamía y succionaba me la estaba poniendo a reventar.
Cuando estiró hacia atrás el prepucio y comenzó a acariciarme
el glande con la punta de la lengua, aquel suave contacto en zona tan sensible y
delicada me sumió en un mar de estremecimientos. Mi padre me miraba sin cesar de
sonreír, mientras dejaba escapar algún que otro sonido gutural, y yo no sabía
hacia dónde dirigir la vista. Todo aquello me resultaba tan sorprendente e
inesperado que no acababa de superar mi desasosiego.
La escena no dejaba de parecerme un tanto surrealista: mi
padre y yo compartiendo a mi madre, o ella compartiéndonos a ambos. Nunca me lo
hubiera podido imaginar. Aquello, evidentemente, formaba parte de la filosofía
de mi padre; pero a pesar de todo me seguía costando asimilarlo, aunque no por
ello era menor el goce que experimentaba cada vez que mi madre recorría con sus
labios o con su lengua el tallo completo de mi polla.
Estaba ya a punto de correrme cuando mi padre, como si se
hubiera percatado de tal circunstancia, asió a mi madre por las axilas y la
obligó a incorporarse, poniendo de tal modo punto y final a aquel dulce tormento
a que estaba siendo sometido.
—Debes saber, querido hijo —me dijo, mientras pegaba la
espalda de mi madre contra su pecho y comenzaba a acariciarle al mismo tiempo
ambas tetas con gran suavidad—, que, en el sexo como en todo, lo verdaderamente
importante es corresponder —hizo una pausa y una de sus manos descendió hasta
abarcar por completo la vulva de mi madre, cuyo rostro se transfiguró—. No se
trata sólo de recibir, sino también de dar —aquí creo que introdujo al menos un
par de dedos en la vagina de mi madre, que exhaló un profundo suspiro—. Hay que
ser más generoso que egoísta —mi madre parecía deshacerse con el manipuleo que
mi padre se traía en su entrepierna y mi excitación se mantenía en su punto más
culminante.
El sobeo se prolongó largo rato y cualquier problema de
conciencia que yo hubiera podido tener en un principio se esfumó por completo.
Mi madre dejó de parecerme mi madre y lo único que veía ante mí era una mujer
estupenda que, entre gemidos y jadeos, se debatía al borde del colapso,
mirándome a mí, y sobre todo a mi enardecida polla, con ojos extraviados.
Mi situación era un tanto confusa, pues no sabía muy bien en
qué consistía el juego y cuál era el papel que yo había de desempeñar. Mi padre
seguía trabajando con ahínco las partes bajas de mi madre y ésta se mostraba
cada vez más agitada, casi como fuera de sí.
Llevado por el calor de la escena que se desarrollaba ante
mí, inconscientemente comencé a masturbarme. Mi madre farfulló algo que no
llegué a entender, pero la voz de mi padre sonó clara y rotunda:
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
Más confundido todavía, cesé el movimiento de mi mano y
agaché la cabeza sin saber qué responder.
—¿Desde cuándo haces eso? —me interrogó mi padre, dejando
también de hostigar a mi madre.
Me lo preguntó con un tono de voz que no supe muy bien si se
trataba de simple curiosidad o me estaba censurando mi conducta.
—Sólo lo hago cuando se me pone tiesa —confesé cabizbajo.
—¿Y eso ocurre muy a menudo?
Como mejor pude le expliqué lo que me sucedía últimamente
cuando veía a Viki en el baño o desnuda por la casa y, sobre todo, cada vez que
le veía a él follándose a mi madre.
—No hay nada censurable en ello —me tranquilizó—, ni tienes
que avergonzarte. Es algo muy normal a tu edad, aunque es mucho más placentero y
natural hacerlo con una mujer. Vamos —añadió dándome una palmadita en la
espalda—; tu madre ya está más que preparada para recibirte.
Mi madre había aprovechado aquel inciso para tumbarse sobre
la cama y ahora suplía con su mano lo que la de mi padre había dejado de hacer.
Todavía mi padre tuvo que darme un par de empujoncitos antes
de que me decidiera. Estaba rabioso por follarme a mi madre, pero me daba un
poco de corte. A fuerza de oírselo repetir a mi padre, no veía en ello nada
repudiable; pero ahora, al llegar el momento de la verdad, sentía unos enormes
escrúpulos. Me parecía que se trataba de profanar un santuario, de adentrarme en
un terreno prohibido. Tal vez, o al menos así lo pensé, con Viki no hubiera
sentido tanto reparo, pues no me inspiraba el mismo respeto; sin embargo,
tratándose de mi madre, la cosa me resultaba muy diferente. Pero esto es como
todo: sólo consiste en empezar.
No sé si por el nerviosismo propio de la situación, por la
ansiedad que sentía o por cualquiera otra razón que no sabría explicar, mis
primeros movimientos fueron sumamente torpes. De no haber mediado la ayuda de mi
madre, lo más seguro es que ni siquiera hubiera atinado a metérsela. Gracias al
concienzudo trabajo de mi padre, la vagina de mi madre estaba tan lubricada que
hundirme en ella hasta el fondo no me representó el menor problema. Mi polla
entraba y salía con total facilidad y los gemidos de mi madre, que me abrazó
fuertemente, me impulsaban a incrementar cada vez más la velocidad de mis
movimientos. Pronto me olvidé de todo, concentrándome únicamente en degustar al
máximo el enorme placer que sentía en cada incursión. Ni siquiera me di cuenta
de que mi padre también se había echado a nuestro lado, robándome los besos que
yo hubiera querido que mi madre me diera a mí.
Ya del todo lanzado, y dado que su boca no estaba a mi
disposición, empecé a comerme los pezones, que se habían puesto gordos y duros,
mientras mantenía el ritmo de mis embestidas, incentivado por los
estremecimientos que cada una de ellas provocaba en mi madre. Más tarde supe que
había llegado a tener un par de orgasmos; pero, siendo como era mi primera vez,
en esos momentos yo no supe a qué achacarlo y hasta llegué a pensar que la causa
se debía más a los interminables besos de mi padre que a mis frenéticas
acometidas, más rápidas y profundas a
medida que sentía acercarse el momento de mi eyaculación.
Tenía la mente en blanco y bien creo que hasta perdí la
visión en el instante en que me vacié. Y entonces comprendí cuanta razón tenía
mi padre al afirmar que no había ni punto de comparación entre una paja y un
buen polvo y que, ciertamente, una vez metido en faena, los parentescos se
olvidan de inmediato y todo queda reducido a su más simple expresión: un hombre
y una mujer. Todo lo demás pierde su importancia y, vencida la reserva inicial,
se disfruta más, si cabe, que con cualquier otra persona menos conocida y menos
ligada a ti, pues nada puede compararse al amor de una madre por su hijo o de un
hijo por su madre.
Volvimos a repetir y la segunda vez fue aún más maravillosa
que la primera, pues mi padre se limitó a ser mero espectador y mi madre pasó a
ser entera y exclusivamente mía.
No debí de hacerlo mal del todo. Al terminar, mi madre volvió
a abrazarme con todas sus fuerzas y exclamó:
—¡Qué pedazo de hijo tengo!
Y me recompensó con una mamada, que no llegó a producir el
efecto deseado porque yo había quedado ya más que saciado con los dos magníficos
polvos echados y casi pensaba más en Viki, como digna sucesora para la próxima
contienda, ya que no concebía que mi madre volviera a prestarse más a tal
experimento, máxime sabiendo que mi padre la tenía suficientemente colmada en
este aspecto.
—¿Qué te ha parecido el regalo? —me preguntó sonriente mi
padre, satisfecho también por lo visto de mi comportamiento.
—Creo que no lo olvidaré nunca —fue lo que se me ocurrió
decir.
Mis hermanas aún permanecían en el comedor a pesar de que ya
se había hecho bastante tarde. Por el aspecto que presentaban sus vestimentas y
lo acaloradas que todas ellas parecían, tuve la vaga impresión de que también se
habían corrido su particular juerga. Como de costumbre, me despedí de todas y
cada una de ellas, dándoles las buenas noches, y me retiré a mi cuarto.
Lo único que pude hacer aquella noche fue descansar, pues
conciliar el sueño me resultó del todo imposible. Y eso que aún no sabía que lo
que acababa de ocurrir no era sino el comienzo de lo que estaba por venir.
Eso lo dejaremos para sucesivas ocasiones.
CAPÍTULO II
Terminaba mi anterior capítulo diciendo que aquella noche me
fue imposible conciliar el sueño y, por ende, mi cabeza no dejó de darle vueltas
a lo ocurrido. Nunca había llegado a pensar, ni a imaginar siquiera, que mi
primera experiencia sexual tuviera lugar con mi propia madre; pero, una vez que
así había sido, ya no me pareció tan descabellado que mi hermana mayor, Viki,
fuera la siguiente. Probado el elixir del amor, mis deseos de seguir
degustándolo ya se habían disparado y no reconocían fronteras.
Habrá quien haya sacado la conclusión de que, empezando por
mis padres, todos éramos unos depravados. Yo no lo veo así e intentaré
explicarme.
El hecho de que en casa reinara un clima de total
desinhibición, no significa en absoluto que careciéramos de reglas y que cada
cual hiciera lo que le diera la real gana. Aunque parezca contradictorio, mi
padre tenía en muy alto aprecio lo que él llamaba "el respeto a los demás" y era
acérrimo defensor de las "leyes naturales", que, según él, nada tenían que ver
con las impuestas por unos hombres a los otros.
Decía, ¡y cuánta razón tenía!, que «el don más precioso del
ser humano es la libertad de palabra y obra» y aseguraba que cualquier régimen
político no es sino una forma más o menos encubierta de esclavitud, pues no hace
otra cosa que imponer unas obligaciones y prohibiciones que la naturaleza no
impone, coartando la libertad del individuo en aras de unos principios que nadie
sabe exactamente cuáles son, en qué consisten ni a qué conducen.
Cuando se ponía en plan trascendental, decía tantas cosas y
tan profundas que mi tierno intelecto no era capaz de asimilarlas, pero que,
dichas por él, me sonaban a grandes verdades, aunque ya no recuerde ni la mitad
de ellas.
Creyendo no estar equivocado y obrar de acuerdo con lo que se
me inculcaba, el hecho de desear a mi hermana mayor se me antojaba como algo
perfectamente lógico y elemental. Viki era ya casi toda una mujer, estaba muy
buena y cuando pasaba desnuda a mi lado o se metía en la ducha mientras yo
estaba ocupado en otras cosas en el propio cuarto de baño, lo cierto es que, por
muy hermana mía que fuese, a mí se me empinaba el pinganillo y tenía que
recurrir al consabido recurso manual para aplacar la libido desatada.
Antes de catar a mi madre, y a falta de antecedentes de tal
calibre, yo no estaba muy seguro de si follarse a una hermana iba o no contra
las leyes naturales. Para ser sincero, ni siquiera había llegado a plantearme
formalmente tal cuestión, aunque alguna vez que otra hubiera pensado en ello.
Mis primeros tanteos con Viki no dieron los resultados
apetecidos. Tocarle el culo o las tetas no era nada extraordinario y ya lo había
hecho muchas veces, aunque no con la misma intención con que empecé a hacerlo
ahora. Antes no pasaba de ser inocentes bromas y ahora la cosa tomaba un cariz
mucho más serio. Ella no tenía más que fijarse en cómo se me ponía la verga para
darse cuenta del nuevo cambio de actitud operado en mí. Al principio se hacía la
tonta, pero, ante mi insistencia, acabó finalmente aclarándome que su novio le
daba lo que necesitaba y no deseaba nada más de nadie.
Con la consiguiente frustración, me decidí a abordar a mi
padre.
—Tengo un problema, papá.
—¿De qué se trata?
—Desde que hice con mamá lo que hice, tengo unos deseos
enormes de repetirlo con Viki. Pero ella no se deja.
—Está en su perfecto derecho, ¿no crees?
—Dice que con su novio tiene bastante, pero me parece que es
sólo una excusa. Yo no la he visto nunca salir con nadie en plan de novios.
—Tal vez sea como dices o tal vez no. En cualquier caso, no
es correcto intentar forzar a nadie a hacer lo que no quiere. Si ella no accede
a satisfacer tus deseos, el único remedio que te queda es renunciar a tus
pretensiones o intentar convencerla por medios pacíficos.
—He pensado que si tú hablaras con ella del asunto...
—No estaría bien que yo interviniera. Viki podría pensar que,
de alguna manera, estoy tratando de influir en tu favor y eso no sería bueno
para ninguno de los dos. Si una mujer no se entrega a un hombre por propia
convicción, el resultado siempre será desagradable.
—¿Mamá se entregó a mí por propia convicción?
—Por supuesto.
—¿Tú no tuviste nada que ver en ello?
—Simplemente me lo consultó y yo le contesté que me parecía
bien. La decisión fue suya.
—¿Crees que volvería a hacerlo si yo se lo pidiera?
—Eso deberás preguntárselo a ella.
—¿A ti no te importaría?
—Sus deseos serán siempre mis deseos.
La verdad es que, por esta vez, mi padre no me sirvió de gran
ayuda. Supongo que sus razones tendría para adoptar aquella actitud. Yo estaba
convencido de que él nunca se equivocaba, aunque muchas veces no alcanzara a
entenderlo. En este caso lo que sí me quedó bien claro es que aquella guerra
había de librarla yo sólo, y lo que pocos días antes me parecía pan comido se me
convertía en un hueso duro de roer, pues no veía forma de que Viki cambiara de
parecer y ello no hacía sino que mi calentura fuera en aumento. Mi hermana mayor
pasó a convertirse en mi obsesión y la mayor parte del día me la pasaba con el
rabo tieso, supliendo con la imaginación lo que la realidad me negaba.
Por supuesto que mi madre me hubiera podido servir de gran
alivio; pero como no veía en ella detalle alguno que me demostrara el menor
interés por su parte en repetir la experiencia, a mí me daba corte proponérselo.
Más de una vez estuve a punto de hacerlo, pero al final siempre me rajaba.
Tan obcecado estaba con Viki que en ningún momento se me
ocurrió pensar que tenía otras tres hermanas más con las que podía intentar
algo. Y yo no sé muy bien si se trata de algo que suele suceder a menudo, pero a
mi ya se me ha dado varias veces el caso de que lo que realmente quiero se me
muestra esquivo y, sin embargo, se me ofrece en bandeja aquello por lo que no
siento mayor interés. Eso sería, poco más o menos, lo que me aconteció aquel
día.
Habría transcurrido casi como un mes desde mi sonado
cumpleaños y el verano empezaba a dejar sentir sus rigores. Era esa cansina y
aburrida hora de la siesta y, como de costumbre, para respetar la plácida
cabezada de mi padre en el salón, que siempre se quedaba dormido después de
comer, al arrullo del monótono sonsonete de la tele, todos los demás nos
habíamos retirado a nuestras respectivas habitaciones para pasar de la mejor
forma posible aquellos tediosos momentos.
Uno de mis recursos favoritos era tumbarme desnudo sobre la
cama, colocarme los auriculares de mi reproductor de MP3 y escuchar la última
música pirateada a través de Internet. En eso estaba aquella tarde cuando hizo
su aparición mi hermana Dori. Acababa de ducharse y venía equipada con dos
toallas: una envolviendo su cuerpo y la otra formando una especie de turbante en
su cabeza.
Se sentó en el filo de la cama y, como quien no quiere la
cosa, empezó a acariciarme el muslo que le quedaba más próximo y terminó
jugueteando con mi minga, que en esos instantes, contagiada por la galbana de la
hora, distaba mucho de presentar su mejor aspecto y más parecía un gusanillo.
Dori era la más guapa de mis hermanas y, aunque todo hacía
presagiar que acabaría convirtiéndose en una morenaza de las que marcan época,
hasta ahora era la que mayor retraso mostraba en su desarrollo. Sus pechillos ya
empezaban a despuntar, pero todavía no pasaban de ser poco menos que un par de
hinchazones, en las que, eso sí, destacaban unos pezones que abultaban casi
tanto como las propias tetas en sí. Incluso Barbi y Cati ya la superaban en este
aspecto. Con Viki, por supuesto, no tenía ni punto de comparación.
Aunque algo rarilla en sus reacciones, en general, al menos
conmigo, era la más cariñosa de todas y, sobre todo, la más desprendida. Mis
sentimientos por ella eran muy especiales y, tal vez por eso y por su lento
progreso como mujer, ella hubiera sido la primera a la que habría salvado de un
incendio y la última en la que hubiera pensado para dar suelta a mis instintos.
—Viki me ha hablado de que la asedias constantemente.
Me tuvo que repetir la frase porque la primera vez, con los
auriculares encajados en mis orejas, no escuché nada de lo que dijo.
—Tampoco creo que sea para tanto —traté de restar importancia
al hecho. Y, fingiendo una indiferencia que estaba muy lejos de sentir,
apostillé—: No es una cosa que me quite el sueño.
—Ya sé que ella es más atractiva que yo —musitó al tiempo que
arreciaba las caricias sobre mi verga, que poco a poco comenzaba a reaccionar— y
es natural que la prefieras a ella... Lo único que deseo decirte es que, si me
necesitas, puedes contar conmigo para lo que quieras.
—¿Es verdad que Viki tiene novio?
—¿Novio? Es ella la que anda detrás de un tal Luís que no le
hace el menor caso.
—Entonces, ¿por qué me ha dicho que tiene novio?
—¿Eso te ha dicho? —mi polla había tomado ya un aspecto más
presentable y Dori la rodeó con su mano, iniciando una masturbación algo pausada
pero en toda regla—. Será para darse importancia. Ya sabes cómo es de presumida.
Me pareció toda una ingratitud seguir hablando de Viki
mientras ella me prodigaba tan íntimas y gratificantes caricias.
—Tú vales mucho más que Viki —lancé mi cumplido, empezando yo
también a acariciar sus muslos—. Seguro que tienes más pretendientes que ella.
—No te burles de mí —frunció el ceño.
—Es la verdad —insistí en mi mentira, desplazando mi mano
hasta alcanzar con las yemas de los dedos los primeros pliegues de su zona más
candente.
Casual o intencionadamente, la toalla que cubría su cuerpo
empezó a descender, aumentando su desnudez a cada movimiento que hacía.
—Supongo que aún eres virgen, ¿no?
—Supones mal. En esta casa ya no hay ninguna virgen.
—¿Barbi y Cati tampoco?
—Ni siquiera ellas.
—¡Joder! —no pude por menos que exclamar—. ¡Y yo que creía
haber sido el primero!
—Pues ya lo ves: has sido el último.
—Y, en tu caso, ¿quién fue el afortunado?
—Se dice el pecado, pero no el pecador.
La mano de Dori se movía con creciente velocidad y la toalla
pronto dejó de cumplir su función, pues acabó formando un gurruño sobre sus
muslos y yo terminé de desplazarla hasta el suelo.
Su coño y su pelvis se conservaban casi tan lampiños como el
de una recién nacida, y ello no se debía a que se lo depilara sino a que aún no
le había crecido el vello, que formaba apenas una pelusilla, muy suave al tacto
pero poco menos que inapreciable a simple vista.
—¿Qué es lo que más te gusta que te hagan? —pregunté,
mientras ya mis dedos iniciaban un decidido recorrido por las interioridades de
su vagina, demasiado seca aún para pretender cosas mayores.
—No lo sé. Lo que me estás haciendo me gusta mucho.
—También a mí me gusta mucho lo que me estás haciendo tú.
Tanto me gusta que, como sigas a ese ritmo, no respondo de mí.
Ciertamente, mi picha estaba ya más que dispuesta para lo que
hiciera falta. Y, no sé si para sorprenderme, impresionarme o demostrarme sus
aptitudes, se inclinó sobre mí y el masaje pasó de manual a bucal, haciéndome
revivir a plenitud los inolvidables momentos pasados con mi madre.
—Lo haces mejor que mamá —en este caso no era un cumplido. O
era que yo me encontraba mucho más relajado, o realmente Dori superaba a mi
madre en el arte de chupar pollas. En cualquier caso, mis sensaciones resultaban
más placenteras.
Y fue entonces, entre lamida y lamida, cuando a Dori se le
escapó lo que no parecía tener intención de descubrir.
—A papá le encanta esto.
Se quedó unos segundos parada, inmediatamente arrepentida de
lo que acababa de decir.
—Así que papá ha sido el primero.
Reanudó su mamada con el decidido propósito de dejar en
suspenso mi duda; pero yo estaba demasiado interesado en la cuestión y quise
aclararla cuanto antes. Cogí su cabeza con ambas manos y la obligué a mirarme a
los ojos.
—¿Papá fue el primero? —insistí.
Tuve que reiterarle la misma pregunta un par de veces.
Impedida ahora para hacerlo con la boca, volvió a poner en funcionamiento su
diabólica mano, que también hube de inmovilizarle para que no se precipitasen
los acontecimientos.
—Sí —respondió al fin—. Todas hemos recibido el mismo regalo
que tú cuando cumplimos los dieciséis años.
—¿También Barbi y Cati?
—Barbi y Cati lo recibieron por partida doble; primero por
separado y después juntas.
—¿Y cómo es que yo no me he enterado hasta ahora?
—Siempre ha obrado así. Los más chicos nunca nos hemos
enterado de cuando lo hizo con los mayores. Papá considera que hasta los
dieciséis años no tenemos que saber demasiado de estas cosas. Por eso, cuando te
ha tocado a ti, ya no ha sido un secreto para nadie.
Pensando en las posibilidades que ello podría ofrecerme
respecto a mi madre, la siguiente pregunta brotó de inmediato de mis labios:
—¿Sólo lo ha hecho una vez con cada una de vosotras?
—Por supuesto que no. Cuando mamá está con la regla, suele
recurrir a alguna de nosotras para reemplazarla.
—¿Aunque a vosotras no os apetezca?
—Parece mentira que me hagas esa pregunta. De sobras sabes
que papá nunca nos obligaría a hacerlo si no lo deseáramos. Si se ha encargado
de desvirgarnos a todas ha sido por nuestro bien. La primera vez suele ser
dolorosa y él ha conseguido que ese dolor fuera mínimo y que todas acabásemos
sintiendo placer.
Dori había terminado deshaciéndose también de su turbante y
se había colocado a horcajadas sobre mí, frotando acompasadamente su sexo contra
el mío, aunque aún sin penetración. A juzgar por la expresión de su cara, aquel
roce le resultaba cuando menos igual de satisfactorio que a mí.
—Te prevengo que no tengo condones —dije cuando noté que la
cosa empezaba a ponerse al rojo vivo.
—Y yo te informo —replicó ella con una sonrisa— que en tu
mesita hay una caja sin estrenar. Yo misma me encargué de ponértela ahí esta
mañana.
Respiré aliviado al comprobar que era cierto y me apresuré a
colocarme el preservativo antes de que fuera demasiado tarde. Mi padre se había
mostrado siempre claro y contundente al respecto: nada de embarazos. Las razones
que argumentaba eran tanto sociales como genéticas. Cualquier criatura que
pudiera nacer de nuestras relaciones se vería en unas circunstancias un tanto
delicadas y, al propio tiempo, corría el riesgo de sufrir algún tipo de tara.
Incrédulo y contestatario por naturaleza, mi padre mostraba sin embargo un gran
respeto por la ciencia, que constituía, según él, la única fuente segura de
progreso.
Ya debidamente protegido, sin cambiar de postura y dando
muestras de una experiencia que me dejó confundido, Dori fue poco a poco
alojando en su hondonada el buen punzón en que se había convertido mi verga. Se
tomó su tiempo en absorberla del todo, sin dejarme tomar iniciativa alguna. Al
menos en teoría, ella era la experta y yo el imberbe principiante, por lo que mi
obligación era ver, sentir y aprender.
Colocando sus manos sobre mi pecho, y yo atenazando con las
mías sus menudas excrecencias, a partir de ese momento inició una especie de
danza del vientre, dibujando con sus caderas hipotéticos ochos que pronto me
sumieron en un estado de amnesia general, pues me olvidé de Viki, de sus
maravillosas tetas y de todos los malos ratos pasados a causa de su
intransigencia, maldiciendo el haber tardado tanto en encontrar lo que tan a mi
alcance tenía.
—¿Te gusta?
Ociosa pregunta la suya, pues no creo que mis continuos
gemidos de placer dejaran lugar a dudas. No sé muy bien si era efecto del condón
o resultado de una técnica estudiada, mas es lo cierto que yo me mantenía en un
nivel de excitación que me atrevería a calificar de estacionario, en ese justo
punto donde el goce roza su cenit pero sin alcanzarlo del todo. Tenía la
impresión de que, la que consideraba tan inexperta como yo, sabía dominar la
situación como nadie y controlar mis impulsos con precisión matemática. Las
clases recibidas de mi padre debían de haber sido bastante numerosas y, sobre
todo, productivas, a juzgar por los resultados que estaba operando en mí.
A veces me daba la sensación de que su vagina se estrechaba,
aumentando la presión sobre el afortunado huésped que en ella alojaba, y hasta
me parecía que ejercía cierto efecto de succión. Cuando ello sucedía, sus ojos
emitían un brillo especial y se mordía con fuerza el labio inferior.
De haberlo querido, creo que Dori habría podido prolongar
aquella situación todo el tiempo del mundo. Totalmente rendido a la evidencia,
yo me limitaba a mirarla sin perder detalle. A pesar de que su aún humedecida
melena se pegaba a su rostro confiriéndole cierto aspecto salvaje, se me antojó
más guapa que nunca y ardía en deseos de que fueran mis dientes los que
mordieran aquel labio inferior; pero estaba claro que en aquella primera vez
Dori había decidido asumir la total dirección de la escena, y cualquier intento
por mi parte de ser más participativo quedaba rápidamente neutralizado.
No podría decir cuanto tiempo duró. Creo que el detonante fue
escuchar el sonoro bostezo de mi padre, claro indicio de que ya había
despertado. Casi coincidiendo con él, la respiración de Dori se fue tornando más
jadeante, sus movimientos más apresurados y, cuando quise darme cuenta, los dos
estábamos estrechamente enlazados y acuciados por una avalancha de
estremecimientos que nos dejó a los dos sin habla, mientras mi savia vital se
agolpaba en la punta del condón.
Fue algo en verdad increíble, en nada parecido a lo vivido
con mi madre. No sabría decir si mejor o peor, pero sí por completo distinto. De
lo que no me cupo la menor duda es de que en Dori, mi hermana preferida por lo
demás, había encontrado una estupenda maestra que me haría gozar mucho y bien.
Cuando, con sus dos toallas colgadas del brazo, salió de mi
habitación cimbreando su cuerpo como auténtica reina de la lujuria, la pregunta
acudió de inmediato a mi mente: ¿serían capaces Viki, Barbi o Cati de superar un
listón tan alto?
Ésta y otras incógnitas las iré despejando en próximas
entregas, salvo que antes os canséis de leerlas.
CAPÍTULO III
Después de que Dori me abriera de par en par las puertas del
paraíso, yo no sabía muy bien a quién estarle más agradecido: si a ella, por tan
deliciosa demostración, o a mi padre, por haberle inculcado tan notables
enseñanzas.
Sabiendo que mi padre se había encargado ya de pasarse a
todas mis hermanas por la piedra, sentí que pisaba un terreno mucho más firme y,
que a partir de ese mismo momento, estaba legitimado para compartir con él el
derecho de pernada respecto a mis hermanas, pues a mi madre seguía
considerándola caso aparte.
Contar con el apoyo incondicional de Dori, me liberó de toda
tensión. Ella siempre me serviría de desahogo en caso de necesidad, y eso me dio
nuevos bríos para reanudar mi particular lucha con Viki, que seguía
resistiéndose a todo trance. Aunque, sin saber muy bien porqué, estaba casi
convencido de que si le hacía saber que me hallaba al corriente de sus andanzas
con nuestro padre, el camino se me allanaría; pero por nada del mundo hubiera
dejado en evidencia a Dori y, en su lugar, lo que hice fue estar más atento a
los movimientos que se producían en casa, pues resultaba evidente que allí
sucedían muchas e interesantes incidencias de las que yo no tenía la menor idea.
Debo confesar que soy de esas personas que acometen las cosas
con gran empeño, pero rápidamente me cunde el desánimo si no logro pronto mi
objetivo. Como no estaba a mi alcance seguir el control del ciclo menstrual de
mi madre, y no me parecía adecuado inmiscuirme directamente en tales asuntos,
intenté servirme de Dori para que me facilitara la misión; pero, entre otras
cosas, ella era demasiado despistada para garantizarme el éxito en la gestión y,
a lo más que se comprometió fue a informarme cuando ella fuera requerida para
hacer alguna de aquellas "suplencias". No era poca ayuda, pero no sirvió de
nada.
Ya la propia Dori me había indicado que tales sustituciones
eran imprevisibles y podían producirse a cualquier hora del día. El único
requisito imprescindible era que mi padre estuviera presente. Todo lo demás era
tremendamente aleatorio; y, por si fuera poco, podía ocurrir que en dos días
desfilaran todas por la alcoba matrimonial o que se pasasen meses enteros sin
ser llamadas.
—Pero, ¿tomáis alguna precaución especial para que los demás
no podamos sorprenderos? —le pregunté a mi fiel informadora, viendo que las
jornadas pasaban y no sucedía nada de nada.
—En mi caso, que yo sepa, no... —Dori vaciló unos momentos y
rectificó—: O tal vez sí. Si es de noche, lo hacemos con la luz apagada; y si es
de día, papá siempre baja las persianas... Con mamá creo que no actúa así.
—Con mamá actúa así y de todas las maneras —repuse yo,
decepcionado.
Y no podía decir mayor verdad. Mi padre, cuando estaba en
vena, era de los de aquí te pillo, aquí te mato. Yo creo que no quedaba rincón
en la casa que no hubiera sido testigo, al menos una vez, de sus arrebatos
conyugales. Lo normal es que lo hicieran en su propia alcoba, pero el baño o la
cocina tampoco eran escenarios infrecuentes.
Pese a todo ello, insisto en que no consideraba ni considero
que tales conductas constituyeran signo alguno de depravación. Con el
transcurrir de los años he llegado a tener conocimiento de casos verdaderamente
horrendos y estoy en condiciones de poder asegurar que el número de abusos
sexuales en el entorno familiar son mucho más numerosos de lo que nadie pueda
imaginar.
Nuestro comportamiento fue siempre bien distinto y, como
decía mi padre, nos limitábamos a hacer uso de nuestra propia libertad,
respetando siempre la de los demás. Vivimos en una sociedad dominada por la
hipocresía y, casi siempre, el que más alza la voz suele ser el que más motivos
tiene para permanecer callado.
Por razones obvias, me estoy limitando a exponer lo que a la
sexualidad se refiere; pero en nuestra vida familiar cotidiana había muchas
otras facetas, ajenas al sexo, que ayudarían a comprender mejor nuestra
particular idiosincrasia y que no saco a colación porque sería desviarme del
tema principal.
Para mí, el asunto de Viki se había convertido ya en un
problema de amor propio desde el instante en que supe que me negaba lo que a
otros le daba. La verdad es que nunca nos habíamos llevado muy bien del todo,
pues a mí me consideraba el "niño mimado" de la casa, el que "siempre se sale
con la suya", y ello hacía que me tuviese algo de manía. Además, poseía un humor
tan variable que uno no sabía nunca cómo abordarla. No es que nuestras
relaciones fueran tirantes, pero tampoco se caracterizaban por la mutua simpatía
que nos profesábamos. Y eso que, guiado por el propio interés evidentemente,
ahora me esforzaba lo indecible en ser para con ella todo lo agradable que
podía, rehuyendo por sistema cualquier motivo de conflicto entre ambos. Porque,
por encima de pequeñas rencillas, había una realidad que se imponía a todo lo
demás: Viki era el auténtico bombón de la casa y yo me moría en deseos de
saborearlo.
Aunque no esperaba que me sirviera de mucho, intenté de nuevo
comprometer a mi padre en el espinoso asunto, a ver si se decidía de una vez a
echarme una mano.
—¿Es cierto, papá, que has desvirgado a mis cuatro hermanas?
Pensé que aquella pregunta le cogería de sorpresa; pero el
sorprendido fui yo, al observar la naturalidad con que abordaba el tema.
—Por supuesto que lo es —contestó sin inmutarse—. ¿Quién
podría hacerlo mejor que yo?
Para aquella pregunta no encontré respuesta y pasé a formular
la siguiente mía:
—Y, después de desvirgarlas, ¿has vuelto a acostarte con
ellas?
—No de forma habitual, pero sí cuando las circunstancias lo
han demandado.
—¿Y cuáles son esas circunstancias?
—¿Para aplicártelas a ti mismo? —sonrió burlonamente.
Tampoco para aquella réplica tenía yo preparada
contrarréplica alguna y proseguí con mi particular ataque.
—¿Mamá no te satisface plenamente?
—Mamá me satisface muy plenamente. Pero hay ocasiones en que
no puede.
—¿La regla?
—Sí señor, la maldita regla.
—¿Y por qué Viki sí quiere contigo y conmigo no?
—¿Todavía sigues con el mismo empeño?
—Es que no hay forma de que se deje.
—Mejor di que aún no has encontrado la forma de que se deje.
—¿Y no me podrías ayudar tú a encontrarla?
—Tal vez podría, pero no lo haré. Ya te he dicho que eso es
algo que tiene que producirse espontáneamente. Y aún añadiré más: mientras más
larga sea la batalla, más valiosa será la recompensa.
Como frase, quedaba muy bonita; pero como consuelo... No me
resignaba a mi suerte y aún hice un último intento:
—Al menos podrías darme una pista, ¿no?
—De acuerdo, te daré una pista: convéncela de que se está
perdiendo algo bueno.
—No entiendo muy bien qué quieres decir.
—Quiero decir, ni más ni menos, lo que he dicho.
—Pues sigo sin entenderlo.
—Agudiza un poco el ingenio y lo entenderás perfectamente.
Total, que me quedé como estaba o más bien peor aún. Puesto
que ya mi propio padre me lo había confirmado sin ningún tapujo, el intentar
sorprender a mi hermana en la cama con él pasó a parecerme algo irrelevante y
cesé en mi empeño.
Siempre he sido bastante orgulloso y eso de hincar la rodilla
delante de alguien no iba conmigo; pero, en el caso de Viki, empezaba a estar
dispuesto a hacer cualquier cosa, incluso a renunciar a mis más sólidos
principios, con tal de obtener su favor.
Aquello afectaba a mi moral, que andaba ya por los suelos. Ni
los esporádicos encuentros con Dori, siempre dispuesta a complacerme y a
esmerarse en hacerlo lo mejor posible, servían para aliviar la carga mental que
soportaba.
—Estás cansado ya de mí, ¿verdad? —me preguntó un día en que,
ni aplicando sus mejores artes, consiguió que me excitara lo bastante como para
iniciar nuestra enésima batalla.
—Sabes de sobras cuál es mi problema y, desde luego, nunca
estaré cansado de ti. Pero ya me conoces. Quizá después resulte que las cosas no
son como parecen y me lleve un desengaño. Quiero decir que es posible que, a la
hora de la verdad, Viki me decepcione. Pero si no lo pruebo, nunca lo sabré.
—Yo creo que lo que necesitas es cambiar un poco de aires.
—¿Qué quieres decir?
—Haremos una prueba, a ver cómo resulta.
Fiel a las costumbres de la casa, ahorrándose la molestia de
vestirse, salió de mi habitación sin darme más explicaciones. No volví a verla
en toda la tarde y durante la cena no cesó de dirigirme miradas y sonrisas que
se prestaban a todo tipo de interpretaciones. La cara de Viki no me incitaba a
pensar que tuviera nada que ver en el asunto que Dori parecía traerse entre
manos.
Las veladas no solían prolongarse demasiado, pues mi padre,
obligado a madrugar por imposiciones del trabajo, se retiraba pronto arrastrando
tras de él a mi madre. Las raras veces que valía la pena, los demás nos
quedábamos en el salón viendo alguna película o programa televisivo, aunque
aquella noche no fue el caso. Viki se encargó de quitar la mesa, dejar listo el
lavavajillas y, con las mismas, desfiló hacia su cuarto, que compartía con Dori.
En circunstancias normales, yo hubiera seguido el mismo camino; pero, consciente
de que algo se cocía en el ambiente, esperé.
El único que tenía el privilegio de poseer una habitación en
exclusiva, era yo. Barbi y Cati también compartían la suya. En realidad, más que
gemelas, Barbi y Cati parecían siamesas porque no se separaban nunca. Aunque las
dos eran exactamente iguales, en casa no teníamos ningún problema para
distinguirlas. Supongo que debía de ser por esa experiencia que se adquiere con
el trato, como la del pastor que sabe identificar a todas y cada una de sus
ovejas y emparejar cada corderillo con su madre.
Barbi y Cati eran sumamente independientes, de forma que casi
podía decirse que, dentro de la familia, constituían un núcleo aparte. En el
fondo, al menos para mí, resultaban unas perfectas desconocidas. Siempre andaban
gastándose bromas entre sí y al principio me molestaban un tanto aquellas risas
tontas que, sin saber porqué, soltaban a cada momento; con el tiempo, me fui
acostumbrando y ya ni siquiera reparaba en ello. Aquella noche, sin embargo, las
dos estaban mucho más serias de lo habitual.
Eran dos auténticas monadas o, si se prefiere, una auténtica
monada en versión doble, con todo el encanto propio de sus quince años. Aunque
nada en ellas era de despreciar, para mí particular gusto lo más sobresaliente
eran sus piernas: las consideraba pluscuamperfectas.
A un cómplice guiño de Dori, que no me pasó desapercibido,
las gemelas también desaparecieron de escena con mi consiguiente decepción, pues
ya me había hecho mis particulares planes respecto a ellas. Dori vino a sentarse
a mi lado en el sofá, me dio uno de aquellos besos que sólo ella me daba y,
cuando ya me disponía a meterle mano una vez más, me frenó en seco.
—Para esta noche —me anunció con mucho misterio—, te he
preparado una sorpresa que espero te agrade. Ahora voy a dejarte solo, pero tú
deberás quedarte aquí cinco minutos más antes de irte a tu cuarto, para dar
tiempo a que todo esté listo. ¿De acuerdo?
Aguardé impacientemente a que se pasara el tiempo señalado y
me dirigí raudo a mi dormitorio, donde esperaba encontrar algo grande y donde no
hallé sino el más deprimente vacío y soledad. Supongo que huelga decir cómo me
sentí. No era Dori amiga de gastar bromas de tan mal gusto y, por eso, no perdí
del todo la esperanza. Pero pasaron otros cinco minutos y la situación siguió
siendo la misma, con lo cual sí que empecé a admitir que esta vez había sido
víctima de una vil inocentada y todas las ilusiones que me hiciera se vinieron
abajo de golpe.
No sé si la decepción era mayor que el cabreo o éste superaba
a aquélla. Fuera como fuera, nunca me sentí tan frustrado como entonces y me
faltó muy poco para llorar de rabia al acostarme.
Y fue entonces cuando empezó a cobrar cuerpo la anunciada
sorpresa. De debajo de la cama me llegaron las inconfundibles risas de Barbi y
Cati, que esta vez me parecieron mucho más angelicales que tontas. Loco de
contento, rápidamente volví a encender la luz y allí, ante mí, me encontré a
aquellas dos diosas desnudas, festejando, más divertidas que nunca, el mal rato
que me habían hecho pasar.
—¿Estás muy enfadado, hermanito? —me preguntó Barbi con
sonrisa burlona.
—Ya te lo puedes suponer.
—Eso lo arreglamos de inmediato —dijo Cati.
Y las dos a una se lanzaron sobre mí haciendo crujir hasta el
último muelle del somier. Tomaron posición, una a cada lado de mí, y las dos al
unísono comenzaron a lamer mi polla que, prontamente agradecida, en cuestión de
segundos se puso en trance.
—¡Vaya con el hermanito! —exclamó Barbi—. No creía que tu
cosa diera tanto de sí. La tienes más grande que papá.
Siempre es placentero que te chupen la verga o los
testículos, pero que te hagan ambas cosas a la vez es algo inenarrable. Y eso es
lo que Barbi y Cati comenzaron a hacer, alternándose cada dos por tres en ambos
cometidos.
Con Dori había ido aprendiendo a retardar cada vez más el
momento de la eyaculación, pero aquello era tan extraordinario que no creí ser
capaz de resistirlo mucho tiempo y, previsoramente, intenté proveerme del
correspondiente condón.
—Esta noche no te va a hacer falta eso —dijo Cati,
arrebatándomelo de la mano y volviendo a guardarlo.
—Esta noche usaremos esto —agregó Barbi, exhibiendo un tubo
de vaselina aún por estrenar.
Ante mi gesto de extrañeza, Cati se apresuró a explicar:
—Papá sólo nos ha dado una vez por el culo y nos gustó tanto
que queremos repetirlo contigo.
—No te importa, ¿verdad? —pareció consultarme Barbi.
No supe qué decir, pues para mí se trataba de toda una
novedad. Me asaltó la duda de si aquello no supondría una contravención a las
leyes de la naturaleza, mas si mi padre lo había practicado quedaba claro que no
debía de serlo.
—Fíjate cómo lo hago yo con Barbi —me indicó Cati— y haz tú
lo mismo conmigo.
Al contrario de lo que sospeché en principio, no se trataba
de que Cati fuera a dar por el culo a Barbi para enseñarme a mí cómo se hacía
(no acertaba a entender cómo iba a arreglárselas para llevar a cabo tal cosa),
sino de los preliminares.
Nos colocamos convenientemente y, siguiendo el mismo
procedimiento que ella aplicaba a Barbi, fui vertiendo vaselina sobre el
estrecho orificio de Cati y, primero con un dedo y después con dos, lubricando y
dilatando su interior hasta dejarlo en condiciones de admitir el objeto más
contundente que era mi embravecido cipote.
Imagínese, amigo lector, la situación. Dos traseros
quinceañeros, dos gloriosos mapamundi níveos y respingones, colocados frente a
mí, apretados el uno contra el otro como disputándose la preferencia; y en medio
de sus correspondientes hemisferios, aquellos dos agujeritos rezumando vaselina
y esperando anhelantes ser colmados de carne.
La verdad es que nunca pensé que un culo pudiera ejercer tal
fuerza de seducción y a Barbi le tocó la peor parte, porque fue la primera que
elegí y debo reconocer que entré a matar. A la pobre se le saltaron hasta las
lágrimas y aunque la cosa ya no tenía remedio, pues se la había metido casi toda
de un golpe, no pudo por menos que recriminarme:
—¡Así no, bruto! Debes hacerlo poco a poco.
Creo que las nalgas de Cati se contrajeron un poco, como
poniéndose a la defensiva. Yo me quedé un rato parado, sin saber muy bien qué
hacer. Me pareció que sacar lo que ya estaba dentro no procedía y tampoco Barbi
me lo pidió. Sin embargo, en cuanto intenté profundizar un poco más, su queja no
se hizo de esperar:
—¡Quieto, quieto! Estate quieto hasta que yo te avise. Pero
hazlo con suavidad y no a lo bestia.
Lo debía de estar pasando bastante mal pues hablaba entre
dientes. Cati, desconfiada, me dirigió una rápida mirada la mar de elocuente.
No sé si era mi propia verga la que continuaba expandiéndose
o, por el contrario, eran las paredes de la prisión que la albergaba las que
encogían. En cualquier caso, yo notaba una opresión cada vez mayor y, en cierto
modo, preocupante. ¿Sería capaz de sacarla de allí?
Afortunadamente, cuando Barbi me dio el visto bueno, comprobé
que la cosa funcionaba a las mil maravillas y que, al cabo de unos cuantos
compases, mi polla entraba y salía como Pedro por su casa y empecé a disfrutar
plenamente del invento.
Con Cati todo marchó mucho mejor, pues ya actué con el debido
tacto y la primera penetración la llevé a efecto con todo el miramiento que el
caso requería, forzando su esfínter lo justo para que, sin dolor, admitiese la
invasión de que estaba siendo objeto.
En cuanto empezaba a verme muy apurado, cambiaba de
receptáculo tomándome el tiempo adecuado para recuperar la calma. Tanto una como
otra gemían ruidosamente cuando les tocaba su turno, pero yo no advertía
indicios de que ninguna de las dos pudiera llegar al orgasmo por aquel
procedimiento y no me consideraba en disposición de mantener indefinidamente
aquel trajín. De hecho, cada vez me costaba más trabajo dar marcha atrás y veía
que mi explosión estaba a punto de producirse de un momento a otro.
Barbi y Cati debieron de ser conscientes de ello, pues de
pronto empezaron a masajearse sus respectivos clítoris y así fue como, con la
colaboración de todos, pude rematar felizmente la faena. Barbi se corrió a la
vez que yo y, dejando un reguero de semen por el camino, aún tuve tiempo de
coger a Cati para descargar en ella mis últimas reservas y propiciar su propio
clímax.
No había sido fácil la cosa, nunca había estado tan al límite
del agotamiento, pero bien mereció la pena al comprobar que mis dos gemelas se
mostraban del todo satisfechas y, como colofón, me volvían a poner a tono y me
recompensaban con una felación que me hizo dormir hasta el mediodía de un tirón.
Y todo aquello estuvo muy bien y nunca se lo agradecí
bastante a Dori; pero nada de ello conseguía quitarme de la mente a Viki y más
ahora que era la única que me quedaba por probar. ¿Cómo encontraría la forma de
convencerla de que se estaba perdiendo algo bueno?
Ya veremos si en la próxima entrega consigo hallar la
respuesta. Por si acaso, mucho agradeceré cuantas sugerencias me puedan hacer
los amigos lectores. O tal vez alguna lectora amiga, con mayor conocimiento,
sepa darme alguna orientación. Y es que, como han visto, mi padre no está
dispuesto a ayudarme en este asunto, de tan vital importancia para mí.
CAPÍTULO IV
Mi padre era un auténtico "ganador nato". Le gustaba jugar a
todo y no perder a nada. Uno de sus juegos preferidos era el ajedrez y desde los
doce años me incitó a que me aficionara yo también, alegando que se trataba de
un método ideal para cultivar la inteligencia. Estaba claro que sus
posibilidades de conseguir el campeonato del mundo eran muy remotas, pero
ganarme a mí resultaba sumamente fácil y por eso, antes que competir por aquél,
prefería medir sus fuerzas conmigo. Como perder siempre es un aburrimiento, mi
padre procuraba buscar los alicientes necesarios para que mi "afición" no
decayera.
—Te doy un alfil de ventaja —me tentó la primera vez.
El resultado siguió siendo el mismo y el alfil lo cambió por
un caballo, después por una torre y a continuación por las dos. Dado que, aún
así, yo contaba las partidas por derrotas, acabé exigiéndole que se dejara de
tonterías, que se quedara con sus torres y me diera la reina de ventaja, pues
ésta era siempre la que más problemas me ocasionaba. Y aquello equilibró tanto
la balanza que, al tercer intento, acabé dándole un jaque mate sin
contemplaciones. La cara de mi padre hasta cambió de color, se tragó como mejor
pudo el reniego que estuvo a punto de salir de su boca y, después de señalar que
la reina era demasiado, me hizo la más tentadora propuesta que podía hacerme:
—Te doy las dos torres y, si me ganas, te ayudaré en el
asunto de Viki.
Como ni que decir tiene que mis progresos con Viki eran
nulos, aquella oferta me resultó irresistible. Si antes me hacía el remolón para
evitar los enfrentamientos, ahora era yo el que, en cuanto veía a mi padre sin
ninguna ocupación clara, ya estaba con el tablero y el envase de las piezas en
la mano dispuesto a un nuevo desafío. Y a base de echarle fe y corazón, no sin
pocos esfuerzos y rompederos de cabeza y tras no sé cuantos intentos, terminé
alcanzando la meta soñada: infligir la segunda derrota a mi padre.
—Está bien —dijo con cara de fastidio y resignación—. Lo
prometido es deuda. Dúchate y prepárate bien, que vamos a dar un paseo muy
especial.
Me chocó un poco aquello del "paseo muy especial", pero jamás
mi padre había faltado a una promesa y seguí sus instrucciones sin la menor
objeción, dándome un baño a conciencia y colocándome mis mejores prendas. Como
ya sabía lo que significaba el "prepárate bien", regué profusamente mis axilas
con desodorante y utilicé la colonia de las grandes ocasiones.
—Hoy vas a conocer a una persona que significa mucho para mí
—me dijo, a modo de confesión, cuando ya conducía hacia el centro de la ciudad—.
Ni siquiera tu madre sabe de su existencia.
—¿Significa que debo guardar el secreto?
—No necesariamente. No se trata de ningún secreto.
—Entonces, ¿por qué no sabe nada mama?
—Saberlo sólo le produciría daño y creo que ya es suficiente
con el que me produce a mí.
—Si es así, ¿por qué vamos a ver a esa persona? ¿Qué tiene
ella que ver con Viki?
—A la vuelta hablaremos de ello.
Desde el lugar en que aparcó el coche hasta el punto de
destino quedaba aún un buen trecho que, obviamente, hicimos a pie. Terminamos
adentrándonos en una de las sucias y estrechas callejas del casco antiguo, de
las que todavía conservaban el suelo de adoquines. Estaba bastante desierta y
los escasos tipejos con los que nos cruzamos inspiraban de todo menos confianza.
—¿No es éste el barrio de las putas? —pregunté para confirmar
mis sospechas.
—Putas hay en todos los barrios, pero éste es el que se lleva
la fama.
Para el tipo de edificaciones que allí predominaban, la casa
ante la que finalmente nos detuvimos ofrecía un aspecto que hasta resultaba
lujoso. Mi padre golpeó la puerta de una manera que tenía toda la pinta de ser
una especie de contraseña. Al cabo de un rato se abrió una mirilla y un par de
ojos verdes nos atisbó a través del reducido hueco.
—¡Joaquín de mi vida! —exclamó alborozada una voz de mujer.
Se sucedieron una serie de chasquidos y chirridos al otro
lado de la puerta y, al fin, ésta cedió, facilitándonos el paso.
—¿Cómo está mi querida Merche? —saludó jovialmente mi padre.
—¡Qué bandido eres! —replicó la aludida—. Debe de hacer por
lo menos dos años que no te dignas venir a verme.
Y los dos se fundieron en un abrazo, como si se conocieran de
toda la vida.
La tal Merche tenía una inconfundible pinta de meretriz.
Debía de ser, poco más o menos, de la edad de mi madre, aunque la cantidad de
maquillaje que llevaba encima impedía hacer mayores precisiones. Conservaba un
cuerpo francamente atractivo, aunque a saber los métodos de que se había valido
para conseguirlo.
—Aquí tienes a mi pequeño Quini —me presentó mi padre,
liberándose del largo y efusivo abrazo.
Y Merche, reparando por fin en mi humilde persona, me estampó
un par de besos en ambas mejillas que a buen seguro me dejaron señaladas las
marcas del carmín que embadurnaba sus labios.
—¡Ah, mi pequeño Quini! —exclamó, propinándome también un
abrazo—. Si supieras las ganas que tenía de conocerte...
Nueva sesión de chasquidos y chirridos, para asegurar la
docena de cerrojos y cerraduras que daban consistencia a la puerta, y sigilosa
caminata por un espacioso corredor casi en penumbra, para desembocar en una
especie de salita no mucho más iluminada.
—Bueno —dijo mi padre, dejándose caer en un butacón con la
confianza del que se halla en su propia casa—. Encárgate primero del chico y
después, si no te parece mal, hablaremos.
Por muy infantil que pudiera parecer el gesto, fue de
agradecer que Merche me cogiera de la mano para conducirme a través de un
auténtico laberinto de dependencias, a cual más oscura, hasta situarme en una
salita muy similar a aquélla en la que se había quedado mi padre.
Me invitó a tomar asiento en una especie de rústico diván.
—Aunque supongo que tu padre ya te habrá advertido al
respecto —me dijo a título de recomendación—, es muy conveniente que guardes
absoluta discreción y no cuentes nada a nadie de tu estancia en esta casa. Por
tu edad, mi obligación sería no permitirte la entrada; pero se trata de un favor
especial que me ha pedido tu padre y a él no puedo negarle nada —intercaló una
pausa, esperando tal vez algún comentario de mi parte, y viendo que yo nada
decía, continuó—: Ahora te presentaré a algunas amigas mías y tú sólo tienes que
decirme cuál de ellas es la que más te gusta, ¿OK?
—OK —repetí casi por inercia.
Merche se ausentó unos instantes para volver encabezando una
hilera de hasta seis maravillosas criaturas, todas mucho más jóvenes que ella y
ataviadas con unos ropajes que creí sólo existían en las películas. Una a una,
las seis se acercaron a darme un fugaz beso en los labios, indicándome sus
nombres y pasando a continuación a formar en fila a poco más de un metro delante
de mí.
Mi elección no se hizo esperar. La última, que se me presentó
como Bea, era el vivo retrato de Viki y eso disipó cualquier duda que pudiera
haber albergado. Nada más indicárselo a Merche, ésta hizo una seña a las demás
chicas para que abandonaran la sala y, dándome un ligero pellizco en la mejilla
izquierda, dijo:
—Que buen gusto tienes, bribón. ¡Bendita la rama que al
tronco sale!
Con cierta timidez, no sé si fingida o natural, Bea vino a
sentarse a mi lado, se apretó contra mí y me colocó una mano sobre la rodilla.
—Tómate todo el tiempo que quieras —me indicó Merche—. Yo,
ahora, voy a decirle cuatro cosas al truhán de tu padre. Cuando terminéis, Bea
te mostrará el camino para reunirte con nosotros.
Nada más quedar a solas, Bea se puso de nuevo en pie y me
tomó una mano de una manera que me pareció muy especial.
—Ven —dijo, con la voz más dulce que jamás había escuchado—,
en mi cuarto estaremos más cómodos.
La seguí sin rechistar, asombrado aún de su tremendo parecido
con Viki. Evidentemente, no era Viki; pero hasta su forma de andar me recordaba
a mi hermana. Calculé, a ojo de buen cubero, que debía de ser a lo sumo tres o
cuatro años mayor y un par de centímetros más alta. Por lo demás, las
diferencias eran mínimas.
Su "cuarto" me pareció el de una princesa. No por lo lujoso,
que no lo era, sino por lo armonioso que todo resultaba en él. Entre unas cosas
y otras, me hallaba francamente cohibido y en eso sí pareció reparar Bea al
instante.
—¿Qué te parece si nos desnudamos y nos echamos en la cama?
—propuso con una sugerente sonrisa, mientras encogía los hombros para hacer
resbalar por ellos las tirantas de su ligero vestido—. Así podremos charlar más
a gusto.
Y, viendo que yo seguía quieto como un estafermo, ella misma
comenzó a desabotonarme la camisa.
—Vamos, hombre —fue su cariñosa reprimenda—. Debes sentirte
como en tu casa. Si me has elegido a mí, deberá ser porque te gusto, ¿no? ¿O hay
alguna otra razón especial?
Tuve la impresión de que Bea sabía acerca de mí bastante más
que yo de ella. La verdad es que estaba hecho un completo lío. ¿Qué tenía que
ver todo aquello con la promesa de mi padre de ayudarme en el asunto de Viki?
¿Quién era la persona tan especial a la que iba a conocer? ¿Era Merche, con la
que parecía tener una vieja amistad, o era Bea, por su extraordinario parecido
con mi hermana? Supuse que se refería a esta última, pero aún así, todavía no
comprendía muy bien la situación.
Bea era preciosa y estaba claro que iba a terminar follando
con ella, lo cual me parecía estupendo. No obstante, a pesar de su semejanza,
para mí Viki era Viki y Bea era Bea; y si mi padre había llegado a pensar que me
daba lo mismo una que otra, se equivocaba.
—¿Siempre eres así de serio y callado?
La pregunta de Bea me sacó de mi momentáneo ensimismamiento.
Ella ya estaba desnuda del todo y a mí me había despojado de la camisa, andando
ahora atareada con mis pantalones y perdiendo más tiempo del necesario en abrir
la cremallera de la bragueta, no precisamente por torpeza.
—¿Conoces a Viki? —la pregunta más bien se me escapó.
—Conozco a varias. ¿A cuál de ellas te refieres?
—A mi hermana.
—Puede que la conozca o puede que no. ¿Por qué me lo
preguntas?
—Se parece mucho a ti.
Bea terminó de bajarme los pantalones y, por encima del slip,
atrapó mis genitales con una mano y comenzó a acariciarlos.
—¿Por eso me has elegido a mí? —me miró con una sonrisa entre
divertida y burlona—. ¿Te gusta mucho tu hermana?
Una de las reglas de oro impuestas por mi padre («no referir
nunca fuera de casa lo que pasara o dejara de pasar dentro de ella») acudió de
inmediato a mi mente y preferí ignorar su segunda pregunta e improvisar una
respuesta para la primera.
—Te he elegido porque eres la que más me gustaba de las seis.
Sospeché que, de igual forma que jugaba con mi paquete, que
no dejaba de crecer, también estaba jugando un poco conmigo.
—¿Qué opinión te merecen mis tetas?
—Para mi gusto, son ideales.
—¿No crees que son un poco grandes?
—A mí me gustan así.
—¿Sabes que una de las cosas que más me encantan es que me
las acaricien? Y si son unas manos tan suaves como las tuyas, mejor que mejor.
No me hice de rogar dos veces y pasé a satisfacer sin
dilación su demanda. Al principio apenas las rocé con las yemas de los dedos,
pero pronto acabé abarcándolas de lleno y tuve que reprimirme para no apretar
más de la cuenta. Era la primera vez que sentía mis manos tan colmadas y la
sensación era tan agradable que mi verga acabó de dispararse para alcanzar su
forma más pletórica.
Cuando estaba ya del todo lanzado y dispuesto a penetrarla
tal como nos encontramos, de pie uno frente al otro, muy sutilmente se zafó de
mi acoso.
—Termina de desnudarte y vamos a la cama.
Rápidamente hice lo que me pidió y al poco los dos nos
comíamos el uno al otro sobre el mullido lecho. Para ser una prostituta, ponía
una pasión en sus gestos y gemía de forma tan convincente, que o muy alta era su
capacidad de fingimiento o en verdad lo estaba disfrutando tanto como yo.
Devoré hasta saciarme aquellos hermosos senos y, aunque
estaba ya rabioso por poseerla del todo, ella no tenía prisa ninguna y demoraba
a conciencia el momento culminante. No me importaba demasiado, porque sus
caricias hacían más que soportable la espera. Aprendí muchas cosas nuevas y por
primera vez practiqué el famoso sesenta y nueve. Bea era una maestra a mi lado y
no se cansaba de guiarme y asesorarme sobre lo que era más conveniente para
hacer gozar a una mujer al máximo, al tiempo que me demostraba que ella sabía
muy bien cómo se puede hacer gozar de igual forma a un hombre.
No sé cómo lo hizo, pero cuando quise darme cuenta mi polla
estaba ya debidamente protegida con el correspondiente condón. Aunque no podía
asegurarlo, estaba casi convencido de que tenía que habérmelo colocado con la
boca. De buena gana le hubiera preguntado para salir de dudas; pero me pareció
que quedaba mejor no mencionándolo, evitando así el evidenciar aún más mi
inexperiencia. Hubo un momento en que mis pensamientos se dirigieron a Dori,
disfrutando de antemano la sorpresa que iba a proporcionarle cuando ejercitara
con ella todo aquel cúmulo de conocimientos nuevos.
Cuando por fin mi pene se abrió paso en la ansiada guarida,
Bea siguió sorprendiéndome. Al mismo compás que yo bombeaba sobre ella, su
vagina se contraía y dilataba de forma increíble, alimentando mi placer hasta
límites insospechados. Me desveló posturas que yo nunca hubiera alcanzado a
imaginar, instruyéndome en las ventajas y desventajas de cada cual. Yo, para ser
sincero, no percibí ninguna desventaja y gozaba por igual de una u otra manera,
lo mismo cuando la atacaba por detrás como cuando lo hacía por delante o estando
encima, debajo o al costado de ella. A cada postura le encontraba pronto algún
beneficio extra.
Lo más sorprendente de todo, y creo que ello se debió más a
los méritos de Bea, fue el tiempo que aguanté sin eyacular. Quizás, sin yo
saberlo, tal era la razón de tanto cambio de postura o quizás el secreto
radicaba en aquellas contracciones vaginales. Sea como fuere, es lo cierto que
debí de estar como una hora machacando antes de que el más prolongado orgasmo
jamás sentido hasta entonces hiciera vibrar hasta la última de mis células.
Los dos quedamos sudorosos y agotados y, al menos yo, sólo me
di cuenta de ello cuando cesé en mi febril actividad. No puede decirse que Bea
hubiera tenido menos desgaste, pero tal vez estaba más habituada que yo a
semejantes batallas y su respiración era bastante más acompasada que la mía.
—¿Has quedado satisfecho?
Creo que mi derrotado aspecto hacía innecesaria toda
respuesta. Y fue a continuación cuando me empezó a resultar más comprensible la
actitud de mi padre, pues Bea me dio todo un cursillo acelerado de qué es lo que
hay que hacer y evitar para intentar seducir a una mujer.
—El éxito no está garantizado al cien por cien —me previno—,
pero las posibilidades son muy grandes.
Como, mientras me daba sus explicaciones, no había cesado de
incordiarme con sus caricias, mi predisposición para un segundo polvo era
absoluta y ella no quiso dejar pasar la ocasión. Fue bastante menos ajetreado
que el primero, pero el final nada tuvo que envidiarle.
Por último, Bea me facilitó su número de móvil y me encareció
que la llamara todas las veces que fuera preciso. Entonces me aclaró que lo que
había hecho conmigo había sido algo circunstancial y que su modus vivendi no lo
constituía la prostitución, aunque a veces la practicara en casos muy
especiales.
—¿Quieres decir que yo he sido un caso especial?
—Tú eres un caso mucho más que especial.
De acuerdo con lo prevenido, me condujo hasta la sala en que
se hallaban Merche y mi padre, pero se excusó de entrar en ella negándose a dar
cualquier tipo de explicaciones.
De regreso a casa, mi padre fue bastante más expresivo.
Merche había sido su novia antes de que conociera a mi madre y la "persona
especial" no era otra que Bea, de la que estaba convencido ser el padre, cosa
que Merche negaba y que él no podía asegurar del todo al oponerse ambas a
realizar la prueba del ADN.
—¿Bea es, pues, mi hermana?
—Todo indica que así es. Viki es la que más se parece a mí, y
Bea es prácticamente su copia. O, para ser más exactos, Viki es la copia de Bea.
No dije nada, pero me quedó clara la intención de mi padre al
llevarme a conocer a Bea. Viki no se me había apartado de la cabeza, pero ahora
veía las cosas de otra manera. La idea de mi padre no era ayudarme a convencer a
Viki, sino convencerme a mí de que existían muchas otras Victorias por el mundo
y casi lo había conseguido. Él había cumplido su promesa, pues en ningún caso me
especificó qué clase de ayuda me iba a prestar. Bea acababa de encargarse del
resto.
CAPÍTULO V
Ya sé que el tema de la sexualidad entre familiares es harto
controvertido y más de un lector o lectora se habrá llevado las manos a la
cabeza al introducirse en el contenido de mis escritos, dándome la espalda y
considerándonos unos seres execrables tanto a mí como a mi familia.
Sabía que esto podía ocurrir y me lo pensé mucho antes de
acometer la empresa; pero la vida me ha enseñado que la gran mayoría, en
público, sólo vive de las apariencias y que mi caso no es tan anormal como
cabría parecer a la gente que, de buena fe, condena estas prácticas. Porque son
más los que las condenan y, en el fondo, hubieran dado cualquier cosa por ser
los protagonistas de esta historia.
Ya señalé en un episodio anterior que, al iniciar esta serie,
mi objetivo era concretarme a mis actividades sexuales desde su punto de
partida, coincidente con mi decimocuarto cumpleaños. Los acontecimientos que
narro no se sucedieron de una forma inmediata en el tiempo, sino que se trata de
hechos puntuales más o menos distanciados entre sí y entre ellos sucedieron
muchas otras cosas que dejo sin mencionar porque se salen de mi susodicho
objetivo.
Hago esta aclaración para que nadie se forje la errónea idea
de que en mi casa el sexo era una obsesión y nos pasábamos los días enteros
fornicando sin descanso unos con otros, pues nada más lejos de la realidad.
Honestamente creo que, salvo las peculiaridades de estas relaciones, fruto de la
particular educación recibida que nos hacía asumirlas como algo natural, nuestra
forma de vida no difería mucho de la que caracteriza a cualquier otra familia
convencional.
«¿Por qué —solía preguntarse mi padre— hemos de buscar fuera
lo que ya tenemos en casa? ¿Acaso algún país importa productos de los que ya
tiene excedente?». Y esto, que para muchos podrá parecer un desatino, para
nosotros era de una lógica aplastante.
Una vez dejada constancia de que estoy curado de espanto
contra los ataques de los intransigentes, meapilas y beatos, prosigo sin más el
hilo de mis memorias.
Mi primer encuentro con Bea me dejó tan marcado que casi
puede decirse que, a partir de entonces, empecé a ser una persona distinta.
Aunque Bea fuera, como con el tiempo se demostraría, un miembro más de la
familia, para mí supuso la primera experiencia fuera de casa y el descubrimiento
de muchas cosas que hasta entonces desconocía del sexo opuesto. Ello me permitió
afrontar desde una perspectiva bien distinta mi personal asunto con Viki.
Puesto que, según Bea, una mujer suele mostrarse tanto más
inaccesible cuanto mayor sea el interés que se evidencia hacia ella, mi primer
paso fue adoptar una actitud de total indiferencia. No me resultó nada fácil,
pero poco a poco lo fui consiguiendo. Los consejos de Bea me dieron la fortaleza
de ánimo necesaria para paliar el desencanto que me producía el no apreciar
ningún cambio significativo en el comportamiento de la mayor de mis hermanas. Ya
dije con anterioridad que soy una persona proclive a desanimarme enseguida
cuando las cosas no marchan como yo quisiera.
Por supuesto, la que más se beneficiaba de mis progresos era
Dori, siempre dispuesta a experimentar nuevas sensaciones. Ella era mi válvula
de escape en la misma medida en que supongo yo era la suya. Con Barbi y Cati,
después de la sesión de sexo anal, no había vuelto a tener más aventuras y ya me
picaba el gusanillo de repetir con ellas, aunque por separado. Pero, como de
costumbre, iban a lo suyo y no parecían necesitar de nadie más.
—¿No serán un poco tortilleras? —le comenté a Dori.
—Yo también lo he pensado algunas veces, pero nunca las he
visto hacer nada de eso.
Y así, poco más o menos, estaba la situación cuando mi padre
recibió noticias de la tía Marta, su hermana menor. Al parecer, su matrimonio
hacía aguas, había optado por la separación y requería a mi padre para que la
ayudara en los trámites a seguir.
Marta, que contaba un año menos que mi madre, vivía en
Romedales, un pequeño pueblecito perdido en plena sierra, cuna de mis abuelos
paternos, con cuya casa se quedó en el reparto de la herencia. Hubo un tiempo en
que todos los veranos íbamos a pasar una semana o dos con ella, pero las
relaciones entre mi padre y Genaro, el marido de Marta, se fueron enturbiando y
aquellas visitas finalizaron. De esto habían pasado ya sus buenos cinco o seis
años. Teníamos bastantes familiares más allí, pero menos allegados.
Yo guardaba gratos recuerdos de mi tía y, sobre todo, de sus
dos hijas, Sara y Martita, con las que había pasado muy buenos ratos, para nada
relacionados con el sexo, pues aún éramos demasiado pequeños como para pensar en
esas cosas. Así que, no bien mi padre habló de ir a ver a su hermana aquel fin
de semana, automáticamente me apunté voluntario para acompañarle, y lo mismo
hizo Dori, que también sentía un cariño muy especial por las dos primas.
A tía Marta la encontré como siempre, pues prácticamente no
había cambiado en nada; pero a Sara y Martita creo que no las habría reconocido
si me hubiera cruzado con ellas por la calle. Sara acababa de cumplir los
dieciocho y, aunque poco agraciada de cara, tenía un cuerpazo de los que quitan
el hipo; Martita, de la misma edad que Dori, había dado un sorprendente estirón
y prometía mucho; pero aún seguía siendo una niña tanto mental como físicamente.
Yo empezaba a sentirme ya todo un hombre.
Pensaba encontrarme a una tía Marta un tanto atribulada por
las circunstancias. Como no concebía a mi madre sin mi padre, me parecía que una
ruptura matrimonial debía de ser una gran desgracia. Mi tía, sin embargo,
presentaba la alegría propia de quien se ve liberada de un pesado yugo y su
única preocupación era que la casa siguiera siendo de su propiedad y que sus
hijas continuaran bajo su techo. Cuando mi padre la tranquilizó, asegurándole
que ambas cosas podía darlas por hechas, sabedora de que él jamás afirmaba nada
gratuitamente, se puso más contenta que unas castañuelas y pronunció una frase
cuyo significado, en un principio, no supe captar:
—Y hoy le daremos motivos al estúpido de mi marido para que
sus sospechas de todos estos años tengan fundamento.
La incógnita no se me despejó hasta ya entrada la noche,
cuando mi padre y su hermana se encerraron en el cuarto de ésta. A juzgar por
sus gritos, Marta debió de disfrutar como nunca en su vida con las diabluras de
mi padre y, cuando salió del dormitorio, ataviada con un atrevido camisón, su
cara se había transfigurado y hasta parecía haber rejuvenecido unos cuantos
años. Martita, como era de suponer, no se enteró de nada e incluso se llegó a
creer que Sara y Dori se estaban burlando de ella cuando, a cada grito de Marta,
se miraban entre sí y sonreían.
A partir de ese momento, Marta pareció empeñarse en
revolucionar la casa y, sin ambages, aprovechó el tiempo de la cena para
desvelar a sus hijas nuestras costumbres y el especial encanto que encerraba el
sexo en familia.
—Sí, queridas —dijo, entre otras cosas—, todos mis problemas
con vuestro padre venían porque creía que yo y vuestro tío, aquí presente,
aprovechábamos sus ausencias para ponerle los cuernos. Y eso es algo que no
había sucedido nunca hasta hoy, y bien que lo lamento. Porque vuestro tío, aquí
presente, me ha hecho sentir lo que jamás vuestro padre me hizo sentir ni por
asomo. Por primera vez en mi vida, hoy me siento una mujer realizada y, también
a partir de hoy, quiero que de una vez por todas desaparezcan de esta casa las
falsas apariencias. Lo único que siento —aquí me dirigió una mirada
escalofriante— es que Dios no me haya concedido la dicha de traer al mundo un
garañón como vuestro primo, que pudiera alegrar nuestras vidas.
Las miradas de Sara y Martita confluyeron automáticamente en
mí. Martita vagamente sabía de qué iba la cosa, pero los ojos de Sara fueron más
que elocuentes y ya me vi aquella noche ocupado en dar satisfacción a semejante
cuerpo de ensueño. Y tantas y tan buenas cosas imaginé, que al acabar la cena mi
erección era la propia de uno de esos garañones a que me había equiparado mi
tía, a quien no pasó desapercibido el hecho.
No sé si es que se imaginó que la causa de mi excitación era
ella o que, habiéndole gustado tanto el revolcón con mi padre, quería probar
también con el hijo. Sin cortarse un pelo, echó mano a mi bragueta, la abrió y
sacó a la luz lo que en ella se ocultaba, llamando la atención del resto de la
concurrencia (cosa innecesaria porque todos estaban pendientes de su acción)
para que "comprobaran lo bien armado que estaba el niño".
—¡Jolín, primito! —exclamó Martita, abriendo mucho los ojos—.
¡Qué pedazo de rabo tienes!
—Buen churro para mojar en el café —bromeó Sara.
—¿Y sabes usarlo adecuadamente? —me interrogó una tía Marta
que cada vez me parecía más salida.
—Intento hacerlo lo mejor que puedo... cuando me dejan.
—¿Te gustaría intentarlo conmigo?
—Bueno —repuse encogiéndome de hombros.
Aunque mi tía no estaba nada mal, ya me había engolosinado
con Sara y a ella hubiera escogido de haber tenido elección; pero no tuve
ninguna. Cuando ya Marta me llevaba hacia su cuarto, me pareció observar que mi
padre se inclinaba para decirle algo a Sara al oído. No hubo tiempo para más.
A puerta cerrada, porque aún las costumbres de mi casa no
habían sido asumidas en su totalidad, mi tía empezó preocupándose más de
aligerarme de ropa a mí que de desprenderse ella de la suya. Mi verga era, sin
duda, el principal foco de su atención y a ella dedicó sus masajes iniciales,
primero manualmente y poco después bucalmente. Tal vez esperaba que la cosa
diera aún más de sí y, viendo que no era tal el caso, desistió a las pocas
lamidas y procedió a desnudarse también ella.
Por el bulto que hacían bajo la ropa, daba por sentado que mi
tía andaba bien servida de tetas, pero la realidad superó todas mis previsiones.
Eran tan grandes que, atrapando mi polla entre ellas, prosiguió el masaje
interrumpido, descubriéndome así una nueva modalidad que ni siquiera Bea me
había enseñado. Cuando el glande sobresalía por entre aquellas masas carnosas,
Marta aprovechaba para darle nuevos lengüetazos a la punta.
Lo inesperado de la situación me mantenía un poco confuso.
Todo estaba saliendo al revés de como yo lo había imaginado y no sabía muy bien
qué estrategia seguir. De momento, Marta acaparaba todo el protagonismo y me
dejaba poco margen para aplicar yo mis recursos sobre ella.
En la postura que manteníamos, malamente podía acariciarle el
rostro y a duras penas el cuello y los hombros; y a ello me dedicada sin
demasiado convencimiento. La cubana que me estaba administrando me sabía a
gloria, más aún porque sabía que ella habría de cansarse antes de llegar yo al
orgasmo. Y aunque así fue, no me cupo duda de que se hallaba en una gran forma
física, porque aguantó mucho más de lo esperado en aquella posición tan incómoda
para ella y realizando aquellos movimientos que la hacían más fatigosa todavía.
—¡Sí que es dura la criatura! —exclamó en un tono que no sé
si era más de admiración que de reproche o viceversa—. Tu padre se habría
corrido ya por lo menos dos veces.
Se incorporó haciendo una rictus de dolor. Era lógico que sus
piernas se resintieran al haber permanecido tanto rato en cuclillas.
Consideré llegado el momento de empezar a exhibir mis
habilidades y, tomándola de la cintura, la hice girar ciento ochenta grados, de
forma que quedara de espaldas a mí. Y mientras mi verga hallaba acomodo entre
sus bien nutridas nalgas, buscando el tibio contacto de su sexo, mis manos
empezaron a amasar aquellas portentosas tetas hasta notar que sus pezones se
ponían duros como piedras. Fue entonces cuando mi mano diestra bajó hacia su
vagina y, hundiendo un dedo entre sus labios, froté a conciencia la hendidura a
la búsqueda de ese botón tan singular que toda mujer oculta en semejante zona y
que sólo se manifiesta en ocasiones como la que ahora nos ocupaba.
No tardó mi tía en arrancarse con aquellos gritos de soberano
placer tan pronto como la yema de mi dedo entró al fin en contacto con su
clítoris. Y, en una de las veces que acertó a echar su torso hacia delante,
aquello bastó para que mi pene tuviera también libre acceso a las profundidades
de su más íntima cueva, que acogió la intrusión con un auténtico redoble de
espasmódicas contracciones.
—Ten mucho cuidado, sobrinito —me apercibió en su placentera
agonía—. No vayas a dejarme embarazada.
—¿No tienes condones?
—El único que tenía lo ha usado tu padre. ¿Cómo ib