Te gusta follarme el culo porque puedes hacerlo sin condón y
es más pequeño que el coño de una virgen. Te gusta hacerlo de pie, conmigo
apoyada en la cama.
Me haces sentir como una guarra.
Puta.
Vivo de esto, y lo sabes bien porque soy la mejor. Porque me
comporto como un ser inferior sin sentimientos y, por eso, no puedes
penetrarme... no como se lo haces a tu mujer. A mí no me conoces, ni a mí ni a
mi mente. Por mucho que transites con caricias de levedad incandescente el aroma
de piel, no puedes traspasar la línea que corta mi físico y mi psique, porque no
quieres conocerme. Sólo quieres follarme, quebrarme en mil suspiros, en un par
de orgasmos que conforman tu deseo.
Y así, como muchas tardes, vuelves. Vuelves a desnudarme, a
ponerme las medias, los tacones de aguja y el corto vestido blanco de satén,
para subirlo un poco y agarrarme fuertemente las nalgas mientras susurras a mi
oído palabras soeces con acento pegajoso.
Eres mala conmigo, perra.
Péname.
La seda sucumbe al tacto de un par de pezones endurecidos.
Mis ojos se cierran, los labios se entreabren, y el aire que sale de tu aliento
rebota contra los lunares de mi nuca. Eriza el vello.
Hace frío en esta casa.
Tu polla arde entre mis piernas, haciéndome sentir, poco a
poco, ese calor inigualable que siempre se extiende a través de la espina
dorsal. Ese calor que derrite mis entrañas y acribilla mi cerebro, exangüe
finalmente en un alarido, un espasmo, un coma profundo de tan sólo un segundo.