Ante el altar me hallé feliz, como la novia que acude
enamorada a casarse. Pero también feliz por lo que esperamos muchas mujeres de
un día tan señalado: los preparativos, la ceremonia, la marcha nupcial, el
fascinante traje, el banquete… Aún así ni Félix, mi marido, ni yo nos
consideramos una pareja convencional y un día especial como el de nuestra boda
no había de desarrollarse por completo dentro de los cánones establecidos. Ese
era nuestro pacto de amor, por llamarlo de algún modo. ¿Qué momento de esa
jornada tan feliz subvertiríamos sin otro fin que procurarnos más deleite? Por
supuesto la denominada noche de bodas.
Era cuestión de planearlo bien y sobre todo contar con amigos
y amigas fieles. Para ello estaban los seis mejores, tres hombres y tres
mujeres, que formaban además entre sí tres parejas heterosexuales. Les expusimos
nuestro plan un mes antes de la boda, en el que si querían colaborar, eran parte
activa. En un principio no fue aceptado unánimemente y sin alguna que otra
reserva, sino que al escuchar nuestra petición sus gestos fueron bien diversos:
desde la estupefacción, la duda o el rechazo, hasta el entusiasmo o el aplauso.
Lo explicamos nuevamente y dejamos las cosas claras, presentando nuestra oferta
como una oportunidad única e insólita en la vida. Si lo explicamos con un mes de
antelación fue con la idea de dejarles unas semanas de margen para que se
decidieran.
El banquete acabó; nos despedimos de familiares y demás
invitados. Nos sentíamos muy felices. Al salir a la calle desde el salón de
bodas encontramos una furgoneta monovolumen aparcada enfrente. La había
alquilado para la ocasión Oscar, que junto a su esposa Adriana, Andrés y Sara y
Leonardo y Basilia, nos aguardaban para subir todos juntos al vehículo. Ellas
habían sido mis damas de honor e iban preciosas, al igual que ellos, tan
atractivos.
Los ocho nos plantamos ante la puerta de la suite nupcial del
Three Apple Hotel. La dirección del hotel cumplió las instrucciones de mi recién
estrenado marido preparando la estancia como él les pidió: dos camas redondas de
dos metros y medio de diámetro cada una y separadas apenas por un metro la una
de la otra.
Ellas para él; ellos para mí. Ver disfrutar a tu marido,
verte él a ti, sin prejuicios, justo después de contraer matrimonio, puede ser
la mayor prueba de amor.
