Cuando llegué a casa, el pequeño Fred ya estaba en la cocina,
frente al televisor.
Su madre le había colocado en la cabeza la jaula que yo mismo
había diseñado en la fábrica. Ésta le cubría completamente la cabeza. Las
planchas de hierro salían de una placa central y le rodeaban la cara desde
atrás. A la altura de los ojos las planchas se separaban dejando un hueco de
unos 3 centímetros de diámetro para que pudiese mirar a través de ellos. La
jaula estaba sujeta al respaldar de la silla por una cadena regulable.
Me senté a su lado y pude observar que le sangraban las
encías debido a que el hierro oxidado le apretaba la mandíbula.
Al otro extremo de la mesa, en la tele, un negro enorme
taladraba a un par de jovencitas de aspecto nórdico. A una se la follaba por el
coño y a otra por la boca. La silla del pequeño Fred estaba dispuesta de forma
que quedara frente a la pantalla. Si en algún momento el pequeño Fred, asqueado
y dolorido, apartaba la mirada, su madre tiraba de la cuerda que, a través de
una polea instalada en el techo, se unía al casco de metal por su parte
superior, haciendo que los clavos de la parte inferior se deslizaran hacia
arriba, incrustándose en el cuello del pequeño Fred.
Esto parecía divertir mucho a Rose, mi mujer, pues a veces
tiraba de la cuerda sin motivo aparente. Y el pequeño Fred emitía entonces unos
alaridos muy extraños, como un ave del paraíso.
Rose estaba semidesnuda y se sentaba de forma obscena sobre
el sofá estampado, con las piernas bien abiertas. Me fijé que de su coño
asomaban unos dedos diminutos. Me acerqué y de un fuerte tirón saqué aquella
extremidad amoratada que asomaba de su interior. Era la mano de Heather, nuestra
hija sordomuda, a la que habíamos asesinado la noche anterior. Según descubriría
esa misma noche Rose había aprovechado mi visita a la fábrica para desenterrar
el cadáver. Con ayuda de mis tijeras de podar le había arrancado de cuajo uno de
sus bracitos y, una vez lavado, lo había alojado allí, en la calentura de su
dilatada vagina. Luego se las arregló para enterrar de nuevo el cuerpo de
Heather (o lo que quedaba de él) exactamente en el mismo lugar. Tuvo que ser un
esfuerzo sobrehumano, impropio de una mujer tan menuda y delicada como Rose.
Nos fundimos en un abrazo. Y sus ojos brillaron con la luz
del tubo fluorescente.
De nuevo el pequeño Fred emitió un alarido. La pasión del
momento hizo que la cuerda se tensara de forma inesperada y los clavos le
atravesaron la barbilla.
Rose encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana que daba
al patio trasero.
-Mañana hará un buen día. Lo han dicho en las noticias –dijo
medio ausente.
Y apagó las luces.