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TODORELATOS » RELATOS » SABORES INCESTUOSOS (2)
[ El buen paño, en el arca se vend ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 17-Jul-08 « Anterior | Siguiente » en Gays (6352 de 6573)

Sabores incestuosos (2)

paterbond007
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Filial Gay._El muchacho sigue con la búsqueda del sabor que quedó en su memoria tras probar los jugos paternos. (incluye dibujos de varios autores). Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

SABORES INCESTUOSOS- 2ª PARTE

(Resumen de la primera parte): “Durante mi adolescencia viví obsesionado con los recuerdos (¿o eran sueños?) de mi relación paterno-filial. Imágenes calientes de posibles encuentros con mi padre, y que me acompañaban desde mi más tierna infancia. De todo aquello solamente me quedaban, además de los sueños, el recuerdo de cierto sabor que jamás pude olvidar, y por el que me obsesioné durante largos años, tratando de  volver a paladearlo en alguna de las “fuentes” por las que fui bebiendo a través del tiempo.

Inconscientemente lo busqué en el licor que destilaba la verga de mi padrastro, Marco, pero, además de la vergüenza que pasé, no tuve la suerte de encontrar lo que buscaba.

Tampoco se cumplieron mis expectativas al saborear el esperma del hijo de Marco, mi hermanastro Daniel, del que recuerdo la frondosa vellosidad de sus piernas y muslos, así como la soberbia enculada con la que me homenajeó la primera noche en que dormimos juntos”.


 

Aquella noche en la que aprendí, mejor dicho: recordé, lo que era ser penetrado por la verga de un hombre, y que terminó de una forma tempestuosa, al eyacular yo mismo un potente chorro de esperma sobre el rostro de la persona que había irrumpido en nuestra alcoba enfocándonos con una linterna.

-         ¡Hijo! Pero...¿qué estáis haciendo, cochinos?

La respuesta era obvia, así que mamá -era ella- intentó limpiarse el espeso chorreón de lefa , que le colgaba de las pestañas, y, dando media vuelta, intentó alejarse de allí manteniendo una mínima dignidad.

Tras el susto inicial, llegaron las risas. Sofocadas, pero risas. Intenté levantarme, porque de repente me habían entrado unas incontenibles ganas de mear, pero Daniel no me dejó. Su polla, que durante unos minutos se había deshinchado dentro de mi ano, había recuperado su dureza, por lo que mi hermanastro quiso aprovechar la nueva erección con una tercera sesión de enculamiento. Sin apenas esforzarse, consiguió subirme sobre su cuerpo, de forma que mis nalgas se apoyaban sobre su vientre y mi culito quedaba expuesto para la total penetración. Quedé frente a él, con sus manazas atenazando los huesos de mis caderas, comencé a notar un delicioso gustirrinín que iba en aumento conforme su grueso nabo taladraba mi interior a marchas forzadas. Incapaz de volver a eyacular, mi pene comenzó a gotear un chorrito de orín que me devolvió, de golpe, toda la vergüenza que sentía por mis veleidades mingitorias, con lo que, cubriendo mi sexo con la mano, intenté parar la micción. Daniel, que estaba observando todas las reacciones de mi rostro, reparó en lo que hacía y se apresuró a ordenarme:

-         ¡No se te ocurra parar! ¡Sigue meando, pero yaaaaaaaaaaaaa! - y, mientras decía ésto, me penetraba con más brusquedad, si cabe, con  su descomunal cipote.

Como muchacho obediente que era, aparté mi mano y dejé salir el chorro de orín, que primero empapó mi vello púbico, luego el velludo pecho de mi hermanastro, para acabar describiendo un arco...que llegaba, justamente, hasta su boca.

Daniel hizo gárgaras con mi ardiente meado, a la par que me empujaba con sus caderas con tal ímpetu, que yo brincaba sobre su vientre , hincándome hasta los hígados su polla de veinteañero.

Minutos después, ya vestido,  mientras Daniel se limpiaba los rastros de orín y esperma de su cuerpo musculoso, yo lo miraba desde la cama, pero no era a él a quien veía, papá, sino a tí, imaginando que los vapores del agua de la ducha eran como una niebla  en la que desaparecía mi infancia.

La reacción de mamá no se hizo esperar. Como siempre, fue drástica en sus decisiones. De la misma forma que te había tirado de casa a tí, papá, cuando sospechó de que tu amor por mí rebasaba con creces lo permitido por las gentes bien pensantes, así actuó al encontrarnos a Daniel y a mí en aquella postura tan...impropia. Tras limpiarse el chorreón de esperma de su rostro, tuvo una acalorada discusión -de puertas a dentro- con Marco, mi padrastro. Ella no iba a permitir que nadie pusiese en peligro el alma inmortal de “su tesoro” (o sea, yo), así que ella misma iba a encontrar la solución de una forma rápida.

Durante unos días mamá estuvo en paradero desconocido. Tanto Marco, como Daniel, e incluso yo mismo, estábamos un tanto...asustados por lo que estaría tramando en su cabecita de gallina clueca preocupada por su polluelo. Si cuando se separó de ti, papá, había llegado hasta a cambiarme el apellido para que nada nos vinculase jamás...¿de qué sería capaz ahora?.

Por si las moscas, Daniel y yo guardábamos las distancias. Mi hermanastro me miraba como un perro hambriento que desea zamparse un suculento hueso, pero sin atreverse a proponerme nada indecente. Yo notaba como su desesperación iba en aumento hora tras hora, y no perdía de ocasión de manosearse la bragueta cuando pasaba junto a él. Al día siguiente de la marcha de mamá, de forma insospechada, pude comprobar la forma con la cual, el pobre muchacho, intentaba saciar su deseo de sexo.

Al hijo de Marco le habían encontrado acomodo en la calurosa buhardilla. Allí, entre viejos cuadernos escolares, arcones polvorientos y juguetes rotos, mamá había colocado una cama plegable  para acomodar a su indeseable (para ella) hijastro. Sin acordarme (o puede que sí) de que la buhardilla era, ahora, improvisada alcoba, subí buscando...nosequé, y encontré a Daniel...


 

El pobre chaval estaba acurrucado sobre sí mismo, intentando (y consiguiendo) lamer la punta de su verga como si fuese un perro caliente. Chorreando sudor, atinó a levantar la mirada hacia mí, y con una sonrisa suplicante me indicó por señas lo necesitado que estaba. Una parte de mí se ablandó por lástima hacia mi hermanastro, mientras otra parte se endurecía rabiosamente. Me acerqué dubitativo, pero según avanzaba hacia el chulazo me embargó el penetrante olor de su virilidad, consiguiendo despejar mis dudas de un plumazo.


 

Aún a sabiendas de que el sabor que iba a encontrar no era el que estaba buscando, no tardé en engullir el poderoso rabo que me presentaba mi despatarrado hermanastro. Allí terminaron nuestros miedos, y esa misma noche estuvimos retozando hasta bien entrada la madrugada, sin importarnos los ratones que nos miraban con ojillos libidinosos.

Aproveché la libertad, momentánea, de no tener a mamá cerca de mí, para salir a mi antojo, sin cortapisas de ninguna clase. Frecuenté la compañía, sabia y precoz compañía, del compañero de colegio que me había aclarado algunas cuestiones sobre el sexo, y, en un arranque de franqueza, le conté la infructuosa búsqueda del sabor que poblaba mis sueños desde que era un tierno mamoncete. El chico, otro adolescente zanquilargo con los testículos tan alborotados como los míos, me habló de la posibilidad de catar, al alimón, los jugos procedentes de la entrepierna de dos hombres maduros. Parientes  suyos, para más señas.

Los hombres, padre e hijo,  que justamente trabajaban en el mismo taller mecánico que mi padrastro Marco, no se hicieron mucho de rogar ante las pretensiones de su viciosillo pariente (sobrino y primo, respectivamente). Al fín y a la postre habían sido ellos mismos los que le habían iniciado, años ha, en los placeres de llevarse a la boca las partes pudendas de dos varones bien plantados.

Quedamos con ellos una tarde, durante el receso en el trabajo para fumarse un pitillo. En la parte trasera del taller había un patio donde se pudría un viejo coche. Ni ruedas tenía el pobre armatoste. Sin embargo, cosa curiosa, la radio todavía funcionaba.

Mi amigo y yo llegamos corriendo, pasándonos una pelota que habíamos llevado para tener una excusa. Los maduros ya nos esperaban acomodados dentro del viejo vehículo, con los pantalones desabrochados y los falos emergiendo como dos periscopios del oleaje formado por  sus rizados vellos púbicos.

Un poco tembloroso, me acomodé en cuclillas entre los muslos del mayor. Con mi cogote rozaba el volante del coche, con los labios probaba la calidez del glande. En mi nariz rozaban los vellos canosos con aroma indefinible.

Junto a mí, hombro con hombro, mi amigo engullía la dura verga de su primo, catando los tibios fluidos pre-seminales. Las manos callosas, enormes, con restos de grasa incrustados bajo las uñas, nos marcaban el ritmo correcto de mamada. Incluso me pareció observar, en una de las ojeadas que lancé hacia arriba , que padre e hijo intercambiaban un profundo beso en el momento álgido de eyacular en nuestras bocas.

Espesos grumos patinaron garganta abajo. Con la lengua tomé una porción de aquel semen, aplastándolo contra el cielo de mi boca, distribuyéndolo por mis papilas gustativas e intentando concentrarme lo más posible en la localización del sabor que me quitaba el sueño.

 


Nada que objetar, por mi parte, a la calidad del licor espermático. Pero...no. No era, ni por asomo, el  sabor que yo recordaba. Intercambiamos los puestos. Tras fumarse un cigarro los adultos (a nosotros no nos dejaron), recomenzamos la acción. La polla del  joven era ligeramente más corta, pero mucho más gruesa que la de su padre. En la radio del coche, oportunamente, estaban emitiendo un anuncio de caramelos Chupa-Chups, coincidiendo la musiquilla de fondo con los vaivenes de nuestras bocas engullendo y sacando los robustos nabos.   Ahogamos una carcajada y seguimos a lo nuestro. De vez en cuando chasqueábamos la lengua, relamiendo las gruesas gotas de precum que brotaban imparables de las boquitas sonrosadas.

 Realmente parecíamos dos someliers intentando adivinar la añada y la categoría de los caldos que estábamos catando.

Como era el día de libranza de mi padrastro, todos los mecánicos del taller, tras enterarse de nuestra presencia en el patio, fueron pasando de uno en uno. Apenas había terminado con una polla, cuando ya tenía a otro mecánico, con el mono desabrochado, embutiéndome su carne hasta las amígdalas.


 

Casi sin esperar el veredicto, se empujaban unos a otros con el ansia de ser mamados por el hijastro de Marco. Y todos fueron pasando por mi boca. Unos en pleno suelo del patio, otros al abrigo del interior del coche. Y todos dejaron su regalo en el interior de mi boca, hasta que se mezclaron los sabores y ya ni siquiera era capaz de distinguir unos de otros.


 

Tanta cantidad de espeso semen tragué aquella tarde, que el estómago me quedó algo revuelto. Aunque Marco me había concedido permiso para volver a casa cuando oscureciese, no quise esperar hasta tan tarde y caminé hasta mi hogar soltando pequeños eructos con regusto a esperma.

Entré sigilosamente. Quería darme una ducha y descansar un rato. Pero, al pasar ante la alcoba de matrimonio, unas voces quedas, unos gemidos de indiscutible tonillo sexual, hicieron que me parase en seco.

¿Habría vuelto mamá? O, en caso contrario...¿con quién estaba mi padrastro Marco follando en su cama de matrimonio?

TodoRelatos.com © paterbond007

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