SABORES INCESTUOSOS- 2ª PARTE
(Resumen de la primera parte): “Durante mi adolescencia viví
obsesionado con los recuerdos (¿o eran sueños?) de mi relación paterno-filial.
Imágenes calientes de posibles encuentros con mi padre, y que me acompañaban
desde mi más tierna infancia. De todo aquello solamente me quedaban, además de
los sueños, el recuerdo de cierto sabor que jamás pude olvidar, y por el que me
obsesioné durante largos años, tratando de volver a paladearlo en alguna de las
“fuentes” por las que fui bebiendo a través del tiempo.
Inconscientemente lo busqué en el licor que destilaba la
verga de mi padrastro, Marco, pero, además de la vergüenza que pasé, no tuve la
suerte de encontrar lo que buscaba.
Tampoco se cumplieron mis expectativas al saborear el esperma
del hijo de Marco, mi hermanastro Daniel, del que recuerdo la frondosa
vellosidad de sus piernas y muslos, así como la soberbia enculada con la que me
homenajeó la primera noche en que dormimos juntos”.

Aquella noche en la que aprendí, mejor dicho: recordé, lo que
era ser penetrado por la verga de un hombre, y que terminó de una forma
tempestuosa, al eyacular yo mismo un potente chorro de esperma sobre el rostro
de la persona que había irrumpido en nuestra alcoba enfocándonos con una
linterna.
- ¡Hijo! Pero...¿qué estáis haciendo, cochinos?
La respuesta era obvia, así que mamá -era ella- intentó
limpiarse el espeso chorreón de lefa , que le colgaba de las pestañas, y, dando
media vuelta, intentó alejarse de allí manteniendo una mínima dignidad.
Tras el susto inicial, llegaron las risas. Sofocadas, pero
risas. Intenté levantarme, porque de repente me habían entrado unas
incontenibles ganas de mear, pero Daniel no me dejó. Su polla, que durante unos
minutos se había deshinchado dentro de mi ano, había recuperado su dureza, por
lo que mi hermanastro quiso aprovechar la nueva erección con una tercera sesión
de enculamiento. Sin apenas esforzarse, consiguió subirme sobre su cuerpo, de
forma que mis nalgas se apoyaban sobre su vientre y mi culito quedaba expuesto
para la total penetración. Quedé frente a él, con sus manazas atenazando los
huesos de mis caderas, comencé a notar un delicioso gustirrinín que iba en
aumento conforme su grueso nabo taladraba mi interior a marchas forzadas.
Incapaz de volver a eyacular, mi pene comenzó a gotear un chorrito de orín que
me devolvió, de golpe, toda la vergüenza que sentía por mis veleidades
mingitorias, con lo que, cubriendo mi sexo con la mano, intenté parar la
micción. Daniel, que estaba observando todas las reacciones de mi rostro, reparó
en lo que hacía y se apresuró a ordenarme:
- ¡No se te ocurra parar! ¡Sigue meando, pero
yaaaaaaaaaaaaa! - y, mientras decía ésto, me penetraba con más brusquedad, si
cabe, con su descomunal cipote.
Como muchacho obediente que era, aparté mi mano y dejé salir
el chorro de orín, que primero empapó mi vello púbico, luego el velludo pecho de
mi hermanastro, para acabar describiendo un arco...que llegaba, justamente,
hasta su boca.
Daniel hizo gárgaras con mi ardiente meado, a la par que me
empujaba con sus caderas con tal ímpetu, que yo brincaba sobre su vientre ,
hincándome hasta los hígados su polla de veinteañero.
Minutos después, ya vestido, mientras Daniel se limpiaba los
rastros de orín y esperma de su cuerpo musculoso, yo lo miraba desde la cama,
pero no era a él a quien veía, papá, sino a tí, imaginando que los vapores del
agua de la ducha eran como una niebla en la que desaparecía mi infancia.
La reacción de mamá no se hizo esperar. Como siempre, fue
drástica en sus decisiones. De la misma forma que te había tirado de casa a tí,
papá, cuando sospechó de que tu amor por mí rebasaba con creces lo permitido por
las gentes bien pensantes, así actuó al encontrarnos a Daniel y a mí en aquella
postura tan...impropia. Tras limpiarse el chorreón de esperma de su rostro, tuvo
una acalorada discusión -de puertas a dentro- con Marco, mi padrastro. Ella no
iba a permitir que nadie pusiese en peligro el alma inmortal de “su tesoro” (o
sea, yo), así que ella misma iba a encontrar la solución de una forma rápida.
Durante unos días mamá estuvo en paradero desconocido. Tanto
Marco, como Daniel, e incluso yo mismo, estábamos un tanto...asustados por lo
que estaría tramando en su cabecita de gallina clueca preocupada por su
polluelo. Si cuando se separó de ti, papá, había llegado hasta a cambiarme el
apellido para que nada nos vinculase jamás...¿de qué sería capaz ahora?.
Por si las moscas, Daniel y yo guardábamos las distancias. Mi
hermanastro me miraba como un perro hambriento que desea zamparse un suculento
hueso, pero sin atreverse a proponerme nada indecente. Yo notaba como su
desesperación iba en aumento hora tras hora, y no perdía de ocasión de
manosearse la bragueta cuando pasaba junto a él. Al día siguiente de la marcha
de mamá, de forma insospechada, pude comprobar la forma con la cual, el pobre
muchacho, intentaba saciar su deseo de sexo.
Al hijo de Marco le habían encontrado acomodo en la calurosa
buhardilla. Allí, entre viejos cuadernos escolares, arcones polvorientos y
juguetes rotos, mamá había colocado una cama plegable para acomodar a su
indeseable (para ella) hijastro. Sin acordarme (o puede que sí) de que la
buhardilla era, ahora, improvisada alcoba, subí buscando...nosequé, y encontré a
Daniel...

El pobre chaval estaba acurrucado sobre sí mismo, intentando
(y consiguiendo) lamer la punta de su verga como si fuese un perro caliente.
Chorreando sudor, atinó a levantar la mirada hacia mí, y con una sonrisa
suplicante me indicó por señas lo necesitado que estaba. Una parte de mí se
ablandó por lástima hacia mi hermanastro, mientras otra parte se endurecía
rabiosamente. Me acerqué dubitativo, pero según avanzaba hacia el chulazo me
embargó el penetrante olor de su virilidad, consiguiendo despejar mis dudas de
un plumazo.
Aún a sabiendas de que el sabor que iba a encontrar no era el
que estaba buscando, no tardé en engullir el poderoso rabo que me presentaba mi
despatarrado hermanastro. Allí terminaron nuestros miedos, y esa misma noche
estuvimos retozando hasta bien entrada la madrugada, sin importarnos los ratones
que nos miraban con ojillos libidinosos.
Aproveché la libertad, momentánea, de no tener a mamá cerca
de mí, para salir a mi antojo, sin cortapisas de ninguna clase. Frecuenté la
compañía, sabia y precoz compañía, del compañero de colegio que me había
aclarado algunas cuestiones sobre el sexo, y, en un arranque de franqueza, le
conté la infructuosa búsqueda del sabor que poblaba mis sueños desde que era un
tierno mamoncete. El chico, otro adolescente zanquilargo con los testículos tan
alborotados como los míos, me habló de la posibilidad de catar, al alimón, los
jugos procedentes de la entrepierna de dos hombres maduros. Parientes suyos,
para más señas.
Los hombres, padre e hijo, que justamente trabajaban en el
mismo taller mecánico que mi padrastro Marco, no se hicieron mucho de rogar ante
las pretensiones de su viciosillo pariente (sobrino y primo, respectivamente).
Al fín y a la postre habían sido ellos mismos los que le habían iniciado, años
ha, en los placeres de llevarse a la boca las partes pudendas de dos varones
bien plantados.
Quedamos con ellos una tarde, durante el receso en el trabajo
para fumarse un pitillo. En la parte trasera del taller había un patio donde se
pudría un viejo coche. Ni ruedas tenía el pobre armatoste. Sin embargo, cosa
curiosa, la radio todavía funcionaba.
Mi amigo y yo llegamos corriendo, pasándonos una pelota que
habíamos llevado para tener una excusa. Los maduros ya nos esperaban acomodados
dentro del viejo vehículo, con los pantalones desabrochados y los falos
emergiendo como dos periscopios del oleaje formado por sus rizados vellos
púbicos.
Un poco tembloroso, me acomodé en cuclillas entre los muslos
del mayor. Con mi cogote rozaba el volante del coche, con los labios probaba la
calidez del glande. En mi nariz rozaban los vellos canosos con aroma
indefinible.
Junto a mí, hombro con hombro, mi amigo engullía la dura
verga de su primo, catando los tibios fluidos pre-seminales. Las manos callosas,
enormes, con restos de grasa incrustados bajo las uñas, nos marcaban el ritmo
correcto de mamada. Incluso me pareció observar, en una de las ojeadas que lancé
hacia arriba , que padre e hijo intercambiaban un profundo beso en el momento
álgido de eyacular en nuestras bocas.
Espesos grumos patinaron garganta abajo. Con la lengua tomé
una porción de aquel semen, aplastándolo contra el cielo de mi boca,
distribuyéndolo por mis papilas gustativas e intentando concentrarme lo más
posible en la localización del sabor que me quitaba el sueño.

Nada que objetar, por mi parte, a la calidad del licor espermático. Pero...no.
No era, ni por asomo, el sabor que yo recordaba. Intercambiamos los puestos.
Tras fumarse un cigarro los adultos (a nosotros no nos dejaron), recomenzamos la acción. La polla del joven era ligeramente más corta,
pero mucho más gruesa que la de su padre. En la radio del coche, oportunamente,
estaban emitiendo un anuncio de caramelos Chupa-Chups, coincidiendo la
musiquilla de fondo con los vaivenes de nuestras bocas engullendo y sacando los
robustos nabos. Ahogamos una carcajada y seguimos a lo nuestro. De vez en
cuando chasqueábamos la lengua, relamiendo las gruesas gotas de precum que
brotaban imparables de las boquitas sonrosadas.
Realmente parecíamos dos someliers intentando adivinar la
añada y la categoría de los caldos que estábamos catando.
Como era el día de libranza de mi padrastro, todos los
mecánicos del taller, tras enterarse de nuestra presencia en el patio, fueron
pasando de uno en uno. Apenas había terminado con una polla, cuando ya tenía a
otro mecánico, con el mono desabrochado, embutiéndome su carne hasta las
amígdalas.
Casi sin esperar el veredicto, se empujaban unos a otros con
el ansia de ser mamados por el hijastro de Marco. Y todos fueron pasando por mi
boca. Unos en pleno suelo del patio, otros al abrigo del interior del coche. Y
todos dejaron su regalo en el interior de mi boca, hasta que se mezclaron los
sabores y ya ni siquiera era capaz de distinguir unos de otros.

Tanta cantidad de espeso semen tragué aquella tarde, que el
estómago me quedó algo revuelto. Aunque Marco me había concedido permiso para
volver a casa cuando oscureciese, no quise esperar hasta tan tarde y caminé
hasta mi hogar soltando pequeños eructos con regusto a esperma.
Entré sigilosamente. Quería darme una ducha y descansar un
rato. Pero, al pasar ante la alcoba de matrimonio, unas voces quedas, unos
gemidos de indiscutible tonillo sexual, hicieron que me parase en seco.
¿Habría vuelto mamá? O, en caso contrario...¿con quién estaba
mi padrastro Marco follando en su cama de matrimonio?