Arturo no podía apartar la vista del interior de la copa. Con
ojos de deseo observaba cómo la desnuda y diminuta figura que se hallaba en su
interior intentaba taparse pudorosa y avergonzada sus partes íntimas mientras a
duras penas lograba nadar por las burbujas del champagne para salir a la
superficie.
A Carla le asustaba esa desagradable mirada. Sus enormes ojos
reflejaban sus sádicas intenciones mientras sus grandiosos dedos mal cuidados
acariciaban alegres el borde del largo recipiente de cristal. La copa empezó a
desplazarse sin remedio hacia su mal afeitada barbilla de la cual brotaban unos
repugnantes granos. Era un signo inequívoco de que quería volver a dar un trago
a la exquisita bebida. La prisionera miraba pavorosa cómo se iba a aproximando a
sus labios cortados y prominentes y el líquido francés se agitaba con
vehemencia. Carla cerró no ojos entre lágrimas mientras sentía cómo la asquerosa
y ensalivada lengua de aquel repugnante tipo le recorría su pelo, toda su
espalda y sus piernas. Ese tipo vil y despreciable había aprovechado el sorbo de
champagne para lamerla con descaro y lascivia.
-¿Y bien? Has traído todo el dinero, ¿no?
Teresa observó el exagerado respingo que había dado aquel
hombre ante su pregunta. Desde que había entrado en su casa apenas había osado
mirarla a la cara y se había dirigido a ella con un porte más bien nervioso. No
cabía duda de que le asustaban las mujeres y por esa razón había tenido que
recurrir a tratar con una mujer indefensa y pequeña para cumplir sus deseos más
oscuros. La joven estudiante hubiese apostado todos sus ahorros a que aquel
treintañero era virgen y estaba desesperado con probar la delicia del sexo
opuesto.
-Si…si, claro –respondió lacónico.
Arturo le adelantó un sobre cerrado mientras observaba
tímidamente y con disimulo las formas de aquella joven estudiante ataviada con
una la bata rosa. El tartamudeo al contestar era un signo evidente de su
inseguridad frente a ella. No cabía duda de que aquel hombre era un sumiso que
podía manejar a su antojo ante su poder sexual. Teresa decidió actuar y dejarlo
más en evidencia.
-¿Te importaría contar en alto todo el dinero? Dentro de un
rato me voy y tengo que ponerme crema hidratante en los tobillos para
mantenerlos suaves. ¿Te gustan mis tobillos? ¿Crees que con ellos podría
conquistar a un hombre?
La tonalidad del rostro de Arturo pasó a un rojo más intenso
que el de la sangre. Jamás había recibido un comentario así de una chica y
rápidamente dirigió su mirada hacía donde ella le había dicho. Estaba cruzada de
piernas y sus finos dedos recorrían lentamente cada unos de sus delicados
tobillos. Al excitado chico le parecieron de porcelana.
- Sí, claro… -pudo decir con voz entrecortada.
-Entonces no te importa contar el dinero en alto, ¿no?
- No, no. Ahora mismo lo cuento.
Teresa esbozó una amable sonrisa que no reflejaba lo que
realmente estaba pensando. A continuación extrajo de su bolso el tubo con la
crema y la expandió en la palma de su mano mientras observaba de reojo a la
persona que tenía frente a sí. Aquel tipo definitivamente no era muy agraciado y
probablemente esa razón le había hecho sentirse indefenso ante el género
femenino. Teresa también advirtió que su pene estaba completamente erecto.
Arturo depositó su copa en la mesa más cercana y empezó a
contar en voz alta.
-Cin, cincuenta euros, cien, ciento cincuenta…
Teresa empezó a canturrear con una voz muy suave una canción
mientras masajeaba sus muslos inclinándose hacía abajo y mirando con deseo el
miembro erecto de aquel tipo. Quería que éste viese cómo observaba con descaro
su polla. Deseaba contemplar de inmediato su reacción. Pronto Arturo se percató
de la dirección de sus ojos y perdió avergonzado la cuenta de sus billetes.
Teresa se regocijó sin desviar su lasciva mirada de su pene.
-Te has equivocado al contar. Te noto algo tenso. ¿Ocurre
algo? –dijo con una falsa mueca de sorpresa.
El chico, empezó sin remedio a palpitar y con razón: la chica
que tenía frente a él se estaba masajeando sus suaves tobillos dejando al
descubierto uno de sus muslos mientras inclinada contemplaba asombrada su
miembro viril. Jamás le había ocurrido algo así y el último comentario que le
había dirigido aquella perversa chica fue la gota que había colmado el vaso. La
eyaculación de Arturo era inminente.
Rápidamente se irguió de la silla, y se dirigió a la salida.
-Lo siento, me, me tengo que ir. Puedes con, contar el
dinero. Te juro que, que está todo…
-¿Te vas? Recuerda que el mes que viene tienes una cita con
la zorrita de mi esclava.
Arturo asintió y salió de la casa humillantemente
despavorido. Teresa no pudo evitar soltar una sonora carcajada. Seguidamente
cogió la copa en la que Carla nadaba, agarró a ésta por el lacito rojo que
pendía de su cuello y la miró fijamente. Inmediatamente Carla agachó la vista
humildemente.
-¿Qué te parece el chico que va abusar de ti el viernes?
–preguntó divertida.
Carla había aprendido que sólo las respuestas ingeniosas
podían salvarla del enfado de Teresa y resignada respondió.
-Me parece bien, mi adorable Ama y Señora.
A Teresa le excitaban ese tipo de respuestas. Carla pudo
apreciarlo al percatarse de su profunda respiración. También tenía claro que
contra más excitada se hallara su Diosa más desearía humillarla. Estaba atrapada
sin remedio ante su voluntad.
-¿Sabes qué es lo más humillante para ti de todo esto? Que
Arturo es más sumiso que el salido de Carlos, que ya es decir, y por lo tanto es
inferior a ti y a mí y pese a todo tendrás que cumplir todas sus fantasías.
A Carla se le erizó la piel con tan sólo pensarlo. Su Ama le
había repetido hasta la saciedad que tenía completamente prohibido negarse a
realizar cualquier cosa que le pidiese el chico ganador de la web, fuese lo
degradante que fuese.
-Apestas a champagne. Se te debería caer la cara de
vergüenza.
Teresa la aproximó sonriente a su boca y la enrolló en su
húmeda lengua como si fuese una piruleta con tal de limpiarla. La mantuvo así
durante varios segundos para que su esclava sintiese más que nunca su humillante
realidad. Finalmente la liberó y la depositó en el suelo. La perversa chica no
pudo evitar una carcajada al volver a observar a su sierva; estaba completamente
cubierta de saliva y apenas podía mantenerse en pie, caminando como un pingüino
desorientado. Era un verdadero espectáculo ver cómo intentaba liberarse de su
pringosa prisión. Teresa quería divertirse todavía más y se dirigió a ella con
brusquedad.
-Túmbate en el suelo bocabajo y pon tus brazos sobre tu
espalda. ¡Ya!
Carla obedeció y entre las burbujas del líquido pudo
contemplar a ras de suelo de forma borrosa cómo la niñata de su Jefa se había
sentado majestuosa sobre uno de los sillones. Seguidamente volvió a oír su
autoritaria y femenina voz mientras respiraba un cálido olor a saliva que le
hizo sentir nauseas.
-Ahora quiero ver como te arrastras orgullosa hacia mí.
Quiero que lo hagas tan bien que si un gusano te viese sintiese admiración por
ti.
La joven sonrió para sus adentros al escuchar de sus labios
la ingeniosa ocurrencia. En pocos segundos pudo ver admirada a su esclava
acercarse lentamente hacía ella con su cuerpo pegado al suelo realizando un
vejatorio zigzagueo dejando a su paso finas líneas de saliva. Imaginó por un
momento que era la Diosa de una antigua civilización sentada en su trono
observando como uno de sus vasallos se aproximaba humildemente hacía ella para
rogarla desesperado tener una buena cosecha este año para alimentar a su humilde
familia o para pedir clemencia por una fechoría realizada. Teresa empezó a
tocarse suavemente por encima del tanga.
A Carla el camino le parecía interminable. Después de haber
estado en la boca de su Dueña ésta la había dejado maliciosamente a una
distancia considerable del sillón en el que ahora descansaba. Al arrastrarse
pudo sentir su cuerpo completamente pegajoso mientras en su pelo se iba pegando
de forma repugnante el polvo y la suciedad del piso; pese a todo, y después de
hacer un esfuerzo considerable, logró llegar a su destino exhausta y se tumbó si
remediarlo dando intensos jadeos. Teresa endulzó la voz.
-¿Sabes lo bueno de tenerte como esclava? Que debes cumplir
todos mis caprichos por muy estúpidos que parezcan pues para ti son leyes
–Teresa la miró con una mirada aviesa y prosiguió esbozando una leve sonrisa-.
No seas holgazana y mira delante de ti para saber lo que te espera.
Carla pudo ver resignada cómo frente a ella su Ama acababa de
poner un enorme pintauñas mientras sus pies descansaban sobre sus zapatillas.
-Ya puedes empezar. Déjamelas perfectas que hay que hacer que
tu novio se olvide de ti definitivamente.
Carlos agarraba sin contemplaciones a un joven despavorido
por la solapa de su camisa en una callejuela apartada de las calles principales
de la ciudad. Sentía que estaba actuando de forma repugnante pero no podía hacer
nada frente la voluntad de Teresa, la cual era la que causante de que ahora se
estuviese comportando de una manera tal vil con ese chico débil e indefenso.
-Ya te he dado el móvil y la cartera. Déjame en paz, por
favor –le suplicó casi de rodillas.
Carlos advirtió que el chico estaba completamente
aterrorizado. ¿Cuándo iba a aparecer Teresa? ¿Qué iba a pasar cuando ella
llegase? Se sentía sucio y la incertidumbre le recorría todo el cuerpo.
-¡Cállate! Eso lo decidiré yo –le dijo empujándole contra el
suelo.
En pocos instantes escuchó la voz enormemente dulce y sensual
de Teresa.
-¿Qué está pasando aquí? ¿Qué le estás haciendo a ese pobre
muchacho?
El joven pudo observar desde el suelo la figura de una
hermosa chica que vestía una camiseta roja muy ajustada que marcaba todos sus
encantos y un pantalón blanco que dejaba visible su oscura ropa interior: le
pareció la reencarnación de la mismísima Diosa Afrodita. Al momento sintió un
fuerte sonido. El hombre fuerte y fibrado que le había robado cruelmente ahora
se tocaba la mejilla fruto del dolor del bofetón que acababa de recibir de su
salvadora.
-Devuélvele lo que le has robado y pídele perdón. ¡A qué
esperas, imbécil!
Carlos se sentía avergonzado. Él no fue quien ideó el acto
cometido y estaba quedando en ridículo. A continuación se dirigió al chico y le
tendió lo que le había quitado.
-Siento todo lo que ha pasado.
El chico recogió sus pertenencias sorprendido. Seguidamente
vio como la misteriosa mujer se le acercó con una sonrisa de sirena y le
acarició con ternura el pelo. Al verla de cerca se estremeció aún más al
contemplar con más precisión sus encantos.
-¿Estás bien? ¿Cómo te llamas?
-Me llamó Pablo. Estoy bien. Gracias por ayudarme- dijo
estremeciéndose todavía más.
-No pasa nada. Vamos a darle un escarmiento para que la
próxima vez se lo piense antes de actuar ¿Vale Pablo?
Teresa besó suavemente los labios del chico que
inmediatamente asintió rojo como un tomate. Carlos permanecía callado a su lado
temiéndose lo peor.
-¿Piensas que la tienes más grande que Pablo, no? Mete una de
tus manos en su pantalón y comprueba lo equivocado que estás.
El sumiso vaciló y se acordó del desagradable episodio con
Rubén.
-¡A qué esperas idiota! ¿Quieres ganarte otro bofetón?
Rápidamente Carlos se libró de sus pensamientos titubeantes y
fue introduciendo con dificultad su mano derecha por encima del pantalón tejano
del joven, que miraba expectante y sorprendido sin decir ni una palabra. Éste
sonrió de forma involuntaria al observar la mueca desagradable que había puesto
el imponente hombre al tener que realizar tal orden.
Teresa observaba sosegada la escena con un semblante serio,
pero en realidad tenía unas ganas enormes de mearse de la risa.
-Ahora recorre con tus dedos su polla y dime quién la tiene
las grande, o tú o él.
La chica pudo observar que al novio de su esclava esa
situación le provocaba algo de asco, lo cual le hizo sentir más excitada.
Carlos obedeció y haciendo tripas corazón recorrió con sus
dedos el miembro del chico, que parecía divertirse con la situación. Jamás había
tocado el pene de nadie y sintió un estremecimiento al notar en sus yemas el
calor y el contorno del de Pablo. Le resultó algo realmente desagradable. A
continuación sacó rápidamente por asco su mano de aquel íntimo lugar y respondió
lo que la maliciosa universitaria quería escuchar.
-Él la tiene más grande que yo –dijo resignado.
Teresa y Pablo se miraron y sonrieron.
-Díselo a él. Creo que no lo ha escuchado bien.
Carlos se dirigió al chico a regañadientes.
-Pablo, la tienes más grande que yo.
Pablo no salía de su asombro. La misma persona que hace unos
minutos le había robado acaba de reconocer que la tenía más pequeña que él
gracias a esa preciosa mujer. El imberbe recorrió sus labios con su lengua para
volver a sentir el sabor del beso que hace un rato había recibido.
Teresa no le quitaba ojo a Carlos. Se le notaba incómodo,
deseando escapar de esa situación lo antes posible. La joven se excitó aún más y
decidió ponerse más cachonda siendo más cruel con su marioneta. Sabía que no
podía negarse a hacer nada fuese cual fuese la orden. Lo había atrapado en su
telaraña y ya no tenía escapatoria.
-Lámete la palma de la mano. ¿No ves la buena pinta que
tiene? Seguro que estás ansioso por probarla.
Carlos recordó el repugnante sabor que se le quedó en la boca
cuando hizo lo mismo con Rubén y deseó escaparse de la situación con todas sus
fuerzas. Sin embargo, no tuvo más remedio que acercar su mano a la boca y
empezar a desplazar su lengua por la palma, sintiendo la lacerante mirada de
Pablo mientras lo hacía. Al acabar su faena Teresa volvió a intervenir.
-Pablo, ¿quieres que te la chupe y escarmiente del todo?
Pablo se quedo perplejo y miró a Carlos el cual se había
quedado totalmente blanco. Le miró a los ojos y pudo apreciar el terror en su
rostro. En aquellos momentos se acordó de cómo lo había retenido contra su
voluntad para robarle sin piedad sus objetos de valor. Notó el dolor que le
había causado el empujón que hacía poco le había hecho caer del suelo. Pablo
decidió no tener contemplaciones ante la mirada suplicante del aquel malvado
individuo. Su veredicto fue implacable.
-Sí, quiero que me la chupe. Quiero que cuando se vaya a su
casa agache la cabeza ante las personas que se crucen en su camino al sentir en
su boca el sabor de mi polla.
Al escuchar tal respuesta Carlos se dirigió suplicante su
mirada hacía Teresa pero no sirvió de nada.
-Ya le has oído. Ponte de rodillas frente a él.
Carlos obedeció suplicante.
-Por favor Teresa...
-Desabróchale el botón de pantalón y bájale la cremallera.
El hombre accedió a hacerlo aterrorizado, como un gladiador a
punto de luchar en un anfiteatro romano.
-Haré todo lo que me pidas menos esto. Te lo suplico
Princesa.
Teresa se iba excitando aún más a medida que iba escuchado
sus ruegos.
-Ahora bájale el boxer.
En los ojos de Carlos el pavor era infinito. De repente
sintió la malévola sonrisa de Pablo. Alzó la vista y le vio feliz, encantado de
ajusticiarle. A continuación volvió a escuchar la divertida y perversa voz de la
maravillosa mujer.
-¡Mira al frente, estúpido!
Al obedecer Carlos pudo observar de pleno el miembro del
joven; un pene de dimensiones respetables por donde venas atrevidas se cruzaban
sin pudor. También pudo apreciar en la parte superior unos tímidos y débiles
pelos de un tono más bien claro. Carlos volvió a palidecer horrorizado.
-Empieza primero por sus testículos; lámelos suavemente hasta
que este chico tan encantador empiece a bostezar de lo aburrido que esté
viéndotelo hacer. Luego recorre con la lengua cada parte de su polla. Quiero que
lo hagas tan bien que Pablo quiera volver a repetir otro día –Teresa miró con
cínica sorna a su entregado sumiso-. La próxima vez antes de robar a un chico
indefenso te lo pensarás dos veces…
Carlos y Teresa caminaban por el parque municipal rumbo a la
casa de ésta. A su paso decenas de niños jugaban despreocupados en la arena,
columpios y demás ante la atenta mirada de sus padres. La bellísima chica volvió
a mirar al hombre que caminaba a la zaga.
-¿Te imaginas que tuvieses ganas de toser? ¿O que te cruzases
con un conocido y tuvieses que saludarle? -Teresa observó que la cara de su
entregada marioneta se había vuelto a poner blanca del terror y soltó una
carcajada-. Reza porque no pase nada de eso. Si te sirve de consuelo ya falta
poco para llegar.
Carlos asintió algo avergonzado con la cabeza mientras miraba
de reojo su trasero. El sugerente tanga oscuro que se transparentaba en su
pantalón claro se movía al son de su sensual caminar, cosa que no había pasado
desapercibido por el chico, que desde que caminaban juntos tenía el miembro
completamente erecto. Por un momento pensó que Teresa era un Ser Superior, que
había nacido para ser servida y adorada por quien quisiese y nadie podía luchar
contra eso. "Sólo un Ser Superior es capaz de lograr que la persona a la que
humilla sin piedad la ame y la respete más cada día que pasa", reflexionó
convencido.
Al cabo de unos minutos, que al pobre le parecieron eternos,
llegaron hasta un portal.
-Es aquí perrito –dijo Teresa con naturalidad-. Mis
compañeras de piso están de Erasmus y no volverán hasta dentro de unos meses.
Ambos subieron las escaleras que les condujeron al segundo
piso y pararon en el umbral de una de las puertas.
-Ya sabes lo primero que debes hacer al entrar –le susurró
esbozando una pícara sonrisa.
Carla llevaba varias horas descansando sobre un trozo de
cartón dentro de la jaula. Volvió a mirar su cuerpo y volvió a comprobar que
estaba totalmente teñido de color plata. Teresa la había pintado con el
pintauñas al tener uno de sus infantiles arrebatos; era el premio, según ella,
por haberla pintado tan bien las uñas de los pies. De forma repentina escuchó
que alguien acaba de abrir la puerta de la entrada de la casa, razón por la que
se incorporó de rodillas esperando la presencia de su Dueña. De inmediato atisbó
una pizca de esperanza: por el umbral de la puerta del comedor apareció Carlos
con los mofletes hinchados, como si hubiese llenado su boca de aire. ¿Habría
conseguido convencer a Teresa para liberarla? Carla volvió a sonreír como nunca
lo había hecho. Empezó a gritar con el fin de que Carlos advirtiese su
presencia.
-Sácame de aquí, cariño. Te he echado mucho de menos. Te
quiero –logró balbucear.
Carla estaba convencida de que por fin despertaría de su
cruel pesadilla pero pronto se dio cuenta de lo equivocada que estaba. Al
acercarse, Carlos se inclinó, abrió la puerta de la pequeña cárcel, introdujo su
mano para agarrar el plato donde solía comer y lo aproximó hacía su boca. De
ésta salió un espeso líquido blanco que iba depositándose en el plato:
evidentemente era semen. Después su novio volvió a introducir el plato dentro de
la prisión.
Inmediatamente Carla oyó el ruido de unos tacones y se
horrorizó al ver moverse los zapatos amarillos que tantas veces había lustrado.
Teresa parecía estar de muy buen humor. Antes de que Carlos se irguiese de
nuevo, la maliciosa joven se lo impidió introduciendo la lengua en su boca de
una forma muy tierna. Carla volvió a sentirse vejada. A pocos centímetros de
distancia, tan cerca que casi rozaban los barrotes de la jaula, Teresa empezó a
besar apasionadamente a su novio, probablemente saboreando el resto de la
eyaculación que aún seguía en su boca. Podía sentir el ruido de sus besos y cómo
la miraba de reojo observado triunfante su expresión de derrota. Durante varios
minutos tuvo que soportar ante sus narices cómo la niñata de su Dueña le comía
la boca a su novio el cual parecía estar encantado. Carla sintió un irremediable
e intenso odio hacía el chico, que parecía haber caído irremediablemente
hipnotizado ante lo encantos de la mocosa.
Teresa, por su parte, se había puesto cachondísima observando
la cara que se le había puesto a su esclava. En realidad no tenía nada en contra
suyo. Más bien la apreciaba por haber sido capaz de conquistar el corazón de
Carlos cuando éste lo dejó con su hermana; sin embargo el morbo superaba todas
las barreras de la razón. La excitación que le provocaba ese tipo de situaciones
era la causa de la desdicha de su prisionera. No hay nada más peligroso y letal
que una inocente joven con unas ansias tremendas se sexo y lujuria consciente de
su ilimitado potencial erótico.
Al fin se dejaron de besar y se dirigieron a la habitación de
la Emperatriz de la casa. Carlos, que aún parecía embriagado por los intensos
besos que acababa de recibir, pudo apreciar que en la habitación predominaba el
color rosa. La voz de Teresa le sacó de sus pensamientos.
-Estoy muy orgullosa de ti, Cuernos. Te has portado muy bien
–la chica le empezó a acariciar suavemente su pelo–. Ahora quiero que te
desnudes y te tumbes en la cama.
-Como desees Preciosidad -Carlos le besó la mano con dulzura.
.
En pocos instantes Carlos se vio inmovilizado en la cama con
unas esposas puestas en las muñecas. Esperaba impaciente su suerte. Entretanto
Teresa escudriñaba encantada cada rincón de su cuerpo. Verdaderamente era un
chico muy guapo y fuerte. Inmediatamente se sintió orgullosa de haber sido capaz
de atraparlo en sus redes.
-Dime Carlos, ¿piensas mucho en mí cuando no nos vemos? –le
susurró con un tono inocente mientras sacaba de un pequeño frigorífico unos
cubito de hielo.
-Sí, mucho –respondió lacónico Carlos.
Teresa empezó a acariciar los cubitos con las yemas de sus
dedos y dirigió una mirada lasciva a su sumiso.
-¿Y cuántas veces te masturbas al día pensando en mí,
Cuernos? Dime la verdad.
-Unas diez veces, Preciosidad –le dijo tímidamente.
-¿Diez veces? – Teresa no pudo evitar sonreír con malicia
mientras mostraba una exagerada expresión de asombro-. ¡Quién lo iba a decir que
un chico tan formal como tú hiciese tantas guarrerías! Diez son muchísimas, se
te tendría que caer la cara de vergüenza. Mira que he conocido a chicos salidos
pero lo tuyo es demasiado.
Carlos escuchaba avergonzado en silencio observando cómo
Teresa hacía ademán de sentarse a su lado.
-No te preocupes porque eso de masturbarte se acabó.
Al momento, la joven puso los hielos sobre el miembro viril
de chico provocándole varios escalofríos. Después cogió algo del cajón de la
mesita de noche y volvió a dirigirse a él.
-¿Sabes lo que es esto? –le dijo señalando el objeto con su
angelical mirada.
Carlos palideció y Teresa comprendió que sabía muy bien lo
que era. Teresa soltó una carcajada al ver la cara que se le había quedado.
-Exacto. Es un aparato de castidad y lo vas a llevar siempre.
Sólo alguna vez te librarás de él, pero no te hagas muchas ilusiones.
Teresa introdujo el pene del hombre en el aparato y lo cerró
sin miramientos con un pequeño candado. Carlos sintió que otra parte de su
libertad se había esfumado pero no opuso resistencia.
La chica guardó la llave, se sentó entre el borde de la cama
que daba a su cara dejando al descubierto el sugerente tanga verde oscuro que
llevaba puesto ante al deleite del varón y empezó a quitarle los zapatos,
acariciándose después suavemente los dedos y los talones para relajarlos después
de haber caminado sobre el cansado calzado con tacón. Carlos quedó estupefacto
al contemplar también el color plateado de sus uñas, dándolas un toque de
majestuosidad. Seguidamente y con total naturalidad colocó el hueco de cada uno
de los excepcionales atuendos amarillos resplandecientes en el rostro del chico;
uno tapándole la visión y el otro cubriéndole por completo su nariz. En pocos
segundos la respiración de Carlos se tiñó de un suave y dulce olor a pies que le
transportó hasta el cielo. Su lengua no pudo hacer más que rendirse ante sus
encantos ilimitados desplazándose lentamente sobre el fondo del calzado.
La voz de la joven volvió a aparecer provocando que su piel
se le erizase como nunca.
-Pensar mucho en mí no es suficiente. Quiero que pienses las
veinticuatro horas en mí; quiero que los minutos en los que no estés junto a mi
se te hagan largos y se conviertan en el más cruel de los infiernos; quiero que
esperes con ansias enfermizas mis desprecios y humillaciones hacia ti; quiero
que tu vida gire entorno a mí; quiero que tu voluntad me bese los pies hasta la
eternidad.
Teresa había acentuado la última frase con un tono
autoritario a la vez que angelical pues sabía que era el golpe de gracia
perfecto para fulminar la poca razón que le podía quedar al chico.
Carlos seguía en la cama cautivo sin dejar de moverse.
Mientras sentía el sabroso sabor del imponente zapato su pene intentaba salir de
su prisión sin suerte provocándole un dolor impiadoso. Su cuerpo no paraba de
dar fuertes respingos ante el disfrute de su Diosa, que lo miraba orgullosa y
con ojos ávidos de lascivia por haber sido capaz de haberle hecho caminar por
los lindes de la locura. Pese a todo, quería todavía más. Todo aquello no había
hecho más que empezar.
Carlos sintió cómo de un fuerte bofetón los dos zapatos que
había tenido en su rostro cayeron junto a él en la colcha rosada. Ante sus ojos
vio una imagen que le provocó unos sudores que le cubrieron toda la cara: Teresa
estaba ante él como Dios la había traído al mundo excepto la sensual prenda que
tapaba sin escrúpulos su sexo; sin embargo pudo admirar la voluptuosidad de su
cuerpo, sus pechos firmes y generosos y una mirada penetrante que le hizo
desviar la mirada hacia el suelo.
-Quiero que beses todos los lunares de mi cuerpo excepto los
que me cubre el tanga.
Carlos se no pudo más que desmayarse ante la sorpresa de
Teresa. La radiante fémina, sin embargo, espero a que recobrase el conocimiento
para ser obedecida.
El ruido inesperado de los jóvenes vecinos de arriba la acabó
por despertar. La primera reacción que tuvo fue tocarse el pelo; estaba
completamente seco. Alzó la vista hacía el reloj luminoso que descansaba junto
al televisor de comedor: eran ya las once y media de la noche. Teresa había
caído en un profundo sueño después de haberse dado una relajante ducha no sin
antes haber cenado su plato preferido. Estaba totalmente desnuda tumbada sobre
el sofá. Todavía podía sentir en su piel los besos con lo que Carlos había
adorado su cuerpo. Cachondo, su osito de peluche, yacía pegado a ella con
el rostro entre sus pechos. Teresa sonrió al verlo:
-No eres guarrete tú ni nada. ¿Te parece bonito aprovechar
que estoy dormidita para poner tu cara entre mis tetas? –le susurró sonriente y
con ternura besándole varias veces el hocico-. Ya es hora de irse a la cama.
Se levantó totalmente desnuda cubriendo con sus brazos al
inanimado animal y se dirigió a su habitación. Seguidamente posó el menudo
cuerpo de su mascota sobre la colcha de su cama y decidida se acercó al armario
con el fin de seleccionar la ropa que iba a ponerse para acostarse.
Teresa era una maníaca del orden y en cada cajón había
colocado prendas de una misma naturaleza. Primeramente abrió el primer cajón
para elegir un sujetador. Coqueta y de espíritu sexy hasta a la hora de dormir
titubeó hasta acabar decidiéndose por uno de color rosa. Sin embargo, al abrir
el cajón destinado a las bragas lo tuvo muy claro; agarró sonriente y decidida
un culotte negro muy elástico y estrecho que descansaba sobre unas braguitas
transparentes que probablemente a más de uno le habían provocado pasar más de
una noche en vela.
Acercó con sus manos la prenda íntima hacía su rostro. Le
encantada el olor a limpio en la ropa. Cerró los ojos y disfrutó por unos
instantes de la frescura que había dejado el suavizante en la prenda de algodón.
Al volver a abrirlos desdobló las bragas con sosiego hasta desplegarlas del todo
y miró dentro de ellas.
-¿Me echabas de menos, querida esclava? – Inquirió divertida.
Carla palideció de terror al volver a ver a su malvada Dueña.
Carlos nunca había estado tan fuera de sí. Desde que había
llegado a su casa se había tumbado en la su cama pero no había logrado concebir
el sueño. Varias veces intentó tocarse desesperadamente pero se topaba una y
otra vez con el cruel aparato de castidad.
De repente sonó su móvil. Al ver el nombre de quien llamaba
el aparato se le cayó por los nervios. Finalmente logró sobreponerse.
-¿Qué estás haciendo, idiota? ¿Qué es ese ruido? –le dijo con
un tono autoritario.
Carlos empezó a sudar de nuevo al volver a escuchar esa
maquiavélica y a la vez dulce voz.
-Me acabo de arrodillar, Diosa de todas las Diosas. Postrarme
en el suelo es la posición de debo adoptar al escuchar tu maravillosa voz.
-Me alegra que lo tengas tan claro, estúpido –Teresa sonrió
al escuchar el tono de convicción y entrega con el que se había dirigido a
ella-. Por cierto, ¿aún sientes en tus labios el contacto con mi piel? Deberían
estar quemándote al tratarse de mi piel, de la piel de un ser superior a ti.
Carlos sintió de repente cómo los labios empezaron a arderle.
A continuación volvió a escuchar la femenina voz.
-Aunque seguro que te quedaste con las ganas de verme sin el
tanga puesto. Con lo pervertido y guarro que eres no tengo ninguna duda –Teresa
sintió cómo el hombre empezó a tragar saliva. No cabía duda de que lo estaba
nerviosísimo-. ¿Pues sabes una cosa? Ahora mismo estoy sujetando con los dedos
la goma de mis bragas. Si vieses lo que estoy viendo yo ahora seguro que
volverías a perder el conocimiento –se mofó.
Carlos cerró los ojos e imaginó la posible escena. Su pene
volvió a erguirse. Sintió que iba a explotar. Teresa por su parte continuó
hechizándole.
-Pero eso no es todo; he cosido a tu querida novia en la
parte delantera del interior de mis bragas. Ahora está tan cerca de mi coño que
hasta puede olerlo –Teresa bajó la mirada y observó excitada a Carla desde
arriba-. No te puedes llegar a imaginar lo asustada que está -apostilló.
-¿Cuando nos volveremos a ver? No verte es la peor tortura
que puedo sentir. Es peor que arder en el infierno. Quiero verte –suplicó con
voz entrecortada.
Teresa soltó una carcajada. No podía creerse que el chico tan
guapo que había salido con su hermana se hubiese convertido en un perro tan fiel
y sin voluntad.
-No vamos a vernos en unos cuantos días. Me gusta verte así,
tan desesperado y entregado. Quiero que sientas durante algún tiempo lo duro que
es no estar junto a mí. Fastídiate –se burló-. Quiero escuchar de tu boca cómo
me das las gracias por hacértelo pasar tan mal.
Carlos no vaciló ni un instante al responder.
-Gracias por esta tortura. Es maravilloso sentirse parte de
tu vida, aunque sea humillado. Me siento realmente y feliz por sentirme inferior
ante un Ser Supremo como tú.
-Así me gusta –le susurró con un tono cariñoso-. Por cierto.
Mañana cuando vuelva de la facultad quiero ver en el buzón de mi casa los
papeles que certifiquen que todas tus pertenencias pasan a ser mías y cuando
actualice mi cartilla del banco quiero ver allí todo tu dinero. A partir de
ahora tu sueldo es mío. Quiero que dependas de mí económicamente.
La universitaria colgó sin dar oportunidad de réplica. A
continuación dejó el móvil en su mesita y sujetó su culotte con las dos manos,
tumbándose en la cama y doblando relajada las rodillas. Se sentía poderosa:
podía hacer lo que quisiese con un chico que estaba buenísimo y además tenía a
su novia a su merced. Teresa observó durante unos instantes a la resignada
Carla, que ahora la miraba con una implacable expresión de odio. Desde su
degradante posición podía ver su coño de forma descomunal.
-Que sueñes con los angelitos. Acuérdate de darme un besito
de buenas noches cuando estés a oscuras -le susurró con humillante sorna.
-Eres una cerda.
Lejos de enfadarse la perversa chica sonrió; soltó
bruscamente la goma delantera de sus bragas y cayó rendida en un profundo sueño
abrazada a su inseparable Cachondo. Esa noche Teresa tuvo los sueños más
húmedos de su vida.

Perdonad por la demora pero no he podido escribir antes.
Espero que os haya gustado y que haya merecido la pena esperar. Para cualquier
opinión, sugerencia o comentario podéis escribir más abajo o enviándome un mail
a josem19844@yahoo.es . Os responderé.
Un abrazo a tod@s y gracias por leerme.