Rosa se enfadó: "¿qué pasa, no vas a pagarme mi dinero?" dijo
irritada y Marta le respondió dándole un bofetón que la mandó contra el quicio
de la puerta… de lo que pasó a continuación yo me enteré algo más tarde, de
momento solo oí la confusión y el ruido de la pelea, cogí de la mano a Jeni y le
pregunté qué pasaba, ella me dijo que Rosa y Marta estaban peleando (en realidad
la fortachona estaba dándole una tunda de padre y muy señor mío a Rosa), comenté
que hacían mucho ruido y así no iba a poder dormir, al oírme mi cuidadora me
recordó que no podía dormir al menos hasta que la enfermera lo autorizara, y
siguió pasándome el hielo por la cara, la verdad es que el tratamiento me estaba
sentando muy bien, pero yo disimulaba porque tenía bastante más que ganar si
simulaba estar todavía tocado.
Las reflexiones fueron cortadas por la llegada de Marta y
Rosa, esta iba a cuatro patas, la enfermera sentada sobre su espalda, había
puesto sobre ella todo su peso y culo, bastante grandes por cierto; le había
puesto también una cuerda alrededor del cuello y la usaba como rienda con la
mano izquierda, con la derecha la tenía agarrada por el pelo. El gesto de dolor
de la vencida era evidente, me encantó verlo, debía de tener las rodillas
destrozadas. Sé lo que pasa por experiencia propia cuando se te sienta sobre las
espaldas, y te obliga a caminar, alguien mucho más grande que tú. Sin bajarse de
su asiento, ni siquiera puso los pies en el suelo para descargar al caballo de
parte del peso, la enfermera empezó a combinar preguntas con órdenes. Primero a
mí: ¿cómo te encuentras? Yo, hablando flojito intencionadamente: "mejor que hace
un rato, pero todavía mal". A Jeni: "¿cuánto hielo queda dentro de la funda?
Jeni: "prácticamente nada, se ha derretido ya todo, habría que ir a buscar más a
la nevera". La enfermera: "ve y mira lo que queda, pero de momento no traigas
más, antes de seguir con la cura hay que ver como está, y si acaso mete
cubiteras para hacer más cubitos, no sé cuántos nos van a hacer falta todavía.
Después date una ducha y ven aquí limpia y desnuda, quiero, sobre todo, ver como
te ha quedado la cara, si te han quedado señales, así que no dejes en ella ni
rastro de maquillaje".
Jeni salió de mi dormitorio a cumplir las órdenes, Marta se
dirigió a mí: "levanta el brazo derecho, el izquierdo, la pierna derecha…" Yo la
obedecía procurando hacer un poco menos de lo posible, no forzar mi cuerpo en
absoluto; por preocupación, pero sobre todo para seguir siendo mimado, también
porque tenía miedo, en mi vida he sido sometido por mujeres muy fuertes, alguna
además muy cruel, pero nadie jamás se había ensañado conmigo como Rosa. A todas
estas Marta me preguntó que cosas me había hecho su caballo, a medida que iba
respondiendo a sus preguntas la enfermera le daba bofetadas a su cautiva,
mientras le decía cosas como "estás loca, eres una salvaje, espero que con la
lección que te voy a dar hoy aprendas que el cuerpo humano tiene un límite, solo
cuando le conté lo de los zapatillazos la gigantona se echó a reír, así que te
calentaron el mojino, comentó; pero cuando oyó las cifras volvió a preocuparse.
"Tú, Rosa, no tienes el menor sentido de la realidad, ni el menor sentido común,
novecientos azotes es una cifra como matar a cualquiera y de una forma muy
cruel", y anunció, "a ti solo te daré noventa, verás como aúllas".
En estas llegó Jeni, llegaba desnuda y limpia como le habían
mandado, Marta le dijo: "vamos a donde haya más luz, para que te vea bien",
fueron a salir ellas dos solas y yo comencé a gemir, cuando la enfermera se
volvió hacia mí para ver que pasaba, le dije que no me dejara solo con Rosa,
entonces Marta me cogió en brazos y me sacó de la habitación, a Jeni le mandó
que se encargara de llevar a la perra.
Marta me tumbó sobre el sofá, ató a la perra a la pata de la
mesa y le ató las manos a la espalda, después fue junto a Jeni, le inspeccionó
el cuerpo de arriba abajo y de izquierda a derecha sin dejarse nada, después le
mandó darse maquillaje donde tenía los golpes y le dijo que se pusiera las gafas
de sol. Cuando Jeni volvió la miró y le dijo que cogiera dinero del monedero de
Rosa y bajara a comprar unas pizzas porque algo teníamos que comer, y que
trajera alguna bebida de naranja para ella, ésta obedeció la orden.
Marta entonces se giró hacia mí me dijo que iba a revisar mi
cuerpo con todo cuidado por si había algo grave, me preguntó si yo estaba de
acuerdo o prefería que lo hiciera un médico, por respuesta le di las gracias y
añadí que no merecía que me tratara tan bien; ella se ruborizó, me sonrió y dijo
que no me preocupase, que ya me partiría la cara en algún momento, pero que lo
haría cuando yo tuviese una mínima posibilidad de defenderme o huir; sin más
palabras comenzó a recorrer mi cuerpo por los pies, muslos, subía, bajaba… para
poder ver lo que había por delante y por detrás, llegó a las pelotas, se rió y
dijo: "vamos a ver lo dañadas que están estas pobres pequeñas, y este
colgajillo" y con su enorme mano me frotó la zona; entonces mi mejor amigo,
traidor y lujurioso como siempre, saltó como si fuera un muelle. Marta se echó a
reír alegremente: "ya veo que estás bastante bien", pero no soltaba mi carne
felizmente prisionera de su mano, al contrario, pasó la uña de su dedo índice
suavemente a lo largo del "colgajillo" que reaccionó poniéndose todavía más duro
ante el regocijo de la enfermera: "vaya, vaya, miren dónde tenía la fuerza el
amigo, ¡quién lo habría dicho!", a continuación me giró y revisó mis glúteos,
"la zona carnosa está bastante machacada, pero el ojete no está mal, no te han
dado por él" y me metió ligeramente un dedo haciéndome dar un respingo. Ella
volvió a reírse, sobre todo al ver que mi erección no bajaba, se lo metió en la
boca, "me gustaría comerme todo esto", dijo y yo le contesté que estaba de
acuerdo con que lo hiciera, ella contestó que aún no era posible, antes de
someterme a cualquier esfuerzo extra debía comprobar si estaba en condiciones de
resistirlo, siguió observando mi cuerpo, hasta que llegó a la cara, ahí se paró,
se separó de mí, fue junto a Rosa, levantó su cara tirando del pelo y le dio un
par de bofetadas muy fuertes, levantó la mano una tercera vez, pero la perrita
que lloraba, y mucho, le suplicó que no lo hiciera, Marta se frenó.
Llegó Jeni con las pizzas, Marta le mandó como tenía que
disponer todo, a la perrita le pones un trozo en el suelo, ya veremos si le doy
otro, ponle agua en un plato hondo y que coma y beba así, si puede, si no que
reviente, y regañó a Jeni: "lo que le habéis hecho es inhumano", Jeni se echó a
llorar. Marta, sin hacer caso de las lágrimas de la llorona, me mandó levantar y
acompañarla al baño, me llevó abrazado, me hizo orinar en su presencia en el
bidé, dijo que era para ver si se veía algo raro en la orina, por ejemplo
sangre, a simple vista no se veía, me mandó lavarme las manos y volvimos a la
cocina, Jeni había terminado de ponerlo todo, entonces Rosa dijo que ella no
estaba dispuesta a comer así, que quería comer en la mesa como los demás, por
toda respuesta la gigantona levantó un pie y lo colocó en el cuello de la
perrita, empezó a apretar y Rosa a gemir de dolor, cuando finalmente Marta
liberó el cuello de su pie solo le dijo a Rosa: "si no quieres comer no lo
hagas, pero si comes lo harás así, yo creo que debes comer para que puedas
resistir la paliza que te espera" y le enseñó la zapatilla rosa.
Gracias a todos los que me habéis hecho comentarios
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