Capitulo 27: De nuevo tres
Al volver a Lorencia, el mismo panorama depresivo les
recibió. Pero ya no importaba, el peligro había pasado. Decidieron hacer un alto
en la taberna de la ciudad amurallada... Abigail fue la de la idea. Caminaron
por los puentes de piedra que comunicaban al interior de la ciudad. Pasaron por
esos portones de hierro forjado y se encontraron con la plaza.
Diógenes llegó bañado en sudor, el esfuerzo que hacia le
consumía energía. Su cuerpo entero temblaba, si estaba en pie era por la lanza.
Schekander se acercó y le tocó la frente. Ardía en fiebre, no dijo nada y lo
levantó en vilo. Tomó el arma del muchacho y dirigiéndose a la rubia dijo:
Entremos a un mesón, este chiquillo necesita urgente
que le vea un medico.
Bien, sígueme- Dijo Abigail.
Abigail caminó hasta el lugar en el que se levantaba una
taberna. Entró allí y unos minutos después volvió. Le hizo una seña a la germana
que la siguió hasta la parte posterior de esa edificación. Pararon junto a una
puerta pequeña y una vez ahí, Abigail dio dos golpecitos contra la hoja.
La puerta se abrió y una mujer de cabellos greñudos y sucio
rostro les recibió. Al ver a la joven sonrió y les hizo entrar. Schekander tuvo
que agacharse mucho y con cuidado pasar a un desvanecido Diógenes. La señora
cerró la puerta y les hizo seña de que le siguieran.
El trío siguió a esa anciana que caminando por el pasillo
llegó hasta una puerta algo desvencijada. Su mano arrugada y ajada como un
pergamino extrajo una llave de sus ropas sucias. La puerta se abrió unos
segundos después y la mujer entró, mientras las féminas ingresaban.
Schekander aún estaba acarreando a Diógenes sobre su hombro
derecho. No le molestaba mucho, era como cargar un costal de papas para ella. La
germana se acercó hasta la cama y con cuidado depositó al guerrero en el lecho.
Podía sentir aún como se le dificultaba respirar, no estaba para nada bien.
Cuando le quitaron la armadura, pudieron ver la cantidad de
hematomas y cortes que inscribían ese cuerpo. Las mujeres salieron del lugar y
un hombre delgado apareció un rato después. Las mujeres se levantaron y le
salieron al encuentro. El hombrecillo se intimidó un poco, no estaban de humor
para tonterías.
S… soy el medico- Dijo el sujeto con un hilito de
voz.
Bien, pase por favor. Hay un amigo que precisa de Ud-
Dijo Abigail.
Por favor, bajen las armas- Pidió el hombre.
Schekander volvió a envainar su espada, para alivio del
facultativo. Abigail hizo lo propio con los puñales. El hombrecito llegó hasta
la cama, Diógenes estaba dormido todavía. Al ver a ese joven, el hombre les
dijo:
¿Un Caballero Oscuro? Esto es interesante, al parecer
pertenece a la casa de Holstein. Pensé que ese linaje de lanceros ya
había concluído.
No estamos aquí para ver su linaje. Cúrelo- Ordenó
Schekander.
Bien bien, no es necesario usar ese tono- Dijo el
hombre que se arremangaba.
Durante horas el sujeto estuvo limpiando heridas infectadas.
Le aplicó compresas de agua fría y realizó impocisión de manos sobre el joven.
Le mandaba energía vital con fines curativos. Así pasó dos días, al cabo de los
cuales el guerrero abrió los ojos. Las mujeres estaban jubilosas, el joven
estaba bien.
Diógenes se levantó de la cama y quiso vestir de nuevo la
armadura. Pero se la estaban reparando. El dinero salió de las apuestas ganadas
en los pulsos. Schekander se coronó vencedora en toda Lorencia. Nadie pudo
vencerle siquiera una vez, lo intentaron hombres de todas las clases, pero no
pudieron con su fuerza insana. Abigail se encargaba de recolectar el dinero, así
en poco tiempo se hicieron con una buena suma.
Así el morocho salió vestido como un civil más. Las dos
aparecieron tras el, vestidas de pollera y camisola. La imagen era muy rara, los
tres se quedaron mirando como alelados… era la primera vez que se veían con esas
fachas. Schekander fue la primera que habló:
Estas ropas me incomodan, me siento demasiado
liviana. Además, mis tatuajes se hacen más notorios.
Esas ropas te sientan la mar de bien, no te quejes-
Le regaño Abigail.
Las dos se ven preciosas, nunca pensé verles así-
Reconoció Diógenes.
No te rías de nosotras- Pidió Schekander.
Pero si es la verdad, se ven bonitas las dos-
Insistió el Caballero.
Los tres caminaron por la ciudad, aprovechando a conocer un
poco más el lugar. El Caballero les ofició de guía. Al ser originario de la
región, conocía mejor que nadie los recovecos de la ciudad. Durante horas les
llevó de un lugar a otro, mostrándoles monumentos, el edificio de la Orden de
Caballeros Negros.
Cuando volvieron al mesón se encontraron con Hans. El
hombretón traía la armadura del muchacho ya reparada. Les saludó afectuosamente,
exceptuando a Schekander ya que esa fémina le originaba temor. Envuelta en paños
la armadura relucía, el bigotón sabía hacer su trabajo.
Diógenes estaba impaciente por volver a ceñir su armadura.
Esta impaciencia se originaba de su deseo de volverse fuerte. Hans le dijo con
orgullo:
Esta armadura quedó mas dura que nunca. Puedo decirte
con ánimos que es mi mejor creación. Te protegerá bien, de eso puedes
estar seguro.
Gracias amigo, te sentirás orgulloso de ella.
Vistiéndola haré leyenda- Le dijo el muchacho.
Lo sé, espero que en las generaciones que vienen
puedan decirlo- Dijo el herrero.
Luego de esto saludó a los dos y se despidió de Schekander a
lo lejos. La germana rió por lo bajo ante la actitud del hombre. Si bien como
berserker se volvía terrorífica... en su estado actual era una persona común.
Bueno, al menos para su altura y contextura física. Miraba a los dos enanos que
contemplaban la armadura, le parecían tan indefensos y... sin embargo... le
habían aceptado mucho más que su propia gente.
Diógenes le miró unos instantes y luego preguntó:
¿Ocurre algo, Schekander?- Te noto ausente.
No es nada, solo recordaba mi aldea. Algún día me
gustaría poder llevarles allí- Respondió la mujer.
Comprendo, extrañas tu patria- Intervino Abigail.
Si, ya hace tres años que partí de aquellas tierras
heladas. Navegué durante casi medio año para alcanzar las costas de este
continente de leyenda. Y aunque aquí he pasado muchas cosas... los
recuerdos de mi tierra suelen asaltarme a bandadas- Dijo la mujer con
melancolía.
Bien, partamos hoy- Dijo Diógenes.
NO, tengo una idea mejor. Festejemos que sobreviviste
a tu victoria- Le dijo Abigail.
!!ENTONCES QUE CORRAN LOS RIOS DE CERVEZA¡¡- Gritó
Schekander.
SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII- Corearon los otros dos.
Esa noche en la reducida habitación de ese mesón, tres
corazones rebosantes de alegría se atiborraron de alcohol. La bebida les volvió
tontos, hablaban en voz alta y reían ruidosamente. Uno a uno se fueron durmiendo
en el lugar en que bebían. Los jarros quedaron en el suelo, apenas agarrados por
un dedo.
Los tres dormitaron hasta bien entrado el día. Al despertarse
con dolor de cabeza y resaca recordaron lo acontecido. Se levantaron de donde
estaban y tomando sus petates salieron de nuevo a la aventura. Un largo camino
les aguardaba hasta Tarkan, algún nuevo desafío aparecería.
Se despidieron de la ciudad amurallada y gris. Pasando por el
puente de piedra el trío salió al campo. Abigail les pidió que le esperaran un
poco, había algo que debía hacer antes de irse. Diógenes le dijo:
Ve a saludar a tu maestra. Eso es lo que harás ¿no?
Heh, lo descubriste hace ya dos años y medio. Cuando
me seguiste hasta el cementerio. Si, allí descansa el cuerpo de quien
fuera mi maestra. Una elfo de gran poder y belleza... pero además
poseedora de un gran corazón. Cada vez que paso por estas tierras, paso
a verle- Dijo la mujer.
Ve a rendirle tus respetos, esperaremos por ti- Dijo
Schekander.
Gracias, amigos- Dijo la mujer con una amplia sonrisa
La rubia caminó sola hacia el este, perdiéndose de la vista
de sus amigos. Tras esos árboles que tan bien conocía se hallaba ese pequeño
jardín. Lo había cultivado junto a su maestra durante su niñez. Cortó flores y
mirando un poco mas adelante la diviso... ahí mismo, la esquela se mantenía
intacta. Abigail depositó las flores sobre la tumba y rezó.
Cuando le vieron volver, su semblante estaba mucho mas
sereno. Parecía como si de repente fuera un poco mas madura y sabia. Diógenes y
Schekander no lo entendían, solo les asombró. Así, ya sin dilaciones se
dirigieron hacia Noria. La tierra madre de elfos y hadas.
Al atravesar el portal se encontraron de nuevo con esa tierra
de primavera eterna. Los caminos empedrados seguían igual de relucientes. Noria
no cambiaba, al menos para ellos. Las criaturas que poblaban el lugar les
dejaron pasar. No les atacaron porque podían sentir el poder de esos tres. Su
instinto les ordenaba conservar sus vidas al menos hasta hallar oponentes
fáciles de vencer.
No tuvieron problemas para llegar a la bulliciosa ciudad que
se levantaba en el centro de Noria. Como siempre, el lugar hervía de guerreros
de todas clases que se dedicaban al comercio. Unos vendiendo armas, otros
intercambiando pociones y objetos raros. Allí podía conseguirse cualquier cosa.
Pero nada de esto interesó a nuestros amigos que pasaron
entre ellos y salieron aprisa hacia el fin de la aldea. Allí, pudieron ver a
algunas elfos en entrenamiento. Había también algunos Magos y Caballeros. Pero
las féminas despertaron recuerdos en Abigail que les observaba mientras
caminaban.
Cuando llegaron hasta el portal que comunicaba con Atlans, se
zambulleron al agua de ese lago. Al atravesar el portal aparecieron en la
habitación que componía el único lugar seguro de ese mundo submarino. Ahí, la
arena seca les recibía... mas allá estaban las puertas por las que accedían a
Atlans propiamente dicho.
Realizaron el hechizo con los pergaminos para poder respirar
bajo el agua. Pegándose el pergamino en el cuerpo podían mantener el hechizo por
más tiempo. Así, salieron a nadar. Dentro del agua solo quedaba bucear para
llegar hasta el portal que comunicaba con Tarkan.
Los peligros que acechaban allí podían verlos porque había
multitudes de guerreros luchando en grupos. Ellos ya habían pasado por esos
periplos, ahora tenían otro lugar en el que luchar. Solo cuando llegaban al
portal fueron atacados. Las hidras multicefalas lanzaron rayos contra ellos.
Pero con eso no lograron detenerlos. Por fin atravesaron el portal y llegaron a
Tarkan.