El cazador.
1.
l verano que conocí al cazador había terminado primer año de
polimodal y estaba sin trabajo.
En esas tardes pesadas e interminables, un primo me había
acercado un par de propuestas y decidí probar suerte.
Descarté la primera por parecerme demasiado complicada y me
concentré en la segunda.
El tipo, de unos cincuenta años, con sombrero y el torso
desnudo, me miró desde atrás de su eterno cigarrillo.
-¿Qué sabés hacer? –preguntó mientras parecía hacer un
detallado inventario de mi figura.
Gorra. Una gastada remera con un descolorido grupo de rock.
Pantalones anchos de jeans. Botitas de lona.
-Básicamente nada –dije.
-¿Pero sabés escribir?
-Eso si.
-Con eso alcanza.
-¿Y qué tengo que hacer?
-Por ahora darme el teléfono y esperar. Cuando tenga un
trabajo en puerta te llamo.
2.
Finalmente el teléfono sonó.
Me presenté a la casa del cazador y después de subir a un
torino que se caía a pedazos partimos.
Ya en viaje, me pasó un papel con algunas instrucciones.
Había ahí el nombre y la dirección de un hombre y una foto.
-Leeme la dirección y el nombre del tipo –dijo el cazador.
Lo hice.
-Por ahora sólo vas a tener que mirar. Pero si se complica
tal vez tengas que ayudarme.
Cuando llegamos a un barrio de clase media, con lindas
casitas iguales, el cazador detuvo el auto.
-Llegamos –dijo mientras prendía un cigarrillo.
Buscamos la dirección de la casa y cuando estuvimos junto a
ésta, el cazador tocó el timbre.
El tipo que salió nos miró con indiferencia. Éramos dos locos
más que veníamos a molestar.
-¿Qué quieren?
-Soy el cazador –dijo mi empleador.
Al escuchar esto el tipo se puso pálido. Parecía haber bajado
rápidamente a la realidad, puesto en alerta por algo que yo desconocía.
-Pero... no hice nada –dijo el tipo mientras amagaba con
entrar a la casa.
Con un rápido movimiento el cazador lo tomó de la muñeca con
la mano izquierda y con la derecha sacó una tarjeta que tenía en el bolsillo de
la camisa.
-Esta es mi tarjeta dijo sin dejar de mirarlo a los ojos-,
espero no tener que venir otra vez.
El tipo asintió moviendo la cabeza, dando a entender que
había captado el mensaje.
Mientras regresábamos a la casa del cazador estaba intrigado.
¿Cuál era el poder que tenía el cazador, y que le concedía semejante control
sobre otros hombres? Él había dicho poco desde que nos habíamos conocido, y sin
embargo cierta fuerza parecía emanar de él.
Ese día me pagó un cierto porcentaje de las ganancias, por lo
que no pregunté nada y me fui a mi casa.
3.
El episodio que me reveló el real poder del cazador ocurrió
poco tiempo antes de que yo me fuera de su lado.
Durante lo que quedaba del verano habíamos trabajado en tres
casos más similares al primero. En esos casos las advertencias habían sido con
tarjetas y también a través de la palabra. Pero en ninguno de los casos había
habido inconvenientes.
Esa tarde el día parecía presentarse tranquilo, cuando el
cazador recibió la llamada.
A todo decía que sí, y cuando colgó comenzó a vestirse de
manera distinta.
Esta vez se puso un sombrero decorado con dientes de tiburón.
Una remera verde, chaleco al tono y un pantalón de combate camuflado. Se lustró
despacio los borceguíes y por último se colgó un cinturón del que pendían un
cuchillo de monte y una pistola.
Cuando partimos no necesité leerle la dirección, la sabía
perfectamente.
-Es un reincidente –dijo con un brillo de satisfacción en los
ojos.
Apenas llegamos a la casa del reincidente supe que había
problemas. En la puerta, una mujer con dos chicos abrazados a ella, señalaba con
el dedo índice hacia una calle que llevaba hacia una zona despoblada.
El cazador detuvo el torino frente a la casa de la mujer y
después de hablar algo con ella, abrió el baúl del auto y se acercó hacia mi
ventanilla.
-Manejá vos –dijo mientras comenzaba a trepar al techo del
auto. De reojo pude ver que llevaba un lazo.
Arranqué despacio siguiendo el rumbo que nos había marcado la
mujer, pero cuando noté que el cazador iba sin problemas sobre el techo,
aceleré.
Un par de minutos después alcanzamos al tipo.
Apenas estuve junto a él, el cazador lo enlazó y se arrojó
del techo del auto en pleno movimiento.
Lo vi caer al suelo y clavar los tacos de los borcegos,
tratando de mantener el equilibrio. Cuando lo consiguió atrajo al tipo hacia él
tirando con una fuerza increíble del lazo. Rápidamente lo redujo con un puñetazo
en la nuca y en un segundo estuvo sobre él.
Con la misma soga del lazo le ató las manos y los pies y
luego caminó hacia el baúl del auto. Con estacas y una soga más fina bajo el
brazo caminó hacia donde tenuemente se movía el reincidente.
En un par de minutos, y como si estuviera trabajando de
memoria, estaqueó al tipo boca abajo, y luego lentamente y usando para esto
también el cuchillo, lo desnudó completamente.
En sucesivos viajes al baúl del auto fue trayendo leña y un
hierro que no supe que era. Despreocupadamente prendió fuego y puso el hierro a
calentar.
Yo miraba todo desde el interior del auto, sin atreverme a
bajar. Ignoraba que podía pasarme si lo hacía.
Para mi asombro, el cazador echó una especie de líquido sobre
el culo del tipo y después de bajarse el pantalón comenzó a estimularse.
Cuando alcanzó una plena erección se abalanzó sobre el tipo y
lo penetró. Escuché el grito del tipo e inútilmente me tapé los oídos con las
manos. Yo no tenía que estar ahí. Y sin embargo estaba.
Y no podía dejar de mirar.
El cazador violó al tipo sin piedad, y cuando acabó se
levantó y le pegó una patada en las costillas.
Mientras se subía el pantalón caminó hacía el fuego y tomó el
hierro que estaba allí.
Estaba rojo cuando lo sacó y al verlo caminar hacia el tipo
supe lo que iba a hacerle. Al estar junto a él lo marco sin remordimientos en
una nalga, riéndose de los gritos del tipo.
Después de guardar todo en el baúl del auto, el cazador
desató al tipo y subió tranquilamente a mi lado.
-... Soy un cazador de hombres...
Eso fue lo que había terminado de impactarme de esa tarde.
-... El negocio consiste en lo siguiente: si una mujer tiene
problemas con el marido, es decir, si este la engaña viene a verme a mí y yo le
soluciono el problema. Primero lo visito una vez y le doy mi tarjeta. Si el tipo
no cumple y sigue portándose mal lo visito por segunda vez y le aplico un
castigo físico...
-Dejame adivinar –dije mientras apartaba los ojos de la ruta
y lo miraba-, al tipo de hoy le tocó la tercera visita.
-... Exacto. En la tercera visita los violo. Después de eso
no tienen más ganas de seguir engañando a sus mujeres. No siento ninguna emoción
con esto. Sólo brindo un servicio social...
Y siguió hablando hasta que llegamos a su casa. Esa tarde me
pagó un porcentaje mayor a lo acostumbrado y me despidió con un abrazo.
En el verano siguiente supe que había sobrevivido a un
atentado por parte de un grupo de tipos que él había violado. Había llegado el
momento de desaparecer y lo hizo.
Me enteré después por mi primo que se había refugiado en los
montes y que vivía de lo que podía cazar.
Hoy a la mañana encontré debajo de mi puerta una de sus
tarjetas.
Supe así que había vuelto. Está otra vez en la ciudad.
Creo que pronto volveremos a trabajar juntos.
Dieche.
Rojas. 22-04-05.