El verso.
A todos les gusta hacerlo,
y nadie quiere que se lo hagan.
El verso.
1
-Recurro a usted porque quiero
contarle mi historia –dije acostado sobre el diván del doctor Sinisi.
Mi nombre es Miguel Espíndola, de Rojas, Buenos Aires. Según
la ficha que le dicté a la secretaria, tengo 42 años, trabajo para una empresa
de Salto, estoy casado, y tengo tres hijos. Además, soy candidato a intendente.
-No puedo recurrir a un cura porque no soy católico. No puedo
recurrir a un abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo
único que hice fue…
Noté que el doctor Sinisi ponía en marcha el grabador.
Estaba duro como una estaca sobre el diván. Mis pies
sobresalían, rígidos, por el extremo. Era la imagen de un hombre que se sometía
a una humillación necesaria. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como un
cadáver. Mis facciones se mantenían escrupulosamente compuestas. Miraba el
simple cielo raso, blanco, de paneles, como si por su superficie desfilaran
escenas e imágenes.
-Todo comenzó cuando tenía quince años. Verá, teníamos una
casa amplia, mi papá tenía un buen trabajo y yo estudiaba. Entonces llegaron los
problemas.
Verá, ése fue un mal verano para mí. Sólo conseguí que me
emplearan para cargar camiones de Pepsi–Cola en un almacén, y estaba siempre
cansado.
Un par de años antes se había producido el golpe de estado de
1976 y si bien en un principio no habíamos tenido problemas, una tarde mi viejo
llegó diciendo que teníamos que irnos.
-¿Pero… su papá andaba en algo? –preguntó el doctor Sinisi.
-Era gremialista. Pero no creo que anduviera en nada. Pero
los milicos eran muy paranoicos, y veían zurdos por todos lados.
Un mes después nos mudamos a Estados Unidos. Me dolió, por
supuesto, pero mi viejo dijo la última palabra.
Así transcurrieron un par de meses. Y una noche, cuando
estaba por acostarme, empecé a aullar y chillar y llorar. Extrañaba con locura.
-Un momento, pero se olvida de contarme, ¿a qué parte fueron,
cómo se adaptó, a qué escuela fue?
-Sí, es cierto. Pero para eso está usted, ¿no? Para guiarme.
Bueno, nos mudamos a Miami. Mi viejo en su ingenuidad, creía
que ahí se hablaba sólo español, así que se llevó una decepción muy fea.
Yo hablaba algo de inglés, pero no para comunicarme muy
fluidamente. Por este motivo fui a parar a una escuela que aceptaba a
estudiantes extranjeros de intercambio. Me adapté rápido al sistema. No causaba
problemas a los profesores, prestaba atención en las clases y trataba de hacer
amigos.
-¿Pero…?
-Fallé en el último punto. Los yankis no me daban pelota. Me
ignoraban. No existía para ellos. Y los latinos trataban de no mezclarse
conmigo. Entonces conocí a Andy…
-¿Quién era Andy?
-Deje que lo cuente a mi manera -dije irritado-. Estoy aquí
para desahogarme. Para contar mí historia. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
-Una mañana entró al aula un chico nuevo, y al verlo por
primera vez me enamoré de él.
-¿Cómo era?
-Era negro. Pesaría unos ciento veinte kilos y mediría un
metro setenta. Tenía una especie de peinado afro, típico de la época y se sentó
en el banco que estaba detrás mío.
Estaba fuera de mí. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para
controlarme.
Lo primero que hice fue tratar de hacerme amigo de Andy lo
más rápido posible. Todos los días llegaba temprano a la escuela y trataba de
encontrarlo para entablar conversación con él.
Al principio no parecía registrarme, parecía distante, como
si en parte el desconocimiento del idioma nos separara. Pero para mi sorpresa,
al poco tiempo comenzamos a hablar, por lo que lentamente comencé a hacerme
amigo de él. También estaba solo. No tenía amigos y pasaba por un momento de
angustia existencial. Así que al poco tiempo éramos inseparables.
-¿Y entonces qué?
- Tuve un sueño –contesté-. Estaba en una habitación oscura y
había algo que yo no podía..., no podía ver bien. Estaba en la cama. Hacía un
ruido..., un ruido viscoso.
Andy estaba acostado boca abajo. La parte posterior de las
piernas, la cabeza, las... eh... las nalgas. Tenía las nalgas abiertas. Eso era
lo mejor, sabe.
Y cuando me desperté en mitad de la noche, pensé que me
encontraría inclinándome sobre él.
Noté que el doctor Sinisi consultaba su reloj digital
embutido en su mesa.
-¿Qué sucedió después?
Me encogí de hombros.
-Comencé a pensar en la mejor manera de decirle que quería
acostarme con él.
-¿Y entonces qué?
-Deje que lo cuente a mi manera -dije irritado-. Estoy aquí
para desahogarme. Para contar mí historia. ¿De acuerdo?
-Lo escucho –dijo Sinisi.
-No podía soltarle una cosa así de entrada. Así que empecé a
pensar en como hacerlo.
En el edificio en el cual vivíamos, vivía también un cubano
de unos cincuenta años que se había hecho amigo mío. Estaba en Miami escapando
de la Cuba de Fidel Castro y no tenía familia. Como parecía un tipo de mucha
experiencia, una tarde decidí contarle mi problema, pero mintiéndole acerca del
sexo de la persona que me gustaba. Le conté que estaba enamorado de una chica y
que buscaba un método para acostarme con ella sin que me rechazara…
-¿Por qué le mintió acerca de Andy?
-No sé. Me pareció que no iba a tomar bien que le confesara
que estaba enamorado de un chico. Además tenía terror que se lo pudiera contar a
alguien más. Por eso me parecía que usando la figura de una chica no corría
peligro alguno.
Recuerdo que tomamos ron con coca cola mirando por la ventana
de su departamento. No se veía la playa, pero creo que los dos la imaginábamos.
"Tenía un amigo en Cuba, cuando era joven, que tenía el mismo
problema que tú tienes ahora y lo resolvió de la siguiente manera…"
Y entonces me lo dijo.
-¿Qué le dijo?
-Me dio el método para (según él) poder acostarme con una
mujer, sin que me rechazara.
Sinisi emitió un gruñido neutro.
Para cuando decidí llevar a cabo el plan hacía ya cerca de
tres meses que éramos amigos y si bien sentía cierta culpa por llevar a cabo
algo tan bajo, el deseo de penetrarlo podía más.
Entonces le hice el verso…
-¿El verso?
…los padres de Andy tenían una buena posición económica. Así
que era normal que tuvieran una casa de fin de semana. No se por qué, pero
entramos a la casa casi a hurtadillas. Como si fuéramos dos ladrones.
Andy me había dicho que la vieja casa tenía demasiados malos
recuerdos, pero en ese momento no me importaba. Fuimos abriendo las puertas de
la casa como si se trataran de celdas que íbamos sorteando. Tenía una gran
expectativa por llegar al final del camino y cuando franqueamos la puerta final,
sentí una punción en el estómago.
Andy quería hacerlo con la luz apagada. Tenía vergüenza de
que lo viera desnudo. Mientras nos desnudábamos en silencio, traté de descubrir
su cuerpo en la oscuridad. Una especie de aura parecía fluir de él y fui a su
encuentro, gateando a través de las sábanas.
Si bien hacía calor, Andy quiso que al menos nos tapáramos
con la sábana, como pensando que ese gesto inútil podía brindarle cierta
protección.
Mientras lo guiaba en el primer beso, comencé a tocar con
ganas ese enorme culo que me había provocado un insomnio constante y había
encendido mi pasión en interminables poluciones nocturnas.
Avanzada la pasión, entré a fondo con mi lengua en su ano
recorriéndolo incansablemente con mi saliva. Era el preludio a una noche de
pasión interminable y me preparé para no fallar.
Sin embargo, después de un tiempo, cuando vimos que no se
acostumbraba, empecé a preocuparme. Había tratado de penetrarlo pero por lo
visto faltaba lubricación. Tenía que recurrir a algo más efectivo que la saliva.
A desgano, me aparté de su cuerpo tibio y busqué la vaselina
que estaba en el bolsillo de mi pantalón.
Aplicado ya el elemento mágico, pude lograr mi ansiado
objetivo y me moví despacio tratando de prolongar ese encuentro que nos marcaría
para siempre.
Agitados, luego de haber repetido la experiencia un par de
veces más, descansábamos, la cabeza de Andy acompañando la respiración de mi
pecho.
Le dije que era una mala idea.
-¡No! -se apresuró a exclamar Andy.
Su voz se apagó gradualmente. Un solo lagrimón silencioso se
deslizó por su mejilla.
"Oh, no de forma definitiva, sino por un tiempo". Le dije que
era hora de que nos conformáramos y empezáramos a disfrutar el uno del otro.
Antes nunca habíamos tenido la oportunidad de hacerlo.
-¿Qué sucedió después?
-Pasamos todo el fin de semana juntos.
Ahora que recuerdo, a partir de ese momento (y vaya a saber
por qué) nos transformamos en una sólida pareja. Nos veíamos todos los días en
la escuela y a la salida nos encontrábamos en su casa o en la mía e
invariablemente terminábamos haciendo el amor.
Los fines de semana los pasábamos en la casa de fin de semana
de los padres de Andy. Generalmente nos llevábamos bien. No discutíamos. Bastaba
que Andy se acostara boca abajo y abriera las piernas para que yo me volviera
loco y calmara el fuego que me consumía. Aparte de eso, muy poco más importaba.
Salíamos en muy pocas ocasiones. Tratábamos de no llamar
mucho la atención. Por lo que nuestras salidas se reducían a ir al cine o en muy
contadas ocasiones asistir a algún recital de poesía.
Aunque ahora que lo pienso bien…
-¿Qué cosa?
Espere… yo le estaba hablando acerca del primer fin de
semana…
-No importa. Retome lo que estaba pensando…
…Seguía lloviendo. Recuerdo que seguía lloviendo. La persiana
de la ventana de la pieza estaba cerrada y también las cortinas. Pero se sentía
el sonido de la lluvia.
Andy seguía con su personal idea de no querer mostrarse
desnudo ante mí. Le hice notar que era de mi agrado verlo. Necesitaba recorrer
su cuerpo con mi mirada, en cierta forma poseerlo con mis ojos y guardar en mi
retina la imagen de su cuerpo para siempre.
Ante su negativa, logré que me concediera descorrer a medias
la ventana y lograr que una escasa claridad penetrara en la habitación.
Eran las tres de la tarde.
Siguiendo el contorno de su cuerpo, abrí sus enormes y
poderosas nalgas y contemplé su ano a mi antojo. ¿Desde cuándo ese agujero tan
pequeño confería tanto poder a los hombres sobre otros hombres?
Recorrí ese orificio sin piedad y luego introduje un dedo en
su interior en su totalidad arrancando los primeros gemidos de Andy.
Con Andy ya en posición (acostado boca abajo, piernas
abiertas, ano lubricado) lubriqué abundantemente mi miembro de quince
centímetros con vaselina y me masturbé un rato mirando extasiado su ano dilatado
a mi disposición.
Con un rápido movimiento me ubiqué entre sus piernas y lo
penetré a fondo logrando que al unísono emitiéramos sendos ronquidos de placer
desde el fondo de nuestras gargantas.
Lo cogí con las ganas acumuladas en tres meses de espera.
Sintiendo como su esfínter recibía mis acometidas y se amoldaba a mi miembro
erecto que lo penetraba como un conquistador, haciéndole sentir quien era el que
mandaba.
Yo era el hombre. Yo era quien podía disponer siempre de su
culo para enterrar mi pija en el. Yo era el que mandaba. Yo… este… ¿qué estaba
diciendo?
-¿Se está evadiendo de algo, señor Espíndola?
-No… yo. Sí, recuerdo que una vez discutimos muy fuerte. Andy
quería ir a la casa de unos amigos y yo quería estar con él. Lo deseaba como
nunca esa noche. Pero él se negaba…
Le grité que no tenía derecho a negarme los últimos momentos
de placer que me quedaban, pero me ignoró y siguió con su capricho. Dijo que
nunca más lo iba a hacer conmigo.
Estábamos en su casa, así que para cuando vinieron sus padres
nosotros teníamos que irnos. Vi con impotencia que Andy cerraba la puerta de su
cuarto con llave, sabiendo que estaba clausurando la posibilidad de que lo
hiciéramos.
Confieso que no lo pensé. Fue una especie de acto último y
primario. El miedo a perder la satisfacción del deseo.
Cuando pasábamos junto a la puerta del baño, lo golpee con el
puño cerrado en la nuca y luego lo tomé del cuello. Extrañamente no había miedo
en sus ojos cuando lo miré fijo. En ese momento supe. Él sabía. Sabía el poder
que tenía sobre mí. No tenía que ejercer violencia para dominarme. Le bastaba
someter su ano a mis deseos.
En un instante estuvimos los dos en el baño. Sin pensarlo nos
bajamos los pantalones y nos ubicamos para actuar.
Andy me dio la espalda y se tomó de la barra del toallero con
las manos mientras doblaba un poco las rodillas. Yo me ubiqué detrás de él y
después de separar sus nalgas, lo penetré inclinando mi cuerpo hacia delante.
Una vez dentro de su cuerpo, me aferré de su cintura con mis manos y comencé a
moverme al ritmo de mi deseo animal. Estábamos haciéndolo de pie como los
animales, y nos gustaba. Nos gustaba mucho.
Esa noche, cuando salimos del baño, notamos que los padres de
Andy nos miraban raro. Ellos habían permanecido abajo y no nos habían visto,
pero seguramente debía llamarles la atención nuestros rostros sudorosos y
nuestro aspecto desordenado. Pero en ese momento no les dimos importancia.
-Volviendo a su relato anterior, ¿qué pasó el resto del fin
de semana?
-Nada en particular. El domingo volvimos a hacer el amor y a
partir de ese momento no nos separamos más.
2
Sinisi emitió un gruñido neutro. Mientras dejaba el grabador
encendido sobre el tablero de su camioneta.
-Lo escucho -dijo Sinisi. Ahora estábamos en su camioneta
cuatro por cuatro y Sinisi conducía por la ruta sin destino fijo. Ambos
fumábamos.
-Andy había insistido en acompañarme, así que finalmente un
sábado a la mañana concurrimos los dos al médico. Este nos recibió detrás de su
escritorio, ataviado con su guardapolvo blanco y después de saludarnos nos
invitó a sentarnos.
Con paciencia, nos explicó lo que yo ya sabía y luego le
mostró las radiografías a Andy.
-¿Entonces no se puede hacer más nada? –preguntó Andy. Estaba
a punto de llorar y retorcía un pañuelo entre sus manos.
-No. Pueden pedir otra opinión, si quieren. Pero yo no creo
que se pueda hacer más nada. Sólo hay que esperar.
Al escuchar esto Andy comenzó a llorar y para cuando
abandonamos el consultorio estaba desconsolado.
-No puedo creer que te queden tres meses de vida –dijo Andy
mientras se secaba los ojos con el pañuelo.
Ahora caminábamos por la playa mientras mirábamos el mar y
reprimíamos el intenso deseo de tomarnos de las manos.
-Lo único que podemos hacer es esperar y seguir amándonos,
hasta el final.
-Espere un momento. ¿Cómo es eso de los tres meses de vida?
¿Qué enfermedad era esa? –preguntó el doctor Sinisi interrumpiendo una vez más
mi relato.
-Cáncer. Eso fue lo que le dije a Andy antes de que nos
acostáramos. Le dije que me quedaban seis meses de vida y que como última
voluntad quería hacer el amor con él antes de morir. Que si era mi amigo no
podía negarme ese último deseo, ya que si él quería yo podía llevarme el secreto
a la tumba.
-¿Y qué pasó después?
-Nos preparamos para vivir los últimos tres meses que me
quedaban.
"Como el tiempo apremiaba comenzamos a hacer el amor más
veces que antes. De lunes a jueves lo hacíamos tres veces por día en la casa de
Andy después que salíamos de la escuela, aprovechando que sus padres llegaban
siempre tarde. Y los fines de semana nos matábamos. Lo hacíamos seis veces por
día."
"Era una verdadera pasión lo que yo sentía por ese chico.
Pensaba todo el día en él. No veía que llegara el momento de poder cogerlo, de
estar adentro de él, de penetrarlo, de hacerle el amor, de meterle la verga en
el culo."
"Me volvía loco el hecho de penetrarlo con mis quince
centímetros y sentir como él se retorcía de placer debajo de mi cuerpo, mientras
abría sus piernas extasiado y gritaba sofocando sus gritos con la almohada.
Estaba caliente con él. Lo deseaba todo el tiempo y no veía la hora de tener su
ano a mi disposición."
"Enterrar mi lengua en su ano hasta que ese agujero hermoso
desbordaba saliva, eso era lo que me gustaba…
Enterrar profundamente mi dedo índice en su ano embarrado en
vaselina, eso era lo que me gustaba…
Enterrar mi verga en su ano, mientras le arrancaba gritos de
placer, eso era lo que me gustaba…
Besarme locamente con él mientras estábamos encamados, eso
era lo que me gustaba…"
-Estaba locamente enamorado de ese chico –Afirmó Sinisi.
-Estaba hasta las manos.
-¿Y qué pasó después?
-No mucho. Los días eran una sucesión de acciones que se
repetían sin cesar, invariablemente. A la tarde íbamos a la escuela y nos
sentábamos juntos, después volvíamos a la casa de Andy y hacíamos el amor.
Usualmente me quedaba a comer con ellos cuando llegaban sus padres, y después me
llevaban a mi casa. Los fines de semana los pasábamos juntos en la casa de fin
de semana. Comenzábamos a hacerlo los viernes a la noche, los sábados lo
hacíamos a la mañana y a la tarde y los domingos a la tarde.
Ha medida que el tiempo pasaba, comencé a notar que Andy
estaba cada vez más triste. Faltando un mes para la fatídica fecha decidí hablar
con él.
-Sabés que es inevitable que pase –dije.
-Sí. Pero aun así no me acostumbro.
-No soy yo lo que me preocupa, sino vos –dije-Pienso todo el
tiempo que va a ser de vos.
-No pensemos en eso ahora. Mejor disfrutar el tiempo que nos
quede por delante.
Por distintos motivos, esa noche se hizo tarde y me quedé a
dormir en la casa de él por primera vez. Cuando estuvimos en su cuarto
desordenamos la cama de huéspedes y después de desnudarnos nos acostamos en la
cama de Andy. Extrañamente no hicimos el amor, y mientras Andy leía un libro yo
miré una película por televisión. Estábamos experimentando la cotidianidad que
no íbamos a tener.
3
Sinisi emitió un gruñido neutro. Mientras dejaba el grabador
encendido en el bolsillo de su camisa encendió un cigarro y me miró. Su
expresión era la de un chico que a sido estafado con sus primeros pesos ganados
y se da cuenta.
-Continúe, por favor -me alentó con suavidad.
-Faltando un mes para la fecha clave, decidimos que debíamos
tomar una decisión –encendí el cigarro que me había pasado el doctor Sinisi y
miré a mí alrededor por un momento. Estábamos en un bosque y si mirábamos hacia
atrás ya no podíamos ver la camioneta debido a la espesura del
follaje.-Decidimos que íbamos a estar juntos solamente una semana y que luego yo
me iba a alejar, para evitar que Andy viera mi deterioro físico.
-¿Quiere hablar de ello, Miguel? -preguntó Sinisi.
-Sí. Esa semana, lo hicimos de lunes a jueves en la casa de
Andy, después de salir de la escuela y aprovechando como siempre que sus padres
no estaban. El fin de semana nos despedimos a lo grande y a pesar que Andy se la
pasó llorando todo el domingo, pudimos hacer bastante el amor.
Dejé de ir a la escuela. Me aislé en mi casa y me dispuse a
esperar lo peor. Cuando faltaba una semana para cumplirse el plazo, recibí un
sobre por correo y después de leerlo me fui a la casa de Andy. Una vez ahí y
luego de aclararle que estaba bien, me dispuse a contarle sobre el contenido de
la carta.
Le conté lo que había pasado y le mostré la radiografía en la
cual se veía que yo no tenía nada. Le dije que en el hospital en el cual me
habían atendido se habían equivocado con mis radiografías y mis análisis y los
habían cambiado con los de otro paciente. Comprendido el error, me habían
enviado mis verdaderos análisis con un pedido de disculpas por la equivocación
que habían cometido.
Luego de un momento de sorpresa, nos reímos sin parar durante
unos minutos y después nos besamos. Eran las cinco y media de la tarde y no
salimos de la cama hasta las ocho y media, poco tiempo antes de que volvieran
sus padres.
-Lo escucho, Miguel –dijo Sinisi.
-Solucionado ya el problema de la enfermedad y viendo que lo
que había entre nosotros funcionaba, seguimos juntos, guardando siempre
herméticamente nuestro preciado secreto.
-¿Y qué pasó después?
-Seguimos siendo novios mientras terminamos la escuela.
Después, y como sus padres tenían mucha plata, los dos nos fuimos a estudiar a
la misma Universidad y compartimos un departamento en el cual seguimos con
nuestra rutina.
Permanecí en Miami hasta los veinte años, fecha en la que
volví a Argentina con toda mi familia para una supuesta visita que se prolongó
hasta ahora.
-¿Y qué pasó con Andy?
-No supe más nada de él. Cuando llegué a Argentina y volví a
Rojas lo extrañé un tiempo. Pero después conocí a Bety y a los dos meses nos
casamos. Después nació Hernán y me desconecté totalmente de mi vida anterior en
Miami.
-¿Qué piensa usted del...? -dejó la pregunta inconclusa.
Restregaba sus manos con nerviosismo, la vista fija en su cigarro. Dio un
respingo y cuando sus ojos color miel me miraron directamente, advertí que había
hecho un considerable esfuerzo para poder hablar.-Cuénteme la verdad, Espíndola,
sincérese de una vez que aquí nadie puede escucharnos.
-Yo estaba muy caliente con Andy. Me lo quería coger y no
sabía como hacerlo. Así que cuando el cubano me contó como su amigo había podido
acostarse con la mujer que le gustaba usando su "método", decidí aplicarlo con
Andy como último recurso.
Le dije que tenía cáncer y que me quedaban seis meses de
vida. Que como último deseo quería hacer el amor con él y que como yo me iba a
morir nadie se iba a enterar. Y extrañamente "el verso", como yo lo llamé,
funcionó.
-¿Y el médico, y las radiografías? –preguntó Sinisi apoyando
su mano izquierda contra el tronco de una planta para evitar caerse.
-Todo falso. El médico era en realidad un enfermero que
también me consiguió los análisis y las radiografías a cambio de una suma
importante de dólares. Cuando fuimos al hospital con Andy, este enfermero se
hizo pasar por mi médico para que Andy no sospechara. Y todo funcionó.
-¿Y Andy lo supo?
-No. Nunca se enteró –dije mientras seguíamos caminando por
el bosque. Le di una chupada al cigarro y miré al doctor Sinisi.
-¿Qué piensa usted del...? -dejé la pregunta inconclusa.
-¿Qué pienso acerca de qué?
-Del... -vacilé, como si juntara fuerzas y por fin lo dije:
-De la homosexualidad.
-Bueno, Miguel, verá -explicó-. La relación homosexual es mal
mirada y según algunos denota una deformación y desviación psíquica de las
conductas sexuales de las personas que la practican. Sin embargo, a través de la
historia, las relaciones homosexuales siempre han existido.
-Pero ¿es una anormalidad, verdad? ¿Es una perversión, eh?
-pregunté, con ansiedad.
-El deseo sexual o el apetito sexual, nace con la propia vida
del ser humano. ¿Pero usted quiere preguntarme algo más, no?
-Hace una semana recibí un llamado telefónico desde Miami.
Era Andy. Me contó que me había encontrado por internet y que estaba muy
contento.
-¿Y?
-Me contó que pensaba venir a verme dentro de dos semanas.
Tiene intenciones de que retomemos nuestra relación.
-¿Y usted que piensa hacer?
-No pienso hacer nada para evitar que lo que tenga que
suceder, suceda.- dije mientras miraba el arroyo que había aparecido ante
nuestros ojos y le daba una chupada al cigarro.
Dieche. 05-06-06. Rojas.