Llevábamos demasiado tiempo sin follar. Ella había estado
enferma, pero ya se estaba recuperando. Había sido muy activa, pero cada vez
tenía menos interés en el sexo. Quizás consciente de ello me dijo: Esta noche
hacemos lo que tú quieras. Yo llevaba tiempo planeando una fantasía y esa era mi
oportunidad. Le pregunté si me dejaba atarle las manos, y le debió parecer un
juego casi inocente, pues me dijo que si. Se desnudo por completo, y le até las
manos. Después le puse sus zapatos más altos. Sólo diez centímetros, pero con un
tacón muy fino, que me ponían a cien. Después le puse mi cinturón al cuello,
para poder llevarla como a una perra. Finalmente le puse una gabardina sobre los
hombros, y se la abroché.
La llevé hasta la puerta de casa, la abrí, y le dije:
- ¡Fuera!
- ¿Estás loco? No pienso salir así a la calle.
- Tú misma, o sales por ti misma o te saco tirando del cinturón.
- No te atreverás.
Le tiré fuerte del cinturón y del tirón se cayó al suelo ya
en el descansillo. Cerré la puerta de casa. Ahora estaba fuera, con las manos
atadas sin poder volver a casa, y con el cinturón asomando sospechosamente.
- Abre la puerta de casa ahora mismo -me dijo.
- O vienes voluntariamente o te desnudo aquí mismo.
- Ni muerta.
La agarré por el cinturón para que no retrocediera, y comencé a desabrocharle
botones de la gabardina.
- Vale, vale, pero abróchame.
Le abroché los botones hasta arriba, y le metí el cinturón por dentro de la
gabardina. Después llamé al ascensor. Entramos, sin hablar; ella parecía entre
enfadada y asustada. Me preguntó que iba a hacer, pero no le contesté. Salimos a
la cochera, en el sótano del bloque. Nos dirigimos al coche, abrí el maletero, y
le dije que se metiera dentro. Se volvió a negar enfadada, y a mi me dio la
risa. Volví a agarrarla del cinturón y a desabrocharle botones. Me rogó que no
siguiera, mientras, miraba alrededor, por si venía algún vecino. Le quité la
gabardina y le señalé el maletero. Seguía negándose, casi llorando. Tiré del
cinturón y le di dos fuertes azotes, pero seguía sin meterse.
- Adentro zorra.
Empecé a darle azotes sin contemplaciones, que sonaban una
barbaridad en el silencio de la cochera. Por fin se metió llorando. Le eché la
gabardina por encima y cerré el maletero. Arranqué el coche y puse una música
relajante. Me preguntaba que estaría pensando mi mujer, encerrada en el maletero
con las manos a la espalda. Ella sabía que me atraía la sumisión/dominación,
pero nunca habíamos jugado a nada. Bueno, quizás en una ocasión, que hice una
pequeña prueba. La puse a cuatro patas, y le dije que se moviera ella. Lo hizo
al instante. Le dije que cuando le diera una nalgada en el lado izquierdo se
moviera más lento, y más rápido si le daba en el derecho. Al principio no se
enteraba bien, y tenía que darle dos veces, además de decírselo verbalmente.
Pero aprendió enseguida, y jugué con ella cambiándole el ritmo constantemente,
con el consiguiente azote.
Cuando me apeteció, dejé de darle órdenes, es decir azotes, y bombeé sin piedad.
Siempre se quejaba cuando lo hacia así, pero aquel día no.
Cuando acabó, se quejo tímidamente, y en voz baja: me has pegado mucho. No le
contesté. Se fue a la ducha y salió sonriente. Ni un reproche. Parece que le ha
gustado, pensé. Quizás si aquel día se hubiera quejado, hoy no estaría atada en
un maletero sin saber que van a hacer con ella. ¿Se quejaría esta vez? Me
pregunté.
Me dirigí al centro, hacia un conocido sexshop. Aparqué
cerca, en una zona azul, y me bajé del coche. Pague el ticket, volví a abrir el
coche, dejé el ticket, cerré y me fui, divertido, mientras pensaba que ideas se
le estarían pasando a mi mujer por la cabeza ahí encerrada. Cuando entré, sabía
lo que iba buscando. Quería una mordaza de bola y uno de esos cacharritos, con
mando a distancia, y forma de huevo, con vibración para que las señoras se den
gusto mientras van al súper. Elegí una bola agujereada. Sabía que se le llenaría
de saliva, y le chorrearía como a una babosa. El cacharrito, era rosa y según me
dijeron silencioso. Volví al coche. Miré a mí alrededor y no vi a nadie. Abrí el
maletero. Ella me miró con expectante alegría.
-¿Estás bien? Pregunté cariñosamente
Movió la cabeza afirmativamente, y un sí, casi imperceptible,
salió de sus labios. Era evidente que estaba asustada. Le ordené que no se
moviera (don´t move). Levanté la gabardina a la altura de su culo, que estaba en
pompa, pues la estrechez del maletero le forzaba a permanecer hecha un cuatro.
Con el pequeño vibrador en la mano busqué su coñito, y presioné suavemente. Me
sorprendió como cedía y el vibrador entraba. Estaba chorreando la muy puta.
-Mira que te va la marcha. Eres una putita.
Me miro como mira un niño al que le pillan meado.
-Abre la boca -le dije
Le puse la mordaza, sin que pusiera ningún impedimento. Me
estaba sorprendiendo su sumisión. La miré ya incorporado, y pulsé el mando a
distancia del vibrador. Sus ojos se abrieron como platos. Era evidente que no se
lo esperaba. Cerré el maletero, me subí al coche, y arranqué de nuevo.
Aunque había oído hablar de aquel club en los foros, nunca
había estado allí. Fundamentalmente era un club de intercambio, pero un par de
veces al año, hacían fiestas de sumisión. En esas ocasiones, los clientes debían
acudir siempre con pareja, debiendo adoptar uno de ellos el rol de dominante y
el otro el de sumiso. Tardé poco más de media hora en llegar. Durante ese
tiempo, apagaba y encendía el mando a distancia cada cinco minutos
aproximadamente. Quería que mi esposa le cogiera afecto al cacharrito.
El club se encontraba fuera de la ciudad, en un polígono industrial con un
aparcamiento privado, a cubierto de miradas indiscretas, y con portero en la
puerta del aparcamiento. Aparcando me dijo el portero acercándose a mí:
-Lo siento caballero, pero hoy hay fiesta, y solo se puede
entrar con pareja.
- Mi pareja viene en el maletero. Puede comprobarlo si quiere. El maletero está
abierto.
Sin contestar el portero se dirigió a la parte de atrás del
coche. En ese momento volví a encender el vibrador. Cuando se abrió el maletero,
algo que intento ser un alarido, ahogado por la mordaza, se oyó. Tras unos
segundos, más de los pertinentes tengo la impresión, el maletero se volvió a
cerrar.
-Puede continuar caballero –exclamó el portero.
-Gracias, buenas noches.
Aparqué y me bajé del coche. El aparcamiento estaba bastante
concurrido. Sin duda este tipo de fiestas tenía éxito. Cuando abrí el maletero,
una mirada de alegría me recibió. Acaricié su pelo y me lo agradeció con un
gemido. No hubo que quitarle la gabardina de encima, porque se ve que el portero
ya lo había hecho. La ayudé a salir y cuando la tuve delante toda la saliva que
se había acumulado en la bola agujereada de la mordaza, cayó por su barbilla, y
desde esta a sus hermosas tetas. En la penumbra de la noche, hubiera jurado que
era semen lo que salía de su boca sino hubiera sabido lo que en realidad era.
Desnuda con los tacones, sus manos atadas a la espalda, la mordaza, y sus tetas
al aire con la baba deslizándose por ellas, estaba estupenda.
Roce su sexo con mi mano. Estaba muy mojada. Acerqué mi
mejilla a la suya, rozándola, acariciándola, mejilla contra mejilla. Mientras le
cogí un pezón, y le mantuve la otra mano en su sexo, diciéndole esto al oído con
sensualidad:
-Eres una guarra. Estás mojada como una perra en celo. Eres
una puta. Mi puta.
Aparté mi cara de la suya para mirarla a los ojos, y la
interrogué.
-¿Eres mi puta?
No respondió, y le retorcí el pezón, al tiempo que tiraba de
este hacia arriba.
- ¿Eres mi puta perra?
Asintió con la cabeza, sin hacer ni un ruido.
-Ahora vendrás siempre detrás de mí. Cuando yo pare, tú te
arrodillarás inmediatamente y al sentir un tirón del cinturón de tu cuello te
levantarás rápidamente. Y ni se te ocurra mirarme a la cara, ni a mí, ni a
nadie.
Asintió de nuevo, y yo volví a retorcerle el pezón
preguntándole:
- ¿Qué te acabo de decir de mirarme?
Inmediatamente bajo la mirada. Solté su pezón, y le di un buen cachete en el
culo.
- Vamos adentro.
El club tenía buen ambiente. Varias amas y amos con sus sumisos. Algunos
vestidos para la ocasión, y otros como yo, normal de calle. Los sumisos y
sumisas, algunos vestidos, pero casi todos desnudos, con diferentes accesorios:
correas, mascaras, mordazas, esposas, muñequeras, y algún sumiso con su
vestidito de putita. Me apoyé en la barra. Miré a mi sumisa, que inmediatamente
se arrodilló. Para la ocasión, el club tenía preparado un pequeño escenario, y
varias mesas, algunas ya ocupadas.
Al camarero le pedí un bourbon con hielo, y me quedé allí mirando al personal.
Mi zorra arrodillada junto a mi pierna, como una perrita asustada, miraba al
suelo aunque estoy seguro que no se le había escapado un detalle de todo lo que
allí pasaba. Observé una silla solitaria, que alguien había dejado en mal lugar,
estorbando. Tire del cinturón para que mi zorra me siguiera, y me dirigí a la
silla. Cuando llegué a esta, miré a mi zorra:
- De rodillas en la silla, mirando al respaldo. El culo en
pompa.
Me miró, al oír mis palabras, y volví a retorcerle el pezón,
provocando una expresión de dolor en su bonita cara sonrosada de ama de casa:
- ¿Qué te he dicho de mirarme?
Cuando bajó su mirada, dejé de retorcer su pezón. Le señalé
con el dedo la silla y se subió de rodillas a ella. Se trataba de una silla
tapizada en azul, de asiento redondo, y un respaldo bajo. Le agarré el cinturón
y le hice un nudo a la parte baja del respaldo. Me puse detrás de mi perra, y vi
que podía poner las rodillas más abiertas. Le di un azote para que comprendiese
de una vez por todas:
-¡Ábrete más de patas, mete los riñones!
Acompañé esta segunda orden con un segundo azote. Me paré a
contemplar la vista. Su magnífico culo culminaba su delgada cintura, y su sexo,
brillante por los fluidos, y abierto como una flor, aparecía en todo su
esplendor. El vibrador la mantenía excitada como a una zorra en celo. Era una
visión deliciosa, que no hubiera desaprovechado en privado pero en público la
única que se exhibía era ella. Metí los dedos en mi bourbon, para sacar un
cubito. Lo chupe para aligerarlo del alcohol, y se lo acerque a su raja. El frío
la hizo estremecer. Tras la primera sorpresa, se lo introduje con suavidad.
Espere un minuto escaso, y el agua derretida del hielo, mezclada con sus flujos
vaginales, empezó a chorrear lentamente fuera de su sexo, pierna abajo.
Acaricié sus nalgas, y las premié con un azote a cada una, al
tiempo que el sonido de las nalgadas me despertaba de la fascinación, que aquel
espectáculo creado por mí, me había provocado. Me di cuenta, que otras personas
disfrutaban también de la visión. Al estar la silla en mal sitio, estorbando,
cualquiera que se desplazara por allí debería prestar atención a esta, para
esquivarla, y por supuesto hacer una pequeña parada para contemplar aquella
exposición. Rodeé la silla para ver que expresión tenía mi perrita. El miedo
había desaparecido en parte de su cara. Parecía empezar a disfrutar.
-Eres la atracción de esta parte del club –le dije, mientras
ella gemía entre el placer y el desconsuelo.
Alcé la vista para ver el pequeño corro que se había formado
alrededor, y enseguida fijé los ojos en un ama que sobresalía por encima de
todos.Poseía una hermosa melena rubia y ondulada, dos hermosos pechos,
resaltados por su negro corsé, y separados por un hipnótico canalillo. Sus pasos
se apoyaban en dos botas altas, y negras, con el inevitable tacón de aguja. Sus
complementos eran dos: una fusta de montar, y un arnés, de aceptable tamaño,
ligeramente curvado, y apuntando al techo, supongo que a falta de mejor
objetivo. Aunque su realismo en color y relieves era lo más resaltaba del arnés.
Detrás de ella, su sumiso. A juego con su ama, era un mozo musculoso de
gimnasio, sin llegar a culturista. Lógicamente desnudo, salvo por su mascara,
sus dos muñequeras, y un artilugio de castidad, del estilo del CB2000, o quizás
ese mismo modelo. Para terminar, una mano atrás, y la otra llevando la bebida
del ama. Se acercó:
- Hermosa sumisa –me dijo.
- Gracias.
Contesté intentado guardar la compostura, y que mis ojos se
centrasen en su cara, y no en ese canalillo.
-¿Hace mucho que la educas? -me preguntó. Miré el reloj de mi
muñeca y contesté:
- Algo menos de dos horas.
Abrió los ojos en señal de sorpresa y sonrió. Rodeó a mi
sumisa, para verle la cara, y le colocó, su arnés muy cerca.
- ¿Has visto como lo mira? -me preguntó.
- Tendrá ganas, dale un poco.
Le contesté, al tiempo que le quitaba la mordaza. Cuando el
ama hizo amago de metérsela en la boca, mi perra giró la cara. Así que tuve que
cogerla del pelo, y al tirarle hacia atrás, hizo un intento de quejarse, pero se
vio de repente con la boca llena, y ya no pudo decir nada. Aquella ama empezó a
follarle la boca provocando cierto murmullo en el coro que nos rodeaba. Yo por
mi parte acaricié sus nalgas, bajé a su coño abierto, y humedecí mi dedo índice
con sus fluidos, antes de empezar a hurgar en su ano. Aunque era virgen por ahí,
algún dedo si que había hecho alguna travesura y yo sabia que lo admitiría sin
problemas. Cuando el ama me vio, me preguntó:
- ¿Le gusta que le den por el culo?
- Aún no esta iniciada -le respondí, al tiempo que comenzaba el mete y saca con
mi dedo y ella continuaba follándole la boca.
- Si me lo permites, puedo ofrecerte un consolador anal para no iniciados. Lo
tengo aquí, y esta sin usar.
- Me parece estupendo.
En cuanto oyó mí respuesta, giró su mano hacia su sumiso, que
colocó la bebida en ella. Después, le acercó la fusta como si quisiera dársela.
Automáticamente el sumiso se arrodillo, y puso sus manos boca arriba para
recibirla. Pero el ama se la colocó en la boca. Tras lo cual le dijo:
-Trae a la pequeña Lady y el bote pequeño de lubricante.
El sumiso se marchó disciplinadamente a hacer su recado.
Mientras, yo ya hurgaba con un segundo dedo en el ano de mi perra, que de vez en
cuando dejaba caer algún gemido, apagado por el consolador que le follaba la
boca. El corro alrededor se iba haciendo más grande y el ama comentaba:
-Me han contratado para hacer ahora el espectáculo, espero
que después de este número no desmerezca el mío.
-Estoy seguro que dejarás a todos boquiabiertos -le contesté,
ya divirtiéndome con dos dedos en el culo de mi perra, y dándole algún azote,
que era respondido con un gemido de placer, a modo de eco.
Volvió el sumiso, y se arrodilló delante de su ama, con la
fusta en la boca y la pequeña Lady y el bote de lubricante con un preservativo,
la cabeza mirando al suelo. El ama le quitó la fusta de la boca y dijo:
-Ofréceselo al señor.
Repitiendo el gesto de arrodillarse me lo ofreció. Abandoné
momentáneamente mis labores anales, para tomar el consolador. Efectivamente,
estaba nuevo. Cuando lo vi tuve que mirar al ama y decir:
-¿Esto es lo que usas para los no iniciados? ¿Qué usas para
los que ya tienen el culo abierto?
Me respondió con una sonrisa maliciosa, mostrándome de forma
ostensible su mano. Cogí el lubricante y el preservativo. Al hacerlo el sumiso
exclamó algo casi imperceptible. Miró al ama encogido de hombros.
-¿Qué quieres? –le preguntó ésta en tono autoritario.
El sumiso miró el consolador y volvió a soltar un lastimero
ay. El ama ya sabía lo que quería, se notaba que lo comprendía con ver la
expresión de su cara.
-Creo que está solicitando el honor de preparar el consolador
para tu zorrita.
Le ofrecí el lote de nuevo; consolador, gel y preservativo.
Al tomarlo soltó otro ay, supongo que a modo de agradecimiento. Lo preparó con
una soltura que sólo se adquiere después de haber repetido muchas veces el mismo
gesto. Y con rapidez inusitada tuve de nuevo el aparatito en mis manos preparado
para la faena. Empecé a hurgar en su esfínter. Una vez la punta estaba dentro,
empujé metiéndolo violentamente. Un grito ahogado quiso salir de su boca llena.
Comencé el mete y saca al tiempo que la azotaba rítmicamente.
-¿Cariño te das cuenta de que cualquiera de los que te están
viendo, te los puedes encontrar mañana en la calle? –le pregunté. Esta es una
ciudad pequeña, y ellos cuando te vean te reconocerán como la puta que eres.
Comencé a azotarla rítmicamente, y a decirle esas cosas que
los maridos decimos a nuestras mujeres cuando nos la follamos: eres una zorra,
como te gusta chupar polla, hay que ver lo que te gusta que te la metan, y otras
lindezas. Su culo estaba ya al rojo, y yo seguía azotándola. Ella me lo
agradecía con un gemido tras cada azote. Noté que empezaba a culear, con lo que
intensifiqué el ritmo de las nalgadas, y el del mete-saca del consolador. El ama
había dejado de bombear en su boca, porque ahora era ella la que chupaba de
forma activa. El corro ya era una pequeña multitud que no se cortaba a decir en
voz alta cosas como: que buena mamona, como me gustaría tener una perra así, me
gustaría follarle ese coño, las pajas que me voy a hacer pensando en esta zorra,
y otras. Alguno noté que ya se estaba tocando descaradamente.
Empezó a arquearse, su esfínter se contrajo, quería gritar,
pero la polla en la boca, no le dejaba, estaba orgasmeando. Intensifiqué el
ritmo de mete-saca, y la intensidad de los azotes, hasta que terminó con un
gutural y largo gemido. Puedo asegurar que nunca la vi tener un orgasmo tan
largo e intenso. El público nos lo agradeció con un pequeño aplauso.
Saqué el consolador de su culo y se lo di al sumiso. El ama
hizo lo mismo con el arnés de su boca. Acaricié sus doloridas nalgas cuyo
sonrojo contrastaba con su pálida piel. No tuve más remedio que hacerle una foto
con el móvil a su trasero y otra a su cara, que permanecía con la mirada perdida
y la boca abierta, como si no pudiera o no quisiera cerrarla. Después le coloque
la mordaza de nuevo. Mientras le acariciaba el pelo el ama dijo:
-Ahora tengo que despedirme. Tengo que hacer mi actuación.
Muchas gracias por dejarme participar en "tu espectáculo". Ahora tengo que hacer
el mío.
-Gracias por participar. No hubiera sido lo mismo sin ti –le agradecí yo.
Me deleité con un repaso general y descarado a toda la figura
del ama, desde el canalillo, hasta sus botas. Me dedicó una sonrisa, y se fue
chasqueando los dedos para que su sumiso la siguiera. Desaté a mi puta, y le
ordené bajarse de la silla. Lo hizo despacio y torpemente. Ya de pie permaneció
con las piernas abiertas, las rodillas ligeramente flexionadas y algo encorvada.
Parecía que no le sostuvieran las piernas a la muy zorra.
-Lo has hecho muy bien mi puta. Ahora tendrás un premio.
Espero que sepas agradecerlo -le dije mientras la acariciaba.
Me dirigí a una mesa vacía que estaba más bien alejada del
escenario. No quería más protagonismo. Mientras me dirigía a sentarme otros amos
y amas, me saludaban y felicitaban. Me senté. Mi señora –curiosa denominación- a
mi lado, en el suelo hincada de rodillas, junto a mi pierna y en silencio,
mirando al suelo como una perrita obediente. Pedí otro bourbon al camarero, y me
dispuse a disfrutar del espectáculo con que nos iban a obsequiar.
Comenzó el espectáculo. El ama subió al escenario seguida del
sumiso a cuatro patas. Se le ordenó levantarse y fue atado a un potro, de pies y
manos, dejándole el culo en pompa. Yo por mi parte me abrí de piernas y ordené a
mi sumisa que se colocara entre ellas, lo que hizo inmediatamente caminando de
rodillas. En el escenario, el sumiso se vio liberado de su cinturón de castidad.
Inmediatamente consiguió una erección. Se ve que llevaba mucho tiempo "a dieta".
A mi sumisa, que seguía con el vibrador en su vagina trabajando, la libere de su
mordaza pero no de las ataduras de sus manos.
-Tu premio es que me vas a poder comer la polla, despacito,
sin prisas, deleitándote. Mientras me la comes, puedes mirarme. Vamos empieza.
Se quedó quieta. Miraba mi bragueta sin saber que hacer. Tuve
que enfadarme.
-¿A qué esperas? ¿Para que tienes los dientes? Desabróchame
el cinturón y los pantalones. Ya estás tardando y vas a conseguir que me enfade,
cosa que lamentarías.
El ama obsequió a su perro con unos pesos en sus testículos,
que se estiraron increíblemente. Una caricia a su pene, en total erección, y más
caricias con la fusta en las nalgas, que eran disciplinadamente contadas y
agradecidas, por el afortunado esclavo. Mi puta estaba teniendo problemas. Con
dificultad había desabrochado el cinturón. Ahora intentaba desabrochar los
botones de la bragueta bajo mi atenta mirada. Le quité el cinturón que ella
llevaba al cuello a modo de lazo, lo doblé y lo cogí por la parte en la quedaba
la hebilla. Me daba la distancia adecuada para alcanzar sus sonrojadas nalgas.
- Estás tardando mucho –le dije. Y azoté su culo con el
cinturón. Conforme vayas tardando te iré dando más fuerte hasta que mi fuerza no
permita más
-añadí. Y le di otro azote algo más violento para que viese
que no bromeaba.
En el escenario, el ama lubricaba el ano del sumiso. Le
penetró con un dedo, luego con dos, y premió su sumisión con una nalgada, con la
mano. Un consolador negro y grueso entró en el ano del esclavo, que recibió
después más fustazos. Mi perra se daba prisa en desabrochar los botones de mi
bragueta, pues el cinturón caía regularmente sobre su trasero cada vez más
fuerte. En cuanto estuvo a su alcance buscó en los calzoncillos y engulló con
avidez, y cierta desesperación mi pene, el cual se puso a tragar cuan agua que
encuentra el sediento en medio de un desierto seco, caluroso, polvoriento y
solitario.
- Te voy a echar una mano. Tu devoción lo merece pedazo de
puta.
Y me baje un poco los pantalones, y los calzoncillos, para que pudiera recorrer
con comodidad toda la extensión de mi verga.
Aquel sumiso soportaba en silencio las gotas de cera de una
vela cayendo sobre su espalda. Supongo que el silencio se debía a las caricias
que su pene recibía mientras. Si un quejido rompía el silencio, un sonoro
cachetazo le seguía. Mi zorra, por su lado, lamía despacio, conforme a mis
instrucciones. A veces se daba descansos y se retiraba, aunque los hilos de
saliva, la mantenían unida a mi pene. Volvía a la carga y me miraba, como una
perra en celo.
-¡Qué cara de puta se te pone siempre cuando me chupas la
polla! –le dije.
Y ella seguía mamando; bajaba con su lengua a mis huevos, los
lamía, los chupaba, se los metía en la boca con deleite. El mismo con el que yo
saboreaba mi bourbon. Inevitablemente me acordé del chiste.
Parecidos gestos se repetían en el escenario. El sumiso limpiaba con su boca,
aquel arnés, con devoción, mientras el ama se sobaba sus hermosas tetazas, que
para la ocasión se habían liberado del corsé. Tanto me gustaba la mamada que me
hacia mi zorrita que temí correrme antes de lo deseado, por lo que ordene a mi
mamona que durante un rato solo lamiera con su sensual lengua toda la dura
extensión de mi agradecido y en aquella ocasión colosal pene.
-¡Cómo te gusta una polla! ¡Siempre has sido una buena
mamona!
Creo que mis piropos la motivaban, aunque sin duda el
vibrador que guardaba su jugoso coño también la ayudaba a no cejar en su
laboriosa faena.
En el escenario el sumiso era ensartado. Ver a aquel hombre penetrado tan
violentamente, al parecer tan placenteramente para él, era espectacular. El ama
lo insultaba y le hacía preguntas soeces, que el esclavo respondía, ratificando
su condición de sometido encanallado y su gusto por la situación.
Le ordené a mi mujercita que volviera a meterse la polla en la boca. Mi puta
estaba deseando que le diera permiso para hacerlo, pues la engulló con ansiedad.
El bourbon se me estaba acabando, por lo que consideré que ya era suficiente.
-¡Aparta, que me voy a correr en tu cara de puta!
Se apartó y abrió su boca. Pero yo no quería que se la
tragase. Quería ver chorrear mi semen por su cara, y así lo hice. Ella se
relamió allí donde llegaba su lengua de zorra perversa que se degrada con el
simple roce de una cachetada.
-Lo has hecho muy bien zorra. Eres una buena mamona.
Me sonrió, satisfecha de su trabajo. Le retorcí un pezón, con
la intención de hacerle mucho daño y doy fe de habérselo causado con
suficiencia.
-Ya no tienes la polla en la boca. ¿Quién te ha dado permiso
para mirarme si no tienes la boca llena? –le espeté grosero. Bajó la mirada y le
solté el pezón. Acaricié su pelo y llamé al camarero.
El espectáculo terminó con el sumiso corriéndose en las botas
de su ama, y limpiándolas posteriormente con la lengua. Un rato después me
pareció buen momento para retirarnos a casa. Me levanté, tiré de mi sumisa para
que me siguiera y fui hacia la puerta. Al llegar a ésta, allí estaba el esclavo,
arrodillado, y en cuanto estuve a su altura alzó sus manos ofreciéndome algo. Se
trataba de la caja del consolador anal con el que había sodomizado a mi zorrita
antes. La abrí sin decir nada. Dentro estaba el consolador y la tarjeta del ama.
Detrás de ésta su teléfono particular escrito a mano con letra de mujer.
Enseñé ufano el magnífico consolador a mi puta esposa.
-Mira lo que nos han regalado. Es el juguete con el que te di
por el culito antes. Estarás contenta.
Lo miró con atención, yo diría con sorpresa. Seguramente le
sorprendió el tamaño. Dos palmaditas en la cabeza del sumiso a modo de gracias y
seguí adelante. Cuando llegamos al coche abrí el maletero.
-¿Quieres que te quite el consolador del coñito y venir
conmigo sentada, o prefieres seguir con él puesto y volver en el maletero?
Se lo pensó un poco pero dio un paso hacia el maletero y se
quedó allí parada.
- No sabía que fueras tan zorra. ¡Adentro!
Se metió, la tape con la gabardina y la acaricié.
-Disfruta del viaje de vuelta cariño. Ya hablaremos en casa.
