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Fecha: 10-Jul-08 « Anterior | Siguiente » en Trios (812 de 1069)

Donde comen dos, comen tres

Vlad
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La cabeza de Ana deja de moverse durante unos segundos, mientras separo el elástico de la braguita con el dedo índice y palpo el océano hirviente que fluye de su interior. Su sexo está abierto a mis caricias. Escucho sus gemidos. Levanto la vista, tienes los ojos y los labios cerrados, la cara encendida. Más arriba Miguel me guiña el ojo mostrándome el reloj. Beso a Ana en la mejilla, en el cuello, lamo el rocío salobre de su sudoración, mordisqueo la piel, delicada como seda, haciéndola estremecer. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Escena I – I am a material girl

Doscientos decibelios de percusión enlatada retumban en mi columna vertebral, revientan mis tímpanos y hace danzar las gotas de sudor que resbalan por mi frente. Sobre la pista todas las chicas aúllan al unísono coreando a la gangosa voz de Madonna en su confesión pública: "Living in a material world and I am a material girl…". Frente a mis ojos alucinados las cumbres nevadas de dos colinas gemelas ascienden deformándose con una consistencia mantecosa para, llegadas al punto álgido, desplomarse bruscamente rebotando, una vez y otra, una vez y otra... Unos centímetros por detrás de aquel prodigio orográfico y al abrigo de unas pestañas inacabables que barren el humo de la pista con cada parpadeo los ojos de Anna me sonríen con picardía.

En el frenesí demente de la discoteca suburbana todos nos concentramos bajo las luces parpadeantes, atraídos por ellas como polillas para comprobar si aún estamos vivos. Inmersos en los guiños titilantes de los flashes nos observamos de hito en hito unos a otros. Adolescentes, que ocultan su acné y su delgadez bajo sudaderas con capucha franciscana, bailan arrastrando los pies con la mirada clavada en el suelo fieles a su propia imagen de androides soñando con ovejas eléctricas. Por debajo de la falsa cogulla, ojos muy humanos espían disimuladamente a señoritas con la barriga al aire y maquillaje prostibulario que saltan sobre tacones altísimos e inestables, cinturones de grasa oscilante en peligro perpetuo de precipitarse contra la pista de metal.

Un metro por detrás de Anna, Miquel se hace sitio utilizando como ariete los bamboleos su barriga cervecera; en las manos, levantadas por encima de la cabeza, agita dos copas de un líquido turbio y grisáceo, la versión local de lo que en otro planeta sería un vodka con limón. Nadie parece molestarse por sus empujones, por unas horas, y con la ayuda de mucho alcohol, todos los parroquianos somos una gran familia.

Al llegar junto a nosotros roza el hombro de su mujer con el cristal helado. Anna se da la vuelta y le coge uno de los vasos. De espaldas a mí, estrujados por la multitud, la solidez esférica de sus nalgas traquetea contra mi cintura. Intento apartarme, pero ella retrocede conmigo. Miquel me mira a la cara, Anna gira la cabeza y también me mira, ambos tienen sus ojos fijos en los míos, se dan cuenta de lo incómodo que me siento. Sonríen, soy un gilipollas, ella está jugando conmigo y me lo he tomado como una insinuación. Sorprendo un guiño de complicidad entre ellos. Nos reímos sin hablar, mejor así. Gritamos con la parroquia "…and I am a material girl…". Con estribillo el disc-jockey aumenta el volumen, las luces suben de intensidad y barren la niebla por encima de las cabezas, cientos de brazos se agitan, la audiencia se contonea con más ímpetu. ¡Qué felices somos!

Dos horas después la noche es tan negra como me esperaba y yo no consigo distinguir el canto impertinente de los grillos del silbido constante de mis oídos. Intento fijar la vista en las luces de neón de la discoteca, pero ellas juegan conmigo, me rehúyen, se desdoblan y se ondulan como si las estuviese viendo desde debajo del agua. Llevo una cogorza de campeonato. Anna y Miquel no parecen estar mejor, ella está tumbada sobre el capó de un coche con los brazos en cruz y las piernas impúdicamente abiertas, su marido eructa y orina al unísono sobre la gravilla del estacionamiento.

Miquel deja lo que está haciendo, se acerca a mí describiendo la trayectoria a la par errática y serpenteante de una peonza y me estruja en un abrazo de oso entre sus brazos peludos. La genética le ha conferido una constitución baja, hirsuta y de músculo tenso que se está viniendo abajo con la vida disoluta que lleva. Su vientre, que hace solo un año, cuando aún estaba en nuestro equipo, era duro como una roca, es ahora blando como el algodón.

Venga, macho, nos vemos la semana que viene –me espeta a la cara. Su aliento huele como la tumba de la abuela de Drácula.

¿La semana que viene?, ¡Si solo es viernes!... –la respuesta muere en mi boca cuando recuerdo que ellos parten ahora en moto hacia Colliure. Han quedado con un grupo de parejas para un fin de semana de intercambio. Un cristal de hielo me atraviesa el corazón sin avisar: mi mujer ahora está en la cama con un viejo de cincuenta años. Tengo por delante todo un fin de semana solo para mí, únicamente con el recuerdo de Maite.

No lo recordaba. ¡Qué folléis mucho ó que os follen mucho… o lo que se diga en estos casos! –grito más alto de lo que debiera. Anna levanta la cabeza y me sonríe.

Llevas bragas rosas –es mi despedida.

Ella hace un amago inútil de cerrar las piernas que no modifica la perspectiva que tenemos de su ropa interior. Miquel me palmea con fuerza la espalda mientras me alejo rumbo a mi auto.

Olvídala… –escucho su voz a mi espalda–. Hay cientos de tías…

¡Para un tiarrón como tú… miles, cientos de miles! –apostilla Anna mirando al cielo

El motor ruge obediente bajo los pedales cuando lo pongo en marcha. Cruzo el puente sobre el Llobregat en un suspiro. Conozco las carreteras locales, pero aún así, conduciendo con litros de alcohol en la sangre es difícil describir la tristeza suburbial de Cornellà bajo la luz incierta que precede al amanecer. Atravieso una población que apenas veo, sé que hay edificios, hay calles, pero no son más que bocetos cenicientos, construcciones provisionales apenas conformadas, la angustia de la materia que se ha quedado petrificada a medio camino hacia la realización. A mi derecha un resplandor sanguinolento se levanta desde la dirección en donde sé que está Barcelona… donde sé que Maite duerme plácidamente en el lujoso piso de Sarrià. Una punzada de dolor inconsolable me despierta de mis ensoñaciones, muerdo el acelerador a fondo, quiero huir, llegar a casa y dormir, olvidar, no pensar, no recordar, no conocer, no saber, no entender, desaparecer, disolverme en la nada. Edificios a medio formar desaparecen tras el coche antes de ser vistos. Me arden los ojos, una humedad salada empapa mis labios, estoy llorando.

Escena II – Las puertas del infierno

Otra semana, otra noche de alcohol, música espeluznante y saltos entre la multitud. Hemos cambiado de tugurio, pero, en esencia ha sido más lo mismo. Esta noche nos hemos decidido directamente por uno de los portales de entrada al averno. Incluso ha habido hostias, pero bien dadas y bien recibidas, sin remordimientos ni rencores, después, todos amigos. Al salir, condenados vestidos de luto riguroso, greñas descuidadas y rostros marcados por la extenuante vida del heavy-metal nos despiden elevando sus manos al techo haciendo la señal de los cuernos. Respondemos a su saludo e iniciamos nuestro camino.

Una bruma cálida baña la comarca, es como estar sumergidos en un tazón humeante de caldo. He dejado el coche aparcado frente a la casa de mis amigos. Caminamos de regreso los tres en silencio por calles desiertas, las paredes devuelven el eco de nuestras pisadas. Las esquinas poligonales de los edificios aparecen como esqueletos más oscuros perfilándose contra un cielo negro. El fuego del verano ha cocido la ciudad tiznando las paredes de ladrillo con la esencia concentrada de la oscuridad. Miquel y Anna caminan enlazados por la cintura a mi lado. La mano de Anna me rodea y me atrae hacia ellos. Paso la mano por encima de sus hombros y la apoyo sobre la espalda de Miquel, está encharcada, los tres estamos sudando a mares.

Continuamos caminando sin decir una palabra. El cabello ondulado de Anna me hace cosquillas en el antebrazo.

Me estás chafando el pelo… –su voz rompe el silencio.

Agárrala por el culo –me aconseja Miquel–. Es más seguro.

Bajo la mano y rodeo la cintura de Anna. Los tres quedamos enlazados como delanteros de un equipo de rugby antes de cerrar una melée. Miquel y yo, como un acto reflejo, bajamos la cabeza, adelantamos la pierna y chocamos contra un contrario imaginario. La mujer lanza un grito sorprendida por nuestro movimiento.

Sois idiotas –dice en tono al tiempo burlón y recriminatorio.– Por cierto, Quim, ¿cómo fue la semana pasada?

Bien, bien, ganamos… –dejo morir la frase, no quiero continuar explicando que me presenté borracho en el partido, enfermo de rabia, y me expulsaron por enviar al medio de melée contrario al hospital en un encontronazo. Afortunadamente el árbitro no consideró que hubiese sido a posta.– Tres ensayos de Feliu. Ese tío es un fenómeno. –desvío la conversación.

Te acuerdas… –comienza a recordar Miquel sus tiempos de jugador. Los tres sabemos que ya no parará de hablar hasta llegar a casa.

Anna retira mi mano de su cintura y la pone sobre su culo. Me gustan las nalgas de Anna, son colosales, esféricas, firmes y vigorosas; siempre me han gustado, generosas colinas de músculo que marcan el turgente punto medio de su cuerpo, la frontera voluptuosa entre la longitud infinita de sus piernas y la vitalidad de su espalda. Siempre he sentido debilidad por las mujeres de nalgas poderosas. Su mano agarra mis posaderas y las estruja. Esta noche Anna me excita, me provoca. Le devuelvo el apretón. Bajo el tibio tacto de la minifalda de cuero me sorprende la firmeza de una carne que había esperado más delicada.

Acompañados por el ronroneo monocorde de la voz de Miquel relatando aventuras, siento los dedos de su mujer coquetean sobre mis ancas mientras caminamos. No estoy incómodo, no hay nada de noble ni de innoble en lo biológico y el alcohol ha anestesiado la poca conciencia que alguna vez tuve, la dejo hacer y le devuelvo las caricias palpando lentamente su grupa con la palma abierta de la mano mientras caminamos.

Bueno, ya estamos –afirma Miquel al llegar frente al portal.– ¿Quieres subir a tomar la última copa y nos hacemos un par de canutos?

Titubeo durante un segundo, la mano de Anna pellizcándome y la perspectiva de los canutos aclaran mis dudas.

Bien, pero solo una más… mañana hemos quedado a primera hora para ir a Perpinyà a ver un partido de verdad. –respondo. Anna palmea mis nalgas en señal de aprobación.

– ¡Cojones! ¿Quiénes juegan? –se interesa Miquel

– L’USAP contra Besièrs, es un amistoso. Salimos por la mañana, vemos el partido, comemos y volvemos a media tarde –le informo. Sé que se muere por venir.

– ¡Me cago en la puta madre de Caifás! ¡Mañana tengo que ir a firmar la renovación del contrato! –miente como un bellaco. Mañana será sábado… hoy es sábado, estamos en la hora insegura en que hoy y mañana se confunden. Un despertador madrugador se carcajea de su embuste desde el anonimato de una ventana a oscuras. Las oficinas de la empresa de seguridad para la que trabaja hoy estarán cerradas.

El piso huele a humo de tabaco, moho y abandono. Noches enteras de insomnio y cigarrillos se han desleído en el océano de humedad que parece emanar al mismo tiempo del río y del mar y forman un rocío acre que cala las paredes. Una luz fría y excesiva responde con desgana al chasquido del interruptor eléctrico de la entrada. Una primera punzada de dolor en los ojos, premonición de la resaca de después, hace que la acogedora oscuridad de la vecina sala de estar parezca un refugio seductor.

¿Qué tal os fue a vosotros en Colliure? –me sorprende el volumen de mi voz retumbando en el piso desierto.

Me dirijo al salón, la conversación de la pareja se desvanece a mi espalda con una reverberación amortiguada cuando entran en su dormitorio. Me sumerjo en una tórrida nube de vapor que parece mercurio, el resol de la tarde anterior tras las cristaleras debe haber licuado los metales. Entreabro los ventanales, me da la impresión de que la brisa aniquilará el viejo sofá tapizado en rojo y negro que ocupa el centro de la estancia, de que se disolverá en la nada cuando el aire fresco lo toque, de que morirá como una criatura de las profundidades marinas extraída de repente a la superficie.

¡De puta madre! –aparece Miquel en pantalones cortos y vistiendo la camiseta azul de nuestro equipo gastada por el uso.– Una gente majísima, muy enrollados, nos reímos un montón, comimos como animales y follamos como enanos –continúa mientras llena hasta el borde tres enormes vasos de la botella vodka que ha traído de la nevera.

Yo aún estoy escocida –confirma Anna apareciendo en la habitación vestida únicamente con una camiseta de manga corta que le llega hasta medio muslo. Sus pechos oscilan elásticamente bajo la tela mientras camina.– Lo malo es que los tíos eran un poco viejos, casi todos estaban alrededor de los treinta y ninguno estaba en forma.

Lo que dice Anna es cierto –apoya Miquel.– Ellas se cuidaban más, estaban de mejor ver, mejor vestidas y más en forma, pero los hombres no valían un pimiento. Yo era el que estaba más cachas… ¿No te lo crees? ¿Quieres ver unas fotos?

Bueno… –concedo. Aunque, la verdad es que me importan un higo las fotos.

Anna y yo nos hundimos en el sofá que ha resistido mejor de lo que pensaba el oxígeno del exterior. Miquel tiene "su sillón" y se sienta en él, enciende un porro, da un par de caladas y nos lo pasa, su aroma se esparce por la casa disfrazando todos los demás olores. De forma mecánica conecta la televisión y el reproductor de video. Desde la pantalla nos saludan el primer plano de unos testículos velludos bombeando sobre un sexo femenino abierto y unos gemidos guturales.

Mira, este es el grupo –Miquel me acerca unas fotos.– Esto es poco después de la llegada, en el punto de reunión.

Un grupo de motoristas se apiñan en una gasolinera. Los cromados de las motos refulgen bajo un sol inclemente. Todos visten de cuero y llevan gafas negras, el cuero y las gafas también brillan, casi tanto como las motos, centellean con un fulgor negro de azabache. Parece un grupo de escarabajos lustrosos en una excursión dominical. Tardo un rato en distinguir a mis amigos. Los sollozos, suspiros, aullidos y chapoteos líquidos que emite la tele no me ayudan a concentrarme.

Esto es en la piscina del hotel –una foto brinca sobre la anterior. El grupo está sentado alrededor de unas mesas cubiertas de vasos y copas vacías. Siguen llevando gafas de sol, pero ahora visten bañador. Coincido con Miquel y Anna, mientras las mujeres están pasablemente bien, los hombres parece que hayan hecho un curso acelerado de cómo aparentar diez años más. No están ostensiblemente gordos, tan solo dan la impresión maciza y cebada de atletas fuera de forma, la piel cuelga allí donde tendría que ser firme, las calvas brillan al sol y los collares de oro, los pendientes y las cadenas no consiguen desviar la atención de la penosa impresión que producen sus cuerpos.

¡Estos tíos están hechos polvo! –comento.

Por un momento pensé que estaría mejor si me lo montaba con alguna de las tías –afirma Anna.

¡Coño!, pues haberlo hecho –afirma Miquel levantando la voz. Todos sus amigos sabemos que no hay nada que le excite más que dos mujeres montándoselo entre ellas… quizá, únicamente el sexo anal.

Ja, ja, ¡pero qué listo! ¿Y por qué no te lo montabas tú con algún tío? –responde su mujer.

Porque, si alguna vez me lo he de montar con algún tío, tendrá que ser un tío de verdad, no con un trozo de mierda –le responde Miquel.

No sé si la frase tenía doble sentido, pero me hago el loco. Tomo un trago de vodka y le doy una calada al porrito que ha vuelto a llegar a mis manos. De la televisión sigue llegando la misma cantinela. La pierna desnuda de Anna roza mi pierna. No puedo evitar fijarme en ella, sus muslos fornidos, rotundos y vigorosos me transmiten una imagen de vitalidad y fuerza. El vello, corto, oscuro y afilado, que ya necesita una nueva depilación, contrasta con la palidez de la piel. Sin que pueda evitarlo, la vista se me va hacia la entrepierna que, afortunadamente, queda oculta bajo la camiseta. Un aroma etéreo a hembra se desliza serpenteando por debajo del olor picante e intenso del hachís cuando ella se mueve. Las pilastras velludas que son las piernas de Miquel un poco más allá me recuerdan la presencia del marido. Mal disimulada bajo el pantalón corto su erección es perceptible. Nuestras miradas se cruzan. Miquel esboza una sonrisa lobuna mientras se lleva a los labios el vaso. Apuro mi copa de un trago inacabable.

Pareja, yo me voy, que tengo que madrugar –afirmó mientras me levanto. El sofá se despide de mí con un crujido de madera seca.

Tú sabrás… –responde Miquel, dándole a su voz un tono misterioso.– ¿Quedamos mañana para cenar?

Bien, ya traigo yo el vino –corroboro mientras me alejo por el pasillo.– Por la tarde nos llamamos para confirmar –continúo. El aroma hogareño de las primeras cafeteras me da la bienvenida a un nuevo día cuando cierro tras de mí la puerta del piso. Los gemidos de la televisión quedan ahogados por una risotada de Anna en el interior.

Más allá de la autopista, el amanecer enciende el cielo sobre las azoteas de Barcelona. Mientras conduzco nuevamente rumbo a casa me doy cuenta de que estoy increíblemente caliente. Es la primera noche en muchos meses que no me ha dolido pensar en Maite. "¡Qué le den por el culo a esa zorra!", grito para mí. Me voy con los colegas a ver jugar a rugby de verdad, ¿qué plan hay mejor?

Escena III – Calor en la carretera

Por la tarde, al volver del partido, el piloto rojo del contestador de casa me saluda con un guiño electrónico. Es una llamada de Miquel. Ha perdido la moto, no es capaz de recordar dónde la dejó la última vez que la cogió, me pide que vaya a recoger a Anna a la salida del trabajo. Me toca las pelotas, menudo rostro tiene el tipo, me ha dejado la dirección dónde su mujer me espera desde hace quince minutos.

Me olvido de la ducha, me olvido de cambiarme de ropa, salgo corriendo de casa y cruzo la ciudad a toda velocidad. Anna hace guardia en la esquina con Julia, una amiga suya. Miquel ya se la ha tirado alguna vez, o al menos ha fanfarroneado de ello. Ambas se han engalanado con sendos minivestidos que les ayudan a soportar el calor pastoso que agobia a la ciudad. Forman una pareja chocante, mientras que a la pequeña Julia le queda francamente bien, la estructura ósea de Anna y su constitución atlética hacen que parezca una nadadora de la Alemania Oriental.

En fin, pienso, seremos cuatro a cenar. Yo había comprado el vino en Perpinyà, vino rosado de Banyuls, tres botellas, una por cabeza, ahora los números no cuadran. De todas formas, tengo mis dudas de que la cena merezca el esfuerzo, el plato más exquisito que sabe preparar Miquel es chopped rebozado y frito, una pesadilla gastronómica.

Detengo el auto en la esquina, El formidable escote de Anna se asoma a través de la ventanilla abierta. Intento no bizquear ante la portentosa visión que se me ofrece porque adivino la cara de Julia observándome desde detrás.

Hola, ¿te acuerdas de Julia? –me preguntan las glándulas mamarias de Anna con una voz infantil.

Hola, Julia, hacía días que no nos veíamos… –respondo abriendo la portezuela de detrás desde dentro–. ¿Subes?

No, no puedo, me tengo que ir al pueblo –responde Julia con una sonrisa que transluce alivio más que pesar.– Tengo un billete de tren comprado y mis padres me están esperando.

Creo recordar que Julia es de algún lugar de la Catalunya central, pero no sabría decir cuál, ¿Vic, Manresa, Igualada…? No tengo ni idea. Anna abre la puerta del copiloto y se sienta junto a mí. Ella y Julia se despiden a través de la ventanilla. Cuando se acomoda en su asiento el corazón me da un vuelco, el vestido de hoy tapa mucho menos que la camiseta de la noche anterior. Sus piernas de gimnasta quedan a solo un par de centímetros del cambio de marchas. Mi vista comienza el turbio descenso que de sus muslos conduce a sus ingles. Me es difícil apartar la vista.

¿Te ha llamado Miquel, no? –inquiere mirándome a los ojos. Se ha dado cuenta de que no puedo de dejar de mirar sus piernas. Su voz suena demasiado aguda.

Sí, me he encontrado un mensaje en el contestador. Siento que hayas tenido que esperar. ¿Qué le ha pasado a la moto?

No sabe dónde la dejó el otro día. Volvió a casa borracho después de su turno y ni siquiera recuerda si volvió en ella.

Prefiero no hacer comentarios. ¿Tienes sed? Suena como si tuvieses la garganta seca –pregunto. Quisiera averiguar por qué está tan nerviosa.

Sí, la verdad es que sí. Pero llevo una botella de agua en el bolso –dando por finalizada nuestra conversación. Saca la botella y da un trago inacabable.

Conduzco rápido, intentando no pensar en ella, concentrándome en el tráfico, los semáforos y los ciclomotores que se cruzan delante de nuestro camino. Involuntariamente mi mano roza su pierna cuando cambio la marcha. Ella no parece darse cuenta, no cambia de posición, es una esfinge absorta observando hieráticamente el paisaje. Dejo la mano sobre el cambio, su muslo, en lugar de alejarse se acerca más. Percibo el calor animal de su piel. Los dedos quedan atrapados entre la empuñadura del cambio y su pierna. Estiro tímidamente el anular. El corazón se desboca en mi pecho, puedo escuchar los latidos por encima del ruido del tráfico que entra por la ventanilla abierta. No hay ninguna reacción por su parte. Creo que está esperando algo. Continúa concentrada en su mundo interior. El motor brama bajo el capó exigiendo una marcha más larga, le dejo que proteste, no quiero romper la magia del momento.

Abandonamos Barcelona y nos adentramos en el dédalo de carreteras que conducen a las Colonias del Mundo Exterior: L’Hospitalet, Cornellà y, por fin, al otro lado del río, Sant Boi. Empiezo a sentir calambres en la mano que sujeta el cambio de marchas. El dedo anular está agarrotado de acariciar la pierna del copiloto. La temperatura del motor del auto empieza a ser peligrosa. Barriadas idénticas se apiñan a nuestro paso. Al cruzar el puente, Anna baja la mano y atrapa el dedo con el que le estoy acariciando la pierna. Intento retirarlo pero ella lo sujeta. Ninguno de los dos habla. El silencio se solidifica en el habitáculo.

Llegamos debajo de su casa. La presa del dedo de Anna se intensifica un instante y después libera mi dedo entumecido. Hay algunos sitios libres donde puedo estacionar el coche, recorro toda la calle sin hacerles caso y giro en la primera bocacalle. Aparco detrás de un camión. Nos miramos durante una fracción de segundo. Acerco mis labios para besarla. Tengo la boca seca. Ella gira la cabeza.

Éste no es un buen lugar –susurra mientras abre la portezuela. – Habrá tiempo para todo.

Subimos en el ascensor sin decir palabra. Anna rebusca las llaves en su bolso. El ambiente es asfixiante, ambos transpiramos copiosamente. Su presencia inunda el minúsculo recinto de metal, mi vista solo puede ver su cuerpo, mis oídos solo pueden escuchar los sonidos que ella produce, mi olfato solo puede oler su aroma, todo mi universo por unos segundos es ella, no existe nada fuera de ella; ella es todo lo que yo puedo abarcar, todo lo que puedo pensar, todo lo que puedo desear.

En el rellano, antes de abrir la puerta del piso ya percibimos el aroma de la fritura. Miquel está cocinando vestido con la misma camiseta azul y los mismos pantalones cortos con los que nos despedimos ayer. La mesa está preparada y el chopped frito brilla grasiento en los platos.

¿Queréis una birra? Están fresquitas –nos ofrece Miquel– Son Chimay, hoy es fiesta grande.

Ninguno de los dos le responde. La televisión emite la programación habitual en aquella casa. Parece un video casero, la localización se me antoja extrañamente familiar. En una piscina desierta dos mujeres se la están mamando a un jubilado cargado de cadenas de oro, la cámara tiembla y se desenfoca, como si el operador estuviese sujetándola con una mano.

Un video casero de la reunión de Colliure. Me lo han hecho llegar Albert y Cristina. ¿Te acuerdas de ellos, Anna? Son los que tienen una cestería en Mataró –comenta Miquel.

¿Cómo me voy a olvidar? Me pase más de media hora chupándosela a él para que se le levantase. En cambio a ti parece que te fue fenomenal con la mujer, ¿no? –responde en un tono burlón en el que se trasluce un resentimiento real. –Me voy a dar una ducha y a ponerme más cómoda.

¡Estás preciosa con ese vestido! –Responde Miquel– ¿No estás de acuerdo, Quim? –me mete en la conversación.

¡Estás para comerte!... –ella esboza una sonrisa neutra– pero creo que tú te sentirás mejor después de la ducha… –respondo intentando que ambos estén felices– Seguro que se ponga lo que se ponga estará igual de guapa.

Anna se retira. Miquel me pasa una botella de cerveza helada. La humedad se condensa en un centenar de perlas resplandecientes sobre el cristal ahumado.

¿Qué le pasa? Está seria de la hostia… –me pregunta con la mirada perdida en el pasillo por donde ella ha desaparecido.

No sé, en el viaje no ha dicho gran cosa… Me parece que no le ha hecho puta gracia que no la hayas ido a buscar. –respondo evasivamente. La calentura que he experimentado en el coche está desapareciendo por momentos. Doy un trago a la cerveza. ¿Qué cojones estoy haciendo, con la mujer de Miquel? ¡Seré idiota! Tengo que cenar y largarme cuanto antes.

¡Coño, pues a lo mejor tienes razón! Se le pasará con la ducha. Nosotros a lo nuestro. –abre una cerveza para él, enciende un canuto que ya tenía liado, da una calada profunda y se sienta a la mesa.

Venga, macho, cuéntame que tal ha sido el partido de l’USAP –. Me ruega Miquel– A ver si el próximo día que vayáis puedo montármelo y os acompañamos.

Dos cervezas, cuatro porros y una bolsa de patatas después, él ya sabe más del partido que yo mismo. Seguimos sudando, pero ahora estoy más relajado, contento y mi conciencia se ha sumido en un feliz letargo, me siento mucho más a gusto en la casa de mis amigos.

Escena IV – Cena con sorpresa

Los pasos de unos pies desnudos preceden a la reaparición de Anna. Estoy de espaldas al pasillo, pero la sonrisa de Miquel hace que me gire. Ella va vestida únicamente con un salto de cama semitransparente y unas braguitas negras, sus pechos desnudos se adivinan como dos deliciosos frutos maduros. Las aureolas, dos enormes órbitas tostadas, se perfilan como dianas perfectas. Un fogonazo en mi entrepierna me deja sin palabras.

Ahora estoy mucho mejor… Me he dado una ducha fría. En el coche de Quim hacía un calor infernal… –comenta con una sonrisa relajada.– Ahora sí que me apetece... ¿Tenéis una cerveza para mí ó preferís empezar con el vino? –continúa mientras toma asiento entre los dos. – ¿Me pasas un calada? –pregunta a Miquel al tiempo que toma el canuto entre sus dedos.

¡Hostias, Anna, así no va a haber quién cene…! –gruñe Miquel en tono burlón acariciando un pecho de su mujer. Ella tiene los pezones más erectos que haya visto en mi vida, afloran, gruesos y duros como garbanzos bajo la ropa transparente.

¿Qué te pasa, macho, no te acuerdas de cómo es una buena teta? –inquiere Miquel dirigiéndose a mí. – ¿Son preciosas no? ¡A que nunca has visto unos melones tan perfectos como estos!

…La verdad es que no… No sé… Son mara… son, éste, maravillosas… –tartamudeo como no lo hacía desde que caté mis primeros pechos femeninos a los doce años.

Abro la primera botella de vino y nos servimos la comida. El dulce vino rosado es lo único que realmente apetece en el ardor satánico del comedor. Miquel cambia la película de video y quita el sonido antes de volver a sentarse. Enciende un nuevo canuto, le da un par de caladas y nos lo pasa. Su cabeza queda envuelta en una espesa bruma azul. En la pantalla una rubia despampanante chupa al mismo tiempo las vergas de dos tipos cuyas caras no aparecen en el plano.

¡Vaya coñazo de películas! Siempre es lo mismo. Todos parece que se vuelvan locos cuando se la chupan, pero, en general, las mamadas son bastante deficientes. –protesto en voz alta.

Yo, yo misma… yo la chupo muy bien –levanta la voz Anna

Tiene razón, la chupa como nadie. Doy fe de ello –apoya Miquel a su mujer.

– Y a todas las actrices parece que les pone a cien que les den por el culo, pero yo nunca he encontrado a ninguna mujer real que se prestase a semejante juego. –continúo sin prestar atención a la respuesta de mis amigos.

Y también me gusta que me follen por el culo –continúa Anna. – Me pone a mil.

En eso yo tengo mucho que ver… –afirma con satisfacción Miquel

Venga, venga, eso lo dices porque es tu mujer. –protesto

¿Qué me vas a decir que quieres que Anna te haga una mamada para comprobarlo? –inquiere Miquel con segunda intención.

Anna me contempla con una sonrisa divertida mientras su lengua recoge una gota de vino de sus labios. Mis genitales me suplican que me lo monte con ella como sea.

…No, por supuesto que no… –se me acaba de ocurrir una idea y voy a ver hasta dónde son capaces de llegar– Anna dice que la chupa muy bien y tú dices que lo hace como nadie… Hagamos una apuesta.

¿Qué apuesta? –se interesa Anna girándose hacia mí. Sus pezones me apuntan a la cara como dos mísiles balísticos a punto de despegar. Me olvido por un momento de lo que iba a decir.

Este… este… Sí, ya, ya sé. Yo pongo doscientos euros sobre la mesa. Si consigues que Miquel se corra en tres minutos, el dinero es tuyo. Si no lo consigues, el dinero es de Miquel… y –, continúo– además, te dejarás encular por el Profeta del Sexo Anal.

¡Anda, macho! ¿Tú de qué vas…? Si gano, gano dinero y si pierdo… entonces me dan por el culo –protesta Anna.– Miquel, o bien se corre con mi mamada o bien gana dinero. ¡Es injusto! Si pierde también tiene que recibir lo suyo –. Se le escapa una carcajada– ¿No lleva meses cantando las múltiples ventajas de que te revienten el culo? Pues si no aguanta y se corre, tú tienes que darle por el culo.

¿Qué yo me folle a tu marido? –pregunto con incredulidad y un cierto asco, por un momento me viene a la mente cómo puede ser el culo de mi amigo visto de cerca.

¿Qué te creías, guapo, que tú solo ibas a mirar? –contesta Miquel

No… pero es que…

Ni peros, ni hostias. No solo eso, si Anna no consigue que me corra, mientras yo se lo hago por detrás, te demostrará que, efectivamente, la chupa como nadie.

– Bueno, ves, esa sí que es una buena idea… –replica Anna.

Mira que eres golfa… –apostilla cariñosamente Miquel acercando los labios a los de su mujer. Se besan tiernamente. A continuación le da un vistazo a su reloj

Las once y treinta y tres minutos… tengo que aguantar hasta y treinta y seis… –afirma Miquel

Acto seguido, Miquel se pone en pie frente a nosotros, exhibe desnudo su recio torso alfombrado de un vello encrespado y compacto, un cuerpo antaño hercúleo al que los excesos alcohólicos van hinchando y ablandando. Baja la goma del "slip" de deporte y desempaqueta su morcilla. Se la he visto cientos de veces en las duchas, pero nunca bajo esta nueva perspectiva y en este estado. Hace juego con su figura, es baja, rotunda e hirsuta con las proporciones de un bote de detergente. Los cojones forman una gruesa bola, maciza, tostada y velluda, que queda flotando por encima del pantalón.

Hasta y treinta siete… Aún no hemos empezado –replica ella.

Anna alarga una mano y acaricia el miembro de su marido con delicadeza. Estirando la piel hace aflorar el glande, purpúreo y brillante. Lo toma de una forma delicada y experta, apenas rozándolo. Asoma una perla de líquido preseminal que se desliza como una lágrima. La lengua rosada de la mujer aparece y repasa líquidamente la esfera lustrosa que brota a través del acordeón de piel. Los labios forman un círculo que rodea la superficie esférica del glande con la fragilidad de los anillos de Saturno, envolviéndolo sin tocarla.

La mano izquierda de Anna se desliza sobre mi rodilla. No sé cómo actuar. Estoy temblando de nervios.

Venga, macho, ¡anímate!, no te hagas rogar, ¡qué no está el horno para bollos! –truena la voz de Miquel.

Los dedos de Anna trotan sobre mi muslo en dirección a mi bragueta mientras su cabeza oscila como un péndulo. La polla de Miquel desaparece hinchando las mejillas de la mujer y vuelve a aparecer brillando de humedad.

Me arrodillo junto a ellos. Acaricio el pecho más próximo. Anna me guiña un ojo. El tacto es magnífico: sólido, pulido, rotundo y al mismo tiempo tierno, liso y cálido. Resigo la curva con las yemas hasta acariciar el pezón. La imagen corresponde a la realidad. Es un botón rígido, esférico y perfecto. Ella gime cuando lo tomo entre los dedos, pero su cabeza no deja de bombear sobre la polla de Miquel, concentrada en ganar la apuesta.

Mis manos tiritan sin control, los nervios me traicionan, trato de descubrir el cuerpo que he estado deseando secretamente estas dos últimas semanas; el cuerpo que me ha hecho olvidar a Maite. Desciendo sobre su vientre hasta alcanzar el límite de la braguita. Me entretengo acaricio sus caderas, demorando el primer contacto con su sexo. La mano de Anna toma la mía y la guía hasta la cara interna del muslo, allí me abandona una vez señalado el camino.

La entrepierna está empapada, las braguitas rezuman una humedad vaporosa y ardiente. Percibo el vello púbico sobre la suave tela. La hendedura central se adivina fácilmente. Deslizo con dulzura un dedo sobre ella. La cabeza de Anna deja de moverse durante unos segundos, mientras separo el elástico de la braguita con el dedo índice y palpo el océano hirviente que fluye de su interior. Su sexo está abierto a mis caricias. Escucho sus gemidos. Levanto la vista, tienes los ojos y los labios cerrados, la cara encendida. Más arriba Miquel me guiña el ojo mostrándome el reloj. Beso a Anna en la mejilla, en el cuello, lamo el rocío salobre de su sudoración, mordisqueo la piel, delicada como seda, haciéndola estremecer. Ella se gira y me da un profundo beso en la boca, su lengua se mueve sabiduría y viveza. Sabe a sexo masculino, su olor peculiar empapa mis fosas nasales. Respondo al beso olvidándome de todo, me dejo llevar una vez más por los sentimientos y sensaciones que me provoca esta mujer. Mientras una de mis manos continúa explorando su interior, la otra la toma por detrás de la nuca para besarnos con pasión. Sus labios se aplastan contra los míos, mi lengua baila una danza lasciva contra la suya, mi saliva se mezcla con la suya.

¡Eh, vosotros dos! ¿…y yo qué…? –Nos recuerda la voz de Miquel al cabo de un tiempo extremadamente corto – Anna, tienes quince segundos para acabar. Creo que lo tienes crudo…

¡Hostias! ¡Es verdad! –Responde sorprendida Anna –Se me acumula el trabajo –. Ríe y su boca vuelve a aplicarse al miembro. Éste, que apunta al cielo, enhiesto, rojizo y venoso, recibe la caricia bucal con deleite.

Quince segundos después, la voz de Miquel, vuelve a tronar.

¡Tieeeempo! ¡He ganado! Ahora os toca pagar a cada uno lo suyo…

Creo que es mejor que vayamos al sofá –aconseja Anna– será más cómodo.

Me quitó la ropa en un santiamén, dejándola tirada por el suelo. Compruebo que mis amigos han hecho lo mismo, pero a una velocidad próxima a la del sonido.

¡Coño, vaya ciruelo! –comenta Miquel con admiración jocosa. No creo que lo haya visto nunca en pie de guerra, tal y como yo no había visto nunca el suyo.

¡Hostias, es verdad! Es de los mejores que he visto en mi vida… –asiente la mujer

¿Te había dicho que al final te encontraría un tío de verdad, o no? –pregunta Miquel

Sí, sí, éste es un tío de verdad –afirma ella– Y tiene un cuerpazo.

Anna y yo nos apoltronamos en el viejo sofá que nos recibe con crujidos de reconocimiento, con la alegría jovial con que un perro saludaría a sus dueños. Ella me deja sentado y se arrodilla junto a mí. Miquel se sitúa tras ella y también se arrodilla.

Ahora verás lo que es una mamada celestial –me dice Miquel un segundo antes de hundir su cara entre las nalgas de su mujer.

Los carnosos labios de Anna se cierran sobre mi miembro. Un círculo mullido, líquido y ardiente que lo sumerge en su interior. Es una sensación diferente a cuantas he probado hasta este momento. Todas las bocas son diferentes, pero hasta ahora siempre había sido consciente de la persona que me estaba proporcionando aquella caricia íntima tan personal. Con ella es distinto, es el paraíso en la tierra, aún con los ojos abiertos, olvido el mundo, el universo desaparece, solo existe una sensación mullida de succión, una sensación que disuelve dulcemente la realidad, que la diluye mi cuerpo en un placer inacabable.

El largo cabello rizado de la mujer cae sobre mi pecho. Ella se detiene un momento. Abro los ojos. Detrás de Anna, Miquel oprime lentamente sus caderas contra las posaderas de su mujer. Ella levanta la cabeza y emite un leve gemido mientras cierra los ojos con fuerza

Así… así… muy bien… muy bien… despacio… –guía a su marido– Oh, Dios… Dios… Sí, sí…

Observo cómo Miquel penetra sus nalgas y permanece un rato en su tórrido y estrecho interior sin correrse, tenso su pene, impasible el ademán, amoratado el glande que besa el mullido interior del recto. Tomo con ternura la cabeza de Anna entre mis manos y la beso. Otra vez sabe a miembro masculino, a mi miembro, al miembro de Miquel, a cualquiera de los dos. Ella responde a mi beso nuevamente. Sus labios chocan contras los míos rítmicamente. Miquel hunde el pene una y otra vez en la cavidad recóndita.

El movimiento se acelera. Un chapoteo acompaña al martilleo de los cuerpos de la pareja. El sudor de la mujer llueve sobre mi cuerpo con cada embestida. Anna contempla pensativamente mi miembro y apoya su mano contra la base tensando la piel con firmeza. No puedo remediarlo, no puedo contenerme, el magma hirviente de un volcán en erupción asciende por mi interior. Un incendio se inicia en mis ingles, se expande por mis muslos y mi vientre y me devora en llamaradas de placer. Un gemido profundo escapa de mi pecho. Mi semen sale disparado en uno, dos, tres chorros viscosos y ardientes salpicando mi pecho y la cara de la mujer. Miquel gruñe detrás de ella y empuja con más fuerza, casi derribándola sobre mí. El sofá protesta, gime por el esfuerzo y los embates y muere desplomándose con un grito desgarrador. Con el trueno del estampido, los tres nos precipitamos al suelo unos sobre otros.

¿Estáis bien? –pregunta Miquel, que ha caído sobre nosotros y los restos del mueble.

Sí, sí… –respondo– ¿y tú, Anna, cómo estás?

– ¿Yo? Pues, yo aún no estoy… –contesta ella– Los dos vais a tener que trabajar un buen rato para compensarme… Pero, vamos a la cama, que creo que sí que nos aguantará a los tres.

© Vlad

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