Escena I – I am a material girl
Doscientos decibelios de percusión enlatada retumban en mi
columna vertebral, revientan mis tímpanos y hace danzar las gotas de sudor que
resbalan por mi frente. Sobre la pista todas las chicas aúllan al unísono
coreando a la gangosa voz de Madonna en su confesión pública: "Living in a
material world and I am a material girl…". Frente a mis ojos alucinados las
cumbres nevadas de dos colinas gemelas ascienden deformándose con una
consistencia mantecosa para, llegadas al punto álgido, desplomarse bruscamente
rebotando, una vez y otra, una vez y otra... Unos centímetros por detrás de
aquel prodigio orográfico y al abrigo de unas pestañas inacabables que barren el
humo de la pista con cada parpadeo los ojos de Anna me sonríen con picardía.
En el frenesí demente de la discoteca suburbana todos nos
concentramos bajo las luces parpadeantes, atraídos por ellas como polillas para
comprobar si aún estamos vivos. Inmersos en los guiños titilantes de los flashes
nos observamos de hito en hito unos a otros. Adolescentes, que ocultan su acné y
su delgadez bajo sudaderas con capucha franciscana, bailan arrastrando los pies
con la mirada clavada en el suelo fieles a su propia imagen de androides soñando
con ovejas eléctricas. Por debajo de la falsa cogulla, ojos muy humanos espían
disimuladamente a señoritas con la barriga al aire y maquillaje prostibulario
que saltan sobre tacones altísimos e inestables, cinturones de grasa oscilante
en peligro perpetuo de precipitarse contra la pista de metal.
Un metro por detrás de Anna, Miquel se hace sitio utilizando
como ariete los bamboleos su barriga cervecera; en las manos, levantadas por
encima de la cabeza, agita dos copas de un líquido turbio y grisáceo, la versión
local de lo que en otro planeta sería un vodka con limón. Nadie parece
molestarse por sus empujones, por unas horas, y con la ayuda de mucho alcohol,
todos los parroquianos somos una gran familia.
Al llegar junto a nosotros roza el hombro de su mujer con el
cristal helado. Anna se da la vuelta y le coge uno de los vasos. De espaldas a
mí, estrujados por la multitud, la solidez esférica de sus nalgas traquetea
contra mi cintura. Intento apartarme, pero ella retrocede conmigo. Miquel me
mira a la cara, Anna gira la cabeza y también me mira, ambos tienen sus ojos
fijos en los míos, se dan cuenta de lo incómodo que me siento. Sonríen, soy un
gilipollas, ella está jugando conmigo y me lo he tomado como una insinuación.
Sorprendo un guiño de complicidad entre ellos. Nos reímos sin hablar, mejor así.
Gritamos con la parroquia "…and I am a material girl…". Con estribillo el
disc-jockey aumenta el volumen, las luces suben de intensidad y barren la niebla
por encima de las cabezas, cientos de brazos se agitan, la audiencia se contonea
con más ímpetu. ¡Qué felices somos!
Dos horas después la noche es tan negra como me esperaba y yo
no consigo distinguir el canto impertinente de los grillos del silbido constante
de mis oídos. Intento fijar la vista en las luces de neón de la discoteca, pero
ellas juegan conmigo, me rehúyen, se desdoblan y se ondulan como si las
estuviese viendo desde debajo del agua. Llevo una cogorza de campeonato. Anna y
Miquel no parecen estar mejor, ella está tumbada sobre el capó de un coche con
los brazos en cruz y las piernas impúdicamente abiertas, su marido eructa y
orina al unísono sobre la gravilla del estacionamiento.
Miquel deja lo que está haciendo, se acerca a mí describiendo
la trayectoria a la par errática y serpenteante de una peonza y me estruja en un
abrazo de oso entre sus brazos peludos. La genética le ha conferido una
constitución baja, hirsuta y de músculo tenso que se está viniendo abajo con la
vida disoluta que lleva. Su vientre, que hace solo un año, cuando aún estaba en
nuestro equipo, era duro como una roca, es ahora blando como el algodón.
– Venga, macho, nos vemos la semana que viene –me
espeta a la cara. Su aliento huele como la tumba de la abuela de Drácula.
– ¿La semana que viene?, ¡Si solo es viernes!... –la
respuesta muere en mi boca cuando recuerdo que ellos parten ahora en moto hacia
Colliure. Han quedado con un grupo de parejas para un fin de semana de
intercambio. Un cristal de hielo me atraviesa el corazón sin avisar: mi mujer
ahora está en la cama con un viejo de cincuenta años. Tengo por delante todo un
fin de semana solo para mí, únicamente con el recuerdo de Maite.
– No lo recordaba. ¡Qué folléis mucho ó que os follen
mucho… o lo que se diga en estos casos! –grito más alto de lo que debiera.
Anna levanta la cabeza y me sonríe.
– Llevas bragas rosas –es mi despedida.
Ella hace un amago inútil de cerrar las piernas que no
modifica la perspectiva que tenemos de su ropa interior. Miquel me palmea con
fuerza la espalda mientras me alejo rumbo a mi auto.
– Olvídala… –escucho su voz a mi espalda–. Hay
cientos de tías…
– ¡Para un tiarrón como tú… miles, cientos de miles!
–apostilla Anna mirando al cielo
El motor ruge obediente bajo los pedales cuando lo pongo en
marcha. Cruzo el puente sobre el Llobregat en un suspiro. Conozco las carreteras
locales, pero aún así, conduciendo con litros de alcohol en la sangre es difícil
describir la tristeza suburbial de Cornellà bajo la luz incierta que precede al
amanecer. Atravieso una población que apenas veo, sé que hay edificios, hay
calles, pero no son más que bocetos cenicientos, construcciones provisionales
apenas conformadas, la angustia de la materia que se ha quedado petrificada a
medio camino hacia la realización. A mi derecha un resplandor sanguinolento se
levanta desde la dirección en donde sé que está Barcelona… donde sé que Maite
duerme plácidamente en el lujoso piso de Sarrià. Una punzada de dolor
inconsolable me despierta de mis ensoñaciones, muerdo el acelerador a fondo,
quiero huir, llegar a casa y dormir, olvidar, no pensar, no recordar, no
conocer, no saber, no entender, desaparecer, disolverme en la nada. Edificios a
medio formar desaparecen tras el coche antes de ser vistos. Me arden los ojos,
una humedad salada empapa mis labios, estoy llorando.
Escena II –
Las puertas del infierno
Otra semana, otra noche de alcohol, música espeluznante y
saltos entre la multitud. Hemos cambiado de tugurio, pero, en esencia ha sido
más lo mismo. Esta noche nos hemos decidido directamente por uno de los portales
de entrada al averno. Incluso ha habido hostias, pero bien dadas y bien
recibidas, sin remordimientos ni rencores, después, todos amigos. Al salir,
condenados vestidos de luto riguroso, greñas descuidadas y rostros marcados por
la extenuante vida del heavy-metal nos despiden elevando sus manos al techo
haciendo la señal de los cuernos. Respondemos a su saludo e iniciamos nuestro
camino.
Una bruma cálida baña la comarca, es como estar sumergidos en
un tazón humeante de caldo. He dejado el coche aparcado frente a la casa de mis
amigos. Caminamos de regreso los tres en silencio por calles desiertas, las
paredes devuelven el eco de nuestras pisadas. Las esquinas poligonales de los
edificios aparecen como esqueletos más oscuros perfilándose contra un cielo
negro. El fuego del verano ha cocido la ciudad tiznando las paredes de ladrillo
con la esencia concentrada de la oscuridad. Miquel y Anna caminan enlazados por
la cintura a mi lado. La mano de Anna me rodea y me atrae hacia ellos. Paso la
mano por encima de sus hombros y la apoyo sobre la espalda de Miquel, está
encharcada, los tres estamos sudando a mares.
Continuamos caminando sin decir una palabra. El cabello
ondulado de Anna me hace cosquillas en el antebrazo.
– Me estás chafando el pelo… –su voz rompe el
silencio.
– Agárrala por el culo –me aconseja Miquel–. Es más
seguro.
Bajo la mano y rodeo la cintura de Anna. Los tres quedamos
enlazados como delanteros de un equipo de rugby antes de cerrar una melée.
Miquel y yo, como un acto reflejo, bajamos la cabeza, adelantamos la pierna y
chocamos contra un contrario imaginario. La mujer lanza un grito sorprendida por
nuestro movimiento.
– Sois idiotas –dice en tono al tiempo burlón y
recriminatorio.– Por cierto, Quim, ¿cómo fue la semana pasada?
– Bien, bien, ganamos… –dejo morir la frase, no quiero
continuar explicando que me presenté borracho en el partido, enfermo de rabia, y
me expulsaron por enviar al medio de melée contrario al hospital en un
encontronazo. Afortunadamente el árbitro no consideró que hubiese sido a posta.–
Tres ensayos de Feliu. Ese tío es un fenómeno. –desvío la conversación.
– Te acuerdas… –comienza a recordar Miquel sus tiempos
de jugador. Los tres sabemos que ya no parará de hablar hasta llegar a casa.
Anna retira mi mano de su cintura y la pone sobre su culo. Me
gustan las nalgas de Anna, son colosales, esféricas, firmes y vigorosas; siempre
me han gustado, generosas colinas de músculo que marcan el turgente punto medio
de su cuerpo, la frontera voluptuosa entre la longitud infinita de sus piernas y
la vitalidad de su espalda. Siempre he sentido debilidad por las mujeres de
nalgas poderosas. Su mano agarra mis posaderas y las estruja. Esta noche Anna me
excita, me provoca. Le devuelvo el apretón. Bajo el tibio tacto de la minifalda
de cuero me sorprende la firmeza de una carne que había esperado más delicada.
Acompañados por el ronroneo monocorde de la voz de Miquel
relatando aventuras, siento los dedos de su mujer coquetean sobre mis ancas
mientras caminamos. No estoy incómodo, no hay nada de noble ni de innoble en lo
biológico y el alcohol ha anestesiado la poca conciencia que alguna vez tuve, la
dejo hacer y le devuelvo las caricias palpando lentamente su grupa con la palma
abierta de la mano mientras caminamos.
– Bueno, ya estamos –afirma Miquel al llegar frente al
portal.– ¿Quieres subir a tomar la última copa y nos hacemos un par de
canutos?
Titubeo durante un segundo, la mano de Anna pellizcándome y
la perspectiva de los canutos aclaran mis dudas.
– Bien, pero solo una más… mañana hemos quedado a primera
hora para ir a Perpinyà a ver un partido de verdad. –respondo. Anna palmea
mis nalgas en señal de aprobación.
– ¡Cojones! ¿Quiénes juegan? –se interesa Miquel
– L’USAP contra Besièrs, es un amistoso. Salimos por la
mañana, vemos el partido, comemos y volvemos a media tarde –le informo. Sé
que se muere por venir.
– ¡Me cago en la puta madre de Caifás! ¡Mañana tengo que ir a
firmar la renovación del contrato! –miente como un bellaco. Mañana será
sábado… hoy es sábado, estamos en la hora insegura en que hoy y mañana se
confunden. Un despertador madrugador se carcajea de su embuste desde el
anonimato de una ventana a oscuras. Las oficinas de la empresa de seguridad para
la que trabaja hoy estarán cerradas.
El piso huele a humo de tabaco, moho y abandono. Noches
enteras de insomnio y cigarrillos se han desleído en el océano de humedad que
parece emanar al mismo tiempo del río y del mar y forman un rocío acre que cala
las paredes. Una luz fría y excesiva responde con desgana al chasquido del
interruptor eléctrico de la entrada. Una primera punzada de dolor en los ojos,
premonición de la resaca de después, hace que la acogedora oscuridad de la
vecina sala de estar parezca un refugio seductor.
– ¿Qué tal os fue a vosotros en Colliure? –me
sorprende el volumen de mi voz retumbando en el piso desierto.
Me dirijo al salón, la conversación de la pareja se desvanece
a mi espalda con una reverberación amortiguada cuando entran en su dormitorio.
Me sumerjo en una tórrida nube de vapor que parece mercurio, el resol de la
tarde anterior tras las cristaleras debe haber licuado los metales. Entreabro
los ventanales, me da la impresión de que la brisa aniquilará el viejo sofá
tapizado en rojo y negro que ocupa el centro de la estancia, de que se disolverá
en la nada cuando el aire fresco lo toque, de que morirá como una criatura de
las profundidades marinas extraída de repente a la superficie.
– ¡De puta madre! –aparece Miquel en pantalones cortos
y vistiendo la camiseta azul de nuestro equipo gastada por el uso.– Una gente
majísima, muy enrollados, nos reímos un montón, comimos como animales y follamos
como enanos –continúa mientras llena hasta el borde tres enormes vasos de la
botella vodka que ha traído de la nevera.
– Yo aún estoy escocida –confirma Anna apareciendo en
la habitación vestida únicamente con una camiseta de manga corta que le llega
hasta medio muslo. Sus pechos oscilan elásticamente bajo la tela mientras
camina.– Lo malo es que los tíos eran un poco viejos, casi todos estaban
alrededor de los treinta y ninguno estaba en forma.
– Lo que dice Anna es cierto –apoya Miquel.– Ellas
se cuidaban más, estaban de mejor ver, mejor vestidas y más en forma, pero los
hombres no valían un pimiento. Yo era el que estaba más cachas… ¿No te lo crees?
¿Quieres ver unas fotos?
– Bueno… –concedo. Aunque, la verdad es que me
importan un higo las fotos.
Anna y yo nos hundimos en el sofá que ha resistido mejor de
lo que pensaba el oxígeno del exterior. Miquel tiene "su sillón" y se sienta en
él, enciende un porro, da un par de caladas y nos lo pasa, su aroma se esparce
por la casa disfrazando todos los demás olores. De forma mecánica conecta la
televisión y el reproductor de video. Desde la pantalla nos saludan el primer
plano de unos testículos velludos bombeando sobre un sexo femenino abierto y
unos gemidos guturales.
– Mira, este es el grupo –Miquel me acerca unas
fotos.– Esto es poco después de la llegada, en el punto de reunión.
Un grupo de motoristas se apiñan en una gasolinera. Los
cromados de las motos refulgen bajo un sol inclemente. Todos visten de cuero y
llevan gafas negras, el cuero y las gafas también brillan, casi tanto como las
motos, centellean con un fulgor negro de azabache. Parece un grupo de
escarabajos lustrosos en una excursión dominical. Tardo un rato en distinguir a
mis amigos. Los sollozos, suspiros, aullidos y chapoteos líquidos que emite la
tele no me ayudan a concentrarme.
– Esto es en la piscina del hotel –una foto brinca
sobre la anterior. El grupo está sentado alrededor de unas mesas cubiertas de
vasos y copas vacías. Siguen llevando gafas de sol, pero ahora visten bañador.
Coincido con Miquel y Anna, mientras las mujeres están pasablemente bien, los
hombres parece que hayan hecho un curso acelerado de cómo aparentar diez años
más. No están ostensiblemente gordos, tan solo dan la impresión maciza y cebada
de atletas fuera de forma, la piel cuelga allí donde tendría que ser firme, las
calvas brillan al sol y los collares de oro, los pendientes y las cadenas no
consiguen desviar la atención de la penosa impresión que producen sus cuerpos.
– ¡Estos tíos están hechos polvo! –comento.
– Por un momento pensé que estaría mejor si me lo montaba
con alguna de las tías –afirma Anna.
– ¡Coño!, pues haberlo hecho –afirma Miquel levantando
la voz. Todos sus amigos sabemos que no hay nada que le excite más que dos
mujeres montándoselo entre ellas… quizá, únicamente el sexo anal.
– Ja, ja, ¡pero qué listo! ¿Y por qué no te lo montabas tú
con algún tío? –responde su mujer.
– Porque, si alguna vez me lo he de montar con algún tío,
tendrá que ser un tío de verdad, no con un trozo de mierda –le responde
Miquel.
No sé si la frase tenía doble sentido, pero me hago el loco.
Tomo un trago de vodka y le doy una calada al porrito que ha vuelto a llegar a
mis manos. De la televisión sigue llegando la misma cantinela. La pierna desnuda
de Anna roza mi pierna. No puedo evitar fijarme en ella, sus muslos fornidos,
rotundos y vigorosos me transmiten una imagen de vitalidad y fuerza. El vello,
corto, oscuro y afilado, que ya necesita una nueva depilación, contrasta con la
palidez de la piel. Sin que pueda evitarlo, la vista se me va hacia la
entrepierna que, afortunadamente, queda oculta bajo la camiseta. Un aroma etéreo
a hembra se desliza serpenteando por debajo del olor picante e intenso del
hachís cuando ella se mueve. Las pilastras velludas que son las piernas de
Miquel un poco más allá me recuerdan la presencia del marido. Mal disimulada
bajo el pantalón corto su erección es perceptible. Nuestras miradas se cruzan.
Miquel esboza una sonrisa lobuna mientras se lleva a los labios el vaso. Apuro
mi copa de un trago inacabable.
– Pareja, yo me voy, que tengo que madrugar –afirmó
mientras me levanto. El sofá se despide de mí con un crujido de madera seca.
– Tú sabrás… –responde Miquel, dándole a su voz un
tono misterioso.– ¿Quedamos mañana para cenar?
– Bien, ya traigo yo el vino –corroboro mientras me
alejo por el pasillo.– Por la tarde nos llamamos para confirmar
–continúo. El aroma hogareño de las primeras cafeteras me da la bienvenida a un
nuevo día cuando cierro tras de mí la puerta del piso. Los gemidos de la
televisión quedan ahogados por una risotada de Anna en el interior.
Más allá de la autopista, el amanecer enciende el cielo sobre
las azoteas de Barcelona. Mientras conduzco nuevamente rumbo a casa me doy
cuenta de que estoy increíblemente caliente. Es la primera noche en muchos meses
que no me ha dolido pensar en Maite. "¡Qué le den por el culo a esa zorra!",
grito para mí. Me voy con los colegas a ver jugar a rugby de verdad, ¿qué plan
hay mejor?
Escena III –
Calor en la carretera
Por la tarde, al volver del partido, el piloto rojo del
contestador de casa me saluda con un guiño electrónico. Es una llamada de
Miquel. Ha perdido la moto, no es capaz de recordar dónde la dejó la última vez
que la cogió, me pide que vaya a recoger a Anna a la salida del trabajo. Me toca
las pelotas, menudo rostro tiene el tipo, me ha dejado la dirección dónde su
mujer me espera desde hace quince minutos.
Me olvido de la ducha, me olvido de cambiarme de ropa, salgo
corriendo de casa y cruzo la ciudad a toda velocidad. Anna hace guardia en la
esquina con Julia, una amiga suya. Miquel ya se la ha tirado alguna vez, o al
menos ha fanfarroneado de ello. Ambas se han engalanado con sendos minivestidos
que les ayudan a soportar el calor pastoso que agobia a la ciudad. Forman una
pareja chocante, mientras que a la pequeña Julia le queda francamente bien, la
estructura ósea de Anna y su constitución atlética hacen que parezca una
nadadora de la Alemania Oriental.
En fin, pienso, seremos cuatro a cenar. Yo había comprado el
vino en Perpinyà, vino rosado de Banyuls, tres botellas, una por cabeza, ahora
los números no cuadran. De todas formas, tengo mis dudas de que la cena merezca
el esfuerzo, el plato más exquisito que sabe preparar Miquel es chopped rebozado
y frito, una pesadilla gastronómica.
Detengo el auto en la esquina, El formidable escote de Anna
se asoma a través de la ventanilla abierta. Intento no bizquear ante la
portentosa visión que se me ofrece porque adivino la cara de Julia observándome
desde detrás.
– Hola, ¿te acuerdas de Julia? –me preguntan las
glándulas mamarias de Anna con una voz infantil.
– Hola, Julia, hacía días que no nos veíamos…
–respondo abriendo la portezuela de detrás desde dentro–. ¿Subes?
– No, no puedo, me tengo que ir al pueblo –responde
Julia con una sonrisa que transluce alivio más que pesar.– Tengo un billete
de tren comprado y mis padres me están esperando.
Creo recordar que Julia es de algún lugar de la Catalunya
central, pero no sabría decir cuál, ¿Vic, Manresa, Igualada…? No tengo ni idea.
Anna abre la puerta del copiloto y se sienta junto a mí. Ella y Julia se
despiden a través de la ventanilla. Cuando se acomoda en su asiento el corazón
me da un vuelco, el vestido de hoy tapa mucho menos que la camiseta de la noche
anterior. Sus piernas de gimnasta quedan a solo un par de centímetros del cambio
de marchas. Mi vista comienza el turbio descenso que de sus muslos conduce a sus
ingles. Me es difícil apartar la vista.
– ¿Te ha llamado Miquel, no? –inquiere mirándome a los
ojos. Se ha dado cuenta de que no puedo de dejar de mirar sus piernas. Su voz
suena demasiado aguda.
– Sí, me he encontrado un mensaje en el contestador.
Siento que hayas tenido que esperar. ¿Qué le ha pasado a la moto?
– No sabe dónde la dejó el otro día. Volvió a casa
borracho después de su turno y ni siquiera recuerda si volvió en ella.
– Prefiero no hacer comentarios. ¿Tienes sed? Suena como
si tuvieses la garganta seca –pregunto. Quisiera averiguar por qué está tan
nerviosa.
– Sí, la verdad es que sí. Pero llevo una botella de agua
en el bolso –dando por finalizada nuestra conversación. Saca la botella y da
un trago inacabable.
Conduzco rápido, intentando no pensar en ella, concentrándome
en el tráfico, los semáforos y los ciclomotores que se cruzan delante de nuestro
camino. Involuntariamente mi mano roza su pierna cuando cambio la marcha. Ella
no parece darse cuenta, no cambia de posición, es una esfinge absorta observando
hieráticamente el paisaje. Dejo la mano sobre el cambio, su muslo, en lugar de
alejarse se acerca más. Percibo el calor animal de su piel. Los dedos quedan
atrapados entre la empuñadura del cambio y su pierna. Estiro tímidamente el
anular. El corazón se desboca en mi pecho, puedo escuchar los latidos por encima
del ruido del tráfico que entra por la ventanilla abierta. No hay ninguna
reacción por su parte. Creo que está esperando algo. Continúa concentrada en su
mundo interior. El motor brama bajo el capó exigiendo una marcha más larga, le
dejo que proteste, no quiero romper la magia del momento.
Abandonamos Barcelona y nos adentramos en el dédalo de
carreteras que conducen a las Colonias del Mundo Exterior: L’Hospitalet,
Cornellà y, por fin, al otro lado del río, Sant Boi. Empiezo a sentir calambres
en la mano que sujeta el cambio de marchas. El dedo anular está agarrotado de
acariciar la pierna del copiloto. La temperatura del motor del auto empieza a
ser peligrosa. Barriadas idénticas se apiñan a nuestro paso. Al cruzar el
puente, Anna baja la mano y atrapa el dedo con el que le estoy acariciando la
pierna. Intento retirarlo pero ella lo sujeta. Ninguno de los dos habla. El
silencio se solidifica en el habitáculo.
Llegamos debajo de su casa. La presa del dedo de Anna se
intensifica un instante y después libera mi dedo entumecido. Hay algunos sitios
libres donde puedo estacionar el coche, recorro toda la calle sin hacerles caso
y giro en la primera bocacalle. Aparco detrás de un camión. Nos miramos durante
una fracción de segundo. Acerco mis labios para besarla. Tengo la boca seca.
Ella gira la cabeza.
– Éste no es un buen lugar –susurra mientras abre la
portezuela. – Habrá tiempo para todo.
Subimos en el ascensor sin decir palabra. Anna rebusca las
llaves en su bolso. El ambiente es asfixiante, ambos transpiramos copiosamente.
Su presencia inunda el minúsculo recinto de metal, mi vista solo puede ver su
cuerpo, mis oídos solo pueden escuchar los sonidos que ella produce, mi olfato
solo puede oler su aroma, todo mi universo por unos segundos es ella, no existe
nada fuera de ella; ella es todo lo que yo puedo abarcar, todo lo que puedo
pensar, todo lo que puedo desear.
En el rellano, antes de abrir la puerta del piso ya
percibimos el aroma de la fritura. Miquel está cocinando vestido con la misma
camiseta azul y los mismos pantalones cortos con los que nos despedimos ayer. La
mesa está preparada y el chopped frito brilla grasiento en los platos.
– ¿Queréis una birra? Están fresquitas –nos ofrece
Miquel– Son Chimay, hoy es fiesta grande.
Ninguno de los dos le responde. La televisión emite la
programación habitual en aquella casa. Parece un video casero, la localización
se me antoja extrañamente familiar. En una piscina desierta dos mujeres se la
están mamando a un jubilado cargado de cadenas de oro, la cámara tiembla y se
desenfoca, como si el operador estuviese sujetándola con una mano.
– Un video casero de la reunión de Colliure. Me lo han
hecho llegar Albert y Cristina. ¿Te acuerdas de ellos, Anna? Son los que tienen
una cestería en Mataró –comenta Miquel.
– ¿Cómo me voy a olvidar? Me pase más de media hora
chupándosela a él para que se le levantase. En cambio a ti parece que te fue
fenomenal con la mujer, ¿no? –responde en un tono burlón en el que se
trasluce un resentimiento real. –Me voy a dar una ducha y a ponerme más
cómoda.
– ¡Estás preciosa con ese vestido! –Responde Miquel–
¿No estás de acuerdo, Quim? –me mete en la conversación.
– ¡Estás para comerte!... –ella esboza una sonrisa
neutra– pero creo que tú te sentirás mejor después de la ducha… –respondo
intentando que ambos estén felices– Seguro que se ponga lo que se ponga
estará igual de guapa.
Anna se retira. Miquel me pasa una botella de cerveza helada.
La humedad se condensa en un centenar de perlas resplandecientes sobre el
cristal ahumado.
– ¿Qué le pasa? Está seria de la hostia… –me pregunta
con la mirada perdida en el pasillo por donde ella ha desaparecido.
– No sé, en el viaje no ha dicho gran cosa… Me parece que
no le ha hecho puta gracia que no la hayas ido a buscar. –respondo
evasivamente. La calentura que he experimentado en el coche está desapareciendo
por momentos. Doy un trago a la cerveza. ¿Qué cojones estoy haciendo, con la
mujer de Miquel? ¡Seré idiota! Tengo que cenar y largarme cuanto antes.
– ¡Coño, pues a lo mejor tienes razón! Se le pasará con la
ducha. Nosotros a lo nuestro. –abre una cerveza para él, enciende un canuto
que ya tenía liado, da una calada profunda y se sienta a la mesa.
– Venga, macho, cuéntame que tal ha sido el partido de
l’USAP –. Me ruega Miquel– A ver si el próximo día que vayáis puedo
montármelo y os acompañamos.
Dos cervezas, cuatro porros y una bolsa de patatas después,
él ya sabe más del partido que yo mismo. Seguimos sudando, pero ahora estoy más
relajado, contento y mi conciencia se ha sumido en un feliz letargo, me siento
mucho más a gusto en la casa de mis amigos.
Escena IV –
Cena con sorpresa
Los pasos de unos pies desnudos preceden a la reaparición de
Anna. Estoy de espaldas al pasillo, pero la sonrisa de Miquel hace que me gire.
Ella va vestida únicamente con un salto de cama semitransparente y unas
braguitas negras, sus pechos desnudos se adivinan como dos deliciosos frutos
maduros. Las aureolas, dos enormes órbitas tostadas, se perfilan como dianas
perfectas. Un fogonazo en mi entrepierna me deja sin palabras.
– Ahora estoy mucho mejor… Me he dado una ducha fría. En
el coche de Quim hacía un calor infernal… –comenta con una sonrisa
relajada.– Ahora sí que me apetece... ¿Tenéis una cerveza para mí ó preferís
empezar con el vino? –continúa mientras toma asiento entre los dos. – ¿Me
pasas un calada? –pregunta a Miquel al tiempo que toma el canuto entre sus
dedos.
– ¡Hostias, Anna, así no va a haber quién cene…!
–gruñe Miquel en tono burlón acariciando un pecho de su mujer. Ella tiene los
pezones más erectos que haya visto en mi vida, afloran, gruesos y duros como
garbanzos bajo la ropa transparente.
– ¿Qué te pasa, macho, no te acuerdas de cómo es una buena
teta? –inquiere Miquel dirigiéndose a mí. – ¿Son preciosas no? ¡A que
nunca has visto unos melones tan perfectos como estos!
– …La verdad es que no… No sé… Son mara… son, éste,
maravillosas… –tartamudeo como no lo hacía desde que caté mis primeros
pechos femeninos a los doce años.
Abro la primera botella de vino y nos servimos la comida. El
dulce vino rosado es lo único que realmente apetece en el ardor satánico del
comedor. Miquel cambia la película de video y quita el sonido antes de volver a
sentarse. Enciende un nuevo canuto, le da un par de caladas y nos lo pasa. Su
cabeza queda envuelta en una espesa bruma azul. En la pantalla una rubia
despampanante chupa al mismo tiempo las vergas de dos tipos cuyas caras no
aparecen en el plano.
– ¡Vaya coñazo de películas! Siempre es lo mismo. Todos
parece que se vuelvan locos cuando se la chupan, pero, en general, las mamadas
son bastante deficientes. –protesto en voz alta.
– Yo, yo misma… yo la chupo muy bien –levanta la voz
Anna
– Tiene razón, la chupa como nadie. Doy fe de ello
–apoya Miquel a su mujer.
– Y a todas las actrices parece que les pone a cien que les
den por el culo, pero yo nunca he encontrado a ninguna mujer real que se
prestase a semejante juego. –continúo sin prestar atención a la respuesta de
mis amigos.
– Y también me gusta que me follen por el culo
–continúa Anna. – Me pone a mil.
– En eso yo tengo mucho que ver… –afirma con
satisfacción Miquel
– Venga, venga, eso lo dices porque es tu mujer.
–protesto
– ¿Qué me vas a decir que quieres que Anna te haga una
mamada para comprobarlo? –inquiere Miquel con segunda intención.
Anna me contempla con una sonrisa divertida mientras su
lengua recoge una gota de vino de sus labios. Mis genitales me suplican que me
lo monte con ella como sea.
– …No, por supuesto que no… –se me acaba de ocurrir
una idea y voy a ver hasta dónde son capaces de llegar– Anna dice que la
chupa muy bien y tú dices que lo hace como nadie… Hagamos una apuesta.
– ¿Qué apuesta? –se interesa Anna girándose hacia mí.
Sus pezones me apuntan a la cara como dos mísiles balísticos a punto de
despegar. Me olvido por un momento de lo que iba a decir.
– Este… este… Sí, ya, ya sé. Yo pongo doscientos euros
sobre la mesa. Si consigues que Miquel se corra en tres minutos, el dinero es
tuyo. Si no lo consigues, el dinero es de Miquel… y –, continúo– además,
te dejarás encular por el Profeta del Sexo Anal.
– ¡Anda, macho! ¿Tú de qué vas…? Si gano, gano dinero y si
pierdo… entonces me dan por el culo –protesta Anna.– Miquel, o bien se
corre con mi mamada o bien gana dinero. ¡Es injusto! Si pierde también tiene que
recibir lo suyo –. Se le escapa una carcajada– ¿No lleva meses cantando
las múltiples ventajas de que te revienten el culo? Pues si no aguanta y se
corre, tú tienes que darle por el culo.
– ¿Qué yo me folle a tu marido? –pregunto con
incredulidad y un cierto asco, por un momento me viene a la mente cómo puede ser
el culo de mi amigo visto de cerca.
– ¿Qué te creías, guapo, que tú solo ibas a mirar?
–contesta Miquel
– No… pero es que…
– Ni peros, ni hostias. No solo eso, si Anna no consigue
que me corra, mientras yo se lo hago por detrás, te demostrará que,
efectivamente, la chupa como nadie.
– Bueno, ves, esa sí que es una buena idea… –replica
Anna.
– Mira que eres golfa… –apostilla cariñosamente Miquel
acercando los labios a los de su mujer. Se besan tiernamente. A continuación le
da un vistazo a su reloj
– Las once y treinta y tres minutos… tengo que aguantar
hasta y treinta y seis… –afirma Miquel
Acto seguido, Miquel se pone en pie frente a nosotros, exhibe
desnudo su recio torso alfombrado de un vello encrespado y compacto, un cuerpo
antaño hercúleo al que los excesos alcohólicos van hinchando y ablandando. Baja
la goma del "slip" de deporte y desempaqueta su morcilla. Se la he visto cientos
de veces en las duchas, pero nunca bajo esta nueva perspectiva y en este estado.
Hace juego con su figura, es baja, rotunda e hirsuta con las proporciones de un
bote de detergente. Los cojones forman una gruesa bola, maciza, tostada y
velluda, que queda flotando por encima del pantalón.
– Hasta y treinta siete… Aún no hemos empezado
–replica ella.
Anna alarga una mano y acaricia el miembro de su marido con
delicadeza. Estirando la piel hace aflorar el glande, purpúreo y brillante. Lo
toma de una forma delicada y experta, apenas rozándolo. Asoma una perla de
líquido preseminal que se desliza como una lágrima. La lengua rosada de la mujer
aparece y repasa líquidamente la esfera lustrosa que brota a través del acordeón
de piel. Los labios forman un círculo que rodea la superficie esférica del
glande con la fragilidad de los anillos de Saturno, envolviéndolo sin tocarla.
La mano izquierda de Anna se desliza sobre mi rodilla. No sé
cómo actuar. Estoy temblando de nervios.
– Venga, macho, ¡anímate!, no te hagas rogar, ¡qué no está
el horno para bollos! –truena la voz de Miquel.
Los dedos de Anna trotan sobre mi muslo en dirección a mi
bragueta mientras su cabeza oscila como un péndulo. La polla de Miquel
desaparece hinchando las mejillas de la mujer y vuelve a aparecer brillando de
humedad.
Me arrodillo junto a ellos. Acaricio el pecho más próximo.
Anna me guiña un ojo. El tacto es magnífico: sólido, pulido, rotundo y al mismo
tiempo tierno, liso y cálido. Resigo la curva con las yemas hasta acariciar el
pezón. La imagen corresponde a la realidad. Es un botón rígido, esférico y
perfecto. Ella gime cuando lo tomo entre los dedos, pero su cabeza no deja de
bombear sobre la polla de Miquel, concentrada en ganar la apuesta.
Mis manos tiritan sin control, los nervios me traicionan,
trato de descubrir el cuerpo que he estado deseando secretamente estas dos
últimas semanas; el cuerpo que me ha hecho olvidar a Maite. Desciendo sobre su
vientre hasta alcanzar el límite de la braguita. Me entretengo acaricio sus
caderas, demorando el primer contacto con su sexo. La mano de Anna toma la mía y
la guía hasta la cara interna del muslo, allí me abandona una vez señalado el
camino.
La entrepierna está empapada, las braguitas rezuman una
humedad vaporosa y ardiente. Percibo el vello púbico sobre la suave tela. La
hendedura central se adivina fácilmente. Deslizo con dulzura un dedo sobre ella.
La cabeza de Anna deja de moverse durante unos segundos, mientras separo el
elástico de la braguita con el dedo índice y palpo el océano hirviente que fluye
de su interior. Su sexo está abierto a mis caricias. Escucho sus gemidos.
Levanto la vista, tienes los ojos y los labios cerrados, la cara encendida. Más
arriba Miquel me guiña el ojo mostrándome el reloj. Beso a Anna en la mejilla,
en el cuello, lamo el rocío salobre de su sudoración, mordisqueo la piel,
delicada como seda, haciéndola estremecer. Ella se gira y me da un profundo beso
en la boca, su lengua se mueve sabiduría y viveza. Sabe a sexo masculino, su
olor peculiar empapa mis fosas nasales. Respondo al beso olvidándome de todo, me
dejo llevar una vez más por los sentimientos y sensaciones que me provoca esta
mujer. Mientras una de mis manos continúa explorando su interior, la otra la
toma por detrás de la nuca para besarnos con pasión. Sus labios se aplastan
contra los míos, mi lengua baila una danza lasciva contra la suya, mi saliva se
mezcla con la suya.
– ¡Eh, vosotros dos! ¿…y yo qué…? –Nos recuerda la voz
de Miquel al cabo de un tiempo extremadamente corto – Anna, tienes quince
segundos para acabar. Creo que lo tienes crudo…
– ¡Hostias! ¡Es verdad! –Responde sorprendida Anna –Se
me acumula el trabajo –. Ríe y su boca vuelve a aplicarse al miembro. Éste,
que apunta al cielo, enhiesto, rojizo y venoso, recibe la caricia bucal con
deleite.
Quince segundos después, la voz de Miquel, vuelve a tronar.
– ¡Tieeeempo! ¡He ganado! Ahora os toca pagar a cada uno
lo suyo…
– Creo que es mejor que vayamos al sofá –aconseja
Anna– será más cómodo.
Me quitó la ropa en un santiamén, dejándola tirada por el
suelo. Compruebo que mis amigos han hecho lo mismo, pero a una velocidad próxima
a la del sonido.
– ¡Coño, vaya ciruelo! –comenta Miquel con admiración
jocosa. No creo que lo haya visto nunca en pie de guerra, tal y como yo no había
visto nunca el suyo.
– ¡Hostias, es verdad! Es de los mejores que he visto en
mi vida… –asiente la mujer
– ¿Te había dicho que al final te encontraría un tío de
verdad, o no? –pregunta Miquel
– Sí, sí, éste es un tío de verdad –afirma ella– Y
tiene un cuerpazo.
Anna y yo nos apoltronamos en el viejo sofá que nos recibe
con crujidos de reconocimiento, con la alegría jovial con que un perro saludaría
a sus dueños. Ella me deja sentado y se arrodilla junto a mí. Miquel se sitúa
tras ella y también se arrodilla.
– Ahora verás lo que es una mamada celestial –me dice
Miquel un segundo antes de hundir su cara entre las nalgas de su mujer.
Los carnosos labios de Anna se cierran sobre mi miembro. Un
círculo mullido, líquido y ardiente que lo sumerge en su interior. Es una
sensación diferente a cuantas he probado hasta este momento. Todas las bocas son
diferentes, pero hasta ahora siempre había sido consciente de la persona que me
estaba proporcionando aquella caricia íntima tan personal. Con ella es distinto,
es el paraíso en la tierra, aún con los ojos abiertos, olvido el mundo, el
universo desaparece, solo existe una sensación mullida de succión, una sensación
que disuelve dulcemente la realidad, que la diluye mi cuerpo en un placer
inacabable.
El largo cabello rizado de la mujer cae sobre mi pecho. Ella
se detiene un momento. Abro los ojos. Detrás de Anna, Miquel oprime lentamente
sus caderas contra las posaderas de su mujer. Ella levanta la cabeza y emite un
leve gemido mientras cierra los ojos con fuerza
– Así… así… muy bien… muy bien… despacio… –guía a su
marido– Oh, Dios… Dios… Sí, sí…
Observo cómo Miquel penetra sus nalgas y permanece un rato en
su tórrido y estrecho interior sin correrse, tenso su pene, impasible el ademán,
amoratado el glande que besa el mullido interior del recto. Tomo con ternura la
cabeza de Anna entre mis manos y la beso. Otra vez sabe a miembro masculino, a
mi miembro, al miembro de Miquel, a cualquiera de los dos. Ella responde a mi
beso nuevamente. Sus labios chocan contras los míos rítmicamente. Miquel hunde
el pene una y otra vez en la cavidad recóndita.
El movimiento se acelera. Un chapoteo acompaña al martilleo
de los cuerpos de la pareja. El sudor de la mujer llueve sobre mi cuerpo con
cada embestida. Anna contempla pensativamente mi miembro y apoya su mano contra
la base tensando la piel con firmeza. No puedo remediarlo, no puedo contenerme,
el magma hirviente de un volcán en erupción asciende por mi interior. Un
incendio se inicia en mis ingles, se expande por mis muslos y mi vientre y me
devora en llamaradas de placer. Un gemido profundo escapa de mi pecho. Mi semen
sale disparado en uno, dos, tres chorros viscosos y ardientes salpicando mi
pecho y la cara de la mujer. Miquel gruñe detrás de ella y empuja con más
fuerza, casi derribándola sobre mí. El sofá protesta, gime por el esfuerzo y los
embates y muere desplomándose con un grito desgarrador. Con el trueno del
estampido, los tres nos precipitamos al suelo unos sobre otros.
– ¿Estáis bien? –pregunta Miquel, que ha caído sobre
nosotros y los restos del mueble.
– Sí, sí… –respondo– ¿y tú, Anna, cómo estás?
– ¿Yo? Pues, yo aún no estoy… –contesta ella– Los
dos vais a tener que trabajar un buen rato para compensarme… Pero, vamos a la
cama, que creo que sí que nos aguantará a los tres.