Capitulo 26: Réquiem para un caído
Los tres guerreros se quedaron absortos mirando hacia el
horizonte. La nívea Davias se extendía ante ellos más grande que nunca. Diógenes
se levantó usando su lanza como muleta. Abigail y Schekander le miraban llenas
de orgullo. Ese muchacho se levantaba ahora como un guerrero completo.
Ambas se le acercaron, pero él rechazó la ayuda. Schekander
lo comprendió, eso era orgullo y por ello retiró su mano. Abigail volvió a
insistir, pero Diógenes ya no quería saber más. Solo una cosa le preocupaba…
Gunther no estaba por ningún lado.
El herrero de cabellos rubios había estado junto a ellos en
batalla. Su cara se demudó por la preocupación, miró a sus compañeras. Su voz
quebrada salió de la garganta:
Gunther ¿Dónde esta?
Ninguna de las dos fue capaz de contestarle, solo dieron
vuelta la cara... no podían mirarle siquiera. El lancero tiró su muleta y agarró
a la rubia, obligándole a mirarlo pero ella no lo hizo. Eso le dio una vislumbre
de lo ocurrido, antes de que siguiera averiguando mas Schekander habló:
Peleó con bravura, pero sus golpes no eran tan
poderosos como para atravesar armaduras.
No, no puede ser- Dijo el muchacho.
Lo siento, no pudimos protegerle. Eran demasiados
contra nosotras- Dijo Abigail.
Debo verle, ¿donde esta?- Preguntó el moreno.
Ven. Es por aquí- Respondió la germana tomándole de
la mano.
Los dos caminaron un trecho entre árboles cercenados y
cadáveres sangrientos. Ramas y dedos retorcidos se levantaban buscando el
cielo... tal vez en un intento fallido de redención.
Schekander observó el cuerpo tirados en el suelo hasta que lo
halló. Ahí, tapado por el cuerpo de su asesino… Gunther yacía mirando hacia el
cielo. La mirada azul se perdía en el firmamento. Su mandíbula desencajada por
el dolor al verse apuñalado y luego cortado, daban muestras de su muerte. No era
un cuadro digno de ver mucho tiempo.
Diógenes se dejó caer y arrodillándose frente al cuerpo de su
amigo habló:
Gunther, has peleado con valor y lo has hecho más
allá de tus límites. Me enorgullece haber peleado a tu lado.
Diógenes- Dijo Schekander.
Hoy te prometo que nunca mas permitiré que otro de
los míos muera frente a mi- Dijo el muchacho
Sé que podrás cumplir con tu palabra, amigo mío- Le
dijo Abigail.
Démosle sepultura- Dijo Schekander.
Allí, sobre la tundra nevada tres guerreros cavaron con sus
manos una tumba para el caído. En silencio le despidieron... Diógenes terminó
por colocar una madera con el nombre de su amigo en ella. Ahí estaría por
siempre la esquela. Tomando de nuevo su lanza- muleta el joven volvía a pararse.
Con dificultad realizó el saludo de su Orden, luego dio la vuelta; siguiendo a
sus amigas.
Seguía a aquellas dos desde lejos, ellas caminaban tan rápido
para él. Eran tan fuertes esas dos, tenía que alcanzarles. Algún día les
superaría, sería tan fuerte como para no perder ante nadie. Abigail se dio
vuelta para mirarle, a lo que él sonrió lastimosamente. Schekander miró a su
compañera y le dijo:
No le mires mas, solo haces mas patente su
sufrimiento. Él percibe ya la diferencia de nivel entre nosotras y su
existencia. Compadeciéndote no lo harás fuerte.
No puedo evitarlo, me gustaría tanto poder ahorrarle
sufrimientos- Dijo la rubia con pena.
Si no se golpea y sufre no podrá aprender. Este
camino no es color de rosa, tu lo sabes bien- Habló la tatuada.
¿Por qué eres tan fría y dura?- Preguntó algo
mosqueada Abigail.
No lo sé, tal vez sea la vida que me hizo así-
Respondió la germana.
La rubia no se esperaba una respuesta como esa. Schekander le
sorprendía y desconcertaba. Era la primera, tal vez la única de su clase que
además de luchar podía pensar. En los años que llevaba combatiendo y viajando,
pocas veces había conocido guerreros pensantes. Por lo general, la mayoría de
los combatientes de a pie... por no decir su totalidad seguían el siguiente
cronograma: Primero escupían, luego gritaban, a continuación atacaban y...
recién después preguntaban.
La germana no solo combatía, también podía filosofar sobre
temas profundos. Eso, al menos para la arquero era loable. Se hallaba ante la
única berserker capaz de pensar un poco más que en su espada y sus brazos. Ya
con eso se hallaba por encima de Almanzor y otros tantos.
Casi sin darse cuenta llegaron hasta la entrada de la ciudad.
Los guerreros se preparaban para la lucha definitiva. Diógenes llegó unos
minutos mas tarde, ambas le miraron y sin más le dijeron:
Vamonos, ya no hay nada mas que hacer aquí. En esta
lucha final no habrá nadie de importancia.
Esta bien, como digan- Dijo el joven con resignación.
Atravesaron a la masa que se aprestaba a salir con destino al
castillo norte de Davias... hacia el encuentro de su gloria o su muerte.
Caballeros, Magos, Gladiadores y Elfos les contemplaron pasar. Todos les
creyeron unos cobardes, tardarían un poco en enterarse de la verdad. Solo cuatro
corazones valientes terminaron con una guerra de clanes. Guerreros de valor y
poder. Solo unos pocos.
Hicieron oídos sordos a las imprecaciones e insultos de ese
grupo. Ignoraron a esa masa cebada de sangre, hambrienta de combate. Solo
caminaron hacia el portal que les llevaba hacia Lorencia. Sin mirar un solo
momento atrás, atravesaron la luz verdosa.