MEMORIA DE UNA SUMISA (2)
Capitulo 2
Llamé a la puerta con los nudillos, nerviosa por la
situación, porque por primera vez iba a estar a solas con él, porque era un día
importante para mí y porque ya no podía echarme atrás. Seguía sintiendo mi sexo
húmedo de excitación y trataba de imaginar una y otra vez que sucedería.
- Entra, está abierto – oí que decía invitándome a entrar
Pablo.
Entré, cerrando tras de mí y me planté junto a la puerta,
quieta, estática, esperando que me dijera algo. Me miró de arriba abajo como si
me desnudara con sus ojos y finalmente me preguntó:
- ¿Así que quieres ser mi putita?.
- Sí – afirmé. Era lo que más deseaba en aquel momento, y no
me importaba lo que tuviera que hacer para lograrlo.
- ¿Y que harías por mí?
- Cualquier cosa, lo que tú me pidas, todo lo que me pidas –
puntualicé tratando de que mi voz sonara convincente.
- Bien, pues desnúdate – me ordenó.
Y sin pensármelo mucho, lo hice, empecé a quitarme el vestido
lentamente, bajando un tirante por mi brazo, y luego el otro, de la manera más
seductora posible. Luego deslicé el vestido hacía abajo, dejándolo caer al
suelo. Entre tanto miraba a Pablo a los ojos tratando de invitarle con la mirada
a que se acercara. Él me observaba acomodado en la silla, paseando sus ojos por
toda mi anatomía, revisando todos y cada uno de los puntos eróticos de mi
cuerpo, estudiándome. Dejé que me observara, y una vez totalmente desnuda me
quedé de pie, inmóvil, observándole, esperando. Y volvió a preguntarme:
- ¿Te has masturbado alguna vez?
- Sí – respondí con voz suave. Lo había hecho millones de
veces, sobre todo pensando en él e imaginándome que lo hacíamos de mil y una
maneras.
- ¿Pensando en mí?
- Sí, siempre lo hago pensando en ti.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.
- Acuéstate sobre la cama – me ordenó entonces.
Me subí a la cama y gateé hasta quedar en el centro y allí me
acosté boca arriba.
- ¿Eres virgen aún? – Me preguntó.
- Sí, me he guardado para ti – le dije, porque desde el día
en que decidí que sería su sumisa también tuve claro que él sería el primero en
hacerme suya. Esa respuesta pareció satisfacerle aún más que la anterior.
- Bien, ahora quiero que te masturbes, que te toques y te
acaricies como lo haces cuando estás sola y te imaginas que estoy contigo, pero
sobretodo no quiero que te corras ¿vale? Eso lo guardaremos para el momento
adecuado.
- Vale, como tú quieras – apostillé, estaba totalmente
decidida a hacer lo que él me pidiera, aunque sabía que me iba a costar, sobre
todo lo de no correrme, porque en los últimos días ni siquiera me había
masturbado esperando aquel momento para hacerlo para él.
Abrí las piernas, entonces, y clavé mi mirada de deseo en la
suya. No podía creer que estuviera allí frente al hombre que amaba y que fuera a
hacer aquello sólo porque él me lo había pedido, pero así era.
Empecé a tocarme, dirigiendo mis manos a mis senos, que
acaricié, sobé y pellizqué como a mí me gusta hacer. Luego descendí por mi
vientre, despacio, suavemente, hasta llegar a mi sexo y cuando adentraba una de
mis manos entre mis piernas Pablo me preguntó:
¿Cuándo fue la última vez que te masturbaste?
Hace tres días – le respondí empezando a sentirme
excitada.
Seguí acariciándome, busqué mi clítoris y empecé a
masajeármelo, trazando círculos sobre él. Todo mi cuerpo hervía y mi
sexo se llenaba de mis jugos. Tracé un camino ascendente con mis dedos
hasta mis labios vaginales y empecé a acariciármelos también. Todo eso
sin dejar de mirar directamente a los ojos a Pablo, deseando que se
acercara, pero él se limitaba a mirarme, eso sí, con ojos de deseo. Me
miraba mientras con la mano se acariciaba el sexo por encima del
pantalón. Mis dedos seguían hurgando en mi húmedo sexo, dándome placer y
haciéndome estremecer.
- Métete un dedo – me ordenó con voz firme.
Y volví a hacerlo.
- Métete dos
Lo hice.
- Ahora muévelos dentro y fuera, entrando y saliendo
– me indicó.
Y obediente empecé a meter y sacar mis dedos de mi
vagina, primero suavemente y luego aumentando el ritmo. Fue una
sensación maravillosa que nunca antes había sentido y un extraño y
novedoso cosquilleó empezó a invadir mi cuerpo. Mis gemidos se
intensificaron y todo mi cuerpo comenzó a convulsionarse.
- Cuando sientas que vas a correrte, avísame – me
exigió Pablo.
Continué dándome placer, haciendo que mis dedos
entraran y saliera cada vez más velozmente de mi sexo; así, aquella
placentera sensación fue aumentando poco a poco, hasta que
entrecortadamente le dije:
Me voy a correr, si…
Bien, entonces detente – me pidió – y acerca tus
dedos a mí, quiero saborearlos.
Gateé sobre la cama y me acerqué a él, le tendí mis
dedos húmedos de mis jugos y él los lamió y saboreó. Lo hizo despacio,
suavemente, haciéndome estremecer al sentir su lengua repasándolos. Al
terminar me ordenó:
Ahora vístete, la primera prueba la has pasado con
nota. Mañana vendré a buscarte a las doce, diles a tus padres que
pasarás el día fuera con unas amigas. Te esperaré dos calles más abajo
de esta ¿vale?
Vale – acepté obediente, mientras me vestía de nuevo.
Terminé de vestirme y me dirigí hacía la puerta y
antes de abrirla me giré hacía él y le lancé un beso. Luego salí de allí
contenta y feliz por haber superado la primera de las pruebas y tener la
firme convicción de que le había gustado y que quizás iríamos un poco
más allá, aunque me sentía algo frustrada porque no me había dejado
correrme, deseaba entregarme entera a él, ofrecerle lo mejor y haberme
privado de mi propio placer me hacía sentir que no se lo había entregado
todo, que faltaba algo. Aún así pensé que quizás la próxima vez, en la
próxima prueba a la que fuera sometida.
Al día siguiente me vestí tan provocadoramente como
pude, con una minifalda que apenas me tapaba el culo y un top que
apretaba firmemente mis pechos, debajo no me puse ropa interior, quería
causarle buena impresión a Pablo. Caminé decidida hasta el lugar que me
había indicado la noche anterior y traté de salir de casa sin que nadie
me viera, ya que si mi madre me veía con aquella pinta de putita, seguro
que no me dejaba marchar. Al llegar al coche, vi la cara feliz de Pablo
dibujada con una hermosa sonrisa de lado a lado. Subí al coche y me
senté a su lado.
- Buenos días – le dije.
- Buenos días, putita ¿cómo has dormido? – me preguntó.
- Bien.
- Me alegro ¿Estás dispuesta para la nueva prueba?
- Totalmente – respondí.
- Bueno, veremos de lo que eres capaz – dijo introduciendo su
mano entre mis piernas. Al comprobar que no llevaba braguitas añadió: - Así me
gusta, ayer no te lo dije pero no quiero que lleves ropa interior nunca ¿vale?
Te quiero libre para poder follarte cuando me apetezca.
- De acuerdo – Acepté excitándome como una perra al oír aquel
"follarte cuando me apetezca".
- Bien, vamos. Tenemos mucho que hacer hoy – agregó
arrancando el coche.
Yo ni siquiera podía imaginar donde iríamos.
Erotikakarenc (Autora TR de TR)
Texto
de la licencia