MANOLITO (5)
De vuelta a casa.
Como decía en mi relato anterior, el tiempo fue pasando y al
fin llegó el ansiado día en que empezaban nuestras vacaciones de Navidad: Desde
el día 20 de diciembre hasta el día 10 de enero nos olvidábamos de los estudios
y de los horarios del internado y nos entregábamos al disfrute de unas cortas
pero intensas vacaciones navideñas.
Yo ya había decidido, después de mucho pensarlo, seguir el
camino de progresivo alejamiento de la religión, que había iniciado a raíz de la
primera experiencia sexual que tuvimos Manolito y yo en el pajar, decisión
motivada por mi incapacidad para comprender por qué era moralmente inaceptable
algo tan natural como el disfrutar del placer que nos brindaban nuestros propios
cuerpos.
Serían las once de la mañana cuando fui avisado que había
venido mi madre a buscarme. Después de saludarla y de recoger mis cosas nos
despedimos del director con un "Feliz Navidad y próspero Año Nuevo".
Estuvimos paseando por la ciudad hasta el mediodía en que
fuimos a comer y después de una tarde aburrida nos dirigimos a la estación a
esperar el tren que nos llevaría a casa. Éste, remolcado por una humeante
locomotora de vapor, llegó puntualmente. Venía totalmente lleno de gente y
después de mucho buscar encontramos un departamento en el que había dos plazas
libres. Nos acomodamos en nuestros asientos y después de unos veinte minutos de
parada el tren reanudó su marcha, ahora remolcado por una locomotora eléctrica.
El tiempo fue pasando, el cansancio poco a poco nos fue venciendo y al cabo de
unas horas las conversaciones, las risas y los juegos de los niños dejaron paso
a los sonidos típicos de un tren que circula en el silencio de la noche: el roce
de las ruedas contra el carril de la vía, el pitido de la locomotora al paso por
las estaciones, el zumbido de los motores eléctricos reflejado por las paredes
de los túneles... y los ronquidos de algún pasajero. Yo no conseguía conciliar
el sueño porque la alegría y la ilusión de volver a mi tierra, con mis seres
queridos, había formado un nudo de nervios en mi estómago, lo que hacía que me
revolviese continuamente y que cada poco tiempo saliese al pasillo del vagón
para "estirar" un poco las piernas. Pero al final la fatiga pudo con mi ansiedad
y me quedé dormido con la cabeza apoyada sobre el hombro de mi madre.
Cuando desperté una tenue claridad se abría paso por la
ventanilla de nuestro departamento. Estaba amaneciendo. El día se presentaba con
niebla, lo que significaba que a partir de mediodía el sol luciría sobre
nuestras cabezas. Durante los primeros segundos creí estar aún en la cama del
internado, hasta que por fin se ordenaron mis ideas y entré de lleno en la
realidad: El internado ya quedaba lejos y aquel tren me estaba acercando a mi
mundo, el mundo que yo tanto quería. Volví a quedarme dormido hasta que una mano
me sacudió el hombro:
-Venga, Óscar, despierta que ya estamos llegando –me dijo mi
madre.
Me desperecé y me levanté del asiento. Me dolía todo el
cuerpo, debido a la postura forzada que había tenido mientras dormía, pero
espabilé en cuanto empecé a moverme.
Recogimos nuestro equipaje y me puse a mirar el paisaje desde
la ventanilla del pasillo: Vi pasar los árboles desnudos, los campos cubiertos
de escarcha y por fin las primeras casas de mi pueblo. El tren empezó a reducir
la velocidad y al final, con gran estrépito de hierros que chirriaban, paró en
la estación. Bajamos y nos dirigimos andando a nuestra casa, que estaba como a
medio kilómetro de donde nos encontrábamos.
Lo primero que hice después de asearme, ordenar mis cosas y
desayunar fue salir disparado a la casa de mi amigo. Entré sin llamar, como de
costumbre, y me fui directo a la cocina, donde supuse que estaría Marta. La
saludé con un ¡Hola!
-¡Óscar! ¡Ya has llegado! –me contestó- ¡Bienvenido! ¿Qué
tal?
-Bien, gracias.
Me abrazó y estampó dos sonoros besos en mis mejillas.
-¿Y Manolito? –pregunté.
-Aún está durmiendo. Puedes ir a llamarlo si quieres, y dile
que se levante, que ya es tarde.
Me fui a la habitación de mi amigo, y después de abrir muy
despacio la puerta entré sigilosamente. Estaba acostado boca abajo, con las
manos debajo de la almohada y con la ropa de la cama toda revuelta. Me acerqué a
él sigilosamente y, acercándome a su oído izquierdo, soplé en él suavemente. Mi
amigo movió la cabeza pero no despertó. Después de repetirle la broma varias
veces abrió por fin los ojos, y al verme exclamó sorprendido:
-¡Óscar!
Saltó de la cama como impulsado por un resorte y nos
abrazamos fuertemente.
-¿Cuándo llegaste?
-Pues hace un par de horas –le contesté.
-Espera un poco que me lavo, me visto y desayunamos juntos,
¿Vale?
-Yo ya desayuné –le contesté.
- Bueno, ¿Y qué? Pues desayunas otra vez.
Después de un pequeño tira y afloja decidí desayunar con él,
cosa que Marta aceptó de muy buena gana. Nos sirvió el desayuno en la cocina y,
mientras dábamos buena cuenta de nuestro tazón de leche con pan tostado y un
poco de miel nos contamos todas las cosas que hicimos durante el trimestre.
Pasamos el resto del día con nuestros amigos, comentando
nuestras cosas, paseando y poco más, pues el frío que hacía no nos dejaba muchas
ocasiones para divertirnos como en el verano.
Una tarde, dos días después de mi llegada fui con mi madre a
casa de mi amigo. Ella había sido invitada por Marta para tomar un café juntas y
hablar de sus cosas. Manolito y yo quedamos aparte, hablando de nuestras cosas,
y después de un minuto, con expresión de misterio en su cara, me dijo:
-Ven a mi habitación, que quiero enseñarte una cosa.
-¿Qué es? – le pregunté.
-Tú ven y verás.
Le seguí. Una vez en su habitación me ordenó que cerrase la
puerta con llave. Así lo hice y a continuación nos sentamos en su cama. Mientras
yo cerraba la puerta él había cogido una revista de debajo del colchón, la abrió
y me la mostró. Aquella revista no era pornográfica en el sentido estricto de la
palabra: Se trataba más bien de una colección de fotografías, la mayoría de
ellas en blanco y negro, de mujeres desnudas, en poses eróticas e insinuantes,
capaces de excitar incluso a una estatua de hielo.
-¿De dónde sacaste esto? –le pregunté.
-Es de Marce. Me la dejó ayer y la tenía aquí guardada para
verla juntos.
El tal "Marce" era Marcelino, un chico ya bastante mayor en
comparación con nosotros (tendría unos dieciocho años), y aunque no solía mucho
nuestra compañía, pues tenía novia, era muy amigo nuestro.
Empezamos a hojear la revista y enseguida mis ojos parecían
querer salirse de las órbitas ante lo que se ofrecía ante ellos: Mujeres
blancas, mulatas y negras completamente desnudas unas, y otras con prendas
mínimas se exhibían insinuantes ante nuestras ávidas miradas. Alterado ante lo
que tenía ante mis ojos empecé a revolverme inquieto y a suspirar continuamente.
Manolito se dio cuenta enseguida y sonriendo socarronamente me dijo:
-¡Qué! Parece que te estás poniendo a tono ¿Eh?
-Joder, como para no ponerse. Mira cómo estoy. –Me recosté un
poco para atrás y señalé mi entrepierna, en la que se veía muy claramente el
bulto que formaba mi polla totalmente erecta.
-Pues yo estoy igual que tú.- me contestó. Y no aguanto más.
Bueno, qué, ¿Enterramos el gato?
-¿Enterrar el gato ahora? ¡Tú estás loco! Están tu madre y la
mía en la cocina y si por cualquier cosa se les ocurre venir aquí y nos pillan
en plena faena a ver qué hacemos.
-Que no vienen, hombre. ¿No ves que están cotilleando y
tienen por lo menos para una hora?
-Que no, joder. Si quieres nos hacemos una paja mirando las
fotos y otro día que podamos enterramos el gato.
-Bueno... Pero espera: ¿Qué te parece si me la chupas y
después te la chupo yo a ti?
-No. –le contesté.
-Pero ¿Por qué?
-Pues porque pueden pillarnos, ¿No ves que no estamos solos?
-Pero la puerta está cerrada con llave, y si intentan entrar
nos subimos rápidamente los pantalones y les abrimos y no se darán cuenta de
nada.
-Bueno, pues vamos a ponernos a la faena –le contesté, ya
convencido por sus argumentos.
Mi amigo se bajó los pantalones y los calzoncillos, se sentó
en la cama y se dejó caer hacia atrás con las piernas abiertas.
Ante mí se ofreció un hermoso panorama: El pene de mi amigo
se erguía, orgulloso y palpitante, apuntando hacia el techo. Se veía blanquito
en contraste con el color moreno del resto de su cuerpo. En él resaltaban
algunas venas azuladas y una línea más oscura que, como una prolongación del
frenillo, llegaba hasta sus testículos. El prepucio, sonrosado, dejaba entrever
el glande del que estaba manando ya una buena cantidad de líquido preseminal. En
las piernas de mi amigo, y en sus muslos sobre todo, el fino vello que las
cubría había sido sustituido por unos pelitos cortos y muy suaves que eran algo
más abundantes en la zona entre los genitales y el ano.
Me arrodillé entre sus piernas y agarré su falo. Acerqué a él
mi boca y percibí un aroma que nunca hasta entonces había notado: Era un olor
especial, muy suave pero al mismo tiempo excitante. No era aquel olor a sudor
que tenía cuando lo hacíamos durante el verano, sino que era un olor más adulto,
a "macho". Mi Manolito había crecido desde entonces. Había cumplido dieciséis
años en noviembre y se estaba convirtiendo en un hombre a pasos agigantados y
eso se notaba sobre todo en la forma que iba adquiriendo su cuerpo: Se le veía
más masculino, menos niño. Incluso la voz se le había hecho más grave. ¡Dios,
cómo había cambiado aquel chico en sólo tres meses!
Con la punta de la lengua empecé a dar un masaje en el
frenillo de mi amigo, provocando su primer gemido de placer. Después bajé un
poco y empezando en sus huevos fui subiendo poco a poco por el tronco hasta
llegar nuevamente al glande, al que le di unos buenos lametones antes de
introducirlo por fin en mi boca. El cuerpo de Manolito se arqueó y empezó a
moverse en un vaivén que hacía que su polla llegase hasta el fondo de mi
garganta. Agarró mi cabeza con sus manos y empezó a gemir con más fuerza.
No pasarían ni dos minutos cuando una idea entró en mi mente.
Separándome de mi amigo le dije:
-Oye, Manolito...
-¿Qué quieres ahora? –dijo él incorporándose un poco y algo
molesto por aquella interrupción.
-Oye, ¿Te acuerdas del verano pasado, cuando lo hicimos en el
pajar?
-Sí, ¿Qué pasa?
-Cuando me la chupaste tragaste mi semen.
-Bueno, ¿Y qué?
-Es que estoy pensando que ya que te la estoy chupando yo a
ti ahora, podría tragar el tuyo, pero no sé si me gustará.
-Pues me corro en tu boca y si te gusta lo tragas, y si no,
pues lo escupes en el pañuelo.
-Sí, hombre, y después lo ve mi madre y a ver qué le digo yo.
-¡PUES LE DICES QUE ESTÁS RESFRIADO Y QUE SON MOCOS, IDIOTA!
–me gritó furioso.
-Oye, que tampoco hace falta que te pongas así, ¿eh?
-Joder, perdona, pero es que interrumpiste la chupada en lo
mejor para preguntar tonterías- me respondió arrepentido de su salida de tono. –
Venga, anda, chúpamela, me corro dentro de tu boca y si te gusta lo tragas y ya
está, ¿vale? –continuó en un tono conciliador.
-Vale –le contesté al tiempo que reanudaba la felación
interrumpida.
Manolito arreció con sus gemidos y pasando sus piernas por
encima de mis hombros me abrazó con ellas. El aroma que desprendían sus
genitales, la suavidad de su piel y de su vello púbico que acariciaba mi nariz y
los gemidos que emitía mi amigo, y el estar así aprisionado entre sus piernas me
estaban volviendo loco de excitación. Tenía la polla completamente dura y notaba
mis calzoncillos húmedos por la gran cantidad de líquido preseminal que manaba
de ella. El corazón parecía querer salir de mi pecho, tan fuertemente estaba
latiendo. De repente sus gemidos se convirtieron en gritos, me apretó contra él
con sus piernas al tiempo que con sus manos me sujetaba con fuerza la cabeza.
Noté unos espasmos en su pene y enseguida mi boca se vio invadida con su espeso
semen. El sabor era entre salado y algo amargo pero no era desagradable en
absoluto, y sin pensarlo dos veces lo tragué. Después de aquel orgasmo Manolito
se relajó y aflojó la presión de sus piernas sobre mi espalda. Me separé de él y
lo miré a la cara. Tenía los ojos cerrados y estaba como extasiado. Su húmedo
pene iba poco a poco recobrando su estado normal de flacidez. Estaba jadeando
como alguien que acaba de hacer un gran esfuerzo.
-Bueno, ahora tú – le dije yo.
-Aaaaahh... Espera un poco, ¿Vale? me dijo con un hilo de
voz.
-¿A qué tengo que esperar? Ya llevamos mucho tiempo aquí y
nos van a pillar como no nos demos prisa –le contesté.
-Oye... ¿Te importa si lo dejamos para mañana? Es que ahora
estoy hecho polvo.
-Estás hecho polvo, ¿y yo qué? Mira cómo estoy –le dije
apretando mi entrepierna con la mano para que resaltase bien mi pene hambriento
de sexo. -¿Tú crees que puedo aguantar así?
-Bueno, bueno, vale, pero dame un minuto para que me recupere
–me dijo.
Me acosté a su lado, me desabroché los pantalones y los bajé.
Después bajé mis húmedos calzoncillos, quedando al aire mi polla tiesa y dura
como una roca.
-Buf, cómo tienes los calzoncillos. Tu madre te va a matar
cuando los vea así mojados. –me dijo.
-Bah, no creo. De aquí a la noche seguramente se habrán
secado y no se notará nada. Además cuando eche la ropa a lavar como irán
mezclados con el resto de las prendas no se dará cuenta.
-Bueno, ¿Entonces quieres que te la chupe yo ahora? –me
preguntó.
-Pues claro que quiero, ¿No voy a querer, con lo caliente que
estoy? Y no te preocupes, que me voy a correr enseguida y así ya puedes
descansar. –le dije con un tono de reproche por lo que me había dicho sobre
dejarlo para el día siguiente.
Me dirigió una mirada como pidiéndome perdón por lo que me
había dicho y, levantándose de la cama, se arrodilló entre mis piernas. Agarró
mi pene con una mano y lo introdujo en mi boca, empezando un movimiento de
mete-saca con la cabeza. Noté como si hubiese recibido una descarga eléctrica
que desde el pene se extendía por mi bajo vientre, las ingles y la cara interna
de mis muslos. Un cosquilleo intenso se apoderó de mis huevos. Abrí mis piernas
al máximo, cerré los ojos y gimiendo agarré la cabeza de mi amigo, acariciándola
con la punta de mis dedos.
Él con sus manos acariciaba mis caderas y luego las ingles y
los muslos, haciéndome estremecer de placer. Con sus labios trabajaba con
suavidad mi glande y estas caricias las alternaba lamiéndome el frenillo y el
tronco. La sensación que notaba en todo mi pene era tan fuerte que tenía la
impresión de que iba a estallar. Enseguida noté esa especie de hormigueo entre
los huevos y el ano, anunciando la inminente llegada del orgasmo.
-¡Aaaaaahhhhhh.....! ¡Manolito para que...que me
coooorrrrrrroooo! ¡Para! ¡Para por favor que no aguanto máaaaasssss!
Mi amigo no me hizo caso y en cuestión de segundos, apretando
con fuerza su cabeza contra mí, y arqueando mi cuerpo empecé a soltar chorros de
semen en el interior de su boca. Cuando terminé relajé todos mis músculos al
mismo tiempo que de mi boca salía un largo suspiro de placer. Aflojé la presión
de mis manos y dejé que se retirase de encima de mí. Se me quedó mirando
sonriente, al mismo tiempo que se limpiaba los labios con el dorso de la mano.
-Te avisé que me iba a correr y no te retiraste y no pude
evitar correrme en tu boca –le dije poniéndome de pie y vistiéndome.
-Bueno, ¿Y qué? Eso es lo que yo quería. ¿No te acuerdas que
cuando lo hicimos el verano también te corriste en mi boca?
-Tienes razón –le contesté. –Oye, yo creí que me iba a dar
asco tragar tu semen, pero no sabe nada mal.
-¿Te gustó?
-Bueno, no es que supiese a gloria, pero estuvo bien.
-Bueno, pues ya sabes: A partir de ahora cuando me la chupes
me corro en tu boca y lo tragas, como hago yo cuando te la chupo a ti, ¿Vale?
-Vale. Mientras no quede embarazado... –le contesté sonriendo
maliciosamente.
Soltamos una carcajada y saliendo de la habitación fuimos
adonde estaban nuestras madres.
Aquella noche, ya acostado, estuve pensando en lo que
habíamos hecho. Habíamos pasado una tarde de sexo fabulosa, inmejorable. Pero lo
que más nos gustaba no era el hecho de tener sexo así, sin más. Era el tener
sexo Manolito conmigo y yo con Manolito. Aquella tarde yo había tragado su semen
y ahora, de alguna manera, yo tenía un poco de mi querido amigo dentro de mí.
Por otra parte el aroma especial de su cuerpo (con el paso de los años a ese
olor lo llamé "olor a cariño") me hacía sentirme más unido a él y quererlo aún
más si cabe. No lo sé, pero posiblemente esa reacción fuese debida a la acción
de las famosas "feromonas"). Lo que no sabía era que lo de aquella tarde no era
nada comparado con lo que nos esperaba el día de Nochebuena. Pero eso es algo
que contaré en el próximo capítulo.