A estas alturas ya me conocéis todos y sabéis qué clase de
jovencita soy: pervertida, provocadora y totalmente loca por el sexo. Sabéis que
voy a la universidad, que trabajo en una pastelería y que vivo con mi padrastro
y mi madre. Uy, siempre olvido contaros qué hay entre mi padrastro y yo. Bueno,
en otra ocasión, hoy quiero confesaros otra experiencia.
Ocurrió hace muy pocos días. Había salido de clase y me
dirigía directamente a la pastelería para trabajar allí el resto de la tarde.
Hacía buen tiempo, aunque todavía no hacía mucho calor el sol brillaba fuerte, y
me encanta, por que puedo ir ligerita de ropa, como a mí me gusta, y que los
hombres me miren y admiren y babeen. Odio el frío, tengo que llevar demasiada
ropa. Y aunque lo intento no siempre estoy sexi. Pero hoy me sentía viva y sexi,
y me había puesto una faldita muy cortita, no ajustada, de un estilo parecido a
las de colegiala, de esas que cuando te inclinas se abren y elevan por detrás y
ofrecen jugosa a la vista tus braguitas, o tu rajita, si no llevas nada debajo.
Cómo os gusta eso a los hombres, ¿eh?; una camiseta ajustada sin sujetador y
unas sandalias sin tacón completaban mi provocativo vestuario.
Cogí el metro para ir a la pastelería. Ya os he contado cómo
me gusta provocar a los hombres en lugares públicos y uno que me gusta
especialmente es el metro. Ver cómo los hombres hacen esfuerzos para que no se
note que me devoran con la mirada me priva, cómo me miran disimuladamente el
escote, el culo, las piernas, los pies. Mmmmmmmm. Y a mí, claro, me encanta
provocarles inocentemente, agacharme para recoger algo, y mostrar más mi escote
o lo que esconde mi falda, sentarme y cruzar y descruzar las piernas para
mostrarles todo. Salí del vagón y cogí el ascensor para subir a la calle, es una
estación muy profunda. Es un ascensor grande, caben bastantes personas y al
entrar la primera acabé pegada a la pared del fondo con toda la gente dándome la
espalda de cara a la puerta. Iba lleno. A mi lado había un hombre con traje.
Estábamos los dos juntos, hombro con hombro, era bastante más alto que yo, y,
aunque no le miraba, sabía que me miraba de reojo el escote, como hacen todos.
Y en ese momento el ascensor se paró entre dos plantas, una
típica avería. La gente soltó suspiros de aburrimiento y fastidio y quejas, e
incluso se oyó algún comentario subido de tono dirigido a los empleados del
metro. Yo no sabía qué hacer, y de repente, sin pensar en lo que hacía alargué
mi mano derecha y la posé sobre la entrepierna del desconocido. No me preguntéis
porqué lo hice, ni siquiera yo lo sé, solo sé que tuve ese impulso y no pensé en
las consecuencias; podía haber gritado y haberme insultado llamándome puta,
podía haber sido un policia, no sé. Pero lo que hizo fue quedarse quieto, muy
tenso, casi sin respirar. Y empecé a mover la mano, suavemente, a lo largo de su
bulto. Soltó un gemido ahogado y algunos pasajeros le miraron, pero pensaron que
era un resoplido de hastío por estar allí encerrados.
Su bulto empezó a crecer. Notaba cómo su polla crecía más y
más debajo del pantalón, se la acariciaba, se la apretaba. No le miré en ningún
momento, no quería saber quién era, ni cómo era, y presentía que él tampoco me
miraba, solo disfrutaba en silencio, aguantando la respiración, lo que le estaba
pasando. De repente noté que se ponía más rígido, su respiración se aceleró,
soltó un jadeo ahogado, y su pantalón empezó a humedecerse. Algún pasajero del
ascensor le miró pero nadie pensó nada extraño. Y en ese momento el ascensor se
puso en marcha de nuevo. Se había corrido en los pantalones gracias a mis
caricias. Las puertas se abrieron y la gente empezó a salir. El desconocido se
arrimó a mí y me susurró que había sido maravilloso, me dio las gracias y salió
muy rápido del ascensor. Ni siquiera llegué a verle la cara, pero estoy segura
que llevaba una mancha muy evidente en sus pantalones.
Llegué a la pastelería y empecé a colocar pastelitos y
bollos. Allí estaba la dueña, ya os he hablado de ella, una cuarentona que
disfruta metiéndome mano y follándome. Está convencida de que me domina y me
obliga, sin saber que en el fondo me gusta, porque aunque es muy puta, está muy
buena. Pero ese día se fue en seguida y me dejó a cargo de la tienda.
Faltaba muy poco para cerrar la tienda e irme a casa cuando
entró un chico. Era muy guapo, alto, moreno, musculoso, me atrajo nada más
verle. Le sonreí con picardía y el me pidió unos pasteles. Me agaché para
cogerlos y de paso mostrarle mi escote, que se quedó embobado mirándolo.
Mientras se los servía empezó a animarse y empezamos a hablar. Me hacía
preguntas cada vez más pícaras y yo le seguía el juego cada vez más excitada;
era realmente atractivo, no me habría importado nada que me llevara donde
quisiera y me enseñara ese pedazo de cuerpo que tenía. Le dije que iba a cerrar
en cinco minutos, y que podíamos irnos a tomar algo si él quería. Había salido
de detrás del mostrador para llevar su bandeja de pasteles a la caja, y de paso
dejarle que viera mis piernas, y se recreara con todo mi cuerpo. Me preguntó si
estaba sola, y al decirle que sí se acercó y me cogió de la cintura. Lo hizo con
suavidad, sin violencias, me arrimó a él nuestras bocas quedaron muy cerca.
Sentía su cuerpo pegado al mío, notaba el bulto de su entrepierna presionando
contra mí; era grande, muy grande. Empecé a excitarme de verdad, acercó más sus
labios, quería ver mi reacción. Ya había comprobado que me había dejado coger
por la cintura sin problemas. Pegó sus labios a los míos y me besó. Cerré los
ojos y abrí la boca para recibir su lengua. Fue un beso estupendo, pero terminó
muy rápido. Se separó de mí y se alejó hacia la puerta.
No me lo podía creer, me había puesto a cien, le había dejado
claro que me gustaba, y se iba tan tranquilo, como si nada. Estaba a punto de
decirle lo que pensaba de él de la forma más vulgar, cuando vi que se paraba
ante la puerta, corría la cortina y colocaba el cartel de cerrado. Se giró y me
miró con deseo. Se acercó, me agarró y me besó otra vez, pero esta vez con
fuerza, con lujuria. Su lengua recorría el interior de mi boca con ansia y sus
manos empezaron a explorar mi cuerpo. Me tocó el culo, me lo apretó, me subió la
corta falda para acariciar mis muslos y el comienzo de mis braguitas; subió las
manos y las posó en mis pechos. Me dijo que eran maravillosos, me subió la
camiseta y me los sacó al aire, los agarró y los chupó. Me quitó la camiseta y
la falda casi sin que me diera cuenta. Entonces apartó algunas cosas del
mostrador y me tumbó encima. Creí que iba a tumbarse encima de mí para follarme,
pero en su lugar agarró un puñado de nata de unos pasteles y empezó a untarme el
cuerpo con ella. Me habían empapado el cuerpo de semen muchas veces, pero nunca
de nata. Estaba fría, suave, y el chico me la extendía por mi vientre, por mis
tetas, acercando sus dedos a mi boca para que se los lamiera. Se agachó y empezó
a lamer la nata extendida sobre mi cuerpo. Su mano untada de nata se empezó a
abrir paso por mi coño. Yo estaba tan caliente y húmeda que mis fluidos se
mezclaban con la nata. Me llevó esos dedos a la boca y los lamí como si fueran
el más dulce de los pasteles. Cogió más nata y me la extendió por todo el
cuerpo. Cogió unas guindas y las pasó una a una por mi raja, luego las metió en
mi coño, y cando estuvieron bien mojadas me las fue metiendo una a una en la
boca para que me las comiera. Su sabor me embriagó y las tragué con placer.
Estuvimos jugando así durante bastante rato, hasta que su polla no pudo más, la
tenía tan dura y erecta que parecía hecha de hierro. Cogió un buen puñado de
nata líquida y se la extendió a lo largo de su pene, llenándolo por completo,
solo se veía nata. Se subió a la mesa, se colocó encima de mí y de un solo golpe
me la clavó en el coño. Su polla entró dentro de mí, llenándome de carne y nata
todo mi coño. Su rabo entraba y salía de mí a un ritmo vertiginoso, esparciendo
nata por la mesa. Cuando se corrió todo mi interior se llenó de semen que a su
vez se mezclaba con la nata y con mis fluidos. Fue fantástico.
Pero aún quería más, se salió de mí y llevó su pringosa polla
a mi boca para que se la lamiera. Su sabor era dulce y amargo a la vez. Se la
chupé hasta que se le puso otra vez dura. Se levantó y fue a la trastienda,
volviendo con un bote de chocolate líquido y empezó e extenderlo por todo mi
cuerpo, por su polla, en mi boca… Me levantó las piernas y me untó de chocolate
el coño y el culo, y me la clavó por detrás. Su polla se deslizó fácil, tan
pringada de chocolate como estaba, al igual que mi culo. Al final el marrón del
chocolate se mezcló con el blanco de su leche. Cuando acabó estaba exhausto, y
yo también, y mojada, y pringada y pegajosa, pero había disfrutado como nunca.
Se levantó, se limpió como pudo y se fue, prometiendo que volvería siempre que
pudiera, y yo me quedé satisfecha, pero preguntándome cómo demonios iba a
limpiar todo aquello.