Mi despertar en aquel momento fue de los peores que puedo
recordar. Tenía la boca totalmente reseca y un dolor de cabeza terrible, como si
un millón de hormigas rojas me estuviera devorando los sesos. Maldito licor. Con
mucha dificultad logré levantarme de la estrecha litera. Tenía la desagradable
sensación de que todo se movía bajo mis pies y que mis ojos, a duras penas y con
dificultad lograban enfocar con algo de nitidez los muebles y objetos del
pequeño camarote. Por mi mente pasó por unos instantes mi identificación
personal: Comandante Andrés Guzmán, 32 años, jefe de la expedición de
abastecimiento en la nave de carga Hyker IV.
A trompicones me dirigí al reducido cuarto de baño que
disponía en el mismo camarote. La imagen que el espejo reflejaba de mi persona
era de lo más patético: cabello muy largo y alborotado, barba de meses, ojos
totalmente inyectados de sangre, piel acartonada y unas ojeras que casi cubrían
la totalidad del rostro. Nada que ver con mi aspecto habitual antes del trágico
accidente: 1’83 de altura, 95 kilos de músculos, rostro bien parecido y
atractivo según decían, para las mujeres y para algunos hombres. Me daba asco a
mí mismo verme reflejado en esas condiciones y juré por enésima vez no volver a
emborracharme de forma tan brutal nunca más, aunque desgraciadamente, sabía
perfectamente que esa era mi única diversión a bordo de aquella inmensa nave de
la que era el único pasajero vivo.
Me despojé con torpeza y dificultad de los ropajes que
cubrían mi decrépito cuerpo y me introduje en una especie de tubo estrecho y
acristalado, donde tomé una ducha de agua fría (En realidad no era H2O, era un
producto químico reciclable) que a duras penas logró aclarar mi mente y
tonificar mis músculos. Minutos más tarde, me dirigí al comedor, donde una
máquina dispensaba de forma automática alimentos o bebidas previamente
solicitadas en un estado óptimo para su consumo. Oprimí un botón que rezaba
"cerveza". Tomé el vaso y me senté en una silla bebiendo de forma rutinaria. Me
sentía en esos momentos totalmente solo y desamparado: único superviviente en
esa nave de carga desde hacía más de 2 años. El resto de la tripulación falleció
como consecuencia de una fortuita colisión con un pequeño meteorito que destrozó
una parte importante de los ordenadores que mantenían las constantes vitales de
los tripulantes dentro de sus cámaras individuales criogénicas, todos los
sistemas de comunicación, los radares de largo alcance y una parte importante de
los sistemas de navegación. Estaba totalmente a la deriva en medio de la
inmensidad del espacio, sin esperaza alguna de ser rescatado o de poder llegar
al que fuera nuestro destino, el lejano planeta Ypsilon II, hacia donde nos
dirigíamos para abastecer las colonias allí establecidas con todo tipo de
suministros. Según mis cálculos hacía ya más de un año que había dejado atrás
Ypsilon II.
La tripulación total era de catorce personas, 6 mujeres y 8
hombres. Sus cuerpos yacían sin vida, con un aspecto similar al cartón, como si
de forma instantánea hubiese desaparecido de sus cuerpos cualquier vestigio de
líquido. Yo tuve la fortuna de estar fuera de la cámara criogénica, por estar
cumpliendo con mi turno de vigilancia de treinta días de duración, supervisando
el correcto funcionamiento de la nave. De vez en cuando, miraba con tristeza los
inertes cuerpos de mis compañeros. Casi no se podía distinguir lo que antaño fue
una mujer o un hombre, ya que su aspecto apenas permitía diferenciar los sexos.
Únicamente la bellísima teniente Celia Marín, daba la sensación de hacer
prevalecer la belleza de sus rasgos y atributos más allá de la muerte. Cada vez
que contemplaba su cadáver regresaban a mi mente las
imágenes de los excitantes momentos que pasamos juntos en la Tierra o en el
incómodo lecho de nuestros camarotes durante unas pocas horas, al coincidir
ambos en los relevos de nuestras respectivas guardias mensuales. Podía sentir en
mi piel sus suaves caricias, la calidez de sus labios rozando los míos y el
perfecto acoplamiento de su vagina en mi pene. Qué patético, excitarme
sexualmente con la visión de un cuerpo femenino más parecido a las viejas momias
del antiguo Egipto que al perfecto, escultural y bello cuerpo que en su día fue.
Estaba en esos instantes tomando la segunda cerveza para
tratar de eliminar la terrible resaca que soportaba, cuando una fuerte y
prolongada vibración se hizo notar en toda la nave. En mi cerebro se disparó la
alarma ya que intuí en esos momentos que algo iba mal. Me levanté como un
resorte y a la carrera me dirigí hacia la cabina de mando. A través de la
ventana panorámica pude ver la panza de otra nave, aún de mayor tamaño que en la
que me encontraba, había logrado acoplarse con sendos brazos de anclaje, y pude
observar cómo se extendía una especie grueso cordón umbilical hacia la escotilla
de cabina, por donde accedimos a la nave antes del lanzamiento. En esos
instantes mi estado de ansiedad era tal, que difícilmente podía diferenciar si
sentía pánico o alegría. Sabía perfectamente, que en caso de que fuesen piratas
mi vida tenía los minutos contados.
Tras unos instantes que se hicieron eternos, un fuerte sonido
metálico el cierre de los anclajes de vacío, me indicó que ambas naves se
encontraban perfectamente acopladas. No se escuchó ningún sonido a partir de ese
momento. Me percaté en ese instante que me encontraba totalmente desnudo. Corrí
a mi camarote, me enfundé un traje que se adaptaba a mi cuerpo como una segunda
piel, dejando únicamente al descubierto la cabeza y las manos. Aproveché el
momento y me colgué en la cintura la canana con la pistola de luz sólida
reglamentaria con seis cargadores de munición. Al menos podría defenderme si
fuera necesario y podría vender cara mi vida.
Regresé a la cabina de mando. La escotilla seguía sellada y
no se apreciaba sonido alguno al otro lado. Pasaron dos o tres horas sin que
nada sucediese y sin apreciarse sonido alguno. Finalmente, armándome del valor
necesario, opté por ser yo quien abordase la otra nave.
Habíamos despegado de la colonia estable en Ypsilon II, ya de
regreso al Planeta Azul a bordo de la nave de carga "AIRUN I". Al tercer día del
inicio de nuestro largo viaje de retorno, estábamos toda la tripulación
preparándonos para ocupar nuestras respectivas cámaras criogénicas, cuando
fuimos atacados por una jauría de pequeñas naves piratas, a las que poca
resistencia podíamos ofrecer. Nos atacaron como una manada de lobos,
sincronizados y letales. En cuanto fuimos abordados, fueron eliminando uno a uno
a todos los miembros de la tripulación a pesar de la feroz resistencia que todos
mis compañeros ofrecieron a los despiadados piratas. Todos perecieron. Todos
menos yo, Noelia Marín Ingeniero jefe de navegación con la graduación de Alférez
y no apta para el combate como el resto de la tripulación, miembros todos ellos
del ejército y formados para entrar en combate cuando fuese necesario. Me oculté
presa del pánico en cuanto se iniciaron las primeras escaramuzas, sin ningún
intento por mi parte de ayudar a mis compañeros en su desesperada e infructuosa
defensa de la nave y de sus propias vidas. A pesar de la insistente búsqueda de
mi persona por parte de los piratas, no lograron encontrarme. Salvé mi vida por
puro milagro.
No lograron localizarme, pero hicieron todo lo posible por
asegurarse que perecería en poco tiempo. Inutilizaron todas las cámaras
criogénicas y las máquinas dispensadoras de alimentos y de bebidas para la
tripulación. Estuve durante un largo periodo de tiempo oculta, totalmente
aterrorizada y siendo incapaz de salir del escondrijo donde me encontraba.
Finalmente la sed me obligó a tomar la decisión de aventurarme a recorrer una
mínima parte de la nave, en busca de posibles supervivientes y para saciar mi
sed y mi hambre. Cuando alcancé el comedor, me lancé hacia la máquina que nos
dispensaba los alimentos. Pulsé diferentes secuencias en los botones sin obtener
los ansiados líquidos que calmaran los deseos de beber. Estaba entrando en un
estado de ansiedad y de terror al comprobar que con ninguno de los botones, al
ser pulsados, conseguía el resultado esperado.
Finalmente, un conocido sonido me indicó que la máquina me
estaba proporcionando una pequeña taza de un líquido de color rojizo. Me lo tomé
de con las ansias de una persona que se encuentra al borde de la locura. Pero
ese sorbo era poco, necesitaba más cantidad para aplacar mi sed. Tomé un número
indeterminado de ese extraño brebaje que poco a poco fue calmando la necesidad
de líquido que mi cuerpo necesitaba. Su sabor era extraño, dulzón, como una
mezcla de zumos extraídos de exóticas frutas silvestres. También comprobé que de
la misma forma que calmaba mi sed, saciaba mi apetito y mi organismo recuperó
rápidamente unas renovadas energías.
Tras realizar una exhaustiva búsqueda de los cuerpos de mis
compañeros de viaje, no encontré ni un solo cadáver, aunque sí múltiples manchas
de sangre en los lugares donde perecieron a manos de los piratas. Una vez
finalizada la infructuosa búsqueda de vida en la nave, me dirigí a la cabina de
mando. Pude comprobar que los piratas inutilizaron los sistemas de comunicación
y se habían apropiado prácticamente de la totalidad del carburante nuclear de la
nave. Apenas quedaba carburante suficiente para poder realizar alguna maniobra
de aproximación a otra nave o a un muelle de carga. Afortunadamente, los
sistemas de navegación y de radares estaban intactos, aunque de poco me podían
servir sin apenas combustible. La nave llevaba una buena velocidad de crucero
por la propia inercia de la aceleración inicial, pero desgraciadamente, el rumbo
que mantenía era el opuesto al que debía llevar para regresar al planeta Tierra
o a alguna de las colonias establecidas en otros planetas de la ruta..
Verifiqué en los radares de corto alcance que no había nave
alguna en las proximidades. Afortunadamente, el radar de largo alcance, señalizó
la posición de otra nave. Mediante los sistemas informáticos pude calcular con
facilidad su velocidad y rumbo. En un plazo de 3 meses, 9 días y 18 horas, el
rumbo de ambas naves coincidiría. Aún me queda alguna esperanza. Dios mío,
perdida en la inmensidad del espacio... como mi hermana gemela Celia,
desaparecida desde hace cosa de un año, junto al resto de la tripulación de su
nave.
Me refugié en mi camarote tratando de poner orden en mi
cabeza. Mi figura se reflejó en el espejo: 25 años muy bien llevados, 1’76 de
alta, 57 kilos, pechos generosos y bien definidos y unos glúteos en perfecta
armonía con el resto del cuerpo, sustentado por unas largas y perfectas piernas.
El uniforme marcaba cada una de las curvas de mi cuerpo como una segunda piel,
sin formar arruga alguna. Me despojé de él y procedí a tomar una ducha. Me hacía
mucha falta. Mi mente estaba muy confusa con los últimos acontecimientos
vividos. Las primeras gotas del líquido jabonoso comenzaron a acariciar mi
cuerpo, dándome una infinita sensación de placer, principalmente sobre los
pechos y la entrepierna. Mis dedos buscaron instintivamente los labios
vaginales, acariciándome suavemente y experimentando fuertes oleadas de placer.
Pronto me encontré con dos dedos introducidos en mis entrañas masturbándome con
desesperación, hasta obtener un intenso orgasmo que me hizo desplomarme en el
suelo de la reducida ducha. Más tarde supe el motivo por el que mi apetencia
sexual, a pesar del drama que estaba sufriendo, era tan intenso... el brebaje
que me suministraba la máquina de los alimentos es un afrodisíaco... y lo único
que puede servirme como alimento y bebida en lo sucesivo. Dios mío, terminaré
volviéndome loca, con un deseo constante de sexo y sin un hombre que me
satisfaga o masturbándome minutos después de tomar una taza o... suicidarme.
No. No me suicidaré. Al menos, no de momento. Debo esperar
poco más de tres meses hasta encontrar la nave que he detectado en el radar de
largo alcance. Es mi única esperanza de vida. Quizá esa sea mi única salvación.
Ascendí por las escaleras metálicas y pulsé el botón de
apertura automática de la escotilla. Una corriente de oxígeno, llenó por
completo el cordón umbilical que unía ambas naves. Me aventuré a lo largo del
conducto hasta que me aposté junto a la escotilla de la otra nave. Una sensación
de angustia me envolvía, al tiempo que mi cuerpo bombeaba adrenalina
abundantemente en mi sangre. Monté la pistola de luz sólida dejándola dispuesta
para abrir fuego instantáneamente y pulsé los botones de apertura. La
luminosidad del interior de la nave me cegó por unos segundos. Con sumo cuidado,
escudriñé el interior. La cabina de mando estaba desierta.
¿Hay alguien? Soy el Comandante Guzmán - Grité con
todas mis fuerzas sin obtener respuesta alguna.
Con todas las precauciones posibles, salí de la cabina de
mando y pasando por un estrecho pasillo donde estaban ubicadas a ambos lados las
cabinas de la tripulación, comprobando una a una que todas ellas estaban vacías.
Al final del pasillo, se encontraba la zona del comedor y de descanso para la
tripulación, donde contemplé el desorden producido por un intenso y cruento
combate, con abundantes manchas de color casi negro, producto de la sangre
totalmente seca.
¡Fueron atacados por los piratas! – musité en voz
baja – Sólo algunos grupos de ellos aún utilizan armamento antiguo con
munición de pólvora y armas blancas. La luz sólida cauteriza cualquier
herida al instante y no sangra.
Llegaron a mis oídos una especie de hipidos o quejidos, que
dispararon nuevamente los niveles de adrenalina en mi torrente sanguíneo.
Mantuve la respiración unos instantes, tratando de adivinar de dónde procedían.
¿Hay alguien? – Grité nuevamente. – Soy el Oficial
Andrés Guzmán, Comandante en Jefe de la nave de carga Hyker IV.
Los días habían pasado con una extrema y exasperante lentitud
y sin saber como ocupar las horas del día. Las primeras semanas las dediqué a
intentar reparar los graves desperfectos de la máquina dispensadora de alimentos
y bebidas para evitar estar alimentándome continuamente con ese dichoso brebaje
de frutas, que me ha obligado a masturbarme de forma frenética hasta obtener una
y otra vez, agradables y fuertes orgasmos. He llegado a utilizar diversas
herramientas, con formas más o menos fálicas, para apagar el extremo deseo
sexual que aparecía en mi cuerpo tras la ingestión de mi único alimento desde
hace más tres meses. Me he convertido en una auténtica ninfómana con constantes
deseos de sexo a todas horas. No veo el momento de yacer en el lecho con un
hombre que me pueda satisfacer íntimamente.
En el radar de corto alcance apareció finalmente la nave con
la que, tiempo atrás, calculé se cruzarían nuestros rumbos. Hago auténticos
esfuerzos para lograr descubrirla visualmente. Los ordenadores de navegación, me
indican que en poco más de tres horas, se pondrán en marcha los motores
auxiliares para la maniobra de aproximación y acoplamiento de la nave de forma
totalmente automática. En tanto hago las diversas comprobaciones con los
distintos equipos, mi mano derecha no deja de acariciar mi húmeda vulva, que se
encuentra totalmente inflamada.
Los minutos se convierten en horas y las horas casi en días.
Por fin, la otra nave la puedo distinguir a simple vista. En pocos minutos, los
motores se ponen en marcha y de forma totalmente armónica como si de un vals se
tratase, mi nave se sitúa sobre la otra, iniciándose todo el proceso de
acoplamiento y anclaje, que puedo ver monitorizado a través de los sistemas de
circuito cerrado de televisión.
Se aprecian a simple vista los serios desperfectos en el
fuselaje de la nave que pretendo abordar. Eso me abate ya que previsiblemente,
no habrán sobrevivido los tripulantes a un impacto tan brutal de un meteorito.
No soy capaz de tomar ninguna decisión. Los minutos pasan y
sigo sin saber qué hacer, cuando mis oídos escuchan como se abre a esclusa de la
otra nave y se llena el conducto que une ambas de aire. Por el monitor de video,
observo que un hombre de aspecto desastrado, inicia la ascensión armado con una
pistola. El pánico se apodera de mí, y salgo corriendo de la cabina de mando,
buscando refugio en algún recóndito punto del enorme vehículo espacial.
¿Hay alguien? Soy el Comandante Guzmán –
Al escuchar esas palabras mis piernas se detuvieron. Me
encontraba en el comedor y que acurruqué tras una de las mesas justo en un
rincón, tratando de ocultarme.
¿Hay alguien?. Soy el Oficial Andrés Guzmán,
Comandante en Jefe de la nave de carga Hyker IV.
"Comandante Andrés Guzmán, comandante de la nave de carga
Hyker IV". Estas palabras se repitieron mil veces en mi cerebro. El nombre
Andrés Guzmán lo conocía de sobra, aunque en esos instantes mis neuronas no
lograban ubicar a la persona con una situación concreta, con un rostro
clarificador. Entré en un estado de ansiedad brutal y el solo hecho de escuchar
una voz varonil, mi líbido se disparó a niveles alarmantes pese a la situación,
no pudiendo evitar comenzar a masturbarme de forma descontrolada.
Con suma cautela salí de la cabina de mando de la nave
espacial que se había acoplado automáticamente a la que yo comandaba. Los
hipidos iniciales, se transformaron poco a poco en jadeos entrecortados y
suspiros, como si una mujer estuviese manteniendo sexo de forma placentera. Por
todos lados había restos de una fuerte contienda: manchas de sangre, casquillos
de balas de varios calibres, aunque los más abundantes eran los de 9 mm.
"parabellum" de las armas automáticas, con toda seguridad de subfusiles y de
pistolas semiautomáticas; también se apreciaba restos de munición del calibre
12, seguramente con "postas" utilizada con escopetas de "corredera", que a corta
distancia resultan tremendamente demoledoras.
Los suspiros los escucho con mayor nitidez... provienen de un
rincón del comedor, tras una de las más alejadas mesas metálicas. Mis venas se
están llenando de adrenalina y oprimo con fuerza la empuñadura de mi arma, hasta
que los nudillos y articulaciones quedan totalmente blancos. Me aproximo con
suma cautela y finalmente puedo ver el cabello negro que cubre la cabeza.
Conforme me aproximo, puedo apreciar más partes de su cuerpo, hasta encontrarme
frente a ella, acurrucada en posición casi fetal, totalmente desnuda. Su rostro
estaba oculto en parte por su negra cabellera y en parte por sus propias
rodillas, dada la posición que mantenía. Las líneas de su desnudo cuerpo,
contrastaban con total nitidez con el color gris de las pareces, pudiendo
apreciar la armonía del mismo.
Contemplando ese tembloroso cuerpo femenino, mi mente se
relajó al no apreciar un peligro aparente.
Soy el Comandante Guzmán... ¿está sola en la nave?...
¿hay algún otro superviviente?
A través de los mechones de negros cabellos que cubrían su
cara, pude ver sus brillantes ojos de un maravilloso color verde esmeralda, que
me miraban aterrorizados... esos ojos, ese brillo en la mirada, me resultaba
sumamente familiar...
¿Noelia?... ¿eres tú, Noelia?... susurré al tiempo
que dejaba mi arma sobre una mesa y me acercaba sin ninguna cautela
hacia la mujer.
Ssssi Andrés, soy Noelia. – contestó al tiempo que se
abalanzó sobre mí, haciendo que ambos rodásemos por el frío suelo del
comedor.
No pude articular palabra alguna, ya que sus labios sellaron
los míos en un desesperado y pasional beso, al tiempo que con inusitada fuerza,
comenzó a hacer jirones el traje que me había puesto unas horas antes. Mi
cuerpo, alimentado casi exclusivamente con cerveza en las últimas semanas,
apenas pudo ofrecer resistencia al feroz ataque de Noelia.
¡Fóllame Andrés, necesito que me folles!- Repetía
Noelia una y otra vez, mientras arrancaba pedazos de tela de mi
uniforme, hasta dejarme totalmente denudo.
Por favor Noelia, tranquilízate...
¡No puedo tranquilizarme, necesito tu polla dentro de
mí, necesito que me des placer!... ¡Necesito que me folles yaaaa!
Sus gritos no eran de deseo, eran de desesperación... y aún
pareciendo imposible, con el forcejeo y constantes roces con ese armonioso y
perfecto cuerpo femenino, mi grado de excitación fue en aumento, consiguiendo
una erección considerable, que terminó siendo sublime cuando Noelia se apoderó
de mi miembro viril envolviéndolo con sus carnosos y delicados labios... una vez
logrado su objetivo, y manteniendo en todo momento la iniciativa, literalmente
me violó con sumo placer por mi parte, aunque dado mi estado físico de abandono,
tan solo conseguí aplacar muy levemente sus ansias de sexo.
Cuando finalmente pudimos intercambian algunas palabras,
decidimos ir a la nave "Hyker IV" para alimentarnos ambos en condiciones,
reponiendo inusitadas fuerzas en un corto espacio de tiempo. Continuamos durante
unos días teniendo sexo salvaje, a cualquier hora, en cualquier momento y en
cualquier lugar de ambas naves y poniéndonos al corriente de las vicisitudes
vividas cada uno de nosotros en los últimos. El tiempo que no dedicábamos al
sexo, lo empleábamos en tratar de reparar la "Airun I", canibalizando la Hyker
IV.
En unas cuantas semanas, la "Airun I" se encontraba en unas
condiciones, poco mas o menos aceptables, de iniciar el viaje de regreso a
nuestro Planeta Azul. Acordamos no utilizar "las cámaras de suspensión animada"
para el viaje de regreso... mientras no nos fallase "el zumo de frutos
silvestres", la diversión la teníamos asegurada.