El esclavo del profesor
5.1 Cazador cazado
Capítulo anterior: Diego esta cada vez más confundido por
sus sentimientos. Reencontrar a su antiguo instructor de natación sólo ha
aumentado su ansiedad, ya que se siente atraído por él a pesar de ser
heterosexual. Por otra parte, el tratamiento psicotrópico del que es objeto por
parte de su profesor sigue avanzando, ya que ahora tendrá que aplicarse los "medicamentos"
por el culo, como un anticipo a lo que le espera como sirviente sexual. Por otro
lado, una historia paralela está a punto de descubrirse
++++
Un mes antes…
Fue un viernes, al término de las clases. Todos los chicos de
la universidad abarrotaban los bares cercanos, disfrutando de un merecido
descanso. Diego estaba entre ellos, eufórico. Hacía tiempo que el milagroso
tratamiento del doctor Mendoza le había permitido recobrar la energía y tener
noches plácidas, o bueno, casi, últimamente había tenido extraños sueños sobre
un extraño lugar con regaderas, pero nada comparado con el suplicio que sufría
antes. Ese día, se sentía lleno de vitalidad, así que aceptó la invitación de su
amigo Arturo para relajarse un rato. Recordemos que Arturo era el mejor amigo de
Diego, apuesto y deportista. Practicaba ciclismo, lo que le daba un excelente
cuerpo, y el miel de sus ojos y el castaño de sus cabellos lo convertían en la
delicia de las mujeres, a quienes conquistaba con gran facilidad, como se pudo
ver durante la velada, a lo largo de la cual estuvo lanzando miradas constantes
a la chica de la mesa de enfrente. Incluso antes de que ella se fuera, él
consiguió pasarle su número telefónico, y la chica le había agradecido con una
sonrisa de despedida. Por lo demás, Arturo y Diego estuvieron platicando de
diversas cosas, hasta que Arturo le comentó lo recuperado que se veía. Diego le
comentó que todo había sido gracias al doctor Mendoza, que era una suerte que
Arturo se lo hubiera recomendado. Arturo quedó sumamente extrañado, ya que el
médico que él conocía era otro, pero no dijo nada en ese momento, ya que
concentró su atención en la belleza de al lado. Sin embargo, esa noche, recordó
ese detalle. Arturo conocía a Diego desde niños y sabía que aunque tenía un
carácter independiente y que no le gustaba ajustarse a las reglas, también podía
ser ingenuo en diversos aspectos. El hecho de que lo estuviera atendiendo otro
médico le hizo preguntarse si el tal Mendoza sería profesional, sobre todo
tratándose de esos asuntos íntimos.
Dos semanas después, Diego acudió con el doctor Mendoza a su
revisión semanal y Arturo lo siguió sin que se diera cuenta. Se estacionó cerca
del consultorio y esperó a que Diego saliera para investigar. Pasó casi una hora
y nada ocurría. Arturo ignoraba que en ese momento, Diego se encontraba drogado
nuevamente, posesionado en su personalidad de Diego-Esclavo gracias a los
fármacos de Rivera, quien en ese momento le propinaba una buena jalada a su
verga, para seguir reforzando su control. Cuando por fin se retiró Diego, Arturo
estuvo a punto de salir de su auto y entrar a la clínica cuando vio al profesor
Rivera salir junto a un personaje de piel negra y bata blanca. Arturo supuso que
sería el doctor Mendoza ya que Diego le había dicho cómo era. En todo caso, le
sorprendió ver a Rivera en ese lugar, especialmente porque sabía que era enemigo
declarado de Diego. Su instinto le hizo intuir que algo pasaba y decidió seguir
a Rivera para investigarlo. Rivera tomó su propio auto, un deportivo del año, y
condujo por la soleada y calurosa tarde. Arturo lo siguió a distancia. Llegaron
al campus y luego, al sector de institutos, donde se encontraba, como ya se
dijo, el edificio de investigación que el patronato de la Universidad había
cedido en su totalidad a Rivera. Arturo se detuvo dudoso de entrar… Él ni
siquiera estudiaba en esa universidad y no sabía que pretexto podría dar en caso
de que alguien le preguntara si lo veían dentro de edificio. La recepción estaba
vacía y en las escaleras vecinas que se veían a los lados no parecía haber nadie
tampoco, de forma que entró, con toda la naturalidad posible, pero en silencio.
Revisó el mapa-directorio y ubicó rápidamente la oficina de Rivera. Tomó las
escaleras, totalmente solitarias, y llegó al cuarto piso. Recorrió los pasillos,
ahí sí había gente pero los evitó fácilmente. Finalmente llegó ante una puerta
que ostentaba el nombre: Dr. Luis Rivera. Giró el picaporte. Para su sorpresa,
estaba abierto. Entró a la oficina. No había nadie. Se acercó al escritorio.
Había algunos documentos y carpetas desperdigados, una calculadora, un reloj
pisapapeles. Revisó rápidamente las carpetas. Sólo vio papeles escolares y
académicos. Junto a la puerta había un archivero, pero ese si estaba cerrado
bajo llave. En los estantes sólo había libros. Arturo estaba empezando a
desesperarse y se preguntaba si su intuición no le habría fallado cuando alcanzó
a observar una foto que sobresalía del saco que colgaba de la percha. La tomó y
lo confirmó, era una fotografía de Diego, tomada posiblemente en alguna parte
del campus. En el mismo bolsillo encontró una llave. La tomó y resultó ser la
que abría el archivero. Ahí encontró, en el segundo cajón, una carpeta que al
leerla, le hizo dar vértigos, por lo que contenía:
Ahí, a todo color, había fotografías de Diego, desnudo, en
posiciones humillantes. Arrodillado y con el culo levantado, mostrando su
orificio a la cámara. Sentado, pellizcando sus pezones mientras alguien lo
masturbaba. En otra, se agarraba las piernas levantadas hacia sus hombros
mientras alguien le metía un par de dedos. Y así seguían. Además, encontró una
serie de informes y entonces descubrió la verdad: El reporte HE344-D-Soto
describía a detalle el perverso plan del profesor Rivera, por etapas, por días,
todo el proceso con el cual estaba preparando a Diego para volverlo homosexual,
primero y luego, transformarlo en un esclavo sexual, dispuesto a cumplir las
fantasías lascivas de su dueño. Leyó cómo la enfermedad de Diego no era tal,
sino que había sido provocada por los fármacos sintetizados por el brillante y
taimado científico. También supo que Mendoza era, de hecho, uno más de los
sirvientes sexuales del profesor y que era cómplice en el envenenamiento de su
amigo. Justo entonces, un ruido afuera le devolvió a la realidad. Alguien podría
entrar en cualquier momento. Debía irse. Arturo tomó el expediente y salió,
sudando de nervios.
Se disponía a bajar las escaleras cuando vio el ascensor y
decidió tomarlo. Grave error. Una vez dentro, se trabó entre el 2º y 3er piso.
-Pinche suerte la mía, ahora tendré que esperar a que
arreglen esta cosa y me descubrirán. Bueno, no saben que traigo esta carpeta. No
pasará nada, salvo que me echen…
Los minutos pasaban y el ascensor seguía trabado. El calor
aumentaba en el estrecho espacio, haciendo que el sudor de Arturo aumentara. En
cierto momento, se dio cuenta de que estaba respirando rápidamente. Él nunca
había sentido opresión por los espacios cerrados, pero la angustia de saber lo
que le hacían a su amigo lo había trastornado. No hubiera creído que alguien
pudiera ser tan retorcido para usar su conocimiento para fines tan repulsivos…
Esclavos sexuales… marionetas humanas dispuestas a servir a su dueño, a
complacerlo… Y esas fotos. Por lo que pudo leer en el expediente, aún faltaba
tiempo. Diego aún no había tenido ni siquiera sexo oral, pero ya habían empezado
a controlarlo. No importa, con esto, Arturo se encargaría de evitar que
siguieran con su tortuoso plan… El calor aumentaba… Arturo empezó a sentirse
débil. Se sentó contra la pared… Esas fotos, no podía imaginar a Diego haciendo
eso voluntariamente… La cabeza le daba vueltas… Era tan obsceno, tan humillante…
El ascensor se veía difuso… Eran imágenes tan repugnantes… Todo daba vueltas…
Diego se veía tan sometido, indefenso… Giros, vértigos… Tan deliciosa, exquisita
y seductoramente indefenso… Intentó ponerse en pie. No pudo… Con ese culo
expuesto, listo para ser penetrado… No se deba cuenta, pero tenía una erección…
Listo para vibrar de placer con mi verga perforándolo… Perdió la conciencia
mientras imaginaba a Diego bramando de éxtasis mientras lo cogía…
++++
Me dolía la cabeza. Abrí los ojos y la luz me lastimó, tuve
que cerrarlos inmediatamente. Luego los reabrí lentamente, para adaptarlos. Lo
primero que vi fui yo mismo. Tarde un momento en darme cuenta de que era un
espejo. Tenía un aspecto bastante patético, con esa expresión de borracho. Tenía
el pelo revuelto y me caía por la cara. Quise retirarlo pero entonces me di
cuenta de algo más: No podía mover las manos. De hecho, no podía mover nada de
mi cuerpo. Miré al espejo y supe porqué: Estaba desnudo y mis brazos y tobillos
estaban aprisionados por grilletes sujetos al suelo y al techo mediante cadenas.
Yo colgaba sin forma alguna de librarme de ellos. Me vi muchas veces encadenado
a donde quiera que volteara. Era una habitación cuadrada y las 4 paredes eran
espejos. No recordaba qué había pasado exactamente, sólo que me había desmayado
en el ascensor…
Uno de los espejos se abrió y alguien entró. Un hombre alto,
delgado, pero ancho de espaldas, vestido con una bata blanca… El profesor
Rivera.
-Parece que al fin despertaste. Parece que te desmayaste
mientras visitabas mis instalaciones Pero fue por otro lado fue una suerte,
¿sabes? Cuando saliste de mi oficina te llevaste por error un importante
material de investigación. Pero ya lo recuperamos y está a buen recaudo. En
cuanto a ti, sería irresponsable de mi parte dejarte ir en tus condiciones, un
desmayo no es cosa que deba tomarse a la ligera, así que he decidido retenerte
aquí para evaluar tu estado de salud. ¿No estás contento con eso?
Mientras Rivera hablaba, se había acercado a mí y me tocaba
el cuerpo. Sus manos largas y huesudas acariciaban mi costado y mi espalda, con
la suavidad de una serpiente, pasaba por mis brazos colgantes y finalmente se
aproximó hacia mi rostro. Levantó mi mentón, obligándome a verlo a los ojos y
sacó la lengua para lamerme la base del cuello, subiendo luego hasta alcanzar mi
boca. Su beso me supo a veneno, al igual que su mirada. Yo intenté gritar, pero
tenía algo en el paladar, que me amordazaba.
-Para empezar, voy a evaluar esta parte de tu cuerpo –tomó
mis testículos, apretándolos ligeramente, luego se inclinó para observar mi
verga y mis huevos-. No están mal, pero hay demasiado vello. Tendremos que
quitarlo para hacer una buena exploración. Ahora veamos por acá. –me rodeó y
se arrodilló. Tomo mis glúteos con ambas manos, palpándolos-. Excelente
condición. Tienes mucho que explotar con estos músculos, tan firmes y
prominentes. Estoy seguro que muchos desearían tocar estas nalgas, sobre todo
para abrirlas y ver qué esconden-. Diciendo esto, abrió mis glúteos,
exponiendo mi hoyito. Yo me retorcí, tratando inútilmente de zafarme de mis
cadenas. Sabía que ese hombre era un demente que no dudaría en hacerme lo que se
le diera la gana. Yo era virgen... Yo era heterosexual, no podía permitir que
ese sujeto intentara humillarme de ese modo… Sentí un dedo frío recorrer
lentamente mi piel, desde la espalda, bajó por el lado externo del glúteo
derecho, lo rodeo, por debajo, se desvió por el perineo y regresó, subiendo por
la raja del culo hasta alcanzar las proximidades de mi ano. Lento, muy lento,
trazó bordeó mi orificio en espiral, aproximándose a la entrada. Yo sentía su
caricia en el tejido externo, aunque no era placentera, temía que en cualquier
momento invadiera mi interior.
-Esto no me gusta, muchacho, parece que tenemos un problema.
No veo respuesta refleja. Creo que deberemos hacer algo para que sientas lo que
debes sentir. Veamos… -de golpe, introdujo un par de dedos en mi culo,
enterrándolos hasta el fondo y sacándolos rápidamente. Yo grité por el dolor que
sentí-. Si, definitivamente la respuesta es anormal. Lo intentaré un poco
más. –empezó a sacar y a meter los dedos con fuerza, presionando contra mi
indefenso ano, sacudiendo todo mi cuerpo y desgarrándome ligeramente el delicado
tejido interno. Yo bramaba de dolor sin poder gritar abiertamente debido a la
mordaza. Él no se detenía, sino que aumentaba la velocidad. En un momento,
introdujo de golpe 3 dedos, los sacó y se detuvo. Yo sudaba copiosamente,
jadeaba a causa del dolor y del esfuerzo por tratar de liberarme. Rivera se
limpió la sangre de las manos con un pañuelo y volvió al frente
-Definitivamente tienes un problema serio, chico, has sido
muy afortunado de llegar conmigo. Yo te daré un tratamiento adecuado para que tu
"órgano" recupere su sensibilidad. Este instrumento quedará listo en muy poco
tiempo –diciendo esto, volvió a acariciarme las nalgas con una mano-. No
tendrás que agradecerme. Soy un científico responsable y comprometido con mis
semejantes, así que te daré este tratamiento sin costo. Lo único que te pediré
es que permanezcas aquí. No sería conveniente que te fueras. Pero descuida, te
atenderemos como te mereces. Por ahora, te mandaré a alguien que te prepare.
Rivera salió por la puerta espejo. No tuve que esperar mucho.
En menos de un minuto entró otro hombre. Parecía vestido con trozos de ropa:
sobre los hombros y en la parte superior del pecho, una especie de camisa de
tela ajustada, sólo que carecía de mangas y no cubría el plano abdomen. Llevaba
un pantalón de la misma tela, que le cubría las pantorrillas y la mitad inferior
de los muslos pero dejaba al descubierto la parte superior, y se sujetaba
mediante un par de tirantes a un cinturón que se ceñía a la cintura. Con eso,
dejaba al descubierto la región pélvica, donde se veían la verga y los huevos,
suaves y sin vello. Iba descalzo. La cabeza estaba cubierta por una capucha de
la misma tela negra, y llevaba lentes oscuros, de forma que no dejaba ver ni el
color de los ojos. Por su estatura y complexión, calculé que tendría más o menos
mi edad o quizá un poco más. Luego me di cuenta que traía consigo una maleta, de
donde sacó un frasco de espuma, un rastrillo y toallas, con los cuales me afeitó
diligentemente las axilas y a continuación, los testículos y el pubis. Yo me
dejaba hacer, sabiendo que estaba a merced de ese esclavo. A continuación, sacó
una loción con olor penetrante y que me colocó en los genitales, masajeando
fuertemente. Me provocó una sensación de calor e irritación sobre el escroto y
el glande (estoy circuncidado), aunque nada comparable con el dolor que aún
sentía en mi perforado culo. Cuando terminó de depilarme, el encapuchado se
encargó de mi ano. Me limpió con telas suaves y luego incluso me colocó un
ungüento que me alivió el dolor. Yo no fui tan ingenuo como para agradecer el
buen trato. Después de todo, seguía siendo prisionero.
Terminado su trabajo, el encapuchado salió de mi celda sin
decir palabra. Yo me quedé ahí, inánime, pensando en lo que me esperaba,
viéndome en ese estado deplorable de sometimiento, con los genitales afeitados y
el culo dilatado. Me di lástima. No supe si pasó una hora o más, cuando el
espejo se abrió nuevamente. Era Rivera. En esta ocasión llevaba un mono blanco,
que incluía guantes de látex, y un maletín
-Así te ves mucho mejor, nunca me ha gustado ese vello
púbico. Los hace ver como hombres, cuando en realidad sólo son unos niños, niños
que deben obedecerme. Y ahora vamos a aplicarte el tratamiento que te prometí.
Cuando acabe contigo, tu pene será un simple aditamento para orinar. Trasladaré
todas las sensaciones placenteras asociadas al sexo a tu culo y te convertirás
en uno más de mis esclavos pasivos. No me veas así. TE estoy haciendo un favor.
Debes sentirte honrado, ¿sabes? No todos califican para ser pasivos exclusivos,
pero con el culo tan hermoso que tienes, lo mereces. Jaja. ¿Qué te parece si
empezamos?
Yo estaba asqueado y aterrorizado de lo que me había dicho
ese pervertido. ¿Convertirme en homosexual pasivo? NO, yo no quería eso. Yo era
heterosexual y me encantaba el sexo así. Era exitoso con las mujeres. Me sentía
orgulloso de mi verga. No podía permitir que me hiciera eso. Pero no creí que él
fuera capaz de eso. Sería un genio pero ni siquiera él podía cambiar la mente…
¿O sí? No, era falso, una mentira, un engaño
Rivera sacó del maletín un objeto metálico. Era una
estructura en forma de dos anillos que se unían en un punto con un pequeño
bloque metálico, como si fuera un 8. Uno de los anillos era ligeramente menor
pero más grueso que el otro y ambos presentaban estrías, como si estuvieran
segmentados. Rivera se acercó a mí y pese a mi débil resistencia, tomó mi verga
y la pasó a través del mayor de los anillos. Luego, tomó mis bolas y las hizo
pasar un poco a la fuerza, una tras otra, a través del anillo menor. Finalmente,
conectó un delgado cable a una entrada que había en la unión de los anillos. Yo
me agité por la incomodidad de esa cosa que me aprisionaba los genitales pero él
sólo se rio y me dijo:
-Tranquilo, esto no es más que el principio, la molestia
que sientes no será nada comparado con lo que vendrá, mi querido pasivo.
A continuación, el profesor sacó una jeringa, llena de un
líquido transparente. Intentó inyectarme pero yo me revolví, intentando retrasar
lo inevitable. Rivera me dio un fuerte bofetón, más fuerte de lo que hubiera
esperado de alguien como él, que me aturdió lo suficiente para que él pudiera
colocarme la inyección en el brazo. Sentí la sustancia, fría al principio,
calentarse por mis venas. Todo el brazo se entibió y pronto la sensación se
difundió por mi cuerpo. Empecé a sentir un cosquilleo recorrer mi cuerpo, hacia
arriba, luego hacia abajo. Finalmente, se concentró en mi verga y en mis bolas,
haciéndose poco a poco más fuerte. Pronto mi falo empezó a despertar por el
estímulo, poniéndose duro en un momento. Al engrosarse debido a la erección, el
anillo lo comprimió ligeramente más. En ese momento, sin embargo, no noté la
incomodidad, ya que la sustancia, fuera lo fuera, me estaba provocando una
sensación de bienestar general, una ansia por sexo que empezaba a apoderarse
imparable de todo mi cuerpo. Mis pezones se pusieron duros y mi verga erecta
empezó a rezumar líquido preseminal. De pronto, todo ese placer se desvaneció,
cuando sentí un fuerte apretón en los testículos. Por debajo de mi mordaza,
lancé un grito. Rivera había presionado un pequeño botón en la unión de los
anillos y en anillo menor, el que aprisionaba mis bolas, se había contraído,
estrechando sus segmentos dolorosamente en torno a mi escroto. Yo no podía
verlo, pero sentía como si me fuera a arrancar las bolas. Fueron breves segundos
de suplicio, pues luego de haber contraído hasta un diámetro mínimo, el anillo
se dilató un poco y luego se detuvo. No me dolía tanto, pero había quedado más
apretado que cuando me lo puso e incluso para mí fue evidente que mis huevos no
podrían salir mientras el anillo mantuviera ese diámetro. Después de esta
tortura, las sensaciones del afrodisiaco que me habían colocado resurgieron.
Entonces, sentí la mano de Rivera en mi verga, asiéndola con suavidad. Se había
colocado un lubricante y me masturbaba delicadamente. Pronto la excitación se
adueñó de mí. Empecé a jadear, la consciencia se me nubló debido a ese torrente
de placer que sentía. Era delicioso: Mi verga hinchada a más no poder, igual que
mis huevos atrapados por el anillo, siendo frotada, especialmente en el glande,
que palpitaba de tanta sangre acumulada. En cuestión de minutos me sentí próximo
al orgasmo. Todo mi cuerpo se agitaba y yo, con los ojos entrecerrados, gemía de
gozo, ajeno a las voces de Rivera, que me llamaba puto en todo momento y que
recordaba su amenaza de hacerme pasivo. Disfrútalo, ahora que puedes, puto,
porque pronto dejarás de sentirlo para siempre. En ese momento, yo no creía
que eso fuera posible. Sencillamente él no era capaz de privarme del gozo
masculino, de extirpar el placer de mi verga. No sabía que su mente era un
cúmulo de retorcidas perversiones. En el momento en que más disfrutaba de la
jalada, Rivera se detuvo. Yo abrí los ojos sorprendido y grité que siguiera,
pero no podía articular voz debido a la mordaza. Rivera lo sabía, me veía y reía
-¿Que quieres? No te entiendo. Eres tan estúpido que ni
siquiera sabes expresar lo que quieres. ¿O es que te estorba algo? Veremos.
Rivera me introdujo los dedos en la boca y me retiró la
mordaza. Sin embargo, yo ya había recuperado el control lo suficiente como para
pensarlo. No me rebajaría a suplicarle que siguiera, eso sería caer en su juego.
Lo miré y con todo el odio que pude, le exigí que me liberara. Por contestación,
Rivera volvió a sonreír y me jaló unas cuantas veces la verga. Yo sentí al
instante la sensación placentera que me provocaba esa excitación artificial,
inducida por el químico, pero no pude ni pensarlo. Lancé un gemido de éxtasis
-¿Quieres que te libere? No es cierto, tu lo que quieres es
que siga con esto. Se nota que te gusta. Ven, quieres que siga. Dímelo. Di que
soy tu amo y que me necesitas. –volvió a jalar un par de veces, obligándome
a resoplar de gozo otra vez. Yo me sentía dividido. Mi cuerpo vibraba ansioso
por el orgasmo, estaba tan cerca. Pero no podía humillarme, yo no era así. Pero
sólo eran unas cuantas jaladas, estaba seguro que sólo debía jalarme un poco más
y tendría ese orgasmo tan deseado. Volvió a jalar una vez. Yo grité de dolor y
placer-. Vamos, solo tienes que decirlo. Dime: "Usted es mi amo y lo
necesito, hágame gozar, por favor" –Yo negué débilmente con la
cabeza. Lo derrotaría, no podía vencerme, no vendería mi dignidad. Pero sentía
mis huevos llenos de semen. Sentía la verga agonizante por eyacular. Era un
suplicio de placer, era irresistible-. Bueno, si no quieres decir, me iré…
-NO, no se vaya… -la voz me salió involuntariamente.
Estaba llorando. No podía evitarlo, necesitaba venirme, y para ello lo
necesitaba, por más que me doliera, por más que me humillara, nada de eso era
comparable a la tortura que sentía en mi verga. Mi voz salía con mi respiración
entrecortada, débil-. No se vaya, por favor, termine conmigo... Lo necesito…
Rivera me vio, esperando. Sabía que debía decirlo todo pero a
esas alturas no me importaba, sólo quería acabar.
-Usted es mi amo, lo acepto, usted es mi amo pero por favor,
termine, hágame gozar, por favor, hágame gozar, YA, YA, HÁGAME GOZAR; USTED ES
MI AMO –grité y grité entre lágrimas, lágrimas de humillación pero más de
ansiedad, de necesidad por él, realmente lo necesitaba. Rivera me veía con la
diversión pintada en el rostro y el triunfo en la sonrisa-. POR FAVOR; SOY SU
ESCLAVO; HAGA CONMIGO LO QUE QUIERA PERO NO SE DETENGA, POR FAVOR, POR FAVOR;
AMO, AMO; SOY SUYO, HÁGAME GOZAR…
Rivera cumplió lo dicho. Volvió a tomarme la verga y siguió
masturbándome. Yo ya me había rendido completamente. Le suplicaba que no se
detuviera, que me hiciera gozar, mientras alzaba la cara, con los ojos
entrecerrados y sintiéndome en la gloria, ahí, cuando en realidad estaba
convirtiéndome en el títere de un pervertido. Lo sentí venir, 5…4… 3 jaladas más
y por fin eyacularía, 2… 1… ya venía, ya venía, el éxtasis supremo de la
eyaculación, la coronación de la sexualidad masculina, cada una de las fibras de
mi cuerpo, toda mi energía concentrada en la punta de la verga, en los huevos,
dispuesta a explotar y a liberarse…
Como un rayo maldito, los dos anillos que había olvidado se
contrajeron violentamente, a centésimas de segundos antes del orgasmo y me
lanzaron una descarga de electricidad que me hizo lanzar un alarido de dolor.
Sentía mis testículos retorcerse por la energía, provocando un doble dolor, ya
que se lastimaban en su estrecha prisión. Mi verga se convulsionaba y pronto
todo mi cuerpo también. Rivera, que había tenido la rapidez de reflejos para
soltarse y alejarse, sonreía mientras veía mi sufrimiento. Mi aullido se fue
apagando más lentamente que esa descarga, agotando mis últimas fuerzas. Me dejé
colgar, exhausto, consumido. Mi verga colgaba inerme, todavía aprisionada por el
anillo e impidiendo que el ansiado semen pudiera ser liberado. El anillo de los
huevos se había relajado a su estado anterior, aunque todavía aprisionándome,
dominándome o mejor dicho, domándome. En medio de mi dolor, me invadió la ira y
volvía a gritar, a llorar, pero sólo una pequeña parte de mi mente pudo darse
cuenta de que no lloraba por saberme humillado y controlado, ni siquiera por la
alevosa traición, sino porque todavía ansiaba el orgasmo. Esa parte de mi mente
supo en ese momento que estaba equivocado, y que tarde o temprano, Rivera
conseguiría su propósito, me convertiría en su esclavo pasivo, sin importar
cuánto me esforzara por evitarlo. Mi agotamiento me vencía, pero antes de perder
el conocimiento, recordé el ascensor. Las fotos de Diego… Diego… él también
sería atrapado, no tendría esperanza contra ese demonio. Una última lágrima
salió de mi rostro… Diego… mi compañero, mi amigo, casi hermano… Se volvería
esclavo de este depravado… Nunca sabría, nunca podría decirle… lo mucho que me
gustaba…
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Como ven, ahora la historia adquiere una nueva dimensión.
Espero que les guste y no se pierdan la continuación de El Esclavo del
Profesor, la cual subiré tan pronto tenga tiempo. Agradeceré todos los
comentarios, críticas y demás inventivas. Para los que quieran agregarme a su
MSN, adelante, no hay problema, pero al menos recuerden de quién se trata, es
tedioso para mí tener que ayudarles a adivinar.