Hola. Me llamo Marcos. Tengo 42 años. Salgo desde hace 8 con
Inés, una mujer maravillosa con la que espero casarme algún día y formar una
familia. Sí, ya sé que soy un poco mayor, pero ella tiene 34 y aún podríamos
tener un par de críos. Pero primero tendremos que pasar por el altar, ya que
aunque llevamos muchos años viviendo juntos, su familia tiene profundas
creencias religiosas y no verían con buenos ojos que tuviéramos hijos sin estar
casados. Bastante les costó ya aceptar el hecho de que vivamos juntos sin haber
contraído matrimonio.
Aunque yo soy de fuera, Inés es de Madrid, donde vivimos
actualmente y donde vive también su familia. Es por esto que solemos frecuentar
mucho la casa de sus padres, ya que tanto ella como yo tenemos una relación muy
estrecha con ellos. Con sus padres vive Irene, la hermana pequeña de Inés. Acaba
de cumplir 21 años, por lo que la conozco desde que tenía 13. Es la niña mimada
de la familia, ya que tanto sus padres como Inés la adoran. Nació cuando ya
nadie lo esperaba y en su familia la ven como una bendición. Una especie de
regalo divino. Y como tal la tratan.
A pesar de todo, Irene es una chica increíble. Es muy alegre
y muy divertida, además de tener una mente brillante y ser sorprendentemente
responsable para su edad. Tiene un punto de inocencia propio de sus 21 añitos
que la hace parecer aún más tierna y adorable. Con todos los mimos y las
atenciones que ha recibido, lo más fácil hubiera sido que se volviese una cría
rebelde e insoportable, pero no fue así y realmente es una cría adorable. Estoy
seguro de que algún día hará muy feliz al hombre que sepa merecérsela.
La historia que voy a relatar sucedió hará cosa de un mes,
aunque yo lo recuerdo como si fuera ayer. Era sábado e Inés y yo habíamos ido a
casa de sus padres a pasar el día, como tantas otras veces. Era junio y ya
comenzaba a hacer calor, por lo que yo llevaba puestas unas bermudas, un polo y
unas sandalias. Inés y su madre eran un calco la una de la otra, incluso en la
forma de vestir. Ambas eran altas y delgadas, de pelo moreno largo y ondulado,
nariz prominente, bocas grandes, pechos exageradamente abultados para su
delgadez y culos diminutos, casi inexistentes. Llevaban sendos vestidos de
verano, de falda larga y holgados, nada ajustados. Les sentaban realmente bien,
ya que su altura y su delgadez les proporcionaban un tipo muy bonito.
A mí Inés me parecía una mujer tremendamente atractiva, y se
notaba que su madre lo había sido también. Incluso mantenía buena parte de ese
atractivo, a pesar de su edad. Durante la comida no pude evitar dirigir alguna
que otra mirada al generoso escote de su vestido de verano, comprobando
fascinado que su abultado busto se mantenía firme y erguido de forma natural,
puesto que no llevaba sujetador.
Me encantó pensar que el de Inés seguramente seguiría también
así de firme con el paso de los años. Adoro acariciar esos pechos tan enormes y
tan duros. Me gusta pellizcar sus diminutos pezones y ver cómo se endurecen con
el contacto. Hacía ya tiempo que había desistido de tratar de introducirme uno
de sus pechos por completo en la boca y ahora simplemente me limito a cubrir su
aureola y una buena parte del seno con mis labios, mientras jugueteo con su
pezón usando la lengua y los dientes. Adoro estrechar el cerco de mis labios
ciñéndolos a su pezón y succionarlo con fuerza mientras lo atrapo entre mis
dientes. Aquel roce parece volverla loca, porque siempre comienza a gemir y
jadear, y me agarra el pelo con las dos manos mientras su cuerpo se retuerce.
Después de estar un rato lamiendo sus pezones, alternando uno
cada vez, siempre me gusta agarrar sus pechos con las manos y estrujarlos entre
mis dedos. Me gusta también estrujar uno contra otro, viendo cómo se abultan aún
más, y juntando los dos pezones lo suficiente como para poder metérmelos a la
vez en la boca. En esa misma posición suelo recorrer el surco que queda entre
ambos pechos con la punta de mi lengua, suavemente y con lentitud, introduciendo
la puntita de la lengua en esa estrechez. Jugueteo con la base de los pechos,
lamiéndolos como un perrito, de abajo hacia arriba, hasta llegar a la aureola y
rozar el pezón. Realmente es maravilloso jugar con esos pechos tan grandes y tan
redondos.
La imagen de los pechos de Inés y de mis jugueteos con ellos
me vino a la mente mientras contemplaba el escote de su madre con todo el
disimulo del que era capaz. Cuando se inclinaba sobre el plato, la holgura del
vestido se ampliaba, separándose aún más de su cuerpo y ampliando mi campo de
visión. Esto me permitió comprobar que sus pechos eran, efectivamente, tan
hermosos como los de Inés. Los tenía grandes y redondos, y la aureola parecía
ser también diminuta, puesto que a pesar de quedar a la vista una gran parte del
pecho no lograba verla. Tenía la piel ligeramente morena, ya que hacía poco que
habían abierto las piscinas y a ella le encantaba bajar a tomar el sol. Lo hacía
en bikini, por lo que pude notar la marca del sujetador. La blancura de sus
pechos contrastaba con el moreno de los hombros. Eso era algo que me enloquecía.
Inés siempre quería tomar el sol en top less y yo siempre me negaba. Pero no por
pudor, vergüenza o celos. Todo lo contrario: tenía unos pechos increíbles y era
lógico que los enseñara. Incluso me producía cierta excitación pensar que el
resto de hombres la podría estar contemplando, e incluso alguno de ellos se
masturbaría al llegar a casa pensando en esos pechos. La verdadera razón por la
que no me gustaba que hiciera top less era porque quería que se marcara bien el
sujetador, que se observara perfectamente el contraste de los pechos blancos
sobre la piel morena.
Supongo que, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo, debió
notarse que estaba mirando los pechos de la madre de mi novia y la excitación
que aquello me producía, porque de repente Inés, que estaba sentada delante de
mí, me dio una patada por debajo de la mesa. Al mirarla me hizo un gesto de
desaprobación con la cabeza y no tuve más remedio que bajar la cabeza
avergonzado y centrar mi mirada en el plato durante el resto de la comida.
Al terminar de comer, los padres de Inés se fueron a la
cocina. Mientras su madre metía en el lavavajillas los platos de la comida, su
padre preparaba el café. Esto nos dio unos minutos para estar a solas. Minutos
que Inés aprovechó para sentarse a mi lado y sacar el tema del pequeño incidente
de la comida:
-
Bueno, ¿y tú qué? Ya te vale, ¿no? Mirarle las tetas a mi
madre de una forma tan descarada…
-
¿Y qué querías que hiciera? No pude evitarlo. Es que son
casi tan bonitas como las tuyas. Y me sorprendió mucho que a su edad aún
estén tan firmes. Me ensimismé mirándolas y pensando que las tuyas serían
así de bonitas, o incluso más, cuando tengas su edad.
-
¿Es que piensas estar conmigo cuando tenga su edad para
verlas?
-
Pues claro, mi amor. Si tú quieres, claro.
-
Por supuesto que quiero, tonto. Y espero que te gusten
tanto mis tetas como las suyas.
-
Eso ni lo dudes. Y seguiré chupándolas y lamiéndolas como
hasta ahora. Sabes que me encanta lamer tus pechos.
-
Y a mí me encanta que lo hagas. Fíjate, me pongo tonta
sólo de pensarlo.
Me cogió la mano y la acercó a uno de sus pechos. Ella
tampoco llevaba sujetador, ya que hacía demasiado calor y además nunca lo había
necesitado y, viendo a su madre, quizás nunca lo necesitaría. En seguida noté la
dureza de su pequeño pezón en la palma de mi mano y comencé a moverla en
círculos, de manera que rozase el pezón con la tela del vestido. Y de paso podía
recorrer su enorme pecho, estrujándolo con los dedos, clavándoselos ligeramente
para mezclar el placer del roce en el pezón con el ligero dolor de la yema de
mis dedos clavándose en su piel.
Clavé mis ojos en los suyos para observar cómo se iluminaban
por la excitación. Entreabrió los labios, lanzando un suspiro, y se los
humedeció con la punta de la lengua. Llevé mi mano libre al otro pecho,
repitiendo el mismo movimiento que estaba realizando en el otro. Mientras, Inés
seguía sujetando mi mano, apretándola firmemente contra su pecho. De pronto noté
un roce en mi pantalón. Era la mano libre de Inés, que se deslizaba por mi muslo
hacia arriba, en busca de mi entrepierna. Cuando alcanzó mi pene, éste ya
presentaba una gran excitación. Aún así, el contacto con su mano, larga,
delgada, de dedos huesudos, la aumentó mucho más. Posó su mano sobre mi polla,
abarcándola con su mano desde la punta hasta la base, aplastándola ligeramente
contra mi muslo. La apretaba y la soltaba intermitentemente, provocando el roce
contra mi piel y el pantalón. Mi polla temblaba y ardía de excitación.
Continuamos así, acariciándonos el uno al otro durante un
rato, hasta que oímos un ruido en la puerta. Era la hermana pequeña de Inés,
Irene. Apareció en el marco de la puerta en el preciso instante en que Inés y yo
dábamos un respingo, sobresaltados, y soltábamos nuestras manos cesando en las
caricias mutuas. No sabía si nos habría llegado a ver, aunque esperaba que no.
Irene era como una hermana pequeña para mí y me daba un poco de vergüenza que
nos viera así. Inés trató de recobrar la compostura y se dirigió a su hermana,
tratando de desviar la atención:
-
Irene, ¿pero qué haces tú aquí? ¿No comías fuera con tus
amigos?
-
Sí, pero se han ido todos a sus casas para echar una
siesta antes de salir por ahí esta noche. Así que yo he hecho lo mismo.
-
Desde luego, -dije yo- vaya juventud. Parece que nazcáis
cansados. A vuestra edad yo me pasaba todo el fin de semana fuera de casa,
sin necesidad de echar ninguna siesta.
-
Hablas como si hiciera una eternidad de eso.
-
Es que es así. Hace ya muchos años que dejé de hacer esas
locuras.
-
Ya, claro. Pero ahora harás otras, ¿no?
-
Ja ja. Claro, ahora hago las que mi cuerpo y mi edad me
permiten.
-
Sí, bueno, tu cuerpo, tu edad y mi hermana, querrás
decir.
-
Ahí le has dado, hermanita, ahí le has dado. Que ya sabes
cómo son los hombres. Hay que atarles en corto o se te rebelan. Que son
todos unos golfos.
-
Pero qué dices, mujer. Tendrás tú queja. Si el tuyo es un
encanto. Ojala pudiera encontrar yo un hombre como él.
-
¿Ah sí, eso crees? Pues mira, lo mismo te lo regalo. Que
hoy mismo, sin ir más lejos, se ha portado un poco mal. Hace solo un ratito.
¿Te puedes creer lo que ha hecho?
-
Bueno, bueno –intervine- tampoco creo que deba saberlo
todo. Bastante le has contado ya.
-
¿No me digas que ahora te avergüenzas, cariño?
-
Hombre, es que me da un poco de apuro que se lo cuentes a
tu hermana. Que para mí es como si fuera mi propia hermana pequeña.
-
¡Eh, no tan pequeña! Que ya tengo 21 años. Podría incluso
beber alcohol en Estados Unidos, si quisiera.
-
Bueno, ya sabes a qué me refiero.
-
Sí, ya lo sé. Pero ahora me pica la curiosidad. Cuenta,
hermanita, cuenta, ¿qué fue lo que hizo?
Inés me miró con ojos maliciosos. Por un momento pensé que se
lo contaría. Y realmente me daba mucha vergüenza que se enterase de que había
estado fantaseando con los pechos de su madre delante de ella, de Inés y de su
padre. Con Inés tenía una confianza tan grande que nos permitía bromear con
aquellas cosas, e incluso reírnos de ello. Pero con Irene era distinto. Yo
seguía viéndola como una chiquilla y me resultaba incómodo hablar de sexo
delante de ella, aunque fuese de refilón, como en este caso. Finalmente, Inés se
apiadó de mí y decidió no contárselo.
-
Es igual lo que hiciese, era una tontería. El caso es que
estábamos viendo cómo me iba a compensar justo cuando tú llegaste.
-
Vaya, pues perdón si interrumpí algo, aunque supongo que
sabéis que mamá y papá están en la cocina.
-
Claro que sí. ¿Qué te crees que hacíamos? Sólo estábamos
hablando. Negociábamos las condiciones de su penitencia.
-
Ya, claro. Bueno, pues yo me voy a mi cuarto a dormir y
así podéis seguir negociando. Chao.
Nos quedamos mirándola mientras desaparecía en el
distribuidor que daba a las habitaciones, para asegurarnos de que se encerraba
en su cuarto. Iba vestida con unos pantaloncitos blancos cortos y ajustados,
unas zapatillas y una camiseta blanca de tirantes. A pesar de que mi cariño por
Irene era casi fraternal, centré un poco mi atención en los detalles de su
cuerpo mientras andaba hacia su habitación contoneándose de manera cómica y
exagerada, girándose para saludar justo antes de entrar en su habitación y
cerrar la puerta. Supongo que fue la excitación por las caricias de Inés lo que
me hizo verla por un momento como una mujer en lugar de cómo a una niña. El caso
es que comprobé que físicamente no se parecía a Inés y su madre. Irene era más
bajita que ellas y menos delgada. Tenía también el pelo largo y moreno, aunque
en su caso era prácticamente liso. Su boca era grande, como la de Inés, aunque
sus labios eran mucho más amplios y carnosos. Tenía unos dientes grandes y muy
blancos, lo que le proporcionaba, junto con su amplia boca, una sonrisa cálida y
encantadora. La nariz era pequeña, en armonía con sus ojos castaños y el resto
de su cuerpo. Sus pechos eran grandes, aunque algo menores que los de Inés y su
madre, pero también perfectamente redondos. Su culo, en cambio, era perfecto.
Así como Inés y su madre no tenían a penas culo, Irene lo tenía redondo y
respingón, y de un tamaño más que aceptable, aunque también en perfecta armonía
con el resto de su cuerpo. Realmente era una chiquilla preciosa con un cuerpo
duro, ligeramente musculoso y muy bien formado.
En cuanto Irene entró en su habitación, Inés llevó sus manos
a mi cara, girándome la cabeza para que la mirase y preguntándome:
Pero justo en ese momento entraron sus padres con el café.
Mientras lo tomábamos, la madre de Inés comentó que tenían una boda el fin de
semana siguiente y que tenía que comprarse un vestido. Lo había ido dejando pero
ya no podía esperar más. Así que le pidió a Inés que la acompañara esa tarde a
ver tiendas. Ella, lógicamente, aceptó, con lo que mi "penitencia" tendría que
posponerse hasta que volvieran. Así que mi calentura tendría que esperar un poco
más de lo previsto para aliviarse.
Me invitaron a ir con ellas, aunque la perspectiva de pasarme
toda la tarde recorriendo las tiendas del centro, cargando con las bolsas y
dando una opinión que no sería tenida en cuenta sobre cómo le quedaban a su
madre el vestido o los zapatos, no me atraía mucho. Así que decidí quedarme con
el padre en casa y esperar a que volvieran. Nos sentamos en el sofá a ver la
tele y nos despedimos de ellas prometiéndoles ser buenos y esperarlas
pacientemente sin emborracharnos ni hacer "nada que no haríamos si estuvieran
ellas". Pero, en cuanto salieron por la puerta, el padre se levantó y se dirigió
a la puerta.
-
Bueno, chaval. No sé tú, pero yo no aguanto en casa toda
la tarde. Me piro al bar a ver el fútbol. ¿Te vienes?
-
No, gracias, suegro. Creo que me quedaré en casa
esperándolas, como les dijimos. No me apetece mucho tomar nada y tampoco me
interesa mucho el partido.
-
Como quieras, calzonazos. Aunque más te vale espabilar un
poco, o mi hija te va a tener tieso como una vela.
Era cierto que el partido no me interesaba demasiado. Pero
realmente lo que no me apetecía era irme al bar con el padre de Inés. Alguna vez
lo había hecho, y su diversión consistía en juntarse con sus amigotes, hincharse
a carajillos y chupitos de orujo de hierbas, y criticar a sus mujeres. Y, por
supuesto, decir todo tipo de obscenidades a las jovencitas que pasaban por la
calle. Y, si alguna era tan atrevida como para entrar en el bar, se cebaban con
ella hasta que tenía que pagar e irse casi sin terminar su consumición,
asqueada. Alguna vez incluso tuvieron algún altercado con un novio cabreado.
Afortunadamente, siempre sin consecuencias. Al menos por ahora. Pero, en
cualquier caso, no quería estar presente cuando al padre de Inés le partieran la
cara. Entre otras cosas, porque seguramente yo no movería ni un dedo para
evitarlo. En general era un hombre bastante agradable, pero cuando se juntaba
con sus amigos sufría una extraña y horrible transformación.
En definitiva, de repente me encontré solo en el salón y con
toda la tarde por delante para mí solito, pero sin saber qué hacer. Así que
encendí la tele y puse el fútbol. Era un partido bastante aburrido, pero no
echaban nada interesante tampoco en el resto de canales. Fui a la cocina y cogí
una cerveza fresca y unas patatas, y me dispuse a aburrirme frente al televisor.
Inevitablemente, después de unos minutos de mirar la pantalla
sin el más mínimo interés, mi cabeza dejó de pensar en el partido y empezó a
centrarse en lo ocurrido en la comida. De nuevo volvió a mi mente la visión del
escote de la madre de Inés, la redondez de sus pechos y la blancura de los
mismos contrastada con su ligero bronceado. Cerré los ojos e imaginé sus pechos
desnudos. Los visualicé frente a mí, a la altura de mi cara, grandes, redondos y
duros. Imaginé mi boca cerrándose sobre ellos y mis manos estrujándolos, como me
gustaba hacerle a Inés. No obstante, esa vez la cara que veía al mirar hacia
arriba era la de su madre, y no la suya. Eso me excitaba. Imaginaba a Inés
dándome patadas y haciéndome gestos con la cabeza mientras yo seguía disfrutando
de los pechos de su madre.
Noté cómo la excitación volvía a apoderarse de mí. Mi polla
iba creciendo en mis pantalones, así que dirigí mi mano hacia ella y comencé a
acariciarla por encima, como lo había hecho antes Inés. Seguía con los ojos
cerrados, imaginando cómo mordía, chupaba y succionaba aquellos enormes pechos.
Pero ahora Inés, en lugar de darme patadas, había puesto su mano en mi
entrepierna y era ella quien me acariciaba la polla. Yo tenía mis manos en la
cintura de su madre, agarrándola fuerte mientras hundía mi cabeza entre sus
pechos, lamiendo y mordisqueando sin cesar. Ella me agarraba la cabeza,
acariciando mi pelo y agarrándose a él sin dejar de gemir, mientras echaba su
cuerpo hacia mí. Mientras, Inés había sacado mi polla fuera de los pantalones y
la agarraba con fuerza con una mano, mientras con la otra acariciaba mi pecho
bajo el polo, pellizcándome los pezones.
De repente oí un ruido y abrí los ojos. Al igual que en mi
sueño, tenía la polla fuera, aunque era mi mano la que la agarraba con fuerza.
Tardé unos segundos en reponerme y darme cuenta de la situación. En cuanto lo
hice, guardé mi polla en los pantalones y traté de recomponerme. Me había
olvidado por completo de Irene, que echaba la siesta en su habitación.
El ruido lo había hecho ella de camino al cuarto de baño, ya
que al rato oí la cisterna y escuché cómo abría la puerta. Unos segundos más
tarde aparecía en el salón y me preguntaba dónde estaba todo el mundo. Se lo
conté mientras se sentaba a mi lado en el sofá.
-
¿Y te han dejado solito?
-
Pues sí, ya ves. Ninguno de los dos planes me
entusiasmaba demasiado.
-
¿Y prefieres quedarte en casa solo? ¿No prefieres salir a
dar una vuelta? Quién sabe, lo mismo ligas y todo.
-
No digas tonterías. Yo ya estoy muy mayor para ligar.
Además, no estoy solo en casa, estoy contigo.
-
¿Y eso que quiere decir? ¿Qué entonces no necesitas salir
de casa para ligar porque ya estoy yo aquí para que ligues conmigo?
-
Pero qué retorcida eres, jovencita. Es mucho más
sencillo. Quiero decir que no voy a salir para darte la oportunidad de
quedarte sola en casa toda la tarde y traerte a tu novio para hacer vete tú
a saber qué cosas malas. Que yo ya soy perro viejo.
-
Ya ¿Y ahora quién es el retorcido? Si ni siquiera tengo
novio.
-
¿Cómo que no? Pero si eres un bombón. Los chicos de tu
edad deben ser todos gilipollas.
-
Pues sí que lo son, sí. Quizás debería pasar de ellos y
buscarme alguien que me sepa apreciar mejor, como haces tú.
-
Bueno, es que me cuesta creer que ningún chico se
interese por ti. A tu edad, los chicos buscan principalmente una cosa. Y te
puedo asegurar que tú tienes todo lo que hay que tener, y como hay que
tenerlo, para poder dárselo igual o mejor que cualquier otra chica.
-
Ja ja ja. Vaya, cualquiera diría que estás tratando de
ligar conmigo.
-
No seas tonta. ¿Cómo iba a ligar con mi hermanita
pequeña?
-
¿Así que es así como me ves?
-
Claro. Te conozco desde que eras una cría.
-
¿Y te sigo pareciendo una cría?
-
Bueno, sí, más o menos. ¿Cómo quieres que te vea si no?
-
Pues como lo que soy. Una mujer. ¿No ves que hace tiempo
que mi cuerpo se transformó y dejó de ser el de una chiquilla? Deberías tú
también de transformar tu imagen mental sobre mí.
Esas palabras hicieron que nuevamente la mirara como por
primera vez, recorriendo su cuerpo con la mirada y olvidando que se trataba de
la hermana pequeña de mi novia. Efectivamente, tenía cuerpo de mujer. Y una
mujer preciosa, ciertamente. Estaba sentada junto a mí en el sofá, de lado y con
las piernas encogidas sobre el asiento. Se había quitado las zapatillas,
seguramente para echar la siesta. Tenía unos pies muy bonitos y llevaba las uñas
pintadas, supongo que porque le gustaba llevar sandalias y en aquella época
estaría empezando a usarlas. Con un brazo se sujetaba la cabeza, apoyando el
codo sobre el respaldo del sofá, y con la otra mano se agarraba los tobillos. El
pelo largo caía sobre la mano que tenía apoyada en su cara mientras ella ladeaba
la cabeza y me sonreía con esa sonrisa amplia, reluciente y encantadora.
Seguramente muchos chicos se habrían derretido ante aquella sonrisa.
Supongo que algo debió cambiar en mi mirada, porque ella se
sonrió con picardía.
-
Así me gusta. Mírame bien. Me gusta que me miren. Me
gusta que me mires tú. Dime, ¿qué es lo que más te gusta de mí?
-
¿Cómo dices?
-
Pues eso, que qué es lo que más te gusta de mí, ahora que
por fin me estás mirando como a una chica y no como a una hermana pequeña.
-
Vaya, perdona, no pretendía.
-
No seas tonto, ya te he dicho que me encanta. Pero dime,
en serio, ¿qué es lo que más te gusta?
-
No lo sé. Irene. Sinceramente, no sé qué decir.
-
Pues no sé. ¿Te gustan mis piernas, por ejemplo? Algunos
chicos dicen que son demasiado gordas.
-
Pues puedes decirles de mi parte a esos chicos que no
tienen ni idea de mujeres ni de lo que son unas piernas bonitas, porque las
tuyas son preciosas. Y se ven muy firmes y muy suaves.
-
Y lo son. Mira, compruébalo.
No sabía qué hacer. No tenía muy claro si estaba jugando
conmigo o iba en serio. Y, en caso de que fuera en serio, no sabía cómo
reaccionar. Realmente Irene es una chica preciosa, pero es la hermana pequeña de
mi novia. Así que extendí dos dedos y los posé en su pierna, bajo la rodilla, a
la altura del gemelo.
Extendí otro dedo más y deslicé los tres dedos tímidamente
por la parte posterior del gemelo. Ella soltó un resoplido, agitó la cabeza y me
agarró la mano por la muñeca, apretándola contra su pierna.
Extendí toda la mano y agarré su gemelo, acariciándolo
suavemente de arriba abajo y estrujándolo con la yema de los dedos.
Efectivamente, tal y como parecía, era duro y muy suave. Lo acaricié durante
unos instantes y luego fui subiendo la mano hasta su rodilla, y de allí hasta el
muslo, que acaricié y estrujé como había hecho con el gemelo.
-
Eso está mucho mejor. ¿Entonces te gusta?
-
Mucho, Irene. Ya te dije que tienes unas piernas
preciosas. Duras y muy suaves. Es muy agradable acariciarlas.
-
¿Agradable? Vaya, es una expresión un poco extraña. Me
pregunto si será igual de "agradable" acariciar lo que tú tienes duro. Y me
pregunto si también será suave.
Seguí su mirada hasta mi entrepierna y pude observar cómo se
adivinaba un bulto, así que estaba claro a qué se refería con lo que yo tenía
duro.
-
Pues no sé si será suave o no.
-
¿Ah, no? ¿Es que nunca la has tocado?
-
Sí, claro que sí. Pero nunca me he fijado en si es suave
o no.
-
O sea que te masturbas.
-
Claro, como todos los tíos.
-
¿Y alguna vez te has masturbado pensando en mí?
-
No digas tonterías. Sería incapaz.
-
¿Y mi hermana? ¿Te ha masturbado ella alguna vez?
-
Sí, alguna vez. Pero oye, no sé si deberíamos hablar de
esto. Me da un poco de apuro.
-
Ya veo. Entonces será mejor que lo dejemos. Ya le
preguntaré a mi hermana.
-
¿Preguntarle a tu hermana? ¿El qué?
-
Si tu polla es suave o no.
-
Bueno, no creo que sea una buena idea que hables con tu
hermana de mi polla, la verdad.
-
Pues entonces tú me dirás. Si tú no me sabes decir si tu
polla es suave o no, y no quieres que se lo pregunte a ella, a ver cómo
puedo saberlo.
-
Bueno, no veo por qué debería ser tan importante.
-
Por simple curiosidad. Ya sabes que las mujeres somos muy
curiosas. Y las jovencitas aún más. Así que ahora ya no puedo quedarme con
la duda y necesito saber si tu polla es suave o no.
-
Bueno, pues tú tranquila, que el próximo día que me haga
una paja me fijaré y te lo diré.
-
Pero es que yo quiero saberlo ahora.
-
No pretenderás que me haga una paja ahora. Y menos aquí,
delante de ti.
-
Bueno, si quieres yo puedo ayudarte. Así además lo
compruebo personalmente. Que ya sabes tú que esto de las sensaciones es muy
subjetivo, y lo que para uno es suave, para otro puede no serlo.
-
Mira, Irene, creo que esto está yendo demasiado lejos. No
me siento cómodo hablando de esto contigo. Deberíamos dejar ya este
jueguecito.
-
Yo no estoy jugando, Marcos. Realmente me muero de
curiosidad por acariciar tu polla.
En ese instante dirigió a mi pierna la mano con la que se
sujetaba los tobillos, agarrando mi muslo. Aprovechó mi desconcierto, que me
impedía reaccionar, para acariciar la parte interior de mi muslo que quedaba
visible fuera de las bermudas. Fue subiendo hacia mi entrepierna, recorriendo mi
pierna con sus dedos y acariciándola con la mano, hasta alcanzar mi polla con la
punta de los dedos. No pude evitar dar un respingo. Ella se sonrió y me dirigió
una mirada entre pícara y lasciva. Sabía que tenía el control de la situación,
que me estaba dominando a mí, a un hombre que la doblaba en edad, y se notaba
que disfrutaba con ello.
Mantuvo la mano donde estaba, acariciando mi muslo, pero
rozando constantemente la punta de mi polla con las yemas de los dedos. Mi polla
estaba bastante hinchada y empezaba a arderme en los pantalones. Estaba súper
excitado, y mi excitación seguía aumentando por momentos, así que me dejé hacer.
Poco a poco, Irene fue subiendo más aún, muy lentamente.
Ahora acariciaba mi polla con los dedos y no solo con las yemas, mientras seguía
acariciándome el muslo con la palma de la mano. Finalmente terminó su ascensión
por mi pierna. Agarró mi polla con la mano por encima del pantalón y empezó a
estrujarla mientras realizaba un movimiento ascendente y descendente,
recorriendo toda su longitud. Mi polla estaba al máximo de su excitación y no
paraba de temblar entre sus dedos.
Está mal que yo lo diga, pero la verdad es que estoy bastante
bien dotado. Nunca me la he medido, porque me parece una tontería y porque creo
que ese tipo de mediciones son muy subjetivas. Según como se hagan, estoy seguro
de que la medida se puede ir varios centímetros más allá del tamaño real del
miembro. No obstante, como medida orientativa, sí diré que puedo agarrarla con
las dos manos, que por cierto son bastante grandes, como yo, y aún me sobran un
par de centímetros de polla, más todo el capullo.
A Irene también debió parecerle grande, puesto que pude ver
cómo asomaba un gesto de sorpresa a su cara y sus ojos. Tenía las manos bastante
más pequeñas que Inés, por lo que para recorrer toda mi polla tenía que
balancearse hacia delante y hacia atrás. Sus caricias, junto con su balanceo y
su mirada lasciva, me estaban volviendo completamente loco. Pero seguía sin
saber cómo reaccionar.
-
Vaya, parece que tienes un buen instrumento ahí guardado,
¿eh?
-
Bueno, no puedo quejarme.
-
Y seguro que mi hermana tampoco. No me extraña que le
guste tanto acariciarla. Porque era así como te lo hacía antes, ¿no?
Así que al final sí que nos había visto. No pude evitar
sentir un poco de vergüenza. Seguramente debí ponerme incluso un poco colorado,
porque ella añadió, mientras seguía acariciándome:
-
Eh, vamos, que no pasa nada. Si es algo natural que te la
acaricie. Y yo ya soy mayorcita, lo he visto, e incluso lo he hecho otras
veces.
-
¡¿Cómo?!
-
Pues claro, Marcos, joder. Yo no paro de repetirte que ya
no soy una cría, pero tú no te enteras.
-
Es que me cuesta mucho aceptarlo, entiéndelo.
-
Pues parece que a tu polla no le cuesta tanto. Y debe
gustarle que juegue con ella, porque no para de crecer.
Tenía razón. Mi polla estaba tan dura que parecía que fuera a
estallar. Jamás la había sentido así antes. Estaba tan excitado que incluso me
dolían los huevos, que estaban apretados contra la base de mi polla por la falta
de carne debida a la descomunal erección que tenía.
-
Dios mío, Marcos, tiene que ser enorme. Nunca había
tocado una así de grande. Me encanta.
-
Mira, Irene, en serio, creo que deberíamos dejarlo ahora
que aún estamos a tiempo de hacer algo de lo que nos podamos arrepentir toda
la vida.
-
Dudo que pueda arrepentirme nunca de nada de lo que pueda
pasar a partir de ahora, cariño.
Aquello era demasiado. Escuchar a Irene llamarme cariño me
terminó de romper todos los esquemas. Mi desconcierto era total. O sabía qué
hacer. Ella, en cambio, parecía tener las ideas muy claras. Con la mano que
tenía libre agarró una de mis manos y la acercó a su pecho.
Sus pechos eran grandes, como ya dije antes, pero no tanto
como los del Inés. En el caso de Irene sí que pude abarcar su pecho con toda la
mano, aunque a duras penas, así que comencé a acariciárselo como solía hacer con
su hermana. Lo hice con movimientos circulares de izquierda a derecha de la
palma de mi mano, mientras con los dedos lo apretaba ligeramente y lo soltaba.
Tampoco llevaba sujetador y noté inmediatamente cómo su pezón se endurecía.
También era pequeño, aunque más gordito que el de Inés. Ella cogió mi otra mano
y la acercó a su otro pecho. Repetí las mismas caricias en ambos, sin dejar de
mirarle a los ojos. Podía ver el deseo y la lujuria reflejados en ellos.
-
Así, eso es, así es como estabais antes. Pobrecitos, y os
quedasteis a medias por mi culpa. Pero tranquilo, que en tu caso ya me
encargo yo de terminar la faena.
-
Irene, yo…
-
Schhhhh. Calla, no digas nada. Tú déjame hacer a mí. Para
empezar, olvidemos a mi hermana. A mí me gusta más así, sintiendo el
contacto más directo.
En ese momento bajo la mano hasta la base de mis bermudas e
introdujo los dedos bajo ellas, abriendo camino al resto de su mano. Al
encontrar los gayumbos repitió la operación, introduciéndose también bajo ellos.
Rápidamente alcanzó mi polla, comprimida por las bermudas. El contacto con sus
dedos fue increíble. Tenía las manos calientes, como mi polla. Deslizó los dedos
todo lo arriba que pudo, recorriendo mi capullo con la palma de la mano y
rodeándolo con ella. Comenzó a mover la mano de un lado a otro, apretando
ligeramente la palma contra mi capullo y comprimiéndolo contra mi muslo.
Mi polla temblaba y se agitaba, tratando de soltarse de la
prisión que suponían las bermudas, pero Irene la mantenía quieta presionándola
con la mano. Luego subió un poco más y cerró la mano, rodeando mi polla con sus
dedos. Comenzó a repetir el movimiento de balanceo mientras ascendía y descendía
por mi polla, apretándola con fuerza. Estuvo así un rato y luego se echó hacia
delante un poco más, acercando su mano todo lo que pudo hasta la base de mi
polla, sin soltarla. Entonces extendió los dedos y agarró con ellos suavemente
mis huevos, jugueteando con ellos y acariciándolos mientras seguía frotando mi
polla con la palma de la mano. Yo estaba a punto de explotar.
Sin decir nada me miró a los ojos y me sonrió. Quitó el codo
del respaldo del sofá, donde lo había vuelto a colocar tras dirigir mis manos a
sus pechos, y se echó hacia delante. Se tumbó del todo en el sofá y recostó la
cabeza en mi vientre, sin soltar mi polla ni sacar la mano de debajo de mis
bermudas. Volvió a agarrarla con fuerza con la mano mientras subía y bajaba. Yo
dejé una de mis manos sobre el sofá, mientras posaba la otra en su cabeza y
acariciaba su pelo y sus hombros.
Después de unos instantes ella soltó mi polla y sacó la mano
de debajo de las bermudas. La dirigió a la cremallera y empezó a bajarla,
después de desabrochar el botón.
Abrió bien la bragueta de mis bermudas e introdujo los dedos
por debajo de la tira de los gayumbos. Agarró mi polla con fuerza y la sacó
fuera. A pesar de tener su cabeza delante, pude ver parte de mi polla sobresalir
por encima de ella. Estaba dura y tiesa, y temblaba. El capullo estaba
completamente rojo, cargado de sangre y a punto de estallar. Ambos nos quedamos
mirándola unos instantes, como viéndola por primera vez. Lo cual, en el caso de
Irene, era cierto. Y en mi caso me costaba creer que aquella fuera mi polla.
Nunca la había visto así de hinchada.
Efectivamente, la gran cantidad de sangre que debía tener
acumulada por culpa de aquella erección monumental había hinchado todas las
venas de mi polla, que parecían a punto de estallar. Irene las acariciaba con
los dedos sin soltar la polla, que seguía agarrando con fuerza. Al poco comenzó
a mover la mano de arriba abajo, muy lentamente, acariciando toda la extensión
de mi polla.
No pude evitar reírme. Ella también lo hizo, sin dejar de
acariciarme con la misma lentitud. De repente dejé de escuchar sus risas y noté
algo húmedo y caliente rodeando mi capullo. Miré hacia abajo y comprobé que
Irene había levantado su cabeza y la había dirigido hacia la punta de mi polla,
introduciéndosela dentro de la boca. Lo que notaba era su aliento y la saliva
con la que estaba lubricándome, recorriendo mi capullo con su lengua lentamente,
esparciendo la saliva por toda su superficie. Su cabeza se movía hacia los lados
mientras movía la boca para cubrir bien toda la punta. Seguía agarrando con
fuerza mi polla y bajó la mano hasta mis huevos. Los agarró con fuerza y los
apretó. El dolor fue inmediato, aunque mezclado con el placer que me
proporcionaba su lengua y el contacto de su mano. Sin soltarlos comenzó a
moverlos entre sus dedos, jugueteando con ellos. La sensación era increíble.
Seguía chupando mi capullo, ahora alternando las lamidas con ligeras succiones,
acompañadas de caricias con la lengua por la parte inferior. A veces ponía la
punta de su lengua sobre la punta de mi capullo y la movía rápidamente,
produciéndome un placer y un cosquilleo indescriptibles.
Continuó estrujando mis huevos un rato y a continuación
estiró la mano y empezó a acariciarlos con la palma, de arriba abajo. Cerró
ligeramente los dedos, de manera que se introducían por debajo del gayumbos, que
tenía ligeramente bajado aunque seguía cubriéndome los muslos al estar sentado.
Continuó un rato con esas caricias, avanzando cada vez más con sus dedos, hasta
llegar a al orificio de mi ano. Entonces cambió el movimiento por uno circular,
masajeándome los huevos con la palma mientras recorría el perímetro del agujero
de mi ano con su dedo índice.
Mientras, fue avanzando poco a poco con su boca por mi polla.
A cada centímetro se paraba, apretaba los labios y subía, recorriendo con su
lengua cada milímetro y lamiendo con la punta las venas hinchadas. Al llegar a
la punta del capullo abría la boca y volvía a descender, sin dejar de jugar con
su lengua sobre mi polla, ensalivando toda la superficie.
En un momento dado sacó mi polla de su boca, acercó a sus
labios la mano con la que acariciaba mis huevos y mi ano y chupó lentamente su
dedo índice. Cuando estuvo completamente húmedo volvió a ponerlo sobre el
agujero de mi ano, extendiendo toda la saliva por el borde. Repitió la operación
un par de veces más, hasta que mi ano estuvo completamente húmedo. En ese
momento introdujo de nuevo mi polla en su boca volviendo a recorrerla con la
lengua, succionándola y lamiéndola poco a poco, descendiendo cada vez más. A
pesar del tamaño de mi polla y del grosor tan exagerado que presentaba, logró
meterla casi por completo dentro de su boca. Paró cuando noté cómo la punta de
mi capullo golpeaba contra el fondo de su garganta. Se quedó inmóvil, con mi
polla metida casi por completo dentro de la boca. Notaba cómo su lengua recorría
el tronco de mi polla, buscando las venas hinchadas y acariciándolas con la
punta. La oía sacar saliva y notaba cómo goteaba por mi polla desde la punta
hasta la base, donde su lengua la recogía para esparcirla por toda la
superficie.
Mientras tanto, acercó de nuevo el dedo índice a mi ano y lo
depositó justo en la abertura del orificio. Lo dejó allí unos instantes y luego
comenzó a ejercer una ligera presión. Muy leve al principio, aunque aumentándola
cada vez un poco más. Hasta que, finalmente, logró vencer la resistencia que
ofrecía aquel agujero hasta entonces inexpugnado. Noté cómo su dedo se
introducía dentro de mí. Al principio sólo un poco, lentamente, forzando que mi
ano se contrajera, lo que dificultaba su avance. De repente, con un rápido
movimiento, lo introdujo casi por completo, logrando vencer mi resistencia.
Ahogué un grito de sorpresa, más que de dolor, pero no pude evitar un espasmo
que proyectó mi ingle hacia delante con brusquedad. Ella siguió apretando con
fuerza su dedo contra mi culo, por lo que no salió ni un milímetro. Noté cómo mi
polla se clavaba en el fondo de su garganta, proyectando su cabeza hacia arriba.
Aunque el mismo espasmo que me provocó lanzar mi ingle hacia arriba también
provocó que tensase mis manos con fuerza, por lo que aquella con la que
acariciaba su pelo sujetó su cabeza impidiendo su retroceso más allá de unos
pocos centímetros.
El golpe contra su garganta fue bastante duro, aunque a mí me
provocó mucho más placer que dolor. A decir verdad, la sensación fue
maravillosa. Mi polla quedó introducida por completo dentro de su boca,
comprimida contra las paredes de su garganta. Esto provocó algunos jadeos de
Irene, que tenía la boca completamente llena con mi carne, e incluso un par de
arcadas. No obstante, en lugar de hacer fuerza para tratar de sacarse mi polla
de la boca, apretó aún más sus labios contra mi ingle. Notaba cómo rozaban con
mi vello público, que lamió con la punta de la lengua, enredándola en él.
Su dedo continuaba metido casi por completo dentro de mi ano
y había iniciado un movimiento de bombeo, entrando y saliendo tan sólo unos
centímetros, como para evitar que me escapara si lo sacaba demasiado. Pero yo no
deseaba hacerlo. Deseaba que me follara. Nunca imaginé que la sensación pudiera
ser tan increíble. Notaba un placer enorme en mi polla, engullida por completo
por su boca, y también en mi ano, que estaba siendo follado por sus hábiles
dedos.
Coloqué mi otra mano sobre su cabeza. Pero, en lugar de
acariciar su pelo, la apreté aún más contra mi polla. No debía resultarle cómodo
tener mi capullo apretado contra su garganta, pero al parecer le gustaba. Y a
mí, desde luego, me estaba volviendo loco. Deslicé una mano por su cuello hasta
su espalda, y de ahí hasta su culo. Era fantástico: duro, redondo y prieto. Lo
acaricié por encima del pantalón, apretándolo con la mano, magreándolo con
avidez.
De repente, el placer superó la barrera de lo que mi cuerpo
podía aguantar. Noté cómo mi polla se tensaba aún un poco más, aplastándose
contra el fondo de su garganta. Un espasmo indescriptible recorrió toda mi
espalda, comenzando en el cuello y propagándose hasta la base de la espalda,
provocando que mi ano se contrajera apresando el dedo de Irene, que estaba
introducido por completo dentro de él. Mi cuerpo se proyectó hacia arriba.
Deslicé la mano con la que acariciaba su culo de nuevo hasta su cabeza, que
empujé con fuerza hacia abajo con ambas manos y permanecí así unos segundos,
mirando a Irene y viendo su pelo extendiéndose por mi vientre, mi ingle y mis
muslos. Tenía una mano introducida entre mis piernas, con la que estaba follando
mi ano. La otra la tenía apoyada en mi muslo.
Cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y abrí los labios.
Un suspiro largo escapó de mi boca, seguido por un gemido de placer cuando noté
cómo mis huevos se sacudían, hinchándose y bombeando semen a través de mi polla.
Enormes sacudidas agitaron mi ingle. Por cada sacudida notaba cómo brotaba un
chorro de esperma caliente a través de mi capullo, golpeaba la garganta de Irene
y volvía a caer goteando por mi polla. Ella jadeaba, atragantándose con el
líquido que no cesaba de manar. Se revolvía entre mis manos, pero la tenía
completamente inmovilizada. Su dedo seguía aprisionado dentro de mi culo y su
otra mano se apoyaba en mi muslo, tratando de empujar hacia arriba.
Pasó un rato y bastantes sacudidas hasta que mis huevos
dejaron de bombear semen. Entonces relajé todo mi cuerpo, soltando un último
suspiro de placer. Liberé el dedo de Irene y alivié la presión sobre su cabeza.
Abrí los ojos y la miré. Echó la cabeza ligeramente hacia atrás, pero sin sacar
mi polla del todo de su boca. Sacó el dedo de mi culo y con la mano agarró la
base de mi polla con fuerza, aprisionándola entre sus dedos pulgar e índice,
manteniéndola recta a pesar de que comenzaba a perder algo de vigor.
Notaba cómo varios chorros de semen iban deslizándose
lentamente por el tronco de mi polla, produciéndome un cosquilleo. Irene fue
recogiendo uno a uno cada goteo con la punta de su lengua, subiendo luego hacia
arriba para llenar la lengua con todo el chorro. A continuación notaba cómo lo
tragaba y volvía a descender en busca de más semen. Esta tarea le llevó un rato,
puesto que mis huevos habían quedado completamente secos y la cantidad de semen
que bombearon debió ser enorme. Poco a poco pude notar como el número de gotas
que se deslizaban por mi polla iba disminuyendo, hasta desaparecer por completo.
Cuando estuvo limpia por completo, Irene continuó chupándola
un poco más, descendiendo por ella todo lo que podía. Al llegar abajo cerraba
sus labios con fuerza y, succionando, subía lentamente, mientras con la lengua
recorría de nuevo toda la superficie. A pesar de que hacía ya un rato que me
había corrido, las caricias de los labios y la lengua de Irene, la succión de su
boca y la humedad de su aliento sobre mi polla impedían que ésta perdiera por
completo toda su erección, por lo que continuó lamiéndola aún un rato más.
Yo estaba roto de placer. Me recosté en el sofá y contemplé
excitado el movimiento de su cabeza, disfrutando de los instantes de goce
adicionales con los que me estaba regalando Irene.
Logré reunir las fuerzas suficientes como para deslizar una
de mis manos hasta su pecho. Comencé a acariciarlo, localizando su pezón con la
punta de los dedos y rozándolo para provocar que se erizara por completo. Una
vez que lo hube conseguido, lo aprisioné entre las yemas de mis dedos,
pellizcándolo suavemente.
Irene sacó mi polla de su boca y se recostó de lado,
manteniendo la cabeza en mi regazo y sin soltar mi polla, que seguía ligeramente
tiesa. En aquella postura pude ver parte de su cara. Estaba sonriendo, al
parecer de felicidad, con aquella sonrisa encantadora, mientras mantenía los
ojos clavados en mi polla, que ahora acariciaba con la mano lentamente de abajo
arriba, apretando con fuerza al subir y relajando la presión al descender, como
tratando de extraer hasta la última gota de semen que pudiera quedar en su
interior. En un par de ocasiones logró que en la punta de mi capullo apareciera
una gota y entonces acercaba la boca a ella y la recogía con la punta de la
lengua. En esa posición yo podía verlo claramente y me encantaba.
Al recostarse de lado, sus pechos quedaron muco más visibles
y libres, puesto que ya no se apretaban contra mis muslos ni el sofá. Así que
pude acariciarlos con mayor comodidad. Introduje la mano bajo los tirantes de la
camiseta y los agarré sin el estorbo de la tela. Eran tremendamente suaves e
increíblemente duros. Los estrujé y acaricié fascinado, deleitándome con la
erección de sus pezones que pellizcaba con los dedos.
Irene siguió acariciando mi polla un rato, hasta que debió
darse por vencida en su intento por extraer algo más de líquido de su interior.
Entonces volvió a recostar la cabeza en mi regazo, de lado, y acercó la polla a
sus labios. Rodeó el tronco con ellos más o menos a la mitad de su longitud, y
noté cómo su lengua jugueteaba de nuevo con las venas, ahora ya algo menos
hinchadas que antes. Su mano estaba ahora rodeando el capullo y lo estrujaba y
acariciaba lentamente. La visión era maravillosa. El pacer seguía siendo
increíble, así que centré mis esfuerzos en tratar de corresponderle con mis
caricias en sus pechos y sus pezones.
De repente noté una sensación extraña en la polla. Comprendí
que era Irene, que la había atrapado entre sus dientes mordisqueándola con
suavidad. Movió la cabeza, ladeándola, de manera que el roce de sus dientes se
deslizaba arriba y abajo por toda mi polla. De vez en cuando abría un poco la
boca, evitando el roce de los dientes, y utilizaba la lengua para suavizar y
lubricar la superficie, volviendo inmediatamente a repetir la ligera presión de
los dientes. Esto, unido a las caricias que seguí haciéndome en la punta del
capullo, volvieron a provocarme una erección en toda regla.
Irene trató de abarcar con sus labios en esa posición, de
lado, todo el perímetro de mi polla, pero sin llegar a lograrlo por completo.
Intentó utilizar la lengua para impulsar su boca un poco más allá, sin
conseguirlo. Entonces, manteniendo sus labios alrededor, cerró su boca entorno
al tranco de mi polla, clavando sus dientes en ella. Por supuesto no cerró la
boca por completo, ni hizo una fuerza exagerada. Aún así, noté perfectamente
cómo sus dientes se clavaban en mi carne. Nuevamente tuve que ahogar un grito de
dolor. A pesar de ello, no quería que me soltara. Me estaba volviendo loco ver
mi polla emergiendo de entre sus labios y mi capullo hinchado y de un color casi
morado aparecer y desaparecer entre sus dedos.
Decidí que Irene ya me había proporcionado mucho más placer
del que podía esperar y que ahora era mi turno. Así, deslicé por su vientre la
mano con la que acariciaba sus pechos, descendiendo hasta tocar sus shorts con
los dedos. Introduje la mano bajo ellos y localicé la goma de sus braguitas. La
levanté, facilitando el avance de mis dedos. Tenía la piel muy suave y mis dedos
se deslizaban perfectamente. Noté su vello entre mis dedos. Era escaso y muy
cortito, por lo que supuse que debía depilarse. Eso me gustaba y, además, me
permitió avanzar sin problemas y localizar los labios de su vagina. Jugueteé con
el vello un rato, rozando de vez en cuando sus labios. Ella ladeó un poco más
las piernas, dejando su cadera casi mirando al techo, lo que ponía completamente
a mi alcance su sexo.
Estaba claro que deseaba que lo acariciara, así que decidí no
hacerla esperar más. Con el dedo corazón fui recorriendo sus labios de arriba
abajo, introduciendo la yema entre ellos. Al separarlos levemente pude notar el
calor que se desprendía desde dentro de su coño, que además estaba completamente
húmedo. Era tal su excitación que la ligera presión que estaba realizando fue
suficiente para que mi dedo entrara casi hasta la mitad, provocando que su
cuerpo se estremeciera. Comencé a alternar movimientos circulares con
movimientos ascendentes y descendentes, disfrutando de aquel sexo tan húmedo y
tan ardiente. La sensación en mis dedos era muy similar a la que su boca
producía en mi polla mientras tanto. Finalmente, el movimiento circular me
permitió abrir su coño lo suficiente como para localizar su clítoris en uno de
los recorridos ascendentes. Por fin había logrado encontrar mi objetivo. Utilicé
los dedos índice y anular para mantener sus labios separados mientras hundía el
corazón en las profundidades de su coño, restregándolo contra las paredes para
impregnarlo bien de sus jugos, que por cierto eran muy abundantes.
Cuando estuvo bien lubricado, dirigí el dedo hacia su
clítoris. Comencé a impregnarlo bien de su propia humedad, acariciándolo con la
yema del dedo. Noté cómo se tensaba con el contacto. Aparté la fina capa de piel
que lo recubría y accedí a él directamente, sujetándolo en la punta de mi dedo.
Empecé a moverlo como si lo lamiera con la lengua, rozándolo de abajo arriba,
lentamente al principio y aumentando la velocidad poco a poco. De vez en cuando
volvía a introducir el dedo por completo dentro de su coño, follándola con él y
lubricándolo para seguir con mis caricias en su clítoris.
Irene comenzó a gemir y a mover sus caderas para aumentar el
roce sobre su clítoris. Entonces decidí ir un poco más allá e introduje de nuevo
el dedo por completo dentro de su coño, dejándolo allí metido. Empecé a girar la
mano, moviéndola como una perforadora tratando de penetrar hasta lo más profundo
de aquél coño tan húmedo y tan ardiente. A continuación retiré uno de los dedos
que separaban sus labios y lo introduje junto con el otro, sin cesar en el
movimiento. Cuando la estrechez de su coño se relajó lo suficiente como para que
los dos dedos la penetraran con facilidad, retiré el tercer dedo y lo introduje
también, uniéndolo a los otros dos en una forma semicircular. Continué así un
rato, follándomela con esa polla improvisada con tres dedos, disfrutando con la
sensación.
Contemplé la escena de nuevo: La boca de Irene continuaba
engullendo mi polla y recorriéndola de arriba abajo, mientras sus dientes se
cerraban sobre ella y su mano acariciaba mi capullo. Una de mis manos acariciaba
su pelo con cariño y excitación y la otra desaparecía dentro de sus
pantaloncitos, entre sus piernas, mientras los muslos de Irene la apretaban y su
cuerpo se movía al compás de mis dedos, acompañando la follada. Traté de grabar
aquella imagen en mi mente para no olvidarla nunca.
Finalmente, cuando noté cómo mis huevos se llenaban de nuevo
y comenzaban a hincharse, saqué mi mano del coño de Irene y aparté su cabeza con
ambas manos, subiéndola hasta acercar su cara a la mía. Dirigí mis labios hacia
los suyos y la besé. Inmediatamente ella abrió la boca y sacó la lengua, que se
introdujo en mi boca y comenzó a recorrerla con avidez. Nuestras lenguas se
cruzaron e intercambiamos caricias y saliva. Recorrió la parte interior de mis
dientes con la punta de su lengua y luego la cruzó de nuevo con la mía,
enrollándose a ella.
Con una mano se sujetaba para mantenerse erguida y poder
besarnos, y dirigió la otra de nuevo hasta mi polla, apresándola y pajeándola,
esta vez con rapidez. Si seguía así un solo momento más iba a estallar, así que
la agarré por los brazos y la aparté. Vi el deseo reflejado en sus ojos. La
lengua asomaba entre sus labios entreabiertos, lamiéndolos lentamente. Era la
viva imagen de la lujuria. Si quedaba alguna parte de mí que todavía la viera
como una niña, despareció por completo en ese momento.
La giré, sentándola en el sofá, y me incorporé frente a ella.
Mi polla seguía fuera de los pantalones, apuntando al cielo. Irene hizo ademán
de abalanzarse sobre ella, abriendo la boca y echándose hacia adelante. Tuve que
pararla de nuevo. Ahora me tocaba a mí darle placer a ella. Me arrodillé entre
sus piernas y puse mis manos en su cintura. Fui subiendo hasta sus pechos,
deslizando la camiseta a medida que avanzaba. Me entretuve un rato a la altura
de sus pechos y los acaricié, manteniendo la camiseta levantada apoyándola en
mis brazos, de manera que por primera vez pude contemplar sus pechos al desnudo.
Eran preciosos: blancos, muy redondos, con una aureola pequeña y rosada,
terminada en el centro en un pezón pequeño pero grueso. Magreé durante un rato
aquella preciosidad de pechos y luego le saqué la camiseta por la cabeza.
Volví a centrarme en sus pechos. Dirigí mi boca hacia uno de
ellos, rodeándolo con mis labios. Cubrí toda la aureola, ensalivándola bien y
succionando con fuerza, mamando de aquél pezón tan apetitoso. Lo mordisqueé
levemente con los dientes y pude notar cómo Irene se estremecía y soltaba un
gemido. Lo dejé así, aprisionado, y comencé a succionar con fuerza, de manera
que el pezón rozaba constantemente con mis dientes. Luego lo liberé y empecé a
lamerlo, pasando toda la lengua por encima. Fui abriendo la boca,
introduciéndome cada vez un poco más de pecho en ella, hasta que descubrí con
fascinación que lograba meterlo todo dentro. Aquello que era imposible hacer con
los pechos de Inés sí pude lograrlo con los de su hermana. Aunque no sin cierto
esfuerzo, puesto que estos también eran bastante grandes.
Con su pecho completamente dentro de mi boca, me dediqué a
desplazar mi lengua por toda su superficie, centrándome en el pezón y en el
borde inferior, y sin dejar de succionar con fuerza y estrujar el otro con la
mano. Fui alternando los lametones y las chupadas entre ambos pechos, mordiendo
y succionando los dos pezones mientras estrujaba las tetas entre mis dedos.
Cuando consideré que había disfrutado suficiente de sus
pechos fui bajando la cabeza por su vientre recorriéndolo con la punta de la
lengua y jugueteando con su ombligo hasta llegar a sus pantaloncitos. Se los
bajé hasta las rodillas junto con las braguitas, y de allí los deslicé hacia
abajo hasta terminar de quitárselos y dejarla completamente desnuda frente a mí.
Contemplé su cuerpo durante un rato. Desde luego, aquél no era en absoluto el
cuerpo de una niña. Lo que tenía frente a mí era una mujer preciosa.
Separé de nuevo sus piernas apoyando mis manos en sus
rodillas y volví a meterme entre ellas. Acerqué mi cabeza a su entrepierna
mientras la miraba a los ojos y deslizaba mis manos hacia arriba por sus muslos.
Ella mantenía los ojos clavados en mí mientras se mordía el labio. Apoyó sus
manos en mis brazos, acariciándolos, y subiendo hasta mis hombros. Cuando estuve
lo bastante cerca, pude oler perfectamente su coño. Era un olor increíble. Muy
apetitoso y sensual. Sus labios estaban abiertos, pidiéndome a gritos que los
lamiera. Así que dirigí mi boca hacia ellos. Los besé con suavidad varias veces,
con besos largos y suaves, mientras mis manos descendían de sus muslos y se
colocaban junto a la abertura de su sexo, abriéndolo.
Irene colocó sus manos en mi cabeza, acariciándome a la
altura de la nuca y enredando sus dedos en mi pelo. Era delicioso. Me centré de
nuevo en lo que estaba haciendo y saqué la lengua. La coloqué entre los labios
de su coño y comencé a lamerlo lentamente, de abajo a arriba. En cada pasada
introducía la lengua un poco más en su interior. Notaba el sabor de sus jugos en
mi boca mientras su olor penetraba en mi nariz. Finalmente logré meter la lengua
por completo y cesé en mi movimiento, cambiándolo por uno de penetración cuando
empecé a follármela con la lengua. La metía lo más profundo que podía, pegando
mi boca a su coño y sacando la lengua al máximo, para posteriormente recogerla
volviéndola a introducir en mi boca. De ese modo podía saborear perfectamente el
sabor de sus jugos.
Estuve así un rato, penetrándola con la lengua y disfrutando
del movimiento acompasado de sus caderas a compás de mi lengua. Luego retiré mi
lengua y busqué con ella su clítoris, hasta encontrarlo. Jugueteé un poco con él
con la punta, llenándolo de saliva y disfrutando de su dureza. Luego acerqué mis
labios a él y lo apresé entre ambos, comenzando a succionarlo mientras lo
acariciaba con la lengua. Irene no paraba de gemir y jadear, apretando mi cabeza
contra su coño y moviendo las caderas para restregármelo por la boca. Era
delicioso. Seguí así un buen rato, con su pequeño clítoris erecto dentro de mi
boca, chupándolo y succionando hasta que, de repente, Irene lanzó un grito.
Apretó con fuerza mi cabeza contra su coño y echó el cuerpo hacia delante. Noté
cómo se tensaba todo su cuerpo mientras ella jadeaba y gritaba, agitando la
cabeza. Agarré sus muslos con las manos por la parte trasera para hundir aún más
mi cara en su coño. Casi no podía respirar, pero era delicioso. Seguía
manteniendo su clítoris en mi boca, apresado entre mis labios, y succionándolo
de forma continua mientras lo lamía con avidez.
Irene comenzó a agitar las caderas hacia delante y hacia
atrás salvajemente, como si se follara mi boca, mientras me agarraba los lados
de la cabeza con las manos. No paraba de gritar y de agitarse. "Sí, sí, sííííííí"
repetía una y otra vez.
Finalmente su cuerpo se relajó. Se echó contra el sofá y
soltó mi cabeza, dejando caer sus manos a los lados de sus piernas abiertas. Yo
mantuve agarrados sus muslos, aunque con menos fuerza. Saqué mi lengua de su
coño tras propinarle unos cuantos lametones más a sus labios abiertos de par en
par. Posteriormente los besé con suavidad y finalmente retiré la cabeza. Me
incorporé lentamente, apoyando las manos junto a las de Irene, y subiendo hacia
su cara manteniendo mi cabeza muy cerca de su cuerpo y mis ojos clavados en los
suyos. Estaba envuelta en sudor y jadeaba sin respiración. Finalmente nos
besamos.
-
Gracias, Marcos, muchas gracias.
-
Gracias a ti, Irene, de verdad. Eres increíble. Pero esto
aún no ha acabado, mi amor. Quiero proporcionarte todo el placer que me sea
posible.
-
Te quiero, Marcos.
-
Schhh. Calla, no digas eso.
-
Pero es verdad.
-
Eso da igual, sabes que no es posible. Y, aunque lo
fuera, tú te mereces algo más. Mucho más.
-
Pero yo no quiero nada más, Marcos, yo te quiero a ti.
-
Y me tienes, pequeña. Al menos ahora, soy todo tuyo.
Volvimos a besarnos. Ambos sabíamos que aquél sería nuestro
primer y último encuentro y por eso queríamos disfrutarlo al máximo. Fue un beso
dulce, tierno, cargado de cariño y de pasión. Estuvimos un rato besándonos,
manteniendo pegados nuestros labios y entremezcladas nuestras lenguas,
intercambiando aliento y saliva, disfrutando cada uno de la proximidad del otro.
Esto nos permitió a ambos recuperar un poco el aliento, especialmente a Irene.
Cuando comprobé que su respiración se volvía menos agitada y
que parecía haberse recuperado del orgasmo anterior, apoyé su cabeza sobre mi
mano y con la otra la fui inclinando con suavidad hasta que su cabeza quedó
recostada en el sofá. Mantuve mi mano bajo su cabeza y con la otra le acaricié
la cara, apartando de ella un mechón de su cabello. Estaba preciosa. Me sonreía
con aquella sonrisa amplia y plagada de dientes blancos que cada vez me parecía
más hermosa y excitante.
Deslicé mi mano hasta su cuello, la pasé entre sus pechos,
seguí hasta su vientre plano y ligeramente musculoso y finalmente agarré sus
muslos. Le alcé las piernas para recostarla por completo encima del sofá y subí
la mano lentamente por la cara interior de su muslo hasta alcanzar su
entrepierna. La agarré con toda la mano, sintiendo su calor y su humedad, y
moviendo mis dedos para acariciar su vello. Ella lanzó un gemido y sus caderas
se sacudieron. Estiró un brazo y agarró mi polla con la mano, que seguía
sobresaliendo de mis bermudas. Me levanté para quitarme la ropa. Irene continuó
acariciando mi polla mientras me sacaba el polo por la cabeza. Tuvo que soltarla
cuando me agaché para quitarme los pantalones y los calzoncillos, aunque en
seguida volvió a agarrarla y acariciarla cuando me reincorporé.
Una vez desnudo me quedé unos instantes de pie, mirándola,
contemplando su cuerpo desnudo tendido frente a mí. Era un cuerpo muy bonito.
Menudo, pero muy bien formado. Sus pechos grandes y redondos se mantenían firmes
pese a estar tumbada. Su vientre liso y suave estaba rematado por un ombligo
pequeño y poco profundo. Sus piernas, largas a pesar de su escasa estatura,
aparecían tersas y perfectamente torneadas ante mí. Su sexo estaba recubierto de
un ligero vello rizado, corto y escaso, perfectamente recortado en forma de
triángulo rodeando sus labios vaginales. Ella también me miraba. Con una mano
seguía acariciando mi polla, mientras la otra se aferraba a uno de mis muslos y
lo estrujaba, deslizándose por él.
Separé sus piernas y observé su entrepierna. Sus labios
estaban entreabiertos, mostrando un coño pequeño y rosado. Estaba húmedo y
brillante. Dirigí allí mi mano, restregando el dedo corazón por entre los
labios. Luego llevé el dedo a sus labios y ella lo introdujo en su boca,
lamiéndolo y chupándolo, cogiéndome la muñeca con la mano que antes aferraba mi
muslo. Yo estaba súper excitado y decidí que era momento de avanzar un poco más,
así que solté su mano de mi polla con suavidad y saqué el dedo de su boca.
Acomodé mis rodillas entre sus piernas abiertas y apoyé las manos a ambos lados
de su cabeza. La diferencia de altura hacía que su cara quedase unos centímetros
por debajo de la mía, por lo que tuve que agachar un poco la cabeza para poder
mirarla a los ojos. Así, manteniendo su mirada, apoyé mi polla contra su coño,
colocando todo el tronco entre sus labios. Empecé a restregarla en esa posición
contra su coño, humedeciéndola y lubricándola. Irene empezó a gemir. Me miraba
mientras su boca se entreabría y su lengua se apoyaba en el paladar, cerca de la
parte interior de los blancos dientes de su mandíbula superior. Agarró mi culo
con sus manos, abrió aún más las piernas, que ahora flotaban en el aire a ambos
lados de mis caderas, y empezó a moverse acompasadamente para aumentar el roce.
En aquella postura me era imposible besarla, algo que me
apetecía enormemente. Supongo que ella tenía la misma necesidad, imposibilitada
por el mismo problema. Lo que hizo fue echar la cabeza hacia delante y comenzar
a besarme el pecho. Lo fue recorriendo con sus labios y su lengua, jugueteando
con mi escaso vello rizado, hasta alcanzar uno de mis pezones. Lo lamió y lo
mordió con fuerza, manteniéndolo apretado entre los dientes mientras la punta de
su lengua lo lamía sin parar. De vez en cuando succionaba con aspiraciones
fuertes y prolongadas. Era delicioso.
El roce de mi polla contra sus labios era increíble. Mi polla
no paraba de soltar líquidos, indicándome que estaba lista para algo más. Así
que levanté un poco la cintura, apoyando esta vez mi capullo contra sus labios,
depositándolo entre ellos. Comencé a echarme hacia atrás, de manera que mi
capullo descendía entre sus labios buscando la apertura de su coño, aquel coño
rosado y estrecho que tanto deseaba penetrar en esos momentos.
Tuve que retroceder bastante hasta que finalmente mi capullo
quedó ubicado frente a su objetivo. En ese momento nuestras caras se
emparejaron. Volví a besarla, esta vez con deseo y desesperación, la que me
producía no haber podido besarla antes, y el saber que en cuanto la penetrara
sus labios volverían a quedar fuera del alcance de los míos. Ella me agarró del
pelo y me besó con la misma ansiedad. Inmediatamente volvió a colocar las manos
en mi culo y presionó. Quería que la penetrara.
Separé mis labios de los suyos y levanté mi cuerpo,
apoyándome en las manos. Me eché un poco hacia delante para que mi capullo
avanzara y se internara en el coño de Irene. Miré hacia abajo para observar cómo
desaparecía la punta en su interior. Estaba hinchado, casi morado, y palpitaba.
A medida que se fue introduciendo en aquél orificio, una sensación de calor y
humedad fue envolviéndolo. Empecé un movimiento de vaivén para irla penetrando
poco a poco, con suavidad, con embestidas lentas. Con cada empujón avanzaba sólo
un poquito, separando las paredes de su coño y dilatándolo para abrir el camino
al siguiente avance. Después me echaba hacia atrás, retrocediendo hasta casi
sacar la polla por completo de su coño. El roce de mi capullo contra sus labios,
la sensación de penetración y el masaje que sus pareces ejercían sobre el tronco
de mi polla me enloquecían. Por eso seguí haciéndolo lentamente, para disfrutar
de cada instante y de cada milímetro ganado.
Cada vez que mi polla comenzaba una nueva internada, Irene
echaba la cabeza hacia atrás y jadeaba, arqueándose y clavando con fuerza sus
dedos en mi culo. Finalmente noté cómo en un último empujón mi polla había
penetrado por completo en su interior. La dejé allí metida unos instantes,
presionando mi cadera contra la suya. Mis huevos estaban apoyados contra su culo
y nuestro vello púbico se entrelazaba. Empecé a mover las caderas de forma
circular, en movimientos lentos y cortos, aumentando el roce y tratando de
dilatar un poco más aquél orificio tan estrecho. El placer era increíble, así
como la sensación de estar dentro de aquél cuerpo joven cuya hermosura acababa
de descubrir.
Irene puso sus manos en mis caderas y me empujó levemente
hacia atrás. Comprendí que quería que la follara. Así que cesé en mis
movimientos y me apoyé fuertemente sobre mis manos y mis rodillas. Eché el
cuerpo hacia atrás para retirar mi polla casi por completo. Cuando noté que el
capullo estaba prácticamente fuera me abalancé sobre Irene, clavándosela hasta
el fondo de un empujón, lento pero con fuerza. Repetí la operación una y otra
vez, aumentando con cada embestida la velocidad y la fuerza de la penetración,
aunque retirándome siempre con lentitud, disfrutando de las caricias que su coño
realizaba en mi polla.
Irene había comenzado a jadear con fuerza. El sudor volvía a
empapar su cuerpo y el mío también. Mis embestidas eran ahora brutales. Mis
huevos chocaban con violencia contra su culo, produciendo un chasquido seco
mezclado con el chapoteo que producía mi polla al entrar en ese coño tan húmedo,
chorreante de jugos. Los jadeos de Irene se habían transformado en gemidos y
gritos. Su cabeza estaba echada hacia atrás, sus pechos se bamboleaban con
fuerza, sus dedos se clavaban en mi espalda, a la altura de los omóplatos.
Aquello era delicioso. Irene apretaba su cadera contra la mía. Sus manos iban de
mis hombros a mi culo y a mis muslos, alternándose, estrujándome y apretándome
contra ella. Sus gritos eran cada vez más fuertes. Su cuerpo se convulsionaba
bajo el mío. Era una locura, el sexo más agresivo, increíble y placentero que
había tenido en toda mi vida. Estaba fascinado.
Cuando noté cómo mis huevos se hinchaban y mi polla se
tensaba hice acopio de toda mi fuerza de voluntad y salí de aquél coño. Irene me
miró sin comprender. Rápidamente me senté en el sofá con las piernas cerradas.
Mi polla saltaba en el aire apuntando al techo. Parecía a punto de explotar y
estaba húmeda y llena de jugos viscosos. Irene se incorporó y la cogía por la
cintura, sentándola encima de mí. Ella me agarró la polla con la mano y apuntó
hacia la entrada de su coño. Apoyó allí mi capullo, me agarró los hombros, me
miró a la cara con deseo y se dejó caer de golpe, empalándose hasta el fondo.
Soltó un grito de placer y se quedó unos segundos así, con la cabeza echada
hacia atrás y los ojos cerrados. Luego empezó a moverse hacia arriba y hacia
abajo, cada vez más rápido. Sus pechos saltaban delante de mí hacia arriba y
hacia abajo, en movimientos casi circulares. La agarré por la cintura y tiré de
ella, ayudándole a realizar sus movimientos y aumentando el recorrido de los
mismos. Cuando mi capullo comenzaba a asomar fuera de su coño, la lanzaba hacia
abajo, aumentando la fuerza de su propia embestida, y levantaba mi cadera
proyectando mi polla hacia arriba. Ella lanzaba un grito desgarrador cada vez
que la penetraba y me pedía que siguiera, que lo hiciera más rápido.
Soltó una de sus manos de mi hombro y se la llevó a la
cabeza, cogiéndose el pelo a la altura de la nuca, mientras movía la cabeza
bruscamente de lado a lado. Al cabo de un rato hizo lo mismo con la otra mano.
Aquello me enloquecía. Se echó hacia atrás, quedando sus pechos erguidos delante
de mí. Me abalancé sobre ellos, sin cesar en mis embestidas ni ella en las
suyas. Los lamí y los besé con deseo. Mordí sus pezones y la base de los senos.
Lamí el valle entre ambos. Recorrí su cuello con mi lengua y mis labios. El
sabor ácido del sudor invadía mi boca y los gritos de Irene llenaban mis oídos.
De nuevo volvía a estar al límite de mi resistencia. Los espasmos continuos
recorrían el cuerpo de Irene, que seguía con la cabeza echada hacia atrás y los
ojos cerrados, acariciando su pelo y proyectando su cabeza de un lado a otro.
Estaba decidido a terminar así, viéndola gozar, abrazándola y
mordiendo su cuello y sus hombros, clavándosela hasta el fondo mientras mi semen
inundaba su interior. Pero esta vez fue ella quien se levantó. Se dio la vuelta
y se volvió a sentar encima de mí, aunque esta vez dándome la espalda. Se ajustó
el pelo, echando atrás su melena. Cogió mis manos y las llevó a sus pechos, que
inmediatamente comencé a apretar y estrujar. Agarró de nuevo mi polla y la
proyectó en su coño. Puso sus manos en mis rodillas y echó el cuerpo ligeramente
hacia delante. En esa postura reanudó sus movimientos de penetración. El roce
ahora era máximo. Mi polla era forzada a una postura en la que la penetración
era un poco más difícil, aumentando el contacto y la sensación de abrirse paso
en una cueva demasiado estrecha para aquél miembro tan ancho. Las embestidas de
Irene eran algo más lentas. Dejaba que mi capullo saliera casi por completo,
rozando así su clítoris. La oía suspirar de placer. Seguí acariciando sus pechos
y pellizcando sus pezones. Acerqué la cabeza a su nuca, besándola. Mordí sus
hombros. Le agarré una oreja con los dientes y lamí el lóbulo. Besé el lateral
de su cuello. Ella seguía gimiendo. Su piel se puso de gallina ante mis
caricias. El sabor de su sudor me parecía delicioso.
Súbitamente se echó hacia atrás, apoyando su espalda en mi
pecho, y agarró mi cabeza con las manos. Inmediatamente la abracé y la estreché
entre mis brazos. Ella no se movía, así que continué yo con la penetración,
moviendo las caderas para penetrarla al máximo. El pelo de Irene se metía en mi
cara y en mi boca. Yo besaba su cabeza sin parar, mordiendo su cabello. Bajé una
de mis manos por su vientre, hasta su coño, y acaricié su vello. Posé un dedo en
el clítoris, notando cómo rozaba contra mi polla. Empecé a acariciarlo con la
yema del dedo. Irene gemía y gritaba sin cesar, agarrándome con fuerza del pelo
y tirando de él. Su cintura se movía adelante y atrás entre espasmos. Soltó una
de sus manos de mi pelo y agarró mis huevos con fuerza, clavándome las uñas. Los
estrujó con violencia, como tratando de ordeñarlos. Mis embestidas provocaban
que sus uñas se clavaran aún más. A pesar del dolor, el pacer era también
indescriptible. Ella continuó agarrándolos y clavando sus uñas, tirando de ellos
y estrujándolos con los dedos.
Debíamos llevar un buen rato ya con aquella follada
descomunal, porque empecé a notar el cansancio. Mis embestidas perdieron algo de
intensidad, así como la presión de mis manos en sus pechos. Irene debió darse
cuenta y se levantó. Agarró mi polla con la mano, se agachó y la engulló con
avidez. Comenzó a chuparla rápidamente, lamiéndola y acariciando con su mano la
parte que iba quedando fuera. Su cabeza se movía con rapidez, arriba y abajo,
girando levemente. Sus manos agarraban mi polla y masajeaban mis huevos. Las
dirigió hacia arriba, por mi barriga, hasta alcanzar mi pecho. Mantuvo mi polla
en su boca mientras succionaba con fuerza, recorriéndola con la lengua, a la vez
que acariciaba mi pecho y pellizcaba mis pezones.
Sus labios ahora cubrían mi capullo. El recorrido de su
cabeza se redujo para lamer sólo esa parte de mi polla, que a aquellas alturas
estaba híper sensible. Sus labios rozaban la base gruesa y carnosa del extremo
de mi polla, cerrándose a su alrededor, enloqueciéndome y proporcionándome un
placer sublime.
Le pedí que parara. No podía más y quería correrme dentro de
ella. Quería llenarla con mi semen. Terminar en su interior. Sentir una vez más
el placer de poseerla.
Ella se levantó y me tumbó en el sofá. Se sentó encima de mí
y apoyó sus manos en mi pecho. Buscó mi polla con su culo. Cuando mi capullo
rozó su ano, lo agarré con una mano y lo dirigí hacia su coño. Ella se incorporó
y se lanzó contra mí con fuerza. Dirigió una mano hacia mi polla y la cogió con
fuerza con la base, rodeándola con dos dedos. Con los otros acariciaba mis
huevos y rozaba la abertura de mi ano. La cogí por la cintura y empezó a
cabalgarme. Deslicé mis manos por todo su cuerpo, acariciándolo, disfrutando de
su firmeza y su suavidad. El sudor lo impregnaba por completo. Acaricié su
cuello, sus hombros, sus pechos, el vientre, los muslos. Quería recordar aquél
momento y aquél cuerpo para siempre, así que lo hice con lentitud, memorizando
cada pliegue de su piel. Ella me contemplaba mientras lo hacía. Mantenía una
mano en mi polla y la otra se apoyaba en mi pecho, acariciándome con los dedos.
Finalmente, volví a sentir cómo mis huevos se hinchaban. Unas
sacudidas enormes comenzaron a invadirlos. Irene lo notó claramente, puesto que
seguía acariciándolos. Apoyó ambas manos en mi pecho y se echó hacia delante,
acercando su cara a la mía y mirándome fijamente a los ojos. Yo agarré sus
caderas y empecé a follarla con más fuerza y rapidez. Era un ritmo frenético.
Mis caderas se proyectaban hacia arriba con fuerza. El ruido que producían al
chocar con las de Irene era ensordecedor. Ella tenía la boca abierta y jadeaba a
cada embestida. Mis huevos seguían hinchándose. Un cosquilleo de placer recorrió
toda mi polla, mientras un escalofrío recorría mi espalda.
Fijé los ojos en los de Irene y lancé su cuerpo hacia abajo.
Apoyé los pies sobre el sofá y levanté mis caderas. En esa postura, mi polla
quedaba clavada por completo dentro de Irene, que estaba casi a cuatro patas. Su
cara frente a la mía. Sus pechos colgando junto a mi cuello. Cuando sentí cómo
la primera oleada de semen ascendía por mi polla eché aún más mi cuerpo hacia
arriba. Apreté con fuerza la cadera de Irene, clavándole los dedos. Cerré los
ojos y me abandoné a un placer indescriptible. Los espasmos invadían mi cuerpo
mientras el semen brotaba a chorros por mi capullo, que se hinchaba bombeando.
Un grito subió por mi garganta y escapó por mi boca, largo, fuerte, cargado de
placer.
Cuando mis huevos quedaron secos mi cuerpo se relajó. Bajé
las piernas y me recosté contra el asiento del sofá. Irene relajó también su
cuerpo y apoyó su pecho contra el mío, pero sin sacar mi polla de su interior.
Nos abrazamos. Ella mantenía su cabeza contra mi cuello. Yo apoye mi barbilla en
su pelo mientras la acariciaba y la besaba. Mi polla fue perdiendo parte de su
dureza y la presión que su coño ejercía sobre ella fue disminuyendo.
Irene levantó la cabeza y me besó con dulzura en los labios,
mientras me sonreía.
Y volvió a dejar caer su cabeza en mi pecho, acariciándolo
con las manos.
Permanecimos así un largo rato, descansando, disfrutando,
acariciándonos. Recordé que una vez un amigo me dijo que, según él, estaba
seguro de que el sexo podía ser bueno con unas mujeres y muy bueno con otras,
pero que siempre había una especial, una con la que el sexo sería siempre
increíble. Según él, cada polla tiene su coño. Si eso es así, desde luego yo
acababa de encontrar el mío. Lamentablemente, era un coño que nunca volvería a
probar.