VI
Ella entra, abre la puerta de la habitación como él le ha
enseñado, sin ruido, para no despertarle si aún duerme; la oye, su forma de
abrir y moverse es inconfundible, adivina su andar, pasos decididos y busto
erguido, su forma de llevar la bandeja. "Buenos días, Señor". "Buenos días". Él
está frente al ventanal, en pijama, ha descorrido la cortina opaca y mira el día
deslumbrante. Sin volverse la oye cruzar la habitación, la imagina sobre las
brillantes baldosas. Silencio, ha llegado junto a la cómoda, el roce al
depositar la bandeja. Adivina sus ganas de hablarle. ¿Debe ayudarla?,
¿facilitarle el que pueda dirigirse a El?
Se deleita con la esplendorosa mañana, sin volverse ve a su
espalda la desordena cama y a ella junto a la cómoda, con su vestido oscuro y el
delantal blanco, indecisa, pero erguida. Se siente cerca de ella...
Piensa... ¿De dónde viene?, ¿a dónde va? Aparece cada mañana,
puntual, pulcra y limpia, según le ha enseñado. Llega con pasos firmes, el
cuerpo recto, la cabeza alta. Pero... ¿de dónde viene?...
Recuerda el primer día, cuando llegó en contestación a su
aviso "Busco doncella, para servicio de caballero maduro, solo. Respetuosa y
silenciosa. Se valora experiencia..."
Cuando la recibió en respuesta a su llamada pensó que no
coincidía con sus deseos.
De estatura media, morena, ojos negros inquietos, sin saber
donde fijar la mirada, melena corta, negra, suelta. Ni muy maquillada ni muy
pintada pero excesivo para su gusto. Vestida con mal gusto, según su criterio,
pantalón vaquero y blusa clara. Impropio para esta entrevista, pensó. El tono de
las primeras respuestas y un punto de impertinencia en sus ojos, las pocas veces
que se cruzaban sus miradas, le hicieron ver que sólo encubrían timidez y falta
de confianza.
Empezó a cambiar su estado de ánimo hacia ella. No era una
mujer, era una gran pella de arcilla. Debía moldearla, enseñarla, sin tocar su
interior que percibía aún intacto, modificar su conducta, sus ademanes. Ése
sería su destino, llenaría con esa tarea su vida, vacía y sin sentido desde hace
tiempo...
Ella intuyó el cambio de su ánimo, aceptó sin vacilar la
orden: "Ponte de pie", "Camina hasta la puerta", "vuélvete". Él veía esas toscas
actitudes modificadas por sus enseñanzas.
Le obedecía sin resistencia. No se inmutó cuando pronunció su
veredicto: "Te tomaré a mi servicio, pero deberás aprenderlo todo de nuevo. Yo
te enseñaré, seré tu amo, deberás respetarme y obedecerme, y cumplir mis órdenes
aunque no las comprendas. Te castigaré cuando no lo hagas. Cada falta tendrá su
castigo. Hay normas para todo. Siempre recibirás tu castigo en la amplia zona
que la Madre Naturaleza ha dispuesto para ello".
Un ligero carraspeo le saca de su ensoñación. Ella espera sus
órdenes. Se vuelve irritado. Mira la bandeja... Inmediatamente nota que falta el
azucarero. Ella descubre su mirada y comprende el olvido. "¡Oh!, Señor...",
"¿Cómo?", "COMO", ruge. Ella se dirige al pesado sillón chester de piel morada,
junto a la cómoda. Alza el vestido con las dos manos, formando pliegues rígidos
sobre sus riñones, baja sus bragas, blanquísimas, hasta que sus arrugas se
confunden con sus corvas. Apoya las manos y la frente en el asiento del sillón,
con la parte de su anatomía por donde Él accede a su alma más elevada que la
cabeza. Él coge de la mesa la pesada regla de nogal.