"Está bien", dijo Rosa me echó de encima de sus piernas
empujándome, después de esto las abrió, "mete aquí tu lengua, cuando acabes de
hacerme el servicio le darás a este imbécil la paliza que se merece", y la
agarró por el pelo dirigiendo la cabeza de la vencida a su objetivo.
Lo que más me asustaba de Rosa era que con los orgasmos en
vez de calmarse, como nos pasa a casi todos, se enardecía. Cada vez se le
ocurría una maldad nueva, que caía sobre uno de nosotros y lo encontraba
divertido. De momento tuvo un orgasmo colosal y a continuación le exigió:
"pégale, dale una paliza, Jeni vino a patearme, pero yo pude desviar sus coces y
con una zancadilla la tire al suelo, me subí encima, me fui moviendo hasta
colocar mi culo desnudo sobre su cara, la muchacha de los ojos verdes se
asfixiaba debajo de mí, pero Rosa no estaba dispuesta a consentirlo, me empujo y
cuando desmonté a Jeni, Rosa le desató las manos.
"Así la pelea estará más equilibrada, tu eres el sexo fuerte
pelea atado" y lo dijo sin que se le notara el cachondeo, incluso parecía que
hablaba en serio. Tampoco tuve tiempo de reflexionar sobre la naturaleza humana,
mi rival venía directa hacia mí con la confianza que le daba saber que jugaba
con ventaja y que en ningún caso iba a perder la pelea porque ya se encargaría
Rosa de resolver sus problemas. El combate planteado así me volvía a convertir
en un perdedor; podría huir, intentar esquivarla, pero, en un espacio tan
reducido como el de la habitación, no estaba claro por cuanto tiempo; tarde o
temprano ella me atraparía y haría valer sus dos manos libres o el apoyo del
ama.
Bastante temprano ella me atrapó, intenté defenderme, pero
estaba claro que no tenía nada que hacer, estaba acorralado contra una esquina e
intentaba con una de mis piernas mantenerla a distancia, hasta que me atinó con
una patada en la espinilla de la otra pierna y caí al suelo, a partir de ese
momento ya no había más historia, al menos yo lo sabía, estaba vencido y solo
quedaba una duda, cuanto me pegaría mi vencedora, o sea, cuanto le mandaría Rosa
que me pegase.
La reflexión no puede parar las manos ajenas, Jenny se había
sentado sobre mi pecho, con las rodillas a ambos lados de mi cabeza para que yo
no pudiese girarme, dejándome la cara indefensa ante sus puños. Unos puños
pequeños pueden hacer tanto daño como unos grandes, basta con que te golpeen más
veces y ella me pegaba con auténtica furia mientras su amiga le gritaba:
"mátalo, mátalo", ya no era Rosa la única que estaba enardecida, Rosa se había
sentado también sobre mi cuerpo, detrás de Jeni a la que agarraba las tetas, se
las masajeaba, le apretaba los pezones, le mordía el cuello... A todas estas
Jeni se movió hacia delante, tomando mi cara con su culo, asfixiándome, frotando
su clítoris contra mi boca y mi nariz… A todas estas yo gritaba suplicando
clemencia, hasta que mi voz dejó de funcionar, mis ojos casi de ver y mis oídos
a duras penas distinguieron un timbre que llamaba a la puerta, desee de todo
corazón que fuera la policía. Jeni dejó de pegar, Rosa fue a abrir…
Unos instantes después volvió Rosa acompañada de una
muchacha, a pesar de que mis ojos estaban casi cerrados por los golpes y la
inflamación que había alrededor pude distinguir la enorme figura de Marta; quise
llorar, pero en aquel momento ya era incapaz de hacerlo, ya era incapaz de casi
nada, simplemente supe que iba a morir e intenté concentrarme y rezar, por si
acaso… Fue entonces cuando me percaté de que algo extraño estaba pasando, algo
que no entraba en mis supuestos lógicos; oí la voz de Marta que parecía llegada
de ultratumba y que preguntaba: ¿pero qué le habéis hecho? Y la voz de Rosa que
en un tono pretendidamente sarcástico le contestaba que dado que yo soy el sexo
fuerte, me habían molido un poco para que la pelea entre nosotros dos fuera un
poco más equilibrada. En contra de lo que yo esperaba Marta no se rió, ni me
pegó, ni humilló; al contrario, con un tono de voz preocupado comentó que yo
estaba muy mal, les mandó que me soltaran las manos y me acostaran en mi cama,
mientras ella fue a la nevera, comprobó que había hielo, cogió la funda de una
almohada y metió parte del hielo dentro, la fue pasando por mi cara y mis
costillas, por los sitios donde yo había recibido más golpes, unos segundos
después mandó a Jeni: "sigue pasándole el hielo por donde lo he ido haciendo yo,
cuenta hasta veinte en cada sitio antes de pasar al siguiente y no dejes que se
duerma, pero en ningún caso le des ni el más mínimo golpe, ya le habéis dado una
paliza terrible y no sabemos si tiene alguna lesión interna grave, si se duerme
puede morirse", después de decir esto se fue con Rosa a otra habitación, le
mandó, esto lo supe después, que qué bajara a comprar una pomada
antiinflamatoria a la farmacia más próxima.
Me quedé solo con Jeni que lloraba como una magdalena y decía
frases pidiendo perdón y asegurando que no se había dado cuenta del daño que me
había hecho, yo no contestaba nada porque no podía, además estaba asustado
porque notaba como mis ojos se cerraban peligrosamente y había oído las palabras
de Marta ordenando a Jeni que no me permitiera dormirme, Marta estudiaba
enfermería, sus razones tendría para haber dicho lo que había dicho.
Cualquier reflexión quedó cortada por la entrada de la
enfermera, que traía la pomada, en mi habitación, con mucho cuidado me la fue
aplicando; con el hielo la inflamación había disminuido mucho y ya podía ver
bastante bien; con un hilo de voz le di las gracias, ella solo dijo que curarme
era su deber profesional, que cuando estuviera bien ya me daría la paliza que yo
merecía, pero no la creí y me tranquilizó su actitud, supe que nadie me iba a
pegar más, al menos mientras ella estuviera allí; cuando acabó de curarme le
dijo a Jeni que esperara cinco minutos y después fuera por más hielo y volviera
a pasármelo como antes, que en una media hora se vería si yo salía adelante sin
más o habría que llamar al médico y a la policía, Jeni se echó a llorar otra
vez, Rosa se enfadó: "¿qué pasa, no vas a pagarme mi dinero?" dijo irritada y
Marta le respondió dándole un bofetón que la mandó contra el quicio de la
puerta…