El chiste del burócrata
- Yo a ti te haré menos daño… - susurré, fascinado y
aterrado por el grosor de su pene ya casi adulto, a cuyo lado el aún casi
infantil mío resultaba más bien ridículo.
Y esa obviedad anatómica decidió nuestros respectivos
roles aquella mañana de desnudez furtiva, pudor y morbo, desconcierto y
vértigo, sudor y urgencias, dolor y placer, todo exacerbado por el miedo a
ser descubiertos por sus padres o su omnipresente hermanita.
Aquella mañana de julio en la piscina de su chalet, en la
que la vida nos alcanzó cual incendio inopinado y devastador, el mundo se
volvió del revés y el delicado david poseyó con furia al varonil
goliat, como si cada vez que mi dolorido pene se hundía dolorosamente en
su dolorido culo yo me apoderara un poco de su envidiada virilidad.
Esa misma semana, él se estrenó con una chica. Yo le fui
fiel y no empecé hasta que no acabamos. Siempre hablaba de tías mientras le
daba por el culo y yo, divertido, le seguía la corriente, aunque prefería
concentrarme en silencio en lo que hacía. Supongo que es más fácil asumir tu
bisexualidad si eres activo que pasivo. Por eso me sorprendió que me contara
aquel chiste:
- Era un tío tan burócrata, tan burócrata, tan burócrata,
que cada vez que follaba con su mujer ponía un negro en medio para que
hiciera de papel de calco…
Me animé a preguntarle abiertamente:
- ¿Te gustaría ser el negro…?
Y él me confió su fantasía:
- ¿Te lo imaginas: tú, yo y…?
La fantasía no pasó de ahí. Su hermanita debió pillarnos
sin que nosotros la viéramos. Y aquella otra mañana de septiembre,
excesivamente tajante e innecesariamente cruel, puso fin a nuestra amistad
sin ninguna explicación. Pero la que sus labios me negaron me la dio la
mirada de asco y odio de la niña.
* * *
Aquella criatura repulida, que hasta ese día presumía a
todas horas de su adorado hermano, se ha vuelto con el tiempo toda una
mujer, vulgar y grosera como sólo una niña rica puede llegar a ser. Y ahora
se casa. Según malas lenguas, preñada. Según peores, de un travesti.
Colega de su novio, tan chabacano y pijo como ella,
vuelvo a aquella casa, donde su siempre encantadora madre me acoge con tanto
cariño que acaba forzando, ignorante, una situación incómoda, al
encomendarnos a su hermano y a mí rescatar antes de que se desmadre
demasiado en su despedida de soltera a la nena, cuyo embarazo resulta
tan evidente que sólo ese atavismo de los de su clase (considerar que lo
importante no es la verdad sabida sino la verdad declarada) les lleva a
negarlo de mala gana.
Sin nada que decirnos, nos refugiamos en los tópicos.
Exhibe a su mujer e hijas como un certificado de normalidad que nadie
le ha pedido, sin que nada en su voz o su mirada delate rastro alguno de lo
que una vez ocurrió.
- ¡Necesito una polla! ¡Como una olla! – vocifera bajo
los efectos de algo más que alcohol, mientras se remanga la falda y se
abanica con ella su desnudo coño, a la cruda luz de la farola.
Leo el mismo desprecio en sus ojos mientras nos giramos
para no verla. Me viene a la mente el travesti al que ella morreó
fugazmente antes de sacarla del antro y las habladurías sobre sus camas
redondas.
Y así, de las brumas del pasado surge el recuerdo. La
zafiedad de la nena, la absurda situación entre nosotros, el hastío
de la madrugada, todo se conjura para que le espete sin pensar, mientras
señalo a su hermana con un gesto de cabeza:
- ¿Te acuerdas del chiste del burócrata?
Su rostro pasa de la extrañeza a la sorpresa, luego al
estupor y finalmente a la ira. Su cuerpo se tensa. He sacado el tema
prohibido y le he recordado su fantasía adolescente, involucrando en ella a
su hermana embarazada… Hasta a mí me parece que he vulnerado demasiados
tabúes.
Pero un instante antes de explotar, su mirada fulminante
se desvía hacia mi derecha, detrás de mí, donde su hermana está ahora meando
en cuclillas frente a él. Sus ojos se nublan un instante y en su boca se
dibuja aquella adorable sonrisa traviesa de antaño…