5: NO NOS SEPARAMOS.
No sé cuánto tiempo transcurrió. Sólo supe que me
venció el cansancio, y me quedé dormido. Afortunadamente, estaba bien protegido
con crema solar; y así evité que mi piel se quemara. Miré a mi alrededor, y no
había rastro de las mujeres. Supuse que se habrían ido al agua. Me puse el traje
de baño, y decidí salir a buscarlas. Avancé por la arena, más allá de unas dunas
que nos ocultaban, y pude divisar la mar. Allí se concentraba la mayor parte de
la gente que ocupaba la playa. Las busqué entre aquella infinita muchedumbre. Me
costó mucho hallarlas, aunque al final las localicé nadando, no muy lejos de la
orilla. Decidido, seguí avanzando, me interné entre las olas, y acudí a su
encuentro. Nadamos los tres un buen rato, riéndonos, gozosos de tanto placer
como nos estábamos dando. Las mujeres iban sin la parte de arriba, con sus senos
desnudos. Era un espectáculo maravilloso contemplar el pecho de mi hermana y mi
sobrina desnudo. Las tetas de Evelina eran una envidia por su juventud, aunque
las de mi hermana no se quedaban atrás, a pesar de que tenía veinte años más que
su hija. Nos acariciábamos con disimulo, nos hundíamos, y cuando nos sentimos
cansados, volvimos a las toallas. El gesto de ellas era de total satisfacción; y
eso me hacía sentirme a mí muy bien, sabiendo que, tanto mi hermana como mi
sobrina, eran felices.
Caímos jadeantes en las toallas, mientras el sol
acariciaba nuestros cuerpos, llenos de miles de gotas de agua salada que se
secaban al sol. No tardó mucho tiempo en desaparecer totalmente la humedad, y
cuando mi bañador ya no estaba mojado, me despojé de él. Me gustaba estar
desnudo delante de las mujeres. Ellas hicieron mismo, también cuando sus cuerpos
no estaban ya mojados. Nos volvimos a untar de crema, pues el sol seguía
apretando y no queríamos que nuestra piel se dañase. Y de nuevo sentimos el
mismo goce de nuestras caricias en todo el cuerpo. Yo volví a sentir los
glúteos, pechos y sexos de ambas entre mis dedos, y ellas hicieron lo propio con
mi pene, que se despertó al sentir sus dedos resbalar por él.
—A tu verga le gustamos, Santi –me decía Evelina
mientras la sentía en su mano–. Tendrá todo lo quiera de nosotras, te lo
garantizo, porque a nosotras también nos gusta –concluyó, mirando para su madre,
buscando que ella confirmase sus palabras–.
—Así es, hija mía –le contestaba aquella–. Tu tío
tiene una polla hermosa, y cualquier mujer se sentiría dichosa de gozarla. Y
nosotras la poseemos cielo, ahora y siempre, él lo sabe. Y las dos juntas o por
separado le daremos todo lo que él quiera, porque de ese modo nosotros
recibiremos lo que también deseamos.
Mi hermana me miraba fijamente, después de que
había acabado de hablar, esperando que yo dijese algo al respecto. Y así lo
hice.
—Me parece genial vuestra propuesta. ¿Qué queréis
que os diga? Cualquier hombre desearía estar en mi posición ahora mismo. No sólo
sois vosotras las privilegiadas, yo también lo soy. No conozco a ningún hombre
que no desee estar con dos mujeres juntas, y más, si son madre e hija
–intervine–. Y no olvidéis que tanta satisfacción como le deis a mi miembro, la
misma o más, recibirán vuestros chichis.
Ambas sonrieron cuando me oyeron decir eso. Y
después el silencio volvió a dominarlo todo, cayendo los tres en un sopor que
nos mantuvo mudos durante horas. Se oía el viento con claridad, el rumor de las
olas y del gentío a lo lejos, y sentíamos al astro acariciar nuestra piel,
mientras que no nos costaba demasiado esfuerzo recordar el sabor que nuestros
sexos nos había dejado hacía unos minutos. Y, después, nada más, porque el sueño
me volvió a vencer.
Un beso en mi mejilla me despertó. Era Evelina, que
sonreía a mi lado, mientras yo abría los ojos. Su rostro era tan dulce, y
parecía tan lleno de satisfacción, que me conmovió. Le devolví el beso, pero
esta vez mis labios se posaron en los suyos. Mi sobrina se quedó quieta unos
poquitos segundos, y me devolvió el beso. Pero esta vez su lengua se introdujo
en mi boca, buscó la mía, y se enredó en un dulcísimo lazo. Cuando nos separamos
sus ojos desprendían luz.
— ¡Eh! ¿Qué es eso de andarse morreando a mis
espaldas? –Oímos quejarse a Inma–.
Y Evelina y yo nos reímos.
—Si estás celosa ven, que te daremos la lengua
también –propuse yo de forma pícara–.
Y mi hermana se acercó hasta donde estábamos,
gateando por la arena con su hermosa desnudez. Cuando estuvo muy cerca, la besé
con rapidez, acariciando el interior de su boca con mi lengua.
—Muy rico hermano –me dijo sonriendo–.
—Ahora me toca a mí, mamá –intervino Evelina, para
nuestra sorpresa–.
Pensé que mi hermana rechazaría esa propuesta…,
pero para mi asombro se dejó hacer por su hija. Ambas se besaron con pasión, y
sus lenguas se juntaron con amor.
—Tú también besas muy rico, hija –le dijo–.
—A Santi también le ha gustado vernos besar, mamá
–comentó mi sobrina, al ver mi cara de pasmo–.
Y las dos mujeres se rieron.
Después yo propuse que descansáramos un poco de la
playa, que fuéramos a dar un paseo por el pueblo costero, que tomásemos algo
antes de comer, y que luego regresásemos. A ellas les gustó la idea, y recogimos
todo. Nos pusimos pantalones y camisetas, lo guardamos todo en las mochilas, y
éstas las ubicamos en el maletero del auto.
Y después, caminamos por todo el majestuoso Paseo
Marítimo, con la mar al fondo, y aquella interminable playa a nuestros pies. Yo
iba en el medio, y las mujeres, una a cada lado. Paseábamos los tres cogidos de
las manos, y la gente con la que nos cruzábamos, nos miraban con una mezcla de
envidia (algunos), de repulsión (unos pocos), y de extrañeza (la mayoría). Pero
a nosotros todo aquello nos resultaba indiferente. Éramos felices así como
estábamos; y teníamos pensado disfrutar de todo aquello durante mi estancia con
mi hermana y mi sobrina. No nos importaba, ni lo que pudieran pensar los demás,
ni sus miradas. Los tres teníamos claro lo que queríamos, lo que nos gustaba, y
eso era lo único que importaba en aquel instante. Y para cerciorarme, aunque no
me hacía falta, sólo tenía que mirar para sus rostros sonrientes.
Nos sentamos en una terraza, donde disfrutamos de
unas cañas, mientras que a nuestro frente quedaba la playa infinita. Por mi
cabeza pasaron velozmente los acontecimientos que yo había vivido con las dos
mujeres recientemente. Aquellos cuerpos femeninos se dibujaban en mi mente con
una claridad meridiana; y sus redondos pechos y puntiagudos pezones taladraban
mi recuerdo en forma de deseo. Ahora las tenía ante mí, joviales… Parecían
incluso felices.
Comimos algo. No nos demoramos en exceso: teníamos
ganas de volver a la playa, de bañarnos de nuevo, de sentirnos otra vez
desnudos; y, por qué no, nuevamente excitados. Pagué, y volvimos otra vez al
arenal. De nuevo nos veíamos extendiendo las toallas, despojándonos de nuestras
ropas, hasta quedar por completo desnudos, y nos volvimos a ungir de nuevo con
la crema que nos protegía del sol.
—Qué día tan espléndido hace, Santi. Y qué alegría
me da tenerte junto a nosotras –comentaba mi hermana, estirándose en su toalla,
tumbada boca arriba, extendiendo su desnudez a mis ojos, que la veía sentado–.
—Me alegro de que eso te haga tan feliz, Inma –le
contestaba–. Yo también me siento muy a gusto con vosotras; me siento
acompañado, me siento lleno. Supongo que a partir de estos días haré lo posible
para que se repitan lo más a menudo posible.
— ¿Eso quiere decir que vendrás más a menudo a
visitarnos? –Preguntaba mi sobrina desde su sitio, fijando su vista en mí,
colocándose su mano a modo de visera, que hacía una sobra sobre sus pechos–.
—Eso quiere decir que prácticamente viviré con
vosotras, si es que nos os parece mal –respondí yo–. Claro que tendré que estar
mucho tiempo ausente debido a mis negocios. Necesitaré viajar a menudo a España;
pero será mucho más tiempo el que pase a vuestro lado, que lejos de vosotras.
Las dos mujeres callaron. Mi hermana me miraba con
una ternura profunda. Yo sabía que ella entendía totalmente qué era lo que yo
les estaba diciendo. Sin embargo, yo suponía que mi sobrina aún no percibía el
cien por cien de mi mensaje. Pero su madre era consciente de que lo que estaba
anunciando era que yo sería al mismo tiempo su hermano protector, su mejor
amigo, su compañero y ese hombre que no estaba desde hacía meses, después de que
mi cuñado falleciera; así como el apoyo a Evelina de ese padre que le faltaba.
Aquellos días en su compañía, me habían convencido de que mi sitio estaba ahí.
Jamás en mi vida me había sentido tan completo, desde que había compartido todo
aquello con ellas dos. Miré a los ojos a Inma. Desprendían una luz intensa que
eran puro agradecimiento a mi decisión. Y de sobra comprendíamos que no
importaba el parentesco que nos unía. Habían sucedido las suficientes cosas
entre los tres, para que fuera así. Y seguirían ocurriendo, de eso también
estábamos seguros. No hizo falta que la madre de Evelina y yo nos dijéramos
nada. Las miradas habían bastado para que nos diéramos cuenta de todo lo que
pensábamos, que coincidía. Seguía con la vista fija en mi hermana, que se había
incorporado, y sus ojos continuaban brillando, igual que su piel desnuda bañada
por el sol.
—Eso es maravilloso, Santi –rompió nuestro silencio
Evelina, aún tumbada, protegiéndose los ojos del sol con la mano, toda ella
desnuda–. Me hará muy feliz que compartas tu vida conmigo; y aunque no me creas,
a pesar de todo, jamás he conocido a un hombre como tú: serás mi mejor padre, mi
mejor amigo, y mejor amante al mismo tiempo.
Después de todo Evelina era más avispada de lo que
supuse –pensé–. Me la quedé mirando, su dulzura y felicidad hacía sentirme muy
satisfecho, y cada segundo que pasaba corroboraba que mi decisión había sido la
acertada.
—Sí que es una gran noticia –hablaba ahora su
madre, embargada por una emoción que no pudo contener–. Igual que Evelina,
considero que me hará muy feliz que compartas tu vida conmigo; y aunque no me
creas, a pesar de todo, jamás he conocido a un hombre como tú: serás mi mejor
compañero, mi mejor amigo, y mi mejor amante al mismo tiempo.
Después de sus palabras, gateo mimosa hasta mi
posición, se acercó a mí, y me besó la boca llenándomela con su lengua, siendo
testigo su hija, mientras mimaba sus pechos, rozando sus pezones con mis dedos,
notando cómo se erguían levemente. Ella no se estuvo quiera, y asió mi pene con
destreza, lo que hizo que se estirase.
Desvié mis ojos hasta Evelina. No quería que se
sintiera desplazada, porque había quedado claro que sería el hombre de las dos.
—Ven, sobrina –le decía–. Bésame tú también, no
quiero que te sientas alejada.
Y ella, con presteza, vino hacia nosotros, y me
regaló su lengua en el interior de mi boca, al tiempo que sus senos fueron
acariciados por mis dedos, y sus pezones rozados por mis yemas, mientras notaba
que reaccionaban. La joven también maniobró, y sujetó mi verga con pericia, la
cual tomó su máximo tamaño ante esa caricia.
—Tu verga se ha puesto dura, Santi –me susurró,
mientras Inma reía–.
—Es que os quiere mucho, y le gustáis más aún
–afirmé–.
—No debes tener pena, Santi –me seguía hablando mi
sobrina–, no se quedará con ganas, te lo prometo. Siempre estaremos mi madre o
yo, para sacarte la última gota de leche.
Sus palabras hicieron que mi apéndice se volviera
más duro aún, si cabe.
—Y eso que has oído no quiero ni que lo dudes,
hermano –confirmaba la otra–. No me podré sentir más segura de que tú seas el
hombre de mi hija, ni más satisfecha de que seas el mío.
—Las dos sois una tentación –me defendía yo–. Tú,
Inma, tan experta y hábil, tan libidinosa como yo; y tu hija tan joven y tierna…
—Las dos somos tuyas, Santi y lo sabes –ratificaba
mi hermana–. Y los tres gozaremos.
Y así fueron languideciendo las cosas como si un
acuerdo tácito nos hiciera ver que tendríamos que dejar lo que tanto deseábamos
para cuando llegásemos a casa, pues mi decisión requería una celebración
especial. Disfrutamos del resto de la tarde, tomando el sol y bañándonos varias
veces más. En el agua las miradas y los tocamientos disimulados, anticipaban lo
que nos esperaba al llegar al hogar, lo que tanto deseo se acumulaba en los
tres. En mí era evidente por el bulto que se me formaba en el traje de baño; en
ellas, por las confesiones que me hacían explicándome que sus coñitos se les
ponían como una sopa. Así hasta que llegó la hora de irse, pues el sol ya había
descendido en exceso.
— ¿Nos damos el último baño antes de irnos?
–Propuso mi hermana–.
Evelina y yo nos miramos breves segundos, con cara
de pícaros. Luego le devolvimos la mirada a nuestra hermana, y los dos
aceptamos. Inma sonreía, imaginando lo que había surcado nuestros pensamientos,
lo cual no era muy difícil, porque sólo había una sola cosa en nuestras mentes:
nuestro deseo mutuo
Así nos fuimos, yo en medio y mis dos mujeres, una
a cada lado, cogiéndonos de las manos. A esa hora la playa estaba casi desierta.
Casi todos la habían abandonado; y eso hacía ese baño mucho más interesante,
porque la intimidad, iba a ser mayor. Intercambiaba mi mirada a un lado y a
otro, mientras nos dirigíamos a la mar, y, cada vez que me cruzaba con los ojos
de ellas, constataba que los tres hablábamos un mismo idioma. Yo me iba
volviendo más audaz. En una de las ocasiones, ya en la orilla, el agua
besándonos los pies, le susurré algo al oído de Evelina, aún cogidos de la mano,
mientras al otro lado su madre nos miraba intrigada:
—Tienes tanta juventud en tu cuerpo, sobrina, que
el sólo hecho de recordar lo sucedido, e imaginar lo que aún está por acontecer,
hace que mi polla cobre vida: no sabes lo que deseo tus tetas, no imaginas lo
que anhelo ese coñito que es delicia pura para mí.
Y la chiquilla, lejos de ruborizarse, reía a gusto,
satisfecha por sentirse deseada, los ojos puro fuego. Guardó silencio hasta que
el tibio mar caribeño nos llegaba a la cintura, para luego responderme:
—Y tú eres el hombre que toda mujer puede desear.
Por tantas razones, que necesitaría un día entero para numerarlas; pero te lo
resumiré. Primero, porque estoy cansado de los niños que no saben donde tienen
la verga para orinar, y tu madurez da seguridad a mi vida. Segundo, porque estoy
cansado de los que presumen de tener buena verga, y lastimosamente no saben la
escasez que tienen entre sus piernas; y tú, sin presumir, tienes la verga que
toda mujer puede desear. Y, tercero, porque al ser el hermano de mi madre, tú,
mejor que nadie, sabrás cuidarnos, sabrás querernos, y sabrás darnos todo el
placer que una mujer pueda necesitar, incluso más; porque además de ese
importante miembro que posees, sabes usarlo, Santi. Por todo eso, no te cambio
ni por diez chicos de mi edad.
Eso sí que lo había oído su madre, sintiendo esas
palabras como la más dulce caricia. Y, después, el silencio. Mi sobrina me había
dejado sin palabras, he de reconocerlo. Avanzamos, hasta que dejamos de hacer
pie. Justo antes, con el agua por mis tetillas, aún sentí la mano de Evelina
asirse a mi pene.
— ¡Ah!, y me encanta cómo te corres. Me gusta que
sueltes tanta cantidad de leche. No pasaremos sed, de eso estoy segura –dijo–.
Tras eso, ella se zambulló y comenzó a nadar, yo la
seguí inmediatamente, e Inma, que nos había estado viendo, hizo lo propio.
Nadamos durante unos minutos, hasta que los tres empezamos a notar cansancio, y
nos dejamos flotar en el agua. Estábamos algo alejados de la ribera, pero lo
suficientemente cerca como para regresar de nuevo nadando, sin que el cansancio
nos venciera. Nos hallábamos solos, sólo unos niños chapoteaban en la orilla,
ajenos a nosotros, y atentos sólo a su hacer. Nadie podía vernos con claridad,
en la distancia en la que estábamos.
— ¿Qué juegos os traéis los dos? –Preguntó riéndose
mi hermana, consciente de que andábamos con secretitos.
—Nada mamá –contestaba su hija–. Sólo que Santi me
decía las ganas que tiene de probar otra vez mis tetas y mi chochete, y yo le
contestaba que son las mismas que tengo yo de hacer lo mismo con su verga, y
sentir su tibia leche en mi paladar.
— ¡Dios mío, hija!; vas a hacer que me lo folle
ahora mismo sin esperar más, si sigues hablando así –le respondió su madre, sin
ninguna inhibición, porque ya no las había, exponiendo su deseo con la misma
claridad diáfana que su hija lo había hecho con anterioridad.
—Él tampoco anda muy atrás en las ganas –hablaba de
nuevo la chiquilla–. Mira cómo se la ha puesto ya la verga al oírnos.
Y mi hermana rió a gusto, al percatarse de que,
efectivamente, el deseo tenía la misma intensidad en mí que en ellas. Mi sobrina
nadó hacia mí, que estaba boca arriba flotando, y agarró mi pija con firmeza. Se
notaba de forma clara la dureza y el tamaño erecto sobre la tela, ya que Evelina
así lo marcaba.
—Qué ganas tengo de que me lo claves –susurró, pero
su madre la había oído, porque estaba muy cerquita–.
—Lo hará, hija mía –decía su progenitora–. Sólo ten
un poco de paciencia a que lleguemos a casa, que yo también lo necesito en mi
coñito.
Y, mientras, yo sentía las manos de ambas, sobre mi
polla, por encima de mi bañador, yo acariciaba los pechos a ambas. Noté cómo sus
pezones se endurecían, y nuestras caricias se incrementaban. En un momento dado,
los tres acabamos completamente desnudos. Mi polla era acariciada por ambas
manos, mientras mis dedos, viajaban de los pechos de ambas, hasta sus vulvas.
—Mejor nos estamos quietos… El deseo y la
excitación que sentimos son muy grandes, pero no estamos a solas, aunque
tengamos cierta intimidad. En pocas horas podremos entregarnos sin que tengamos
que preocuparnos de si nos están viendo o no –expuso Inma, preocupada de que
nuestra calentura no nos hiciera ver lo que ella nos había explicado, y nos
dejáramos llevar–.
Notando su miedo, y percibiendo el peligro del que
nos quería advertir, quise yo poner un poco de cordura a aquella locura
libidinosa. Me escabullí de las manos de las mujeres, y bucee hasta recoger
todas las prendas que se habían quedado sumergidas. Nos volvimos a colocar
bikinis y traje de baño, y regresamos nadando de nuevo hasta la playa. Salimos
del agua con un sentimiento entre feliz y de una absoluta excitación.
Llegamos hasta las toallas, mientras decenas de
gotas saladas resbalaban por nuestra piel. Nos secamos un poco, lo recogimos
todo, y nos dirigimos hacia las casetas, con el objetivo de alquilar una para
cambiarnos y ducharnos a gusto.
—Entrad vosotras, que yo espero –les decía,
mientras les entregaba la llave que me había dado el encargado, y recogía el
cambio del dinero con el que le había pagado–.
Ellas permanecían a mi lado, mientras el
hombrecillo se alejaba.
—Entremos los tres, Santi –sugería Inma–. Nadie nos
va a ver, está todo desértico ya, y así acabaremos antes.
— ¿Cabremos los tres? –Preguntó preocupada
Evelina–.
—No te preocupes, hija, hay amplitud de sobra para
todos –contestó su madre–.
Y entramos en la cabina. Mi hermana tenía razón: a
esa hora casi todo estaba vacío, y nadie nos había visto entrar juntos y a la
vez (de otro modo habría podido producirse un pequeño escándalo); y aquel sitio
tenía amplitud suficiente, como para que todos nos pudiéramos desenvolver sin
problemas.
Había un banco corrido con unos efectivos
colgaderos en las paredes, que facilitaban mucho la labor. Nos sentamos y nos
fuimos desnudando: yo el primero, y ellas luego. Estando ya en cueros, no pude
evitar mirar el cuerpo de las mujeres. El juego que habíamos mantenido antes en
el agua, y esas desnudeces, me habían provocado media erección; y, cómo no,
Evelina lo advirtió.
—Mira mamá –llamaba su atención–, Santi está otra
vez contento. Le gusta lo que ve.
Inma se fijó en mí. Y supongo que lo supo. En aquel
instante ya supo que no llegaríamos a casa.
—Sí, hija mía –contestaba mi hermana–: tiene tantas
ganas como nuestros chochitos.
Mi hermana se levantó y se dirigió a mi posición.
Yo no me moví, sólo la recibí; porque ya lo supe todo entonces también: adiviné
que no llegaríamos a casa.
—Tienes una polla que puede volver loca a cualquier
mujer, cabrón –me dijo–, tras lo cual se agachó y comenzó a besarla con
suavidad.
—Sabe a salitre. Me gusta que el sexo sepa así
–añadió a continuación, mirándome a los ojos–.
Evelina, que había estado siendo testigo de todo,
ya no se mantuvo quieta. Tan desnuda como su madre, se puso a su lado. Mi
hermana ya había comenzado a pasar la lengua con suavidad por todo mi miembro,
que a esas alturas había alcanzado el tamaño máximo
—Tu tío tiene una buena verga –le susurró a su
hija, con los labios muy pegados a su oreja–.
—Sin duda, mamá. Y a los dos nos gusta con locura
–respondió la aludida, mientras que con sus manos asía mi pija, y también la
besaba y la acariciaba con delicadeza con su lengua, igual que había visto cómo
lo había hecho su madre instantes antes.
Yo sólo resoplaba. Y, sin acertar a saber cuándo
fue el momento, sentí cómo todo mi apéndice entraba en la boca de la chiquilla.
Y así comenzó una gloriosa felación que me estaba llevando al paroxismo. Su boca
la recorría de arriba abajo con una destreza encomiable. Si yo era el primero,
se me escapaba de mis cálculos dónde había aprendido a mamar una polla con esa
extraordinaria habilidad. Mi pene era dureza ya en su máximo tamaño, engullido
por una boca que le estaba volviendo loco.
—Para ser su primer cipote, tu hija la chupa que es
una delicia –dije, envuelto por un placer apoteósico que me dominaba–.
Mi hermana sólo emitía risitas, y fue mi sobrina
quien me aclaró el misterio, aunque para ello, hubo de sacársela de la boca.
—Santi, mi vida –comenzó a decir–. Te garantizo que
tu verga es la primera que pruebo en mi vida; pero como te dije en el salón de
nuestra casa, la primera mañana que pasamos juntos, mientras mi madre se
duchaba, hay algo que te quiero desvelar y que será una sorpresa para ti. Los
tres tenemos un deseo sexual muy alto –continuaba narrando la jovencita, sin
dejar de bajar y subir su mano por mi polla–, yo estaba acostumbrada a calmarme
solita (lo hacía casi a diario) y mi madre tenía a mi padre, que la llenaba en
todos los sentidos. Pero cuando él nos dejó, todo fue muy difícil. Yo me quedé
sin un padre, y mi madre sin un hombre. Aún pasó algún tiempo hasta que yo
empecé a visitar la cama de mi madre. Lo hacía por las mañanas, para
despertarla, como gesto de cariño, y me quedaba tumbada junto a ella unos
minutos. Eso se convirtió en costumbre, y esa costumbre dio paso a la confianza.
Hablábamos mucho, y nos lo contábamos todo: lo solas que nos habíamos quedado,
afectivamente, y ella también sexualmente. No sé cuándo empezó el mecanismo que
lo desencadenó todo; pero sí sé que empezaron a haber abrazos, caricias y besos…
Cuando nos quisimos dar cuenta, todo había avanzado demasiado y muy deprisa. Una
mañana nos vimos haciendo las dos el amor. Fue todo tan mágico y tan
maravilloso, que lo repetimos a la mañana siguiente, y a la otra… Compramos un
juguetito, para completar lo que nos faltaba, y que tú nos has venido a traer.
Mi madre me enseñó cómo mamar una buena verga (para el día que tuviese mi primer
hombre); y también me rompió el himen con el consolador. Ahora ya sabes por qué
te da tanto gusto mi mamada, y por qué me pudiste penetrar en la playa sin
dificultad.
Y Evelina tenía razón. Me había quedado
boquiabierto. Lo que acababa de oír era lo último que me imaginaba. A pesar de
la sorpresa, o, seguramente por ella, mi falo no decreció ni un centímetro.
Seguía erguido y duro, sujetado por la mano de mi sobrina.
—Métetela de nuevo en la boca, mi cielo –suplicaba
yo–; quiero que me mates de ese gusto que me estabas dando.
Y Evelina obedeció sin decir nada. Mi bálano volvió
a desaparecer en su cavidad oral y yo sentía cómo era acariciado por labios y
lengua. Mis jadeos eran gemidos a esas alturas y el placer que estaba recibiendo
era el que jamás me hubieran dado.
— ¿Te importa que la comparta con mamá? –Preguntó
retóricamente ella, tras volverlo a sacar breves segundos, lo que tardó en ese
interrogatorio, para volverlo a introducir–.
Y ella sabía que, no sólo no me importaría, sino
que era algo que yo hubiera suplicado si se me hubiera ocurrido en ese instante.
No ignoraba que, el sólo hecho de insinuármelo, incrementaría mi placer en dosis
muy elevadas.
—Por favor, hazlo –acerté a decir–.
Y sentí cómo mi apéndice salía de la boca de la
niña para introducirse en la de su madre. Aun cuando mi hermana había sido quien
había enseñado a Evelina, era la chiquilla quien más magistralmente sabía
hacerlo. Quizás por ese algo especial que tienen las caribeñas a la hora del
sexo, no lo sé…; pero sí sé que la mamaba con mayor maestría la hija que la
madre. Pero Inma tampoco lo hacía nada mal. MI miembro viajaba de una a otra
boca, sintiendo sus lenguas y sus labios, y llevándome a punto del clímax. Las
dos lo notaron, las dos lo sabían. Inma, porque era una mujer adulta y tenía
mucha experiencia; y Evelina, porque aprendía mucho y muy deprisa.
—Te vas a correr, Santi, y aún no es hora. No te
preocupes, te prometo que nuestras dos bocas a la vez, te sacarán hasta la
última gota de tu leche –me adelantaba mi hermana, llenándome de deleite con sus
palabras–. Pero ahora quiero que veas lo que tu sobrina y tu hermana son capaces
de hacer –avanzó–.
Ambas mujeres dejaron mi pene libre de sus manos y
bocas, lo que fue recibido por un quejido tan pronunciado como sordo que emitía
mi polla, y que sólo yo oía. Inma se tumbó en el suelo, y su hija se colocó
encima. Si no fuera porque aquella era la postura del sesenta y nueve, y por lo
que me acababa de confesar Evelina, no me creería lo que vi, y de lo que a
continuación fui testigo. Los dedos de Evelina habían abierto los labios
vaginales de Inma como un libro, y su lengua se abría paso por su vulva, hasta
llegar justo a su clítoris. Lo lamía con una presteza que me dejaba
boquiabierto, mientras mi hermana se deshacía en una serie de quejidos
ininteligibles, que sólo anunciaban la cantidad de placer que estaba recibiendo.
La mezcla de flujo del coño de mi hermana, y de la saliva de su hija, hacía que
aquello fuese prácticamente un chapoteo. Pero Evelina también estaba recibiendo
exactamente lo mismo que le estaba dando a su madre. La postura de mi sobrina
facilitaba sobremanera las maniobras de mi hermana. Así que el coñito de la
chiquilla reposaba justo en la boca de la otra. Inma lo lamía desde el ano,
entre las nalgas, hasta el mismo clítoris, donde se entretenía dándole el mismo
placer que recibía. De vez en cuando la lengua de la madre se perdía en la
profundidad del chocho de la hija, pero enseguida volvía al botón mágico, para
llenarla de gozo; y los gemidos de Evelina eran mucho más evidentes que los de
su madre. No tardaron en correrse las dos. Primero lo hizo la más joven, entre
grititos incontrolados, después quien yacía debajo, ahogando su alarido de
placer en el propio sexo de su hija. Tras unos segundos, las dos mujeres
recobraban el aliento.
—Te ha gustado hermano, ¿eh? –Preguntaba triunfante
Inma–.
Yo permanecí mudo.
—Pues esto es lo que tendrás al haber accedido a
compartir tu vida con nosotras, Santi. Las dos te queremos mucho –añadió
Evelina–.
Y yo seguía sin saber qué decir. ¿Qué podía decir?
Tenía lo que cualquier hombre puede soñar en lo más imposible de que se haga
realidad. Ambas mujeres se habían acercado a mí; y, después de darme un beso con
lengua cada una de ellas, me acariciaron la polla y la volvieron a mamar
alternativamente. No, no había bajado de tamaño, pero ellas quisieron comprobar
que su dureza era la misma.
—Fóllame, tío, lléname el chochito con tu enorme
polla, hazme ver las estrellas, hazme correr con esa verga que es la locura de
mis fantasías –me pidió mi sobrina, con una audacia que ya no me sorprendía,
pero sí me llenaba de deseo–.
Evelina se tumbó en el suelo, y yo me coloqué
encima de ella. Sentí la mano de mi hermana, que me así el cipote y lo guiaba a
la entrada de la vagina de su hija. Yo empujé y el miembro resbaló hasta lo más
hondo: toda ella era flujo. Bombeé con fuerza, embistiéndola casi, mientras ella
aullaba.
—Así, tío, así, con furia, ¡cógeme con todas tus
ganas! –Pedía mi sobrina–.
Y, por supuesto, yo no me hacía de rogar. La seguía
arremetiendo casi con todas mis fuerzas. Hasta que Sentí que se convulsionaba y
de nuevo un orgasmo la recorría entera.
— ¡Me vengo tío! –gritó triunfal–.
Inmediatamente fijé mi vista en el rostro de mi
hermana. Se sentía deseosa y orgullosa a la vez. Sabía que ahora era su turno.
—Te excita que te llame tío, mientras cogemos,
¿verdad, Santi? –Inquiría ella con sapiencia, sabiendo la respuesta antes de que
yo la dijera. Y lo que realmente yo adivinaba era que ella quería oírla de mis
labios–.
—Me pone a mil que me llames tío mientras me follo
a mi sobrina –dije, sin más, accediendo a sus deseos–.
Extraje el miembro del sexo de Evelina y me tumbé a
su lado. Yo aún estaba erecto, pero sabía que debía dejarlas a ellas hacer.
Inmediatamente, Sentí cómo mi hermana me asía la polla, y se la clavaba en su
coño, comenzando una cabalgada gloriosa. Nuestros gritos se mezclaban, y Evelina
acariciaba ambos cuerpos alternativamente. Hasta que sucedió lo inevitable. Inma
empezó a convulsionarse sobre mí, mientras sus gritos se parecían ya a un
alarido. Todos supimos que estaba a punto de correrse.
— ¡Me corro, hermano! –Gritó, antes de que una
oleada de placer indescriptible, recorriese su médula espinal, haciéndola
venirse en un espectacular orgasmo, aún con sus últimos golpes de su pelvis.
—A mí no me queda mucho, anuncié, mientras mi
hermana ya había detenido sus movimientos, y recuperaba el hálito–.
Con presteza, Inma se separó de mí y las bocas de
ambas mujeres, se precipitaron a mi polla, a punto de ebullición. Noté sus
lenguas a la vez sobre mi glande, llenándose ambas de la secreción de mi
hermana, Y sólo con las caricias de sus lenguas sobre mi capullo me conducían al
orgasmo más intenso que hasta ese instante jamás sintiera. Y grité, claro que
grité. Aquello era mucho placer.
— ¡Joder, me corro!
Mi esperma no saltó. Lo habían hecho tan bien, tan
despacito cuando me estaba corriendo, que resbaló desde la cabeza por todo el
tronco. Y sus lenguas lo recogían, y lo saboreaban llenas de una satisfacción
impresionante. Y siguieron lamiendo hasta que no hubo el más mínimo rastro de mi
semen. Los labios de ambas estaban impregnados de mi sustancia; y, ante mi
mirada, las dos se besaron compartiendo lo que acababa de eyacular. Así
estuvieron unos segundos, mezclando mi corrida con su saliva. Aquello había sido
magistral.
—Te dijimos que te sacaríamos hasta la última gota
de tu leche. Y así lo haremos cada vez que te corras: bien las dos a la vez, o
bien una por una –me habló Evelina todavía con restos en su barbilla, llena de
satisfacción al comprobar todo el placer que sabían proporcionarme ambas–.
—Y, creedme si os digo que para mí será lo mejor
que pueda recibir de vosotras sexualmente –confesé–.
—Los tres sabemos lo que nos gusta, los tres nos
daremos lo que nos gusta. Estaremos llenos en todos los aspectos que pueda
necesitar llenarse una persona. Y eso será lo más hermoso de todo –habló
sabiamente mi hermana, también manchada aún de mi sustancia–.
Y ya no dijimos más. Nos duchamos, nos cambiamos, e
Inma manejó el auto hasta el hogar. Un hogar que en esas vacaciones no sabía que
sería mío (y nada menos que con dos expertas mujeres en él); pero que ahora
sentía como propio. Y me quedé, muchos años. Me ausentaba porque mis negocios
así me lo requerían, pero aquél siguió siendo mi nido. Aún hoy, que ni mi
hermana ni yo (por la edad, después de tantos años pasados), tenemos la misma
apetencia sexual, sigo siendo feliz en mi residencia. ¡Claro que aún seguimos
haciendo el amor! (no tan a menudo como las primeras veces), y seguimos
llenándonos de placer. Evelina continúa compartiendo el amor y el sexo con
nosotros, pero ella tiene que buscar fuera lo que no podemos darle ya nosotros
para satisfacer su enorme deseo. No nos importa, porque nuestro único afán es
que ella siga estando llena en todos los aspectos que un ser humano pueda estar
lleno. Afuera sólo quiere calmar su deseo sexual que no podemos completar
nosotros (de mujer o de hombre, según se dé): todo el amor que puede necesitar
lo tiene aquí.