Heterosexual
El calor del agua me iba quitando el cansancio. Los distintos
chorros de la ducha golpeaban finamente mis músculos desaflojando la fuerte
contracción que habían adquirido durante el ejercicio. Mi cuerpo humeaba
agradecido del descanso y la suavidad del gel reparaba mi piel del sudor ácido.
Apartaba de mi cara todos los borbotones que caían sobre mis ojos y en la ducha
de enfrente entraba Javier. Como empleado del gimnasio hacía buen uso de él así
como de las clientas que lo frecuentaban al menos era lo que se oía de palabra
entre los hombres asiduos a éste. Tal vez por eso ahora se ven más chicas que
antaño. No. No estaba mal el chico. ¿Cuántos años?. Entre 23 y 25 calculo. Desde
luego menos que yo. ¿Cuántos le sacaré? 7, 8. Como mucho nueve. Bueno. A ver
como llega él cuando alcance mi edad. Lo que si me doy cuenta es que no tiene
ninguna marca. Tal vez tome rayos para borrar la blanca piel cubierta por el
bañador. El caso de no percibir ningún contraste en el color de su culo me
resultaba atractivo en un vestuario en el que el factor común de todos era
vernos esa franja blanca en medio de la cual se ensortijaba una despeinada mata
de pelo fuerte y negro. Pero…¿qué hacía yo pensando en eso?. Por Dios!!! Yo soy
un heterosexual empedernido. Me gustan las mujeres demasiado como para estar
pensando ahora en inmaculados culos varoniles. Me evadí como pude durante unos
instantes de tan increíbles pensamientos, lo suficiente como para acabar la
ducha y envolverme en la toalla para cambiarme en los vestuarios. Sentado en el
banco de madera me doblaba el resentido espinazo para terminar de darme la
lazada de los zapatos. Suerte que he venido un poco antes pues ahora está
abarrotado y tenemos que hacernos sitio juntando nuestras bolsas. Cuando levanto
mi cabeza me sorprendo con la visión de Javier a mi lado terminando de secar
"sus partes". Quiero apartar la mirada de él pero tengo curiosidad en
observarle. Su abdomen entablado brillaba al reflejo del fluorescente como
engaño de su bronceado que no se perdía en su cintura. Su vello comenzaba al
unísono en una imaginaria línea depilatoria y su tamaño era extrañamente corto
por lo que supuse que se recortaba el vello. Aquello me parecía bonito.
Estéticamente cuidado.
Este hombre con las chicas tiene que ser un auténtico
profesional si cuida así su cuerpo ¿qué no las hará en la cama? Fijándome
detenidamente y a riesgo de parecer entrometido advertí que su pene también
había sido objeto de una rasura pues no asomaba pelo hasta bien entroncado con
el vientre. Parecía así que su rabo era más largo de lo normal. Eso me excitó.
Me excitó a mí. Yo. Un hombre que todas las noches piensa en sinuosidades antes
de dormirse. El prototipo de machito. Un agnóstico de lo gay. Verle enfundado en
sus boxer me hizo salir de allí con más rapidez de lo habitual.
Por la noche penetré con rabia varonil a mi mujer. Sin
embargo no lo hacía con mi polla, sino con la limpia y bronceada picha de
Javier, empujaba con la fuerza del culo de Javier y endurecía los vaivenes con
los abdominales de Javier, quería follar como Javier hacerme sentir como un
imponente Javier en el altar del sexo y sacar de mi mujer un abrazo agradecido
antes de quedarse dormida. Con la impronta del orgasmo todavía en el glande y un
poco salvaje me levanté para limpiarme. Frente al espejo me estiraba con los
dedos la pelambrera que escoltaba mis testículos. Cerré la puerta del baño,
comprobé el filo de las tijeras y según mi entender comencé a recortar los rizos
del vello. Embadurné el pene de crema de afeitar y suavemente fui pasando las
cuchillas a la vez que la piel se iba estirando como grande se hacía el medidor
de mi excitación. La acidez de mi sangre viraba el tornasol de la espuma en
rayas rojas, como arañazos de pintura carmesí. No me dolía. En la ducha retiré
los restos con el ansia de contemplar el tamaño de la masacre y cuando salí de
nuevo al cristal de las sales de plata me dí cuenta de lo infantil de mi imagen
y me invadió un sentimiento de vergüenza, de miedo a que alguien se diera cuenta
de lo que había hecho. No eran muchos los cortes, pero ahora sí resultaban
molestos y su escozor reavivaba la carne de mi pito. La crema hidratante
refrescó lo suficiente como para enfundarme el pantalón del pijama rebuscado a
tientas para que la oscuridad retuviera el sueño de mi mujer y animara al mío a
entrar. Mañana es sábado y podré quedarme algo más en la cama.
El placer me despertó al igual que la lengua de mi mujer
perfilando mi oreja. Su mano había vencido la goma del pantalón y jugaba a
enroscar mi pene. ¿qué me hiciste anoche salvaje? Hacía tiempo que no me dejabas
rendida.
Noté como intentaba enhebrar con sus dedos el invisible
vello. Como si se lo imaginara pasó su mano alrededor de mi piel, sus yemas
acariciaron el escroto y su lengua inició un camino descendente a través de mi
pecho hasta el ombligo. Al momento me di cuenta de que lo iba a ver. Me entró
miedo que pensara demasiado sobre eso, que no le gustara. Esos juegos no solían
ir con ella. Con la luz de la mañana bajó los pantalones y sé que se detuvo a
contemplar lo que esperaba.
¿te escuece?. Preguntó sin ningún tipo de acento en su voz. –
Se ve limpia.
No era frecuente que lo hiciera. Pero cuando se atrevía lo
hacía con cuidada atención. Con esmero de protocolo. Con estudiada programación.
Veía como se la introducía en la boca y resbalaba por sus labios hasta aparecer
de nuevo en toda su extensión. Mi mano alcanzó su culo y descendió hasta su
vagina cayendo un dedo en ella como succionado por un montón de líquidos que de
ella salían. Estaba muy excitada, la visión adolescente de mi pubis la había
descontrolado y para mí era una oportunidad de que alcanzara de nuevo la locura.
La masturbé hasta que me montó. Cabalgaba sobre unas ascuas hasta que el fuego
interior la quemaba en su útero y paraba para desplomarse cuando recibía el
frescor del orgasmo. No solía gemir ni suspirar, pero los quejidos y las
respiraciones entrecortadas la dominaban como pocas veces la había sentido.
Cambiamos de posición y descargué mi felicidad dentro de ella intentando que
sintiera cada descarga seminal. Cuando nuestra respiración se calmó y el ritmo
nos permitía hablar nos metimos en la cabina de la ducha y mientras ella
enjabonaba mi pito me dijo
Me gusta.
Pero ¡¡¡que heterosexual soy!!!. Mi conciencia de macho se
auto elevó durante los días en los que duró el recuerdo de ese fin de semana.
Cada día parecía que necesitaba más sexo femenino. Mi polla de tío quería sexo.
Sexo heterosexual. Dar sexo.
En el gimnasio no me daba reparo que en mi desnudez alguien
se detuviera en su mirada sobre mi aparato. Es más. Erotizaba más mi ego. Sabía
que Javier también había reparado en el cambio de mi "look" púbero y ahora me
sentía igual que él. Igual de dominador. A la par de macho. Empatados en
seducción.
Los miércoles, en la piscina del gimnasio solemos jugar un
pequeño partido de waterpolo. En el reparto de jugadores advertí que Javier iba
a ser uno de los contrincantes, así que también podría medirme físicamente con
él. Hice lo posible para que poco a poco en los emparejamientos para atacar y
defender fuera mi rival. Las aguadillas, marrullerías, agarrones eran comunes,
pero después de varias maniobras defensivas por su parte me di cuenta que pasaba
asiduamente su mano por mi paquete, por mi pene. Me agarraba el glúteo con su
larga manaza. Eso me turbaba en exceso y me desorientaba en el juego. Llegué a
sentir su mano dentro del bañador. Tras el partidillo unos cuantos con tiempo,
nos metimos en la sauna. De los que quedábamos enseguida fueron desapareciendo
hasta que mi nerviosismo advirtió que Javier y yo éramos los únicos inquilinos
de ese abrasante cuarto. Desnudos y en silencio podíamos contemplarnos el uno
enfrente del otro. Con la espalda apoyada en la madera de la pared y la cabeza
hacia atrás cerraba los ojos para sentir el calor en mi cuerpo sin que me
agobiara el ardor de la sauna. Con los ojos entreabiertos miré a Javier. Los
cerré rápidamente. Más lentamente volví a abrir uno y lo que había visto se
confirmó. Javier miraba mi falo en todo su detalle. Sin cortarse. Sin tener
miedo a que abriera los ojos y le inquiriese con la mirada una actitud
desaprobadora. Con lentitud registraba la imagen de mis gónadas en su retina.
Sin perturbarse. Ahora el incómodo era yo. Me sentía mirado por un chico.
Pero…¿de qué manera?. En mi fingimiento observé que su mano acariciaba su poya,
mas que su mano la yema de su dedo índice. En mi cabeza de machito algo ocurrió.
Sentí que algo quería de mí y que yo algo necesitaba de él. Un pensamiento
turbador. Mis hormonas varoniles rechazaban al instante semejante situación. La
sola idea de sentirme abrazado por un chico me daba repelús. Por el contrario mi
sexualidad de macho empezaba a zozobrar ante la sensación de que esa mano grande
y fuerte abrazara mi tranca en henchida posición. Estos pensamientos
reaccionaron en mi pene, que ante su vista y a pequeños empujones se quería
desperezar sin ninguna aprobación por mi parte. Creo que lo advirtió Javier ya
que su rabo se dilataba también sin que opusiera resistencia. Algo irracional en
mi sesuda cabeza hizo que separara un poco los muslos de las piernas y mi poya
cayó para descansar en el tablero del banco. Como si fuera una señal el falo de
Javier se expandió, su piel se quedó atrás para enseñar el glande rojo furioso
de sexo, que no hacía nada por impedirlo en un nuevo arrebato de promiscuidad.
Del orificio final de mi pene asomaba una gota de dulce lujuria, señal de que
prestaba a un juego sexual no consentido por mi educación ni mi estado social,
pero sí reclamado por mi apetito al querer probar algo que durante toda mi vida
me había parecido aberrante. ¿Cómo podía ahora poder sentirme atraído a juegos
sexuales con otro hombre? Si seguía ahí no iba a poder parar el incremento
correlativo entre mi intención, mi excitación y mi pene, así que decidí abrir
los ojos mirar a Javier con la indiferencia de un recién llegado y recordar el
partido de tal manera que se borrara de mi mente estos minutos anteriores que no
correspondían para nada a mi vida de hombre-hombre. No sin cierta ironía
mientras ahora sí él disimulaba su mediada erección, le recordé lo bien que
defendía al hombre pero puliera un poco más esa defensa tan "cercana". Salí
después de un "hasta la próxima", me duché rápidamente y mientras me vestía como
último usuario del gimnasio le sentí meterse en la ducha. No lo pude aguantar y
como si quisiera confirmar la excitación que en él había provocado
subrepticiamente miré. Miré y lo vi. Lo observé bombeándose el pene en toda su
longitud con un fragor demasiado enérgico para una paja, con unas ganas de
eyacular desde lo más interno de sus genitales. Sigilosamente amparado por el
ruido de la ducha abandoné el gimnasio con las ganas de saber si mientras
agarraba con furia su afeitado pene era mi imagen la que retenía en su deseo de
correrse.
Mi empalme también necesitaba alivio, mas al llegar a casa y
encontrarla vacía recordé que mi preciosa mujer tenía guardia y pasaría la noche
solo. Me desnudé de nuevo y me dirigía a baño. Liso y brillante se encaramaba mi
pene hasta casi besar el ombligo. De abajo hacia arriba pasaba los dedos de mi
mano para arrastrar el placer hasta la punta. Recogí crema en la palma de mi
mano y la dejaba caer en gotas sobre la pared del pene que resbalaban siguiendo
el mismo camino que las venas que en ese momento no daban abasto para irrigar
toda la excitación de la que estaba inflado todo el tejido. Mi mano resbalaba
por el tallo de mi sexo, sintiendo la frialdad de la crema convertirse en auto
gusto. Mis huevos también eran nutridos con los enriquecedores nutrientes de la
soja y mi mano se escapó hasta el borde del ano. Subió y volvió a bajar. Varias
veces llegó a tocar el borde del esfínter y tímidamente rehuí de hacerlo. El
anular, el más valiente, secuestró para su uso una porción de crema y descendió
decidido entre mis piernas para pintar de blanco el borde de mi ano. Suavemente.
No me imaginaba que diera tanto gozo. Quería más. La caricia digital reclamaba
más crema ante su sequedad y mi dedo se hundió dentro de mí con cierta
vehemencia. Primero tímido, acostumbrándose al espacio, luego curioso tocando a
oscuras las blandas paredes y luego profundizando para querer reconocer hasta
donde llegaba ese placer. La otra mano apretaba con más fuerza mi palo de forma
desordenada. A veces se escapaba por la crema y mi excitación. Me arrodillé y
pegué mi frente contra el suelo. Separé algo más las piernas y presioné fuerte
para introducir otro dedo. Me costó pero lo hice y ahora se movían dentro
bailando juntos al mismo palo que mi mano alrededor del pene. El placer casi me
hacía gemir, mi poya estaba dura, dura y quería introducir otro dedo más.
Aquello no era dolor. Una molestia placentera que físicamente era rechazada pero
psicológicamente se forzaba en realizarla. No llegué a introducirlo. A través de
mi culo, siguió por la entrepierna, se acumuló en mis huevos y salió disparada
por mi pene todo el semen que tenía. Desde el mismo ano era bombeado. ¡¡¡Que
orgasmo!!! Agotador. Sin nada que echar la punta de mi enrojecido falo
continuaba palpitando de placer. Agarrándomela seguía con la cara estampada
contra el suelo y los dedos dentro de mí, al tanto que sentía gotas de mi semen
deslizarse por mis muslos. Mis dedos salieron expulsados del esfínter despechado
por no haber recibido más placer. Un poco aturdido me levanté y abrí el grifo
para lavarme cuando me miré en el espejo, me sentí un poco arruinado en mi ego.
Algo así como haber perdido la virginidad después de tanto tiempo de una forma
depravada, algo siniestra que debía ser ocultada y olvidada. Me fui a la cama
sin ganas siquiera de ponerme el pijama.
A media noche, me desperté un poco molesto. El culo dicho en
directo, estaba como irritado. Me levanté a mear tan dormido que me senté en la
taza. Mientras miccionaba el esfínter reclamaba mayor atención así que cogí
papel y lo pasé por él recogiendo como comprobé más tarde restos de sangre. Tal
fue el ímpetu que sin quererlo me desgarré un poco el año en mi colérica
autopenetración. Peor que si hubiera perdido mi honra, yo, el paradigma del
deseo femenino había estado presa de un arrebato sexual claramente homosexual,
mas…¿soy heterosexual? Si, me gustan las mujeres, pero…¿por qué Javier me había
excitado tanto? O acaso ¿me había excitado al ver como le excitaba yo a él?
¿Quién empezó? Debería dedicarme más a mi chica para calmar
un poco ese fulgor que mis gónadas me reclamaban en cuanto algo de sexo rezumaba
a mi alrededor, sin saber distinguir del bueno y del malo. Si no sabía
distinguir ¿sería heterosexual 100x100?. De todas maneras estaba haciendo un
mundo de una experiencia nueva que nada había tenido que ver compartirla con
otro chico, así que homosexual no soy o de eso quiero convencerme para ir a la
cama y dormir de nuevo mi cansancio aunque el ardor del ano se empeñe en
recordar que esa noche sí que ha existido.
Los horarios, los turnos y las no coincidencias fueron
capaces de que el tiempo no nos juntara de nuevo en el gimnasio. El olvido y la
relación con mi mujer fueron tapando esa "falta" en mi mente de machote. Que
ironía. Yo, que mis comentarios casi despectivos a todo aquel que compartía
relaciones con su mismo sexo obtuve un tremendo placer comprobando juegos que
siempre había reprobado.
Como miércoles que era, estábamos sentados al borde de la
piscina esperando a reunirnos para empezar el partidillo. Le vi llegar y lo
primero que hice fue reparar en su bañador slip ajustado que le hacía marcar un
sexo que yo sabía que no existía. Tras saludarnos he intentar por mi parte que
no aflorara en mí ningún atisbo de malestar nos metimos de nuevo a la piscina.
No llegó gente suficiente y decidimos jugar un dos contra dos. El azar nos
enfrentó de nuevo y de vez en cuando nuestras miradas se cruzaban. Se encontraba
detrás de mí cuando pegado a mi oreja me dijo
- He
depurado mi defensa
-
¿Qué? Contesté al no entenderle del todo bien
- Que
he pulido mi defensa. Me grito al oído mientras por detrás me agarraba
del bañador para hundirme en el agua.
¿Quería pelea? Pues tendría pelea. El cuerpo a cuerpo, se
hizo piel a piel, roce a roce. Si él me agarraba las nalgas yo metía mi mano
entre su bañador y los glúteos, deslizándola lo suficiente como para que se
diese cuenta que no era una artimaña más. Me rozaba el bañador por delante o se
pegaba a mí casi refrotándose en mi cuerpo. Noté todo su miembro pegado detrás,
rozando mi cadera. El juego le había excitado de nuevo y aquel minibañador no
era capaz de mantener a raya su pene. Enseguida, o por lo menos eso me pareció,
acabó el partido. Él no podía abandonar el agua así de modo que mientras el
resto salía del agua dijo que aprovechaba que había poca gente para relajarse en
el agua. Yo me quedé como él dentro del agua tibia y mi corazón saltaba por ver
si intentaba algo. Tras unos largos se acercó hasta donde me encontraba
descansando. Nos pusimos a conversar, hablaba algo de él, mientras sus manos
gesticulaban y cuando una de ellas paraba me rozaba le abdomen o se paraba en mi
cadera. Como una excusa, preparaba el camino, tentaba donde podía y donde no
podía poner la mano, buscaba algún indicio que le indicara en qué momento tenía
que parar o si tenía camino libre para seguir pero…¿hasta donde?. Mi corazón se
aceleraba un poco más, cuanto más atrevidas eran sus caricias. Su dedo llegó a
acariciarme sobre el elástico de mi bañador olímpico y mi tripa sufrió un
estertor. De esto estoy seguro que se dio cuenta, pues se le escapó una sonrisa
y paró la conversación en un punto en el que luego no nos acordábamos donde
seguía. No quería darle ninguna facilidad, pero tampoco deseaba que parara esa
manera de provocarme, liarme, erotizarme, de ligarme.
Estábamos demasiado expuestos a las sonrisas de algún
inoportuno visitante, de modo que decidimos seguir hablando mientras cenábamos
algo. Me duchaba de nuevo pensando en lo que estaba haciendo. ¿Estás loco? Para
que le das tanto pié. Deberías cortarle ya o puede que el propio sexo te
arrastre, pero…¡¡¡es excitante!!!
-Te tomo prestado el gel. – No había acabado de escuchar
estas palabras cuando ya estaba Javier agachado recogiendo el envase de gel de
mis pies. Me volví un poco y mi pene quedó a centímetros de la altura de sus
ojos. Se incorporó lentamente. Con su nariz casi me rozó y sentí como si me
hubiera olido. Pasó una mano por mi nalga y se marchó.
¡¡¡Dios que nervios!!! Parecía sentirme como una quinceañera
en el juego de un novio que la prepara para una noche delicada. Su mirada tan
cerca de mi miembro me había descompuesto y eso también me calentaba, lo mismo
que sentir que mi poya se agrandaba al recordarlo.
Después de picar algo en un pequeño restaurante, tomamos una
copa. Nuestra conversación no deparaba nada interesante hasta que me preguntó
que qué iba a hacer.
Lo tenía muy claro. Pistas no le iba a dar. Mi mujer tenía
unos días y se había marchado a visitar a sus padres así que me daba igual pues
estaba solo en casa. Me llevó en su coche hasta casa y estaba dispuesto a
dejarle marchar sin insinuarle nada mas mi mente no me dejaba de preguntar sobre
lo que pasaría si subía ese chico a mi casa. Le invité a una cerveza. Aparcamos
y subimos. No había bebido mucho pero como excusa no estaba mal, cuando me
preguntó si podía quedarse a dormir pues las copas le habían mareado un poco y
no quería conducir en ese estado. Llegado el momento, le mostré su dormitorio y
haciendo de tripas corazón le dije que descansara y hasta mañana.
Me desnudé y me tendí en la cama. Tampoco era muy tarde y con
los nervios el sueño no era capaz ni de rondarme. Cualquier sonido me alteraba
con el pensamiento de que pudiera atreverse a venir a mi cuarto. Sin embargo lo
deseaba, llegado ya el momento lo quería, hasta lo necesitaba lo requería, para
mí era una necesidad que me tuviera. A mí. El rompecorazones de las jovencitas,
al seductor de mi mujer, al idolatrada marido de sus compañeras, al hombre que
la satisfacía, al dandi que renegaba de lo gay, ahora, esos momentos estaba
tumbado con el corazón en un puño esperando que otro hombre le pueda acariciar.
Mi corazón se rompía cuando sentí su puerta correrse y una pisadas acercarse al
dintel de mi dormitorio.
Oí su respiración agitada y en la penumbra avanzar hasta mi
cama. Sin decir nada se sentó en ella esperando que yo saltase sorprendido. Mi
mudez de dio ánimos y se acostó a mi lado. Nuestros brazos se pegaban pero
ninguno hacía ademán de moverse. Carraspeos de garganta, pequeños resoplidos,
agitación contenida de un desea que no se demostrase en ninguno. Los dos éramos
demasiado "machos" como para admitir que alguno de los dos empezara un ritual de
sexo. Varió de posición y se recostó un poco sobre su lado derecho y una mano
pesada y larga cayo sobre mi pecho. Yo no me moví. Tras unos segundos en los que
ambos habíamos paralizado todas nuestras conexiones algo imperceptible pero
sumamente delicado se movió sobre mi piel. 20 segundos más y de nuevo su dedo
volvió a moverse en forma de bosquejo de caricia. 10 segundos y de nuevo, 5, 3,
1 y el movimiento era continuo. Mi quietud le daba permiso. Su mano buscó mi
pezón que se erguía buscando su tacto. Debía notar mi pecho lo mismo que yo
notaba su respiración. Un bum-bum que se me salí del tórax, para enviar
borbotones de sangra a mi cabeza que no hacía mas que implorar que ahora no se
parase. Mi mano derecha sucumbió ante tanta excitación y buscó el apoyo de su
cadera. La sentí cálida y fina, al igual que la de una chica, distinta en su
robustez pero acogedora. Agarró mi mano y se la llevó a su miembro que lo sentí
duro. Me enseñaba con su propia mano a recorrerlo, los dos juntos repasábamos la
longitud de su aparato macizo. Caliente y fuerte. De un tacto distinto al mío y
una tersura diferente. Le acaricié el glande y lo sentí húmedo, muy resbaladizo.
Las gotas lubricantes habían salido de su interior y agarrando su poya por
arriba la bajé con cuidado pero apretando dejando que la piel liberara un
imaginario capullo rojo de excitación. Eso le estremeció bastante pues se dobló
un poco
Por lo que continué en un rítmico vaivén de insoportable
lentitud. Su boca encontró mi pecho, su lengua mi abdomen y su mano ascendió
hasta acaparar en su cuenco mis testículos a los que abandonó enseguida para
recoger mi pene que se ahogaba dentro de sí mismo. Sentir su enorme mano sobre
ella, sus largos dedos entrelazarse a su alrededor en definitiva sentirla llena
de su mano la hacía palpitar de miedo ante lo que pudiera hacerla. Un leve
masaje la humedeció. La preparó para bajar sus labios hasta su punta y rozarla
mínimamente con su lengua. Me pareció irme. Me abandoné para él y que me
disfrutara como él quisiera. Sus labios la besaron y de nuevo su lengua la
saboreó. El aire se negaba a entrar en mis pulmones o al menos todo el aire que
necesitaba para ahogar los gemidos que hubieran salido de mi garganta al
percibir sus labios alrededor de mi pene, aferrarse a él y sacarlo sin querer
abandonarlo. El tuétano se me diluía por dentro queriendo llegar a su boca a
través de mi empalmado conducto. A cada embestida de sus labios o de su lengua
que golpeaba el glande me parecía correrme del placer y mi mano tampoco se había
separado de su verga, la cual parecía no aguantar más tanta agitación. Levantó
mis rodillas dejándolas flexionadas para que la mano que acariciaba mis
testículos bajase hasta los pliegues del ano. Al sentirlo me estremecí y quería
decirle que no, mas al sentir como sus dedos lo acariciaban el placer aplacó el
miedo y un dedo entró, después otro y ambos acariciaban mi próstata. Ninguna
mujer me había tratado así. Ninguna de mis relaciones heterosexuales me había
dado lo que Javier me estaba regalando en la dicotomía de seguir disfrutando
para siempre de su boca y sus dedos o implorar que terminara de una vez conmigo,
apreté fuertemente el esfínter atrapando sus dedos dentro de mí y dejé salir el
mayor orgasmo que hasta entonces había tenido. No dejaban de recorrerme
electrizantes oleadas de placer cuyo clímax me hizo encorvarme sin que él
separara su boca de mi pene. Entre el jadeo de mi respiración y pequeños
espasmos interiores de mi culo Javier abandonó mi mustio falo y me abrazó
fuertemente. Se acercó a mi oído y me susurró:
- ¿Serás capaz de hacerme tu lo mismo?.
¿Yo? Yo un heterosexual que le dan asco las manifestaciones
gays donde sin inhibiciones se besan unos a otros. Yo, un hombre que presume de
haberse acostado con dos chicas distintas el mismo día ¿dar gusto a un tío? Un
tío que me ha sacado el mayor placer de mi vida, un tío que me ha hecho
retorcerme por no poder aguantar tan gran orgasmo, un tío que ha explorado mi
más varonil de mis esfínteres. Yo. ¿Cómo iba yo a dar placer a un chico si yo
soy tío?
Mi lengua bajaba poco a poco por el centro de su tripa. Mi
barbilla rozaba su pene y toda mi heterosexualidad estaba a punto de besar el
sexo de Javier.
A los que lo han probado.
A los que no lo han probado
A los que quieren probarlo
A los que no lo probarán nunca
A los que han tenido que dejar de probarlo
A los que lo terminarán probando