En la oscuridad escucho los chillidos de agonía. Estoy
desnudo y he sido depilado por unas monjas que ocultaban su cuerpo entre enormes
telas y que hablaban entre susurros, como los demonios. Lo único que ha quedado
de pelo en mi cuerpo es mi melena rizada, negra como el azabache: mi polla
aparece completamente descubierta y puedo notar la piel de mi pubis lijosa,
erizada, igual que la de mis axilas.
No puedo cubrirme: tengo las manos encadenadas a la espalda.
Mis pasos son cortos: los pies también me los han encadenado. He escuchado a los
cruzados: dicen, entre risas y también entre temblores, que voy a ser el nuevo
esclavo de la mujer del Inquisidor, el rey de los diablos cristianos.
Soy el hijo de un importante jeke poseedor de grandes tierras
en oriente, de miles de esclavos y animales y de riquezas inimaginables. Ahora
que ha sido asesinado, yo he pasado a ser propiedad de sus verdugos, los
monstruos, los infieles, y temo por mi destino y he llorado en secreto mi
suerte.
De guerrero de Alá he pasado a ser prisionero de una mujer
diabólica a la que espero de pie en una mazmorra decorada con imágenes de
orgías, de cuerpos desnudos. La veo entrar: es joven y alta, de rostro suave y
demoníaco, como los de los ángeles que los seguidores de la cruz pintan en sus
iglesias sacrílegas. Bajo su gigantesca sotana negra se adivina un cuerpo
poderoso, como el de las esclavas de Grecia, modelos de escultores, que mi padre
tenía. Ordena retirarse a los guardias y se queda sola conmigo en la estancia
sombría.
Comprueba inmisericorde mi calidad: con sus manos
extraordinariamente delicadas pero atenazadoras palpa mi cuerpo fornido de color
aceituna, un cuerpo extraordinariamente extraño en estas tierras occidentales de
mujeres y hombres blancos como la leche.
Primero introduce sus dedos en mi boca: toca mis dientes
perlados como si catase los de un caballo. Después recorre todo mi cuerpo:
palmea mis mejillas y sonríe malévolamente. Me habla en un idioma que no
comprendo y me lanza un tortazo de improviso. Mi pecho tiembla
extraordinariamente y mi estómago arde contra mi voluntad. Palpa mis pectorales
henchidos, morenos, y pellizca con fuerza y con suavidad, alternativamente, mis
pezones renegridos pero esponjosos. Desciende con sus dedos de araña a mi
barriga, que sube y baja al compás de mi respiración acelerada.
Es un golpe duro, y ella lo sabe: mi miembro se ha levantado
y permanece duro, enhiesto como una lanza, apuntándole. Demasiado pronto:
demasiado pronto ha sucumbido a la tentación un guerrero del desierto como yo,
y, por ello, me siento terriblemente desdichado y, también… excitado. Los
cristianos son, verdaderamente, diablos, y su magia está venciéndome y, lo peor,
es que me complace interiormente y me llena con su vértigo.
Dice algo más en su idioma de muerte y acaricia con las yemas
mi pubis escrupulosamente afeitado. La carne se me eriza todavía más: la del
pubis y la de la espalda, la de los brazos, la de las nalgas.
Puedo oler mi glande sudoroso desde aquí, y sé que ella
también lo huele y disfruta con su olor. Pasa un dedo, uno solo, por su rosada
punta y las cosquillas se vuelven intolerables. Agarra con cariño mi miembro
completo y mis venas se estrellan contra el envés de su mano, que se divierte
subiendo y bajando la piel, subiéndola y bajándola con una cadencia sinuosa e
insoportable. Lo suelta y comprueba mis huevos depilados: los acaricia y los
sopesa, y el sudor me cae ya a chorros por las sienes.
Sé que he sucumbido a la hechicería de mi ama (ya la estoy
llamando ama) cuando con gestos me ordena voltearme y… Yo lo hago sin rechistar.
Recorre mi espalda con sus manos y da palmadas en mis nalgas fuertes y prietas
de soldado joven. Me ordena, con una palmada más fuerte, que me incline, y yo lo
hago presto, servicial. Mi miembro está a punto de estallar.
Siendo un dedo entrar en mi ano rosado y volver a salir. Me
vuelve a dar otra palmada en la misma nalga y sé que he de levantarme y girarme
de nuevo hacia ella, que me sonríe y que me ordena agacharme y permanecer de
rodillas en el suelo.
Veo sus ropas caer poco a poco y unas piernas blancas y
redondeadas emerger en la oscuridad, piernas blancas sobre las que resbalan
líquidos que huelen con tanta fuerza como mi glande, que me escuece de puro
placer.
Me ordena levantar la vista y me sorprendo al comprobar lo
bella, lo esplendorosa y lo maldita que es mi ama desnuda.