Sofía se despertó con cargo de conciencia. Sin abrir los
ojos, repasó mentalmente los acontecimientos del día anterior. Había pasado la
mañana con Olga y Ramón en la piscina, ambas chicas totalmente desnudas. Luego,
por la tarde, había ensayado las poses sobre la plataforma, para después
exhibirse durante dos horas ante los invitados de sus dueños. Para terminar, Eva
y Olga le habían proporcionado un orgasmo indescriptible, y luego…
No quería ni pensar en ello, se sentía muy culpable ante su
marido. Odiaba reconocerlo, pero ser penetrada por Ramón no sólo no fue
desagradable; al final, y pese a su resistencia, su tierno conejito no había
podido aguantar y se había entregado al placer por segunda vez en la noche. ¿Qué
le estaba pasando? ¿acaso le gustaba su rol de esclava? ¿qué maléfico influjo
ejercía aquel extraño matrimonio sobre ella? En especial, recordar las manos de
Olga le producía un extraño desasosiego.
Antes de bajar a desayunar, decidió darse una ducha, estar un
buen rato bajo el agua caliente era algo que la relajaba y la ayudaba a pensar.
Entró en el cuarto de baño privado de su habitación, se desnudó y puso el agua
al máximo de calor.
Mientras estaba allí, bajo el chorro, tratando de relajarse,
iba enjabonando cada centímetro de su cuerpo meticulosamente: el cuello, los
hombros, la parte de atrás de las orejas… sostuvo sus pechos unos instantes,
estaban realmente firmes y bonitos durante el embarazo, esperaba que no se
quedasen luego fláccidos y caídos… Sin darse cuenta, sus dedos se estaban
entreteniendo ahora más de lo necesario en lavar su dulce vagina. Era una
agradable sensación sentir que su propio cuerpo le pertenecía, que, al menos en
ese momento, no estaba sujeta a las órdenes de nadie. Hacía mucho que no se
masturbaba, pensó mientras jugueteaba con su propio sexo. Podía hacerlo ahora,
ella misma sabía mejor que nadie lo que su cuerpo precisaba para alcanzar el
placer, se demostraría a sí misma que no necesitaba a Olga ni a sus hábiles
manos, ella sola era capaz de tener un orgasmo memorable, no digamos ya con
Miguel…
Durante diez minutos, la adorable muchacha se acarició bajo
el chorro de agua caliente, pensaba en su marido, en todas las deliciosas tardes
de sexo pasadas juntos. Sus dedos frotaban su clítoris casi con violencia,
entraban y salían de las húmedas paredes de su vagina sin desmayo, cada vez más
rápido. Por un instante, descolgó la ducha y dirigió el chorro directamente a su
sexo, mientras con la otra mano lo abría para que el impacto fuese más directo.
Volvió después a meter uno, dos, hasta tres dedos en su más íntima cavidad,
hasta que finalmente alcanzó un orgasmo… mediocre. Luego se echó a llorar:
aunque se odiase, Ramón le había dado más placer, y cualquier parecido entre su
masturbación reciente y la que le habían hecho Olga y Eva era pura coincidencia…
¡Dios, ¿qué le estaba pasando?!
Furiosa consigo misma, salió de la ducha y se cubrió con una
toalla. Cuando entró en el dormitorio, le aguardaba una sorpresa. Marta ya había
hecho su cama y ordenado la habitación, y ahora parecía estar haciendo la maleta
de Sofía.
-Vaya, no la había oído entrar (Sofía esperaba que el ruido
de la ducha hubiese impedido a la sirvienta oír lo que había estado haciendo).
-Disculpe, la señora me mandó ordenar su habitación la
primera.
-Y… ¿Por qué haces mi maleta?
-Son órdenes de la señora.
Por un momento, Sofía pensó que todo había terminado. Al fin,
Ramón había gozado de ella y era libre. No sabía si sentía alivio o decepción,
la asustó indagar en su interior. Afortunadamente, Olga entró en la habitación,
sin llamar, como entra el amo en casa del esclavo. Traía una amplia sonrisa
dibujada en la cara, estaba bellísima, con un vestido veraniego y una gorrita
que le favorecía mucho.
-Buenos días chiquilla, ¿has descansado bien?
-Sí… gracias. ¿Qué… qué significa esto? –contestó Sofía
señalado su maleta a medio hacer.
-A eso vengo, a contarte cómo están las cosas. Ramón y yo
estamos muy contentos contigo, estás participando en el juego de un modo
maravilloso, creo que esta semana va a ser algo memorable para todos. Viendo lo
bien que lo estás asimilando, creo que ya estás preparada para la segunda fase
de tu sometimiento. Por eso, Marta está guardando las cosas que de momento no
vas a necesitar.
-Pero… está guardando toda mi ropa…
-Claro querida –dijo Olga riendo- a partir de ahora, estarás
desnuda en todo momento, será algo muy agradable para nosotros, y seguro que tú
estás dispuesta a ese pequeño sacrificio para complacernos.
Sofía sintió que enrojecía violentamente. No sabía qué le
producía más pudor, que guardasen su ropa, pensar que iba a estar desnuda varios
días en aquella casa, o que Olga hablase todo ello delante de Marta. De algún
modo, la sirvienta la avergonzaba más que Ramón, Olga y sus invitados. Marta era
una especie de elemento extraño, le turbaba imaginar qué pensaría de ella, en
qué concepto la tendría.
Cuando la criada terminó de hacer la maleta, salió de la
habitación con ella en la mano. Desde ese momento y hasta que terminara aquella
semana, Sofía estaría completamente desnuda con sus nuevos dueños, a merced de
sus miradas y deseos. Una vez estuvieron solas, Olga extendió un brazo hacia
ella, sonriendo "¿me das tu toalla cariño? Tengo hambre, vamos a desayunar".
Dócilmente, Sofía se quitó la toalla y se la entregó a su
dueña. Después, totalmente desnuda, se dispuso a bajar junto a Olga las
escaleras, para reunirse con Ramón, que las esperaba hambriento. Mientras ambas
bajaban cogidas de la mano, Sofía se estremeció, indignada consigo misma: el
caminar en cueros estrechando su mano con la de Olga hacía que se sintiera
húmeda. Trató de pensar en Miguel, en su rostro noble y hermoso. Se propuso
sinceramente no dejarse llevar como la noche anterior, si aquellos dos locos
querían jugar con ella que jugasen, ella se dejaría hacer para salvar su
matrimonio, pero que no esperasen que volviera a disfrutar con sus asquerosas
ideas. Lo cierto es que estaba desesperada: no hubiera puesto la mano en el
fuego por sí misma.
Al igual que el día anterior, Sofía disfrutó de un excelente
apetito. Por increíble que parezca, consiguió olvidarse completamente de que
estaba deliciosamente desnuda junto a tres personas vestidas, desayunando como
si tal cosa, relajada y feliz. Marta había preparado un desayuno espectacular,
con tostadas, huevos duros, bollería y un excelente café que traían de Colombia
especialmente para Ramón.
Sus dueños se lo habían prometido el primer día y no habían
mentido: la trataban como a una reina, pendientes de cuanto pudiese necesitar y
cuidándola con esmero. Dejando de lado sus "obligaciones sexuales", el trato que
recibía era exquisito.
Cuando estaban terminando el desayuno, Marta entró corriendo
con el móvil de Sofía, que había guardado según las indicaciones de Olga "la
señorita tiene llamada desde Brasil".
Las mejillas de Sofía adquirieron un encantador tono rosado
¡después de tres días sin saber de él, al fin Miguel había podido llamarla! Casi
sin aliento, cogió el teléfono, mirando de reojo a sus acompañantes; Olga y
Ramón la miraban sonrientes y divertidos con la situación: ¡Sofía iba a tener
una conversación telefónica con su celosísimo marido mientras estaba sentada en
pelota picada con ellos! Aunque Miguel fuese su amigo, aquello era demasiado
jugoso como para que Ramón no lo disfrutara al máximo. Haciendo gala de una
indiscreción infinita, el malicioso matrimonio aguzó el oído y se dispuso a
escuchar.
-Cariño, ¿eres tú? ¿cómo estás?
-...
-Yo muy bien... sí... sí... me cuidan muy bien. No te
preocupes...
-...
-Se oye muy lejos... claro, claro que te echo de menos.
-...
-Pues ahora... nos pillas desayunando... supongo que ahora
iremos a la piscina... claro, (Sofía estaba coloradísima, apenas podía hablar, y
sintió que se atragantaba cuando llegó al final de la frase). Sí cariño, llevo
ese bañador premamá que tanto te gusta... sí, a Olga le ha encantado... elegiste
muy bien...
-...
-Yo también estoy deseando verte, un beso muy grande...
vuelve a llamar cuando puedas.
Sintió un gran alivio cuando al fin colgó el teléfono, y una
gran lástima por Miguel. Deseó que nunca llegara a saber que no llevaba el
bañador que con tanto amor él le había regalado. Lo cierto era que no llevaba
NINGÚN bañador puesto. Olga y Ramón a duras penas podían disimular su sonrisa, y
la joven experimentó de nuevo odio hacia ellos y ternura hacia Miguel "mejor
–pensó- no debo olvidar que ellos son mis enemigos".
"Bien, creo que podemos descansar un rato en la piscina, es
lo más indicado para Sofía" dijo Olga "como tú ya estás lista –añadió con una
sonrisa pícara- adelántate y espéranos allí, mientras nosotros subimos a
cambiarnos".
Así pues, la joven se dirigió en solitario a la piscina,
quería tumbarse en la hamaca y aprovechar al máximo el tiempo que sus dueños le
concedieran para estar sola. La conversación con Miguel la había dejado
melancólica, no podía evitar sentirse culpable. Cierto que hacía aquello por él,
por salvar su amor y evitarle disgustos, pero aquel orgasmo infinito con Olga la
noche anterior alteraba sus nervios. ¡Qué despreciable se sentía! Correrse de
aquel modo delante de cuatro obsesos sexuales, como si fuera una cualquiera...
Caminaba tan absorta en sus pensamientos, que tuvo un gran
sobresalto cuando, una voz que nunca había oído antes, le saludó con alegría
"buenos días, señorita".
Tapándose instintivamente los pechos con una mano y el sexo
con la otra, Sofía reculó, alarmada: frente a ella, un hombre de alrededor de 60
años, bajito, calvo, arrugado como una pasa y extremadamente feo, le sonreía con
gesto amistoso, al tiempo que recorría su desnudo cuerpo con una mirada
descarada.
Sin contestar a su saludo, Sofía dio media vuelta y se
dirigió a la casa tan rápido como le permitía su estado, mientras notaba la
mirada del extraño fija en sus nalgas. Cuando llegó encontró a Ramón y Olga
sentados todavía a la mesa del desayuno. Nada más ver la expresión de sus caras,
supo que lo que acababa de suceder no era ni mucho menos casual.
-¿Qué te sucede? –preguntó Olga- cualquiera diría que has
visto un fantasma.
-Hay... hay un hombre en la piscina – contestó Sofía sin
aliento.
-Ah –rió Ramón- no te asustes, es Federico, el marido de
Marta, ya se ha recuperado de su gripe y está limpiando un poco la piscina.
-No te preocupes por él –intervino Olga- es totalmente
inofensivo, y además es un hombre realmente simpático. Charla un rato con él,
enseguida nos reunimos contigo allí.
El tono en el que dijo esto no ofrecía lugar a dudas: sus
anfitriones querían que ella estuviese un rato a solas con Federico. Una nueva
vuelta de tuerca en su proceso de sometimiento. En silencio, la encantadora
muchacha dio la media vuelta y, totalmente desnuda, se encaminó a la piscina.
Federico, ataviado con un mono azul, seguía limpiando la
piscina. La joven pasó frente a él tan rápido como pudo y se tumbó en su hamaca,
cogiendo una revista y deseando que Ramón y Olga llegasen lo antes posible. Pero
era evidente que la idea de ellos era justo la contraria, los minutos pasaban y
la joven seguía a solas con el jardinero. Sofía estaba muy cohibida en cueros
ante aquel vejete. Buscaba con la mirada, pero no había una sola toalla con que
cubrirse a la vista. Además, mientras que Marta, su mujer, era extremadamente
silenciosa y retraída, Federico resultó ser un hombre jovial y hablador. Hacía
todo lo posible por entablar conversación con la joven, que se limitaba a
contestar con monosílabos.
-Hace mucho calor, ¿verdad?
-Sí.
-Enseguida termino con esto y puede usted darse un baño
señorita.
-Gracias
-Y, ¿para cuándo espera usted al niño?
-Para finales de año.
-Yo tengo dos nietos ¿sabe? ¿va usted a dar el pecho al bebé?
Aquello era demasiado para la pobre Sofía ¡dios, la
conversación hubiera sido normal en otras circunstancias! pero ella estaba
desnuda, en pelota picada delante de aquel viejo que, aunque no parecía
sorprenderse por la situación, aprovechaba la charla para mirarla de arriba
abajo cuanto podía. Ahora, su vista no se apartaba de sus senos mientras
esperaba una respuesta a la última pregunta.
Jamás pensó Sofía que la llegaba de Olga y Ramón pudiese
alegrarla tanto. Sus anfitriones aparecieron sonrientes, y una vez más la
perfidia de ambos se puso de manifiesto. Sofía tenía la esperanza de que, cuando
llegase Olga, las miradas de Federico se repartiesen entre ambas. Pero esta vez,
y contrariamente a su costumbre, Olga lucía un púdico y convencional bañador de
una pieza. El objetivo era claro, al estar todos correctamente ataviados con sus
bañadores, el contraste de la desnudez de la embarazada joven era total, y las
miradas de Federico tenían un solo destino.
Pero aquello no parecía ser suficiente. Nada más llegar, Olga
ordenó a la joven que se levantara "voy a ponerte crema, no sea que te quemes".
Ante la atenta mirada del jardinero, Sofía se levantó y permitió que aquella
mujer le pusiese crema bronceadora por todo el cuerpo.
Olga se tomó su tiempo para ello, los hombros, la espalda,
las nalgas... Sofía estaba roja como un tomate, mientras Ramón, tumbado en su
hamaca, sonreía satisfecho.
Cuando Olga estaba dando crema a la redonda tripita de Sofía,
exclamó con júbilo "está dando pataditas". Sin pedir permiso, con toda
naturalidad, pidió a Ramón y a Federico que se acercaran a comprobarlo.
Así, mientras Sofía permanecía en pie avergonzada y desnuda,
ambos hombres se acercaron y, con expresiones lascivas en su cara, pusieron sus
manos sobre la barriguita de la joven. Sofía temblaba de indignación por aquel
nuevo ultraje, las manos de Federico, ásperas y no muy limpias, se regodeaban
sobre ella, era evidente que aquel hombrecillo hubiera querido ir más allá.
Al fin, Olga juzgó suficiente el castigo "esto ya está muy
limpio, puede ir al jardín Federico". Sofía sintió un gran alivio cuando el
jardinero les dejó solos. Al igual que le sucedía con Marta, estar desnuda ante
aquel hombre le incomodaba de un modo especial.
Sofía pensaba que Olga se quitaría el bañador en cualquier
momento, pero no fue así, por lo que ella fue la única practicante del naturismo
aquella mañana. Pero esto ya no le incomodaba demasiado, empezaba a
acostumbrarse a estar en cueros con el matrimonio, y pasados los primeros
minutos, llegaba a olvidarse por completo de ello.
Tras una hora sentados lánguidamente en el borde la piscina,
Olga soltó un largo bostezo "me aburro, podríamos jugar a algo, ¿qué te
parecería una ruleta rusa Ramón? Hace tiempo que no lo hacemos". Los sentidos de
Sofía se pusieron rápidamente sobre aviso, nada bueno podía esperarse de
aquello, y sus temores quedaron confirmados cuando, con un ágil movimiento,
Ramón se quitó el bañador y se tumbó de nuevo en la hamaca, totalmente desnudo.
Olga se levantó y, mirando a Sofía sonriente, empezó a
acariciar suavemente el pene de su marido. Poco a poco, la verga de Ramón iba
ganando consistencia, mientras Sofía les miraba hipnotizada; a su pesar, era
incapaz de apartar los ojos de las manos de Olga. Mientras la lasciva mujer
acariciaba a su marido, fue explicando a la joven las reglas de aquella novedosa
"ruleta rusa":
-Mira, el reloj de Ramón irá sonando cada minuto. Si te
parece empiezo yo, se trata de succionar el pene de mi marido por turnos, cada
vez que suene el reloj, cambio de boquita, ja ja ja. La gracia está en saber
quién está chupando cuando Ramón llegue al final, ésa es la que se lleva el
premio gordo. Por supuesto, no está permitido retirar la boca hasta que suene el
reloj.
Sofía estaba anonadada, aquellos dos locos tenían una mente
infantil y perversa a la vez. Tenía que participar en una felación a Ramón y, si
perdía, recibir en su boca el semen de aquel malnacido sin retirarse. Aquello le
parecía peor que ser penetrada por él, dejarle que metiera su enorme pene en su
boca era algo más íntimo, más desagradable aún. Además, el sexo oral no era su
fuerte, pocas veces lo había practicado con Miguel, y nunca éste había terminado
en su boca, a ella le daba un poquito de reparo pensar que aquellas viscosidades
terminaran en su garganta. ¿Qué pasaría ahora si era su turno cuando Ramón
eyaculase?
Estaba muy nerviosa, pero apenas tuvo tiempo de pensar, Olga
estaba ya chupando la verga de su marido, que se erguía recia como una estaca de
madera. La habilidad de la pelirroja era evidente, introducía el miembro de
Ramón en su boca hasta tal punto que la hacía desaparecer casi por completo,
Sofía la miraba con los ojos desorbitados, no entendía dónde iba a parar todo
aquello ¡señor, debía de llegarle a la campanilla!
Entonces, sonó el timbre del reloj de Ramón. Rápidamente,
Olga sacó el pene de su boca y, tragando saliva casi atragantada, invitó a la
pobre Sofía a continuar "es tu turno". La joven se quedó paralizada unos
instantes. Luego, guiada por su compañera, abrió la boca e introdujo el glande
de Ramón en su boca. El sabor le resultó extraño, la saliva de Olga hacía que el
pene le pareciese pringoso, salado. Con suavidad, Olga le empujó la cabeza por
la nuca, obligándola a tragar una buena porción de aquella estaca.
Tuvo que reprimir una arcada, mientras la mitad del pene de
Ramón ocupaba su boca. La joven trataba de no rozar aquel trozo de carne con su
lengua, pero era difícil, el grosor que había alcanzado ya el miembro viril del
satisfecho macho era considerable. En efecto, Ramón estaba en la gloria, dos
preciosas féminas se la estaban chupando por turnos, una de ella su mujer, la
otra, su último capricho, una preciosa embarazada totalmente desnuda que se
arrodillaba ante él, ¿se podía pedir más a la vida?.
A Sofía le pareció que aquel minuto fue el más largo de su
vida. A pesar que no había introducido todo el pene en su boca y que apenas la
había movido, la verga de Ramón no sólo no había perdido erección, sino que
parecía a punto de explotar. Tenerla metida dentro de aquella adorable boquita
era suficiente estímulo para Ramón, que tuvo que hacer un gesto elocuente a su
mujer cuando ésta volvió a ocuparse de él.
Y es que el juego estaba amañado. Ramón estaba como loco por
eyacular dentro de Sofía, en su cálida y acogedora boca de labios rojos y dulces
como la miel. Olga, experta felatriz, conocía a la perfección aquel pene que
tantas y tantas veces había hecho correrse de tantas maneras diferentes. Ahora,
sabiendo de la excitación de su marido, ralentizó al máximo sus movimientos, y
no se introdujo el miembro tan hondo como antes, quería simplemente ponerle a
punto para que la explosión final se produjese en el turno de Sofía.
Por fin, el timbre del reloj indicó un nuevo cambio de turno.
Pese a que no conocía a Ramón tanto como Olga, a Sofía se le hizo evidente que
el final estaba cerca: la cara congestionada y en éxtasis del hombre no dejaba
lugar a dudas. Suspirando y aterrada, la joven abrió su boca y permitió que el
gigantesco pene entrase en ella. Al principio, sólo la punta de la verga se
introdujo en la deliciosa cueva. Nuevamente, casi sin que Sofía se diera cuenta,
Olga la empujó de la nuca con suavidad, al tiempo que la sujetaba para impedirle
retirarse.
Sofía tenía más de la mitad del pene de Ramón en la boca. No
entendía cómo Olga podía introducírselo entero, pues ella apenas podía respirar
y sentía que la punta casi le llegaba a la campanilla. La joven no se movía
ahora en absoluto, temerosa de precipitar la eyaculación dentro de su boca, y
por un momento pensó que iba a conseguir librarse, calculó mentalmente que su
minuto estaba terminando. Pero, para su desgracia, Olga había hecho el trabajo a
conciencia, Ramón estaba a punto y, aunque su esclava no moviera sus labios, el
estímulo de tenerla ante sí desnuda y sometida era tan fuerte que, con un gemido
salvaje, el semen empezó a salir a borbotones dentro de aquella deliciosa
boquita.
Era la primera vez que Sofía recibía la leche de un hombre
dentro de su boca, y Olga sujetaba ahora firmemente el cuello de la muchacha
para que ni una gota fuese desperdiciada. La boca de Sofía se inundó de semen
caliente y viscoso. La eyaculación de Ramón fue eterna, parte de su carga se
salía por las comisuras de los labios de Sofía, gran parte tuvo que tragarla
para no ahogarse con aquel miembro que no perdía consistencia en su boca. Al
fin, cuando Sofía pensaba que aquello iba a ser eterno, el semen dejó de salir,
la joven tragó un par de veces y la torturá llegó a su fin.
Olga sonreía feliz, había conseguido que su marido
conquistara el segundo de los orificios de placer de su esclava, sólo quedaba su
adorable culito por desvirgar.
Por su parte, Ramón no podía ni moverse, eran los hábiles
labios de su mujer los que le habían llevado hasta el final, pero usar a Sofía
como receptáculo para su descarga le había proporcionado uno de los más
placenteros orgasmos de su vida.
¿Y Sofía? Sofía estaba llorando. Por primera vez en su vida,
un hombre se había corrido en su boca, y no había sido su marido. Estaba
desnuda, era utilizada a su antojo por aquellos dos pervertidos que usaban su
cuerpo como si fuera un juguete, sentía que no se pertenecía, estaba a
disposición de lo que quisiesen mandarle. Pero eso no era lo peor. Lo peor es
que no lloraba por su situación, ni por haber sido violada oralmente. Lloraba
porque le había gustado. Se odiaba a sí misma, se hubiera dado de bofetadas,
pero había una cosa que era innegable: estaba húmeda. Muy húmeda.
Aquella tarde, Olga y Ramón le permitieron quedarse en su
habitación, descansando. Sofía ya no sabía qué pensar, una parte de sí quería
seguir con ellos a todas horas, desnuda, a su merced, siendo follada de una y
mil maneras distintas. Anhelaba también que Olga volviera a darle placer oral,
como la noche de su depilación. Ahora, no se resistiría, se entregaría al
placer, y estaba segura de que correrse entre los labios de Olga sería algo
sublime, majestuoso. Agotada por la tensión nerviosa, se durmió profundamente.
Cuando despertó, se encontraba alegre, sin sentimiento de culpa. Totalmente
desnuda, orgullosa de sus hinchados pechos y su voluminosa tripita, bajó para
pasar el resto de la velada con sus dueños.
Una nueva sorpresa esperaba a la joven. Al parecer, era el
cumpleaños de Federico, y los señores de la casa querían tener un detalle con él
"como agradecimiento de los muchos años de servicio prestados". Por ello, esa
noche Federico y Marta iban a ser los invitados, y Olga y Sofía se iban a
encargar de poner la mesa y atenderles durante la cena.
Ya no le extrañó a Sofía, pero las excentricidades de su
anfitriona no parecían tener fin. No es inusual en los tiempos que corren que el
dueño de la casa tenga un detalle con sus empleados, que los invite a cenar y
compartir su mesa, como si de amigos se tratase. No es tan habitual que una
amiga de la familia, embarazada, sea obligada a ejercer de asistenta mientras se
pasea totalmente desnuda frente a los comensales. Y tampoco suele verse que la
dueña de la casa, que durante el día usó un bañador en al piscina, se desnude
también totalmente para agasajar a sus invitados.
Y es que, mientras que Ramón volvió a aparecer de traje y
corbata, y Marta y Federico sustituyeron sus uniformes de trabajo por la "ropa
de domingo" Olga y Sofía se encargaron de todo lo relativo a la cena
completamente desnudas. Ramón las miraba con expresión complacida, ver a su
mujer exhibirse era sumamente agradable para él. Marta, como en ella era
habitual, permanecía seria e impasible, mientras Federico, el homenajeado,
parecía feliz y hacía suyo el dicho "nunca fuera caballero de damas tan bien
servido".
Después de la vergüenza que había pasado por la mañana,
aquello no fue demasiado duro para Sofía. Además, el hecho de que también Olga
se pasease en cueros hacía que se sintiera acompañada. De algún modo, se sentía
menos expuesta junto a su desnuda compañera.
Pero cuando la cena terminó, Olga propuso un nuevo juego.
Quería hacer un regalo a Federico "proporcionarle un show que nunca pudiera
olvidar". Para ello, se sentó en el suelo y abrió totalmente las piernas,
mientras Ramón, Marta y Federico se sentaban en los sillones del salón, frente a
ella. Luego, mirando a Sofía con gesto mimoso y pícaro, la invitó a acercarse
"cariño, ¿no querrías hacerme feliz delante de todos? Esta mañana has dado
placer con tu hermosa boca a mi marido, y creo que yo también merezco tus
besos". Como un autómata en el que se acciona un secreto botón del que no
tuviera conocimiento, Sofía supo que había estado esperando aquello. Anhelaba
bucear entre aquellas piernas desde la primera vez que había visto el sexo
depilado de su dueña, de ahí aquella extraña sensación de desasosiego y
desconcierto que se apoderaba de ella cada vez que veía a Olga desnuda.
En silencio, sin mirar al resto de la concurrencia, Sofía se
puso de rodillas frente a Olga. Luego, poniéndose a cuatro patas en el suelo, se
inclinó hasta que su boca quedó a la altura de la vagina de su anfitriona.
Recordó sus juegos con Marga, antes de Miguel. El sexo de su amiga le sabía
siempre a marisco, a mar, le encantaba adentrarse en su joven vagina virgen.
Ahora era diferente, sabía que mientras se inclinaba hacia el sexo de Olga,
estaba mostrando una incitante vista de su sexo visto desde atrás a Ramón y
Federico. No le importó, la vagina de Olga la llamaba, podía sentir su influjo,
necesitaba casi dolorosamente explorar aquella cueva húmeda y acogedora.
Con calma, lejos del nerviosismo que el pene de Ramón le
produjera esa mañana, empezó a acariciar con su lengua el tesoro que Olga le
ofrecía. A sus espaldas, Federico se removía, inquieto, mientras Ramón encendía
un puro y se ponía cómodo en su sillón. Marta seguía impasible, parecía hecha de
mármol. No de piedra, sino de carne cálida y sensual era el sexo de Olga, que se
abría deseoso de las caricias y besos de Sofía. Así, mientras ésta besaba,
succionaba y daba furiosos lenguetazos, Olga gemía y susurraba a su alumna "muy
bien, oh... así, más... bien..." Sofía se sentía feliz aspirando los fluidos de
Olga mientras mostraba su culete en pompa a los presentes, sabía que estaba
cayendo en una espiral de la que sería difícil salir, pero era incapaz de
resistirse, su propio sexo estaba húmedo y deseoso de recibir placer. Esta vez
no se acordó ni siquiera de Miguel, era ahora una perra en celo con un único
objetivo: dar y recibir placer.
La lengua de Sofía recorría cada pliegue del sexo de su
dueña. Olga se retorcía entre gemidos de placer, sintiendo en lo más profundo de
su ser aquellos labios y aquellos furiosos lengüetazos que la hacían
estremecerse. Entonces, sin previo aviso, Sofía notó que unas manos ceñían sus
caderas. Trató de volver la cabeza pero, con ansia, las manos de Olga le
sujetaron "no pares... por favor... no pares ahora". La excitación de Olga le
producía placer a ella misma, notaba que su tierno conejito estaba ardiente y
deseoso de caricias. Mientras volvía a hundir la cara entre las piernas de Olga,
ávida de su sexo, notó que un pene luchaba por adentrarse en su propia vagina.
Bueno, dejaría que Ramón completase el show para Federico. Al fin y al cabo, ya
la había penetrado anoche, una vez más o menos no tenía importancia, y debía
reconocer que, mientras daba placer oral a Olga, su propia excitación demandaba
caricias que aliviasen su tensión.
Pero algo raro pasaba, el pene de Ramón no parecía ni tan
grueso ni tan recio como la noche anterior o esa misma mañana, cuando apenas
podía meterse la mitad en la boca. Ahora parecía mucho más fino y, si bien tenía
la erección suficiente para la penetración, parecía como cansado, renqueante.
Sofía pensó que la felación de la mañana había mermado considerablemente las
fuerzas de Ramón, lo que no impedía que la sensación fuese agradable.
En efecto, mientras Olga se derretía de placer con sus besos,
Sofía estaba cada vez más excitada. La penetración de Ramón era menos violenta
que la de la víspera, pero más suave y dulce, proporcionaba un placer menos
salvaje a la joven, pero más tierno, más humano, y en aquel momento Sofía lo
agradeció. Lejos de la violencia de la noche anterior, que le provocó un orgasmo
brusco y efímero, el vaivén lento y como cansino que ahora le imprimía Ramón al
coito la excitaba progresivamente, al principio parecía que no pasaría de una
sensación agradable, pero paulatinamente la joven se iba excitando más y más.
Tener el sexo de Olga metido entre sus labios, mientras con
la lengua exploraba sus más recónditos rincones, sentir las manos de su dueña
sujetando su nuca con pasión, impidiéndole retirar la cara de entre sus piernas,
era un poderoso afrodisíaco para ella. Ahora lo sabía, siempre había tenido la
duda: definitivamente, no era lesbiana, pero sí bisexual. Adoraba besar la
vagina de Olga, acariciar su clítoris palpitante con la lengua, sumergirse en
sus fluidos hasta casi ahogarse. Pero también adoraba aquella verga que, con
suavidad y paulatinamente, la iba haciendo alcanzar cotas insospechadas de
placer. Sin el excesivo vigor de la noche reciente, Ramón se inclinaba ahora
sobre la espalda de Sofía, intentando acariciar sus pechos mientras la penetraba
desde atrás. Su verga, más reposada pero quizá más apropiada para satisfacer a
una embarazada, entraba y salía de su vagina con un ritmo lento pero
ininterrumpido.
La noche anterior, Ramón había eyaculado demasiado pronto, y
el orgasmo de Sofía fue poderoso pero fugaz. Hoy, Ramón entraba y salía de su
sexo sin eyacular, el coito se prolongaba indefinidamente, y lo que al principio
no pasaba de una agradable sensación, como si de una caricia inocente se
tratase, se iba convirtiendo poco a poco en un placer inmenso. Sofía estaba
sorprendida de su propia excitación, el placer le llegaba con lentitud, pero
alcazaba cotas insospechadas para ella. Trató de recordar si alguna vez con
Miguel había experimentado algo parecido... no podía pensar, su vagina parecía
echar chispas, sus jadeos eran ahora totalmente audibles para todos.
Apenas podía seguir ocupándose de Olga, su propio placer se
lo impedía, aquel pene seguía incansable su trabajo, parecía que no iba a
terminar nunca, y su cada vez más mojada vagina le permitía deslizarse cada vez
con más suavidad. Para la cansada verga, aquel cálido cofre del tesoro era un
sueño hecho realidad, su calor y su suavidad le hacían el más confortable lugar
del mundo.
Hacía ya tiempo que Sofía había dejado de besar a Olga. Ésta,
tras disfrutar un muy satisfactorio orgasmo, acariciaba la cara de la joven,
sujetándola mientras seguía a cuatro patas. Sofía gemía ahora de un modo
incontrolado, sus gritos anunciaban la llegada del placer en oleadas, sus cuerpo
se arqueaba y se tensaba, mientras sus pechos eran acariciados por las manos de
Ramón.
Cuando finalmente Ramón eyaculó, Sofía pensó que iba a perder
el sentido, si antes creía que estaba experimentando placer, ahora sintió que
tocaba el cielo. Parecía que su vagina estaba ardiendo, su orgasmo subía y subía
hasta límites que nunca había conocido. Con voz ronca, no pudo reprimir un
gemido final "Aaaaaaaah sí, SÍ". Luego, se derrumbó en el suelo, entre las
piernas de Olga, que le acariciaba amorosamente la cabeza "mi niña, mi niña,
tenías tanto que aprender..."
Sofía se debatía entre la vergüenza y el agradecimiento. Era
increíble lo que acababa de hacer. Desnuda en medio del salón, había chupado
como una loca el sexo de Olga mientras Ramón la poseía delante de todos... y le
había encantado. Ni se acordaba de Miguel. Al fin, reunió fuerzas para
incorporarse y darse la vuelta. Casi estaba decidida a dar las gracias a Ramón
cuando giró la cabeza...
Junto a ella, exhausto pero feliz, se encontraba Federico.
Sofía se sintió morir ¡dios! ¡era el viejo el que la había penetrado, el que
había eyaculado dentro de ella! ¡y podía ser su padre, casi incluso su abuelo!
Estaba indignada, aquel engaño era excesivo. Miró entonces el arrugado
instrumento de Federico, el que le había proporcionado el mayor orgasmo de su
vida... ya no sabía qué pensar de sí misma, todo su mundo daba vueltas.
"Espero que le haya gustado su regalo Federico" dijo entonces
Olga, sonriendo. El contraste entre el arrugado y enjuto cuerpo del sexagenario
con la hermosa redondez de Sofía era infinito. Sin embargo, la joven no podía
engañarse, había disfrutado del sexo en aquellos dos días con sus dueños más que
en todos los años que llevaba con Miguel... Se sintió como si estuviera asomada
a un abismo ¿qué pasaría desde ese momento hasta el final de la semana?
Esa noche, en su habitación, Ramón no estaba demasiado
contento. A regañadientes había accedido a "prestar" a aquel desgraciado su
nuevo juguete. Olga le había convencido de que la situación sería increíblemente
morbosa, y tenía razón, pero ahora su orgullo había quedado herido: ver a Sofía
estremecerse como una loba en celo bajo el cuerpo de aquel vejestorio... Por más
que intentara engañarse, era evidente que la joven había disfrutado más que con
él.
Mientras se la chupaba a su marido para relajarle y ayudarle
a dormir (había tenido que refrenar los deseos de Ramón de poseer brutalmente a
la joven esa misma noche) Olga intentaba animarle "hay que...slurp, dejarla
descansar...slurp cariño, ten en cuenta...slurp su estado" Olga hizo una pausa
en su trabajo y le animó "te prometo que mañana conquistarás su adorable culito,
y estoy segura de que serás el primero en hacerlo".
Con este dulce pensamiento en mente, Ramón pidió a su mujer
que siguiera con la felación y cerró los ojos, sonriendo.