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TODORELATOS » RELATOS » HISTORIA DE UNA SEMANA MORBOSA (4)
[ La pisada del amo, el mejor abono. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 11 de Octubre, 2008.
Fecha: 24-Jun-08 « Anterior | Siguiente » en Dominación (3261 de 3445)

Historia de una semana morbosa (4)

casimiro11
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Sofía se despertó con cargo de conciencia. Sin abrir los ojos, repasó mentalmente los acontecimientos del día anterior. Había pasado la mañana con Olga y Ramón en la piscina, ambas chicas totalmente desnudas. Luego, por la tarde, había ensayado las poses sobre la plataforma, para después exhibirse durante dos horas ante los invitados de sus dueños. Para terminar, Eva y Olga le habían proporcionado un orgasmo indescriptible, y luego…

No quería ni pensar en ello, se sentía muy culpable ante su marido. Odiaba reconocerlo, pero ser penetrada por Ramón no sólo no fue desagradable; al final, y pese a su resistencia, su tierno conejito no había podido aguantar y se había entregado al placer por segunda vez en la noche. ¿Qué le estaba pasando? ¿acaso le gustaba su rol de esclava? ¿qué maléfico influjo ejercía aquel extraño matrimonio sobre ella? En especial, recordar las manos de Olga le producía un extraño desasosiego.

Antes de bajar a desayunar, decidió darse una ducha, estar un buen rato bajo el agua caliente era algo que la relajaba y la ayudaba a pensar. Entró en el cuarto de baño privado de su habitación, se desnudó y puso el agua al máximo de calor.

Mientras estaba allí, bajo el chorro, tratando de relajarse, iba enjabonando cada centímetro de su cuerpo meticulosamente: el cuello, los hombros, la parte de atrás de las orejas… sostuvo sus pechos unos instantes, estaban realmente firmes y bonitos durante el embarazo, esperaba que no se quedasen luego fláccidos y caídos… Sin darse cuenta, sus dedos se estaban entreteniendo ahora más de lo necesario en lavar su dulce vagina. Era una agradable sensación sentir que su propio cuerpo le pertenecía, que, al menos en ese momento, no estaba sujeta a las órdenes de nadie. Hacía mucho que no se masturbaba, pensó mientras jugueteaba con su propio sexo. Podía hacerlo ahora, ella misma sabía mejor que nadie lo que su cuerpo precisaba para alcanzar el placer, se demostraría a sí misma que no necesitaba a Olga ni a sus hábiles manos, ella sola era capaz de tener un orgasmo memorable, no digamos ya con Miguel…

Durante diez minutos, la adorable muchacha se acarició bajo el chorro de agua caliente, pensaba en su marido, en todas las deliciosas tardes de sexo pasadas juntos. Sus dedos frotaban su clítoris casi con violencia, entraban y salían de las húmedas paredes de su vagina sin desmayo, cada vez más rápido. Por un instante, descolgó la ducha y dirigió el chorro directamente a su sexo, mientras con la otra mano lo abría para que el impacto fuese más directo. Volvió después a meter uno, dos, hasta tres dedos en su más íntima cavidad, hasta que finalmente alcanzó un orgasmo… mediocre. Luego se echó a llorar: aunque se odiase, Ramón le había dado más placer, y cualquier parecido entre su masturbación reciente y la que le habían hecho Olga y Eva era pura coincidencia… ¡Dios, ¿qué le estaba pasando?!

Furiosa consigo misma, salió de la ducha y se cubrió con una toalla. Cuando entró en el dormitorio, le aguardaba una sorpresa. Marta ya había hecho su cama y ordenado la habitación, y ahora parecía estar haciendo la maleta de Sofía.

-Vaya, no la había oído entrar (Sofía esperaba que el ruido de la ducha hubiese impedido a la sirvienta oír lo que había estado haciendo).

-Disculpe, la señora me mandó ordenar su habitación la primera.

-Y… ¿Por qué haces mi maleta?

-Son órdenes de la señora.

Por un momento, Sofía pensó que todo había terminado. Al fin, Ramón había gozado de ella y era libre. No sabía si sentía alivio o decepción, la asustó indagar en su interior. Afortunadamente, Olga entró en la habitación, sin llamar, como entra el amo en casa del esclavo. Traía una amplia sonrisa dibujada en la cara, estaba bellísima, con un vestido veraniego y una gorrita que le favorecía mucho.

-Buenos días chiquilla, ¿has descansado bien?

-Sí… gracias. ¿Qué… qué significa esto? –contestó Sofía señalado su maleta a medio hacer.

-A eso vengo, a contarte cómo están las cosas. Ramón y yo estamos muy contentos contigo, estás participando en el juego de un modo maravilloso, creo que esta semana va a ser algo memorable para todos. Viendo lo bien que lo estás asimilando, creo que ya estás preparada para la segunda fase de tu sometimiento. Por eso, Marta está guardando las cosas que de momento no vas a necesitar.

-Pero… está guardando toda mi ropa…

-Claro querida –dijo Olga riendo- a partir de ahora, estarás desnuda en todo momento, será algo muy agradable para nosotros, y seguro que tú estás dispuesta a ese pequeño sacrificio para complacernos.

Sofía sintió que enrojecía violentamente. No sabía qué le producía más pudor, que guardasen su ropa, pensar que iba a estar desnuda varios días en aquella casa, o que Olga hablase todo ello delante de Marta. De algún modo, la sirvienta la avergonzaba más que Ramón, Olga y sus invitados. Marta era una especie de elemento extraño, le turbaba imaginar qué pensaría de ella, en qué concepto la tendría.

Cuando la criada terminó de hacer la maleta, salió de la habitación con ella en la mano. Desde ese momento y hasta que terminara aquella semana, Sofía estaría completamente desnuda con sus nuevos dueños, a merced de sus miradas y deseos. Una vez estuvieron solas, Olga extendió un brazo hacia ella, sonriendo "¿me das tu toalla cariño? Tengo hambre, vamos a desayunar".

Dócilmente, Sofía se quitó la toalla y se la entregó a su dueña. Después, totalmente desnuda, se dispuso a bajar junto a Olga las escaleras, para reunirse con Ramón, que las esperaba hambriento. Mientras ambas bajaban cogidas de la mano, Sofía se estremeció, indignada consigo misma: el caminar en cueros estrechando su mano con la de Olga hacía que se sintiera húmeda. Trató de pensar en Miguel, en su rostro noble y hermoso. Se propuso sinceramente no dejarse llevar como la noche anterior, si aquellos dos locos querían jugar con ella que jugasen, ella se dejaría hacer para salvar su matrimonio, pero que no esperasen que volviera a disfrutar con sus asquerosas ideas. Lo cierto es que estaba desesperada: no hubiera puesto la mano en el fuego por sí misma.

Al igual que el día anterior, Sofía disfrutó de un excelente apetito. Por increíble que parezca, consiguió olvidarse completamente de que estaba deliciosamente desnuda junto a tres personas vestidas, desayunando como si tal cosa, relajada y feliz. Marta había preparado un desayuno espectacular, con tostadas, huevos duros, bollería y un excelente café que traían de Colombia especialmente para Ramón.

Sus dueños se lo habían prometido el primer día y no habían mentido: la trataban como a una reina, pendientes de cuanto pudiese necesitar y cuidándola con esmero. Dejando de lado sus "obligaciones sexuales", el trato que recibía era exquisito.

Cuando estaban terminando el desayuno, Marta entró corriendo con el móvil de Sofía, que había guardado según las indicaciones de Olga "la señorita tiene llamada desde Brasil".

Las mejillas de Sofía adquirieron un encantador tono rosado ¡después de tres días sin saber de él, al fin Miguel había podido llamarla! Casi sin aliento, cogió el teléfono, mirando de reojo a sus acompañantes; Olga y Ramón la miraban sonrientes y divertidos con la situación: ¡Sofía iba a tener una conversación telefónica con su celosísimo marido mientras estaba sentada en pelota picada con ellos! Aunque Miguel fuese su amigo, aquello era demasiado jugoso como para que Ramón no lo disfrutara al máximo. Haciendo gala de una indiscreción infinita, el malicioso matrimonio aguzó el oído y se dispuso a escuchar.

-Cariño, ¿eres tú? ¿cómo estás?

-...

-Yo muy bien... sí... sí... me cuidan muy bien. No te preocupes...

-...

-Se oye muy lejos... claro, claro que te echo de menos.

-...

-Pues ahora... nos pillas desayunando... supongo que ahora iremos a la piscina... claro, (Sofía estaba coloradísima, apenas podía hablar, y sintió que se atragantaba cuando llegó al final de la frase). Sí cariño, llevo ese bañador premamá que tanto te gusta... sí, a Olga le ha encantado... elegiste muy bien...

-...

-Yo también estoy deseando verte, un beso muy grande... vuelve a llamar cuando puedas.

Sintió un gran alivio cuando al fin colgó el teléfono, y una gran lástima por Miguel. Deseó que nunca llegara a saber que no llevaba el bañador que con tanto amor él le había regalado. Lo cierto era que no llevaba NINGÚN bañador puesto. Olga y Ramón a duras penas podían disimular su sonrisa, y la joven experimentó de nuevo odio hacia ellos y ternura hacia Miguel "mejor –pensó- no debo olvidar que ellos son mis enemigos".

"Bien, creo que podemos descansar un rato en la piscina, es lo más indicado para Sofía" dijo Olga "como tú ya estás lista –añadió con una sonrisa pícara- adelántate y espéranos allí, mientras nosotros subimos a cambiarnos".

Así pues, la joven se dirigió en solitario a la piscina, quería tumbarse en la hamaca y aprovechar al máximo el tiempo que sus dueños le concedieran para estar sola. La conversación con Miguel la había dejado melancólica, no podía evitar sentirse culpable. Cierto que hacía aquello por él, por salvar su amor y evitarle disgustos, pero aquel orgasmo infinito con Olga la noche anterior alteraba sus nervios. ¡Qué despreciable se sentía! Correrse de aquel modo delante de cuatro obsesos sexuales, como si fuera una cualquiera...

Caminaba tan absorta en sus pensamientos, que tuvo un gran sobresalto cuando, una voz que nunca había oído antes, le saludó con alegría "buenos días, señorita".

Tapándose instintivamente los pechos con una mano y el sexo con la otra, Sofía reculó, alarmada: frente a ella, un hombre de alrededor de 60 años, bajito, calvo, arrugado como una pasa y extremadamente feo, le sonreía con gesto amistoso, al tiempo que recorría su desnudo cuerpo con una mirada descarada.

Sin contestar a su saludo, Sofía dio media vuelta y se dirigió a la casa tan rápido como le permitía su estado, mientras notaba la mirada del extraño fija en sus nalgas. Cuando llegó encontró a Ramón y Olga sentados todavía a la mesa del desayuno. Nada más ver la expresión de sus caras, supo que lo que acababa de suceder no era ni mucho menos casual.

-¿Qué te sucede? –preguntó Olga- cualquiera diría que has visto un fantasma.

-Hay... hay un hombre en la piscina – contestó Sofía sin aliento.

-Ah –rió Ramón- no te asustes, es Federico, el marido de Marta, ya se ha recuperado de su gripe y está limpiando un poco la piscina.

-No te preocupes por él –intervino Olga- es totalmente inofensivo, y además es un hombre realmente simpático. Charla un rato con él, enseguida nos reunimos contigo allí.

El tono en el que dijo esto no ofrecía lugar a dudas: sus anfitriones querían que ella estuviese un rato a solas con Federico. Una nueva vuelta de tuerca en su proceso de sometimiento. En silencio, la encantadora muchacha dio la media vuelta y, totalmente desnuda, se encaminó a la piscina.

Federico, ataviado con un mono azul, seguía limpiando la piscina. La joven pasó frente a él tan rápido como pudo y se tumbó en su hamaca, cogiendo una revista y deseando que Ramón y Olga llegasen lo antes posible. Pero era evidente que la idea de ellos era justo la contraria, los minutos pasaban y la joven seguía a solas con el jardinero. Sofía estaba muy cohibida en cueros ante aquel vejete. Buscaba con la mirada, pero no había una sola toalla con que cubrirse a la vista. Además, mientras que Marta, su mujer, era extremadamente silenciosa y retraída, Federico resultó ser un hombre jovial y hablador. Hacía todo lo posible por entablar conversación con la joven, que se limitaba a contestar con monosílabos.

-Hace mucho calor, ¿verdad?

-Sí.

-Enseguida termino con esto y puede usted darse un baño señorita.

-Gracias

-Y, ¿para cuándo espera usted al niño?

-Para finales de año.

-Yo tengo dos nietos ¿sabe? ¿va usted a dar el pecho al bebé?

Aquello era demasiado para la pobre Sofía ¡dios, la conversación hubiera sido normal en otras circunstancias! pero ella estaba desnuda, en pelota picada delante de aquel viejo que, aunque no parecía sorprenderse por la situación, aprovechaba la charla para mirarla de arriba abajo cuanto podía. Ahora, su vista no se apartaba de sus senos mientras esperaba una respuesta a la última pregunta.

Jamás pensó Sofía que la llegaba de Olga y Ramón pudiese alegrarla tanto. Sus anfitriones aparecieron sonrientes, y una vez más la perfidia de ambos se puso de manifiesto. Sofía tenía la esperanza de que, cuando llegase Olga, las miradas de Federico se repartiesen entre ambas. Pero esta vez, y contrariamente a su costumbre, Olga lucía un púdico y convencional bañador de una pieza. El objetivo era claro, al estar todos correctamente ataviados con sus bañadores, el contraste de la desnudez de la embarazada joven era total, y las miradas de Federico tenían un solo destino.

Pero aquello no parecía ser suficiente. Nada más llegar, Olga ordenó a la joven que se levantara "voy a ponerte crema, no sea que te quemes". Ante la atenta mirada del jardinero, Sofía se levantó y permitió que aquella mujer le pusiese crema bronceadora por todo el cuerpo.

Olga se tomó su tiempo para ello, los hombros, la espalda, las nalgas... Sofía estaba roja como un tomate, mientras Ramón, tumbado en su hamaca, sonreía satisfecho.

Cuando Olga estaba dando crema a la redonda tripita de Sofía, exclamó con júbilo "está dando pataditas". Sin pedir permiso, con toda naturalidad, pidió a Ramón y a Federico que se acercaran a comprobarlo.

Así, mientras Sofía permanecía en pie avergonzada y desnuda, ambos hombres se acercaron y, con expresiones lascivas en su cara, pusieron sus manos sobre la barriguita de la joven. Sofía temblaba de indignación por aquel nuevo ultraje, las manos de Federico, ásperas y no muy limpias, se regodeaban sobre ella, era evidente que aquel hombrecillo hubiera querido ir más allá.

Al fin, Olga juzgó suficiente el castigo "esto ya está muy limpio, puede ir al jardín Federico". Sofía sintió un gran alivio cuando el jardinero les dejó solos. Al igual que le sucedía con Marta, estar desnuda ante aquel hombre le incomodaba de un modo especial.

Sofía pensaba que Olga se quitaría el bañador en cualquier momento, pero no fue así, por lo que ella fue la única practicante del naturismo aquella mañana. Pero esto ya no le incomodaba demasiado, empezaba a acostumbrarse a estar en cueros con el matrimonio, y pasados los primeros minutos, llegaba a olvidarse por completo de ello.

Tras una hora sentados lánguidamente en el borde la piscina, Olga soltó un largo bostezo "me aburro, podríamos jugar a algo, ¿qué te parecería una ruleta rusa Ramón? Hace tiempo que no lo hacemos". Los sentidos de Sofía se pusieron rápidamente sobre aviso, nada bueno podía esperarse de aquello, y sus temores quedaron confirmados cuando, con un ágil movimiento, Ramón se quitó el bañador y se tumbó de nuevo en la hamaca, totalmente desnudo.

Olga se levantó y, mirando a Sofía sonriente, empezó a acariciar suavemente el pene de su marido. Poco a poco, la verga de Ramón iba ganando consistencia, mientras Sofía les miraba hipnotizada; a su pesar, era incapaz de apartar los ojos de las manos de Olga. Mientras la lasciva mujer acariciaba a su marido, fue explicando a la joven las reglas de aquella novedosa "ruleta rusa":

-Mira, el reloj de Ramón irá sonando cada minuto. Si te parece empiezo yo, se trata de succionar el pene de mi marido por turnos, cada vez que suene el reloj, cambio de boquita, ja ja ja. La gracia está en saber quién está chupando cuando Ramón llegue al final, ésa es la que se lleva el premio gordo. Por supuesto, no está permitido retirar la boca hasta que suene el reloj.

Sofía estaba anonadada, aquellos dos locos tenían una mente infantil y perversa a la vez. Tenía que participar en una felación a Ramón y, si perdía, recibir en su boca el semen de aquel malnacido sin retirarse. Aquello le parecía peor que ser penetrada por él, dejarle que metiera su enorme pene en su boca era algo más íntimo, más desagradable aún. Además, el sexo oral no era su fuerte, pocas veces lo había practicado con Miguel, y nunca éste había terminado en su boca, a ella le daba un poquito de reparo pensar que aquellas viscosidades terminaran en su garganta. ¿Qué pasaría ahora si era su turno cuando Ramón eyaculase?

Estaba muy nerviosa, pero apenas tuvo tiempo de pensar, Olga estaba ya chupando la verga de su marido, que se erguía recia como una estaca de madera. La habilidad de la pelirroja era evidente, introducía el miembro de Ramón en su boca hasta tal punto que la hacía desaparecer casi por completo, Sofía la miraba con los ojos desorbitados, no entendía dónde iba a parar todo aquello ¡señor, debía de llegarle a la campanilla!

Entonces, sonó el timbre del reloj de Ramón. Rápidamente, Olga sacó el pene de su boca y, tragando saliva casi atragantada, invitó a la pobre Sofía a continuar "es tu turno". La joven se quedó paralizada unos instantes. Luego, guiada por su compañera, abrió la boca e introdujo el glande de Ramón en su boca. El sabor le resultó extraño, la saliva de Olga hacía que el pene le pareciese pringoso, salado. Con suavidad, Olga le empujó la cabeza por la nuca, obligándola a tragar una buena porción de aquella estaca.

Tuvo que reprimir una arcada, mientras la mitad del pene de Ramón ocupaba su boca. La joven trataba de no rozar aquel trozo de carne con su lengua, pero era difícil, el grosor que había alcanzado ya el miembro viril del satisfecho macho era considerable. En efecto, Ramón estaba en la gloria, dos preciosas féminas se la estaban chupando por turnos, una de ella su mujer, la otra, su último capricho, una preciosa embarazada totalmente desnuda que se arrodillaba ante él, ¿se podía pedir más a la vida?.

A Sofía le pareció que aquel minuto fue el más largo de su vida. A pesar que no había introducido todo el pene en su boca y que apenas la había movido, la verga de Ramón no sólo no había perdido erección, sino que parecía a punto de explotar. Tenerla metida dentro de aquella adorable boquita era suficiente estímulo para Ramón, que tuvo que hacer un gesto elocuente a su mujer cuando ésta volvió a ocuparse de él.

Y es que el juego estaba amañado. Ramón estaba como loco por eyacular dentro de Sofía, en su cálida y acogedora boca de labios rojos y dulces como la miel. Olga, experta felatriz, conocía a la perfección aquel pene que tantas y tantas veces había hecho correrse de tantas maneras diferentes. Ahora, sabiendo de la excitación de su marido, ralentizó al máximo sus movimientos, y no se introdujo el miembro tan hondo como antes, quería simplemente ponerle a punto para que la explosión final se produjese en el turno de Sofía.

Por fin, el timbre del reloj indicó un nuevo cambio de turno. Pese a que no conocía a Ramón tanto como Olga, a Sofía se le hizo evidente que el final estaba cerca: la cara congestionada y en éxtasis del hombre no dejaba lugar a dudas. Suspirando y aterrada, la joven abrió su boca y permitió que el gigantesco pene entrase en ella. Al principio, sólo la punta de la verga se introdujo en la deliciosa cueva. Nuevamente, casi sin que Sofía se diera cuenta, Olga la empujó de la nuca con suavidad, al tiempo que la sujetaba para impedirle retirarse.

Sofía tenía más de la mitad del pene de Ramón en la boca. No entendía cómo Olga podía introducírselo entero, pues ella apenas podía respirar y sentía que la punta casi le llegaba a la campanilla. La joven no se movía ahora en absoluto, temerosa de precipitar la eyaculación dentro de su boca, y por un momento pensó que iba a conseguir librarse, calculó mentalmente que su minuto estaba terminando. Pero, para su desgracia, Olga había hecho el trabajo a conciencia, Ramón estaba a punto y, aunque su esclava no moviera sus labios, el estímulo de tenerla ante sí desnuda y sometida era tan fuerte que, con un gemido salvaje, el semen empezó a salir a borbotones dentro de aquella deliciosa boquita.

Era la primera vez que Sofía recibía la leche de un hombre dentro de su boca, y Olga sujetaba ahora firmemente el cuello de la muchacha para que ni una gota fuese desperdiciada. La boca de Sofía se inundó de semen caliente y viscoso. La eyaculación de Ramón fue eterna, parte de su carga se salía por las comisuras de los labios de Sofía, gran parte tuvo que tragarla para no ahogarse con aquel miembro que no perdía consistencia en su boca. Al fin, cuando Sofía pensaba que aquello iba a ser eterno, el semen dejó de salir, la joven tragó un par de veces y la torturá llegó a su fin.

Olga sonreía feliz, había conseguido que su marido conquistara el segundo de los orificios de placer de su esclava, sólo quedaba su adorable culito por desvirgar.

Por su parte, Ramón no podía ni moverse, eran los hábiles labios de su mujer los que le habían llevado hasta el final, pero usar a Sofía como receptáculo para su descarga le había proporcionado uno de los más placenteros orgasmos de su vida.

¿Y Sofía? Sofía estaba llorando. Por primera vez en su vida, un hombre se había corrido en su boca, y no había sido su marido. Estaba desnuda, era utilizada a su antojo por aquellos dos pervertidos que usaban su cuerpo como si fuera un juguete, sentía que no se pertenecía, estaba a disposición de lo que quisiesen mandarle. Pero eso no era lo peor. Lo peor es que no lloraba por su situación, ni por haber sido violada oralmente. Lloraba porque le había gustado. Se odiaba a sí misma, se hubiera dado de bofetadas, pero había una cosa que era innegable: estaba húmeda. Muy húmeda.

Aquella tarde, Olga y Ramón le permitieron quedarse en su habitación, descansando. Sofía ya no sabía qué pensar, una parte de sí quería seguir con ellos a todas horas, desnuda, a su merced, siendo follada de una y mil maneras distintas. Anhelaba también que Olga volviera a darle placer oral, como la noche de su depilación. Ahora, no se resistiría, se entregaría al placer, y estaba segura de que correrse entre los labios de Olga sería algo sublime, majestuoso. Agotada por la tensión nerviosa, se durmió profundamente. Cuando despertó, se encontraba alegre, sin sentimiento de culpa. Totalmente desnuda, orgullosa de sus hinchados pechos y su voluminosa tripita, bajó para pasar el resto de la velada con sus dueños.

Una nueva sorpresa esperaba a la joven. Al parecer, era el cumpleaños de Federico, y los señores de la casa querían tener un detalle con él "como agradecimiento de los muchos años de servicio prestados". Por ello, esa noche Federico y Marta iban a ser los invitados, y Olga y Sofía se iban a encargar de poner la mesa y atenderles durante la cena.

Ya no le extrañó a Sofía, pero las excentricidades de su anfitriona no parecían tener fin. No es inusual en los tiempos que corren que el dueño de la casa tenga un detalle con sus empleados, que los invite a cenar y compartir su mesa, como si de amigos se tratase. No es tan habitual que una amiga de la familia, embarazada, sea obligada a ejercer de asistenta mientras se pasea totalmente desnuda frente a los comensales. Y tampoco suele verse que la dueña de la casa, que durante el día usó un bañador en al piscina, se desnude también totalmente para agasajar a sus invitados.

Y es que, mientras que Ramón volvió a aparecer de traje y corbata, y Marta y Federico sustituyeron sus uniformes de trabajo por la "ropa de domingo" Olga y Sofía se encargaron de todo lo relativo a la cena completamente desnudas. Ramón las miraba con expresión complacida, ver a su mujer exhibirse era sumamente agradable para él. Marta, como en ella era habitual, permanecía seria e impasible, mientras Federico, el homenajeado, parecía feliz y hacía suyo el dicho "nunca fuera caballero de damas tan bien servido".

Después de la vergüenza que había pasado por la mañana, aquello no fue demasiado duro para Sofía. Además, el hecho de que también Olga se pasease en cueros hacía que se sintiera acompañada. De algún modo, se sentía menos expuesta junto a su desnuda compañera.

Pero cuando la cena terminó, Olga propuso un nuevo juego. Quería hacer un regalo a Federico "proporcionarle un show que nunca pudiera olvidar". Para ello, se sentó en el suelo y abrió totalmente las piernas, mientras Ramón, Marta y Federico se sentaban en los sillones del salón, frente a ella. Luego, mirando a Sofía con gesto mimoso y pícaro, la invitó a acercarse "cariño, ¿no querrías hacerme feliz delante de todos? Esta mañana has dado placer con tu hermosa boca a mi marido, y creo que yo también merezco tus besos". Como un autómata en el que se acciona un secreto botón del que no tuviera conocimiento, Sofía supo que había estado esperando aquello. Anhelaba bucear entre aquellas piernas desde la primera vez que había visto el sexo depilado de su dueña, de ahí aquella extraña sensación de desasosiego y desconcierto que se apoderaba de ella cada vez que veía a Olga desnuda.

En silencio, sin mirar al resto de la concurrencia, Sofía se puso de rodillas frente a Olga. Luego, poniéndose a cuatro patas en el suelo, se inclinó hasta que su boca quedó a la altura de la vagina de su anfitriona. Recordó sus juegos con Marga, antes de Miguel. El sexo de su amiga le sabía siempre a marisco, a mar, le encantaba adentrarse en su joven vagina virgen. Ahora era diferente, sabía que mientras se inclinaba hacia el sexo de Olga, estaba mostrando una incitante vista de su sexo visto desde atrás a Ramón y Federico. No le importó, la vagina de Olga la llamaba, podía sentir su influjo, necesitaba casi dolorosamente explorar aquella cueva húmeda y acogedora.

Con calma, lejos del nerviosismo que el pene de Ramón le produjera esa mañana, empezó a acariciar con su lengua el tesoro que Olga le ofrecía. A sus espaldas, Federico se removía, inquieto, mientras Ramón encendía un puro y se ponía cómodo en su sillón. Marta seguía impasible, parecía hecha de mármol. No de piedra, sino de carne cálida y sensual era el sexo de Olga, que se abría deseoso de las caricias y besos de Sofía. Así, mientras ésta besaba, succionaba y daba furiosos lenguetazos, Olga gemía y susurraba a su alumna "muy bien, oh... así, más... bien..." Sofía se sentía feliz aspirando los fluidos de Olga mientras mostraba su culete en pompa a los presentes, sabía que estaba cayendo en una espiral de la que sería difícil salir, pero era incapaz de resistirse, su propio sexo estaba húmedo y deseoso de recibir placer. Esta vez no se acordó ni siquiera de Miguel, era ahora una perra en celo con un único objetivo: dar y recibir placer.

La lengua de Sofía recorría cada pliegue del sexo de su dueña. Olga se retorcía entre gemidos de placer, sintiendo en lo más profundo de su ser aquellos labios y aquellos furiosos lengüetazos que la hacían estremecerse. Entonces, sin previo aviso, Sofía notó que unas manos ceñían sus caderas. Trató de volver la cabeza pero, con ansia, las manos de Olga le sujetaron "no pares... por favor... no pares ahora". La excitación de Olga le producía placer a ella misma, notaba que su tierno conejito estaba ardiente y deseoso de caricias. Mientras volvía a hundir la cara entre las piernas de Olga, ávida de su sexo, notó que un pene luchaba por adentrarse en su propia vagina. Bueno, dejaría que Ramón completase el show para Federico. Al fin y al cabo, ya la había penetrado anoche, una vez más o menos no tenía importancia, y debía reconocer que, mientras daba placer oral a Olga, su propia excitación demandaba caricias que aliviasen su tensión.

Pero algo raro pasaba, el pene de Ramón no parecía ni tan grueso ni tan recio como la noche anterior o esa misma mañana, cuando apenas podía meterse la mitad en la boca. Ahora parecía mucho más fino y, si bien tenía la erección suficiente para la penetración, parecía como cansado, renqueante. Sofía pensó que la felación de la mañana había mermado considerablemente las fuerzas de Ramón, lo que no impedía que la sensación fuese agradable.

En efecto, mientras Olga se derretía de placer con sus besos, Sofía estaba cada vez más excitada. La penetración de Ramón era menos violenta que la de la víspera, pero más suave y dulce, proporcionaba un placer menos salvaje a la joven, pero más tierno, más humano, y en aquel momento Sofía lo agradeció. Lejos de la violencia de la noche anterior, que le provocó un orgasmo brusco y efímero, el vaivén lento y como cansino que ahora le imprimía Ramón al coito la excitaba progresivamente, al principio parecía que no pasaría de una sensación agradable, pero paulatinamente la joven se iba excitando más y más.

Tener el sexo de Olga metido entre sus labios, mientras con la lengua exploraba sus más recónditos rincones, sentir las manos de su dueña sujetando su nuca con pasión, impidiéndole retirar la cara de entre sus piernas, era un poderoso afrodisíaco para ella. Ahora lo sabía, siempre había tenido la duda: definitivamente, no era lesbiana, pero sí bisexual. Adoraba besar la vagina de Olga, acariciar su clítoris palpitante con la lengua, sumergirse en sus fluidos hasta casi ahogarse. Pero también adoraba aquella verga que, con suavidad y paulatinamente, la iba haciendo alcanzar cotas insospechadas de placer. Sin el excesivo vigor de la noche reciente, Ramón se inclinaba ahora sobre la espalda de Sofía, intentando acariciar sus pechos mientras la penetraba desde atrás. Su verga, más reposada pero quizá más apropiada para satisfacer a una embarazada, entraba y salía de su vagina con un ritmo lento pero ininterrumpido.

La noche anterior, Ramón había eyaculado demasiado pronto, y el orgasmo de Sofía fue poderoso pero fugaz. Hoy, Ramón entraba y salía de su sexo sin eyacular, el coito se prolongaba indefinidamente, y lo que al principio no pasaba de una agradable sensación, como si de una caricia inocente se tratase, se iba convirtiendo poco a poco en un placer inmenso. Sofía estaba sorprendida de su propia excitación, el placer le llegaba con lentitud, pero alcazaba cotas insospechadas para ella. Trató de recordar si alguna vez con Miguel había experimentado algo parecido... no podía pensar, su vagina parecía echar chispas, sus jadeos eran ahora totalmente audibles para todos.

Apenas podía seguir ocupándose de Olga, su propio placer se lo impedía, aquel pene seguía incansable su trabajo, parecía que no iba a terminar nunca, y su cada vez más mojada vagina le permitía deslizarse cada vez con más suavidad. Para la cansada verga, aquel cálido cofre del tesoro era un sueño hecho realidad, su calor y su suavidad le hacían el más confortable lugar del mundo.

Hacía ya tiempo que Sofía había dejado de besar a Olga. Ésta, tras disfrutar un muy satisfactorio orgasmo, acariciaba la cara de la joven, sujetándola mientras seguía a cuatro patas. Sofía gemía ahora de un modo incontrolado, sus gritos anunciaban la llegada del placer en oleadas, sus cuerpo se arqueaba y se tensaba, mientras sus pechos eran acariciados por las manos de Ramón.

Cuando finalmente Ramón eyaculó, Sofía pensó que iba a perder el sentido, si antes creía que estaba experimentando placer, ahora sintió que tocaba el cielo. Parecía que su vagina estaba ardiendo, su orgasmo subía y subía hasta límites que nunca había conocido. Con voz ronca, no pudo reprimir un gemido final "Aaaaaaaah sí, SÍ". Luego, se derrumbó en el suelo, entre las piernas de Olga, que le acariciaba amorosamente la cabeza "mi niña, mi niña, tenías tanto que aprender..."

Sofía se debatía entre la vergüenza y el agradecimiento. Era increíble lo que acababa de hacer. Desnuda en medio del salón, había chupado como una loca el sexo de Olga mientras Ramón la poseía delante de todos... y le había encantado. Ni se acordaba de Miguel. Al fin, reunió fuerzas para incorporarse y darse la vuelta. Casi estaba decidida a dar las gracias a Ramón cuando giró la cabeza...

Junto a ella, exhausto pero feliz, se encontraba Federico. Sofía se sintió morir ¡dios! ¡era el viejo el que la había penetrado, el que había eyaculado dentro de ella! ¡y podía ser su padre, casi incluso su abuelo! Estaba indignada, aquel engaño era excesivo. Miró entonces el arrugado instrumento de Federico, el que le había proporcionado el mayor orgasmo de su vida... ya no sabía qué pensar de sí misma, todo su mundo daba vueltas.

"Espero que le haya gustado su regalo Federico" dijo entonces Olga, sonriendo. El contraste entre el arrugado y enjuto cuerpo del sexagenario con la hermosa redondez de Sofía era infinito. Sin embargo, la joven no podía engañarse, había disfrutado del sexo en aquellos dos días con sus dueños más que en todos los años que llevaba con Miguel... Se sintió como si estuviera asomada a un abismo ¿qué pasaría desde ese momento hasta el final de la semana?

Esa noche, en su habitación, Ramón no estaba demasiado contento. A regañadientes había accedido a "prestar" a aquel desgraciado su nuevo juguete. Olga le había convencido de que la situación sería increíblemente morbosa, y tenía razón, pero ahora su orgullo había quedado herido: ver a Sofía estremecerse como una loba en celo bajo el cuerpo de aquel vejestorio... Por más que intentara engañarse, era evidente que la joven había disfrutado más que con él.

Mientras se la chupaba a su marido para relajarle y ayudarle a dormir (había tenido que refrenar los deseos de Ramón de poseer brutalmente a la joven esa misma noche) Olga intentaba animarle "hay que...slurp, dejarla descansar...slurp cariño, ten en cuenta...slurp su estado" Olga hizo una pausa en su trabajo y le animó "te prometo que mañana conquistarás su adorable culito, y estoy segura de que serás el primero en hacerlo".

Con este dulce pensamiento en mente, Ramón pidió a su mujer que siguiera con la felación y cerró los ojos, sonriendo.

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