En ningún momento me había planteado el contarle a nadie mi
historia, los secretos que escondían un simple par de tacones rojos. En
ocasiones, la impaciencia se apoderaba de mí. En parte, sentía la necesidad de
desahogarme y de decirle a la gente, a las personas que conocía y que quería,
que yo, la mujer que veían, no era la misma desde aquel día. En parte,
necesitaba no contárselo a nadie, por el miedo a que esa bella historia que
mantenía se esfumara y dejara de tener la importancia que tenía. Se volviera
algo común, rutinario, terminando por desaparecer como otra aventura más...
Mi dilema era encontrar a la persona adecuada, al hombre (y
no a la mujer) con quien poder compartir esas fantasías que rondaban por mi
cabeza, aquellas escapadas furtivas con aquel hombre que me había iniciado en
las prácticas menos insospechadas, en el mundo de la noche, del intercambio de
experiencias, en todas y cada una de esas salidas memorables, donde rozaba el
cielo en forma de gritos exhaustos que salían disparados por mi garganta cuando
ya las piernas me temblaban.
¿Dónde encontrar a ese hombre? ¿Cómo contarle lo que estaba
viviendo? ¿Cómo hacerle partícipe de mis aventuras? Sí, todo era difícil, pero
¿cómo saber que él, era el hombre adecuado, capaz de estar a la altura?
Mientras me fumaba aquel cigarro que sabía a gloria, eché un
vistazo y comprobé que la mayoría de los hombres que se encontraban allí, no
satisfacían las tórridas imágenes que mi imaginación había fabricado. ¿Y
buscarlo en una mujer? ¿Habría alguna que me supiera quitar los tacones con la
misma delicadeza? ¿Que fuera capaz de sentir con lo que yo gozaba? ¿Y si en
lugar de ser él, era ella?
Había tacones para tres, mi marido, mi amante y mi aventura,
pero ¿y si eres tú? ¿Con quién iniciar la nueva experiencia? ¿Con un hombre?
¿Con una mujer?
Tranquilos, hay tacones para tres... ( y
para muchos más)