RELATOS ERÓTICOS PARA LA PAREJA
Autor: Antoine Antilef
Como sensibilizar el cuerpo de una viuda.
Agotado pero más relajado, al comienzo de mis vacaciones
estivales. Pasábamos casi todas las tardes refrescándonos en la piscina, de un
amigo del barrio.
Angélica, su mamá, había enviudado hace dos años. Había
guardado un largo luto. Tenía cuarenta y cinco años, veinte años mayor que yo.
Era una morena muy sensual, de un cuerpo voluptuoso bien cuidado, de grandes
caderas y suculentos muslos de antigua deportista. Ella, algo ingenua y se
notaba insegura por su larga soledad involuntaria, pero por dentro guardaba a
una hembra que añoraba la necesidad de un macho. Lo había notado en sus pupilas
negras de mirada penetrante e inocente, que ¡me habían cautivado!
Un día, llegó con un nuevo traje de baño de dos piezas, con
una insinuante y pequeña tanga. Ella, ruborizada pero provocativa, nos mostraba
y decía-"qué les parece chiquillos". "¡Mamá! Se parece a los que usa mi
novia"-dijo su hijo. ¡Ella necesitaba sentirse deseable a las miradas!
Se veía ¡muy rica!, con toda su cinturita a la vista,
resaltaba más su anchito culito y dejaba entrever gran parte de sus senitos y
marcaba bien el monte de su entrepierna. Se paseaba, balanceando su exquisito
cuerpo. ¡Daban ganas de pellizcarla! Se tendía al sol relajadamente, boca arriba
y con sus piernas entreabiertas, exhibiéndose ¡muy atrevida y deseable!
Me provocaba unos deseos intensos en mis solitarias noches de
verano. Fantaseaba agarrar y disfrutar de su cuerpecito. ¡Cómo poder abordarla y
saborear toda su piel!
Un día, mi amigo me cuenta contento, pero preocupado que todo
el fin de semana, no llegara a su casa, acompañará a su novia sola en su casa.
Yo lo azucé, dándole valor para tan sacrificada misión. La oportunidad lo tenía
muy entusiasmado. ¡A mí también!- me dije, pensando en mi morenaza.
Ella, el fin de semana, después de un refrescante baño en su
piscina, se había puesto una ropa muy sensual, luciendo sus doradas y hermosas
piernas. Cenamos, unas ensaladas y deliciosos quesos, acompañado con vino blanco
fresco. Me ofreció un trago de coñac como bajativo, que hizo ¡encender nuestras
carnes y fogosas miradas!
Nos interrumpió el llamado telefónico de su hijo, que se
encontraba en la casa de su novia. Mi amigo suspiró de tranquilidad, que yo me
encontrara ahí, que ya se había convertido en algo habitual. Ella lo
tranquilizó, que no fuera tan aprensivo. Con esa llamada ¡todos nos
tranquilizamos!
Me preguntaba, ¿cómo conquistar y poseer este exquisito
cuerpo?, que me acepté sin producir rechazo, después de tanto tiempo sin
prácticas sexuales. Pensé en la sensibilización del cuerpo que aplican los
sicólogos en los grupos de terapia. Agregarle, algo del erótico libro "La cama
celestial" de Irving Wallace, de doctores que usan terapeutas para sanar a
pacientes con problemas sexuales ¡con mucho morbo!
Cuando discutíamos la situación de las mujeres que han tenido
experiencias traumáticas. Me armé de valor, y le dije: "¡conozco un sistema para
sanar el cuerpo!, elimina las inseguridades. Con ejercicios de tactos en la
piel, entre dos personas".
A ella le llamó la atención, casi inocente y apremiada, dijo
- "¿… a ver cómo es eso?". "¿Tú me lo podrías enseñar?"
La tomé de su mano, y le pedí que nos sacáramos los calzados,
y nos sentáramos de frente en una alfombra gruesa de la terraza, en posición de
piernas cruzadas.
"Cerremos los ojos…., respire profundamente y relájese…Ponga
sus manos en su pecho. …bájelas lentamente hacia su vientre,…siga por sus muslos
hasta juntar nuestras manos…"- le daba mis instrucciones. Realizamos juegos de
manos, expresando sentimientos, "expresemos alegría" "angustia", "amor",
"pasión"- le decía, todo muy agradable. "…retiremos lentamente nuestras manos"-
decía finalizando, provocando una clara angustia en ella. Al volver a tomar
nuestras manos, deseábamos el contacto, ¡con mucha intensidad la pasión!
Luego vino el lavado de pies. Sentada, puso un pie dentro de
un pequeño lavatorio, obligándola a entreabrir sus piernas. Mojé y acaricié cada
uno de sus pies. Esto a ella le produjo un divertido cosquilleo. El movimiento
de cambio de pie, lo realizó con elegantes movimientos pero de manera
descuidada. ¡Mis ojos vieron muy de cerca sus carnosos muslos!
Luego, tocó hacer masajes en su espalda –gracias a que era en
verano, andaba con su diminuto traje de baño, sintió pudor pero como entre
nosotros era ya habitual, quedó en su pequeño sostén, que apenas tapaba sus
prominentes senos maternales y marcaba el inicio de unas contundentes caderas.
¡Mamita,…qué rico tocar este cuerito!
Aproveché de jugar con mis manos sobre su espalda
intencionalmente para crear una mayor comunicación y aumentar la sensibilidad en
su cuerpo. ¡Muy suavecita su piel!
"Oiga, no sabía que fuera tan cosquillosa" –le decía, sin
tutearla.
"Estoy sensible, hace mucho tiempo que no me hacían
cosquillas"– me decía sonriendo.
Me salté varios ejercicios. Pasé directamente al masaje de
cuerpo entero, donde debíamos estar sólo con ropa interior. ¡Estaba más que
ansioso!
A ella, en un principio le dio vergüenza continuar. Yo me
adelanté para hacerla sentir cómoda, sacándome primero mis pantalones, y ella
con elegancia se sacó lentamente su falda, quedando en su pequeña tanguita. ¡Me
saboreaba la boca, se veía muy apetitosa!
"De nuevo… póngase boca abajo"- le dije, para mirarle bien su
culito que me ¡tenía loco! Comencé de lleno en sus firmes muslos, ¡se me hacía
agua la boca!, con mucho esfuerzo en un lento camino hacia su potito, redondito
y firme, "¡era muy rico!". Me hacían perder la razón, declarándose una clara
hinchazón bajo mi poca ropa.
"Voltéese…lentamente"- le dije, quedando con todo su frente,
a mi plenitud. ¡Que senitos! Pasé mis manos por todo su cuerpo, lenta y
suavemente. Noté que su lengua se movía para lubricar la sequedad de su boca. Al
pasar por sus muslos, sus piernas provocativamente se entreabrieron de manera
refleja e involuntariamente. Subí y bajé por su vientre, buscando estar más
cerca de su hendidura ¡se notaba toda su conchita!
"¿Cómo se siente, sigo o paramos un momento?" –le dije,
averiguando su aceptabilidad.
"¡Sigue!, me encantó,… hay partes de mi cuerpo… pensé que no
existían" –me decía, con sus ojos cerrados. ¡Acariciando su tostadita piel!
Sabía que el siguiente ejercicio, era el obstáculo mayor de
esta "terapia", la imagen corporal con la desnudez total de ambos. Tenía que
avanzar en esta posición, ella debía recibir mucho estímulo y así hacer más
fácil el siguiente paso. ¡Se me iban las manos a su "conejito" y pechitos!
Por último, le apliqué las imposiciones de mis manos, tipo
"Reiki", en varios puntos de su cuerpo. Hasta que tomé más confianza e imponerle
atrevidamente mis manos, una de ellas sobre sus paraditos pechos, y la segunda
sobre la suavidad del monte de su entrepierna, explicándole – "por aquí abajo la
mujer recibe la energía y por acá arriba, ella se la entrega al hombre",
transmitiendo mis conocimientos tántricos. Se sorprendió, pero me agradeció
colocando sus manos sobre la mías. Yo ¡hervía!
Hasta que abrió sus brillantes ojos, retiró sus manos y yo
terminé con un beso en la frente. Esta hembrita me aceptó tocar puntos vedados
hasta ahora, delataba que su "carnecita" esta cada vez más sensible.
Necesitaba que ella, pudiera reconocer mi cuerpo, haciéndome
un masaje. Así, le sería más familiar la desnudez total. "¡Quería sentir sus
manitos!".
"Ahora me toca a mí"-le dije. Tuve que hacer un esfuerzo para
calmar mi hinchazón. El pasar de un lado a otro de sus manos, más mi
imaginación, pasando sobre mi sexo oculto. Mi bulto en vez de disminuir,
aumentaba con más fuerza, se hacía cada vez más notorio. ¡Me excitó sus
caricias!
Hasta que ella soltó una risa muy picarona – "oiga y a usted"
¿qué le pasó? – me dijo riendo. "Parece que le creció algo por aquí abajo" – me
dijo, aludiendo mí clara erección. "Es que me ha hecho muchas cosquillas"-, Le
dije riendo, con mis ojos cerrados y perdiendo toda autoridad de serio maestro
terapeuta.
Ella con maestría experimentada, tratándome maternalmente
como a un niño, emulando la imposición de manos. Me puso una sobre mi pecho y la
otra la posó suavemente sobre mi creciente bulto de la entrepierna. Entregándome
un calor potente, haciendo circular un flujo calórico por todo mi cuerpo – "Este
es mi aporte de energía para usted" – Me dijo con voz sensual y morbosa, casi al
oído para que nadie escuchara.
"Uuaaaaauuuu!"– exclamé casi ahogado. Agradeciendo su gesto y
para hacerlo perdurable, puse mis manos sobre las suyas, y dejé fluir toda la
sangre a mi sexo, expresando todo mi deseo de estar con ella. Luego, retiró
suavemente sus manos, provocando una suave caricia, declarándome una erección
salvaje. Se acercó de rodillas, tocó mi cabeza y me besó sensualmente mi boca.
Se levantó y se fue silenciosa al interior de su casa. ¡Que manitos y exquisitos
labios!
Me recosté de lado, en posición fetal, tratando de aflojar mi
erección. Me levanté lentamente, mareado y caminé hacia la piscina. Busqué un
árbol para descargar mi vejiga, llena de tanto drenaje producido por los
"masajes". Me lavé mis manos y refresqué mi cuerpo. La verdad, es que no podía
creer la magnitud que había tomado. Ahora ella, me había sorprendido. ¡Exquisita
e inesperada!
Caminé hacia la terraza y justo venía contorneando su
atractivo y casi desnudo cuerpo con una bandeja y dos copas. – "¿Quieres un
champagne?" – me dijo, abriendo sus sensuales labios y húmedas pupilas. ¡Ella
más sugerente y coqueta!
La abracé de su angosta cinturita, tomamos champagne y
degustamos quesos. La noche era cálida, y las cosas estaban fluyendo mejor de lo
esperado. ¡Calmaba mi ansiedad!
"Me da vergüenza, tengo un cuerpo viejo,… ¡tú eres joven pero
yo no!"- me decía. "No tenga vergüenza, su cuerpo es hermoso,… ¡continuemos!",
le dije con un tono insinuante y ardiendo por dentro, ¡deseaba verla desnuda!
Tomó un último sorbo de champagne, y nos fuimos a su pieza
donde había un gran espejo e iluminada tenuemente, lo cual le daría más valor
para desnudarse. ¡Me saboreaba!
Miré de reojo, me quité mis calzoncillos y me pare frente al
espejo. Dándole confianza. Al observar que yo había realizado tal acción, me dio
la espalda, se quitó su sostén y con más premura su tanga. ¡Que culito! Se sentó
rápidamente en la cama con sus piernas cruzadas, y sus senos tapados por sus
brazos.
Comencé lenta y pausadamente mi descripción. "Mi pelo rubio y
largo", "…algo de pelo en el pecho", "…siempre mi piel bronceada". Llegue a mi
pene, que aún mantenía una leve erección, que ya no podía calmar. Le dije-"de
tamaño regular, con un glande rosado a rojizo"…"lo mantengo depilado, porque a
mi ex novia así le gustaba".
Ella, comenzó a sacar su voz y a opinar, ya no se cubría sus
pechos, estaba apoyada con sus brazos en la cama, pero aún mantenía sus piernas
entrecruzadas, ahora sonreía y opinaba positivamente de mi cuerpo. Me di el
tiempo suficiente, por mis glúteos y mis muslos juveniles, hasta llegar a mis
pies. Terminé sin apuro, me gire hacia ella, se notaba mas tranquila, y la
invité a que hiciera lo mismo. ¡Quería mirarla!
Me fui a sentar, ella se levantó y con pasos rápidos fue al
espejo, tapando siempre su entrepierna. "Mi pelo negro, teñido del mismo tono al
de mi juventud…mi vientre esta suelto,…mis piernas son flacas... ¡mi cuerpo ya
no es el mismo!"- decía ella, finalizando sin pausa su rápida y negativa
descripción.
Omitió dos partes de su cuerpo: sus senos y genitales. La
verdad que el paisaje que tenía a mi vista era bastante más positiva de lo que
decía su dueña. Sus senos si bien no eran grandes, pero maternalmente naturales;
una colita algo caída pero bien redondita y suculenta; con piernas algo flacas,
pero de muslos carnosos y firmes. Tenía un cuerpo sinuoso bien armadito, de una
piel tostada natural ¡Una diosa morena esculpida por natura! ¡para saborear!
"Angélica yo creo que es muy hermosa, pero se ha saltado sus
senos y su entrepiernas" le dije calmándola. ¡Con unas ganas de ver su conchita!
"…ay noooo!, mis senos son muy chicos, ni comparado con esos
que tienen las actrices, ¡esos sí que son senos!,….y la entrepierna me da
vergüenza"- me dijo afligida.
"Vamos, respire profundo y relájese, estamos solos y en
confianza, muestre en plenitud la hermosura de una mujer"-le insistí tranquilo,
¡pero más ansioso que nunca de parar y agarrármela!
Cerró sus ojos, respiro profundamente, dándose valor y vencer
su pudor, separo un poco sus piernas, siempre tapando su "conchita". Después de
interminables segundos cambio rápidamente sus manos y se cubrió la cara, y en
esa posición se mantuvo en silencio. Grande fue mi sorpresa, al ver su entre
piernas totalmente rasurada, formando un pulido triángulo moreno con una suave
rayita rosadita de sus labios mayores ¡que cosita más rica!
¡No aguante más! Me levanté y fui hacía ella, la abracé
suavemente, y le dije "eres muy hermosa, te vez maravillosa, cuántos hombres
quisieran estar contigo".
Con sus ojos llenos de lágrimas, me dijo emocionada: "… es
que hace mucho tiempo que no estoy desnuda ante un hombre,…y tú eres muy bueno
conmigo,…gracias".
Se tranquilizó y sacó las manos de su cara, abrazando mi
espalda y apoyó su cabecita en mi pecho, apegando más nuestros cuerpos, hasta
tocar nuestros vientres. Así, pude posar mi creciente pene sobre su calentita y
suave conchita ¡anhelaba rozar mi miembro sobre ella!
Nos mantuvimos pegaditos por varios y exquisitos segundos,
aumentando la circulación energética entre nuestros cuerpos, proporcionando un
fuerte calor a mi sexo, creciendo una potente erección. Sus pechos se pusieron
rígidos, coronados con unos duritos pezoncitos. ¡Sentía toda su carne!
Levantó su cara, y vi en ella una fogosa mirada,
entreabriendo sus carnosos labios. Como clamando ¡poséeme! ¡Nos besamos y
abrazamos con pasión! Hasta caer revolcados sobre su lecho, con nuestros
¡furiosos y excitados cuerpos!
No nos dimos tregua. Yo quería lamer toda su piel y chupar
sus rincones más ocultos; ella quería que la devoraran con una boca por todas
sus entrañas. Yo quería besar y lamer su vulva, ella quería sentir una boca en
su sexo. Yo quería sentir su boca chupando mi sexo, ella quería tener un pene y
saborear. La recorrí de arriba abajo, metiéndome en sus escurridizas y suaves
carnes, abriéndose y atrapándome entre sus piernas. ¡Qué sabrosa hembra, que
senitos y que culito!
¡Qué rica piel,…qué rica carne,… qué rica hembra! ¡Me la
devoré! Con mis manos, con mi boca y mi lengua, por todos lados. Hasta terminar
con una feroz mordida y chupada de su suave sexo. ¡Casi ahogado,… pero caliente,
muy caliente!
¡Aaahhhhhhh…! – gritaba y grito desahogando toda su reprimido
deseo. Hasta acabar, multiplicando infinitamente sus orgasmos guardados por
años. ¡Mamita que rica eres!
Quedamos tumbados, con latidos agitados y entrelazados.
Sintiendo nuestras mojadas y extenuadas carnes desnudas.
Al rato después, ya descansados, pero ella seguía inquieta y
ansiosa, "Venga, ahora le corresponde el juego de la ducha" le dije. Nos metimos
a su ducha. Yo le apliqué agua tibia por todo su cuerpo, con challa fina,
simulando un masaje. Apliqué intencionalmente en sus zonas prohibidas, pasando
suavemente por sus senos y su limpio triángulo, provocando un relajante placer
que me los correspondía, apretando mis hombros que le servían de apoyo.
Inicié las caricias con jabón, por su cuello, luego sus
hombros, bajando alrededor de sus tiernos senos, y seguir bajando hacia atrás a
su gordito culito. Arrodillado me puse frente a ella, comencé a subir por la
parte interna de sus gruesos muslos, pasando de largo hacia su vientre sin tocar
su abertura. ¡Con ganas de lamérselo!
¡Hasta que ella no aguantó más! Me interrumpió abruptamente,
tomó firme mi mano, y me la dirigió hacía su sexo. ¡Ansiaba el contacto en su
hendidura humedecida!
Me paré detrás de ella, abracé su deslizante desnudez. Con mi
mano izquierda me afirme de su cinturita y con la más diestra, delicadamente
sobre su sexo suave, y con la cooperación de ella que entreabrió sus piernas. Mi
boca saboreaba y mordía su hombro y cuellito.
Con mis dedos lubricados logré introducirle delicadamente un
dedo, todo muy suave, girando en su interior. Volvía lentamente afuera para
envolver su durito clítoris, y volvía al interior con movimientos muy pausados
pero firmes. Luego aumenté mis movimientos, me pedía más. Agregué un nuevo dedo
a su interior, que salían y pellizcaban su clítoris con movimientos circulares y
agitados. Mis movimientos se aceleraban, ¡sentía su grito de urgencia!
¡Más, más….qué rico,…mmmmáaaassss! Hasta producirse una
frenética y exquisita explosión orgásmica de su atractivo y suculento cuerpo.
Me miró con frenesí con sus pupilas ardientes, su cuerpo
energizado por el deseo de estar con un hombre, de tanto tiempo perdido. "…por
favor,…penétrame, ¡ahora!...¡penétrame!"-me rogó.
Aprovechando, su hendidura rosadita y jugosamente lubricada,
me arrodillé frente a ella, besándole y lamiendo su pulido "conejito", y la
invité a montarse sobre mí. Afirmada en la baranda de la pared por un lado y de
mi hombro por el otro, yo la sostenía de sus glúteos. Descendió lentamente hasta
besar mi pene con su húmeda vulvita, se insertó en mi firme e irrigada carne,
refalándose suavemente y envolviendo cada centímetro de mi dureza.
Detuvo la penetración a mitad del recorrido, iniciando con la
ayuda de sus firmes piernas de deportista, lentas subidas y bajadas, frotando mi
verga en su interior. Tomaba pausas en este balanceo, mordiendo con su vagina mi
lubricado pene, como tomando conciencia de la sabrosa realidad retenida en su
memoria. Repitió por largo rato este balanceo, hasta sensibilizar y tomar
confianza en su interior.
Hasta que dio rienda suelta a todo lo comprimido de años.
Lanzándose al vacío, cayendo en una profunda penetración. Se aferró de mi cuello
y a sus piernas, y yo con mis manos a su cintura. Comenzó un violento y
desordenado frenesí de contorsiones, que casi arrancaba mi carne hundida en su
abertura. Hasta terminar en una mojada explosión de jugos, desplomándonos en un
ovillo de cuerpos extenuados, pero victoriosos.
Estuvimos varios minutos, tocando nuestros cuerpos jabonosos
y mojados, sintiendo cada uno de nuestros latidos.
Más tarde, nos enjuagamos el uno al otro, como jugando,
alegres e inocentes. Nos secamos y desnudos nos metimos en su cama, hasta que se
durmió sobre mi pecho con mis suaves y cariñosas caricias. Con mucha seguridad,
como dice la canción- "yo quería dormir con ella y ella no quería dormir sola".
Me sentía orgulloso que haber podido aportar, en sensibilizar
el cuerpo que una piel dormida, pero no muerta. También me sentía muy afortunado
de haber sido yo el elegido como macho para tan abnegada misión, de esta
exquisita y suculenta mujer.
Me considero un terapeuta sexual graduado, y con mi primera
paciente sanada.
¿Alguna más,…requiere de mi ayuda?