Tenía diecisiete años cuando hice la locura más grande de mi
vida. Recuerdo que por aquel entonces yo quería tirarme a una chica de mi clase,
Laura. Nos reuníamos mucho en mi casa o en la suya para estudiar. Cada día me
tenía más loco, sus curvas, su culo, su pecho; además era dulce y cariñosa. Con
el tiempo me iba enamorando de ella poco a poco. Unos meses después empezamos a
salir.
Después de un tiempo yo seguía obsesionado con tener sexo con
ella, pero era inexpugnable. Empezaba con besos y caricias, pero cuando llegaba
la hora del ataque final, era repelido y se marchaba.
Un día hablando con mi amigo Luis sobre el tema me propuso
que probara con unas pastillas que el tenía. Según éste, la chica que la tomaba
se sentía tan excitada que no podía parar hasta que no era satisfecha su
necesidad de sexo. Me consiguió dos pastillas y yo como buen idiota me creí todo
lo que me dijo.
Ya hacía dos días que tenía las pastillas en mi poder. Al día
siguiente Laura vendría a estudiar conmigo y estaríamos solos. ¡Era la gran
oportunidad de poseerla! Pese a todo tenía miedo y lo llamé por teléfono.
-¡Hola, soy Paco! ¿Está Luis?
-Soy yo, dime…
-Verás, aún dudo de las pastillas, ¿no le harán daño?
-¡Por supuesto que no! – Estaba tan convencido que yo lo
creía. – Yo las probé anoche con una prima mía que es muy mojigata. ¡No te veas
que polvo! ¡Me folló varias veces como una auténtica puta!
-¿No le harán daño?
-¡Qué va tío! ¡Si no te lo crees pruébalo antes con otra!
¡Dáselo a cualquiera y a los diez minutos la tendrás lista para lo que tú
quieras! ¡No se le pasarán los efectos hasta que te la folles! – Me comentó. –
Pero ten en cuenta que si no la follas puede darle un ataque de ansiedad.
-¡Bueno, ya veré lo que hago!
Colgué el teléfono y estaba pensando en todo el tema de las
pastillas y Laura. No quería forzarla. Estaba seguro de que a ella le gustaría
hacerlo conmigo, que disfrutaría mucho y quería ser el primero que le diera
placer. Luis me dijo que probara con otra, pero mañana es el día perfecto para
Laura y hoy no tenía con quien probarlas.
-¡Paco, cariño, a comer! – Sonó la voz de mi madre.
Me levanté y fui al comedor rumiando aquellos pensamientos.
Me senté y mi madre iba y venía a la cocina. Entonces se me ocurrió. Se la daría
a ella, era la única mujer que estaría cerca de mí aquella noche. Pero ¿y si le
pasaba algo?… dudaba y no sabía que hacer. En uno de los viajes no lo pensé más
y la eché dentro del su vaso de vino tinto que le gustaba tomar en las cenas.
Burbujeó un poco y al momento parecía que no había nada más que vino allí
dentro.
-¡Bueno, empecemos a comer! – Dijo mi madre. - ¿Qué te pasa?
Te veo algo nervioso.
-No nada… - y la verdad es que con aquello se me había
quitado el hambre – estoy pensando en mis cosas, no te preocupes.
-¡Vaya por Dios! Cariño, acércate a la cocina y trae el pan
que lo he dejado encima de la mesa…
Me levanté y la verdad es que me temblaban las piernas. Mi
inconsciencia y mi calentura por Laura me había llevado a darle a mi propia
madre una pastilla para ponerla caliente. Y si le sentaba mal. Mi madre tenía
cerca de cuarenta años y aquello podía hacerle daño. Entré en la cocina y cogí
el pan, volvía por el pasillo para intentar algo que evitara que ella se tomara
aquel mejunje.
Entré en la habitación y me horroricé al ver que mi madre
acababa de beberse el vaso casi por completo, apenas medio centímetro del rojo
vino quedaba en el fondo. Me senté y rogaba por que aquello no le sentara
malamente.
-¿Qué te pasa hijo? Estás blanco. – Me miró preocupada y yo
intenté sonreír. - ¡Anda come haber si se te pone mejor cara! ¿Quieres un poco
de vino? – Me limité a mover la cabeza como signo de negación.
Estaba tan asustado que no tenía hambre, lo que quería era
ver cuanto antes que mi madre estaba bien. Aguanté unos diez minutos en la mesa
jugando con la comida y casi sin dejar de mirar a mi madre que parecía estar más
radiante y hermosa que nunca.
Ya habían pasado quince minutos y se había tomado otro vaso
de vino. Parecía estar bien y se comportaba de forma normal. Me sentí más
aliviado y decidí ir a mi dormitorio para descansar del susto.
-Me voy a mi habitación, no tengo hambre y me duele un poco
la cabeza. – Le dije y me levanté.
Me tumbé en la cama y pensaba en el susto que había pasado.
Lo más seguro es que Luis me hubiera dado cualquier cosa inocua y me contó la
patraña de que pondría a cualquier mujer deseosa de tener sexo conmigo. Ya hacía
media hora que lo había tomado y todo parecía normal. ¡Cuando lo coja lo voy a
matar! Entonces se encendió la luz de mi habitación.
-¡Paco, estoy caliente y necesito un hombre!
¡Dios! Mi madre estaba en la puerta, con el pelo revuelto, la
camisa medio desabrochada y casi podía verle los pechos. Apoyó su espalda contra
el quicio de la puerta y una mano la pasaba por sus pechos mientras la otra
acariciaba sus muslos levantando su falda.
-¡No sé que me pasa pero estoy muy caliente! – Repetía sin
parar. - ¡Necesito un hombre que me ame!
Nunca imaginé ver a mi madre de semejante manera. Ella estaba
excitada por el mejunje que le había dado, pero era más excitante aún verla.
Nunca me fijé en ella como mujer y la que estaba allí no era mi madre, era una
de las mujeres más fascinantes que nunca había visto.
Arqueó la espalda hacía atrás y se apoyó en el marco, se
llevó un dedo a la boca y comenzó a chuparlo como si fuera otra cosa. Todo lo
hacía sin dejar de mirarme con sus hermosos ojos verdes y sus alborotados rizos
castaños la hacían más excitante aún. La otra mano la puso entre sus piernas y
las dobló de forma que quedó en cuclillas.
Si lo que estaba viendo iban a ser los efectos sobre Laura,
al día siguiente tendría la mejor dosis de sexo de mi vida, pero esa noche mi
pobre madre rebosaba la lujuria que le había provocado aquella pastilla. Yo
estaba petrificado en mi cama sin saber que hacer para que se le pasara los
efectos. "¡No se le pasarán los efectos hasta que te la folles!" La frase volvió
a mi memoria. Mi padre estaba de viaje y no volvería hasta dentro de dos días.
"Si no la follas puede darle un ataque de ansiedad", también recuerdo que me
dijo eso… Pero era mi madre, no podía follarla por muy necesario que fuese.
Ella seguía moviéndose de forma sensual y ahora se había
colocado a cuatro patas en el suelo y gateaba hacia mi cama maullando.
-¡Miau, miau! – Imitaba un gato y movía su redondo y
respingón culo de lado a lado. - ¡Quién le dará a esta gatita en celo lo que
necesita!
Ahora estaba más paralizado que antes. Aquella hermosa y
sensual madura en que se había convertido mi madre se acercaba buscando
satisfacer sus necesidades animales. Y Luis me lo dijo "si no la follas puede
darle un ataque de ansiedad", pero como iba a hacer eso con ella, qué pensaría
después de mí de su propio hijo, como le afectaría haber sido "drogada" para que
se aprovecharan de ella… y más su propio hijo.
Entonces imaginé que aquella podía ser Laura, si bien estaría
muy sensual haciendo esas cosas, no me gustaba la idea de que lo hiciera sin ser
su voluntad. En ese momento decidí que no le haría a ella eso, lo haríamos
cuando ella estuviera preparada.
Pero en ese momento tenía un problema mayor. Mi madre estaba
subiendo en la cama simulando ser la gatita en celo en la que se había
convertido.
-¡Miau, miau! ¡Dale a esta gatita el juguetito que necesita!
– Estaba prácticamente encima de mí y una de sus manos me acarició el pene por
encima del pantalón. - ¡Parece que a mi dueño le gusta su gatita! ¡Miau, miau!
Mi corazón corría a toda velocidad. Por la situación mi pene
no había reaccionado, pero después de que su mano estuviera un poco tocándola,
tomó un tamaño considerable.
-¡Qué bien! Mi dueño está contento de tenerme cerca. – Decía
con la voz más sensual que nunca había oído y que no imaginé que ella pudiera
tener. - ¡Dale caricias a tu gatita! ¡Miau, miau!
Puso su cabeza sobre mi pecho sin dejar de tocar mi pene.
Simulaba estar ronroneando cuando empecé a acariciar su cabeza poco a poco para
después bajé por su espalda. Sabía que aquella sensual y excitante mujer era mi
madre, pero tenía que follarla para que el fuego que la consumía desapareciese.
Entonces abrió sus piernas y se colocó sobre mí, se sentó
encima de mi pene. Con su pelo despeinado y la camisa semi caída, estaba
demasiado excitante. Se movía de forma que su sexo se frotaba contra el mío. Sus
manos acariciaban mi pecho, me clavaba sus uñas. Yo más asustado que otra cosa,
tenía las manos al altura de mi cabeza.
-¡Toca a tu gatita! ¡Dale caricias a tu gatita en celo!
Con más vergüenza que nunca, llevé mis manos a sus muslos y
empecé a acariciarlos por encima de la falda.
-¡Eso es, tu gatita se portará bien si la acaricias! ¡Miau,
miau!
Yo pasaba mis manos por sus muslos y ella empezó a acariciase
los pechos. Agitaba sus caderas para que nuestros sexos se rozaran y gruñía y
ronroneaba como la gatita en celo en la que se había convertido.
-¡Toca mi tetas! ¡Dale placer a tu gatita! ¡Miau, miau!
Agarró mis manos y las subió para que tocara todo su cuerpo
desde las caderas hasta llegar a sus grandes y redondas tetas. En ese momento
creo que la calentura que la invadía se me empezó a contagiar. Por momentos me
sentía más excitado con aquella mujer que era mi madre.
-¡Te gustan las tetas de tu gatita! – Me hablaba y se movía
sensualmente. – ¡Sientes lo salida que me tiene este celo!
Se quitó la camisa y solamente su bonito sujetador me impedía
ver sus grandes y redondas tetas. Una mano tocaba una de sus tetas, podía sentir
su erecto pezón que empujaba la delicada tela como queriendo romperla y salir de
su prisión. La otra mano acariciaba sus caderas y podía sentir tan voluptuosas
curvas. Agarré el filo del sujetador para liberal su excitante teta, pero su
mano me paró.
-¡Espera cariño! ¡Vallamos a otro sitio más cómodo!
Me agarró de la mano y me llevaba por el pasillo hacia su
habitación. Podía ver como sus anchas caderas se movían de lado a lado,
provocándome, pidiéndome que lo acariciara. Se paró y pegó su culo a mi pene.
Mientras su redondo culo acariciaba mi pene, mis manos agarraron sus pechos y mi
boca comenzó a mordisquear su cuello.
-¡Sí, muerde a tu caliente gatita!
Continuamos caminando hasta llegar a la cama. Me quitó la
camiseta y me tumbó en la cama y continuó quitándome los pantalones. Quedé en
calzoncillos sobre la cama y mi polla ya no cabía dentro y asomaba su glande
para provocarla más.
-¡Oh, tienes comidita para tu gatita! – Me dijo mientras
empezaba a acariciarme la polla con una mano.
Se levantó y se puso junto a la cama. Desabrochó su falda y
poniendo el culo en pompa y hacia mí, empezó a bajarla mostrándomelo poco a
poco. Era impresionante ver el redondo culo que aparecía ante mi vista. Llevaba
unas bonitas bragas a juego con el sujetador. Era una mujer que gastaba bastante
dinero en lencería fina, le gustaba estar bonita hasta desnuda. ¡Y vaya que si
estaba bonita! Cuando dejó caer la falda hasta el suelo, tenía ante mí una
hermosa mujer madura, con un impresionante culo que realzaba aquellas hermosas
bragas y que tenía unas piernas que te provocaban para meterte entre ellas y
amarla.
Abrió un poco las piernas y puso sus manos en cada cachete de
su culo, los separó y podía ver perfectamente el bulto que formaban los labios
de su coño en las delicadas bragas. Todo el tiempo me miraba para ver como me
iba calentando con cada movimiento que hacía, volvió a ponerse un dedo en la
boca y chuparlo de forma sensual. Me quité los calzoncillos y mi polla
totalmente erecta estaba lista para lo que ella quisiera.
-¡Qué juguete más bueno tienes para tu gatita! – Se giró y
empezó a acercarse a mí. - ¡Miau, miau, voy a jugar con mi juguete!
Se subió en la cama y yo me puse de rodillas para esperarla.
Me miraba a los ojos mientras gateaba y se iba acercando. Llegó hasta donde
estaba yo y se refregó contra mi cuerpo, haciendo su papel de gata en celo y
dejó su culo apuntado hacia mí.
-¿Le gusta a mi amo lo que ve?
-¡Desde luego mami!
Agarré su culo y lo acariciaba con mis manos. Era
espectacular. Si no fuera mi madre, dejaba a Laura y me quedaba con ella. Agarré
los filos de las bragas e hice que entraran en la raja de su culo, sus dos
cachetes estaban a mi disposición. Bajé mi boca hasta que empecé a mordisquear
cada centímetro de aquel culo, mis manos también la acariciaba. Ella imitaba a
una gatita ronroneando y gruñendo por el placer que estaba recibiendo.
Fui recorriendo con mi boca su cuerpo, sentía su cuidada
piel, su suavidad. Estaba cerca de su cuello, de su nuca y ella apartó su rizada
cabellera. Mi boca empezó a morder su cuello y ella empezó a emitir ligeros
gemidos de placer. Fue perdiendo las fuerzas y se quedó boca abajo en la cama.
Yo estaba completamente encima de ella, mi polla estaba en su culo, en su raja.
Sólo la tela de sus bragas impedía que mi polla entrara en contacto con su sexo
o con su ano. Me movía como si la follara y ella ponía su culo un poco en pompa
para que nos diera más placer. No dejaba de morder y besar su cuello. Puse mi
mano en su barbilla y la forcé a girar la cabeza para que me ofreciera su boca.
Saqué mi lengua y rocé sus labios. Al momento la suya jugaba con la mía,
nuestras lenguas se acariciaban.
Sentía que lo que hacía no estaba bien, me estaba
aprovechando de mi madre, la había drogado con no sé que rara droga y ahora
estaba a punto de follarla. Quería parar, pero el miedo a que le pasara algo si
no la satisfacía sexualmente me empujaba a seguir.
Se movió para que me quitara de encima y me hizo tumbar boca
arriba. De nuevo abrió sus piernas y se sentó sobre mi polla. Otra vez sus
bragas se interponían en el deseado contacto de nuestros sexos. Llevó una de sus
manos a la espalda mientras la otra sujetaba sus pechos. Cuando soltó el broche
del sujetador, las tirantas cayeron por sus hombros. Sus hermosos y grandes ojos
verdes me miraban, observaban como la lujuria y el deseo se apoderaban de mí, de
su hijo. Me levanté en el momento en que separó el brazo que tenía delante de
sus tetas y éstas quedaron libres para que yo empezara a chupar con grandes
mamadas sus oscuros y erectos pezones. Con cada mano amasaba tan exuberantes
carnes, haciendo que ella emitiera gruñidos de placer.
Ya había conseguido las tetas de aquella hermosa madura, las
que un día alimentaron mi cuerpo, ahora alimentaban el lujurioso incesto al que
su inconciencia la sometía. Movía sus caderas y seguro que sentía la dureza de
mi polla rozar contra su clítoris provocándole placer. Me volví a echar y ella
levantó un poco su cuerpo para que nuestros sexos no se tocaran, con ambas manos
agarró unos lazos que tenían las bragas a los dos lados para soltarlos y tiró
por delante de ellas quitándoselas al momento.
Ahora podía ver a mi madre totalmente desnuda, ambos
estábamos totalmente desnudos. Yo acariciaba sus muslos y me fijé en su sexo.
Sin duda se cuidaba mucho, no tenía un pelo fuera de sitio, lo tenía depilado de
forma exquisita formando un sugestivo triángulo por encima del comienzo de su
raja, como si indicara a quien se follara donde había que meter la polla.
Con una mano se separó los labios y se sentó sobre mi polla
haciendo que quedara en medio, pero no la metió dentro. Empezó a moverse para
sentir su dureza en el clítoris. Mi polla empezó a mojarse con los flujos que
emanaban de aquella deseosa vagina. Cada vez se desplazaba con más suavidad
entre sus labios y la cara de mi madre mostraba el placer que le daba la
masturbación que se hacía con mi polla. Cada vez se movía más rápido hasta que
empezó a sentir que le venía un orgasmo y se echó hacia delante apoyándose sobre
sus manos. En el clímax del orgasmo, agarré su culo y la presioné contra mí
forzándola a que siguiera moviéndose y dándole más placer. Podía sentir su
respiración agitada y sus dulces gemidos. Había tenido un primer orgasmo, pero
no sería el último.
Se levantó de mí cuando hubo descansado un poco y cogió del
cajón un preservativo, lo saco y se lo puso en la boca. Con gran maestría empezó
a hacerme una mamada y en unos cuantos movimientos tenía colocado el
preservativo. Mi polla estaba más dura y más grande de lo que nunca la había
visto, sabía que el coño de aquella mujer me follaría en breve y estaba
totalmente dispuesto, ya no me importaba que fuera mi madre, o si me follaba por
efecto de la droga, iba a penetrar a aquella exuberante, excitante y lujuriosa
hembra que deseaba tenerme dentro.
Ella abrió las piernas y se colocó de nuevo sobre mi polla,
una de sus manos agarró mi polla y la llevó hasta la entrada de su vagina.
Comenzó a sentarse y su cara mostraba el placer de sentirse penetrada. Yo sentía
como mi polla entraba en ella y veía como se iba perdiendo entre sus piernas.
Comenzó a moverse poco a poco, acelerando a medida que su vagina se adecuaba y
mojaba por completo mi polla. Estaba derecha y botaba para que mi polla entrara
y saliera de ella. Me incorporé y comencé a mamar sus tetas. Ya no daba pequeños
gemidos, no, ahora eran grandes chillidos y gruñidos cada vez que la polla la
penetraba.
-¡Ah, ah, que bien follas a tu gatita! ¡Dale toda tu polla!
¡Llénala entera!
Me volví a echar y agarré su culo para acompañar sus
movimientos. Ella se echó hacia delante y me ofreció las tetas para que la
mamase. Mientras hacía esto, aguanté su culo con mis manos para que no se
moviera y moví mi pelvis para follarla rápido. Daba gemidos cortos, casi a la
misma velocidad que yo la follaba. Sin duda estaba gozando con la polla de su
hijo y ella no era consciente.
Apretó su culo contra mí para que mi polla estuviera lo más
adentro de ella posible, movía las caderas para restregar nuestros sexos y al
momento volvió a tener otro orgasmo. Veía como se mordía los labios con los ojos
cerrados y lanzaba gemidos de placer, estaba en la gloria. Quedó quieta encima
de mí con mi polla dentro de ella. La penetraba suavemente para que continuara
su placer.
Se levantó de mí y se colocó a cuatro patas en el filo de la
cama. No hizo falta que me dijera nada, me levanté y me coloqué detrás de ella
para follarla.
-¡Ahora fóllame como a una perra salida! ¡Una vieja perra
salida!
-Te follaré pues tienes el mejor coño del mundo.
Agarré mi polla y la dirigí a la entrada de su húmeda vagina.
Pasé mi glande por toda su raja, de arriba abajo. La paré en la entrada y poco a
poco la fui hundiendo en ella. Agarré sus caderas y la hice moverse para que mi
polla la penetrara. En el espejo del armario del otro lado de la cama podía ver
su preciosa cara que mostraba el placer que estaba sintiendo. Nos veía a los
dos, madre e hijo teniendo una incestuosa relación. Veía su hermoso cuerpo que
me recibía con placer, como yo agarraba sus caderas para envestirla cada vez con
más fuerza. Un buen rato disfruté de la vista de su redondo culo en el que se
perdía mi polla en aquella dilatada raja.
-¡Gatita! ¿Cómo podría penetrarte sin preservativo y correrme
dentro de ti? – De inmediato me miró a la cara.
-¡Estás loco por darme por culo! – Asentí con la cabeza. -
¡Todo para mi amo!
Se separó de mí y se colocó boca abajo en la cama. Me pidió
un bote que tenía en un cajón del armario, era lubricante. Con sus manos separó
sus cachetes y quedó totalmente expuesto su ano. No pude resistirme, me agaché y
pasé mi lengua por él. Ella dio un bote pues no se lo esperaba y después me lo
agradeció con unos grititos de placer. Eché un poco de lubricante y comencé a
tocar su esfínter con un dedo, forzando a que entrara dentro. En poco tiempo mi
dedo entraba por completo e intenté ahora que le entraran dos. Aquello le
costaba más y se quejaba.
-Gatita, ¿si te duele lo dejamos?
-Nada de eso, tengo que estar dispuesta para todo lo que me
pida mi amo.
Después de un poco de dilatarle el culo con mis dedos, entre
leves gritos de dolor, me pidió que me subiera en ella e intentara penetrar su
culo con mi polla. Me coloque de rodillas a la altura de su culo que permanecía
abierto con sus manos, me incliné hacia ella y con una mano dirigí mi polla
hasta su estrecho ano.
-Ve despacio, nadie ha entrado por ahí nunca.
Iba a desvirgar el culo de mi madre. Empujé un poco y mi
glande comenzó a separar su esfínter. De su boca empezó a brotar chillidos de
dolor. Empujé otro poco más y mi glande entro por completo y se perdía tras
aquel virgen anillo.
-¡Espera, espera! ¡Cómo duele! ¡Ve despacio, parece que me
arde el culo!
Solté mi polla y empecé a empujar un poco más. Se repetían
los chillidos y aunque yo le decía que si quería que parase, ella insistía en
que la penetrara por ahí. Poco a poco dejé caer el peso de mi cuerpo sobre ella
hasta que mi polla entró por completo en su culo. Paré un momento para que su
ano se acostumbrara a mi grosor y empecé a mordisquear su cuello y nuca. Eso le
gustó. Sin mover mi polla, continué mordisqueándola y ella giró la cabeza para
ofrecerme su boca. Nos besamos y jugaron nuestras lenguas todo lo que quisieron
mientras mi polla permanecía en el interior de su culo.
-¡Empieza a moverte ya!
Me ordenó y poco a poco comencé con las penetraciones. Cuanto
más la follaba, más cambiaban sus sonidos. Al principio eran secos, más bien
gruñido aguantando el dolor, pero a medida que mis penetraciones se hacían más
continuas y su ano se acostumbraba a mi polla, se volvieron más suaves, eran
gemidos de placer.
-¡Nunca había sentido algo así! ¡Uf! Al principio duele, pero
cuanto más me follas, más me gusta. ¡Ah, uf, sigue, no pares! ¡Fóllame más
fuerte!
Le hacía caso y la follaba al ritmo que su voz me marcaba.
Empecé a acelerar. Mi polla la penetraba ya sin esfuerzos y sin apenas dolor,
todo era gozo y lujuria.
-¡Córrete dentro del culo de tu gatita! – Me pedía gritando.
- ¡Lléname con tu semen!
Aquello me ponía a cien, escuchar como mi madre me pedía que
la follara y me corriera en ella me estaba excitando hasta el punto que empecé a
sentir que me iba a correr. La agarré por el pelo y tiré de ella hacia atrás,
forzando su cuello. Ella gritaba y gemía mientras follaba brutalmente su culo,
los sonidos de los golpes de mi pelvis en sus nalgas llenaban toda la
habitación. Follábamos como animales en celo, ella como una gata y yo como un
fiero león.
-¡Me corro, me corro! ¡Toma todo mi semen! – Sentí como
chorros de leche salían de mi polla para caer dentro de ella.
-¡Sí cariño! ¡Siento tu calor dentro de mí!
Le di dos o tres embestidas más para acabar de correrme y caí
a su lado exhausto por el esfuerzo de follar aquel culo. Permanecíamos
descansando uno junto al otro. Empecé a pensar en la maldita pastilla. Si bien
podía haberle provocado algún daño, si no se la hubiese dado, nunca hubiera
tenido la sesión tan intensa de buen sexo como la que me había regalado mi
madre. Ella estaba boca abajo y la abracé para hablarle al oído.
-¡Perdóname! – Le dije.
-¿Por qué? – Contestó y no me dejó seguir hablando. – Por
haberle dado tanto placer a tu madre o por haberte aprovechado de mí creyendo
que estaba drogada.
Quedé de piedra. No podía decir nada. Parecía que sabía lo
que había echado en su vaso y aún así se lo había tomado. Pero por qué…
-¿Sabías que el vino tenía la droga?
-¡Ja, ja! Claro que lo sabía, bueno te descubrí echando la
pastilla y decidí seguirte el juego para disfrutar de una noche contigo.
-Pero… pero ¿cómo sabías lo que era la pastilla?
-¡Sencillo! Cogí el teléfono para hacer una llamada y te
escuché hablar con Luis, así que cuando te vi echando la pastilla en el vino,
sabía lo que era.
-Y de todas formas te lo tomaste… - yo no me podía creer todo
lo que mi madre me decía.
-¡Ah, eso me recuerda una cosa! – Me dio una bofetada. -
¡Estas loco o que te pasa! ¿Y si es veneno lo que te dio el idiota de tu amigo?
-¡Perdona! Nunca más lo volveré a hacer.
-Cariño, si amas a todas las mujeres como me has amado a mí
esta noche no te hará falta ninguna pastilla. Respecto al vino, lo escondí
detrás de unos muñecos del mueble y llené otro vaso, bebí hasta que te vi llegar
e hice como si me lo bebiera todo de un trago. Después fue fácil simular que me
había afectado la droga hasta tal punto que la lujuria me rebosaba por las
orejas.
-¡Que buena eres!
-¿En qué?
-En todo, en actual como la mujer más caliente del mundo,
follando… y pegando, ¡qué guantada!
-Pues ahora viene el castigo. Durante un mes no saldrás de
casa.
-¡Bueno! Si tú estás aquí no me importa tanto…
-Cariño, si quieres follar con Laura, no te preocupes, ya lo
harás, y si estás muy desesperado siempre puedes darme otra "pastillita".
-¿No te importa haber follado con tu hijo?
-Para nada, desde hace tiempo no hago nada con tu padre, él
prefiere a las putas de pago. Por esto estaba muy caliente, pero no me gusta
follar con cualquiera. Hace unos días te descubrí haciéndote una paja y vi tu
hermosa polla, desde ese día estaba buscando una forma de que me satisficieras
sexualmente, pues que mi hijo entre en mi coño no me importa… y desde esta noche
me gusta.