Cuando conocí a mi cuñado, Álvaro, me pareció un chico
bastante raro. Tenía el pelo y los ojos oscuros, de un negro casi brillante, y
una voz grave, muy masculina, que me intimidaba sin remedio. Desde que nos
conocimos apenas habíamos cruzado más de dos palabras y nos limitábamos a
saludarnos cortésmente cuando nos veíamos en alguna reunión familiar. Por eso,
me sorprendió tanto su llamada.
Era sábado por la noche. Agosto. Hacia un calor insoportable
en Madrid. Carlos, mi marido, estaba en Asturias, de acampada con sus amigos.
Yo, muerta de aburrimiento, estaba tirada frente al televisor, con el aire
acondicionado a tope. Entonces sonó el teléfono.
¿Si?-
¿Isabel? Soy Álvaro.
¿Álvaro? – Mi cerebro, víctima del
amodorramiento veraniego, tardó un poco en reaccionar- ¡Ah,
Álvaro! Perdona, estoy un poco atontada por el calor. ¿Qué tal?
Bien, bien. ¿Y tú?
Pues, bien, aquí, un poco aburrida, como
Carlos está de viaje…
Ya, ya lo sé. Está en Asturias, ¿no?
Si, de acampada con Luismi y los demás. Yo es
que paso de ir de camping, no me mola nada.
Ya, a mí tampoco, la verdad.
Bueno… ¿y tú qué te cuentas?
No mucho… un poco aburrido también. Oye, ¿te
apetece salir esta noche? No sé, podríamos tomarnos una copa o
algo.
- Ehhhh… sí, sí, vale, vale. Hmmm, ¿dónde quieres quedar?
Te paso a buscar con el coche, si quieres, y
luego lo pensamos.
Ah, vale, genial. Venga, pues, ¿te veo en una
hora?
Vale, perfecto, te paso a buscar a las 10.
Vale, hasta luego.
Adiós.
Cuando colgué el teléfono, me temblaban las piernas. Joder,
¡qué raro! Álvaro quería salir a tomar una copa conmigo. Pensé en sus ojos
negros, mirándome fijamente en silencio… ¿Sería posible que yo le gustara?
Intenté apartar la idea de mi cabeza, pero no pude. Sentí un escalofrió entre
las piernas. La verdad es que Álvaro era muy atractivo. Más de una vez me
sorprendí mirándole sin querer. Tenía un cuerpo impresionante y una personalidad
enigmática. Era todo un misterio por descubrir.
Corrí a la ducha. Quería estar perfecta. Mientras me depilaba
las piernas, pensé en lo que me iba a poner. Acababa de comprarme un top negro,
con mucho escote, que dejaba mi estomago al descubierto. Estaba bastante morena
y mi pelo rubio, largo, contrastaba con el color dorado de mi piel. Me puse un
sujetador rosa, con encaje, y un tanga a juego. El espejo me devolvió una imagen
irresistible. Los ojos me brillaban, presos del deseo, y el maquillaje, en tonos
pastel, suavizaba mi rostro, bañándolo de un tono irreal, casi perfecto. No
podría resistirse. Sentí un vuelco en el pecho al percatarme de que me estaba
vistiendo para seducirle. A él. A mi cuñado. ¿Estaba loca? No me apetecía
pensarlo en aquel momento, tan sólo jugar, tentar al destino con mis labios de
fresa… La idea de lo prohibido me cautivaba tanto que me temblaba la piel.
Mientras caminaba hacia su coche, sentí cómo se me aceleraba
el pulso. Le di dos besos. Llevaba puesto un polo azul y unos vaqueros. Olía muy
bien. Era una colonia fuerte, varonil… El corazón me latía en la garganta.
¿Adónde vamos? – sonrió. Tenía una sonrisa
preciosa. Aparté la mirada, por miedo a que mis pensamientos me
delataran.
Adonde tú quieras- sonreí a mi vez.
Vale.
Sin decir más, arrancó. En el aire flotaba su colonia,
inquietante. La música de U2, rebotando en las paredes del coche, me arrastraba
a una atmósfera irreal.
Llegamos a La Latina. Tras salir del aparcamiento, me condujo
a un garito en el que yo no había estado nunca. La luz era baja, dolorosamente
íntima, y la gente bailaba al ritmo de un grupo de música brasileña que animaba
el local. Nos pedimos una copa. Álvaro, apoyado en la barra, bebía la suya en
silencio, sin mirarme apenas.
Me alegro de que me hayas llamado esta noche-
confesé con una sonrisa traviesa.
¿Ah, sí?- Álvaro me devolvió una mirada
inquietante.- ¿Y por qué te alegras?
No sé…- Sonreí con timidez y me dirigí hacia
la pista de baile.
Estaba abarrotada de gente. Me hice un hueco como pude y, sin
apartar los ojos de Álvaro, me dejé llevar por la música. Era un ritmo sensual,
lleno de curvas. Me sentí plenamente consciente de mi cuerpo… la cintura,
esclava de mis caderas, que acompañaban cada nota, los brazos elevados,
acariciando mi propia piel, entregados a una danza de seducción irresistible…
Pronto me vi rodeada del inevitable grupo de tíos salidos,
atraídos por mis movimientos, que interpretaban como una invitación al sexo.
Pero yo sólo le miraba a él, a Álvaro, quien seguía clavando sus ojos en mí,
inmutable.
Me acerqué a él. Apoyé mis caderas en las suyas y me incliné
para coger mi copa, que estaba abandonada sobre la barra, justo detrás de su
cuerpo.
Álvaro me miró fijamente. No pude evitar detener mis ojos en
sus labios. Le deseaba tanto…
Entonces me besó. Apasionada, locamente, devorándome con
fiereza. Me temblaba la piel, sus dedos me aferraban la cintura. En aquel
momento supe que aquella noche sería nuestra noche. ¿Cómo escapar al deseo?
Me arrastró hasta su coche. Una vez dentro, no dijimos nada.
Cuando él empezó a conducir, me apoyé en su regazo y sentí su verga, creciendo
ante mi contacto. Pensé en acariciarla, pero decidí esperar.
Su cuarto. Tinieblas. Álvaro me apoya violentamente contra la
puerta. Mi top y mi sujetador rosa yacen en el suelo. Sus manos recorren mis
pequeños pezones, sus labios los devoran. Yo me entrego, esclava de su deseo,
ajena a mi realidad.
Me arroja en su cama, al tiempo que se quita la camisa,
dejando al descubierto su cuerpo de gimnasio. Se inclina sobre mí y comienza a
besarme, a lamer mi cuello. Su piel huele a pasión, a sueños. Levanto mis
caderas hacia su entrepierna, loca por sentir su sexo, pero él disfruta
haciéndome esperar.
Me quita la falda. Sus dedos queman en mi piel. Se detiene a
contemplarme. Mi tanga rosa le fascina y juguetea con él. Incapaz de aguantar
más tiempo, le susurro: "Fóllame." Sus cejas se elevan sorprendidas de mi
atrevimiento, al tiempo que sonríe y se dispone a complacerme.
Álvaro ahora está desnudo frente a mí. La visión de su pene
erecto, me nubla los sentidos. Es perfecto. Firme, duro, suave. Me inclino para
lamerlo y él gime, incapaz de resistirse. Me contempla extasiado, mientras yo,
de rodillas, convierto su polla en un helado de chocolate. Lamo, relamo y
disfruto de su sabor como cuando era niña.
De pronto, él me detiene. Me empuja para darme la vuelta y me
penetra violentamente por detrás. Al tiempo que me embiste, sus manos gruesas
sujetan mis senos, acariciando mis pezones. Noto su aliento en mi nuca,
quemándome. Mis gritos de placer le vuelven loco.
Ahora estoy tumbada y él está encima, entre mis piernas,
apoyado en sus rodillas. Elevo mis caderas, al tiempo que mantengo el cuerpo
recto, permitiéndole a él marcar el ritmo. Noto su pene golpeando mis entrañas,
provocándome un placer hasta entonces desconocido. Siento que puedo morir en
aquel momento, desaparecer, tocar el cielo, flotar por encima del universo. El
sexo con él es un pecado.
Álvaro me empuja suavemente. Estoy tumbada de lado y él está
detrás de mí. Me penetra con suavidad, abrazándome. El placer es insoportable.
Cierro los ojos y me entrego…
Nuestra noche se estira más allá de las fronteras de la vida.