Me llamo Enrique, tengo cuarenta y dos años y desde hace unos
meses tengo un problema. Estoy casado con Marta, una preciosa mujer dos años
menor que yo que aunque no es muy alta, está proporcionada y es bastante
sensual. Tengo que reconocer que una cosa que tiene desproporcionada son sus
tetas. Imaginaros una mujer de un metro sesenta y dos centímetros y con unos
pechos de la talla ciento veinte, seguro que el canalillo que se le forman con
todos sus vestidos es el sueño de más de uno de mis amigos y familiares. A modo
de broma le digo que es una "pequeña gran tetona".
Aún con esos maravillosos atributos, no los ha podido usar
para lo que fueron creados, amamantar a una criatura. Cuando nos casamos, como
toda pareja intentamos tener hijos. Después de muchos estudios y cientos de
médicos se descubrió que sus óvulos no se formaban en condiciones y nunca podría
tener un hijo. Tardó varios meses en superar esto, pero al final lo superó.
Siempre me gustó verla tener orgasmos mientras cabalgaba
sobre mí, viendo como sus generosas tetas se bamboleaban con sus enérgicos
movimientos mientras mis manos, agarradas a su culo, le imprimían el impulso
necesario para que mi polla la penetrara y le diera todo el placer que
necesitaba.
Pero tras varios años esto ya no me satisfacía tanto, me
empezó a gustar verla masturbarse delante de mí, yo hacía lo mismo delante de
ella y la penetraba después de que tuviera su primer orgasmo.
Y ahora viene mi problema, desde hace unos meses deseo ver a
mi mujer follando con otro hombre. No se la razón por la que me siento excitado
al imaginar a Marta abierta de piernas en medio de la cama, con otro hombre
encima y metiendo su polla en el coño de mi mujer, pero desde hace unos meses le
pido que lo hagamos delante de algún espejo. Cree que para poder ver su cuerpo,
pero la verdad es que me imagino que otro se la folla, me corro al momento.
No le he comentado nada a ella, no sé cual será su reacción.
No sé si pensará que estoy loco o que soy un pervertido… No creo que ella acceda
si yo le pidiera que se dejara follar por otro. Además si no le importara, ¿con
quién podría hacerlo? Seguro que muchos estarían encantados de follar con esas
tetas, pero a quién buscar, amigo, familiar…
Entonces la tarde de un domingo encontré al candidato idóneo.
Como casi todos los domingos, vinieron mi hermana María, su marido Manolo y su
hijo Eduardo a comer y pasar la tarde juntos. Este último sería el candidato
perfecto para mi plan.
Eduardo es un chaval de diecinueve años. Es hijo único por lo
que mi hermana lo tiene bastante protegido aún teniendo la edad que tiene. Es
grande, medirá sobre el metro ochenta y cinco. Recuerdo que aquel domingo él
parecía obsesionado con los pechos de Marta, no dejaba de mirarlos, parecía
estar hipnotizado con ellos y mi mujer lo notaba y a veces se sentía algo
incómoda.
Recuerdo que yo estaba en la cocina, dentro del pequeño
trastero que allí ahí, cuando entró mi mujer y Eduardo.
-¡Eduardo, hijo, deja de mirarme los pechos!
-Perdona tita, ¡es que lo tienes preciosos!
-¡Por favor, ya vale!
Me asomé con cuidado para verlos y me encontré que él la
tenía contra la encimera, enfrentados cara a cara, sin dejar de mirar sus
redondos y hermosos pechos. Ella tenía sus manos sobre el filo de la encimera y
sus pechos parecían desafiar al chaval. Él llevó sus manos para coger sus tetas
y las movió como si degustase sus redondeces sin llegar a tocarla.
-¡Vale ya niño! – Le dijo mi mujer y con un buen empujón lo
separó.
-¡Perdona tita! – Y se marchó.
Fue lo único que dijo y salió de la cocina. Ella se quedó tal
como la había dejado y parecía agitada por lo ocurrido. Reconocía aquella cara,
en verdad se sentía excitada por nuestro sobrino. Puso una de sus manos encima
de su sexo y se lo acarició un poco. Sin duda mi mujer se había sentido excitada
por Eduardo. Aquello era perfecto. Con lo poco que había ocurrido allí, me
sentía muy excitado, si conseguía que Eduardo se follara a mi mujer y poder
verlo… estaría en la gloria.
Y al final de la tarde mi hermana me dio una alegría. Me
comunicó que al mes siguiente se irían de vacaciones y como su hijo no había
aprobado todas las asignaturas lo dejarían con nosotros, si no nos importaba,
durante un mes completo. Por supuesto que no me negué, seguro que sería un
placer y quién sabe si para todos…
En eso quedamos y dos semanas después Eduardo llegó una
mañana con una bolsa de viaje en la que traía la ropa necesaria. Se instaló en
una de las habitaciones que teníamos para los invitados al lado de la nuestra.
Recuerdo el comentario de mi hermana al marchar "ahora será como si tuvierais un
hijo", lo que no suponía era mis intensiones para su hijo…
En ese año no conseguí coger las vacaciones en el mismo mes
que mi mujer. De esta manera por las mañanas estarían los dos solos. Tenía la
esperanza de que algo ocurriera y poder sacar tajada. Durante la primera semana,
Marta por las noches estaba más fogosa de lo normal, sin duda la presencia del
muchacho la ponía más caliente.
La segunda semana empecé a hacerle comentarios sobre su tía
intentando provocarlo para que cuando yo no estuviera buscara a mi mujer.
Buscaba los momentos en que estaba observándola para lanzarle algún comentario.
-¡Tiene un buen culo tu tía! – Le dije una vez mientras Marta
se agachaba para meter la ropa en la lavadora, se ponía de cuclillas dándonos la
espalda y marcaba su redondo culo.
-¿Qué…? – Decía él como si no supiera lo que le había dicho.
La tarde del viernes estábamos los tres en casa y mi mujer y
yo nos bañábamos en la piscina. Imaginé que la estaría observando desde alguna
habitación, pues era impresionante ver a mi mujer en bikini con aquellas
hermosas tetas.
-Marta, ¿por qué no haces topless?
-¡Estás loco! – Me dijo como regañándome.
-No, siempre has hecho topless para broncear tus pechos, por
qué no hacerlo ahora…
-Eduardo está aquí…
-Bueno, es nuestro sobrino… ¿No me dirás que te da vergüenza
de él?
-Verás cariño… - empezó a hablarme y no sabía como hacerlo –
Eduardo el otro día, cuando vinieron a comer tu hermana, su marido y él, pues
estaba todo el tiempo mirándome a los pechos…
-Es normal cariño, tienes unas tetonas muy apetecibles, el
padre también te miró…
-Si el que me las mire no es problema…
-¿Ha intentado hacerte algo? – Hice como que estaba
preocupado.
-No, no… - contestó rápidamente para tranquilizarme – no,
pero me dijo que le gustaban mis tetas y se pegó a mí. ¡Pero no me hizo nada!
-¿Y eso te gustó? – Se ruborizó y su cara mostraba confusión
– No te preocupes… es normal. Es un chico joven y no está mal…
-¡Eres idiota! – Me dijo con tono enfadado y se tumbó a tomar
el sol.
-Si quieres hacerlo con él sólo tienes que dejar libres tus
tetas, - le dije al oído para provocarla – seguro que él te estará observando
desde alguna ventana…
No dijo nada, seguía tumbada con los ojos cerrados. "Si lo
deseas, hazlo" le volví a repetir en voz alta y me fui a la cocina a buscar algo
para beber. Salía de la cocina con mi cerveza en la mano cuando me encontré con
Eduardo que bajaba las escaleras.
-Ahora vengo, voy a comprar una cosa…
Salio por la puerta, supuse que ni siquiera había visto a
Marta que estaba estupenda junto a la piscina. Me acerqué a la ventana que daba
a donde ella reposaba y allí estaba, con sus dos hermosas tetas al aire, sin
duda había aceptado tener sexo con Eduardo. Salí y me senté de nuevo junto a
ella.
-¡Por lo que veo no te importaría hacerlo con él!
-Si a ti no te importa supongo que no estaría mal hacerlo con
un mozalbete…
-¡Pues prepárate para esta noche!
Después de cenar los tres descansábamos en el salón. Allí
teníamos dos sofás puestos de forma que formaban una ele. Marta y yo estábamos
en uno, mientras Eduardo, medio recostado, estaba en el otro. Mi mujer tenía
puesto una camiseta larga y unas bragas. Eduardo sólo tenía un bañador, al igual
que yo, los tres vestíamos con ropa para estar cómodos.
-¡Eduardo! – Llamé la atención del muchacho y no se imaginaba
lo que iba a ver. - ¿Te gustan las tetas de tu tía?
Sus ojos se abrieron de par en par. Marta estaba de lado, de
forma que quedaba frente a él. Yo por detrás le agarraba cada teta con una mano
y las juntaba y acariciaba. Sus pezones, por la excitación, se habían puesto
duros y erectos. Él no dejaba de mirar como acariciaba las dos redondas tetas,
era evidente que no llevaba sujetador y se movían bajo la tela a placer. No
decía nada, disfrutaba de la visión de aquel masaje sin saber bien que hacer o
como tomar lo que estaba viendo. Hice que Marta se levantara y se pusiera de pie
delante de mí y mirando para su joven deseo.
-Tal vez te gusta más lo que guarda entre sus piernas…
Le levanté un poco la camiseta para que se pudiera ver el
triangulo que formaban sus bragas blancas de encaje sobre su sexo, dejando
entrever el oscuro de los pelos que cubrían su raja. La agarré por la cintura y
la hice girarse para que se pusiera de lado a los dos. Eduardo se empezaba a
tocar la polla por encima del corto pantalón y era evidente que tenía una
erección. Mi mujer no apartaba la vista de él. La hice inclinarse para que su
redondo culo quedara en pompa y le subí de nuevo la camiseta para mostrarle el
trasero a nuestro sobrino.
-Tal vez te guste más este redondo y duro culo…
Él perdió toda la vergüenza que pudiera tener y ante la
visión de su tía que se la ofrecía su tío, mostrándola poco a poco decidió sacar
su polla y comenzar a masturbarse.
-¡Dios que buena! – Dijo Marta al ver la polla de Eduardo.
-Acércate y juega con él…
Esas fueron mis últimas palabras. Desde ese momento para
ellos yo no existía. Mi mujer se sentó junto a su joven amante que mostraba un
gran potencial. Agarró con la mano su pene y él empezó a acariciar su cuerpo,
primero por los muslos y fue subiendo hasta llegar a sus enormes pechos. La
camiseta tenía un buen escote y sacó uno de sus pechos. Contempló aquella
redonda teta sin dejar de acariciarla, podía ver la aureola oscura y grande que
rodeaba al pezón, el erecto y largo pezón.
-¡Tita, te deseo! – Dijo a la vez que su boca se acercaba
para mamar aquella teta.
-¡Hoy llámame Marta! – Le hablaba ella sensualmente mientras
acariciaba su pelo sin soltar su erecto pene. - ¡Ah, ah, sigue chupando! ¡Qué
bueno!
La besó por el cuello hasta llegar a su boca. Se fundieron en
un beso allí en el sillón. Se acariciaban desesperadamente. Los dos llevaban
unos cuantos días conteniendo la calentura que se provocaban al estar uno junto
al otro y en aquel momento estaba saliendo la lujuria que habían acumulado
durante la semana anterior.
Yo en el otro sofá disfrutaba del espectáculo que me
ofrecían. Mi madura mujer hacía el amor con mi joven sobrino. Los dos se daban
caricias y besos por todas partes. Eduardo se levantó y se quitó toda la ropa
que llevaba. Agarró a Marta y la hizo recostarse sobre el sofá. Levantó un poco
la camiseta y buscó el filo de las bragas para agarrarlas y de forma algo
brusca, quitárselas.
Marta se retorcía y disfrutaba de aquel hombre que la trataba
rudamente. Cuando se liberó de su prenda íntima, abrió las piernas todo lo que
pudo y con las manos se apartó los pelos y los labios que cubrían su rosada y
húmeda entrada para ofrecérsela a él.
Eduardo se arrodilló delante de ella y acarició sus muslos a
la vez que se inclinaba para hundir su boca en el sexo de su tía. Pude notar
cuando la lengua de Eduardo empezó a acariciar la raja de mi mujer pues ella
empezó a gruñir y a agitarse al sentirlo. Puso una de sus manos sobre la cabeza
del chaval para forzarlo a que la mamara. Las manos de él las extendía para
acariciar sus tetas.
-¡Me estas volviendo loca! ¡Qué maravilla de lengua! ¡Sigue
chupando!
Ella movía las caderas al ritmo que le imprimía la lengua de
nuestro sobrino. Las manos de él acariciaban su cuerpo mientras su lengua se
hundía en su raja lamiendo el clítoris y tragando los flujos que su vagina
desprendía para facilitar la penetración.
-¡Sigue, sigue! ¡Me voy a correr! – Gemía y se retorcía
mostrando el enorme placer que le daba su sobrino. - ¡Ah, ah! ¡Me coooorroooo!
Yo me masturbaba desde el otro sillón viendo como mi mujer
era amada por otro hombre, estaba logrando lo que soñaba desde hacía algún
tiempo. Entonces Eduardo se levantó y con las dos manos agarró el escote de la
camiseta de Marta, tiró y la rasgó. Las dos tetas salieron y el comenzó a
amasarlas viendo como su tía se retorcía de placer.
Marta se levantó e hizo que él ocupara su lugar. Se arrodilló
delante y comenzó a acariciar sus muslos hasta llegar a su barriga. Se inclinó y
comenzó a besarlo por la barriga, por el pecho hasta llegar a su boca y
comenzaron a besarse.
-¡Cariño, acércate y mira lo que le voy a hacer! – Me dijo
poniéndose de rodillas y abriendo las piernas de él.
Me levanté y me senté en el brazo del sofá para ver de cerca
como mi mujer se desnudaba por completo y se colocaba entre las piernas de él.
Agarró con una mano la polla y comenzó a acariciarla a la vez que me miraba para
ver mi cara de satisfacción. Yo me masturbaba mirándola, viendo como masturbaba
a nuestro sobrino, viéndola con otra polla que no era la mía en sus manos.
Se inclinó sobre él y con la mano descubrió el enorme glande
de aquella polla. Pasaba sus labios suavemente por la polla y no dejaba de mirar
como me masturbaba allí a su lado. Entonces su boca se abrió y se la tragó.
Desapareció casi toda dentro de su boca. Comenzó una mamada que hacía que
Eduardo se retorciera de gusto. Él apartaba sus pelos de la cara ella para que
yo pudiera ver como su polla follaba la boca de mi mujer. Los dos me ofrecían
aquel espectáculo, sabían que eso era lo que yo quería y me lo estaban dando.
-¡Chúpamela puta! – Le decía Eduardo a mi mujer y su polla se
perdía de nuevo en su interior. - ¡Mira como le gusta que me la chupe al cabrón
de tu marido!
Ella soltó su polla y se escupió en las tetas, agarró cada
una con una mano y envolvió la polla para hacerle una paja con ellas. Veía como
el glande asomaba y se perdía entre las dos voluminosas tetas. Ella escupía para
lubricar la paja.
-Túmbate en el suelo. – Le pidió Eduardo a mi mujer y ella le
obedeció. – Coge mi polla con tus tetas.
Ella estaba boca arriba y él se puso de rodillas dejando a
ella entre sus piernas, colocó la polla entre sus tetas. Ella agarró cada teta y
de nuevo envolvió su pene. Comenzó a moverse para follar las tetas de su tía y
ella sacaba la lengua cada vez que el glande salía para lamerlo. Folló sus tetas
hasta que se cansó y entonces se levantó y le pidió a ella que permaneciera en
la misma postura.
Se giró, se puso de rodillas por encima de su cabeza y le
ofreció la polla para que la chupara. Comenzó a tragarse la punta y él se echó
sobre ella y abrió sus piernas. Ahora tenía su raja lista para lamer. Mientras
su lengua se hundía en el coño de mi mujer, ella tragaba toda la polla. Hacían
un sesenta y nueve maravilloso que me ponía caliente. Estaba loco por correrme
mientras veía como los dos se daban placer, pero quería esperar, quería correrme
a la vez que ellos.
-¡Levántate! – Le pidió Marta a Eduardo. – Maridito, siéntate
aquí.
Me hizo sentar en el suelo con la espalda apoyada en el sofá.
Ella se colocó de pie sobre mí colocando cada pierna a un lado de mi cuerpo, de
forma que su coño quedaba por encima de mis ojos y podía verlo perfectamente. Se
inclinó sobre el sofá poniendo culo en pompa.
-¿Ves bien mi coño, cariño?
-¡Perfectamente!
-¡Ven Eduardo! ¡Mete tu polla en mi coño y hazme gozar! – Me
miró desde arriba. - ¡Disfruta cornudo marido!
Eduardo se acercó por detrás de Marta y con una mano pasó la
polla por la raja, de arriba abajo para que el glande se llenara de los flujos
de ella. Cuando la tenía algo mojada buscó la entrada de su vagina y la aguantó
para empezar a empujar. Pude ver perfectamente como su enorme glande separaba
los labios del coño y comenzaba a entrar.
-¡Aaah, qué bueno! ¡Qué grande! – Decía ella.
-¡Te gusta putita mía! – Le contestaba él.
-¡Dámela entera! ¡Clávamela! ¡Lléname de tu carne!
Yo veía como aquella polla iba entrando. Hasta ese momento
sólo yo había entrado allí y ahora mi sobrino compartía aquella confortable
cueva. Poco a poco le entraba. Eduardo tenía agarrada las caderas de ella y la
movía para penetrarla hasta que la tenía toda dentro. Empezó a acelerar las
penetraciones y podía ver como las tetas de mi mujer se movían al ritmo de las
embestidas. Su polla se perdía en el interior de ella.
-¡Fóllame fuerte cabrón! – Lo animaba mi mujer y le hacía
caso. - ¡Clávemela entera!
Los dos gozaban y era impresionante ver como aquel chaval le
daba placer a mi mujer que empezó a gemir por el orgasmo que estaba sintiendo,
sus piernas temblaban por el placer y parecía que se iba a caer. Aguantó como
pudo hasta que se acabó de correr. Yo podía ver como los flujos salían de su
coño. Se incorporó y la polla salió totalmente húmeda de su interior.
Me agarró por la mano y me hizo desnudar y sentarme en el
sofá. Me recostó y abrió sus piernas dándome la espalda. Agarró mi dura polla y
la clavó en su coño. Botaba sobre mí y cogió la polla de Eduardo para empezar a
mamarla.
-¡Qué puta eres tita!
-¡Eres puta y viciosa, cariño! – Le dije yo.
-¡Ahora veras cómo soy! – Me dijo soltando la polla de
Eduardo.
Se levantó y agarró mi polla, la llevó a su estrecho culo y
empezó a sentarse. Mi polla empezó a forzar su esfínter y gracias a los flujos
de su coño aquello se hizo con menor dolor. Puso sus pies sobre mis rodillas y
poco a poco se metía mi polla dentro de su estrecho culo, nunca la había follado
por ahí y ella estaba disfrutando.
Cuando la tuvo toda dentro comenzó a moverse. Eduardo la
miraba y veía como sus tetas se movían. Se masturbaba mientras nos miraba y no
pudo aguantar. Se acercó a nosotros y le habló a ella.
-Marta, ¿quieres probar dos pollas a la vez?
-¡Creí que nunca me lo ibas a proponer! ¡Mete tu polla dentro
de mi coño!
Marta paró de moverse y espero a que Eduardo buscara una
postura para poder llegar con su polla a la entrada de aquella excitante y
lujuriosa hembra. Cuando la encontró, cogió su polla y la apuntó a la dilatada
entrada y empujó para que su polla se perdiera de nuevo dentro de ella. Se movía
y ella gemía con grandes gritos de placer. Nunca le habían dado por el culo,
pero ahora eran dos pollas las que la follaban, una de su marido y otra de su
sobrino.
No me podía mover debajo de ellos y podía ver como Eduardo
disfrutaba de las embestidas que le daba a mi mujer. Los paré e hice que se
bajaran de mí. Senté a Eduardo en el sofá e hice que Marta lo cabalgara. Podía
ver como su polla entraba y salía y como él se dedicaba a chupar sus tetas. La
paré, me coloqué detrás y separé los cachetes de su culo. Apunté mi polla a su
ano de nuevo y la metí dentro. Ahora podía moverme y follarla a la vez que
Eduardo penetraba su coño.
No tardé mucho en sentir que me iba a correr y así lo hice.
Sentí como mi leche salía de mi polla y descargaba en su culo. La saqué y me
retiré para seguir mirando como follaban. Marta volvía a cabalgar sobre su joven
amante. Me encantaba ver como la polla de mi sobrino penetraba frenéticamente el
coño de mi mujer, mientras mi semen salía por su ano y se mezclaba con los
flujos que brotaban de su raja en el momento en que ella sentía un nuevo
orgasmo. Eduardo aceleró sus penetraciones para tener su recompensa. En un
momento se la clavó por completo y la dejó dentro. Se podía oír los gruñidos de
él mezclados con los suspiros de placer de mi mujer al sentir el calido semen
del chaval que le llenaba su vagina.
Después de unos segundos vi como Marta se levantó y la polla
de él salía no tan dura como antes. Se sentó junto a él con las piernas
abiertas. De su coño emanaba el semen de Eduardo junto con sus propios flujos,
mientras su ano aún soltaba mi semen. Era una delicia ver a mi mujer satisfecha
por dos pollas y llena del semen de sus dos machos.
Pasamos una hora charlando y bebiendo unas bebidas mientras
descansábamos un poco. Marta y Eduardo se besaban como enamorados y yo los veía.
Por raro que pueda parecer, no sentía celos, no sé si con otro sentiría celos,
pero con Eduardo no.
Cada uno nos duchamos y nos fuimos a dormir. Hacía dos horas
que habíamos tenido nuestro primer trío y Marta estaba en la cama abrazada a mí.
-Cariño, hoy he disfrutado como nunca, no imaginé que se
pudiera gozar tanto, incluso cuando me te metí dentro de mi culo. Al principio
me dolió, pero al momento era gozo todo lo que sentía. Y más cuando Eduardo me
entró en el coño. Nunca me había sentido tan llena y tanto placer. ¡Te amo! – Y
me dio un beso en la boca.
-Desde hacía algunos meses sentía la necesidad de verte
follar con otro. – La besé de nuevo. – Pero nunca pensé en hacer un trío… He
gozado viéndote follar y follando tu culo. ¡Yo también te amo!
-Quería pedirte un favor cariño… - Me dijo.
-Cuéntame…
-Esta noche me habéis puesto muy caliente… y aún lo sigo. –
Cambió el tono para pedir algo que podía no gustarme. – ¿Te importaría si
aprovecho el resto de la noche para pasarla con Eduardo? ¡Me ha encantado su
forma de folla! Pero quiero estar a solas con él…
-Bueno. – No pude negarme, ya lo había follado y me miraba
con esos preciosos ojos verdes.
Estaba desnuda y se puso un salto de cama medio transparente,
sin nada debajo. Se podía ver perfectamente su cuerpo bajo la fina y traslúcida
tela. Desde la puerta me lanzó un beso y se marchó a la habitación de él que
estaba junto a la nuestra.
Varios minutos después empecé a escuchar los gemidos de ella
y los gruñidos que él lanzaba cada vez que la embestía. El golpeteo del cabecero
sobre la pared marcaba el ritmo de la follada. En la soledad de mi habitación
tuve el impulso de levantarme y ver como se la follaba mi sobrino, pero le había
prometido que estarían solos. Sólo pude hacerme otra paja para aplacar la
excitación que me producía el oír a Marta y Eduardo follar como animales en la
habitación de al lado.
Por la mañana me desperté y ella estaba junto a mí. La besé y
ella se despertó un poco. La miré y estaba preciosa con su culo redondo y en
pompa. Empecé a acariciarla y me acordé de los gritos y gemidos de la noche
anterior. Le hablé al oído.
-Cariño, quieres que te penetre.
-Perdona pero tengo el coño medio escocido de la polla de tu
sobrino.
Me levanté y después de desayunar, como dos horas después se
levantaron los dos. Eduardo estaba un poco dubitativo, no sabía que hacer ante
aquella situación, se había follado a su tía junto con su marido y ahora, una
vez que había pasado la lujuria de la noche, no sabía bien como actuar. Marta
estaba radiante, un poco dolorida en sus genitales pero radiante.
El resto del mes que pasó nuestro sobrino en casa lo pasamos
follando a Marta a la mínima ocasión, o bien lo pedía ella o se lo pedíamos
nosotros. Nos gustaba corrernos dentro de ella, primero uno y después el otro la
metía dentro de su vagina llena del semen del anterior y descargaba.
Cuando yo trabajaba también aprovechaban para hacer algo, y
además me lo gravaban y me lo mostraban cuando yo llegaba a casa. Me convertí en
un auténtico cornudo, pero lo que disfruté yo, mi mujer y nuestro sobrino sólo
queda para nosotros.
Después de un mes, más o menos, Marta nos comunicó que se
había quedado embarazada. Los médicos no se explicaban como podía haber
ocurrido, pero lo peor era que los dos, Eduardo y yo, habíamos depositado
nuestro semen en ella y, aunque lo más probable es que fuera de Eduardo, para
todo el mundo era de Marta y mío. A Eduardo le agradecimos eternamente el
habernos conseguido un hijo y él la verdad es que prefería que yo fuera el
padre.