Evelyn: la Pequeña Mesías
Me impresionaba la lucidez con la que hablaba, segura y con
su concentración sublimada, mientras sus pequeños y pálidos pies parecían
acariciar la roca sobre la que estaba de pie frente a nosotros. Sus palabras,
pausadas y serenas, parecían flotar sobre nuestras cabezas y controlar
delicadamente nuestros estados de ánimo.
Éramos veinte personas mas o menos, todos adultos entre los
dieciocho y sesenta años, hombres y mujeres, escuchándola embebidos, una niña de
once años, de piel pálida y pelo negro, nos mantenía atentos a su lento hilvanar
de verdades en un idioma que apenas podíamos reconocer.
No sé como llegamos ahí, creo que ninguno de nosotros lo
sabía, solo sentí unas ganas irreprimibles de sentir el sol en el rostro y así,
caminando como llevado por el viento en mi espalda, llegué a ese acantilado
junto al mar y me senté a esperar a los demás que, de algún modo sabia,
llegarían también.
Ella ya estaba ahí, de pie sobre la roca, con los ojos
cerrados y los brazos y las palmas de las manos extendidas, su vestido de blanca
tela animado por el viento, como en un sueño. El sol a su espalda dibujaba una
especie de halo angelical alrededor de su cabeza y su sonrisa enigmática hacia a
uno rendirse y confiar ciegamente en ella.
Cuando todos ya habían llegado ella abrió sus ojos de un
profundo verde jade y comenzó a hablar, nosotros, casi hipnotizados, nos
sentamos a su alrededor en el fresco pasto a escucharla.
Y así llevábamos una hora, fascinados, casi en trance,
olvidados de ese lejano mundo de deudas, tránsito, contaminación, dolor y
traiciones. Ese mundo de soledad acompañada de multitudes felizmente, esta niña
frente a nosotros, lo había trastocado en éxtasis espiritual y físico y su
sonrisa permanente nos contagiaba y sonreíamos los unos a los otros, asintiendo
con la cabeza, sobre entendiendo que el efecto en cada uno era el mismo.
Nos sentíamos libres, sin ataduras mundanas y así, poco a
poco, comenzamos a manifestarlo.
Una bella pelirroja que estaba a mi lado, vestida como típica
ama de casa de clase media, se puso de pie esbozando una enorme sonrisa. Con
tranquilidad y ligereza desabotonó su floreado vestido veraniego y lo dejó caer
al suelo, luego con total naturalidad se despojó de su ropa interior hasta
quedar completamente desnuda.
Era hermosa! su piel y su cabello rojizo brillaban bajo el
amable sol mientras ella corría libre y llena de alegría hacia el acantilado. Al
llegar a la orilla abrió los brazos y sin detenerse saltó…
-Ha tomado vuelo!- dije asombrado, entre dientes, casi
murmurando, y los demás al escucharme lo creyeron y el murmullo creció de boca
en boca hasta convertirse en un mantra nuevo y poderoso.
-Ha tomado vuelo, ha podido volar!- decían ya varios,
entusiasmados, poniéndose de pie con una sonrisa iluminada, en su mente viendo
las poderosas alas que la niña había dado a la hermosa pelirroja,
Varios comenzaron a desnudarse e inmediatamente los demás
seguimos el ejemplo.
La niña dejó de hablar cuando todos corrieron tratando
también de tomar vuelo y yo me quedé ahí de pie, frente a ella, desnudo, con
frío y un indicio de duda que se agitaba en mi interior -"Acaso nos amaba como
nosotros a ella?".
Y la niña fijó su verde y serena mirada en mí, sus labios se
abrieron en una dulce y comprensiva sonrisa que reveló una dentadura perfecta de
blancas perlas, iluminando aun más su lozano rostro, y de su boca surgió una
palabra casi imperceptible pero que retumbó en mí ser como un trueno y todas sus
consecuencias:
-"Si"- dijo ella y me sentí transportado, elegido por los
dioses, lleno de vida y energía.
De nuevo convencido y mas confiado corrí hacia donde los
últimos aun saltaban y salté al acantilado tras ellos, los brazos abiertos como
alas, el ánimo en las estrellas y el alma revoloteando, impulsando mis pies…
Y comencé a caer, como los otros antes de mí. El aire pareció
volverse denso como gelatina líquida y mi caída se hizo eterna, podía con calma
ver a los que iban delante de mí, algunos riendo, otros llorando y alguno, con
los ojos cerrados, confiado en su destino.
Fue entonces cuando la vi., arrastrándose sobre el cuerpo
roto de la hermosa pelirroja que había caído primero sobre las rocas. Podía
claramente ver sus negros y fríos tentáculos cebándose en la sangre de la mujer
y podía adivinar el resto de su monstruoso cuerpo oculto entre las olas del mar
picado.
Extrañamente mi cuerpo giró en el aire y al poder ver hacia
arriba fijé mis confundidos ojos en la niña Mesías, de pie, sus pequeños y
desnudos pies pálidos acariciando juguetonamente la orilla del acantilado, su
vestidito blanco agitado por el viento y en su rostro una hermosa y serena
sonrisa de satisfacción.
Estaba aun aturdido cuando mi cuerpo chocó contra las rocas,
el crujido de mis huesos y el sabor de la sangre en mi boca anunciaron el
comienzo de un doloroso y horrible despertar.
Las olas golpeaban mi rostro y el agua salada en mis labios
se confundía con el sabor de mi sangre. El dolor era infinito e insoportable
cuando los tentáculos llegaron a mi también y pude oír aterrado el chasquido que
hacían sus ventosas al succionar mi sangre y saborear mi carne.
La niña Mesías bailaba y lloraba de felicidad allá arriba y
yo, al verla a través de borbotones de mi propia sangre, me alegré por ella, a
pesar de mi dolor, a pesar de ahora soportar la lenta putrefacción de mi cuerpo
en el vientre de la bestia estando aun vivo, pues mi sacrificio, humilde e
insignificante, uno de muchos, significaba que ella disfrutaría al ver
alimentarse a su madre para vivir y protegerla diez siglos mas.