Hola, amigos de Todorelatos
Me pongo en contacto con vosotros para relatar la que ha sido
mi primera experiencia hasta el momento. Quizás para algunos sea simple o
descafeinada, pero para mí, tan poco acostumbrado a hechos como éste, ha sido
todo un bombazo. Reconozco que cada vez que lo recuerdo, me sonrojo de la misma
forma que me empalmo.
En fin, paso a narrar lo ocurrido un día del pasado verano.
Soy del sur de la península, lo que ello significa cuando el calor aprieta, pero
en mi ciudad no hay playa, así que para echar el día hay que pensárselo mucho
pues se juntan los gastos de gasolina, los atascos, el cansancio y demás. El
caso es que ese sábado mi mujer y yo decidimos arriesgarnos y hacer el día así.
Dejamos a los niños con una cuñada y emprendimos la marcha a media mañana,
cuando el tráfico parecía haber remitido algo. Aún así tardamos más hora y media
en llegar, pero eso provocó que llegásemos con más ganas que nunca de aprovechar
la frescura del mar. Evidentemente, la hora era beneficiosa para transitar, pero
negativa para hallar algún hueco decente, algo que a mí me desagrada sobremanera
por lo que sugerí a mi mujer desplazarnos a unos kilómetros en busca de una
playa menos concurrida. Ella aceptó a regañadientes porque, una vez allí, se
molestó en tener que volver a subir al coche pero le convencí remarcando que se
tardaría poco más de diez minutos en llegar. Había bastantes coches allí,
incluso fuera del aparcamiento, y pensé que igual nos encontrábamos en la misma
situación. Desde que sales del coche hasta la playa existe un recorrido cercano,
si no lo supera, del kilómetro, y lo tuve que aliviar mostrándome lo más
simpático y dicharachero que pude porque mi mujer no paraba de maldecir el
tortuoso camino. Reconozco que había que ponerse en situación, el sol en todo lo
alto, un recorrido simplemente facilitado por maderas que nunca acababa y mucha
arena y dunas alrededor. Miré el reloj y pasaban cinco minutos de la una de la
tarde.
Por dentro yo también dudé de lo ideal de tal cambio, pero ya
estábamos llegando a la meta y no era cuestión de volverse. Cinco minutos
después, llegamos a la playa, la cual está a nuestros pies. Para acceder a ella
se baja por dos escaleras bifurcadas a la derecha y a la izquierda, con la
particularidad que se pinta un cartel anunciando que la derecha es para textil y
la otra, nudista. Aquí llega un ligero síntoma de enfado de mi mujer, pues se
siente traicionada (es bastante susceptible con respecto a lo que se debe
enseñar y no) y, lógicamente, avancé por la escalera de la derecha para que no
hubiese ningún tipo de desencuentro. El caso es que aún así en esta parte,
también había personas, en especial hombres, que estaban desnudos, por lo que
andamos un buen trecho para sentirnos más independientes. Una vez situados, con
la última sombrilla rebasada al menos en treinta metros, pudimos recuperar el
aliento después de tan larga caminata, así que una vez coloqué las bolsas y las
toallas, salí corriendo al agua para darme el primer remojón. Ella, siempre más
pausada, se mantuvo quieta en la sombrilla fumando y me insinuó que ya iría.
Desistí y me bañé solo en una parte de la playa que parecía mía en exclusiva. Se
siente uno tan liberado así que me quité el bañador para sentirme más cómodo
incluso de lo que ya estaba, a lo que sumé que se lo enseñé para que lo
recogiese pues quería disfrutar de mi desnudez en un lugar tan solitario. Me
acerqué a la orilla y se lo lancé mientras ella, a la vez que reía, miraba a
ambos lados procurando mantenerme en vilo. Reconozco que me daba igual, pero mi
mujer es bastante celosa y sólo era capaz de permitirme ese estado mientras
estuviésemos en esa situación.
Bueno, pues pasados unos minutos se acercó una pareja y temí
(a la vez que supliqué) que pasara lo que a continuación pasó. Se pusieron a
unos escasos ocho o diez metros y ya desde el agua pude advertir que la chica
estaba bien buena, por lo que eso podía pasarme, sin querer, factura. El caso
es, que tras desmontar las bolsas, la pareja se desnudó con lo que la cara de mi
mujer fue un poema. Además, pensaba que la chica se iba a encontrar un caramelo
de frente nada más llegar, por lo que se levantó con el bañador y acudió a mi
encuentro. Me negué a ponérmelo y ella contestó que no estaba nada conforme en
esa situación, a lo que le recriminé que ya éramos adultos para poder soportar
ver adultos desnudos. Es más, le invité a desvestirse para que sintiera esa
mágica sensación de estar desnuda en público y poco menos que me ignoró con un
claro deje de desprecio. Aunque su talante no varió en demasía, pude contenerla
y aguantamos el paso de las horas no sin dejar de vigilar mis insinuantes y
lascivas miradas a mi vecinita, que se movía con total soltura con su bello y
desnudo cuerpo. Él, en cambio, sin estar exactamente gordo, sí es cierto que
tenía un cuerpo fuera de forma, por lo que a mi mujer ni siquiera le animaba la
velada.
Alrededor de las cinco, la pareja formó de nuevo el petate y
se marchó para desgracia mía, porque si bien mi mujer controlaba toda clase de
miradas hacia ese lado, incluso obligándome a sentarme de espaldas a ellos, me
tuve que pasar buena parte del tiempo haciendo por bañarme para poder
contemplarla, aunque, eso sí, nunca coincidiendo con la chica para evitar
suspicacias.
Bien, una vez solos, mi mujer fue recuperando la amabilidad y
accedió, por fin, a bañarse conmigo, por lo que así se podía afirmar que se
firmaba la paz. Dentro del agua, y yo sintiéndome cada vez más cachondo, decidí
meterle mano hasta dejarla desnuda, algo que ella no frenó por sentirse tapada
por el agua. Nadamos, nos rozamos, nos magreamos (yo más que ella, claro) hasta
que decidí dar el salto y me salí del agua con sus prendas en la mano. Reconozco
que si existía algo que me excitase sobremanera era poder disfrutarla desnuda en
la arena, con el riesgo de que alguien la observase, aunque la sombrilla más
cercana estaría, como ya he dicho, a unos treinta metros y la percepción era más
que dificultosa.
Bueno, pues pasaban los minutos y ella seguía implorando por
su bikini, al menos la parte de abajo, pero yo me relamía pensando en el momento
mágico de verla salir del agua completamente desnuda. Amagaba, salía un poco, se
le veían esas enormes tetas, seguía hasta la cintura, se volvía a meter, juraba
que no me hablaba más en mi vida y yo, mientras, me tocaba un poco la polla y le
recomendé salir para que todo se acabase.
Fue un segundo, quizá dos, en los que me despisté mirando
hacia el lado de la última sombrilla, cuando al volver la vista reconozco por el
lado derecho a dos hombres, mediana edad, que paseaban por la orilla mientras
charlaban de sus cosas. No habían pasado antes, al menos yo no los había visto,
pero estaban a unos quince metros de donde mi mujer tenía pensado salir. Se me
arrugó la frente porque ella no estaba cubierta del todo y lo más peligroso era
que cuando la marea volvía, el agua descendía hasta casi sus muslos. Me empecé a
preocupar porque ella no hacía tampoco por cubrirse y lo más vejatorio fue verla
aparecer, de pronto, y justamente a la altura de los dos hombres (con bañador,
uno en camiseta) saliendo del mar como una sirena mientras el agua le recorría
el cuerpo. NO me lo podía creer, la verdad. Tanto esperar que haga algo así y,
una vez se decide, me sienta… sorprendido y molesto. La reacción de los tipos ya
se la pueden imaginar, aminoraron el paso, echaron una visual de arriba abajo
deteniéndose en cierto punto medio (le quedaban a unos escasos medio metro) y se
recrearon más aún cuando ella, gozosa, se paró para sacudirse el agua del pelo y
agacharse quedando en pompa casi en paralelo. La mía, entre avergonzado,
estafado y caliente, fue la de terminarme la paja que llevaba tanto tiempo
ansiando y que fue bastante más corta de lo habitual. Lentamente, se acercó a la
toalla y me dijo completamente seria que ya no quería el bikini. Se tumbó boca
arriba con las piernas extendidas y me ignoró, pero no pudo impedir que poco
tiempo después me hiciera otra paja observándola en esa posición tan
exhibicionista. Los tipos, según se alejaban, miraban de vez en cuando para ver
los últimos resquicios del cuerpo de mi mujer.
En el camino de vuelta a casa, con un cúmulo de
controvertidas sensaciones recorriéndome la cabeza, apenas intercambiamos
palabras, pero por la noche la busqué para follar y no sólo aceptó sino que me
obsequió con uno de los mejores polvos que recuerdo reconociéndome que había
disfrutado mucho sintiéndose admirada por dos hombres y que eso le había
aumentado la calentura.
Bueno, este es mi primer relato y espero que les haya
gustado. Les aseguro que seguiremos en contacto.
Un saludo