-No te asustes chiquilla, ninguno queremos que Miguel sufra.
No es necesario que se entere de nada, y estoy segura de que los tres juntos
podemos pasar una semana maravillosa.
-Y... ¿y qué es lo que pretendéis de mí? –preguntó Sofía con
voz trémula.
-Oh –respondió Ramón- sólo pretendemos jugar y, si aparcas
tus temores y dejas de lado esa absurda moralidad que Miguel pretende
inculcarte, estoy seguro de que tú también disfrutarás.
Mientras hablaban, Ramón seguía jugueteando con los pechos de
Olga, que miraba sonriente a Sofía. La cabeza de la joven era un torbellino,
necesitaba pensar, le costaba creer que aquello estuviese sucediendo realmente.
-Así están las cosas –continuó Ramón-. Puedes irte ahora, en
cuyo caso me veré obligado a contarle a Miguel todo lo que sé de tu pasado, lo
que seguro que nos producirá disgustos a todos... o puedes quedarte con nosotros
esta semana. Te aseguro que conocerás placeres que con mi aburrido amigo jamás
experimentarías. Todos seríamos más felices y nadie sufriría si te quedas, y te
garantizo una cosa: pase lo que pase aquí en los próximos días, Miguel nunca se
enterará de nada, tienes nuestra palabra.
Sofía se quedó muda unos instantes, sin saber qué decir.
Frente a ella, Olga seguía sentada encima de Ramón, desnuda, mientras su marido
acariciaba ahora la cara interna de sus muslos. La joven sintió que necesitaba
reflexionar, aclarar sus ideas "dadme una hora, por favor, necesito pensarlo".
Ramón y Olga le sonrieron y le concedieron una hora a solas
para pensarlo. Mientras la veían alejarse hacia la casa, ambos cónyuges
comentaron la situación.
-¿Crees que conseguiremos que haga lo que queremos? –preguntó
Ramón.
-Seguro. Pero hay que ser pacientes, debemos ir poco a poco.
Confía en mí, primero jugaremos con ella, y te prometo que antes de que termine
la semana será tuya.
-Pero recuerda, quiero, mejor dicho, necesito, disfrutar de
TODOS los orificios de su cuerpo.
-Cada cosa a su tiempo –sonrió Olga- cada cosa a su tiempo.
Mientras hablaba, Olga había deslizado su mano debajo del
bañador de Ramón. Éste la dejaba hacer, satisfecho. Tenía motivos, a su mente
ansiosa de experiencias nuevas y excitantes se le había antojado tener sexo con
una embarazada, y estaba cerca de lograrlo. No le servía una embarazada
cualquiera, desde el primer día que vio a Sofía, sintió la necesidad de hacerla
suya. Sólo la amistad con el soso de Miguel le había refrenado, su estúpido
amigo tomaba siempre a broma sus insinuaciones sobre cambios de pareja. Ahora,
la hermosa barriguita de Sofía era para Ramón el colmo del morbo. No se
detendría ante nada. Pero, como buen depredador, era paciente y sabía esperar,
confiaba ciegamente en la ayuda de su esposa. Junto a ella, todo era doblemente
divertido y excitante. Nunca le había fallado.
A solas en su habitación, a Sofía se le saltaban las
lágrimas. Estaba indecisa: no se veía capaz de quedarse allí durante una semana
completa ¡dios mío! ahora estaba segura de que Ramón pretendía acostarse con
ella. La idea le parecía horrible pero, si Ramón le contaba a Miguel lo que
sabía de ella... Su marido era celoso hasta límites patológicos. Sofía estaba
segura de una cosa, si Miguel llegaba a enterarse de su secreto, la abandonaría
al instante. Y ella no podría vivir sin él, le amaba con locura, Miguel era su
soporte, su guía en la vida. Maldijo aquella absurda noche y a Julián Mateo. Se
maldijo a sí misma que, borracha tras la fiesta, había permitido al muchacho
grabarlas a ella y a Marga. Sofía era casi una niña, apenas tenía diecisiete
años, su orientación sexual era un tanto ambigua. Ese mismo verano, había
conocido a Miguel, y su seguridad y su aplomo (él era diez años mayor) le habían
enamorado perdidamente. Para ella, la aventura con Marga no tenía importancia
pero, conociendo a Miguel, enterarse de que su mujer le había ocultado una
relación lésbica le haría volverse loco, nunca más volvería a confiar en ella.
Sofía estaba desesperada, no sabía qué hacer. De repente, un
rayo de esperanza iluminó su mente. Tal vez Ramón no tuviera el video que grabó
Julián. Quizá sólo sabía la historia, pero no tenía pruebas. En tal caso, sería
la palabra de uno contra la de otro y, al fin y al cabo, ella era la esposa de
Miguel. Animada por esta esperanza, decidió hacer la maleta. Se puso un precioso
vestido premamá con el que estaba realmente encantadora y se propuso apostar a
caballo ganador, si se daba prisa, aún llegaría a tiempo de cenar en casa.
Encontró al matrimonio en el salón. Por fin, Olga había
vuelto a vestirse, lo que supuso un alivio para Sofía, por alguna razón, no se
sentía cómoda viendo a aquella mujer desnuda. Cuando vieron la maleta, Ramón y
Olga la miraron con gesto interrogador "me marcho -dijo Sofía- no me importa qué
le cuentes a Miguel, lo negaré todo".
Suspirando, Ramón se levantó y cogió el mando a distancia del
televisor "esperaba que esto no fuese necesario, pero no me dejas otra
alternativa".
La peor pesadilla de Sofía se hizo entonces realidad. En la
pantalla, una jovencísima Sofía estaba totalmente desnuda, visiblemente bebida,
junto a otra adolescente desnuda de cintura para abajo. Entre risas y miradas
pícaras a la cámara, ambas chicas se besaban tiernamente en los labios. Luego,
la desconocida besaba los menudos pechos de la joven Sofía, la cámara se
acercaba tanto que era visible cómo sus grandes pezones se endurecían con los
besos y caricias. "Basta por favor" dijo Sofía, pero Ramón no quería detenerse
aún.
En el video, la amiga de Sofía había ido recorriendo su
cuerpo con la lengua y se acercaba ya al sexo de su compañera. Mientras se
sumergía entre las piernas de Sofía, la cámara se dirigió un momento a la cara
de nuestra protagonista. La mueca de placer en el rostro de Sofía era evidente.
Ramón puso la cinta en pausa. "Creo que es suficiente. Si te
vas, enviaré esta película a Miguel de forma anónima. Si te quedas, te prometo
que destruiré todas las copias y nunca sabrá nada". Sofía estaba llorando, no
sabía cómo se las había ingeniado Ramón para dar con Julián y convencerle de que
le vendiera una copia. Ahora estaba en manos de aquel par de pervertidos, si
Miguel llegaba a ver aquello, jamás lo superaría. Pensar que sólo un mes más
tarde habían empezado a salir juntos... Desesperada, se dejó caer en un sillón
mientras Ramón volvía a subir la maleta a su habitación.
Sonriente, Olga se acercó a ella y le dio un afectuoso beso
en la mejilla "no pongas esa cara, no somos monstruos, verás cómo lo pasas bien
con nosotros. Por cierto, llevas un vestido monísimo, estás realmente
encantadora. Si me disculpas, subo a arreglarme para la cena y en un minuto
estoy contigo".
Sofía se sentó a solas en el salón lujosamente decorado.
Estaba aterrada, no podía ni imaginar qué extraños juegos tenía en mente aquel
extraño matrimonio, pero de una cosa estaba segura: no podía escapar de ellos,
tenía que contentarles (no quería ni pensar en el cómo) o Miguel se enteraría de
su más oscuro secreto. Eso sería un golpe mortal para su matrimonio, y estaba
dispuesta a luchar para que su bebé viviera en un hogar unido y feliz.
Ramón y Olga aparecieron juntos. Ambos parecían radiantes de
felicidad. Ramón estaba muy elegante, de traje y corbata, mientras Olga llevaba
otro de sus vestidos, esta vez más discreto al verla por delante, pero
totalmente abierto por detrás. Su hermosa espalda era totalmente visible hasta
más abajo de los riñones, pudiéndose vislumbrar el inicio de la rajita formada
por sus dos poderosos glúteos. La sola visión de aquella espalda desnuda puso a
Sofía en estado de alerta.
Durante la cena, los dos anfitriones trataban a Sofía con
dulzura y amabilidad. Parecían deseosos de que su invitada se encontrara
relajada y confiada en su compañía, pero ésta distaba mucho de estar relajada.
Más bien, se sentía como el cordero que, en compañía de lobos, espera con terror
el momento en que éstos se vean azuzados por el hambre.
Una vez terminada la cena, y mientras los tres tomaban una
copa en el salón, la precaria calma se vio interrumpida, como era de esperar.
-Bueno chiquilla, has visto que no somos personas horribles,
no estés tan tensa –dijo Olga.
-Si no sois horribles, ¿por qué no me dejáis marchar?
–susurró Sofía.
-Eso no puede ser. Durante siete días, seremos tus dueños,
pero unos dueños bondadosos y justos... si haces todo lo que te pidamos.
-y... ¿qué es lo que queréis exactamente de mí? Supongo que
quieres acostarte conmigo. (mientras miraba a Ramón, su propia voz le sonó
extraña, estaba casi sin aliento).
-Oh, no te preocupes por eso, -contestó él- vamos a ir
despacio, paso a paso. Tenemos una semana por delante y, al final, te darás
cuenta de que todo se habrá desarrollado de un modo natural, agradable para
todos... incluso para ti, espero.
-Así es, querida –añadió Olga- Sabemos que estás muy
preocupada por eso. No te asustes, de momento no queremos que tengas sexo con
ninguno de nosotros, como dice Ramón, las cosas llegarán de un modo natural. Por
esta noche, nos conformaremos con poca cosa. Mira, para empezar, queremos verte
desnuda. Por favor cariño, sé buena, levántate y desnúdate, que tu delicioso
cuerpo se muestre en toda su belleza.
Aquello fue un mazazo para Sofía. Por extraño que pueda
parecer, la idea de desnudarse ante sus nuevos dueños le pareció incluso más
horrible que el acostarse con Ramón. Tenía esperanzas de que todo terminara con
un par de polvos con aquel cabronazo y que, una vez él hubiera satisfecho su
capricho, ella quedara libre. Pero la petición de Olga le había abierto los
ojos: era evidente que su camino hacia la libertad iba a ser arduo, intuyó que
aquella iba a ser la primera de una larga lista de humillaciones.
Miró de reojo a sus acompañantes. Ambos la miraban fijamente,
esperando que ella cumpliera la orden. Sentada en su silla, se quitó los zapatos
y se desabrochó los botones que su vestido tenía en la espalda. Mientras
deslizaba las hombreras del vestido y dejaba al descubierto su sujetador, Olga
la interrumpió "de pie, por favor, queremos verte bien".
Luchando por contener las lágrimas, Sofía se levantó de la
silla y, de pie ante ellos, continuó su striptease. Con alguna dificultad por
los nervios y lo abultado de su vientre, el vestido cayó al suelo. Se sintió
ridícula en bragas y sostén ante su público. En los últimos meses de embarazo,
sus braguitas apenas podían esconder su vello púbico, y sus brazos se cruzaron
instintivamente sobre su tripita. Pero no pudo estar así mucho tiempo "continúa
por favor" le pidió Ramón con voz ronca.
Ya fuera producto de los nervios o bien por la desagradable
sensación que le producía que parte de su vello púbico se saliese por encima de
sus bragas, Sofía se quitó estas últimas en un gesto precipitado, quedando ahora
desnuda de cintura para abajo, mientras aún mantenía el sujetador puesto. Esta
inversión en el orden habitual de desnudarse de una persona, sobre todo cuando
está en público y no le agrada hacerlo, excitó sobremanera a Ramón.
Por fin tenía a su alcance lo que tanto había anhelado.
Aunque ella no lo sabía e incluso se sentía ridícula, Sofía estaba encantadora:
su cuerpo seguía siendo hermoso y grácil a pesar de su tripita redonda y tersa,
sus muslos eras dos torres de mármol en los que sumergirse eternamente, su pubis
parecía un oasis en el que naufragar y ser feliz. Su propia timidez le daba una
aire angelical que era justo lo que buscaban Ramón y Olga: tenerla desnuda allí
ante ellos, indefensa y avergonzada, era el colmo del morbo, de momento ni se
les pasaba por la cabeza acelerar su posesión, sabían que la paciencia da
excelentes resultados en el terreno del placer sexual.
Sin necesidad de que se lo pidieran, Sofía se quitó el sostén
y quedó, finalmente, totalmente desnuda ante sus dueños. Tuvo que reprimir el
deseo de cubrir su tierno conejito y sus hermosos pechos mientras aguantaba la
interminable inspección a la que éstos la sometieron. Sus senos, hinchados
durante el embarazo, habían ganado en volumen y dureza, estaban ahora realmente
magníficos, mientras su grandes pezones, duros como piedras por el nerviosismo
del momento, parecían invitar a caricias y juegos, como si tuvieran personalidad
propia y no respondieran a la voluntad de su asustada propietaria.
Durante un tiempo interminable, Sofía permaneció allí,
desnuda frente a ellos, mientras ambos cónyuges la examinaban como a un caballo
en una feria. Después, le pidieron que se diera la vuelta, pues querían verla de
espaldas, y Sofía obedeció y sintió sus ávidas mirabas en los deliciosos
hoyuelos que se le hacían a la altura de los riñones y en las rotundas y
redondeadas nalgas. Los comentarios de Olga y Ramón demostraban que estaban
sorprendidos por la belleza y perfección del cuerpo de su "juguete", que incluso
superaba las más optimistas expectativas "jamás pensé encontrar una embarazada
con un desnudo tan elegante, tan acogedor, es realmente una estatua que ha
cobrado vida" "sí, creo que mañana la cena será un éxito arrollador, nuestro
prestigio alcanzará el cénit". Afortunadamente para ella, Sofía no entendió qué
quería decir esta última frase, le ahorraría muchas horas de preocupaciones y
angustias.
Finalmente, el examen pareció terminar, pero esto no supuso
un alivio para Sofía. Con una mirada risueña y lasciva a partes iguales, Olga
dio un pasito más hacia ella "eres realmente encantadora cariño, un sueño hecho
realidad, Miguel tiene un gusto excelente. Sólo falta un pequeño detalle para
que seas perfecta, pero tiene fácil arreglo: voy a depilarte y serás una estatua
inmaculada".
Al principio, Sofía no entendió bien lo que quería Olga.
Absurdamente, pensó que se había depilado piernas y axilas dos días antes, antes
de ir a casa de sus dueños (se asustó al ver que ya pensaba en ellos como en sus
propietarios). Entonces, cayó en la cuenta de lo que quería Olga, y trató de
defenderse, no quería ser sometida a aquella humillación.
-Pero, no puedes hacer eso, Miguel lo verá, ¿cómo voy a
explicárselo? Me prometisteis que él no se enteraría de nada.
-Es cierto, él lo verá –intervino Ramón- pero me temo que eso
no podemos evitarlo. Siempre puedes decirle que es un regalo de bienvenida que
le has preparado para celebrar su vuelta. A los hombres nos encanta eso, no creo
que haga demasiadas preguntas cuando te tenga delante.
Dijo esto último con la mirada del lobo que se relame ante la
tierna carne del corderito que tiene delante. Sofía se sintió literalmente como
si fuera a ser devorada. Antes de que pudiera reaccionar, vio que Olga tenía ya
preparado todo lo necesario para su depilación.
Efectivamente, como por arte de magia, Olga tenía ahora un
barreñito con agua caliente, toallitas, cuchilla de afeitar, espuma, crema
depilatoria, un kit completo de depilación femenina. Mirándola con suavidad, le
pidió que se sentase en el sillón, que previamente había cubierto con una
toalla. Sofía obedeció como en un sueño y se sentó donde le pedían. Entonces,
Olga cogió una de sus piernas y la colocó a su antojo, abriéndola tanto como
pudo. La luz se hizo repentinamente en la mente de nuestra desgraciada heroína
¡Olga pretendía depilarla allí mismo, mientras Ramón miraba! No en vano, éste
había colocado su silla justo frente al sillón donde Sofía se había sentado, ¡e
incluso había cogido una copa de coñac y encendido un puro! Era evidente que
estaba dispuesto a disfrutar al máximo del espectáculo. Para contribuir a crear
ambiente, Olga había encendido un antiguo tocadiscos, una música elegante que
hacía pensar en grandes fiestas palaciegas iba a acompañar su trabajo.
A punto de llorar, Sofía ya no tenía fuerzas para resistirse.
Como una res en el matadero, permitió que Olga colocase sus dos piernas tan
separadas como pudo. Su sexo quedaba frente a sus anfitriones abierto como una
flor, si alguna vez se había sentido incómoda en el ginecólogo, esto superaba
con creces cualquier experiencia anterior. Le resultó insoportable la idea de
que, mientras su redonda tripita de embarazada le impedía ver su propio sexo,
aquellos dos pervertidos tenían una visión completa de su parte más íntima.
Pero una nueva preocupación ocupó pronto sus pensamientos.
Nunca se había depilado el vello púbico, temió que Olga le hiciera daño, ¿y si
además de unos pervertidos eran unos sádicos? Afortunadamente, pronto se hizo
evidente que Olga era una experta que sabía lo que hacía, no en vano, durante la
mañana había mostrado su propio sexo depilado en la piscina (sexo que, por
cierto, había turbado sobremanera a Sofía).
Ante la atenta mirada de Ramón, Olga empezó por recortar el
pelo de su invitada con una maquinilla eléctrica. Lo hizo despacio, con cuidado,
mientras susurraba palabras cariñosas a Sofía "tranquila cariño, no te muevas".
Cuando el vello púbico de Sofía quedó recortado a menos de un
centímetro de longitud, Olga procedió a aplicar una toallita húmeda sobre su
adorable pubis "es para que el pelo esté más suave, es una zona muy delicada.
¿Sabes? –dijo sonriendo- deberías agradecérmelo, este servicio es caro en un
centro de belleza". Sofía tenía los ojos cerrados, mientras con sus manos
trataba de cubrirse el vientre en un gesto protector. Estar allí, desnuda y
abierta de piernas ante sus refinados torturadores era muy humillante para ella.
Jamás pensó que le tocaría vivir una experiencia semejante, y menos estando
encinta.
Una vez Olga consideró que el momento era apropiado, retiró
la toallita húmeda y cubrió todo el vello de su amiga con espuma de afeitar "no
te asustes, todos los materiales que empleo son especiales para las zonas
genitales, no te va a doler ni escocer, confía en mí". Con manos expertas, Olga
iba afeitando la zona más íntima de la joven. Ningún pliegue, ningún pequeño
rincón de aquel encantador conejito quedó sin afeitar, sus ágiles y sabios dedos
tensaban en ocasiones la piel, para acceder a las zonas más escondidas. Con
frecuencia, Olga volvía a poner más crema y cambiaba de cuchilla, toda
precaución era poca para conseguir que el precioso chuminito de su invitada
quedara perfecto, sin la más pequeña heridita y sin el más pequeño pelo que
estropeara la vista.
Mientras, Ramón seguía todo el proceso sin parpadear. Se
regodeaba viendo el sexo de Sofía abierto ante él, anticipaba los placeres que
aquella rosada apertura le tenía reservados. Su verga estaba dura como una
piedra, pero sabía esperar, no tenía prisa.
Cuando Olga estuvo satisfecha de su trabajo, aplicó una
loción especial al pubis de Sofía "no quiero que se te irrite". Finalmente, y
mientras la joven embarazada continuaba abierta de piernas ante ellos, se volvió
a su marido "¿qué te parece, no está realmente encantadora".
Y era cierto que lo estaba, aunque la pobre Sofía se sentía
ahora más expuesta y humillada que nunca, literalmente podía sentir las miradas
de sus acompañantes en su sexo, era como ser penetrada por una fuerza invisible.
Pero aquello no había hecho más que empezar, sin darle tiempo a recuperarse,
Olga le pidió que se pusiera a cuatro patas en el sillón.
Al principio no entendió el objeto de aquello. Ante su
incrédula mirada, aquella perversa mujer se rió "vamos cariño, hemos terminado
con el conejito, pero no queremos ningún pelo en tu cuerpo, a excepción de tu
hermosa melena". Atónita, incapaz de responder, Sofía obedeció, se levantó y
luego se puso como un perrito en el sofá. Olga le hizo bajar la cabeza hasta que
ésta reposó en el asiento, mientras su adorable culete quedaba en pompa, bien a
la vista.
Siempre con Ramón de privilegiado espectador, Olga abrió con
sus manos las nalgas de Sofía, dejando bien a la vista el dulce agujerito de su
recto, otra promesa de infinito placer para su nuevo dueño "afortunadamente,
tienes poco pelo aquí –dijo- En esta zona vamos a usar una crema depilatoria
especial, escuece un poquito, pero no te preocupes, mañana estarás como nueva".
Olga untó la crema en el trasero de Sofía y procedió a
depilar también completamente esta zona. Pequeños respingos de la joven cuando
Olga tiraba para quitar la crema fueron los únicos sonidos que se oyeron durante
el proceso, aparte de la música que sonaba en el tocadiscos.
Cuando hubo terminado, Olga aplicó una loción en la zona para
evitar irritaciones "ya está, sin un pelo en tus zonas más encantadoras, ahora
eres un sueño hecho realidad, con esa tripita y sin un pelo, pareces una virgen
embriagadora".
Roja como un tomate, Sofía se sentó en el sillón. Odiaba
estar allí, desnuda con sus dos nuevos dueños. Incluso habría preferido que
Ramón decidiera follársela en ese preciso momento, cualquier cosa antes que la
humillación que había sufrido, cada parte de su cuerpo estaba allí, expuesto a
la vista de ellos, como si no le perteneciera a ella misma. Pero Ramón no
parecía tener prisa por tocarla, se limitaba a mirarla, con una expresión cruel
en la mirada.
Por un momento, Sofía creyó que aquel era el final de la
primera noche. Estaba ansiosa porque la permitieran vestirse, subir a su
habitación y descansar unas horas. Pero entonces Olga hizo algo extraño. Volvió
a pedir a su invitada que abriese las piernas tanto como le fuese posible, al
tiempo que se arrodillaba ante ella.
-Ahora vas a ver que no somos malos –dijo Olga- No sólo no te
vamos a obligar a que tengas sexo con nosotros esta noche, sino que vas a ser tú
la única que disfrute un orgasmo hoy.
Sin que Sofía pudiera reaccionar, Olga estaba dando besos con
sus rojos y carnosos labios en su acogedor conejito. La sorpresa fue tal que dio
un respingo enorme "vamos –dijo Olga- relájate, todos hemos visto que esto te
gusta, si pones de tu parte, todo será más fácil para ti, intenta disfrutar"
Recogiendo su largo pelo rojo con una mano, Olga iba dando
besos alrededor de la vagina de Sofía, mientras con la otra mano acariciaba la
barriguita de ésta. Sofía no quería de ningún modo gozar ante la mirada de Ramón
y en aquella humillante situación, pero los labios y la lengua de Olga eran
expertos e insistentes. Sin prisa, con calma, la experta mujer iba acercándose
cada vez más al clítoris de su "víctima". Su lengua daba suaves golpecitos en
los sitios adecuados y con la cadencia perfecta, su condición de mujer le hacía
más fácil interpretar los gemidos y movimientos de la joven.
Aunque Sofía estaba muy tensa y se obligaba a sí misma a no
abandonarse al placer, la continuada dedicación de Olga empezaba a dar sus
frutos. Ahora había introducido totalmente los labios mayores de la preciosa
vagina de Sofía en su boca, mientras su lengua se abría paso hábilmente entre
los rosados pliegues, buscando penetrar tan hondo como podía. Ramón contemplaba
todo en estado de hipnosis, su verga a punto de reventar dentro del pantalón,
pero sin acercarse a las féminas que componían aquel extraño cuadro: una de
ellas, madura pero aún sexy, vestida y arrodillada frente a la más joven,
embarazada y totalmente desnuda; la mujer mayor, tratando por todos los medios y
con toda la sabiduría que poseía de dar placer oral a la más joven, que se
retorcía tratando de impedirlo, pero sucumbiendo finalmente sin remedio.
Efectivamente, después de un tiempo interminable con Olga
succionando, aprisionando, hurgando dentro de su vagina con su hábil lengua y
sus gruesos labios, Sofía no pudo evitar que una oleada de placer recorriera su
sexo. No fue un orgasmo memorable, pero sí fue agradable. Para su disgusto,
aquella perversa mujer había conseguido que su conejito vibrara inquieto, a
pesar de la humillante situación, a pesar de la odiosa presencia de Ramón, debía
reconocerse a sí misma que las caricias de Olga la habían resultado agradables.
Se juró a sí misma que no volvería a ceder ante aquella pérfida mujer, nunca
volvería a tener un orgasmo, por pequeño que fuese, junto a ella.
Sonriente, limpiándose los labios de los fluidos de Sofía,
Olga dio permiso a su esclava para retirarse a descansar.
Cuando el matrimonio se quedó sólo, Ramón interrogó a su
mujer con la mirada "todo ha ido bien –contestó ella- a pesar de sus defensas,
ha disfrutado, una mujer sabe eso". "Estupendo –dijo Ramón- mañana con Javier
quiero que esté encantadora" "Lo estará, pero tienes que tener paciencia, aún no
está preparada para ti".
Ramón tenía paciencia, pero su verga no podía más. Aquella
noche, Sofía no fue la única en diluirse entre los expertos labios de Olga.